MARVA BROOME Mystifying Mama / For All We Know (Horse Records, 1970)

 

El otro día conseguí por fin una copia de Les Stances à Sophie y por una de esas extrañas conexiones que cada uno tiene tejidas de aquella manera en su cerebro, me acordé de Marva Broome y de su sencillo “Mystifying mama/For all we know”. Publicado, que yo sepa, únicamente en Francia, es este un single portentoso, de bicéfala perfección. Fue editado por Horse Records (un subsello de Saravah) en ¿1970? y no consta ni en su galleta ni portada, como por otra parte era habitual en los siete pulgadas franceses, el año de publicación. Del mismo modo que, pese a darse por hecha la participación del Art Ensemble Of Chicago (sobre todo en “Mystifying Mama”), se acredite dicha colaboración expresamente en ningún lugar.

Señalaba lo de su bicéfala perfección porque a mi juicio alcanza, en ambas caras (aunque en cada una de muy distinta manera) tal calificación. Mystifying Mama es una andanada de fiero y vigoroso Soul Funk en el que una voz orgullosa e implorante navega en medio de un oleaje ribeteado con la espuma del Jazz espiritual, mientras una sincopada base rítmica, un clarinete distorsionado y una apabullante sección de viento recrearán lo que parece la tormenta perfecta.

¿Qué por qué dato su año de publicación en 1970 y doy pábulo a la presunta colaboración del Art Ensemble Of Chicago? Bueno, aparte de algunas intuiciones y muchas escuchas, estas son las pistas y los indicios;

A) Sabemos que The Art Ensemble viaja a París en los años 1968/70. Allí son rebautizados como The Art Ensemble of Chicago, y tienen como base de operaciones el Théâtre des Vieux Colombier, en la zona de Saint Germain, donde se convierten en algo parecido a la banda residente.

B) Durante ese espacio de tiempo grabarán tres Lps para el sello BYG, ademas de la citada Banda Sonora de Les Stances à Sophie en el sello Pathé (con la voz de Fontella Bass, mujer de Lester Bowie en aquel entonces) y de colaborar con Brigitte Fontaine y Areski en su Lp  Comme à la Radio  publicado por Saravah.

C) Marva Broome es, digamos, de la pandilla. Asidua de Lester Bowie, de Roscoe Mitchell, de Malachi Favors, de Joseph Jarman y de Don Moye es también algo así como la protegida de Pierre Barouh (dueño y fundador de Saravah ) y amiga de Barney Wilen, con quién colaborará en su formidable Moshi , un más que recomendable disco doble (hace poco reeditado) que recoge su experiencia vital, tras un largo viaje a Africa, y en el que aúna de manera fabulosa Avant Jazz, música africana, Folklore y experimentación (Zomzibar, por ejemplo, es una hermosa muestra) 

D) Aten cabos, pinchen en los enlaces y escuchen Mystifying Mama. Creo que ya pueden formarse opinión.

 

 

Y ahora, si me permiten, démosle la vuelta. Su cara B, es, en gran parte, todo lo contrario. Yo lo resumiría como el epílogo perfecto, la calma tras la tempestad. “For All We Know” es una versión de la canción ganadora del Oscar de 1970 (No confundir con la clásica de Coots/Lewis que, por ejemplo, Nina Simone  bordaría) cantada por un tal Larry Meredith e incluida en la película Lovers and other Strangers. Con música de Fred Karlin y la letra de Robb Wilson y Arthur James (que no son otros que Robb Royer y Jimmy Griffin de Bread, quienes aquí firman con seudónimo por problemas contractuales) sería popularizada en el mundo entero por la versión que harían The Carpenters al año siguiente, aunque uno tiene una debilidad especial por la versión de Astrud Gilberto en castellano. Marva Broome la reviste de melancólica belleza, clásica y extraña a la vez, sujetada su voz entre un piano omnipresente, de cadencia hermosamente perezosa. Junto a la voz y el piano, la sección de viento, brisa aparentemente tranquila a punto de explotar, y que acaba confiriéndole una orgánica y cadenciosa elegancia. Algo así como una habitación completamente patas arriba en la que todo está, misteriosamente, en orden, con sentido.

