SINGING CABALLEROS. Señores que cantan

CABALLEROS DEF

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Singing Caballeros o, lo que viene a ser lo mismo, señores que cantan. Señores de trayectoria y carrera, en el mejor de los casos, subterránea. La serie B del pop en castellano perpetrada con tanto voluntarismo e ilusión como atropellado hedonismo, y qué, sorprendentemente, en algunas contadas ocasiones, acertaba de pleno. Olvídense del discurso petulante y de las enciclopedias hagiográficas. No esperen que cualquiera de sus cronistas de cámara les preste la menor atención. De paso, una vez ya puestos, den las gracias por ello. A saber que desacato nos brindarían. Lo que encontraran aquí serán asuntos más vastos y, también, inevitablemente, más bastos.

Francisco de Miguel, Nacho, Dimpol, Antonio, Juan Pablo, Santy, Marcos, Leandro, Blume, Goyo, Tito Martín, Dany Roy, Marco Antonio… nombres que, descuiden, no tienen porque decirles nada, pero que sin embargo tocarían el cielo en desperdigados 45s publicados generalmente por sellos de tercera que respondían a nombres como Spiral, Benzo, Palobal, AnaRodajas de saldo para aquellos que pasamos el tiempo hurgando en las escombreras musicales. Aunque no sólo sucedería en este negociado, gracias al cielo. En una época todavía imbuida de cierta ingenuidad, los sellos grandes, disparando a discreción sin importarles por donde quedaba la diana, jugarían sin vergüenza alguna al porcentaje en pos del acierto. Lo más gracioso de todo es que lo que ellos solían considerar como errores, solía también ser plenos para éste quién suscribe;  Junior, Julian Granados, Tony Ronald, Nino Bravo, Palito Ortega o ¡José Guardiola!, por nombrar a algunos de los incluidos en este primer volumen, también entrarían en el reparto de los mencionados naipes, siendo, de paso, regalados con las mejores cartas. Nótese, detalle interesante, que siempre, benditos sean, revestidos de un aire soulero; vientos, metales, voces poderosas. Asunto, conviene recordar, con el que el pop en castellano del cambio de década de los sesenta a los setenta, siempre sería extremadamente generoso.

Una última cosa -y aquí interviene tanto el viaje en sí como el destino que este nos depare, una elección personal en cualquier caso-, suelen ser sencillos que cuestan por lo general lo mismo que una caña bien tirada. Pero que valen – y ya siento repetirme por enésima vez, disculpen- tanto como el mejor champagne o el mejor escocés. Gloria bendita.

Ah, en cuanto a lo del subtitulo no hagan el menor caso. Más asunto vinculado a los deseos de éste que suscribe que a la realidad. Todo aquel que se haya pasado por esta biácora con relativa frecuencia ya será consciente de alguna de mis múltiples taras.

Listado de canciones;

JOSE GUARDIOLA Amor escondido / FRANCISCO DE MIGUEL Te quiero solo atí / TONY RONALD Baby, me has perdonado por fin / SANTY El filtro del amor / ANTONIO No hay tiempo para llorar / DIMPOL No dejaré que te vayas / JUNIOR Todo porque te quiero / NACHO solo un besito más / MARCOS La gran esperanza / NINO BRAVO Volver a empezar / TITO MARTIN El mundo llora / DANY ROY Catherine / JULIAN GRANADOS No te vayas / HENRY STEPHEN Nuestro grupo / PALITO ORTEGA ¡Hola! / BLUME En mis sueños / LEANDRO Super Jet / GOYO Talk it over in the morning / MARCO ANTONIO Vivo de recuerdos / JUAN PABLO Y comenzó a llover

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T.S. BONNIWELL “Close” (Capitol, 1969)

