Yo quiero bailar en La Costa Fleming

Costa Fleming

 

Mil gracias una vez más a todos esos amigos que se empeñan en que intente borrar en mi los molestos prejuicios y que me permiten ver las cosas tal y como son. Existen intérpretes con escasa voz que cantan como los ángeles y otros, dotados técnicamente de manera soberbia, que jamás sabrán cantar. Cualquier profesional se echará las manos a la cabeza, probablemente con razón, ante mis argumentos, pero yo sé lo que me digo. Cantar bien es ajustar las notas, encajar la melodía… pero también mucho más; Llegar sin pasarse, darle sitio y tono a la canción, transmitir.

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Tal vez todo esto les parezca algo sin pies ni cabeza y es muy probable que estén en lo cierto. Casi estoy por asegurarles que harán lo correcto si dejan de leer. Cada uno tiene su concepto del asunto que nos ocupa. No es éste otra cosa que un post en torno a una fijación insana, sobre algo difuso, tan borroso e idealizado como algo pienso necesitado de una cierta puesta en valor. Algo generalmente tratado, a lo sumo, con desprecio tal vez no sea lo más apropiado para labrarse un cierto nombre entre los popes de la crónica aunque no me puede importar menos. Divagar casi de oídas sobre algo que ocurrío hace cuarenta años, en un país, al igual que hoy, anquilosado y endogámico, se me antoja un desbarre de proporciones mayúsculas. Aunque no sé si tan absurdo como haberlo visto pasar ante tus ojos, no haberse enterado de nada y, lo que es peor, permanecer en sus trece.

Es este un texto humilde ante el cual la postura más saludable sea aquella que combine el hedonismo y un cierto distanciamiento, la justa aprensión y una indesmayable curiosidad como todo lo relacionado con el pop, a la manera del que apura las copas nocturnas -y noctámbulas- sin pensar por un segundo por la segura resaca. En definitiva, mantener la distancia conveniente que, en cambio, uno jamás supo ni sabrá fijar y, lo que es peor, tampoco tiene ninguna intención de hacerlo. En cualquier caso una sentida recomendación esencialmente basada en la canciones -pues es de eso de lo que trata el asunto- y un relato que lo adorne.

Paloma Cecilia San Basilio Martinez tenía -aún lo tiene- un chorro de voz. No desafinaba nunca y su belleza de porcelana hacía, muchas veces, tenerla por lo que no era. En contra de lo que algunos piensan, la dificultad no está en la sencillez. Lo verdaderamente difícil es que, estando dotada de una gran voz, tendiendo a lo grandilocuente y a la exhibición, siendo icono gay y gozando de todo ese estatus, seguir siendo algo íntimo, escapar del exceso como norma. Eso lo logran las verdaderas divas. Hablo de Mina, de Nina Simone, de Ornella Vanoni y…de muy pocas más. Paloma San Basilio no entraría en este Olimpo ni queriendo… salvo con esa maravilla que responde por “Contigo”.

Compuesta por el argentino afincado en Madrid Bebu Silvetti y publicada originalmente un año antes (en su Lp “El mundo sin palabras de Bebu Silvetti”) sería retomada, añadiéndole una hermosa letra y todo el empaque de la factoría del Sonido Torrelaguna,  en 1975. Con el factótum artístico del sello Hispavox, el milanés Rafael Trabuchelli a los controles, ordenando, colocando cada pieza en su lugar, estirando las bridas de una yegüa todavía por desbocar, logrando dar cuerpo a una hermosísima simbiosis entre el modern soul y la canción pop que, de haber surgido en otro ámbito, menos satanizado, hubiese sido epítome de la clase y la sutileza más elegante.

Mi interés por el Sonido Costa Fleming surgió de manera difusa, espontánea, poco razonada y por supuesto sin el menor asomo de rigor ni de lo que para mi iba a suponer. Un poco de casualidad, sucedió motivado por la contemplación extasiada de programas televisivos de variedades donde pululaban las más hermosas mujeres. Desinhibición de fotonovela y voluptuosa modernidad a partes iguales; Agata Lys, Ingrid Garbo, Barbara Rey, Marcia Bell, Nadiuska, Isabel Patton, entonces Diosas y hoy señoras maduras en el mejor de los casos, cuando no olvidadas o simplemente ajadas, cuando no todo ello a la vez. Apareció yendo a sesiones de reestreno en los cines de pueblo, (en programa doble, faltaría más), donde un leve roce, un intermitente vaho de perfume dulzón se mitificaba como bacanal inolvidable. Donde, también, por qué no decirlo, iniciales miradas furtivas daban pie a tórridos ejemplos de desaforado bizarrismo. Otras cosas ayudaron, claro. La sobredosis de un cine pretendidamente moderno pero de indudables ribetes pacatos, ése que todavía hoy en día continua sin constar en la enciclopedías -atiborradas de dramas acerca de la guerra civil y divagaciones sociológicas- para otra cosa que no sea la mofa, pero frente al cual cualquier cronista honesto no podrá sino asentir ante su realismo incómodo y molesto, ante su capacidad para fijar la fotografía de una época. Estupefacción y asentimiento ante aventuras que a fuerza de disfrazarse de astracanadas o ir insufladas de ternura y moralina falsaria no podía, a su pesar, dejar de tener sus dosis de verdad.

 

“Madrid, Costa Fleming” (José María Forqué, 1976), adaptación cinematográfica de la novela de Ángel Palomino, sin ser el más afortunado -ni de lejos- de los intentos, sí que al menos permanecerá por haberle dado carta de presentación al asunto, por haber servido su título como bautismo. Crearía involuntariamente una marca indeleble con sustrato costumbrista y modernidad de pegolete en impúdica combinación y de la que, esporádicamente, surgirían retazos hirientes, risibles episodios, sobre un mundo también nuestro y a menudo cruelmente reconocible. Estallidos intermitentes que cuando atinaban provocaban vergüenza ajena o frenesí nostálgico, sí, pero también capaces de mostrarnos reflejados en un espejo que todavía intentamos mantener oculto. Lecturas combinadas que mezclaban sin criterio aperturismo y doctrina, curiosidad miope y excitación sin guía. Educadores infames, cicerones del atavismo, con quienes las divergencias, todas en realidad, no hacían otra cosa que cargarnos despreocupada y alegremente de razón. Padres que pensaban haber parido un monstruo y a los que hoy, siéndolo también nosotros, les concederemos al menos el beneficio de la duda y cariñosa comprensión. Sueltos en los periódicos, comentarios radiofónicos que semejaban jeroglíficos indescifrables. Ansiadas expectativas ante las cuales tan sólo unos pocos tuvieron el valor -y la fortuna- de vivirlas en su totalidad. Bonvivantismo a medio camino de la Bôite despendolada y el despacho profesional.

Si nos centramos en lo sociológico podríamos decir que no fue más que una concatenación de agradables coincidencias, cuya trascendencia (no podía ser de otra manera) iba a ser nula en una sociedad que estaba por un lado -el ortodoxo- hipnotizada ante los primeros logros del confort y el desarrollo y por el otro -el contestatario- supeditada a la política de una manera enfermiza, casi religiosa. Jóvenes idealistas con complejo de culpa ante el placer que se les presentaba frente a jóvenes oportunistas sorbiendo la vida a tragos largos, literalmente. Sin término medio salvo aquellos en los que la sospecha era su estado natural. Para bien y para mal, una serie de espabilados oportunistas con talento y arrojo, desfachatez e ingenio, disfrutarían de esa casualidad feliz. Tuvieron además la fortuna de que el tiempo jugaba a su favor; Un régimen es sus últimos estertores, una situación económica relativamente oreada, la plena normalización de ese maná llamado turismo y la -ahora sí, mezcla de los nativos con los foráneos en vez del sometimiento servil de antaño-, posibilitó a una serie de cachorros acomodados (familiares de cargos provinciales, tecnócratas con cartera, procuradores a cortes, empresarios del desarrollismo salvaje y un puñado de aventureros con menos posibles en el bolsillo pero repletos de olfato) alternar como si no hubiese un mañana con secretarias aspirantes a artistas, misses de diverso pelaje, dependientas de boutique ávidas de experiencias y jovencitas atrevidas, hijas, e incluso a veces esposas, de la cuadra masculina, luchando por tenter una visibilidad más allá de su supeditación al macho. Gentes en definitiva sedientas de una vida europea. De la misma manera, ese tiempo tan inmarcesible entonces, sería poco después implacable ante lo efímero del instante. Una inconsciente alegría de vivir que resultaba imposible acotar y a la que, antes de permitir su propagación definitiva, el régimen prefirió mantener en una especie de zona cero, sita entre Recoletos y la calle Doctor Fleming, a la derecha de la Castellana. Un lugar donde si cerrabas los ojos y te dejabas llevar se diría, al caer la noche, que era la más cosmopolita de las urbes imaginadas.

