BRUNO LOMAS Un hombre sin amor

BRUNO

Si en este país ha habido clase Emilio Baldoví, sin duda, ha sido uno de sus máximos exponentes. Hablo de clase, evidentemente, como una serie de características que diferencian a alguien de sus iguales y que viene sobrevenida de manera sino genética (que tal vez también) sí como un proceso inevitable, tan fluido como natural. Muchas veces sin querer o casi sin darse cuenta, en Bruno se daban todas y cada una de las virtudes que yo le pido a un cantante; Exuberancia sin rozar siquiera el histrionismo, elegancia sin un ápice de afectación, rotundidad pero nunca alardes. Sumémosle a todo ésto un fraseo único. Un fraseo que podía ser tanto rugido como caricia, siempre acorde con lo que la canción necesitase. De hecho en muchas ocasiones era ambas cosas a la vez, incluso en la misma estrofa, sin esfuerzo aparente, con tanta facilidad expresiva como naturalidad. Sirva como ejemplo el sencillo “Amor amargo/Mucho” con el que se presentó al VII Festival de la canción de Benidorm con dos canciones firmadas por el Dúo Dinámico. No muy distante en cuanto al tono y el espíritu de los clásicos de los Four Seasons, “Mucho” es todo un prodigio de ingenuidad e ilusión, pero también de conciencia de la fugacidad de los sentimientos, de aspiración a todo, sin ambages o concesiones. La manera en la que entona la frase “… En mi vida solo quiero mucho amor… o nada” nos transporta a un lugar donde todo aquello que teóricamente debería permanecer atenazado por el pudor, todo aquello que es idealizado deseo antes que terca realidad, aún por desgastar, cobra definitivo sentido. Lo que en otros hubiese sido algo meloso y afectado, blando y sobreactuado, en él se convierte en el epítome de la pureza, la atención al detalle. Se convierte, definitivamente, en algo propio, sincero, tan idealizado como inevitablemente fugaz. Supongo que esa clase es cosa que se tiene o no se tiene. Y ya está.

 

Al otro lado del espejo, cómo no, descansaría el aspecto mercantilista, el saber traficar con todo lo que se le puso en bandeja. Era éste asunto sin duda valioso, mejor aún, conveniente. Pero también secundario. Era, sobre todo, me parece a mi, un asunto personal, que no afectaba a la canción ni a su publico., sino a su ética vital. Ahí sí. Ahí concentraría todos sus errores, indesmayable, uno tras otro. No estoy del todo seguro si por impericia –aunque apostaría en contra de tal cosa- como por simplemente traérselo todo al pairo, no detenerse ni por un segundo a valorarlo, dedicado como estaba a cosas de mayor fuste. A vivir el presente e ignorar las consecuencias. Porque alguien tan por encima del cálculo, tan dedicado al momento, a la canción, no se iba a detener en menudencias. Grande hasta en el fracaso, generoso y estrella desde los humildes comienzos hasta su imparable ocaso, Bruno Lomas jamás osó jugar con ventaja cuando de canciones se trataba. Era chulo, sí. Con su punto macarra, tarambana y conquistador. De una simpatía arrolladora en las distancias cortas que, según dicen quienes les conocieron, al parecer enmascaraba sus demonios interiores. Puede ser, no lo sé, que incluso aquejado de cierta bipolaridad. Pero pese a todo aquello que llevase a cuestas, había cosas con las que no se permitía jugar. Sostengo que por pura imposibilidad genética, no tanto pues por no saberlo como probablemente por no quererlo. Ahí estribaba también parte del talento -Ingobernable, carente de cálculo, atropellado, de acuerdo- pero por tanto también su maldición. Conocer a la fauna –las canciones- tanto como menospreciar la jungla -el entorno- que necesitaba para perdurar.

En cualquier caso nunca pretendió servirse de las canciones sino que optó por servirlas a ellas, fuesen estas reinvenciones de clásicos del Rock and roll y del Soul, himnos Beat de ambos lados del atlántico o baladas ateridas de melancolía. Todo -ahí residía el verdadero prodigio- lo hacía propio al instante, permitiendo a las canciones respirar y se me antoja, necesitado de respirar con ellas. Posiblemente también fuese una maldición, pero una vez comenzaba a cantar no permitía que nada de aquello le afectase a nadie más que a él. Junto a las formidables versiones relucía imponente un repertorio propio, más espléndido aún si cabe, repleto de fuste y tronio. Un repertorio capaz de ser, visto ahora en perspectiva, acaso la más fidedigna y cabal novela sentimental de un tiempo y de una época. Una novela atemporal, vitalista y despreocupada, con sus luces y sus sombras. Canciones en apariencia sencilla y alegre pero cimentadas en una melancolía doliente a poco que se sumergiese uno en ellas; “Esa chica me va”, “Anoche la vi”, “Tu me añorarás”, “Es posible”, “Un hombre sin amor”, “En tu ventana”, “Yo sé que no volverás”, “Yo soñé”, “Ya llega el verano”… son hitos en una discografía que rebosa conquistas del mismo modo que reconoce derrotas. Porque eso era la verdadera cima alcanzada; No le conozco intento por adornar lo hermoso ni empeño por ensuciar lo tenebroso. A cada cosa su ropaje, luciendo en el antebrazo, imaginariamente tatuado, la divisa “No tengo nada que decir, solo mostrar”. Quiero pensar debido a que mostrar implicaba, precisamente, decir.

