CAMILO SUPERSTAR Solo un hombre

 

 

 

Resulta curioso lo que ocurre en el llamado mundo de la cultura en nuestro país. A menudo se le baila el agua a escritores, cineastas y artistas en general con tanta fruición como gratuidad, digamos que sin pudor alguno. A personajes que con mucho alguna vez -y muchas veces lejos ya en el tiempo- acertaron en la diana. En cambio, a músicos que -de acuerdo- tal vez hace un tiempo que perdieron el norte – pero cuya obra también ostenta algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado- se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denota, cuanto menos, es cortedad de miras e ignorancia obscena , cuanto más, crueldad y cinismo condescendiente. Son estos asuntos que en mi opinión retratan mucho mejor a quienes así se emplean -me pregunto si serán conscientes- que a quienes son destinatarios de tal chanza.

 

  Y no solo me refiero a esa generación de amargados profesionales, esos que a sus cuarenta y pico todavía lucen la etiqueta de jóvenes y que por lo general provocan lástima antes que ascopena, sino también a otros, asimismo investidos sine die como oráculos del gusto: Personajes que durante varias décadas de carrera profesional han permanecido ciegos y sordos ante la evidencia, impertérritos en su confortable trasunto de Reino imaginario -en realidad y para su desgracia no otra cosa que una pequeña colina mil veces bombardeada- y ajenos a cualquier cosa que chocase con su cuadriculada visión de las cosas. Empeñados en contar las mil batallas de siempre, no sé si en su fuero interno -algo que a mi juicio les redimiría un tanto- conscientes de haber perdido los incontables trenes que ante ellos pasaron. La extraña paradoja que resulta de la pretensión de vestirse con el traje del ingenio y la ironía cuando lo que en realidad emerge no es otra cosa que la exhibición de harapientos ropajes bajo la etiqueta de eso tan discutible llamado gusto. Y así sucede que se equipara artísticamente a Perales con Manuel Alejandro, a Miguel Ríos con Bruno Lomas, a Loquillo con Pepe Risiad infinitum, ad nauseam. No es nada que sea algo realmente grave -nada lo es realmente- cuando se trata de desconocimiento o mera frivolidad, asuntos por otra parte a los que todos estamos expuestos y que por lo general suelen ser subsanados con el paso del tiempo, aunque otra cosa es, en mi discutible opinión, cuando se debe a un empecinamiento miope sustentado tanto en la necesidad de señalar y no ser señalado como en la voluntad de erigirse en no sé bien qué tipo de prescriptor.

Esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día, se transmite socialmente y acaba por invadirlo todo. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces debido a la necesidad de ese qué dirán como única forma en la que sentirse considerados. De nuevo la paradoja; Una enfermedad que cuanto más se quiere ocultar más rauda se propaga, de manera a menudo implacable y que sin embargo, si se muestra y comparte, puede encontrar el antídoto a poco que se sea permeable a la opinión distinta bien fundamentada. En caso contrario lo que suele permanecer es un compendio de síntomas nocivos, conformados por el deseo de pertenencia al grupo por encima de todas las cosas -incluidas aquellas razonables que lo desaconsejarían- y la falta de comprensión de uno mismo -y por ende de lo que uno es- en un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, a quién honestamente cree atisbar en si mismo algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje, mecido al menos por la duda. 