Ver, escuchar, al menos soñar. Aunque, por supuesto, mucho mejor sumergirse, vivir, disfrutar. Siempre tras la búsqueda del instante de placer, ese que si resultaba inaccesible se imaginaba, o, por qué no, se creaba. Las hostias debieron ser muchas y grandes. La sensación de ser otro, un bicho raro, cada día mayor, enorme. De haber estado allí digamos que esa sería la causa o piedra angular en la que se sustenta un cierto solipsismo agnóstico, en absoluto militante, en todo caso atónito.

Pero, ¿Saben?; Uno hubiese dado lo que no tenía por trasladarse, aunque sólo fuese por una noche, a esa arcadia soñada. Agata Lys y Joselé Román dándole al licor 43 o al Pilé en medio de la gala de los premios Mayte, o mejor aún, Naranja y limón. La primera ahuyentando a pretendientes moscones y sin cartera, la segunda pugnando por divisar el punto débil, palpitando ante el tamaño de los escotes, ajena a las entrepiernas por serle de escaso o ningún interés. Alfonso Santisteban y Juan Carlos Calderón sacando pecho como pavos reales pero saludando solícitos al gran Augusto Algueró en cuanto asomase por las escaleras de Tartufo’s, cada día del brazo de una imponente vicetiple; Ora una go-go de Alicante llamada Ingrid, ora una voluptuosa azafata holandesa de la KTM, todas en definitiva musas de la cadena Reyzabal. Un estajanovista del arte -el del pentagrama y el de la carne- que se comía la vida a bocados ante lo escueto de su dieta casera. Porque debe ser insoportable tener en tu nevera el mejor manjar y que este no se deje tocar.

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Julio Iglesias

Exploito local firmado por Phil Coddy y Ray Blum (o lo que es lo mismo, el Dúo Dinámico) con la inestimable ayuda de Rafael Ferro. Más tarde caería en las manos de Phil Trim y ya como colofón supremo, en las del Julio Iglesias más irresistible…

 

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Lord of marbella

A estas alturas no voy a confesar ni mis filias y ni mis fobias. Son evidentes, imagino que ya se habrán hecho una idea. Acabo de recordar que tenía por ahí grabada una playlist de cuando la primera fiebre costaflemingera me atacó. Si claro, venía cogida de la mano de aquel trip -para mi gozoso- que ya subí titulado “Lord of Marbella”. Ya hace de eso unos años, pero todos los veranos vuelvo a ellas. No me pregunten por qué. Ni yo mismo lo sé.

Por supuesto aquí no hay mezclas ingeniosas ni el timing apropiado. No tengo esa virtud. Lo que si creo que hay es el mismo aire febril, chapucero, desprejuiciado -y en mi opinión- libre que por aquel entonces reinaba y que uno alimenta con esmero.

Una última recomendación. Esto, sobra decirlo, es ya la enajenación Costa Fleming. Quiero decir con ello que es algo así como inmersión a pleno pulmón, un descenso sin paracaídas. Ténganlo claro antes que nada. Y si así lo decidieran, espero que disculpen mi poca pericia a los platos y que lo disfruten. Mucho.

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Es curioso lo del mundo de la cultura en nuestro país. Se le baila el agua sin pudor alguno a escritores o cineastas que, en el mejor de los casos, dieron alguna vez en la diana. En cambio a músicos que -si, concedámoslo- hace un tiempo que perdieron el norte (pero que también tienen algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado) se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denotan por nuestra parte es una cortedad de miras y una ausencia de curiosidad casi obscena. Amén, claro está, de la falta de respeto más elemental. Esa paradoja que consiste en pretender vestirse con el condescendiente traje de lo herético e incorrecto para no ser otra cosa que la triste apoteosis de lo políticamente correcto. Tontería, impostura… asuntos subsanables con el paso del tiempo. Estupidez, cretinismo … ya no sabría uno que decir. 

 

Y es que esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día y se transmite socialmente. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces en busca del ansiando qué dirán como forma de sentirse considerados. El epítome de la paradoja. Cuando más se quiere ocultar, más rauda y silenciosamente se propaga, implacablemente. Una fina línea delimita sus fronteras. Ahora mismo diría que es – a veces por separado, en su apogeo, todo junto- un compendio formado por el deseo de pertenencia al grupo, la falta de rigor y comprensión de uno mismo (y por ende en lo que uno es) y un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, al que honestamente cree tener algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje. Siempre fue agradable navegar a favor del viento pero acaso lo sea más el buscar la perspectiva, ejercitar un cierto rigor y mantener -siempre que seamos capaces- una mirada humilde y curiosa.
1972 es el año de la implosión Camilo. Con una sólida y larga trayectoria a cuestas (Los Dayson, Los Botines) en la que fue parte principal, tanto de cara al público -una belleza apabullante para la época, de una estética proto glam– como en lo esencial -componía la mayor parte de sus temas, era autor y estaba empeñado en controlar su carrera- todo parecía presto, allá por 1970, a la ignición. Bajo el nombre de Camilo Sexto ficha por Movieplay y lanza un sencillo (“Llegará el verano / Sin dirección”) que pasa sin pena ni gloria, aunque la segunda es una buena canción. Decepcionado aunque constante, no desiste y bajo el manto musical de Juan Pardo persevera. Curiosamente la conexión surge vía su amistad con Junior a quién conoce durante su servicio militar en Almeria. Ficha por Ariola y tras cuatro sencillos “Algo de mí” es, finalmente, número 1 en toda España. El lp que les sigue (“Algo de mi”) prende una mecha que durará una década. Trabajador infatigable, “Solo un hombre” en pos de su sueño, publica un segundo álbum a finales de ese mismo año. Giras por Sudamérica, apariciones televisivas, participaciones en festivales, aparte de rodaje y experiencia, le han servido para convertirse en un ídolo de masas, algo desconocido por estos lares con esa magnitud. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia viene a ayudarle.

Camilo no le hace ascos a nada. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y su banda, a la que suma un equipo de profesionales británicos de nivel. En los arreglos un viejo conocido, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero efectivo, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops y que, como curiosidad, cabe señalar que fue el responsable de los arreglos de esa barbaridad que responde por “Stoned out of it” de John Fitch and Associates y también el tipo tras el exploito mega hit llamado Mr.Bloel. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oreja en el mainstream y otra que demuestra estar al tanto en las tendencias del momento. Recupera “Fresa salvaje”, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuando menos, malicioso. “To be a man”, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas. “Fuego” con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca. La guitarra fuzz inicial, su base ritmica perfecta, los bongos, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. “Sara” desprende sexo y sudor lascivo. “Piedra sobre piedra” diríase salida de la pluma de Gamble & Huff. A tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, consistente, competente y engrasada (Alfredo Pareja a la guitarra, Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería), la ya mencionada producción, poderosa en sus arreglos y orquestaciones (guitarras vigorosas, algun fuzz despistado, baterías milimétricas, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y poso. Algo muy, pero muy serio, por tan solo cinco euros. Palabrita de esnob.

¿Recuerdan aquello de lo que una vez hablé, aquello acerca del valor y el precio?

Compren…

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Cada uno, por supuesto, es muy libre de pensar lo que quiera. Aplaudir, celebrar, maldecir o simplemente seguir con su vida, sin duda siempre la mejor opción. Y sin querer que ésto sirva de nada, solo puntualizar que uno vive la música como la vida, hambriento, con cierta obsesión e indesmayable pasión. Tara o  dicha, merma o gozo, quizás todas esas cosas a la vez. Y un cierto afán por comprender. Esa y no otra cosa es lo que he querido transmitir. Torpe y vehementemente, de la única manera que sé. 