Probad con cualquier otro de los así llamados aclamados. Intentad escuchar su repertorio sin la coartada del retrato nostálgico de una época o el asidero del himno generacional que pretendemos, involuntariamente o no, nos rejuvenezca por ensalmo. En la mayoría de los casos, si queremos ser sinceros, todas esas falsas esperanzas se nos caerán al suelo rotas en mil pedazos. En cambio, sus canciones continúan hoy impelidas por un modo de vida insuflado de tanta coherencia artística como derrumbe vital. La coherencia del desastre. Una coherencia vital, de naturaleza involuntaria y sin embargo insoslayable. Una coherencia sobre todo aplicada a las canciones y por tanto consigo mismo. Y que sirviendo a aquellas acabarían indefectiblemente por hacerle daño a él, consumiéndole en una esquina de la que me temo nunca supo salir. Como tantos otros -y hay que reconocerle que él hizo todos y cada uno de los méritos necesarios para tal fin, en eso también era un figura- perdió su sitio en el Olimpo de la posteridad. Como igualmente tendremos que admitir que muchos, incluso de los que veneramos y tenemos en la mayor estima, se han hecho con un nombre en dicho podio con bastante, con mucho menos.

 

Permítanme un humilde consejo: Háganse un favor, no pierdan el tiempo con los cotilleos y la cháchara de los aledaños. Ni se entretengan en justificar o cuestionar su repertorio de boutades tanto vitales como artísticas. Él, por si aún no lo sabían, era una estrella. Él era Bruno Lomas. De hecho hubo un tiempo en que fue aquel que le dio la gana ser, con un par;

 

“Me voy a presentar para que sepan quién soy, me llamo Tony y soy un ladrón muy formal, robando joyas soy un hombre sensacional y con las mujeres fenomenal”

SINGING CABALLEROS. Señores que cantan

CABALLEROS DEF

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Singing Caballeros, o, lo que es lo mismo, señores que cantan. Señores de trayectoria y carrera, en el mejor de los casos, subterránea. La serie B del pop en castellano perpetrada con tanto voluntarismo e ilusión como atropellado hedonismo, y qué, sorprendentemente, en algunas contadas ocasiones, acertaban de pleno. Olvídense del discurso petulante y de las enciclopedias. No esperen que sus cronistas de cámara les presten la menor atención. De paso, una vez puestos, den gracias por ello. A saber que desacato nos brindarían. Lo que encontraran aquí serán asuntos más vastos y, también, inevitablemente, más bastos.

Francisco de Miguel, Nacho, Dimpol, Antonio, Juan Pablo, Santy, Marcos, Leandro, Blume, Goyo, Tito Martín, Dany Roy, Marco Antonio … nombres que, descuiden, no tienen porque decirles nada, pero que sin embargo tocarían el cielo en desperdigados 45s publicados generalmente por sellos de tercera que respondían por Spiral, Benzo, Palobal, Ana… Carne de saldo para aquellos que pasamos el tiempo hurgando en las escombreras musicales. Aunque no sólo sucedería ahí. En una época todavía imbuida de cierta ingenuidad, los sellos grandes, disparando a discreción sin importarles la diana, jugarían al porcentaje con el acierto. Lo más gracioso de todo es que lo que ellos solían considerar como errores, solía también ser plenos para éste quién suscribe;  Junior, Julian Granados, Tony Ronald, Nino Bravo, Palito Ortega o ¡José Guardiola!, por nombrar a algunos incluidos en este primer volumen, también entrarían en el reparto de naipes, siendo, además, regalados con las mejores cartas. Nótese, detalle interesante, que siempre imbuidos de un aire soulero; vientos, metales, voces poderosas. Detalle, conviene recordar, con el que el pop en castellano del cambio de década de los sesenta a los setenta, siempre fue extremadamente generoso.

Una última cosa -y aquí interviene tanto el viaje como el destino, una elección personal en cualquier caso-, suelen ser sencillos que cuestan por lo general lo mismo que una caña bien tirada. Pero que valen -que me lo pregunten a mí, repitiéndome por enésima vez- tanto como el mejor champagne, como el mejor escocés. Gloria bendita.

Ah, en cuanto a lo del subtitulo no hagan el menor caso. Más asunto vinculado al deseo que a la realidad. Todo aquel que se pase por aquí con relativa frecuencia ya será consciente de alguna de mis múltiples taras.

JOSE GUARDIOLA Amor escondido / FRANCISCO DE MIGUEL Te quiero solo atí / TONY RONALD Baby, me has perdonado por fin / SANTY El filtro del amor / ANTONIO No hay tiempo para llorar / DIMPOL No dejaré que te vayas / JUNIOR Todo porque te quiero / NACHO solo un besito más / MARCOS La gran esperanza / NINO BRAVO Volver a empezar / TITO MARTIN El mundo llora / DANY ROY Catherine / JULIAN GRANADOS No te vayas / HENRY STEPHEN Nuestro grupo / PALITO ORTEGA ¡Hola! / BLUME En mis sueños / LEANDRO Super Jet / GOYO Talk it over in the morning / MARCO ANTONIO Vivo de recuerdos / JUAN PABLO Y comenzó a llover

VACACIONES Spanish Bossa

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Verano. Agosto. Vacaciones. Asueto reparador, inocente -o no- molicie. Tiempo perdido, el mejor tiempo de todos, el mejor gastado. Y como banda sonora de ese instante dos destartalados volúmenes de Bossa a la española. Con alguna pequeña trampa, les concedo, pero siempre intentando ceñirme a la lengua del imperio. Nada especialmente raro, aunque sí, permítanme señalarlo, insólito. Veamos…