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Imagino que ya deberán estar cansados, anda uno siempre con la misma cantinela. Pero, ¿dónde sino en su propia esquina puede un loco, o un tonto, o ambas cosas a la vez, hablar consigo mismo?. Hace unos meses recuperé Close. Lo tenía, como tengo a tantos otros, injustamente olvidado. Uno da para lo que da, tengo que reconocerlo. Fue colocarlo en el plato, escuchar el piano, casi una caja de música, de She is (Sí, comencé por su cara B, no sé bien por qué) y recordé de inmediato todo aquello por lo que me fascinó en su momento. Más que eso, curiosamente advertí de inmediato los motivos por los que tan pronto lo olvidé. Y es que,  salvo que uno sea un monstruo o un impostor,  aquello era lo natural. Era imposible, insisto, salvo tara o demencia, haberlo sabido ver entonces, a los veintipico años, ustedes ya me entienden.

 Había llegado hasta él, hambriento de sensaciones, obsesionado por toda la furia y la chulería de Talk talk, por su misterio y también por su liturgia. Y aquello era otra cosa. Era íntima ensoñación, evanescente melancolía. Un Fin de siècle opresivo, derrotado y también irreversible. Era … casi cualquier cosa que nos asustase.

Ay, disculpen. Qué mal escribo. Dos párrafos y ni mención al sujeto en cuestión. Estoy hablando de Thomas Harvey Sean Bonniwell, el líder de los Music Machine, y de su Lp en solitario. De Close , principio y fin de la odisea.  Tras un puñado de años por fin creo haber descubierto el resquicio que me permite hoy poder apreciar tanto sus errores -que los tuvo- como, sobre todo, su grandeza. Close es uno de esos discos que habla, a menudo sin advertirlo en primera instancia, de nosotros. Junto al oleaje acústico (apenas mecido por los arreglos orquestales de Vic Briggs) y la evocación de las cuerdas restalla esa voz implorante, resuenan tantas y tantas cosas: Porque describiéndose nos describe, como una veladura fotográfica apenas perceptible cuando insistimos en fijarnos y sin embargo más y más cristalina conforme nos alejamos; La necesidad de recordar y el dolor provocado por ello mientras  los coros espectrales rematan el final de Who remembers. El Folk y la música medieval surcando la ilusión y celebrando impúdicamente el desamparo en Something to be , evocación de su infancia, de cualquier infancia en realidad. El tono nigromántico, desesperado, casi más propio de una película de terror, unido a la celebración de la soledad que emanaba de Black snow, una especie de lamento nativo trufado de spoken words y pasado por el filtro de Tourneur. La música étnica -sí, étnica- en Continue, su poética tosca y gélida, una especie de narración acerca de las andanzas del último hombre vivo. Un disco tan ambicioso como fallido, tan libre como extraño y que, precisamente por ello, acaba cobrando, como por arte de magia, todo el sentido del mundo. Ya saben, la música muta y nosotros con ella.

 De entrada les pediré un pequeño favor a la hora de sumergirse en él. Les suplico que se olviden del cuero, los cisnes y guantes negros de la máquina de música. Que ignoren al fuzz y el arrebato casi adolescente. Pero también les pediré que conserven lo turbio, el melodrama, la grandilocuencia y no, no se rían, la pretensión de ser un crooner psicodélico. ¿El resultado? algo abracadabrante, estupendo, bizarro en el sentido apropiado del término, esto es, extraño, raro. También decadente. Hagan un pequeño esfuerzo e imagínense a una especie de Scott Walker rústico, bastante menos sofisticado, sin la maceración intensiva en Brel ni lecturas de poesía romántica. Quédense con el gótico rural americano, la canción standard popular (gloriosamente) mal entendida de alguien cuyo concepto de eso es algo con un punto enfermizo, demente, ampuloso, gozosamente imaginado e inventado. Unan a esta torpe definición algún eco del psico drama interior del P.J.Proby más exagerado y esbozos, aquí y allá y según sus propias palabras, “De Neil Diamond imitando a Johnny Mathis. Pero claro, háganlo desde el prisma de alguien que sueña, pretende triunfar con todo eso. Bendita locura.

