CLAUDE LOMBARD Chante

 

Primavera de 1969. Todavía no hace un año que Claude Lombard ha cantado en el Royal Albert Hall de Londres. Ha acudido allí en representación de su país, Bélgica, para participar en el XIII Festival de Eurovisión. La canción que interpreta, “Quand tu reviendras”, queda en séptima posición. Para entonces, la joven huesuda, de frondosa melena rubia y unos impresionantes ojos azules, y que pese a todo ello no puede disimular un cierto aspecto andrógino, tiene ya en su interior el embrión de un portentoso milagro musical, uno de esos que se dan muy raramente y que suelen ser inextricables. No es producto de un mero chispazo de genio -o no tan sólo- sino de algo que adherido a la determinación y la insatisfacción a partes iguales (“… Todo el mundo parecía contento menos yo…”) ha sido largamente madurado en el tiempo. Algo escondido de lo que está a punto de ser plenamente consciente.

 

Nacida en Bruselas en 1945, Claude Lombard ha mamado música desde pequeña. Hija de un músico de jazz y de la pianista, cantante y actriz Claude Alix (quien comenzaría cantando rock and roll bajo el nombre de Rita Roque y que ha actuado, entre otros, con Becaud y Brel), desde adolescente ha tomado clases de piano y de guitarra, de música y de armonía, de contrapunto y de composición. Con 17 años, tras cursar el bachillerato, es la hora de tomar una decisión sobre su futuro. Asunto vital para el que, como es normal, no se siente preparada. Sorprendentemente se decide por los estudios de derecho, toda vez que, para matar el gusanillo artístico, se inscribe en unos cursos de arte dramático. Pronto advertirá que no ha sido la mejor idea.

 

Toma entonces la decisión de ingresar en el ISAC ( Instituto superior de las artes y de la coreografía) de Bruselas. Junto al perfeccionamiento de sus dotes musicales –comienza a ser una pianista y guitarrista competente- aprende interpretación y puesta en escena y se sumerge en todos los pequeños resortes de la producción y del montaje musical. Una vez terminados los estudios debe comenzar a ganarse la vida. Escribe la partitura para una adaptación musical de La espuma de los días de Boris Vian y, junto a su madre, la del musical Flower power. Al mismo tiempo aparece como corista, muchas veces sin acreditar, en multitud de discos. Incluso ha publicado un par de años antes un sencillo en Decca, subida en la ola de la explosión ye-yé que todo lo impregna; En la cara A se halla L’amour de toi , canción compuesta por ella en la que pone música a un texto del poeta Louis Aragon. En la cara B recreará Tout fout tout doux, una balbuceante y agradable bossanova escrita por su madre.

 

Pronto el trabajo comienza a ser ingente, agotador. Lejos de amilanarse, su ritmo imparable consigue ser el acicate definitivo que le hará decidirse por la música, pues le sirve tanto de curso de doctorado para perfeccionar sus aptitudes musicales como de profundización en el conocimiento de los entresijos del estudio de grabación. Será, en definitiva, la culminación de una realización personal y satisfacción íntima, pues por fin siente que ha encontrado su lugar.

 

Decide tomarse definitivamente en serio su carrera musical. Unos cuantos acontecimientos sirven de combustible a esa decisión; Entra a formar parte de Musiques Nouvelles, grupo de música contemporánea y presta su voz a la orquesta de Jazz de la Radio Televisión Belga. Conoce a Pierre Bartholome, por aquel entonces el estandarte de la música contemporánea en Bélgica. Seducido el compositor por su camaleónica voz le ofrece un papel en Laborintus, una ópera de Luciano Berio que se va a estrenar en el Teatro Real de la Moneda de Bruselas. Claude, todavía muy dubitativa sobre su capacidad y su verdadero talento, acepta. Las positivas críticas recibidas parecen insuflarle una cierta confianza en sus cualidades. Como símbolo de una época, todavía poco codificada, de la Ópera de Bruselas pasa al Festival de la Canción Latina del Mundo, celebrado en México, sin solución de continuidad. Acude allí de la mano de su amigo Freddy Zegers (un veterano sumergido en la mística de la bohemia que le acompañará a partir de entonces como autor de los textos de sus canciones) y queda en décimo lugar de cuarenta participantes. El texto, escrito por Zegers, obtiene la medalla de oro. ¿El titulo? Ah, claro. Es Petit frére, la canción que abrirá su futuro primer Lp y lo más parecido a un éxito que tendrá jamás.

