Musica de Librería

SLS

 

TRACKLIST

00:00 INTRO Bienvenido a un mundo cristalino (KPM promo sampler) / 00:57 BELTRÁN MONER Hombres y bólidos. ESS Sampler (Lp, Berta) / 05:11 ALCY AGUERO Y SU ORQUESTA POP Trópico (Fase, Ep) / 07:52 L. GEMER Y EL CONJUNTO DE RAFAEL MARTINEZ RITUAL SONG (Spot, Ep) / 10:27 INTERLUDIO Beats / 10:36 RAY JORDANA Y ARMANDO PAMIES Luces Cambiantes (Tican, Single) / 14:02 UNIDADES Caballo Salvaje (Zartos, Single) / 16:25 BELTRÁN MONER Amanecer (Berta, Lp) / 10:48 JUAN LUIS MORALEDA Black & White (Estudios Carbonell promo Sampler Ep) / 19:10 DANIEL PATUCCHI Tema di Corinto, Perros callejeros. (CAM industries promo Sampler Ep) / 19:58 ADOLFO WAITZMAN La Corrida. Ess Mix (Erika, Lp) / FRANCISCO BURRULL Y SU ORQUESTA We love you (Sonoplay, Lp) / 25:06 INTERLUDIO II / 25:09 MARIA NEVADA Y LOS BRANDIS Life’s song (Boa, Ep) / 27:49 JOU COGRA GROUP Darkness (Barnafon, Ep) / 29:47 ORQUESTA MIRAMAR Sagitario (DMB, Ep) / 32:05 QUINTETO MONTELIRIO Ibérico Jazz (Calandria, Ep) / 37:40 CONJUNTO RAFAEL MARTINEZ Río grande (Spot, Ep) / 39:55 ALFONSO SANTISTEBAN Black & Blues (CAM, Lp) / ADOLFO WAITZMAN Danza del Sol (EDA, Single) / 43:59 VIGIL Persecucción (Siesta, Lp) / 46:42 RAMÓN GIL Mercurio (BOA, Ep) / EDDY GUERIN Y CLAUDIO VILLA Golden Soul (Lp) / 53:48 ORQUESTA MARAVELLA Jingo /56:38 LOS PEKENIKES Persépolis (Hispavox, Lp)

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¿Qué es la Música de librería? ¡Ay madre!, a ver como lo explico sin resultar presuntuoso o prolijo o, lo que es aún peor, todo ello a la vez. De modo sucinto seria aquella música hecha por encargo, dedicada a servir de biblioteca sonora con la que ilustrar a la industria audiovisual y cuyo marco temporal, por tratar fijarlo de algún modo, duraría desde finales de los años cincuenta hasta bien entrados los setenta. Era la audiovisual entonces una industria cuya pujanza crecía exponencialmente y que contaba con más excepciones que reglas. Veamos alguna de sus peculiaridades.

  Se trataba de una música hecha para atraer al público pero qué, paradójicamente, no dependía del éxito ante éste, sino que estaba supeditada a unas imágenes (bien fuesen para cine, televisión o publicidad) y por tanto era un capitulo más del producto global. Era pues música diseñada por y para la industria y sólo ante ella debía rendir cuentas. Pero tampoco eran bandas sonoras (aunque pudiesen serlo en ocasiones) propiamente dichas, sino una especie de música a la carta, algo que, en el fondo, tampoco se diferenciaba tanto de lo que se solía hacer cuando se componía para las estrellas del pop o las grandes producciones americanas. Digamos que carecían -aunque solo a priori– de la vanidad autoral o de la voluntad de trascendencia artística. Debian ser partituras instantáneas y fotográficas. Música, por lo general, creada en -muchas veces literalmente- oficinas musicales. Lugares en los cuales se trabajaba a un ritmo trepidante, intentando colocar cuantas más partituras mejor. Era -debía ser- música ágil, conectada con los tiempos y por tanto aquejada en su generalidad de una cierta naturaleza caduca. Podía también ser apresurada y corría el riesgo de quedar pronto obsoleta. En cualquier caso, cuando se acertaba, un trabajo de síntesis musical de metronómica precisión. 

 Por lo general solían ser  variaciones de una misma canción, hechas a partir de distintos arreglos, aceleraciones o ralentizaciones del tempo y las más diversas instrumentaciones, dependiendo su grandeza de la grandeza del autor y, sobre todo, de la inspiración de él en ese momento. Podían (los más líricos) incluir coros o el llamado scat, onomatopeyas vocales utilizadas como un instrumento más, que dotaban a la partitura de una ligereza andante y un punto pop internacional. Tenía la ventaja de no estar sujeta estilísticamente a reglas y modas pero también la maldición de depender de ellas. Era, en ocasiones, música contradictoria, pues así era su hábitat. Fue por todo ello un involuntario criadero de beats y grooves que han sido, desde los tiempos del hip hop, carne de sampleo inagotable.

 Carecía de mala conciencia. Era territorio proclive al filibusterismo inherente a las editoriales y a la condición humana. Se podía, con mínimas variaciones (o incluso con la misma, idéntica música), colocarla en distintas películas. Sirva como ejemplo de ello mi estupefacción cuando descubrí que parte de la formidable música de Stelvio Cipriani para “Femina Ridens” (en concreto la elegante “Mary’s Theme”),  suena en “El asesino no está sólo”, aquella coproducción sobre un asesino de prostitutas, tarado y sádico a dolor, comme il faut,  que contaba con una jovencísima Teresa Rabal y con Lola Flores como improbable profesora de ballet. Asumían, muy a su pesar, la transferibilidad de sus partituras mientras que no le hacían ascos, al contrario, a vender un producto por un precio o un sueldo, dejando aparcada cualquier vocación de autoría. Era también un mundo de pillos, los seudónimos se sucedían, unas veces debido a motivos contractuales y otras por intentar vender dos veces la misma partitura.