 Comencemos por el principio. Los inicios siempre son, cuanto menos, difíciles. Los de Camilo también lo fueron. Desde que aterrizase en Madrid en 1964 junto a su banda, Los Dayson, todo había sido una dura lucha por encontrar su lugar en el sol. Su afición a la pintura le permite subsistir pintando láminas que luego vende a turistas, mientras actúa con Los Dayson en Boys, una cochambrosa sala por la zona de Usera. Tienen cierta repercusión en el ámbito local y de allí pasan a la Sala Párnaso, propiedad del actor Antonio Alonso, el primer club en plan fino que hubo en Madrid hasta la inauguración de Nikka’s, cuyo dueño fue del director de cine americano Nicholas Ray. Pero poco a poco y ante la falta de estabilidad la banda comienza a desmantelarse. Suple durante una semana a Daniel Velázquez -tras dejarlos éste en busca de carrera en solitario- en Cefe y Los Gigantes y acto seguido se disuelven “… No batimos el récord de brevedad por muy poco; creo que lo tenían The Mistery Men, que se formaron un viernes, actuaron el domingo, encapuchados, y el lunes dejaban de existir…”. De allí pasa a Los Botines. Su cantante, Manolo Pelayo les acaba de abandonar para comenzar carrera en solitario y con ellos graba, por fin, su primer disco. Un single en Sonoplay; … Teníamos cierto número de canciones propias, y no mucho más tarde grabamos dos de ellas en Sonoplay: Te voy a explicar y Eres un vago. Claro que como no pertenecíamos a la Sociedad de Autores, las firmó otra persona, que trabajaba en la compañía discográfica. No debió de servirle económicamente de mucho porque el disco pasó totalmente inadvertido… Interviene en un papelito en Las Chicas del Preu de Pedro Lazaga y actúa con Los Botines en la película El Flautista de Hamelín de Luis María Delgado, interpretando la soberbia No me importan las miradas donde parecen un trasunto de Paul Revere & The Raiders. El material de esa película, a excepción de un Ep del pujante Miguel Ríos, queda inédito discográficamente. Con Los Botines durará un año largo. A partir de aquí intentos de refundación de la banda como Camilo y los Botines (tras pedirle permiso a Paco Candela, quién tenía registrado el nombre), el obligatorio servicio militar y múltiples actuaciones allá donde saliesen.

 

  Ya han pasado casi siete años. 1971 es el año de la implosión Camilo. Tiene la imagen -una belleza etérea, gracia en sus movimientos y dominio del escenario– la perseverancia y el talento. Dotado de una voz imponente, poderosa y matizada, escribe la mayor parte de su repertorio y está empeñado en controlar su carrera. Todo parece presto, cuando 1970 está a punto de terminar, a la ignición. Ha pasado tiempo a la sombra de Junior esperando la cristalización de algún proyecto pero ya está harto de falsas promesas. Juan Pardo, con quién también mantiene amistad, le parece una apuesta más segura. Tras haberse separado de aquella manera de Junior tras un Lp formidable, pretende comenzar su carrera como productor bajo su propia etiqueta, Piraña, y será allí donde meterá cabeza Camilo, trabajador infatigable en pos de su sueño;  “… Después de todo, yo era un trabajador del show bussiness, estaba metido de hoz y coz en el mundillo musical de Madrid, aprovechaba cualquier oportunidad para trabajar y para aprender. Como era un pupilo de Pardo, aunque “inédito”, me llamaba continuamente para ayudarle en sus producciones, sobre todo hacer los coros de los artistas a los que iba grabando. En aquellos meses de finales del 69 y hasta el otoño de 1970 puse mi voz en una cantidad enorme de grabaciones: Marisol, Luis Gardey, Mochi, Andrés Do Barro, Peret, el propio Pardo… ayudaba en los coros a la mitad de los cantantes de España. Naturalmente no me pagaba un duro por ello. Yo era gente de Pardo y cuando había que echarle una mano se la echaba. Tenía esperanza de que en algún momento me tocase a mí ser el solista…” . Camilo es el chico para todo de Juan Pardo; Corista, baterista, cantante. Decide bautizarse como Camilo Sexto “… Fui con Junior a un programa de Encarna Sánchez en Radio España. Canté una de las canciones de lo que seria mi single. Junior y yo nos parecíamos bastante; altos, delgados, con el pelo largo. Alguien dijo que parecía Junior Segundo y yo dije que no, que yo era Camilo Sexto. De hecho yo era el sexto Camilo de mi familia …” y tras un tiempo consigue fichar por Movieplay donde publica un sencillo (Llegará el verano / Sin dirección) que pasa sin pena ni gloria.