 

JACK HENDRIX Tchikbaams ep (Barclay, 1967), Sugar and Spice (Barclay, 1968)

 En 1967 Jacques Hendrix ya era un músico veterano. Uno más de los asimilados desde finales de los años cincuenta, casi a la fuerza a los nuevos sonidos. Un tipo que deambulaba entre los ritmos del momento apostando en el casino musical al twist, al loop, al climb o al rock and roll. Dando palos de ciego a ver si saltaba la banca.

 Pero ese año algo parece hacer click en su cerebro. Se libera de los corses oportunistas que le hacen funcionar a piñón fijo y puestos a serlo decide tirar por el camino más hedonista, aquel que más le place. Junto a sus habituales músicos recluta a un grupo de voces femeninas que le sirvan de atrezzo y cimenta su aventura en una par de voces que doten de ligereza y vuelo a las melodías que pretende publicar; son Françoise Walch (dueña de una etérea y ensoñadora voz clara que había servido de contrapunto a la más lineal de Moustaki en la inolvidable “La Méthèque”) y Jean Stout, cantante y actor de doblaje, con su voz profunda e inolvidable. Pirotécnias vocales balanceándose entre lineas de soprano flotantes e inmersiones en la profundidad de la voz tenor. La mezcla perfecta de levedad y escapismo.


 El primer intento será con el apelativo de Jack Hendrix Tchikbaams, un ep publicado chez Barclay en 1967. Cuatro canciones que juegan con los Scat vocals, el musical y el groove, lo pegadizo y banal y que, tal vez por esto último, por su falta de pretensiones, deviene en algo perdurable, evocador y bastante adictivo.

Al año siguiente la maquinaría ya se halla perfectamente engrasada. Con el rodaje adquirido se atreve con un Lp. Lo titulará Sugar and Spice y lo publicará bajo el nombre de The Jumping Jacques. Se nota un mayor refinamiento y mayores medios pero sobre todo se abre el campo musical; Brasil, las bandas sonoras para peliculas de evasión, el jazz y groove aparentemente más inofensivo junto a una profunda, incontestable alegría de vivir. En Through a brazilian jazz forest, Françoise Walch juega a ser Edda del Orso en Playa sin sol. Copacabana pasa por la costa azul y el dolce fare niente se instaura como filosfía de vida. Love me now es puro exploito sin pretensiones, pirotecnias con el beat de batería bien engrasado y el acompañamiento de la voz de Stout que son los cimientos sobre los que se construye el recuerdo de lo idealizado. Fuera el stress y las preocupaciones. La estética por encima de cualquier ética. Los momentos felices y ya está.

Así, sin solución de continuidad, de Sugar and spice hasta Offbeat fugue, todo es pura celebración. El título de una de las canciones, tal vez sin pretenderlo, es síntesis evidente de lo que sucede mientras lo escuchamos: Somehow i feel i must be dreaming. De alguna manera nos sentimos como si estuviésemos soñando. Es la apoteosis del instante porque sí, sin falsas coartadas ni innecesarias explicaciones. Gossip and chatter nos lleva a Sergio Mendes y sus Brasil’66, Let them eat cake (tremenda proclama underground, pardiez), Mississippi Mischief… parecen los engarces de una joya deslumbrante pese a que sea -deliciosa- bisutería. Un eslabón más de la memoría de un tiempo que ya nunca será.

LOS CHEYENES He perdido este juego

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 Resulta hoy evidente que los barceloneses Cheyenes trascendieron el Print the legend fordiano. Esa máxima que señala que cuando los hechos se convierten en leyenda, es esta última la que perdura. Con ellos hechos y leyenda se fusionaron, con el paso del tiempo, hasta convertirse en un único y mismo asunto. 
 