 Alfonso Santisteban por partida doble. Cantando, mal, pero al menos cariñosamente, en su disco “Bossa’68” para Marfer y con su Nueva Banda (Iturralde, Pepe Sanchez, Martín Carretero… casi ná) mezclando bossa, spaghetti western y rumba en “Brincadeira”. Diversas orquestas, a cual más reparadora: José Solá y su bossa Lujonesca en “Bahía de Palma”, Augusto Algueró rememorando tiempos que ya nunca serán con “Amor en un Yate” (de cuando estos eran aspiración y elegancia y no constatación de la garrulez más derrochadora, del gañanismo más irritante) o Fernando Orteu y sus delicias instrumentales… Más. Agustín Pereyra avant-Candeias con dos delicatessen –“Niña no divagues” y “Tema Martin”- de evocador recuerdo e inolvidable scat cortesía de Helena Uriburu. Orquestas ambulantesConjunto Nueva Onda, Grupo Elipse, Nelo Costa, Alcy Agüero– refinándose con un tres piezas con pajarita.

 Sigo. Cantantes femeninas tocando el cielo. Paula y su formidable, enorme “Mi habitación”, con sicalíptica letra, atiendan, atiendan. La catalana Gloria haciendo a Morricone con clase y elegancia. Una jovencita Mónica combinando -y saliendo airosa del brete-  Bossa con Space Music gracias a la pluma de Adolfo Waitzman. Lita Torello navegando en la Tristeza, Sabrina y su adictiva “No hagas caso” o la valenciano-cubana Gina Baró haciendo suya con garbo y torería  “Samba de una nota so”. También, conviene apreciarlo en su justa medida, variado surtido colonial con Elsa Baeza (belleza inolvidable de muñeca de porcelana), con Maysa Matarazzo castellanizando “Reza”, con Aldemaro Romero y sus chicas en “De repente” o con Mara Lasso cantando un instrumental de Santisteban. E, incluso, francesas en castellano, bien producidas por Janko Nilovic como la sugerente Chiquita y su “Quiero alunizar junto a ti” o Nena Catherine pareja de Tony Sánchez de Los Bravos, con esa delicia que atiende por “Trepa que te trepa”.

¿Y los caballeros?. Los caballeros hacían lo que les dejaban. Siendo sinceros, de todo, sin vergüenza ninguna. Tanto si hablamos de primeros espadas como Bruno Lomas y  su “Nuestro momento”, de Raphael con “El Golfo” o de Manolo Otero basileñizando a Serrat , como de secundarios de lujo. Secundarios que tirarán de clásicos sin complejos: Joaquín Romero con “La Chica de Ipanema”, Antonio Prieto y “Chove Chuva” o Luis Gardey y esa frusleria titulada “Rendevú”.

 También hay lugar para episodios de extravagante grandeza: Jimmy Neville -hijo de Don Edgar– aliado con Jaime Pérez, poniendo letra a su “Stress” (originalmente, como seguro sabrán, pieza instrumental para la película de Carlos Saura) y sumándole una segunda muesca, la arrebatadora “Tu mundo y el mío” o Antonio González “El pescaílla” reinventando -literalmente- a la chica de Ipanema.

¿Y los grupos juveniles? dirán ustedes -bueno, no tan juveniles, de hecho algunos parecían, eran, señores mayores- ¿Cómo les fue éso llamado Bossanova?. Pues tan bien -o tan mal- como con otros estilos. En estos dos volúmenes incluyo episodios a cargo de Los Unísonos, Los Millonarios, Los Rocking Boys (formidable su revisión del “Llevame a la Luna”, etérea, ligera, acogedora), ¡¡Nuestro pequeño mundo!!, Tinglado 13, Los Tricolores, ¡¡Los 3 de Castilla!!, Latin Combo, Sammy y los Leivas… todos ellos aparecen en este doble desatino.

Descuiden, ya no les canso más. Podría haberlo hecho, en vez de doblemente, por triplicado o cuadruplicado. Ahora mismo me saldrían dos volúmenes más. Pero no teman, mi crueldad tiene un límite. Dejémoslo así y ya veremos más adelante.

 Buen verano a todos.

CONJUNTO ESTIF Trompeta loca

 

Quinteto Montelirio, Conjunto Estif, Toldos y su grupo, Conjunto Segalí, Quinteto Diamont … nombres que nos remiten a una Arcadia ideal y feliz, un paraíso que probablemente nunca existiese tal y como ellos hubiesen deseado, pero que en cambio, a poco que imaginemos, resuenan en nuestro subconsciente con la misma aura mítica que los tebeos de Purk el hombre de piedra, la serie roja de las joyas literarias de Bruguera o las películas de aventuras en sesión doble un domingo por la tarde cualquiera.

Podríamos resumirlo con la mención concreta a Discos Calandria y, sobre todo, a la figura de Antoliano Toldos. Si quieren saber la historia al completo y bien contada me permito recomendarles “Ibérico Jazz”, el doble Lp que publicó en 2009 Vampisoul, espléndidamente anotado por Miguel A. Sutil, que recoge las producciones de Antoliano Toldos en el periodo que va de 1967 a 1972.

Hace poco conseguí dos de cinco discos pequeños que recopila el mencionado “Iberico Jazz”, los soberbios “Iberico Jazz / Opaco” del Quinteto Montelirio“Trompeta loca / Tom Jazz” del Conjunto Estif. “Trompeta loca”, una de las joyas de la corona más refulgentes de dicho recopilatorio, es posible que les suene a algunos por ser cortinilla musical -recurrente- en la formidable serie documental musical de TVE “Musica Ligerísima”, obra del amigo Antonio Moreno Álvarez. Por cierto, canción que ya venia recopilada en el Cd de la serie “Afrodisia” publicado por Nuevos Medios en 2001.