Ah!, solo una cosa más. Estamos navegando en aguas del mainstream, de lo comercial como meta, de la búsqueda del éxito y la fama. No hay trampa ni cartón, tampoco falsas coartadas ni justificaciones. Ahora compárenlo con la manera en que se procuran esos objetivos hoy en día, tanto estilística como éticamente…

Abróchense los cinturones y prepárense para despegar…

Un TITÁN extraordinario. Un animal musical todo terreno (y cuando digo eso me refiero a que lo hacia todo y todo bien) que igual ideaba un score formidable que poblaba los proyectos de las discográficas con sus arreglos. Que por la mañana -bueno, tampoco nos pasemos, más bien después de comer- componía en serie para su señora o amantes y que por la noche se enfrascaba en musicales para TVE (“El irreal Madrid”), cortinillas y sintonías, alimenticias si se quiere, pero siempre con ese toque de clase que distingue a la imaginación de la rutina. Que aparecía profesional, casi ufano con smoking y pajarita, allá donde se celebrase el festival de eurovisión. Un tipo que no mostraba reparo en adecentar infames y amaneradas (y en este caso me refiero estrictamente a lo musical) revistas escritas por gañanes como Antonio Gala, protagonizadas por su señora, a la vez que realizaba arreglos casi avant garde para las incursiones más internacionales y cosmopolitas de los grupos hispanos con más aspiraciones (“World, devil & Blood” de Los Brincos). Un hombre que estaba en misa fabricando clásicos superventas para Nino Bravo o Serrat, y repicando (dominaba en el arte del crapulismo, titanísimo de la noche y sus distintos sucedáneos) sin ningún problema de conciencia artística. Es más, elevando el rigor a categoría, dándole prestancia y caché incluso a los más funcionariales menesteres. Ahí es ná.

Un genio a la carta en definitiva. El hombre música por antonomasia, en mal momento y peor país, con unas pintas de señor de derechas, gris y aburrido, pero que si hubiese nacido inglés o americano estaría en el imaginario colectivo a la altura de un John Barry o un Quincy Jones de la vida. Con la gorra además. Algún día se le hará justicia.

Si han tenido el valor de llegar hasta aquí mis comentarios ya deberían sobrar. He dicho bien, deberían, pero no me pidan eso, por favor, permítanme que me explaye. Gracias. Allá voy con un puñadito de ejemplos. Desde aceitosas (el “Alone again or” de Love por Los Albas) hasta MA-RA-VI-LLO-SAS versiones (Julio Iglesias  y el “Love’s theme” de Barry White, me lo imagino en versión super45, ocho minutos largos o así, mataría por encontrarlo), pasando por el gran Alfonso Santisteban adoptando una de sus múltiples personalidades, en esta ocasión la de un estilizado y elegante Janko Nilovic cualquiera. Los Tres Sudamericanos dando una vuelta de tuerca más a lo -generalmente en ellos- pasado de rosca. Encarnita Polo y su marido, Adolfo Waitzman, reconvirtiendo un clásico judío en una bomba para Bôites irresistible. Lia Uya, andrógina, habitual de musicales y revistas (sustituta de Angela Carrasco en la gira por provincias del mega-éxito “Jesucristo superstar”) retomando a Joe South según Elvis Presley.

Waitzman

Elsa def

Y más. Una madura Elsa Baeza progreseando con la ayuda de Juan Marquez en “La verdad”, Ray Blum y Phil Coddy, o lo que es lo mismo, el Dúo Dinámico, buceando por enésima vez (Magic carpet, Barbara, Backgammon, Sirarcusa) en el mainstream discotheque, una forma como otra cualquiera de experimentar. Profesionales de la canción del verano (Los Puntos) practicando Hard rock, cabezón, glamófilo, ¡Y competente!. Las últimas bocanadas de Rock stars como el gran Bruno Lomas, recluido en su torre de marfil, un minúsculo apartamento en la playa de Canet de Berenguer. Karina refulgiendo, de los brazos de Tony Luz a los de Rodrigo García, en una época en que su bondad e ingenuidad todavía bonificaba, cuando eso aun no le había convertido en el saco de los golpes para canallas y estúpidos.

Podría seguir y este post ser interminable; Manolo Otero, Set 96, Decibels a go-go, Sara Montiel, The Friends Co., Alcy Aguero, Nena Catherine, Pepe Solá, Marisa Medina, Jou Cogra, Julio Mengod, Greg Segura, Ray Jordana, Key-Hano, etc, etc. Algunos ya han pasado por aquí. Otros pueden encontrarlos en los dos fantásticos volúmenes de Psicotrónica. Hagan, claro, lo que les venga en gana…

 

 

Notas interiores que escribí para la reedición de “Sabor a Fresa” (Vampisoul, 2009)

Se supone que es éste un país hosco en lo cultural, casi de honda raigambre analfabeta. Uno no sabría qué decir, es el único que conoce un tanto y por el que siente un cierto vínculo, aunque si afirmaría sin dudarlo que es bastión de la mala leche, obscenamente exhibicionista en el desprecio a todo aquello que no entiende ni tiene la menor intención de conocer, del mismo modo que sorprendente vivero de francotiradores espontáneos.

Es por lo que uno piensa que somos hoy, lo fuimos ayer y me temo que lo seremos mañana, profesionales en hacer glamour del fracaso. Y lo siento, lo único que vislumbro en el fracaso, que no es poco, es dignidad y, en algunas y contadas ocasiones, grandeza. Ni oropeles ni leyenda.

Madrileño de 1943, amamantado en la copla y la canción española, de sólida formación clásica, iniciado en las veleidades jazzisticas y enamorado de la música brasileña, Alfonso Santisteban es, entre otras muchas cosas, distinto, egocéntrico, curioso, poco glamouroso, vividor, adalid de la mala leche, digno y, digámoslo ya, grande, muy grande.

Con todos esos ingredientes, Santisteban creó un sonido propio que comenzó a gestarse con la explosión atómica que fueron los 60 y tomó carta de naturaleza en los albores de los 70, cuando toda esa mezcla de conocimientos, inquietudes y deseos adquirió consistencia, unida a un devenir vital sorprendente y a su inmersión total en la música brasileña.

Poliédrico y estajanovista, entendió a la fuerza cuál era el único camino hacia el conocimiento y la destreza profesional, andamiaje obligatorio del talento; el hambre por conocer. O dicho más finamente, transitó todos los palos, unas veces voluntariamente, otras por necesidad, sabiendo, tal vez no aceptándolo, que el viaje siempre es el camino. Fue músico de sesión profesional y compositor por encargo desde principios de los 60 para estrellas del flamenco pop – tan buscado hoy por los diggers como entonces denostado – tales como Chacho, Bambino, La Polaca, etcétera y creó, junto a Rafael Ferro, el esencial Lp “Flamenco pop” (Sintonía, 1969).

No me resisto a darle de comer aparte al sorprendente sencillo de Ellas “Sola en la ciudad/Llovió” (CEM, 1968). Ambos temas fueron compuestos por Santisteban y la cara B (con probable colaboracción de nuestro hombre en la producción) es un claro antecedente de este “Sabor a fresa”. Una melodía que ya grabaría en “Flamenco pop”, que luego haria Chacho con el título de “Bum bum” y que en esencia es un formidable bastardeo. De cómo a partir de la melodía de Morton Stevens para “Hawai 5-0” se puede construir algo nuevo, propio e intransferible, mostrando un talento humilde pero, estoy casi seguro, orgulloso en su osadía.

Autor de infinidad de bandas sonoras, muchas descabalgadas, algunas notables (“Juegos de amor prohibido”, “Necrophagus”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “Cebo para adolescente”), Santisteban también compuso innumerables cortinillas y sintonías para las incipientes emisiones de una TVE ahíta de modernidad aperturista (Palmarés, Bla bla bla, Sobremesa, el Tren), decidiendo pagar gustoso ese placentero peaje para procurarse momentos de libertad creativa total.

