LEWIS L’Amour

 

Texto por Jack D. Fleischer

Los Angeles 1983

Envuelto en un misterioso laberinto de brumas como sólo la ciudad de los sueños puede crear, un tipo llamado Randal Wulff surgió en el horizonte. Aparición o sueño andante, su destino sería escribir un puñado de canciones de arreglos melancólicos, repletas de miradas nocturnas y silencios embarazosos. Conducía bonitos automóviles y pernoctaba en los mejores hoteles. Se citaba con hermosas mujeres y lucía una melena rubia peinada como si fuese una estrella de cine. ¿Acaso fue todo un sueño? Algunas veces la fantasía precede a la realidad y otras termina por sobrepasarla. A día de hoy sabemos muy poco de Randall Wulff más allá de este disco tan especial que publico bajo el pseudónimo de Lewis y aún así siguen faltando un montón de detalles que en buena lógica, esperamos, el futuro nos deparará. Es entre las grietas y los pliegues de esta extraña historia donde pequeños rayos de luz parecen querer emanar, brillando de manera ineludible para cualquiera que haya tenido contacto con el disco. Pese a la tristeza y el dolor, el sendero hacia la luz siempre aparece.

Fue bastante lejos de L.A. donde Lewis surgió. Un coleccionista descubrió L’Amour por casualidad en un rastro de Edmonton (Alberta) en el día de año nuevo del 2007. El mercado estaba a punto de cerrar para siempre mientras un puñado de cajas de discos orilladas parecían destinadas a ir al contenedor. Jon Murphy (así se llamaba el coleccionista) recuerda; “… Tras una rápida inspección visual, podría haber pensado que era una edición privada de un Lp malo de Country & Western, pero enseguida supe que era algo más...”

Fue ese algo más lo que atraparía a un buen amigo de Jon, Aaron Levin, un reputado coleccionista con especial afición por las ediciones privadas. Cosas del destino, Aaron encontró cinco copias más un año después en una tienda de Calgary y comenzó a compartir el disco en el ámbito del coleccionismo.

 Tuve mi primer encuentro con L’Amour en el verano del 2009 cuando un amigo me pasó una copia en un cd-r y me avisó de que muy probablemente no iba a abandonar mi equipo durante bastante tiempo. Tras destapar una cerveza fría un anochecer a finales de verano en Missula, caí atrapado en ese colchón de teclados ligeros, sintetizadores y el vacilante rasgueo de guitarras. Me hechizó completamente y de inmediato me contó entre los miembros de su feligresía. Caí rendido por completo en esa sensación de ser otra persona imaginaria, empapado en la oscura atmósfera que el disco rezumaba, desde el mismo instante en que puse la aguja sobre él. Hablaba de mi amor por dimensiones perdidas de expresión personal y del modo en que las personas encuentran maneras de ser increíblemente vulnerables incluso en sus momentos más públicos. Las capas de combinación de hechos y ficción que ese disco parecía alternar me volvieron loco.

 Sin saber que años más tarde me establecería en L.A. o de que tendría una carrera en la industria del disco, me resulta divertido recordar ese momento y el modo en que todos los hilos parecen ahora conectarse. Huelga decirlo, el disco desplegó algo quintaesencial en la cara oculta de mi aparentemente soleado futuro; el ominoso y oscuro silencio de neón propio de la noche de Los Angeles. No se me ocurre otro disco que tenga esa misma esencia, la parpadeante soledad que significan miles de luces solitarias si te atrapan al anochecer. Aunque mi implicación con esta aura mística urbana queda a una distancia prudencial y mi conocimiento sobre ello llegaría efímeramente, me sumé a otros aficionados a detectives conminados a encontrar a Wulff, quién nos parecía entonces una especie de piedra angular de esa distópica brisa melancólica, la llave a una proverbial noche sin fin.

La pista más inmediata se hallaba en la carpeta del disco, en el autor de sus fotografías, atribuidas a Ed Colver, una leyenda en el mundillo de la fotografía Punk Rock. Era una autoría un tanto sorprendente, dada la completa oscuridad del disco y la distancia tan grande con la clientela habitual de Colver. Este no podía recordar como entró en contacto con Wulff, aunque sí que la experiencia le resultó seductora en un principio. Colver, casualmente, vivía a una manzana de mi casa, en Highland Park. Un día del 2013 quedamos en su casa y me introdujo en la historia;

… Estaba hospedado en el Beverly Hills Hotel, conducía un Mercedes descapotable y tenía una novia que parecía una modelo. Me dio un cheque de 250$ de una cuenta de Malibu que estaba cancelada. Lo ingresé, me lo devolvieron y me llevó meses pagarlo. Volví al BH Hotel a buscarlo y en recepción me dijeron que se había ido a Las Vegas y de allí a Hawaii sin dejar más información. Hasta hoy. Me gustaría volver a encontrármelo. Años más tarde encontré una copia del disco en una cubeta. Lo compré solo para acordarme de su cara…

 ¿Fue el entrenado ojo profesional de Ed el que logro captar la esencia del momento o la misteriosa mirada de Randall -oscura, herida- la que hizo de la portada del disco algo tan inmediatamente extraño? Tal vez fuese una combinación de ambas cosas.

