TOM DISSEVELT Música para un guateque sideral (Philips, 1960)

Cuenta la leyenda que cuando a principios de los años sesenta Waldo de Los Ríos llegó a España, llevaba bajo el brazo – e incrustado para siempre su sonido en su hemisferio cerebral derecho- una copia de “El Fascinante mundo de la música electrónica” de Tom Dissevelt y Kid Baltanálbum, curiosamente, publicado en su Argentina natal en 1959 y del cual también se extrajo un ep que llegaría a publicarse en nuestro país un año más tarde. Al parecer andaba obsesionado con la música de Dissevelt y parte de su obra menos comercial (la mayoría desgraciadamente inédita  fonográficamente) tendría bastante que ver con esa influencia y obsesión. Me acuerdo especialmente de su raro Lp con la banda sonora de “¿Quién puede matar a un niño?” del que ya hablamos en esta bitácora y, especialmente, de sus composiciones para la serie de televisión (tres temporadas) de Historias para no dormir

Publicado en nuestro país en el año 1960, “Ritmos electrónicos, Música para un guateque sideral” (una calle, una avenida, un bulevar, merece quien tuvo la idea de así titularlo en su edición española) tuvo, como decía, edición discográfica aquí. Detalle que, dicho sea de paso, no hace más que provocarme la risa por enésima vez cada vez que escucho opiniones que resuelven con condescendiene desprecio una época de nuestra historia discográfica con todas las lacras que quieran, que las tuvo, sí, a paladas, pero que puesta en perspectiva y comparada con otras, no sabría decirles en que fueron peores.

 Por último, capítulo aparte merecen las brillantes notas de la contraportada, desafortunadamente anónimas, que les transcribo a continuación. Un texto que oscila entre lo naïf y lo osado, no sé si escrito así a propósito y al que no puedo encontrarle ningún pero en absoluto.

… “Música electrónica” es como los novatos la llaman. En esta ocasión el experto manipulador de los interruptores es Tom Dissevelt, un joven holandés lleno de imaginación que toca el contrabajo y que es un arreglista y director notable, pero que en este caso prefiere dirigir un conjunto compuesto de un generador de sinosoidales, un generador de ondas rectangular (cuadrado), un generador de ondas entrante de sierra, un generador de impresor, un generador de ruidos, un multibrivador, un filtro de banda y un modulador anular con un obligato ocasional de percusión, producido por unas pequeñas barras metálicas y un piano.

 Tom Dissevelt, ayudado por Kid Baltan, un hombre experto en electrónica, emplea unos ingredientes con un alto grado de ingenio y, auxiliado por magnetófonos, recoge sonidos electrónicos, los recorta, los atenúa, los exalta, altera su tono, cambia su velocidad y los apila en estratos. El resultado, altamente sorprendente, no resulta un ensayo en el modo de hacer música austera y ultramoderna de la que se haya suprimido ampulosamente toda emoción y toda melodía (aunque el equipo empleado pudiera dar lugar a creerlo); No es música para escuchar mientras se visita el lado oculto de la luna. Con la mano de Dissevelt en los mandos, la música electrónica no resulta en absoluto sobrecogedora, sino alegre y viva y deliciosamente melódica y tan marcadamente rítmica que puede bailarse con ella.

 Los sonidos extraídos del conjunto de generadores no están tan divorciados de los producidos por los instrumentos que a diario se tocan, que dejan al oyente rendido sin remedio (los generadores, como se transpira en el disco, pueden producir un sonido extremadamente rico como el aullido de veinte o treinta saxofones o el soplido de al menos un pelotón de fagots); pero sin embargo, desde la primera nota, la música tiene un color que la distingue y una individualidad que prevé que Dissevelt está explorando nuevos territorios musicales con inmensas posibilidades.

 Las alegres melodías que ha compuesto presentan un acompañamiento que es una corriente fascinante de sonidos de goteo, susurros, pompas, golpes, crujidos, chirridos, silbidos, quejidos, suspiros, pitidos, golpes metálicos, explosiones silenciadas y explosiones sin silenciar. Esto pudiera parecer algo así como un pequeño caos; pero la música, de hecho, resulta tan altamente organizada como cualquier pieza concebida por Schönberg.

 De las cuatro piezas de este muestrario electrónico “Síncopa”  se dispara ene estilo latino americano muy embriagador con una melodía brillante y un vivo acompañamiento rítmico. De cuando en cuando surgen pinceladas de sonidos que semejan el producto de una acordeón gigante y en el acompañamiento pueden distinguirse sonidos de goteo, choque y golpeteo, el siseo como de cohetes que suben. La melodía, sin embargo, triunfa sobre estos oponentes y la pieza termina de manera alegre. “Vibración” que también es del poseedora de una melodía sumamente atractiva comienza con un acompañamiento que mezcla los elementos de un taller de lavado a vapor con los de un laboratorio científico dedicado a experimentos destructivos con ácidos. Esto pronto se disuelve en sonidos gangosos como los de los alambres tirantes que se cortan y en sonidos de gorgoteo como los de las botellas que se vacían, así como en una variedad de golpes metálicos. De nuevo la melodía (unida al taller de lavado) emerge triunfalmente y la pieza termina con tres incisivos chorros de vapor.

 “Torbellinos”, una pieza en conjunto movida, nos enfrenta con excitantes ruidos de la jungla que contrastan a veces inesperadamente con los de una fundición de acero atendida del mismo modo inesperado del antes citado pelotón de Fagots. Hay un fragmento de melodía que marea, al que la pieza debe su título, y la música culmina con una versión electrónica del percutir de un cimbal.

 “Vaivenes” es más misteriosa, una visita a un puesto avanzado en el ártico, en sonde el viento suspira suavemente sobre la nieve y donde hay efectos de apenas resplandeciente luz solar mezclada con neblina. Si Debussy o Ravel hubieran compuesto música electrónica, seguramente hubieran dado luz a algo muy parecido a esto, que es un maravilloso caleidoscopio de colores impresionistas.

 Philips se honra en presentar, por primera  vez en España, un disco bailable grabado íntegramente por este atrevido y sugestivo procedimiento…” 

Anuncios

Un comentario sobre “TOM DISSEVELT Música para un guateque sideral (Philips, 1960)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s