 

JACQUES DENJEAN “Nevrose / Psychomaniac” (AZ Disc, 1968)

 

Estamos en pleno 1968 y se puede, se debe desbarrar. Todo está permitido. La fiebre psicodélica ataca por igual a directores de orquesta, grupos de beat, chansonniers, Lolitas dedicadas al pop y viejas glorias musicales. Y eso circunscribiéndonos solamente al país del hexágono. Bien. Jacques Denjean lleva una larga trayectoria a cuestas. Desde sus inicios con el jazz y el Be Bop hasta este ovni psicodélico que tengo el placer de presentarles, ha transitado por el Twist, el rock and roll acartonado, las bandas sonoras de diverso pelaje, la composición pop y la experimentación sonora. Quedémonos aquí por un instante. Ayudado por vieux potes como Raymond Gimenezpor esa época realizando versiones (algunas de ellas puro Far Out Sound) de los éxitos del momento con Guitars Unlimited , por Francis Durizcuren y por Jean Claude Oliver (verdadero todoterreno desde sus inicios en Argel) a ellos se les unirá una nueva camada, como el violinista Jean Luc Ponty, el bajista Paul Rovere (de la cantera del sello de librería Montparnasse 2000, colaborador de Janko Nilovic entre otros) y el baterista Andre Arpino (Otro que tal, revisen el “Pop Drums” en MP2000).

Reclutan al ingeniero de sonido Roger Roche (quién a trabajado para Johnny Halliday, Les Lionceaux, Bobby Lapointe, Eddy Vartan, etecé) y se encierran en los estudios Europa Sonor (cerrados en 1975 y convertidos en un cine X). Tal y como reza en la contraportada…

 … De manera de poder tener todas las ventajas a mi disposición, me he rodeado de los mejores músicos, de los mejores técnicos de sonido especializados en este tipo de música y de un equipamiento electrónico extremadamente complejo que me era indispensable para poder llevarlo a cabo. Dieciocho horas de mezcla fueron necesarias para obtener el “toque psicodélico” buscado…

El resultado son estas dos canciones, “Nevrose” y “Psychomaniac”, publicadas en un cotizado single en AZ Disc en 1968, un trip sónico repleto de efectos, riffs y batería cavernícola. Una especie de Jam Session de Blues espacial. Todo ello mezclado dentro de una probeta que procura una sensación que aúna morbidez y libertad, anarquia y control, si todo ello pudiese ser.

WESS & THE AIREDALES De Winston-Salem a Cantagiro

 

Considerado como uno de los padres del soul italiano, Wesley “Wess” Johnson llegó a Italia principio de los años sesenta como cantante, arreglista y bajista de los Airedales, junto a su hermano Marv Johnson, Henry Hooks, James Sampson, Jessie King y  Doug Fowlkes, autor este último de la mayoría de las canciones propias. Nada más aterrizar se enrolan como banda de Rocky “Stasera mi butto” Roberts, otro pionero, y se dedican a expender vigorosas versiones de los éxitos soul del momento (Can i get a witness, Heat wave, Don’t play that song, Hey Joe, etecé).

 Pronto alcanzan un status, pero ante la pretensión del intérprete de “Sono tremendo” de relegarlos a mero grupo de acompañamiento, en 1967 se rebelan y deciden emprender camino en solitario con Wess como cantante. Son una máquina de Funk Soul de primer nivel (Airedales popcorn, Funky Nassau, I’ll never turn back to you, Crazy, Heartbreaker…) pero no se quedan sólo ahí. Atisban pronto las ventajas del nuevo habitat y Wess decide ejercitar la misma jugada que Rocky Roberts intentó, pasando a ser el líder y dando un giro a su carrera. El repertorio, pese a mantener lo que son, muta hacia la canción pop con ribetes soul. En sus discos conviven del mismo modo covers de John/Taupin (Your song) que rugosos ryhthm & blues propios, bien de tematica hippie (“There’s gonna be a revolution”) bien como homenajes a los clásicos (“I’ll never turn back to you”, con una intro que fusila el “Soul finger”)

Wess comienza en solitario versionando a Procol Harum (Senza luce). Al año siguiente, en 1968, el éxito le llega con “Il miei giorno felice” y ya en 1969 pasa a formar parte de la escuadra Cantagiro (un elenco de artistas que, tomando como modelo al giro de Italia, conformaba una caravana de artistas que recorría toda Italia) a rebufo de la inolvidable “Te ho inventata io”. A esas alturas Wess ya es alguien y comienza a grabar canciones firmadas por lo mas selecto de los compositores italianos (Mogol, Tenco, Reverbieri…). Ello no es óbice para que sus discos sean mezcla de números pop y funk. Igual versiona “El arca de Noe” de Sergio Endrigo que se marca una formidable versión en italiano de números poco conocidos -aunque formidables- como, por ejemplo, “Non e suceso miente”, canción de Wayne/Carson/Thompson que no es otra que la majestuosa “Sandman” que harían los Box Tops

A partir de 1972 forma dúo de gran éxito con la rubia Dori Ghezzi. Conocidos como la pareja Café con leche (sobran los comentarios) pronto despuntan con “Voglio Stare con te”. Era la Ghezzi artista -corista en realidad- del mismo sello que Wess, Durium, y su unión sería poco menos que tan casual como exitosa. A partir de ahí forman ya parte del imaginario colectivo italiano de los setenta; Ganan el Festival de San Remo en 1973 con “Tu nella vita mía”, al año siguiente el Canzonissima con “Un corpo e un anima” y en 1976 quedan terceros representando a Italia en el festival de Eurovisión con “Era”. Su aparición es constante en los shows televisivos y se convierten en un icono pop hasta finales de la década.