Vayamos pues al objeto en cuestión, el maravilloso e inencontrable “Sabor a fresa” (Belter, 1971), cuya primera reedición respetando el listado de canciones original, y añadiendo estas humildemente desmadejadas notas, es la que tiene usted en sus manos. Ya desde el inicio, el tema homónimo es la conjunción del canon Santisteban: Dabadás femeninos, reminiscencias a la copla, aromas de banda sonora del spaghetti-western, la devoción al jazz y su fijación con Brasil. “Brincadeira” nos sumerge directamente en las playas de Ipanema, con esa cadencia inconfundible de la bossa nova. “Nuestro ayer” y su guitara à la “Concierto de Aranjuez” casa de una manera casi obscena su obsesión y su realidad: Copacabana y el Manzanares, la caipiriña y el cóctel San Francisco. “Limón y sal” y “Zorongo”, ambas editadas en single, son dos bombas que no tienen nada que envidiar a los holy grails del euro groove que pululan por la red. La primera está cosida con una guitarra infecciosa mecida por vientos souleros, la segunda con un beat que aún hoy suena nuevo, sorprendente. Ambas están ornadas por los espectaculares coros femeninos marca de la casa a cargo del Trío La la la, con Merche Valimañá al frente. Serían himnos oficiales del llamado sonido Costa Fleming, centro neurálgico de la cultura de clubs y lugar de alterne – social o de cualquier otro tipo – por excelencia en el Madrid de los primeros 70. Clubs como Bocaccio, Lord Black, Octopus, J&J, dónde transcurría la vida de todo aquel que fuese proyecto o realidad de la escena artística, homónimo capitalino de la Gauche divine barcelonesa, que entonces miraba tan por encima del hombro y que hoy no les duraría ni un asalto.

“No te acuerdas de mí”, con el majestuoso riff de guitarra de Martín Carretero, la batería incisiva y poderosa del gran Pepe Sánchez, su linea de trompeta y flauta a cargo de Pedro Iturralde y ese estribillo cantado es sencillamente … increíble. Qué decir de “Manias de María”, juguetona e infantil, con ecos al “If i had a hammer”, o de la crepuscular “Vuelve a tu ciudad”, o…

Y dejaremos para el final esa maravilla que atiende por “Persecucción”, también incluida en la banda sonora de “Enseñar a un sinvergüenza” y editada en un rarísimo y cotizadísimo sencillo con una carnal Carmen Sevilla en la portada. Es un elenco de músicos en su apogeo; scat vocals, jazz a go go, ritmos sincopados…una de las piezas capitales del jazz europeo.

Autor y obra, deambulando errantes por los paseos del olvido. Alfonso Carlos Santisteban no supo, o supo demasiado tarde, que había capturado el angst de una época. Tal vez se viesen en el futuro que hoy ya es las costuras del personaje, como su espectacular americana de piel de leopardo, pero me temo que todavía están por descubrirse sus logros y hallazgos.

 

 

THE BOX TOPS Sandman

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Una canción perfecta. Tremenda. Escrita por Wayne Carson Thompson. Producida por, hagan el favor de descubrirse, Dan Penn.

Es 1968 y hay algo en el aire. Psicodelia ligera, extraña, morosa incluso. Diríase que hasta la rutina es lisérgica. El pedal fuzz como marchamo de elegancia, agazapado pero siempre presente, mutado durante menos de tres minutos en el icono de la melancolía. Gary Telley dándole amplitud (aunque bien pudo haber sido Reggie Young o el mismísimo Bobby Womack, cualquiera de los guitarristas del American Sound Studio en realidad, no lo sé), cosiendo de arriba a abajo una balada clásica. Una balada decorada con los arreglos de cuerda y viento, sus coros mitigando o exacerbando el dolor, como en una montaña rusa de feria de pueblo, lanceada por un órgano que le otorga verdad. Ya se ha dicho, el American Sound Studio a todo trapo, pletórico.

Y claro, la guinda, el signo de distinción; una voz increíble. Tierna y cruda, capaz de describir los estados del alma, todo el rango de sentimientos que le suceden al ser humano. Impropia de un crío de 17 años.

Redefiniendo el hoy trillado concepto de lo cool. Sin ni siquiera pretenderlo, por supuesto. A día de hoy sigue maravillándome su absoluta perfección.

 

…There was a time, i knew my mind, and needed nobody else,
as strong as stone I stood alone, depending only on myself,
and suddenly my eyes fell on you,
and with a smile you conquered me.

I became a sandman, crumbling in your hands, just like a sandman,
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you.

No ties to bind, the wondering kind, i was a rolling stone.
My only friend, the restless wind, my only debt was my own.
And then with a word you blew my mind
and you touched me, with your eyes.

I became a sandman, crumbling in your hands, just like a sandman,
You turned me into sand, i’m a sandman but stone in love with you…

 

 

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VERY IMPORTANT DISCOTECAS Makin’ Music

 

Sé que no descubro nada a nadie cuando digo que  la música disco ha estado estigmatizada casi desde su fundación. Digo casi porque en sus inicios fue algo subterráneo, callejero, de pilares contraculturales sin apenas pretenderlo. Una especie de mágico redil dionisiaco donde era norma unas veces revelarse ante el orden no tanto social -que también- como hedonista de las cosas y en otras olvidarse de convenciones y asirse a esa cuerda como tabla de salvación ante la desesperación vital. Nada por otra parte lejano a lo que ya había sucedido y sucedería con otros estallidos (desde los inicios del rockandroll al apoteosis del movimiento hippie o la instauración de la música negra como el nuevo canon pop, pasando por la fiebre mod, el movimiento psicodélico y unos cuantos más). La fiebre de la música disco fue una especie de compendio de todo lo que estaba en el ambiente, de lo que se disfrutaba y también de aquello que se rechazaba; por un lado la extraña mezcolanza de ritmos negros, la electrónica incipiente y con alma, el boogaloo sudoroso, la efervescencia latina, el voluptuoso funk y el baile como forma de expresión. Por el otro los malos viajes, la negación de la melodía, la profundidad como sinónimo de pesadez, la ausencia del sentido del humor, en definitiva tomarse la vida demasiado en serio. Como todo, habría sus excepciones, pero a grandes rasgos ya lo retrató Nick Cohn en la novela (“Tribal rites of the new saturday night”) que dio lugar a la película que sería a la vez cúlmen y precipicio de ese movimiento, “Saturday night fever”