Demonios, ahora mismo no pondría la mano en el fuego asegurando que la banda de acompañamiento en “For All We Know” no sea también, en un modo digamos relajado los mismísimos The Art Ensemble Of Chicago

 

 

Anuncios

LÉONIE. Mystérieux

 

 

 

 

 

Me sucede cada vez más a menudo. ¿No les sucede en muchas ocasiones vivir una situación y estar convencidos de que eso ya ha ocurrido, sintiéndose espectadores de algo aparentemente nuevo que les es extrañamente familiar? Fue la semana pasada cuando me pasó por última vez. Recién llegado a casa, anocheciendo, una melodía no cesaba de dar vueltas en mi cabeza desde media mañana. En un principio un susurro, su  insistencia era cada vez más tenaz. Un pequeño esbozo, una linea instrumental que comenzaba a obsesionarme y de la que no lograba recordar ni título ni autor. Sin embargo estaba seguro de saber de donde venía, es más, de que además existía en otra versión vocal. Más arreglada probablemente, en formato canción pop, dentro del apartado misterioso, en la sección evocadora. Cantada por una mujer que alternaba el francés y el inglés…  na na na na ná, très loin, là bas … love and a thrill, up on the hill in the cottonfield … Maldita sea mi manía de denominar Playlist, sin más, a casi cualquier cosa que pasase de los tres minutos cada vez que las cargo en el reproductor.

 Ese na na na na ná estaba empezando a torturarme, no lograba descifrarlo por más familiar que me fuese. La melodía del clavecín que sonaba en los auriculares era un poco más acelerada, más rugosa que la que recordaba. Transmitía la agradable sensación que procura lo inacabado cuando intuyes que puede, que va a ser algo grande, no sé si me explico. Pero en lugar de concentrar en ella mi atención una extraña fuerza me llevaba a esa otra, a la que sabía que existía escondida tras ese esqueleto hipnótico, una que sabía que había escuchado muchas veces. 

Me estaba volviendo loco. Llevaba como una docena de escuchas cuando, a punto de tirar la toalla, derrotado, decidí abrir la ventana y encender un cigarrillo. Hacía un frío del demonio. En ese momento, ya casi en otras cosas a las que mi dispersión mental suele tender, deje continuar la lista. Comenzó a sonar La Horse  y como un relámpago todo comenzó a tener sentido. Esa intro con el clavecín fue la contraseña. La voz que recordaba se parecía a la de la Birkin y una vez ahí el paso siguiente no podía ser otro que ir a Gainsbourg. La Horse había sido un hermoso fracaso de Gainsbourg/ Vannier, la música para la película homónima de Pierre Granier-Deferre de 1969, cuya banda sonora permanecería inédita oficialmente (excepción hecha, creo, de un single promocional inencontrable en el sello Hortensia) hasta su reedición oficial en Vadim Records en el año 2009.

 Jean Claude Vannier había sido fiel colaborador de Gainsbourg durante la etapa Melody Nelson  Bueno, la verdad es que fue bastante más que un colaborador. De hecho está extendida la teoría de que había sido el co-autor de las músicas de Histoire de Melody Nelson al que un pacto consentido entre ambos había dejado con el 50% de las regalías aunque sin acreditación autoral, más allá de su trabajo como arreglista y director orquestal del mismo. Antes de su irrupción como mano derecha de Gainsbourg (sucediendo a talentos como Michel Colombier, Arthur Greenslade o Alain Goraguer) Vannier se había entrenado bien como compositor, como arreglista o como director de orquesta para gente como Alice Dona, Alain Baschung, Brigitte Fontaine, Anna St. Clair, F.R. David, Sylvie Vartan, Rica Zaraï, Leonie Lousseau o Le Systeme Crapoutchik y producido junto a Bernard Estardy –firmando también parte del repertorio- ese ovni de la Exploito-psicodelia francesa que atendía por Les Fleurs de Pavot . Cuando terminó su relación con Gainsbourg, aparentemente de forma amistosa,  firmaría esa obra capital que atiende por L’enfant assassin des mouches  de la que ya hablamos en esta bitácora y a la que pueden volver pinchando el enlace si les apeteciese.