En aquella época todas las discográficas, despistadas pero no ingenuas -los grupos firmaban por varios años, les entregaban todos los derechos editoriales- andaban tras la pieza que pudiese procurarles su tajada. Era el tiempo de Los Brincos. El coste de la prospección solía ser ínfimo, imprevisibles los resultados pero magra la recompensa. Algunas veces se disparaban al pie o no lograban el rédito esperado, algo, por otra parte, amortizado de partida para quién decide jugar al porcentaje.

Los Cheyenes fueron una especie de ovni en un parque aéreo repleto de aviones cochambrosos. Imagen chulesca, desafiante. Inmediatez y curiosidad. El ansia de comerse la vida y de no permitir que ésta les devorase a ellos. El retazo inspirado frente al perfeccionismo concienzudo. Reflejo y constancia de una realidad incompleta, en creación, y precisamente por ello verdadera. Jóvenes airados con un repertorio influenciado por el R&B blanco. Cuatro casi adolescentes del Poble sec, los hermanos Roberto (cantante y guitarra solista) y Joselín Vercher (bajista, coros), más José María Garcés (guitarra rítmica y coros) y el baterista Ramón Colom (ex Flaming Stars, el único con experiencia previa) a quienes la industria suponía perfectamente domesticables. Firman por RCA tras su actuación en un festival, agradecidos a Pedro Heredia -cazatalentos local y posteriormente su manager– y en parte despechados hacia el resto de compañías que previamente les habían rechazado; Belter, Vergara, Emi..

 

Debutan en 1965 con “Válgame la Macarena”, una canción de aire racial a la estela de “Flamenco” firmada por un compositor de la casa (Jorge Domingo) y lo más parecido que tendrían jamás a un hit. Su salvajismo y primitivismo la rebosa por todas partes. Es el tema estrella de su primer ep (RCA Victor 3-20921) completado con “Ven ahora”, una rudimentaria y anfetamínica version de los Kinks (“Come on now”), otra canción firmada por Jorge Domingo, más beat (“No me esperes”) y una composición propia (“Lloré por ti”). Se adivinan las costuras de algo grande, único, aunque la carencia de medios y la precipitación en ubicarlos en el negocio no les ayudan en demasía. Tampoco su acusado carácter indómito; Intentan rentabilizar el episodio censor que les impide aparecer en TVE, al negarse a cortarse sus melena, con una parodia de dicho suceso que provoca atascos en la Gran Vía madrileña, frente a los estudios de Radio Madrid.
Ese mismo año publican un segundo y fantástico ep (RCA Victor 3-20952). Todo está perfectamente ensamblado. Ya desde su portada, con  sus rostros en blanco y negro en primer plano, semejando zombies narcotizados, poseídos, con los hermanos Vercher haciendo gala de un hirsutismo unicejo. Con solo darle un vistazo se advierte que son otra cosa, ajenos al acicalamiento y lo inofensivo, en absoluto controlables. Dos soberbias canciones propias (“Conoces el final” y una especie de reverso previo del “Fuera de mi corazón” que los Salvajes harían en 1967 titulada “¿Por qué te fuiste?”) junto a una versión de los Hollies, probablemente vía The Guess Who (“Y olvídame”) más otra composición de Jorge Domingo “Devuélveme mi corazón”. Un disco redondo que conforma la perfección de la inmediatez y la pulsión de lo indómito. Energia y rabia. Un fuego fatuo, volátil e inextinguible, combinación ganadora mezcla del ingenuo arrebato y la iracunda juventud.
 

1966 lo abren con otro disco perfecto, el single “He perdido este juego / Tú no llegaste a mi” (RCA Victor 3-10153). La primera, punk avant le punk, es pura adrenalina adolescente. Decca stoniana; Certeros riffs de crudo R&B, metronómica base rítmica y la sorpresa de esa armónica maliciosa hacia el final. La segunda, de guitarras refinadas, elegantes, muy Byrds, casa folk rock melancólico con eso que hoy viene a llamarse popsike, logrando domesticar por momentos al ruido aunque no a su furia. Porque esa era otra de sus virtudes y no menor. Una vehemencia convincente, ni predispuesta ni forzada, sino natural, lógica.