 Pasamos la tarde viendo viejos discos que Ed había guardado por diversos motivos, la mayoría relacionados con lo ridículo de los exagerados estilismos en diversos periodos de la historia de la música; Portadas relacionadas con la religión, la publicidad, el sexo, las drogas y el rockandroll, todas aparentemente arrolladas por un sueño plástico. Siempre me ha gustado ese tipo de expresión artística. Ed me contó lo perplejo que se había quedado cuando descubrió en los noventa el libro Incredible Strange Music. Su colección era más que digna. Conforme iba pasando la tarde, su conexión con el objeto de mis deseos iba siendo más elusiva.

Desesperados en busca de respuestas, Light In the Attic pago la deuda de 250$ de Lewis y yo le insistí a Ed en ver si podía encontrar los negativos de las fotografías entre su extenso archivo fotográfico. Escarbando entre carpetas polvorientas finalmente encontraría el dossier de Randall Wulff.

Para mi júbilo y sorpresa, había treinta versiones diferentes de la foto de portada. Aspectos de su personalidad brotaban de entre la acerada mirada original. Algunas fotos mostraban una sonrisa improvisada, otras un suave malestar. Dos de ellas lo mostraban con su novia. Parecían enamorados. Eso me gustó pese a que su música hasta día de hoy haya sido un recordatorio de la melancolía y la pérdida. La foto de la pareja me hizo cuestionarme tantas cosas que las preguntas se convertieron en cientos de miles con sus hipotéticas respuestas. La pista se detenía ahí aunque yo seguía extasiado. Las fotografías habían creado otra capa de intriga y el hecho de que hubiesen descansado tanto tiempo en una carpeta de un archivo a una manzana de mi casa era algo que ni siquiera podía haber soñado.

En la parte de atrás de la carpeta había una nota con dos nombres que finalmente resultarían infructuosos para nuestra investigación. Bob Kinsey fue un ingeniero de los Music Lab Studios de Silver Lake durante los ochenta que grabó a miles de artistas durante el curso de esa década. Ahora vivía en Las Vegas. No guardaba ninguna cinta de las sesiones de L’Amour y declinó comentar nada más. El otro nombre era el de un tipo que tocaba el sintetizador, un tal Philip Lees. Nos fue imposible localizarlo aunque creemos que ahora vive en Europa.

Habiendo buscado, de manera intensiva y sin ningún éxito, en varios ficheros de datos por cualquiera con el nombre de Randall Wulff, estábamos a punto de rendirnos. De repente, sentado y sudando en medio del calor tejano de una noche de verano, me di cuenta de adonde debían dirigirse nuestras pesquisas: Canada. No supe por qué no lo había pensado antes. Tal vez porque, a menudo, los discos autopublicados raramente traspasan el estado o región donde han sido producidos. Por eso nuestras pesquisas se habían concentrado en California y en el Este de los Estados Unidos. La excepción, sin embargo, es L.A., la capital del entretenimiento y el destino para intérpretes de cualquier género, lugar y condición, para tipos que muy a menudo no tienen éxito y se llevan con ellos sus sueños y sus discos autopublicados.

Mi buen amigo Markus Armstrong había estado en todas las pesquisas y peinado todas las pistas tanto en U.S. como en la frontera. Dado que varias copias de L’Amour habían visto la luz en Alberta lo más obvio parecía empezar a buscar allí. En unas pocas horas cantamos bingo. El correo recibido por un tal Jeremy Wulff (Sobrino de Randall) parecía demasiado bueno para ser verdad y tras mostrarle la portada del disco lo confirmó. Jeremy escribió;

 “… Mi familia y yo nos trasladamos a la Costa Oeste cuando yo tenía dos años, así que mis recuerdos de Randall están circunscritos a pequeños fragmentos en Navidades o vacaciones veraniegas, cuando volvíamos a Calgary de visita. Sé que estuvo envuelto en diversas asuntos durante los ochenta. La música probablemente fuese una de ellos, pero lo que mas recuerdo de él son comentarios sobre grandes operaciones en el negocio de La Bolsa. Eran los ochenta y después de todo puede que en aquella época todos tuvieran un pequeño Gordon Gekko en su interior. Tengo un débil recuerdo de que por aquel entonces estuvo en L.A. y eso parece encajar con la historia. Recuerdo que Randy siempre iba subido en un hermoso coche y llevaba una hermosa mujer cogida de su brazo. También recuerdo haber visitado su apartamento, decorado con muebles blancos de cuero y a la misma hermosa mujer llevándonos a mi y a mi hermano a nadar en la piscina. Todo muy excitante para un chico de once años…”

Jeremy nos contó que en los últimos años su padre y su tío habían perdido el contacto aunque había oido que vivía en Vancouver. También comentó que el pseudónimo de Lewis probablemente fuese un homenaje a la abuela de Randall, de quién había sido el favorito durante su infancia.