¿Léonie Lousseau? un momento, ¡Eso era!, claro; Le Cinérama  Fue como si se hubiese abierto una espita; Sello Acción, Lilith, la banda sonora de Les Gants Blancs du Diable, Karl Heinz Schäfer, En Alabama, Disques Motors … vaya rompecabezas, a ver como lo transcribo.  

 Léonie pudo haber sido, en caso de haber querido ambos, algo así como la Birkin de Vannier, el vehículo con el que plasmar un mundo propio, sofisticado, misterioso, sensual. Tras ese primer episodio ye-yé sucedido en 1968, Vannier le regala, tres años más tarde, En Alabama, una canción que no es otra cosa -y que no es poco- que una versión vocal más refinada, más espectral, de Je m’apelle Geraldine, una pieza que había publicado en un Ep compartido con George Delerue con sintonías para la emisora France Inter en el sello Magellan de Pierre Wiehn. Al año siguiente, un segundo sencillo –Le Jardin Anglais/Mozart– será, lástima, su última colaboración.

 Por el camino, más piezas con las que intentar recomponer el complicado puzzle. En la cara B de En Alabama una mántrica canción de Christophe, llamada Wahala Manitou, Folk Pastoral mecido entre la mitología y lo arcano con letra de Etienne Roda Gil.  El mismo año que publican su segunda colaboración (Le Jardín Anglais/Mozart) otro single formidable que, curiosamente, tendría edición española en Acción, el nunca bastante ponderado sello de Manolo Diaz; ¿Su título? Lennon/Lilith. Ambas contarán con textos de Léonie y sus músicas irán firmadas, respectivamente, por Christophe y Karl Heinz Schäfer. Este último nombre será, sin embargo, la clave.

 Schäfer, alemán de Frankfurt, había llegado a Paris en los años cincuenta como alumno de Olivier Messiaen en el Conservatorio de Paris. Paralelamente a su educación comienza a trabajar como pianista nocturno en clubs y cabarets, seducido por el jazz. Pronto aparca sus estudios y comienza a trabajar firmando arreglos para gente com Aznavour o Adamo y haciendo de negro en las partituras cinematográficas que Michel Magne firma a principios de los sesenta. Discreto y humilde, en 1973 firma una de las mejores bandas sonoras francesas que recuerde, Les Gants Blancs du Diable, película firmada por el húngaro Lazslo Szabo, todo un trip musical. Su tema central, Couleurs, interpretado por Léonie, es una cadenciosa y misteriosa pieza vocal pespunteada con un subterráneo groove, tan perezoso como adictivo. Elegante y evocadora, con una base rítmica de esquelética perfección y una arrolladora montaña rusa de arreglos de cuerda decorados por un arpa delicada, Couleurs prácticamente será el canto del cisne de Léonie

 Pues bien, término. Junto a la partitura de Les gants blancs du diable , Schäfer es el arreglista de En Alabama, de Wahala Manitou y de Lennon y de Lilith, además del compositor de esta última, canción que conforme más la escucho me parece casi una variación de Couleurs , algo así como las dos caras de una misma moneda, por un lado la malicia de la ingenuidad adolescente y por otro lo malévolo de la madurez, un poco como esa máxima que dice que en realidad somos como los demás nos ven.

 Y poco más les puedo contar de Leonie. Dos sencillos posteriores (So Long John/L’autre petit prince (RCA, 1975) y Elisabetti/ Y’a Rien à faire avec les hommes (Ariola, 1979) junto a los datos que constan el la wikipedia y en algún blog. Al menos nos queda este puñado de singles que disfrutar. 

ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog (Adarce Records, 2018)

 

 

ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog 

Pocas cosas se me ocurren más españolas que la obra de Alfonso Carlos Santisteban, tanto para lo bueno como para lo malo. Personaje y escenario siempre de la mano, muchas veces de manera tan casual como inevitable, en él colisionaban, en una extrañamente controlada implosión, la imaginación y la rutina, el talento y la necesidad, lo genial y la mundanidad más prosaica.