 
 Es cierto que como todas las modas estuvo sujeta a una sobre explotación que mezclaba tanto hallazgos y genialidades como medianías y sin sentidos, pero solo ella se me ocurre que haya sido categorizada por sus defectos y no por sus enormes virtudes.  Pasando de lo generacional a lo particular y desde un ámbito  personal en absoluto iluminado por la belleza he de reconocer que oponiéndola al punk como su némesis particular (por época y situación personal) el resto de escenas no revivalistas palidecen hasta difuminarse del todo; Porque ¿Qué hacer frente a cuerpos esculturales (incluso a veces no) coronados con permanentes imposibles?, ¿Cómo resistirse a los escotes vertiginosos que desataban la imaginación, a las curvas libidinosas capaces de dejar sin aliento, a las piernas del tamaño de un rascacielos sedosas y listas para perderse en ellas?. No, lo siento, no había comparación posible entre ese paraíso o abrazar la grisura de lo andrajoso y la estética feista del punk. Podía ser entendible desde el prisma del excluido, el perdedor o el demente, pero nada más. Porque parece ser que ahora resulta que todos éramos por aquel entonces escoria, lumpen desubicado, deseoso de matar y destruir. Mentira. A finales de los setenta, desaparecida la dictadura y todo lo mal planteado que quisieran el relevo que la sucedió, uno no necesitaba ninguna contestación a otra cosa que no fuese al esperpento del look de la España de la transición (eso si que era punk de verdad), a su tristeza y pequeñez. También, pongamos las cartas sobre la mesa, a una cierta reafirmación en los valores inherentes derivados del natural desarrollo hormonal. Pechos, traseros, escotes, piernas , paquetes y labios ganaban por goleada a prácticamente todo lo que te pusiesen por delante. Del mismo modo que lo voluptuoso, aún siendo solamente sugerido, ganaba la batalla sin despeinarse, me maravillaba -de hecho sigue haciéndolo- la elegancia desvergonzada, el absoluto desprecio al que dirán tan presente en ese escenario y tan ausente en la realidad. Si, admito si quieren que en la traslación nacional era algo más deseado que real. Pero ¿Qué hay más seductor que lo deseado?. Ese tránsito del gañanismo al cosmopolitismo con la ausencia absoluta del sentido del ridículo con la que los caballeros lucían trajes de chaqueta de tres piezas, corbatas babero y camisas –estampadas o no-  y su cuello planeador. Incluso aquel hirsutismo -de tan exagerado esplendoroso- resultaba inquietante en el periodo en que uno debe asentar su emergente sexualidad.
Pero más alla del andamiaje estético, consustancial a una época, estaba lo realmente importante. Exacto, las canciones. Gracias a algunos amigos (Ay, que no es uno sino sus amigos, aquella gente que le quiere y aprecia a uno) me ha dado últimamente por rescatar de los cajones correspondientes de mi estudio un par o dos de centenares de artefactos de esa época. He llegado a alguna conclusión. Difuminada, tal vez mal expresada, pero conclusión al fin y al cabo ; A) Mis conocimientos son ínfimos, cada día que pasa soy más consciente de ello. B) Los prejuicios son lo peor. Sin discusión alguna. Y yo aún tengo prejuicios, lo admito. C) Dichos prejuicios solo sirven para limitar, constreñir el conocimiento y por tanto el placer. D) En esta vida uno piensa que se puede hacer de todo menos aburrir. 
 Así que la música disco era y sigue siendo lo más parecido al paraíso en lo musical para uno. Una puerta de entrada a  salas y más salas dedicadas al placer y a las que difícilmente uno podría acceder más allá de su rol de voyeur; El Modern soul, el Cosmic Funk, el Soul sedoso y con su punto lascivo, el evocador Northern tardío y tantos y tantos otros apartados como los entendidos tengan a bien etiquetar. 
Música perfecta que no excluía a nadie más que aquellos que estuviesen regidos por los prejuicios; Construida tanto por los nuevos talentos como una cohorte de veteranos con ansias de reinventarse. Un edificio donde la melodía, la evocación, el retrato del instante como único objetivo tomaron carta de naturaleza y que, antes de fagocitarse (como en cualquier otro movimiento o escena, aunque estoy por decir que en mucha menor medida), nos ofrecieron momentos que perdurarán para siempre. Canciones exuberantes tanto en orquestaciones como en producción, coronadas por voces de otro mundo. Unas veces mostradas con elegancia suprema, otras con rotunda furia hedonista, y en la mayoría de las ocasiones, de ahí el prodigio, combinando forma y fondo. 
 
 Esta lista pretende ser un diminuto y sentido homenaje hacia aquellas aventuras. Espero sea de su agrado.
 

VIAGGIO IN ITALIA Il Beat ¿Cos’ é?

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Jamás logré entender por qué somos tan receptivos con los logros y hallazgos de la música anglosajona -quién firma uno de los primeros en dicha filia, una cosa no quita a la otra- y en cambio nos dejamos ir o directamente obviamos los incontables y espléndidos episodios realizados en otros ámbitos.


 Aunque pensándolo un instante es posible que el adocenamiento que acarrea la imperiosa necesidad de modernidad y la comodidad que conlleva los lugares comunes tenga algo que ver. De todos modos, casi ya da igual. Esa es otra -y ya he perdido la cuenta- de mis derrotas.


 Lo que les propongo aquí no es otra cosa que hacer de la necesidad virtud. Asumir nuestras debilidades y escapar de lo sectario. Abandonarnos a la molicie y la diversión. Si de paso obviamos el cinismo condescendiente y nos centramos en la mirada tendremos avanzada gran parte del camino. Una vez hecho ésto, si convenimos que es esa batalla perdida definitivamente y tampoco malgastamos nuestro tiempo en rebatir la valoración (escasa) y el aprecio (ínfimo) sobre lo creado -al lado de casa como quien dice- nos evitaremos polémicas innecesarias y estériles. Quedémonos con lo cercano -por geografía-  y lo próximo -por sensibilidad- y disfrutemos. En este caso de Italia, sin ir más lejos.

 No me queda entonces otra cosa más que asumir mi mediocridad y mi -quizá errado- punto de vista y apechugar con ello. No piensen que lo hago como tara exhibicionista. Tampoco, ni mucho menos, como patina de exclusividad o distante elitismo. Simplemente es algo que está ahí. Por ello decidí ya hace tiempo permanecer en una esquina, molestar y hacer el menor ruido posible en una época en la que impera una pulsión irrefrenable por la novedad. Un tiempo en que la originalidad per se y el mañana han vencido al rigor y al pasado. Sostengo que, en muchas ocasiones, sin detenerse a valorar lo que de cimientos, sostén e inspiración tiene. Pero esa es otra cosa en la que también puedo estar equivocado. Digamos que he elegido un sendero y que me apetece mucho seguir recorriéndolo.
Guitarras eléctricas, Fuzz y flequillos tintados de verde. Motocicletas, el hermanísimo de pel di carota e historias truculentas. Versiones. Muchas versiones; De los Zombies, de Jefferson Airplane, de Arthur Brown, de los Kinks, de los Grassroots. Psicodelia andante y moderatto progresivo. Phasing, efectos de pistas y eco. El riff y el Beat ¿cos’e?. Soulmen oriundos y mucho drama se non è vero è ben trovato. Algún sitar como atrezzo, fulares y pantalones a rayas. La melodía, la ingenuidad, el arrebato y la ilusión. Su irrenunciable lirismo hasta en los episodios más presuntamente truculentos. Tan lejos y tan cerca. Italia.. 
 

 

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MUDDY WATERS Let’s spend the night together / Tom cat (Chess France, 1968)

 

 


Muddy Waters goes psychedelic. O quizá no tanto, porque aunque adecuándose -no sé si a la fuerza- a los nuevos tiempos Muddy Waters siguió siendo esencialmente él mismo. Es lo que tiene el talento por derecho y la personalidad marcada, por mucho que le des vueltas resulta del todo imposible eliminar las huellas del pasado.

  En 1968 la carrera de Muddy Waters anda de capa caída. Es el sino ineludible de los bluesmen. Siempre en el filo, tomando -y eso con fortuna- una parte escasa de las tres docenas largas que les corresponden. Saqueados por las hordas de imberbes jóvenes que abanderan los nuevos tiempos y estoicos ante el devenir de las cosas (tal vez por no quedarles otra), asisten atónitos a una sucesión de acontecimientos que les superan. Pero Chess, su compañía, está intentando -y al parecer logrando- dar un nuevo giro al estado de las cosas. Pretenden revertir su imagen de sello estandarte del soul clásico de Chicago y subirse a la ola que la revitalice y coloque en el escaparate. Para ello crea un subsello -de nombre Cadet Concept- en donde alojar a los experimentos presentes y futuros.

Uno de ellos es poco menos que un as en la manga. Rotary Connection, el grupo prácticamente creado por Charles Stepney (quién lleva tiempo rumiando la dosis exacta de la alquimia que logre la piedra filosofal) y protegidos de Marshall Chess, el hijo de Leonard Chess, está comenzando a despegar con una mezcla extraña de soul, psicodelia y filosofia de raices hippies. Formados a partir de los Proper Strangers, Marshall necesita un cantante. Se decide por Sidney Barnes, un compositor a sueldo del sello y enseguida advierte que necesitará de un contrapunto femenino. Ahí está el quid del asunto. La solución -tan autárquico como su padre- también se halla en casa; una joven recepcionista que trabaja en sus oficinas. Su nombre Minnie Ripperton. Ya solo harán falta los regulars que hagan que las cosas discurrán por el cauce adecuado; Phil Upchurch a la guitarra, Morris Jennings a la batería y el gran Charles Stepney al vibráfono.