 Era también un territorio prácticamente europeo (UK, Italia y Francia, principalmente) en cuanto a sellos y editoriales señeras, aunque receptivos a cualquier artista dispuesto a trabajar bajo sus reglas: Alfonso Santisteban, Antón Garcia Abril o Adolfo Waitzman, por ejemplo, trabajarían para la CAM italiana (la cual llegaría a tener oficina en Barcelona y Madrid) en una época en el que las coproducciones cinematográficas europeas eran un filón muy atractivo al que hincarle el diente. Hacían, sin ningún tipo de recato o mala conciencia, de la necesidad virtud; Al no contar con los holgados presupuestos de la potentísima industria audiovisual norteamericana y sus grandes producciones, capaz de crear grandes bandas sonoras encargadas a los mejores músicos, con lujosas y bien pagadas orquestas, muchas veces tenían que cumplir con los encargos de manera rápida, ingeniosa y económica. Ello, por supuesto, no era óbice para mantener las aspiraciones de poder acceder algún día a esas grandes ligas, si uno estaba dispuesto a cambiar dinero y facilidades por libertad artística. 

 Servía de cantera y rodaje tanto como de sustento y de entrenamiento. Por una parte se  aseguraban el cheque mensual y, aunque se ponía a su disposición limitados medios, también se contaba con pequeños estudios y horas libres en los que plasmar su música. Surgían complicidades, se tomaban los riesgos que se quería y los estandards mínimos quedaban claros desde el principio. Permitía, además, tomar ambos caminos (si se sabía navegar con inteligencia) y vivir decentemente mientras que se experimentaba sin cortapisas.

En oposición a la música americana hecha con los mismos propósitos era, si se quiere, menos cruda, más ligera y más volátil. Rezumaba una melancolía a la europea, de un romanticismo menos dulzón y más evocador, y, al haber menos filtros de control, contaba con un intransferible sentido del humor. La música de librería era como arcilla lista para ser modelada. Unos realizaban con dicho material piezas funcionariales mientras que otros dejaban la imaginación volar, introduciendo cualquier sonido nuevo que acabase de llegar a sus oídos, a la vez que convertían al estudio de grabación como un instrumento más. En ese sentido era innovadores, atrevidos y, los más duchos, capaces de integrar modernidad con vocación popular. No le hacían ascos a ningún estilo y muchas veces esa anarquía, bien sujetada luego en las salas de montaje de los estudios, daba lugar a acontecimientos supremos.

 En nuestro país, como con tantos otros estilos, la cosa era anárquica, falta de la más mínima estructura y territorio de espíritus libres. Pero era, no dejen que les engañen. Los más sagaces, ya se ha dicho, viajaban y vendían sus servicios a editoriales foráneas. Pero la gran mayoría, autores de episodios propios del francotirador o del insensato, se dedicaban a subsistir. Por supuesto, todo, aún hoy en día, falto de un discurso y una sistematización en su estudio. Por supuesto también, la gran mayor parte inédita discográficamente y, en el mejor de los casos, editado de aquella manera, sin acreditar o de tapadilllo en sellos cuanto menos hoy olvidados, bien sin distribución o bien propiedad de multinacionales que dudo si quiera que sepan de la posesión de sus derechos fonográficos. De muchos de esas aventuras ya se hablado en el Estudiodelsonidoesnob: Episodios como los de Beltrán Moner en Berta (subsello de Polygram) para los programas de motor de TVE, la gran mayoría de la obra de Asins Arbó, toda la música de Waldo de los Rios (entre la música concreta, la electrónica experimental y su devoción Wagneriana) para “Historias para no dormir”, Juan Luis Moraleda y sus trabajos en los estudios Carbonell,  Los Eps de Luis Araque con esas cortinillas cinematográficas llamados los Filmlets o los de José Solá para las películas noir de Julio Coll. Más. Los Lps en Marfer de Santisteban con sus músicas para series de Televisión española, las aventuras de Juan Carlos Calderón con Marisol, los Eps de regalo en complejos turísticos del maestro Torregrosa, Jaime Cristau y su orquesta Miramar con sus numerosos seudónímos (Charlton Flyes, Blas & His Group, Conjunto Jae’s Soul, Frank Miller…), Eddy Guerín y Claudio Villa, la gran mayoría de los discos de Calandría (recopilados en el formidable Iberico Jazz por Munster), Ramón Gil, El Conjunto de Rafael MartinezLa Orquesta Maravella…

 Todo un entramado, más alambicado que las trincheras de la primera guerra mundial, en el que se entrecruzan los más diversos personajes: Bandas militares cuasi desertoras, alopécicas Orquestinas dedicadas a entretener a los turistas, producciones cinematográficas de serie z, cejijuntos aspirantes a estrella pop, concursos televisivos y radiofónicos del más diverso pelaje, ortopédicos combos de pseudo soul y carpetovetónicos especímenes entre el pasmo y la desvergüenza. 

Qué quieren que les diga. No quiero hacer de mis carencias bandera, pero… ¿Estoy enfermo? sí, muy probablemente. Pero que me (nos) quiten lo bailado.

 

 

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