 

Si algo se le puede achacar a Santisteban–de hecho uno cree que sería su impronta y también su tara- fue el vivir, el respirar música. Acaso fuese lo único –militancia bon vivant aparte- que realmente le importase. Estajanovista indesmayable para con la canción española, le daba igual que fuese copla, rumba, pop o Soul y que fuese esta para Bambino, La Polaca, Mara Lasso, Calibre 38, Ellas o Mila. Sincero devoto del jazz y seducido de inmediato por la bossa (su cotizado “Bossa’68” para el sello Sintonía recoge su única incursión vocal, “Cariñosamente”) y su inmersión total en la música cinematográfica, en toda su obra, repleta tanto de las inevitables costuras como de momentos de genialidad, se le puede achacar dejadez y una sensación de logro inacabado, sí, pero del mismo modo resulta evidente su panorámica y osada visión musical, a veces tan temeraria como certera. Una insistencia diríase involuntaria en la plasmación del momento y de su tiempo que, paradójicamente, varias décadas después sea acaso lo que lo conceda la perdurabilidad.

 

Spanish Moog, el disco que tiene Adarce Records el placer de presentarles, es uno de los extraños y casi invisibles hitos musicales que nuestro hombre plasmaría en Italia. Santisteban había debutado en España, en la música para el cine, de la mano de Manuel Summers en 1968 con “¿Por qué te engaña tu marido?. A partir de ahí, como en él era norma, inmersión total, a saco, por necesidad tanto económica como vital. Aparte de algunos descabalgados singles, dos Lps en el sello Marfer publicados en 1973 y otro de 1976 en el sello Discophon recogen una pequeña parte de su ingente obra cinematográfica; “Separación matrimonial”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “El padrino y sus ahijadas”, “El asesino esta entre los trece”, etecé, etecé.

 

Tal y como cuenta en su autobiografía (Alfonso Santisteban, “El mundo del espectáculo y la madre que lo parió”. Ediciones Foca, 2004), en 1973, por medio del director José Antonio de La Loma, conoce a dos de los jefes de la editorial italiana de bandas sonoras más importantes de Italia, Giuseppe Campi y Giuseppe Giachi. Tienen la intención de montar una delegación de C.A.M. (Creazione Artistiche Musicale) en Madrid para poder meter la cabeza en el mundo editorial español. Hay que recordar que estamos en la época más pujante de las coproducciones cinematográficas. Como gancho deciden contratar a dos compositores españoles; nuestro hombre y Waldo de Los ríos.

 

La decepción y la frustración llegaría pronto. Aparte de innumerables bandas sonoras para películas menores o directamente cochambrosas (“… Solo nos daban las películas de serie B, eróticas o comedias de segunda fila. La parte del león se la llevaban los músicos de prestigio internacional que también pertenecían a la editorial; Michel Legrand, Ennio Morricone, Stelvio Cipriani …”) Santisteban publicaría hasta 1975 cinco discos de Librería para C.A.M.; Ambiente e Folklore, Rinascimenti, Night Club, Situazione per Orchestra y este Spanish Moog.

 

Conviene aquí recordar lo que era la música de Librería; Literalmente no otra cosa que una biblioteca musical, un catalogo de fragmentos y piezas musicales ofrecidos a la carta para la posterior venta a producciones cinematográficas, tanto italianas como coproducciones. Unas veces compuestos ex profeso y en otras recopilaciones de piezas antiguas que los editores enmascaraban como nuevas para obtener réditos en forma de derechos. Spanish Moog es ejemplo sintomático de esto. Cinco de las canciones incluidas (Jugando al toro, Nuestro Ayer, Gitanos, Torremolinos Soul y Todo ha sido un sueño) fueron grabadas originalmente por Santisteban y Rafael Ferro en el disco Flamenco Pop (Sintonia, 1969) y tres más (Zorongo, Nuestro ayer y Tierra mojada) iban originalmente en “Sabor a fresa” (Belter, 1971) de La Nueva Banda de Santisteban. Todo un galimatías en el que nuestro hombre tendría mucho que ver.