A diferencia de otros (de Rocky Roberts, por ejemplo), la voz de Wess, en cualquiera de los territorios que recorrió, y pese a tener obvios y evidentes referentes soul, tenía también un punto melancólico -que no atormentado-, un aire y una facilidad melódica de andamiaje evidentemente pop. Diriase que se imbuyó perfectamente en la finezza y el lirismo italiano del mismo modo que huyó del empalago meloso. Que tenía una querencia por modelar el instante más que por lamentar el pasado y que la hace, tantos años después, resultar tan atractiva. Una delicia a poco que nos sumerjamos en ella.

 Ah, se me olvidaba. La gran mayoría de sus discos se publicaron en nuestro país. En sellos como Vergara o Palobal. 

 

SILKY SPEARMAN “I’m a good woman/ Sympathy” (Context, 1970)

 

Nada sé de Silky Spearman, más alla de este formidable single (mi copia es francesa, aunque sé también de ediciones belga y portuguesa) haciendo una versión del “I’m a good woman”, canción que yo conocí gracias a Miss Barbara Lynn. Puro Soul Sister Funk con ribetes jamaicanos, rebosante de una imponente voz y aderezado de vientos robustos a modo de riff, de su guitarra sinuosa y de un hammond sincopado e incansable.
Veo ahora que en la cara B hace una deliciosa versión del “Sympathy” de Rare Bird (que no encuentro en el tubo) y me da por pensar si no sería una corista de éstos. No lo sé, da igual. La canción es absolutamente irresistible.

Miguel me recuerda, acertadamente, a Cold Blood.

FRANCO MICALIZZI “Laure”

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Escrita e interpretada por Emmanuelle Arsan (alias de Marayat Rollet-Andrianne, nacida en Bagkok como Marayat Bididh), la autora de la famosa “Emmanuelle”, “Laure” (más conocida como “Forever Emmanuelle”) fue una película tocada por el desastre prácticamente desde su gestación. Pese a ser dirigida a medias por el cineasta italiano Roberto D’Ettore y el marido de la Arsan, el fotógrafo francés Louis Jacques Rollet-Andrianne, desavenencias con el productor de la misma, Ovidio Assonitis, hicieron que finalmente se estrenase sin director acreditado. Protagonizada por Annie Belle, con un look por aquel entonces muy similar (pelo muy corto y rubio, aspecto adolescente y un puntito andrógino y sin embargo de radiante belleza) al de Jean Seberg en “À bout de Souffle” y el todo terreno fiorentino Orso Maria Guerrini, de la película, si quiero serles sincero, poco o nada recuerdo.

 Lo que si recuerdo es su banda sonora, de la que hace años puede conseguir el sencillo italiano, disculpen la autorefernecia, de sicalíptico discurso y repleto de sensualidad de magazine mensual. Dicho single, un dos caras soberbio, incluía “Laure” y “Emmmelle”, vestido con una portada entre lo naif y lo morboso. La música corría a cargo de Franco Micalizzi, uno más de esos titanes de la Colona Sonora italiana por los que siento verdadera devoción, habitual en los proyectos de Assonitis (“Chi sei?”, “Stridulum”, L’ultima neve di primavera”…).

Hace poco el sello italiano Four Flies (bonito nombre, no sé si inspirado en esa cima morriconiana titulada “Cuatre mosche di velluto grigio”) reeditaba un disco que era casi más un mito, una creencia, que una certeza: la banda sonora íntegra de la película. Muchos eran los que dudaban de su existencia, por ser un disco elusivo e inencontrable, pese a saber que se había editado en las famosas series de la RCA SP. En las notas de la contraportada a cargo de Pierpaolo De Sanctis y Andrea Fabrizili, ciertos datos desconocidos acerca del proyecto salían por fin a la luz; la melosas percusiones funk-groove de la partitura de Micalizzi corrían a cargo del napolitano Tony Esposito (a quién sin duda recordarán por aquel “Kalimba di Luna” de Boney M), mientras que el piano fender y el clavinete eran obra y gracia del jazzman Enrico Pieranunzi (quien grabaría, entre otros, con Charlie Haden, Chet Baker, Art Farmer o Leo Konitz). La combinación de ambos dotaba a la banda sonora de una atmósfera profunda y sensual cuya guinda eran los coros del Coro Le Baba Yaga, trío compuesto por Isabella Sodani, Rita Mariano y Patrizia Neri. Tres voces con un rango evocador que igual recreaban el clímax del orgasmo femenino en “Crescendo” que dibujaban pasajes de melancólico erotismo en las distintas versiones de “Laure”, “Mara’s theme” o “Emmelle”.

 No les aburro más. Sólo les queda, en caso de que les plazca, escuchar y hacerse una idea.

