CAMILO SUPERSTAR Solo un hombre

Resulta curioso lo que ocurre en el mundo de la cultura en nuestro país. A menudo se le baila el agua sin pudor alguno a escritores, cineastas y artistas en general con tanta fruición como gratuidad. Personajes que a lo sumo alguna vez, muchas veces lejana, dieron en la diana. En cambio a músicos quede acuerdotal vez hace un tiempo que perdieron el norte – pero cuya obra también ostenta algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado- se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denota, cuanto menos, es una cortedad de miras y una ignorancia casi obscena. Cuanto más, una crueldad y un cinismo condescendiente que describe -me pregunto si serán conscientes- mucho mejor a quien de ello hace gala que a quien es motivo de chanza. El resultado es una extraña paradoja que resulta de la pretensión de vestirse con el traje del ingenio y la ironía cuando lo que en realidad emerge no es otra cosa que la exhibición de harapientos ropajes bajo la etiqueta de eso tan discutible llamado gusto. Y así sucede que se equipara artísticamente a Perales con Manuel Alejandro, a Miguel Ríos con Bruno Lomas, a Loquillo con Pepe Risi… ad infinitum, ad nauseam. No es que sea algo realmente grave -nada lo es realmente- cuando se trata de desconocimiento o mera frivolidad, asuntos por otra parte a los que todos estamos expuestos y que por lo general suelen ser subsanados con el paso del tiempo. Otra cosa en mi discutible opinión es cuando se debe a un empecinamiento miope sustentado tanto en la necesidad de señalar y no ser señalado como en la voluntad de erigirse en no sé bien que tipo de Pigmaliónico prescriptor.

Esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día, se transmite socialmente y acaba por invadirlo todo. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces debido a la necesidad de someterse a ese qué dirán como única forma en la que sentirse considerados. De nuevo la paradoja; Una enfermedad que cuanto más se quiere ocultar más rauda se propaga, de manera a menudo implacable y sin embargo, si se muestra y comparte, puede encontrar el antídoto a poco que se sea permeable a la opinión distinta. En caso contrario lo que suele permanecer es un compendio de síntomas nocivos, conformados por el deseo de pertenencia al grupo por encima de todas las cosas -incluidas aquellas razonables que lo desaconsejarían- y la falta de comprensión de uno mismo y por ende de lo que uno es– en un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, a quién honestamente cree atisbar en si mismo algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje, mecido al menos por la duda. 

 Comencemos por el principio. Los inicios siempre son, cuanto menos, difíciles. Los de Camilo lo fueron. También largos. Desde que aterrizase en Madrid en 1964 junto a su banda, Los Dayson, ha sido una dura lucha por encontrar su lugar en el sol. Su afición a la pintura le permite subsistir pintando láminas que luego vende a turistas, mientras actúa con Los Dayson en Boys, una cochambrosa sala por la zona de Usera. Tienen cierta fama en e ámbito local y de allí pasan a la Sala Párnaso, propiedad del actor Antonio Alonso, el primer club en plan fino que hubo en Madrid hasta la inauguración de Nikka’s cuyo dueño era del director de cine americano Nicholas Ray. Pero poco a poco, ante la falta de estabilidad, la banda comienza a desmantelarse. Suple durante una semana a Daniel Velázquez en Cefe y Los Gigantes y acto seguido se disuelven “… No batimos el récord de brevedad; creo que lo tenían The Mistery Men, que se formaron un viernes, actuaron el domingo, encapuchados, y el lunes dejaban de existir…”. De allí pasa a Los Botines. Su cantante, Manolo Pelayo les acaba de abandonar para comenzar carrera en solitario y con ellos graba, por fin, su primer disco. Un single en Sonoplay; … Teníamos cierto número de canciones propias, y no mucho más tarde grabamos dos de ellas en Sonoplay: Te voy a explicar y Eres un vago. Claro que como no pertenecíamos a la Sociedad de Autores, las firmó otra persona, que trabajaba en la compañía discográfica. No debió de servirle económicamente de mucho porque el disco pasó totalmente inadvertido… Interviene con un papelito en Las Chicas del Preu de Pedro Lazaga y actúa con Los Botines en la película El Flautista de Hamelín de Luis María Delgado, interpretando No me importan las miradas donde parecen un trasunto de Paul Revere & The Raiders. El material, a excepción de un ep del pujante Miguel Ríos, queda inédito discográficamente. Con Los Botines durará un año largo. A partir de aquí intentos de refundación de la banda como Camilo y los Botines (tras pedirle permiso a Paco Candela, quién tenía registrado el nombre) , el obligatorio servicio militar y cientos de actuaciones allá donde saliesen.