 

Más allá de ese presunto filibusterismo editorial (y autoral, o no, vayan ustedes a saber, aún recuerdo la jugada del Bum Bum , pieza instrumental incluida en el citado Flamenco pop, primero en gloriosa versión de Chacho y más tarde, cambiado el título, ofrecida como “Llovió “por el trio Ellas) lo que queda finalmente es una gloriosa bacanal de grooves y beats; Un Moog omnipresente, Wah wah y Soul cañí de la mano en “Torremolinos soul”. Melancolía ensoñadora, fuzz y aires fronterizos en “Tierra mojada”, Impecables Beats morunos en la rotunda “Zorongo” (que luego reinventaría El Noi) , Funk y Folklore cosidos en “Noche en Marbella”, puro Blaixploitation espacial en “Tute de Reyes”…

 

Genio anárquico, vituperado o, peor aún, ninguneado, con Alfonso Carlos Santisteban, como sucede con otros pioneros y aventureros en este nuestro país, ocurre que la búsqueda de un lugar, sin más armas que su talento y temeridad, chocaría indefectiblemente con su ubicación en un tiempo que tenía perdido de antemano su lugar en los los anales de la historia. No se me ocurre mejor resumen de lo que fue su obra y su persona que la cita con la que eligió abrir su autobiografía;

 

… Hablo con la autoridad que me otorga el fracaso …

 *Spanish Moog by Alfonso Santisteban, Lp & Cd, is out on 18th February on Adarce Records

LOS ESTANQUES “II” ( The John Colby Sect / Action Weekend, 2017)

 

 

Tenía que pasar, ha pasado por fin. Un regalo otorgado en forma de disco que mira ufano hacia adelante desde nuestro pasado musical. Un disco que observa curioso, aprendiendo con atención, y que lejos de refugiarse en el mero ejercicio de estilo o escudarse en el guiño cómplice para connoisseurs, lo mastica, lo digiere y saborea hasta alimentarlo con personalidad propia.

II de Los Estanques, el disco en cuestión, rezuma ese vaivén vital que convierte en cimiento lo que a menudo ayer se tuvo por ruina. Impertérrito y distante para con esa impostura que consiste en pensar la cosa más que atender a la cosa en sí, tiene además la dignidad de tratarnos como atentos observadores, pares y no inferiores. Desde Efeméride, su espléndida apertura (Solera musical de altos vuelos, ecos de Rodrigo Garcia supurando, benditos sean, por todos sus poros) hasta su cierre con la espectral y delicada Adios, lo que se nos ofrece es un disco que deviene en manual de sencilla elegancia, conformado en sus dosis pertinentes por la prestancia melódica, el brio instrumental y su emocionante vuelo evocador.

Aunque Los Estanques cuenten hoy con una formación estable (Íñigo Bregel, Fernando Bolado, German Herrero y Andrea Conti) es el primero, cabeza visible de la banda, quien ha grabado la práctica totalidad de los instrumentos y las voces de este II. Poseedor de una voz que remite tanto en el tono como en el fraseo a la de José María Guzmán, – escúchese, p.e.Can Sagaz, es también Íñigo quién firma todas las canciones, excepción hecha de la pastoral y muy Canterbury Diez chelines (compuesta a medias con Fernando Bolado) donde despliegan un elocuente ejercicio reivindicativo a partir del sentido del humor, carente afortunadamente de cualquier tinte panfletario. Sorprende su conocimiento de aquello que trata, la inmersion entregada y provechosa por diversos vericuetos sonoros, sean estos ejercicios de musculosa psicodelia pop en Lo que tú dejaste atrás o blue eyed soul progresivo en Sed de agua. Igualmente seduce su incansable periplo por nuevos caminos, transitados a partir de un mapa aparentemente ajado pero que logra cartografiar el pasado con milimétrica precisión. Dotado de una base rítmica imponente –metronómica batería, palpitante Rhodes– de una pulsión pantanosamente funk (El que te viene a retratar) y de una pericia al Hammond que nos remite al trabajo de Tomás Bohórquez en el ambicioso Realidad de Los Módulos (De nuevo Efeméride), todo en él es hallazgo y celebración recubierto de un halo de misteriosa atemporalidad. Música que por mucho que uno se empeñe logra escapar, delicadamente unas veces, vehementemente otras, de cualquier expresión escrita que pretenda constreñirla.