Pero volvamos a “Electric Mud“. Los tres regulars citados, junto a otros sospechosos habituales como Pete Cosey, Gene Barge o Louis Satterfield sustituirán a la banda habitual de Waters.“Electric mud” será muy contestado por los puristas pero también será su disco más vendido. Es un disco que quema y atrapa, tan incandescente como fluido, en el que nuestro hombre parece querer jugar a ser Hendrix interpretando a Muddy Waters. Descarnado y chulesco. Un disco de verdad pese a toda la panoplia de gimmicks que, según los gustos y opiniones, lo embellecen o enturbian. El primer single lleva una espectacular versión del “Let’s spend the night together” de Jagger/Richards en una cara y la fantabulosa, carnicera y adictiva “Tom cat” en la otra. Es ésta, en mi modesta opinión, la verdadera bomba de neutrones; Pedal fuzz y wah wah a granel para macerar un blues psicodélico, donde la guitarra de Peter Cosey dispara riffs con suma punteria hasta conseguir inyectar en el oyente una súplica lasciva de arrebatada lujuria y que termina convirtiéndose en poco menos que la mismísima declaración del diablo.

 El sencillo sería publicado en Francia, con su portada y demás abalorios, en tiempo y forma. Ya saben lo que me gustan esas cosas. Junto a las canciones subo también todo su irresistible atrezzo. Qué añoranza de hace diez o quince años, con todo un mundo por descubrir y además asequible al bolsillo. Lo sé, confesiones de enfermo.



Yeeeeeeaah you know i’m a tomcat and you’re my kitten
and i’ve been scratching’ around in your windowpane
Let me in let me in my baby
So i can feel good all over again

PLAYLIST ¡Abran paso!

 


Tracklist

ELKIN & NELSON Abran paso

PRETTY PURDIE Soul drums
THE NU SOUND EXPRESS Ain’t no good enough for you
THE BROTHERS Brother’s groove
AL SHARP Funky lover
DOC RAND I need a woman
REX GARVIN Believe it or not
DEE EDWARDS Why can’t there be love?
MONGO SANTAMARIA Cloud nine
JOHNNY PATE You can’t even walk in the park
THE DYNAMIC CORVETTES It’s a trap
JIMMY JAMES & THE VAGABONDS Hi Diddley dee dum dum
MARLENA SHAW Liberation conversation
WAYNE MCGHIE  Dirty funk
THE QUICK Bert’s apple crumble
THE MONCLAIRS Sore feet
THE BUNCH Don’t come back to me
JOE KENNEDY Funky time
CHAMPION JACK DUPREE Barrelhouse woman
MUDDY WATERS I’m a boy

RUMBAVILLE Canta, baila, ríe y llora

 

RUMBAVILLE 

 

Después de “Here comes the rumba” y “Rumba or die” (que pueden escuchar si apetecen en mi página de mixcloud) llega “Rumbaville”. En esta ocasión desde los archivos de Discophon, Belter, Philips, RCA, Movieplay y Columbia tengo el placer de presentarles un breve y humilde recorrido por muchas de las aristas de la rumba. Por su autopista y también por sus carreteras secundarias.
Visitaremos la disco rumba con Rumba 3 gracias a la soberbia “Buscaremos un rincón”, joya oculta en su lp Disco (“Acuérdate que te quiero”) y también seremos espectadores del drama que subyace entre el artista y su público, en realidad entre dos amantes que lo fueron, en esa sofisticada rumba funk de los Chipén que es “Corazón de león”..

 

 Proto hip hop con beats de piano responsabilidad de Paca y Manuela en “Negro y blanco” y de Enrique Castellón Vargás en “Jaz gitano”  y apoteosis del trompeterio latin rumba con El Noi. Todo vale, tanto si es real y es sentido, como si de ficción e impostura se trata. Digánselo a La Terremoto y “El despertador”. Fábula o realidad nada importa una vez discurrimos por ella; La voz rota de Jose y sus Rumberos dudando entre quedarse o marcharse, preso de lo intangible en “Que qué de qué” o el maestro Peret jugando a ser Joe Cuba en una felina versión de su “Gato”.   

 De esa apisonadora del ritmo que es el Lp de Los Chavós  me complace presentarles su versión del cubano Rafael Cepeda en clave anfetamínica propulsada por bongos, ventilador, palmas y trompeta de juguete. A su lado una toma del “Ojos chinos” de Chele acelera hasta el paroxismo la del Gran Combo de Puerto Rico.

 Sangre Gitana, Solera 4 y Contraste nos acercan a la rumba sevillana con sobrados medios y producción de tronío. A menudo acusada de señorita y fatua, conviene no obviar sus episodios más subterráneos, aquellos en los que el drama y lo frívolo se dan la mano con sin igual efectividad;  “Yo me siento muy feliz”, “Un poco de café” y “Borrón y cuenta nueva” son rumbas polisémicas, esas que nos narran la pérdida y la infidelidad transustanciadas en las adicciones, las flaquezas y la melancolía. Volver a levantarse tras el batacazo, pensando desde ese mismo momento en la proximidad del siguiente tropiezo. 


 El gran José Cunill y su piano llevando a una nueva dimensión el “Nuestro ayer” de Santisteban, entre el Latin Combo y la rumba cardíaca, sin embargo tan sentimental. La Polaca cantando a Juan Pardo en esa aproximación al hippismo cristiano vía batucada que es “Chiquillo moreno”.  Argentina Coral reinventando a Camilo Sesto en “Algo de mi”; un piano cual manantial de sensaciones que uno diría (pese a no estar acreditado) acariciado por Cunill y que, aproximadamente a la mitad de la canción, redefine la necesidad del bongo y las percusiones como metrónomo vital sobre el cual cimentar las emociones carentes de cualquier afectación.


 Ya, ya termino, descuiden. Me despido con la rumba fuzz de Rumba Joven, de su único y recomendabilísimo Lp, el llamado “Baila, canta y ríe”. ¡Ah!,  y también esa maravilla, enroscada en la canción ligera italiana más evocadora, que es el “Tómalo” del gran Changó. No sé ustedes, quizás lo tomen como carencia y merma de este quién escribe. Humildemente pensaría uno que estarian confundidos.  No por mi criterio, discutible siempre, sino por la grandeza de lo ofrecido. Tal vez lo observen desde la profiláctica distancia, esa que existe mientras se balancea uno entre la condescendencia y el cinismo. Seguiríá pensando que así no, ustedes no. Pero estoy casi seguro que lo más probable  -me gustaría mucho- se detengan en apreciar la libertad estilística más absoluta, la finura melódica, la matematica precisión en el ritmo y en el tempo. Junto a todos esos enseres, irrenunciables, también otras cosas, si cabe más importantes. Cosas como el rigor, la verdad, el placer y el retrato del instante. La fábula y la representación. En ese caso estaremos de acuerdo. Ojalá.

 

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PÍCARO; Old fashioned Cha-Cha twist, Rhum-exotica and other fine melodies. (Grumete records LP)

Digámoslo de entrada; Don Javier de Frutos es un adalid del buen gusto, rastreador incansable de sonidos y emociones, arqueólogo de breves instantes que nos procuran entusiasmo y felicidad. Este enésimo capitulo de su labor, titulado “Picaro” acaba de salir a la venta en edición limitada a 500 copias en formato Lp y es más que recomendable. Qué digo recomendable, ¡Sublime!. Generoso como es ha tenido la deferencia de pedirme un texto presentando la alineación. Aquí tienen ambas cosas. Un teaser de la selección musical y el texto. Sobra decir hacia cual deben dirigirse sin demora alguna.

Hemos pasado, con la sobredosis de la oferta y la fugacidad de los gustos, de solaparse los estilos en busca de exclusividad o grandeza, a un advenimiento en ocasiones cansino empeñado en rescatar pequeñas corrientes. Son -o han sido- éstas materias completamente olvidadas, cuando no menoscabadas o directamente vapuleadas por el consenso general de los entendidos. Cabría, desde la humildad y la pasión, cuestionarse con sinceridad si tal asunto ha sido justo, si ha sido bueno o siquiera si ha tenido alguna importancia. Cabría también quizás, conformarse con asumir que la búsqueda de ese bálsamo de Fierabrás es tarea propia y única sometida a muy diversas valoraciones.

