TRÚPITA Esta noche me quiero descolgar

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Neologismo imagino que de procedencia madrileña (jamás escuche la palabra descolgar como sinónimo de desparrame en la Valencia de los ochenta), Esta noche me quiero descolgar resulta ser un episodio narrado en primera persona, decorado por una extraña y triste cotidianidad y repleto de frases, apuntes sociológicos en apariencia inconexos, que de repente cobran todo el sentido del mundo hasta terminar convirtiéndose en un grito contra la rutina diaria que todo lo devora. Costumbrismo de telenovela revestido de tintes depresivos, en ocasiones emanando un malrollismo subterráneo insoslayable y sorprendentemente dirigido a ¡la pista de baile!

Canción coronada por una voz de timbre canalla, adictiva y pegadiza como las historias propias de la mejor canción ligera italiana, su fraseo calcado al de sus figuras más emblemáticas está en Esta noche me quiero descolgar combinado con un aire de Nueva Ola démodé (Flax, Tacones, Menta, etc) y con reminiscencias -con mayor seriedad y por tanto bastante más ingenuas- a la actitud de un Pino d’Angio. Eso sí, sin su pelazo y con dioptrías, carente de su cinismo y por tanto mucho más complicada de llevar a buen fin. El viaje en definitiva por un fino alambre emocional del que, sorprendentemente, logra salir airoso.

Súmenle a todo eso las baterías programadas a dolor y esa máquina del mal, el odioso y omnipresente Fairlight y comprenderán el tamaño de la hazaña. Se habla hoy de la reciente deriva mental de Josep Maria Mainat (el -más- feo del infausto trío cuyo nombre prefiero no mencionar) pero un día sería conveniente dibujar en profundidad el pertinente informe psicológico de su personalidad evilesque, al estilo de cómo se hace en la recomendable serie Mindhunter, para comprender la psique de uno de los pilares de la verdadera banalización del mal en nuestro país. Podríamos así advertir en toda su magnitud lo cerca que anduvimos del desastre más absoluto. Conviene saber que durante un tiempo fue el suyo el primer Fairlight existente en nuestro país, lo que vendría a ser el equivalente a constituirse en la encarnación única y omnipotente del archivillano absoluto con la cercanía al alcance de su mano de un botón nuclear.

No sé si será conveniente mencionar que el segundo de la dinastía fue Nacho Cano, tal vez sea ya regodearse en la certeza de lo cerca que estuvimos del desastre absoluto. Mucho criticar la década de los ochenta pero lo cierto es que el que se consiguiese sobrevivir a tamaña amenaza tuvo que ser tarea tan ardua que, nobleza obliga, no me queda otra que loar sus logros y hallazgos cada uno de los días que me queden de vida y hacer por disminuir sus errores.

 Ah, casi se me olvidaba. Desde pequeño aprendí que todo archivillano que se precie necesita un secuaz, un asesino implacable, un ejecutor. Y es aquí donde aparece el ínclito JR en la tarea de producción. Resulta obvio que es del todo imposible alcanzar el estado de perfección permanente, que no se puede hacer todo siempre bien. Del mismo modo creo que estaremos de acuerdo en que es tanto o más difícil hacerlo todo, siempre, mal. Pues bien, estaba(mos) equivocado(s), en ese empeño él fue faro y luz. Aunque incapaz de derrumbar completamente el talento de un inglés retirado en Ibiza que vagaba abandonado entre la dipsomanía y una empecinada deriva vital, de enterrar del todo el encanto de una lolita argentina que ya hacía tiempo que había dejado de ser adolescente o de eliminar en su totalidad la chulería de una de las bandas mas incendiarias de nuestro país, entre otros méritos, hay que reconocerle que, cuanto menos, se afano en el empeño de manera indesmayable. Afortunadamente hoy pecata minuta, lo que resulta insondable, un misterio a la altura del milagro más insólito que recordar puedan, es que, una vez señalado todo esto, Esta noche me quiero descolgar mola. Mola mucho. Muchísimo.