 

ALLAN SHELDON Otro loco hablando sólo…

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… You are just the mirror of my mind, i’m not unkind you’re very small. I have never seen a silhouette, i don’t forget, no, not a all. Words or just expressions of ideas of people’s fears of dying young, dreams or just impressions of our lives for what we strive of some gone son. I had a life and i know where i’m going, you are just the mirror of my mind … 

 

Allan Sheldon “Mirror Of My Mind / Old Windmill Tree” (Injection, 136.301 – Licensed by Plexium- Marzo, 1970). Escrita por A. Stockman, arreglada y producida por Zack Lawrence

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El hombre entra en el café y de inmediato es reconocido por alguien, sentado en la mesa contigua hacia la que se dirige, quien le saluda efusivamente, con todo tipo de fiestas y celebraciones. Sorprendido, no consigue identificar aquel rostro, aunque juraría que no lo ha visto jamás. Por educación -y también por advertir que tiene entre sus manos el mismo libro que él acaba de adquirir- le sigue la corriente, dudando, mientras se acerca a la mesa, de si el agasajado es el u otra persona que no atisba a ver. Gira la cabeza un par de veces y tras cerciorarse que no hay nadie más allí, ante su insistencia, finalmente acepta la invitación y se sienta en su mesa, frente a él..

 El desconocido sigue hablando. Habla y habla sin parar. En un principio indeciso, poco a poco comienza a sentirse cómodo y curioso, pues lo hace de cosas que solo alguien muy cercano al él puede conocer. S esfuerza en recordar, pero continua sin reconocer a su interlocutor. A los pocos minutos eso ya no le importa nada. De tan agradable como es la conversación, se siente ya confortable y contento en su compañía. A esas alturas ya se halla inmerso de pleno en esa sensación de felicidad que otorga el encontrarse con un amigo querido y largo tiempo ausente. Pero sigue sin reconocerlo. La charla versa sobre materias y asuntos de su interés y de ella se desprende una sensación de complicidad y curiosidad compartida como hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Vencida del todo la inicial sospecha, la conversa va adentrándose en territorios deliciosos cuando llega al terreno de lo musical. El desconocido cita canciones, discos y músicos muy queridos. Construye pareceres y desarrolla opiniones por los que siente un vivo interés. Le maravilla tanto el conocimiento de su desconocido amigo como la sincera curiosidad por comprender que emana de su discurso. Sus opiniones, que a menudo son compartidas, son sagaces y bien expuestas. Pero lo son aún más, también didácticas y brillantes, cuando no concuerdan en absoluto con las suyas. Acaba reconociendo en su fuero interno que ese punto de vista, distinto y distante, es también un apropiadísimo punto de partida desde el cual poder abrazar nuevos conocimientos.

Una hora larga más tarde, cuando todo termina, proceden a la despedida. A nuestro hombre se le ha pasado rapidísimo el tiempo. Insiste en invitar. No puede más que felicitarse por la coincidencia y por la casualidad que ha llevado a término tal encuentro. Ya casi ni se acuerda de que sigue sin reconocerlo, hasta tal punto ha sido de gozoso el encuentro. Cuando se aleja su desconocido camarada, queda el convidado sentado, un tanto meditabundo, todavía dudando y sorprendido, aunque satisfecho del encuentro. No, sigue sin poder recordar su nombre, mientras le observa salir por la puerta sumiéndose en la penumbra de una calle de una ciudad que ya oscurece. Un par de minutos más tarde le hace un gesto a uno de los camareros, acodado en una esquina del mostrador, y le solicita la cuenta.

 Ya se dispone a marchar. Mientras abriga la bufanda alrededor de su cuello y se cala la gorra, conforme el largo mostrador va acortándose de acuerdo caminan sus pasos, se cruza con otro de los empleados. Lleva un cubo y un artilugio de esos que sirven para recoger el liquido que se posa en los cristales. Tiene la impresión de que se dirige a limpiar el enorme espejo que hace de pared, aquel frente al que estuvo de cháchara con su amigo. Cuando ya está a punto de abrir la puerta y aquellos dos deben pensar que ya no escucha, atina a escuchar una frase de su conversación. Aunque difuminada por la distancia, le resulta perfectamente inteligible; “Otro loco hablando sólo”.

 

DUTRONCMANIE (I)

 

 

 

A finales de los años cincuenta, la juventud francesa -y la europea- comienza a estar abducida por la fiebre, proveniente de los USA, llamada rock and roll. La sociedad de consumo, recuperándose de la guerra, alcanza por fin una velocidad de crucero. Comienza el reinado del capitalismo amable. La publicidad se instala dentro de lo cotidiano y el rock and roll y su cultura adyacente (coches, moda, restauración…) vive una revolución auspiciada por unos jóvenes que buscan emancipación y cambios. En París su epicentro se sitúa en el Golf Drouot, un club que toma su nombre por hallarse en la calle Drouot (en el distrito noveno, cercano a Montmartre) y por tener allí instalado un pequeño mini golf. Inagurado en 1955 cuenta con una de las primeras juke box que hay en Francia.En 1961 se convertirá en discoteca y en el templo del rock and roll francés, gracias a las sesiones vespertinas de los viernes tarde, en las que se hacen actuaciones de media hora para los grupos y solistas noveles (Les Chats Sauvages de Dick Rivers, Johnny Halliday, Eddy Mitchell, Les Chausettes Noires…) junto con actuaciones de artistas foráneos como Gene Vincent, Vince Taylor, Johnny Hurricane & the Pirates