 Poco después Movieplay le propone presentarse al Festival del Atlántico con la canción Mendigo de amorAndy Silver, una inglesa medio novia de Juan Pardo, para quién este  ha compuesto la canción originalmente, se niega a hacerlo. Queda segundo tras Help de Tony Ronald. Camilo cree que Movieplay no le ha apoyado lo suficiente y despechado se marcha a Ariola, compañía alemana recién aterrizada en España tras haber comprado la barcelonesa Discos Vergara. Camilo será el primer artista nacional que firmen. Es entonces cuando Sexto muta a Sesto debido a que Movieplay ha registrado el nombre artístico. Constante -a esas alturas ni se contempla la rendición- sigue perseverando bajo el manto musical de Juan Pardo. Por fin, tras cuatro sencillos de un éxito bastante discreto, Algo de mí es número Uno en toda España. El Lp que le sigue prende una mecha que durará más de una década. Trabajador infatigable, publica Solo un hombre, su segundo Lp, a finales de ese mismo año y comienza la ignición: Giras por Sudamérica, innumerables apariciones televisivas y actuaciones conseguirán convertirlo en un auténtico ídolo de masas. Algo de una magnitud completamente desconocida por estos lares. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia imperante parece venir a ayudarle; su voz sensual y el juego de inocentes equívocos en sus textos, lejos de ser traba se convierten en acicate. Cobra forma su especial sello, un imaginario marcado por una personalísima mezcla de cotidianidad y sueños de terciopelo que dota a su pop elaborado de una pátina de modernidad. En el sustrato quedan las aceradas producciones, los lujuriosos arreglos con sabor a salitre y una serie de competentes músicos que dan forma a sofisticadas telenovelas de no más de tres minutos de duración.

Camilo no le hace ascos a nada. Es un trabajador riguroso y constante. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y le suma a su banda un equipo de profesionales británicos de nivel. Se encierra en los De Lane Lea Studios de Wembley y contrata para los arreglos a un viejo conocido de larga trayectoria, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero sumamente efectivo, lo que se llama un profesional, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. Viaja junto a Tusa (así llama a su amiga Lucia Bosé), su hijo Miguel, el periodista Antonio D. Olano y Juan Pardo. “… Tusa no desperdiciaba ninguna oportunidad de comprar los objetos más inverosímiles y estrafalarios, y nos convencía para que también nosotros lo hiciéramos. Así caminábamos con unas alzas enormes, que casi parecían zancos, haciendo difíciles equilibrios por King’s Road y el barrio de Chelsea. Claro que el hallazgo más excepcional fueron unos monos de terciopelo y cintura de avispa, muy bonitos pero con la cremallera por detrás, muy poco prácticos…   El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oido en el mainstream y otro al tanto de las tendencias del momento. Recupera Fresa salvaje, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es más sustanciosa de lo que en un principio parece; un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuanto menos, malicioso. Incluye To be a man, una de sus muchas incursiones en inglés, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, que de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas.  La sublime Fuego, con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca: Su guitarra fuzz inicial, su base rítmica perfecta, los bongos, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. Sara desprende sexo y sudor lascivo. Piedra sobre piedra parece firmada por Gamble & Huff: Modern Soul satinado de elegancia lujuriosa. Incluso incluirá una, Amor, amar, escrita a medias con Lucía Bosé y que alimenta el mito del romance, algo que él, astuto, no solo nunca desmentirá, muy al contrario, incluso con su silencio ayudará a propagarlo. Junto a tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, competente y engrasada: Alfredo Pareja a la guitarra, su inseparable Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería. Sumémosle la producción, tan sutil en sus arreglos como poderosa las orquestaciones (guitarras musculosas, algún fuzz despistado, baterías milimétricas, el palpitante bajo de Torregrosa, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y remanso. Un disco inconmensurable -y que nunca ha sido ni es reivindicado por los profesionales de esto, así están las cosas-  por el módico precio de cinco euros. ¿Alguien dio más por menos?

*Los textos en granate han sido extraídos de Camilo Sesto, Autobiografía, 1984.

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