 

  Frente a esas ansias por epatar y ser los primeros en pódium (billetera y modas mediante) quedamos algunos locos -porque seamos sinceros, eso es lo que en gran parte somos- empeñados en encontrar pepitas de oro entre los cantos rodados y la arenilla mas huera. Y si seguimos con la sinceridad, aceptaremos que en realidad somos gente sumamente perjudicada que intenta, no siempre con éxito, evitar confundir valor y precio. Huelga decir que sin por ello -o tal vez precisamente por ello- ser en absoluto inmunes al virus y la enfermedad sino más bien, en última instancia, ser proclives a ella. “Pícaro”, la recopilación que tengo el honor de presentar, es un disco de tan modestos objetivos como ambicioso punto de partida. Disfrutar y conocer, compartir y bucear entre rodajas de plástico abandonadas a su suerte en las cubetas de almoneda polvorienta. La celebración sincera, sin orden ni concierto, de episodios orillados y rotundos. Orquestas desmelenadas, Twist y Rock and Roll,, R&B y Latin Soul. Todas las combinaciones posibles que se les puedan ocurrir. Vayamos a ellas si tienen a bien;
 
 Comencemos con el italiano Riccardo Rauchi -su impoluto bigotillo, su pinta de señor mayor ya incluso en su juventud, su ligero sobrepeso- recreando el “Love me forever” de Jodie Sands y titulándolo “Vivo perchè te amo”; irresistible y saltarín do wop romano de acogedora y jovial melodía. Consecuencia y fin de cómo el saxofonista del sexteto de Renato Carosone pasa a tener Il suo complesso y orquesta y de ahí a acompañar a Miranda Martino, a Riccardo del Turco o a Sergio Endrigo (quién fue el solista de su orquesta antes de emprender carrera en solitario). Clase lo llamo.
 

 Pasemos ahora a Francia. Les Brettel’s fueron la banda de acompañamiento de Henry Salvador (quién hace gritos, risas, frases, onomatopeyas, cualquier cosa que orne la tonadilla) y a su sumbra prosperaron. En esta versión del “Watermelon man” nos muestran sus razones y sus poderes, a mitad de camino entre la exótica, el humor y el novelty. Bentir en cambio era un argelino afrancesado de nombre Mahieddine de quién se cuenta que iba de pueblo en pueblo, por caminos polvorientos a lomos de su vespa, mientras blandía su guitarra eléctrica como arma imbatible en busca de la melodía eterna. Quién también, tras la batalla de Argel, tuvo que salir por piernas a la metrópoli parisina, donde tendría una próspera carrera de twisteur. ¿Qué decir de Jacky Noguez?. Sí, ese atorrante acordeonista capaz de inducir al delito cuando se ponía serio y trascendente y que en cambio podía ser seductor y divertido cuando recreaba el “24.000 baci” del gran Celentano. Una revisión cuya mera escucha me hace -y disculpen el arrebato- imaginarme de inmediato a Michael Caine en “Un par de seductores”.

 

 ¿Qué ocurría mientras tanto en nuestro autárquico entorno? Pues vaya, no era exactamente La enajenación psicodélica muñeca, pero casi, oigan.Es lo que de bueno tiene no ser considerado. Ser un subgénero dentro de un arte ya menor, catalogado como mera fábrica de melifluas melodías dedicadas a disimular el magreo de suripantas por parte de jóvenes desatados o de potentados del estraperlo. Pero amigos, allí -aquí- podían suceder extraños, enormes prodígios. Versiones absolutamente INCREÍBLES en clave exótica de himnos hispanos; Bongos y trompeterio en el formidable “Porompompero”. Cha cha cha y violines en “La bien pagá”, trascendiendo lo racial y carpetovetónico, la primera a cargo de Johnny Miranda, la segunda gracias a Quino Moreal y su Orquesta. Siguiendo en nuestro país y en territorio de la exótica -ahora vocal- imaginémonos un musical cualquiera decorado por turbadoras fantasías con Los Quando’s y su “Murmullo en la selva”; gatitas susurrando quién sabe qué entre ligera, sofisticada instrumentación. O escuchemos el Twist de reminiscencias guardiolescas (voz engolada y orquesta ad hoc) para seducirnos entre los -aparentemente- cándidos retratos de la muchacha moderna, firmados por un tal Francisco Lario. Uno -otro más- de los sorprendentes discos sorpresa de la serie Fundador. Finalicemos el recorrido por nuestra geografía musical con un espléndido twist formado por Los Showmen; guitarra surf poderosa y fulminante hand clapping capaz de mirar directamente a los ojos a cualquiera. Capaz de redefinir algo en principio tan manido como “La Cucaracha” y hacernos implorar, mientras quedamos sin aliento apenas, más, más y más.

 

 Allende los mares, que diría el clásico, demos la vuelta al mundo y naveguemos por sus aguas. Zarpemos hacia los mares de oriente con el “Chakkiri bushi” de Micky Anderson, delicatessen sita en ese bizarro álbum de edición hispana titulado “Temas del Japón”. De como algo en principio insustancial o meramente curioso se convierte en paradigma del surf más vitalista y rotundo. De allí pasemos a una abracadabrante versión del clásico del folklore ruso (“Ojos negros”) firmado por el saxofonista germano Max Greger. De la misma camada que los famosos Coniff, Last o Antolini, no disfrutaría en cambio de su popularidad, lo que no es óbice para deleitarnos con la fastuosa combinación, sin recato alguno ni vergüenza, de los sonidos imponentes de las spy movies chez Barry o Goldsmith con la nostalgia propia de la canción original. Tras una escala en el Indico presentémonos en el set de rodaje de, qué sé yo, “La tumba India”, versión Bollywood, con David the Red sea Singer y su “The Oriental beat”. Si no sienten un cosquilleo sicalíptico es que no son ustedes humanos, no señor. Detengámonos también en el Caribe y maravillémonos con la formidable recreación del “Runaround Sue” de Dion & The Belmonts cortesia de Roberto Seto y sus Rumberos; efluvios de rumba caribeña, rock and roll y do wop cuchifrito, celebración y fiesta, ¿Para qué más?. Completará esta deliciosa terna los Nu Trends y su “Spookville”, algo especialmente indicado para cualquier fiesta de la noche de difuntos, adictivo y elegíaco, como cualquier vampiro que se precie,  Sandy Ford y el sempiterno “Shout” o Red Apple and the Turnovers y su abrasador, sin aliento “Tin lizzy”, Ennumerda la pimpante alineación, juro solemnemente sobre mi colección de discos que no cabe otro calificativo ante esta selección que el de impecable.
 Asi qué, para concluir, reconozcamos humildemente de nuevo nuestra merma. Cual tonto del pueblo mostrémonos jubilosos ante los hallazgos, por nimios que éstos sean. Obviemos que tal vez haya alguien que llegue a tomar a mal nuestras humildes reivindicaciones. Seamos pues tolerantes y aceptemos que probablemente nos califiquen como otros más de los habitantes de la variada fauna que puebla el género de los iluminados o, lo que aún es peor, horror, jipsters. Pero no dejemos -No deje Don Javier, se lo suplico- nunca de persistir en la locura. No se me ocurre otra manera más cabal de mantener la cordura.

Diez razones para dejar de seguir …

… este blog. Refugio de atavismos casi patológicos, recurrentes obsesiones musicales y reflexiones hilvanadas de aquella manera. O sea, malamente. Pero una vez se ha pasado por encima de lo superfluo igual si que permanece algo sustancioso. Las canciones. Porque eso y no otra cosa es lo que les ofrezco. Diez canciones que me llevan absolutamente de cabeza (en el buen sentido) este último mes. No es una lista génerica o por estilos sino descabalgada y muy vinculada a mi. Asunto sin importancia, lo reconozco. Ustedes dirán.
 

Lo he intentado, se lo juro. He escuchado este disco varias veces en el último mes. Atentamente, esperando amortizar los ocho dólares que me costó. Ha llegado la hora de reconocer que es mediocre, incluso para mis standards. Pero igual que digo una cosa digo la otra; “Bad dreams” los vale varias veces. Una barbaridad de esas que me vuelven absolutamente loco; formidable guitarra fuzz pespunteando la melodía, estrofas coroladas con una voz en falsete, la batería y el órgano de la mano. Todo lo que yo le pido a una gran canción pop. ¿El resto? pues sigo igual, tal vez se salve “I’m only dreaming”, pero del disco del tal Dick Domane (del que reconozco que nada sé) he de admitir que poco más puedo salvar. Ahora bien, insisto, “Bad dreams” es tan sublime, tan directa, tan perfecta. No puedo dejar de preguntármelo; ¿Y si hubiese single?. Disculpen la vulgaridad pero me humedezco sólo con pensar en tal posibilidad.