 Jacques Dutronc asiste a ese nacimiento en primera fila. Tiene un grupo (Les Dritons) del que es guitarrista y compositor y en el que ya está su inseparable Hadi Kalafate junto a otros amigos como Michel Pelay, Jean Louis Licard, Charlot Benaroch o Jean Philippe Huster. Jacques es el prototipo del joven francés medio, a la vez laxo y conservador. Lobo y cordero, asiste como espectador atento primero y como protagonista después. Escruta, toma y desecha. Estudia para diseñador industrial y se toma aquello como entretenimiento. Pero pronto vende una canción a Les Fantomes, “Fort Chabrol”, que no es otra que la futura “Le Temps de l’amour” en versión instrumental y clave Shadows. Jacques Wolfsohn, uno de los dos directores artísticos de Disques Vogue, le echa la vista encima y lo ficha de inmediato. Jacques no olvida a sus amigos y se los lleva con él. Al contrario que muchos, tiene los pies en el suelo y no se dedica a fabricar castillos en el aire. Su máxima parece ser divertirse lo más posible haciendo lo menos posible. Su personalidad ya es firme, deja hacer y no tiene la necesidad imperiosa de sentirse alabado y valorado. Siempre en el frontera de la autoparodia y la insolencia, en realidad es un gran tímido con las ideas bastante claras. No se toma especialmente en serio ni parece ambicionar el éxito, pero tampoco es cuestión de despreciarlo. 

Wolfsohn es un tipo caústico, brillante, raro e irascible, pero sobre todo listo. Bautiza a su nuevo fichaje y sus amigos como Les Cyclons y posteriormente, viendo la arrolladora personalidad de su cantante, Daniel Dray, como El Toro et ses Cyclones. Junto a Dutronc y a Dray,  Hadi Kalafate al bajo y Charlot Benaroch a la batería completan el cuarteto. Se dedican a hacer versiones de Carl Perkins y de Eddie Cochran. Por aquel entonces Vogue es un sello antiguo, sus estrellas más destacadas son Aimable, Sidney Bechet, Cecil Luter, Marino Marini … necesitan sangre nueva como el comer. No se suele comentar, pero aunque Vogue ya ha firmado a Johnny Halliday, no sucede nada. No será hasta su pase a Philipps, ya con el repertorio adecuado, cuando se convertirá en un mito en Francia. Wolfsohn, todo hay que decirlo, tenía más olfato que oído, y aunque supo ver de inmediato el potencial de Jean Philippe Smuet, no supo dar con la tecla musical.  Es bien cierto que en aquella época, prácticamente fundacional, se hacían los discos casi para divertirse. Apenas existían reglas y todo era nuevo. No obstante lo suplirá con una jovencita apellidada Hardy, una muchacha lánguida, de facciones a la Garbo y  voz tenue. Al menos con ella  ya tenía el asunto de la imagen y la portada resuelto. Lo siguiente sería dar clases de canto y encontrar el repertorio adecuado. Cuando surge “Tous les garçons et les filles” la suerte ya está echada. Lo dicho, un jugador de póker.

Con Dutronc ese problema no se dará. Él es autosuficiente musicalmente, resulta ser un formidable guitarrista. Despreocupado y falto de ambición, pero versátil, imaginativo y fluido. Sabe perfectamente lo que se lleva entre manos sin darse la menor importancia. Conoce los trucos y también los tiene de cosecha propia. Aunque él prefiere estar en segundo plano. Sin embargo a Wolfsohn el grupo le parece prescindible, no así su guitarrista. Cuando graban su primer Ep, Jacques cree haber alcanzado el cielo. Ya tiene su rostro en la portada de un disco ¿A qué más se puede aspirar con diecinueve años?.

En 1965, a la vuelta del servicio militar, los Cyclones ya son pasado. Han grabado dos Eps más sin Jacques, sin éxito alguno. Dutronc se convierte en la mano derecha a jornada completa de Wolfsohn. Toca, ayuda en el estudio, emite sus opiniones ante el director artístico y sigue escribiendo canciones: Para una joven Zou Zou o para su amigo Claude Peterflam (como Peter Flamme). También para Cleó o Anne-Marie Nebot. Todas pasan sin pena ni gloria. Al menos de momento. “Et moi, et toi, et soie”, canción incluida en el primer Ep de Cleó, no es otra que la futura “Et moi, et moi, et moi”, sin la letra definitiva de Lanzmann que la hará inmortal.

 

 

Mientras tanto en Vogue existe una bicefalia entre los directores artísticos, tensa, sí, aunque, como se verá, también productiva. Christian Flechner, a quien Wolfsohn detesta cordialmente, aparece con un joven llamado Antoine. Su canción “Les elucubrations d’Antoine”, construida bajo la influencia del Dylan eléctrico, se convierte en un éxito enorme. Quién sabe si celoso (aunque él lo negará siempre, simplemente dice detestar la llamada canción protesta) prepara su revancha. Años después Jacques Dutronc declara a Salut les copains que en realidad un día llegó al estudio y Wolfsohn le espetó “… Jacquot, hay un tipo en Vogue que acaba de sacar un disco que no está mal. Se llama Antoine. Vamos a intentar batirle en su propio terreno…”.

Sea como sea, le pide a Lanzmann que escriba una letra con la idea de parodiar al cantante de pelo largo y camisas de flores. El resultado es un texto entre el cinismo y la introversión, reflejo formidable de la época. Con él en su poder, ordena a Dutronc que componga la música adecuada. Éste  vuelve al día siguiente con una canción que recuerda a los Kinks, chulesca e irónica. De inmediato graba una maqueta con Benjamin a la voz  y sus amigos Kalafate y Benaroch en la base rítmica. La canción se titula “Cheveux longs”. A Wolfsohn le gusta.