El ritmo continua incrementándose. Una serie de sencillos y Eps se suceden; Desde Profond/Les Vieux/Chatelains/A Lars de 20 ans , su debut para Palette (donde coincidirá por primera vez con Willy Albimoor y Roland Kluger) hasta Bains de Mousse/Tendresse de chevet/Aux quatre coins/Jupon Voe, editado por Polydor, ambos en 1967. Todas las canciones están compuestas por ella y escuchadas hoy parecen el pertinente entrenamiento (bossanova, chanson, pop) para lo que está por llegar. También hay una canción, incluida en el sencillo compartido con su amigo Zegers (“Bonjour soleil/ Le rêve, l’artiste… et son dream. Trip into a dream”) que es, sin ningún género de dudas, el más claro y evidente antecedente de lo que nos deparará Claude Lombard chante. Bonjour soleil, que así se titula su canción, es mitad homenaje a la música brasileña, mitad Scat-Jazz juguetón. Bossanova atípica jugando con el órgano y una omnipresente flauta, mientras su voz parece navegar sobre ella, logrando un tobogán de rítmicas proporciones similar al conseguido por France Gall en Zoi Zoi . Para redondearla, unas cuantas pinceladas de efectos de estudio y de ensoñadora electrónica que le otorgarán una etérea sensación de volátil entusiasmo.

Sí, ya va siendo hora de ir a lo que realmente nos ocupa, del disco que tiene usted entre manos, de hablar de Claude Lombard Chante (Disques Jacques Canetti, 1969). ¿Cómo relatar este milagro, cómo explicarlo, si uno no es -ni aspira a ser- un evangelista?. Bien, voy a intentarlo. Imaginémonos por un instante el proceso de composición de un perfume arrebatador. Para ello introduzcamos dentro de una probeta su componente principal e indispensable, la música de Claude Lombard, ligera, inaprensible, pura. Añadamos los textos de Freddy Zegers , sencillos y descriptivos, distantemente impresionistas. Sumémosle a todo ello la dirección musical de Willy Albimoor, la magia de los Estudios Madeleine de Bruselas, el embrión de los futuros RKM studios, donde coincidirían, no me pregunten cómo, una pléyade de talentos y pioneros musicales. Fundados por Roland Kluger y Roger Verbestel, sería algo parecido al cuartel general de discos Palette. Una vez combinado todos los elementos en sus justas proporciones y logrado tan embriagador perfume, es conveniente vestirlo elegantemente, de un modo que le haga la justicia que merece. Para ello ¿Qué mejor que el soberbio diseño de la carpeta?. De un lado la portada, sencilla, en blanco y negro. La fotografía de Claude Lombard en multiexposición, simulando movimiento, difuminada. Su rostro mirando al suelo y su nombre escrito con la caligrafía de Jacques Canetti, innegociable sello de fábrica de todos los discos publicados por su discográfica. Ahora démosle la vuelta y maravillémonos. Disfrutemos de su contraportada; Su figura, de medio cuerpo, a la derecha del lienzo. Oculta bajo diversas figuras geométricas que provocan efectos ópticos y transmiten movimiento. De formas, planos y perspectivas ambiguas. Una obra de arte en si misma, sin acreditar, que tiene una indisimulable influencia en la obra de Victor Vasarely. Una contraportada que es puro Op-art, todo un manifiesto artístico y que en mi opinión hubiese merecido ser la portada.

El disco, íntegramente compuesto por ella y escrito por Zegers, contiene doce canciones. Producido por Roland Kluger en los Estudios Madeleine, cuenta con los arreglos y la dirección musical de Willy Albimoor y con Pierre Dupriez, un ingeniero de sonido que ha trabajado en Philips junto a Roger Verbestel. Comienza con una carta de presentación ligera y agradable, la antes citada Petit frère, una breve introducción de lo que se nos va a regalar. Es esta un embriagador medio tiempo repleto de cuerdas, chanson canónica en apariencia, en la que escuetos y delicados arabescos sonoros dibujan una sensación de ingenua melancolía y ese característico estado de suspensión que flota por todo el disco. Termina y de inmediato, como si tuviese prisa por mostrar todas sus cartas casi desde un principio, surgen las imponentes Polychromes y Les enfants perlè, estandartes de un impecable cosmología sonora, pasado y futuro de la mano. Tan Broadcast avant la lettre como conectadas de un modo invisible con el tropicalismo y la vanguardia electrónica. De los White Noise de David Vorhaus a los experimentos sonoros de la BBC Radiphonic Workshop creados por Delia Derbyshire. Del Roger Webb Sound y su Vocal Patterns a la conexión temporal con la implosión en Francia de sellos de Librería Musical como Editions Montparnasse 2000 (1968) o Musique pour l’image (1967); Robert Viger, Claude Vasori, Janko Nilovic, Roger Roger … un puñado de compañeros de viaje de los que, finalmente, no es otra cosa que colega y en absoluto émula.