II es también un disco que carece de prejuicios. Alea un metal novedoso a partir de viejos componentes; Pop progresivo, funk, psicodelia e incluso jazz. Un disco que muestra orgulloso tanto su alimento –CRAG sobre todas las cosas, Los Módulos, los Soft Machine más accesibles, Pan y Regaliz,  Máquina, etecé- como el de su oyente. En el caso de quién esto subscribe ese puñado de singles tenidos por menores (Realidad, Motivos, Banzos, Control o Sprinters) o de Lps largo tiempo olvidados (José y Manuel -en solitario o con Nuevos Horizontes-, Miguel Ríos y su Memorias de un ser humano, Un gran día de Ia & Batiste y tantos otros). Discos y canciones que perdieron su lugar en las enciclopedias pero que quedan para siempre en los recovecos de la memoria. Discos que, si no los aman ya, estoy casi seguro acabarán amando.

Es II una obra –ya termino, disculpen la verborrea- que acumula celebraciones íntimas y que, a diferencia de otros que dan por sentado la necesidad del uso de un lenguaje donde sentirse confortables y cómplices, arriesga, toma aquello que le sirve y descarta lo superfluo. Un disco que termina dotando a sus canciones de una panorámica propia que cobra, casi por ensalmo, todo el sentido del mundo. Porque al final todo consiste en saber que aunque hay discos que tienen la virtud de hacerte sentir el centro del universo, de parecer estar hechos expresamente por y para ti, hay también otros, más extraños y escasos que no tienen porque parecer que hablen de ti sino a los que les basta con hablar contigo. De igual a igual, en conversación honda, larga y provechosa. Como este II de Los Estanques. No se imaginan cuanto se lo agradezco.

CAMILO SUPERSTAR Solo un hombre

Resulta curioso lo que ocurre en el mundo de la cultura en nuestro país. A menudo se le baila el agua sin pudor alguno a escritores, cineastas y artistas en general con tanta fruición como gratuidad. Personajes que a lo sumo alguna vez, muchas veces lejana, dieron en la diana. En cambio a músicos quede acuerdotal vez hace un tiempo que perdieron el norte – pero cuya obra también ostenta algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado- se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denota, cuanto menos, es una cortedad de miras y una ignorancia casi obscena. Cuanto más, una crueldad y un cinismo condescendiente que describe -me pregunto si serán conscientes- mucho mejor a quien de ello hace gala que a quien es motivo de chanza. El resultado es una extraña paradoja que resulta de la pretensión de vestirse con el traje del ingenio y la ironía cuando lo que en realidad emerge no es otra cosa que la exhibición de harapientos ropajes bajo la etiqueta de eso tan discutible llamado gusto. Y así sucede que se equipara artísticamente a Perales con Manuel Alejandro, a Miguel Ríos con Bruno Lomas, a Loquillo con Pepe Risi… ad infinitum, ad nauseam. No es que sea algo realmente grave -nada lo es realmente- cuando se trata de desconocimiento o mera frivolidad, asuntos por otra parte a los que todos estamos expuestos y que por lo general suelen ser subsanados con el paso del tiempo. Otra cosa en mi discutible opinión es cuando se debe a un empecinamiento miope sustentado tanto en la necesidad de señalar y no ser señalado como en la voluntad de erigirse en no sé bien que tipo de Pigmaliónico prescriptor.

Esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día, se transmite socialmente y acaba por invadirlo todo. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces debido a la necesidad de someterse a ese qué dirán como única forma en la que sentirse considerados. De nuevo la paradoja; Una enfermedad que cuanto más se quiere ocultar más rauda se propaga, de manera a menudo implacable y sin embargo, si se muestra y comparte, puede encontrar el antídoto a poco que se sea permeable a la opinión distinta. En caso contrario lo que suele permanecer es un compendio de síntomas nocivos, conformados por el deseo de pertenencia al grupo por encima de todas las cosas -incluidas aquellas razonables que lo desaconsejarían- y la falta de comprensión de uno mismo y por ende de lo que uno es– en un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, a quién honestamente cree atisbar en si mismo algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje, mecido al menos por la duda. 