 Al contrario que en Inglaterra, donde reinan los grupos, en Francia, a partir del 66, será tiempo de solistas. Los textos de Lanzmann no tienen nada que ver con la autoconmiseración llorona, ni con la crítica social, ni tampoco con con la poesía surrealista. Juegan con un individualismo feroz, se regodean en el cinismo. Sus letras parecen decirse; Sí, el mundo cada vez parece ir peor pero yo reivindico mi derecho a ser feliz, a ser como soy. En cualquier caso, intentar crear una música para textos que hablan de burdeles, marquesas y la prohibición de divertirse, o del hambre en el planeta y el dolor de cabeza, no parece tarea fácil. Pero Jacques tiene un plan, trabaja en él desde hace meses, no ha perdido el tiempo. Tiene que hacer algo nuevo, burlarse de cantantes como ese Antoine, de quienes piensa que son flor de un día, y crear algo duradero y propio, generacional a partir del individualismo. Y sobre todo, nunca, nunca, olvidarse de procurar diversión y placer, tanta como sea posible. Se inspira en sus grupos favoritos; los Kinks, los Yardbirds, los Rolling Stones. Instrumentación básica (guitarra eléctrica , bajo y batería) y melodías casi lineales, simples y primitivas, ideales para escandalizar y divertir con los textos de Lanzmann. Sin quererlo inventarán la canción despreocupada, carente de maniqueismos y que parece dirigirse al individuo y no a la masa.

 Graban unas maquetas, con Dutronc como cantante, tarea que no le interesa en absoluto. Wolfsohn piensa entonces en Hadi Kalafate como solista, tras constatar que los problemas con el alcohol de Benjamin le invalidan para ser el estandarte. En cualquier caso el resultado no le satisface y al final tiene claro que la mejor toma es la de Dutronc.

 Los ensayos comienzan enseguida. Hay que sacar el disco antes del verano. Todos los que han escuchado la maqueta se muestran unánimes; No funcionará. Formidable, no hay nada que excite más a Wolfsohn que cerrar bocas y demostrar que es él el que tiene razón. La banda definitiva está formada por Kalafate al bajo, Jacques con la guitarra eléctrica, Jacky Pasut (un ex-Fantomes) como segunda guitarra, Claude Puterflam con la pandereta y Charlot Benaroch en la batería. El día de la grabación Benaroch no se presenta y es sustituido por Michel Pelay. El disco se graba, como es habitual en Vogue, con el mínimo de tiempo y medios. Prácticamente en directo, sin overdubs o pistas adicionales, en un tres pistas, con una urgencia y desenvoltura que acabará por convertirse en la marca de fábrica de Dutronc

 Jacques acepta su rol de cantante y, puestos a ello, comprende y refleja perfectamente el conflicto entre Wolfsohn y Flechner. Parodia a Antoine mientras canta “Et moi,et moi, et moi”, bien es cierto que porque el texto se presta a ello. Ya se muestra en todo su esplendor su don para la observación y la imitación, tanto en la voz como en los gestos. La canción está entre Antoine y The Kinks, más unas gotitas Rolling Stones. El disco saldrá finalmente en junio. La entonces pujante cadena de radio Europe 1 lo adopta de inmediato y no cesa de radiarlo. Lucien Morisse, el dueño de la emisora, Lucky Blondo, su locutor estrella, Daniel Filipacchi, el director de Salut les Copains … todos se muestran entusiasmados con ese desconocido. El propósito inicial de burla deviene en éxito nacional, venderá 300.000 ejemplares. Y eso sólo es el principio….

Todos los datos extraídos de “Jacques Dutronc, la Bio” de Michel Leyder (Editions du Seuil, 2004)

 

Jacques Dutronc es el fruto de una serie de circunstancias antagónicas, hay que tomarle por lo que es, una acontecimiento, un fenómeno. Alguien lo definió como un anarquista del individualismo, un purista de la independencia total. No persigue complacer, lo que le desmarcará del resto de sus coetáneos. Su obra personifica un extraño equilibrio entre la apatía más flagrante y la efervescencia más repentina. Es la chispa y el desdén. Esta personalidad un tanto extraña, transparente y confusa a la vez, será su gran ventaja. Lo convierte en brillante e insondable para el gran público, consiguiendo con ello un halo de misterio, una coraza protectora y con ello ser un artista deseado por el público. Sus ironías y burlas son malévolas pero no dañinas, sus groserías carecen de vulgaridad y sus dardos verbales son afilados pero desprovistos del veneno mortal. No busca aniquilar, sólo pretende divertirse. O lo tomas o lo dejas. Y parece ser que el público está por la primera opción.

Un halo de misterio le rodeará siempre. Asombra y sorprende por su insolencia, por su manera de afrontar su carrera. Es alguien diferente, no busca el complacer y, paradójicamente, el público se muestra complacido con ese elegante desdén. Pero que nadie se llame a engaño, Jacques Dutronc no es tal y como parece. No es en absoluto un cantante especialmente comprometido o con aristas sicológicas, al menos intencionadamente. Tampoco es un esnob ni un playboy. La verdad es que a veces es todo eso, pero de una manera involuntaria, sobrevenida. La verdad es más simple, él es un cantante, en el sentido más antiguo del término, antes que un chansonnier empeñado en recitar estribillos pegadizos sustentados en el engaño. No necesita tomar prestado de nadie presuntos mensajes con los que envolver sus canciones ni tampoco utilizar aquellos trucos más obvios que por lo general constituyen el gancho de una canción. Tampoco tiene que exigirle al personaje que haga suya la inteligencia universal que defiende sobre el escenario. Simplemente es él, con todas sus contradicciones, sin importarle mucho el qué dirán. Es atractivo, tiene carisma y es más propenso a los silencios sobre los que puede gobernar que a hipotéticas consignas que puedan volverse en su contra.

Eric Vincent, Salut Les Copains. Junio, 1967