 Por último, Jeremy recordó otro pseudónimo bajo el que Randall había estado grabando y ese nos condujo hasta los Fiasco Brothers Recording Studios en Vancouver, donde el experto canadiense Kevin “Sipreano” Howes nos llevó hasta Len Osanic, el jefe de ingenieros del estudio. Len recordaba que Randall había grabado tres o cuatro discos allí, también que se lo tomaba con toda la minuciosidad del mundo hasta encontrar el sonido deseado. Algunas veces le llevaba hasta cuatro horas grabar una sola canción. Describió su sonido como Soft Religious Music y mencionó que Randall le habló de una adolescencia pasada en Hawaii con su tía Doris Duke(???) su gran filántropa. No hemos podido confirmar la veracidad de esa conexión y, pese a parecer una fantasía, preferiría no juzgarlo ni criticarlo.

La historia iba siendo cada vez más y más extraña y aunque teníamos el nuevo nom de plume de Randall, nos era imposible probarlo hasta encontrarlo. Sus hermanos, quienes había declinado hablar con nosotros, eran probablemente nuestra mejor pista pero no había nada que pudiésemos hacer para convencerles. Por ese lado Randall era esencialmente un fantasma.

Hay otros variados detalles que se supone que debería considerar antes de terminar esta historia. El más notable sería la rara carpeta alternativa que encontró un coleccionista en Amoeba Records de L.A. en los años noventa y que no saldría a la luz hasta que el interés de los coleccionistas en el disco captase su atención. La imagen es, en mi opinión, un tanto escalofriante; La silueta en blanco y negro de una máscara con la cara de una bestia que se parece a Chewbacca en un espejo simétrico, con el nombre y el titulo del disco adjunto. Esta variante de la portada ha captado la atención de los especialistas y diversas teorías han surgido al igual que sus interpretaciones. Podría ser tanto un homenaje al test de Rorscharch realizado por un aburrido dependiente de una tienda de discos como la artística aproximación a las desconocidas profundidades de L’Amour?. Si esta fuese la teoría predominante habría que esperar hasta encontrar una segunda copia. (Cosa que sucedería en eBay a principios de 2014)

Podemos convenir en que el nombre del sello que publicó L’Amour, R.A.W. , es un acrónimo de Randall A. Wulff y que el sticker pegado en la contraportada dedicando una canción a Christine Brinkley es tan solo el homenaje de un Fan, sin ninguna vinculación personal, pese a que la canción se titule Romance for two. El título de esta canción en particular no consta en la carpeta original y fue por ello necesaria la inclusión de dicha pegatina.

 En un último esfuerzo por sacar a la luz nuevas traza de la historia conseguí ponerme en contacto con Tony Mederos, otro ingeniero de los Estudios Music Lab en los años ochenta. Tenía vivos recuerdos del estudio, se acordaba tanto de que eran el más barato de la ciudad como de que por allí pasaron múltiples personalidades, desde las más salvajes a las más maravillosas. Randy estaba claramente entre estas últimas y también recordaba que, de alguna manera, entre los miles de conflictos pugnando, él permaneció de pie entre la multitud.

Tras ver la portada del disco, Tony pareció transportarse de inmediato a la época. Recordaba haberse encontrado a Randy y a su novia en las sesiones y una larga conversación sobre la pérdida de su casa de Malibu, que se había derrumbado desde un acantilado por causa de un deslizamiento de tierras (fue el año de El Niño). Dado que Tony estaba especializado en Hard Rock y Latin Music, fue él quién le sugirió a Ben Kinsey para el proyecto Lewis ya que estaba especializado en grabaciones con un toque delicado. Tony se refirió al estilo de Bob como “New York Sound”. No podía añadir mucho más porque realmente él no trabajó en el disco pero si insistió en que Randall era carismático, refinado y claramente un artista. A veces la vida es, de hecho, mejor que la ficción.

En suma, solo tenemos la mitad del expediente completado. Con la decisión de reeditar el disco hemos decidido poner la parte de los derechos de Lewis en un depósito, con la esperanza de que algún día aparezca. De momento, muchas cosas han visto la luz, y aquellas que no, al menos nos dejan con lo mejor que nuestra imaginación puede ofrecernos. Todo aquello que necesitamos para sumergirnos en un Lp que ha sido descrito como Un horizonte de sucesos de la delicadeza  y que pugna por poner a todos y cada uno de sus oyentes en el filo, en el infinito brillo del más solitario de los susurros, adentrándonos en el adiós de la noche. ¿Fue la ciudad o el compositor? ¿Era el sueño su carga? La dolorosa intemporalidad del disco podría ser el verdadero servicio de la historia; Podría ser todo lo que alguna vez quizás llegaremos a saber.

 

 

 

 

 

 

 

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