 Han pasado casi siete años. 1971 es el año de la implosión Camilo. Tiene la imagen -una belleza etérea, gracia en sus movimientos y dominio del escenario– la perseverancia y el talento. Dotado de una voz imponente, poderosa y matizada, escribe la mayor parte de su repertorio y está empeñado en controlar su carrera. Todo parece presto, cuando 1970 está a punto de terminar, a la ignición.Tras un tiempo a la sombra de Junior, esperando la cristalización de algún proyecto, ya está harto de falsa promesas. Juan Pardo, con quién también tiene amistad parece una apuesta más segura. Tras haberse separado de aquella manera Juan y Junior pretende comenzar su carrera como productor bajo su etiqueta Piraña y será allí donde mete cabeza Camilo, trabajador infatigable en pos de su sueño;  “… Después de todo, yo era un trabajador del show bussiness, estaba metido de hoz y coz en el mundillo musical de Madrid, aprovechaba cualquier oportunidad para trabajar y para aprender. Como era un pupilo de Pardo, aunque “inédito”, me llamaba continuamente para ayudarle en sus producciones, sobre todo hacer los coros de las gentes a la que iba grabando. En aquellos meses de finales del 69 y hasta el otoño de 1970 puse mi voz en una cantidad enorme de grabaciones: Marisol, Luis Gardey, Mochi, Andrés Do Barro, Peret, el propio Pardo… ayudaba en los coros a la mitad de los cantantes de España. Naturalmente no me pagaba un duro por ello. Yo era gente de Pardo y cuando había que echarle una mano se la echaba. Tenía esperanza de que en algún momento me tocara a mí ser el solista…” . Camilo es el chico para todo de Juan Pardo; Corista, baterista, cantante. Tras un tiempo consigue fichar por Movieplay y publica un sencillo (Llegará el verano / Sin dirección) que pasa sin pena ni gloria. Decide bautizarse como Camilo Sexto. “… Fui con Junior a un programa de Encarna Sánchez en Radio España. Canté una de las canciones de lo que seria mi single. Junior y yo nos parecíamos bastante; altos, delgados, con el pelo largo. Alguien dijo que pareciera Junior Segundo y yo dije que no, que yo era Camilo Sexto. De hecho yo era el sexto Camilo de mi familia …”.

Poco después Movieplay le propone presentarse al Festival del Atlántico con la canción Mendigo de amor, ya que Andy Silver, una inglesa de la escudería de Juan Pardo, a la que este le ha compuesto la canción, se ha negado. Queda segundo tras Help de Tony Ronald. Despechado, cree que la compañía no le ha apoyado lo suficiente y se marcha a Ariola, compañía alemana recién aterrizado en España tras haber comprado la barcelonesa Discos Vergara. Camilo será el primer artista nacional que firmen. Es entonces cuando  Sexto muta a Sesto debido a que Movieplay ha registrado el nombre artístico. Constante -no iba a rendirse ahora-  sigue perseverando bajo el manto musical de Juan Pardo. Por fin, tras cuatro sencillos de éxito bastante discreto, Algo de mí es número Uno en toda España. El Lp que le sigue prende una mecha que durará más de una década. Trabajador infatigable, publica Solo un hombre, su segundo Lp, a finales de ese mismo año; Giras por Sudamérica, innumerables apariciones televisivas y actuaciones conseguirán junto a su largo rodaje convertirlo en un auténtico ídolo de masas. Algo de una magnitud completamente desconocida por estos lares. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia imperante parece venir a ayudarle; su voz sensual y el juego de inocentes equívocos en sus textos, lejos de ser traba se convierten en acicate. Cobra forma su especial sello, un imaginario marcado por una personalísima mezcla de cotidianidad y sueños de terciopelo que dota a su pop elaborado de una pátina de modernidad. En el sustrato quedan las aceradas producciones, los lujuriosos arreglos con sabor a salitre y una serie de competentes músicos que dan forma a sofisticadas telenovelas de no más de tres minutos de duración.

Camilo no le hace ascos a nada. Es un trabajador riguroso y constante. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y le suma a su banda un equipo de profesionales británicos de nivel. Se encierra en los De Lane Lea Studios de Wembley y cuenta en los arreglos con un viejo conocido de larga trayectoria, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero sumamente efectivo, lo que se llama un profesional, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. Viaja junto a Tusa (Lucia Bosé), su hijo Miguel, el periodista Antonio D. Olano y Juan Pardo. “… Tusa no desperdiciaba ninguna oportunidad de comprar los objetos más inverosímiles y estrafalarios, y nos convencía para que también nosotros lo hiciéramos. Así caminábamos con unas alzas enormes, que casi parecían zancos, haciendo difíciles equilibrios por King’s Road y el barrio de Chelsea. Claro que el hallazgo más excepcional fueron unos monos de terciopelo y cintura de avispa, muy bonitos…, pero con la cremallera por detrás, en vez de por delante…” El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oreja en el mainstream y otra al tanto de las tendencias del momento. Recupera Fresa salvaje, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuanto menos, malicioso. To be a man, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas. Fuego con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca. La guitarra fuzz inicial, su base ritmica perfecta, los bongós, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. Sara desprende sexo y sudor lascivo. Piedra sobre piedra diríase salida de la pluma de Gamble & Huff.  Incluso incluye una Amor, amar, escrita a medias con Lucía Bosé y que alimenta el mito del romance, algo que él no solo nunca ha desmentido, muy al contrario, incluso con su silencio llegaría a propagarlo. A tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, competente y engrasada (Alfredo Pareja a la guitarra, su inseparable Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería), la ya mencionada producción, tan sutil en sus arreglos como poderosa las orquestaciones (guitarras musculosas, algun fuzz despistado, baterías milimétricas, el palpitante bajo de Torregrosa, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y poso. Un disco muy pero que muy serio por el módico precio de cinco euros. ¿Alguien dio más por menos?

*Los textos en granate han sido extraídos de Camilo Sesto, Autobiografía, 1984.

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