 Comencemos por el principio. Los inicios siempre son, cuanto menos, difíciles. Los de Camilo lo fueron. También largos. Desde que aterrizase en Madrid en 1964 junto a su banda, Los Dayson, ha sido una dura lucha por encontrar su lugar en el sol. Su afición a la pintura le permite subsistir pintando láminas que luego vende a turistas, mientras actúa con Los Dayson en Boys, una cochambrosa sala por la zona de Usera. Tienen cierta fama en e ámbito local y de allí pasan a la Sala Párnaso, propiedad del actor Antonio Alonso, el primer club en plan fino que hubo en Madrid hasta la inauguración de Nikka’s cuyo dueño era del director de cine americano Nicholas Ray. Pero poco a poco, ante la falta de estabilidad, la banda comienza a desmantelarse. Suple durante una semana a Daniel Velázquez en Cefe y Los Gigantes y acto seguido se disuelven “… No batimos el récord de brevedad; creo que lo tenían The Mistery Men, que se formaron un viernes, actuaron el domingo, encapuchados, y el lunes dejaban de existir…”. De allí pasa a Los Botines. Su cantante, Manolo Pelayo les acaba de abandonar para comenzar carrera en solitario y con ellos graba, por fin, su primer disco. Un single en Sonoplay; … Teníamos cierto número de canciones propias, y no mucho más tarde grabamos dos de ellas en Sonoplay: Te voy a explicar y Eres un vago. Claro que como no pertenecíamos a la Sociedad de Autores, las firmó otra persona, que trabajaba en la compañía discográfica. No debió de servirle económicamente de mucho porque el disco pasó totalmente inadvertido… Interviene con un papelito en Las Chicas del Preu de Pedro Lazaga y actúa con Los Botines en la película El Flautista de Hamelín de Luis María Delgado, interpretando No me importan las miradas donde parecen un trasunto de Paul Revere & The Raiders. El material, a excepción de un ep del pujante Miguel Ríos, queda inédito discográficamente. Con Los Botines durará un año largo. A partir de aquí intentos de refundación de la banda como Camilo y los Botines (tras pedirle permiso a Paco Candela, quién tenía registrado el nombre) , el obligatorio servicio militar y cientos de actuaciones allá donde saliesen.

 Han pasado casi siete años. 1971 es el año de la implosión Camilo. Tiene la imagen -una belleza etérea, gracia en sus movimientos y dominio del escenario– la perseverancia y el talento. Dotado de una voz imponente, poderosa y matizada, escribe la mayor parte de su repertorio y está empeñado en controlar su carrera. Todo parece presto, cuando 1970 está a punto de terminar, a la ignición.Tras un tiempo a la sombra de Junior, esperando la cristalización de algún proyecto, ya está harto de falsa promesas. Juan Pardo, con quién también tiene amistad parece una apuesta más segura. Tras haberse separado de aquella manera Juan y Junior pretende comenzar su carrera como productor bajo su etiqueta Piraña y será allí donde mete cabeza Camilo, trabajador infatigable en pos de su sueño;  “… Después de todo, yo era un trabajador del show bussiness, estaba metido de hoz y coz en el mundillo musical de Madrid, aprovechaba cualquier oportunidad para trabajar y para aprender. Como era un pupilo de Pardo, aunque “inédito”, me llamaba continuamente para ayudarle en sus producciones, sobre todo hacer los coros de las gentes a la que iba grabando. En aquellos meses de finales del 69 y hasta el otoño de 1970 puse mi voz en una cantidad enorme de grabaciones: Marisol, Luis Gardey, Mochi, Andrés Do Barro, Peret, el propio Pardo… ayudaba en los coros a la mitad de los cantantes de España. Naturalmente no me pagaba un duro por ello. Yo era gente de Pardo y cuando había que echarle una mano se la echaba. Tenía esperanza de que en algún momento me tocara a mí ser el solista…” . Camilo es el chico para todo de Juan Pardo; Corista, baterista, cantante. Tras un tiempo consigue fichar por Movieplay y publica un sencillo (Llegará el verano / Sin dirección) que pasa sin pena ni gloria. Decide bautizarse como Camilo Sexto. “… Fui con Junior a un programa de Encarna Sánchez en Radio España. Canté una de las canciones de lo que seria mi single. Junior y yo nos parecíamos bastante; altos, delgados, con el pelo largo. Alguien dijo que pareciera Junior Segundo y yo dije que no, que yo era Camilo Sexto. De hecho yo era el sexto Camilo de mi familia …”.