Un tercer Ep (RCA Victor 3-21000) finiquita su mágico 1966. Autores ya de todos sus canciones, tal vez sea el más honesto y fidedigno resumen de lo que son y no están dispuestos a renunciar a ser. Las -casi con toda probabilidad- últimas voluntades de un prodigio irrepetible que duró dos años. La suma de coherencia vital y artística, de rigor, talento y tozudez iluminada que sólo se da en breves periodos de la vida. Algo raro e inusual en cada una de sus condiciones por separado y de todo punto extraordinario cuando coincide perfectamente ensamblado, siendo una única cosa…

“No pierdas el tiempo” toma el riff inicial de “Ticket to ride” y lo traslada a la playa de la Barceloneta. La enésima -y sublime- revisión del amor adolescente, en esta ocasión hablando de la redención a través de la renuncia. Guitarras elegantes conversando entre una base rítmica precisa. “Bla, bla, bla” en cambio es rhythm and blues fiero, sincopado, trufado de gritos, electricidad y lamento. La ductilidad no está reñida con el nervio. No en ellos…

 

Tal vez ahí deberían haber echado el cierre. Dejar huella indeleble. Sin concesiones. Deserciones, el malhadado servicio militar, desencanto… la vida, ese acreedor usurero que siempre cobra su peaje. El paso del tiempo rompiendo de nuevo el enésimo conjuro. Todavía editan otro sencillo (“Borrachera / Siguiendo el sol”) (RCA Victor 3-10226), ya sin Roberto, suplido por un nuevo guitarra solista y un nuevo cantante. La primera es casi un chiste -malo- indigno de ellos. La segundaes una fallida tentativa psicodélica por la que uno siente inexplicable simpatia; El reverb inicial, el phasing, el tono melancólico que la impregna, los arreglos de cuerdaa, los coros etéreos …un momento… ¿Fallida?… ummmm … Roberto Vercher regresará en 1968 pero para entonces el otoño cheyene es ya inexorable. Implacable.. 

ANDY WILLIAMS "Holly" (CBS, 1967)

Golden sun is rising in the sky
Emerald birds glide through a rainbow as they fly
Bringing beauty Holly enters my mind.

Where the crystal ocean finds the shore
Diamond waves reflect the love we shared before
Through the silence Holly enters my mind.

All alone as I walk by the sea
Thoughts of Holly are my company
For she calls to me with each shining ray
With each season’s change
With the sun and the sea and the sky she remains.

Though the world must take her far away
On a velvet wind she comes to me each day
When I’m lonely Holly enters my mind
When I’m lonely Holly enters my mind

Leyendo el último Ugly things uno ha descubierto -sí, así soy yo, a estas alturas- que la canción de Andy Williams que siempre me volvió loco, incluida en su sensacional disco de 1967 “Love, Andy” y titulada “Holly” (una canción que me cuesta no imaginarla cantada por el Scott Walker de “Sings songs from his T.v. series” ) está firmada por Craig Smith, un tipo con una novela a cuestas. Tampoco es cuestión de contarla aquí (para eso mejor que lean el extensísimo y estupendo articulo de UT)  pero sí me atrevo a recomendarles todo lo que lleve su firma; su obra en 7″ junto a Chris Ducey  como el dúo de Psych sunshine Chris & Craig, su continuación, ya como cuarteto (aunque basicamente un proyecto de ambos, Smith & Ducey), su proyecto como Penny Arkade (editado por Sundazed) o esos dos discos río (u océano, como prefieran) llamados “Apache” e “Inca” ya con su nueva reencarnación, Maitreya Kali.

 

Psych Folk Cósmico, por jugar a las etiquetas.