 

Porque si una cosa por encima de todas caracteriza a Claude Lombard Chante es su negación en constituirse en mero doppelgänger, su condición de obra misteriosa per se. Una obra que parte de lo recóndito para acabar alcanzando la visibilidad total, que juega con la personificación de la ausencia como presencia absoluta, pues esos son los fundamentos del misterio. Porque más que aspirar a tener una visión panorámica parece empeñada en dedicarse con especial esmero en los detalles aparentemente irrelevantes, esos cuya suma constituye un todo inasible y que terminarán por conferirle un estatus único. Utiliza y combina, como medio y no como un fin, casi cualquier tipo de gadget sonoro a su alcance; Eco, Reverb, delay, osciladores, líneas de bajo andantes, los chimes o carillones, electrónica analógica, percusiones … Todo son colores en su paleta, instrumentos conminados al logro del fin último, la canción. Incorpora incluso las Ondas Matenot, (impresionante su empleo en L’arbre et l’oiseau) un instrumento compuesto por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia, que ya han utilizado con profusión Varese o Boulez y que se caracteriza por una cierta similitud con el Theremin y, sobre todo, por ser bastante más preciso y controlable.

La sucesión de hallazgos sonoros es cuanto menos sorprendente; Midi antecede y concentra en tres minutos escasos el corpus de lo que será la obra de Stereolab. L’usine semeja a Brel instalado en un beat lo-fi de Can .Les musiciens, parece chanson espacial, si acaso ese término existiese, extraída del Moon gas de Dick Hyman & Mary Mayo. Sleep well es una nana futurista de la que ha bebido (via Echo’s answer aseguraría) al menos medio catálogo del sello Ghost Box.

Junto a ellas, otras que parecen servir como interludio o reposo; Bossanova fosforescente a-lá Jean Jacques Perrey en La Coupe. Copacabana, Samba y batucada en La Camarde, un poco al estilo de Michel Legrand en Soleil a vendre o Les baladeurs du siècle d’aujourd’hui. Chanson melancólica de clásica resolución en Les Vieux comptoirs o Mais…  Todo parece casar perfectamente, de manera tan aparentemente involuntaria como de perfecta resolución. Por un lado lo raro, lo extravagante, lo desconocido, lo seminal y lo místico. Por otro el concepto de canción, su persecución y su logro. Ambos ensamblados con perfecta naturalidad y respetando la obra final, la canción. Adelantándose unas cuantas décadas –diría que creando, si no fuese muy atrevido por mi parte- al concepto Hauntological, tan en boga en el cambio de siglo.

Claude Lombard chante no es un disco vanidoso o exhibicionista, no es en absoluto presuntuoso ni mucho menos avasallador. No pretende sentar ninguna base ni convertirse en ningún canon, más bien al contrario, es un disco grandiosamente pequeño. Rezuma libertad y está dotado de un estado de perenne magia que, de acuerdo, puede ostentar un cierto halo visionario. Pero es, sobre todo, es un disco humilde y personal, entusiasta y exuberantemente optimista. Un disco que une su devoción por la música brasileña con la electrónica experimental. Recorre los recuerdos de la infancia y la ilustración musical sonora para, partiendo de lo personal, abrazar lo colectivo. Un disco que es aventura y escondite, arcano profundo y futuro imaginado. Un disco que siendo a la vez cuadro y fotografía termina por ser, sobre todo, la cartografía de la ensoñación.

Sería un hermoso canto del cisne. Después una extraña mutación. El silencio. Otro disco en 1979, un trabajo estable como corista de Charles Aznavour (quién incluiría en su repertorio alguna de sus canciones como Les Musiciens) y una carrera dedicada a interpretar canciones para series de televisión de dibujos animados y a trabajar como actriz de doblaje. Hasta hoy.

Resulta curioso como la música y las palabras escritas por otros –individuos en ocasiones cercanos y en otras muy distantes a nosotros, tanto en espíritu como sentir- una vez desprovistas de sus abalorios y tomada solo su espina dorsal, pueden describir lo que somos -o aquello que aspiramos a ser- de manera más diáfana que aquellas pronunciadas por uno mismo. Pueden hacerlo de muy variadas formas, poliédricamente. Unas veces de manera transparente, dotadas de una nitidez sencilla y exacta. Otras, en cambio, de un modo tan lacerante como la peor de las decepciones. Pueden surgir de manera involuntaria, como mera consecuencia de la casualidad y también como objeto de un plan detallado. Pero, vengan de donde vengan, deben siempre partir del entusiasmo y del sentir. Del afán por comprender y de la curiosidad, del riesgo y de la determinación. Sostiene uno que de ser así y que, en las escasas ocasiones en que se de el prodigio, refulgirán inmortales, como un reflejo extrañamente fidedigno de los avatares y destinos a los que la vida termina conduciéndonos. Claude Lombard lo consiguió. Una vez. Fue suficiente.

 

* Claude Lombard Chante fue publicado originalmente por Disques Jacques Canetti en 1969. Disques Sommor lo ha reeditado en el 2017 incluyendo estas notas por mi escritas.

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