 

 

A Ruthann Friedman la han recuperado – cada día que pasa se lo agradezco más- los titanes de Now Sounds con la recopilación “Windy”, titulada igual que el mega éxito que compuso para The Association. Recoge ésta el que iba a ser su primer disco, grabado junto a varios músicos del wrecking crew y luminarias como Van Dyke Parks, Randy Newman o Curt Boettcher. Jerry Moss, capo de A&M finalmente archivó el disco y decidió no publicarlo. Un año más tarde, ya en Reprise, publicaría este “Constant companion”. Un Lp en esencia de las mismas características (por intimo y desnudo), que no en la forma. Donde antes había grandes músicos y arreglistas, productores imaginativos y expansivos, ahora está ella sola a la guitarra acústica con alguna pequeña colaboración -improvisación estaría mejor dicho – de su amigo Peter Kaukonen con la eléctrica. Un disco frágil en apariencia, que parece a punto de romperse, con su voz similar a la de la Joni Mitchell menos mística, pero que en el fondo es duro como el granito. Música profana de serena, casi devota belleza. Les dejo con “Ringing bells”.

 

 
 
Ya les he hablado de Richard “Dick” Hyman en el post anterior. Incluso creo que cité este disco de pasada. “The man from O.r.g.a.n.” es un disco simpático sin más, con momentos divertidos y curiosos, incluso ingeniosos, aunque en otros con el piloto automático puesto. Bien hecho, sin duda. De esos que había cientos, miles. Con el gramaje y el peso adecuado, y el diseño de una portada estupenda que te lleva hacia él irremisiblemente. Uno, creyente facilón y convencido, no necesita de nada más para la seducción. Pero en el final de la cara B, la última canción del disco… ¡Booom! … ahí está, hammond soul de primerísima magnitud, adictivo, exultante. La versión definitiva de “Agent double-o-soul”, el clásico del grand Edwin Starr. Una canción de esas que te alegra el día. O la semana. O…

 

Ahhh, les puces. Las tiendas de discos y los rastros en general. Cuántas sorpresas deparan. Este diez pulgadas de los belgas Les Cousins cayó en mis manos hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Si que recuerdo que me dirigí a él conminado por la hermosa fotografía de ellos en la portada y que reconocí dos de sus canciones por tenerlas en unos de esos benditos eps que Belter publicaba en nuestro país; “Relax baby” y “Hey Mae” creo recordar que eran, hablo de memoria. Pero la verdadera maravilla, la absoluta joya de la corona es un denso instrumental titulado “The Robot”; tenebroso, escueto, casi espectral. De morosa y firme progresión desde su inicio para terminar añadiendo volumen, densidad y salvajismo controlado. Hipnótico y muy adictivo. Prueben y verán.
Otros que tal. Sé que en ocasiones algunos amigos me acusan de cierto chauvinismo pero no creo que sea cierto. O no del todo. Uno no le hace ascos a nada. Lo que sucede es que me resulta todo tan evidente que no puedo más que sorprenderme por la cicatería en alabar lo que a mi me parece tan obvio. Un grupazo con todas las de la ley cuyo único demérito probablemente fuese haber surgido y crecido en un lugar donde estas cosas -en realidad todas las cosas- tienen escasa trascendencia y repercusión. Los Pekenikes fueron Dioses, háganme caso. Este “No puedo sentarme” (cover del “You can’t sit down” de Phil Upchurch Combo hecha , imagino, a partir del éxito de la version de los Dovells de dos años después), incluida en su primer Lp es una de sus múltiples joyas, en este caso de la primera época (“No te la vas a llevar”, “En la onda”, “Ya verás”, “Es mejor olvidar”, “Eso fue tu amor”, etecé). Una época en la que todavía combinaban lo vocal con lo instrumental y, como siempre, atinando justo en el centro de la diana. Perdónenme el esnobismo pero he subido la portada de la edición americana en UA latino, tan evocadora, tan elegante. Sospecho que imagen idealizada del diseñador del sello de algo que por aquí no era así ni por asomo.

Mi amigo Eduardo me conoce bien. Es una especie de curandero del alma, psicoterapeuta de mis obsesiones musicales que me proveé con esmero de ediciones argentinas, siempre impecables y ajustadas de precio. Recuerdo que, como con tantas y tantas cosas, uno no tenía ni idea de quienes eran los Wonderfuls. Bueno, la verdad es que sigo sin tenerla, a lo que me refiero en concreto es a que no conocía esta joya titulada “Busco un corazón”. Sí que recuerdo que todo surgió de casualidad, cuando me ofreció, tras previa solicitud, una copia de la ansiada “¿Dónde está esa mujer que yo amé?” (no sé a que esperan a conocerla si aún no han tenido la fortuna de escucharla) del Grupo Uno. Me envió, como suele, solícito, atento, muy profesional, una relación de discos que me ofrecía con sus correspondiente mp3 para que los escuchase. Y allí estaba “Busco un corazón”. Una bomba de soul con vientos desbocados y letra tontorrona de esas que tanto me gustan. Me volví loco. Literalmente. Tampoco es que se necesite mucho para ello. Tan sólo una gran canción que todavía no conozca.
Cambiemos de tercio. Modern soul sicalíptico a lo Barry White con toda la parafernalia necesaria para tocar el cielo; wah wah a dolor, melodía encadenada, voz lasciva, arreglos de cuerdas carnosos y mega producción (Jim Burgess por Tom Moulton). Añádanle a un sosías del gran Enrique Villén posando orgulloso con una sonrisa satisfecha y adornado de una permanente rijosa, camisa pertinentemente desabotonada más sobrio chaleco y pantalón acampanado negro. Como corolario a todo ésto, súmenle una serie de lobas hambrientas de las etnias más populares , disputándoselo y ya tienen la ecuación completa. ¿El resultado?, muy sencillo; “We belong together (just you and me)”. Lo confieso, por mi podría durar media hora. Lo que quisiese en realidad, dejémosnos de tonterias y medias tintas.
 

 

Una, otra más de las razones por las que uno bendice el nombre de la gente de Now Sounds. En esta ocasión por sus dos volúmenes de “Book a trip; The Psych sound of Capitol records”. Canciones descubiertas, canciones recuperadas, canciones olvidadas. Este single de los suecos The Shanes, estando en la primera categoría, tiene todo aquello que uno le pide a una canción pop; melodía, nervio, joie de vivre, concisión y su puntito de ingenuidad. Bienvenidos.

…Chris Craft # 9 you’re welcome aboard...

Por fin conseguí una copia. En perfecto estado. Mil, un millón de gracias Javier. ¿El Santo Grial de la Rumba?, no sabría decirles. Uno de ellos probablemente. Y con toda justicia. Ni una canción que baje del notable y  varias cómodamente instaladas en terreno del sobresaliente. Un disco tocado por la mano de Dios; ritmo y sentimiento de la mano, la fugacidad del momento inspirado. Puro talento. Como ésta,  sin ir más lejos, la que lo abre…

Para terminar, una broma, un experimento, tal vez un despropósito. Espero sepan disculparme pero uno es de la opinión que si, desde el respeto a la obra ajena y a los lectores que por aquí se pasan, no puede jugar con sus obsesiones y taras aquí en su casa, no sabe ya dónde podrá hacerlo. Lo que les ofrezco es una mezcla casera de “Danza nº 8” de los fantabulosos Relámpagos. La original es una pieza de sorprendente psicodelia española a partir de su elegante clasicismo. Una pieza un tanto atónita, mágica y formidable sita en uno de sus Eps con la reinterpretación de la música clásica española. El audio que he elaborado pretende respetar el espíritu y acentuar las aristas; Panorámicas planeadoras, evocación lisérgica y un cierto atonismo contemplativo. No sé, juzguen ustedes.