Poco después Movieplay le propone presentarse al Festival del Atlántico con la canción Mendigo de amor, ya que Andy Silver, una inglesa de la escudería de Juan Pardo, a la que este le ha compuesto la canción, se ha negado. Queda segundo tras Help de Tony Ronald. Despechado, cree que la compañía no le ha apoyado lo suficiente y se marcha a Ariola, compañía alemana recién aterrizado en España tras haber comprado la barcelonesa Discos Vergara. Camilo será el primer artista nacional que firmen. Es entonces cuando  Sexto muta a Sesto debido a que Movieplay ha registrado el nombre artístico. Constante -no iba a rendirse ahora-  sigue perseverando bajo el manto musical de Juan Pardo. Por fin, tras cuatro sencillos de éxito bastante discreto, Algo de mí es número Uno en toda España. El Lp que le sigue prende una mecha que durará más de una década. Trabajador infatigable, publica Solo un hombre, su segundo Lp, a finales de ese mismo año; Giras por Sudamérica, innumerables apariciones televisivas y actuaciones conseguirán junto a su largo rodaje convertirlo en un auténtico ídolo de masas. Algo de una magnitud completamente desconocida por estos lares. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia imperante parece venir a ayudarle; su voz sensual y el juego de inocentes equívocos en sus textos, lejos de ser traba se convierten en acicate. Cobra forma su especial sello, un imaginario marcado por una personalísima mezcla de cotidianidad y sueños de terciopelo que dota a su pop elaborado de una pátina de modernidad. En el sustrato quedan las aceradas producciones, los lujuriosos arreglos con sabor a salitre y una serie de competentes músicos que dan forma a sofisticadas telenovelas de no más de tres minutos de duración.

Camilo no le hace ascos a nada. Es un trabajador riguroso y constante. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y le suma a su banda un equipo de profesionales británicos de nivel. Se encierra en los De Lane Lea Studios de Wembley y cuenta en los arreglos con un viejo conocido de larga trayectoria, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero sumamente efectivo, lo que se llama un profesional, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. Viaja junto a Tusa (Lucia Bosé), su hijo Miguel, el periodista Antonio D. Olano y Juan Pardo. “… Tusa no desperdiciaba ninguna oportunidad de comprar los objetos más inverosímiles y estrafalarios, y nos convencía para que también nosotros lo hiciéramos. Así caminábamos con unas alzas enormes, que casi parecían zancos, haciendo difíciles equilibrios por King’s Road y el barrio de Chelsea. Claro que el hallazgo más excepcional fueron unos monos de terciopelo y cintura de avispa, muy bonitos…, pero con la cremallera por detrás, en vez de por delante…” El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oreja en el mainstream y otra al tanto de las tendencias del momento. Recupera Fresa salvaje, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuanto menos, malicioso. To be a man, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas. Fuego con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca. La guitarra fuzz inicial, su base ritmica perfecta, los bongós, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. Sara desprende sexo y sudor lascivo. Piedra sobre piedra diríase salida de la pluma de Gamble & Huff.  Incluso incluye una Amor, amar, escrita a medias con Lucía Bosé y que alimenta el mito del romance, algo que él no solo nunca ha desmentido, muy al contrario, incluso con su silencio llegaría a propagarlo. A tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, competente y engrasada (Alfredo Pareja a la guitarra, su inseparable Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería), la ya mencionada producción, tan sutil en sus arreglos como poderosa las orquestaciones (guitarras musculosas, algun fuzz despistado, baterías milimétricas, el palpitante bajo de Torregrosa, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y poso. Un disco muy pero que muy serio por el módico precio de cinco euros. ¿Alguien dio más por menos?

*Los textos en granate han sido extraídos de Camilo Sesto, Autobiografía, 1984.