ÁNGEL KAPLAN. "Pictures from the past" (Sunny Day records, 2012)

 

Hay ocasiones en que todo nos parece que se dispersa a causa de un viento molesto y perturbador. Del mismo modo, ese fastidioso viento que tanto nos incomoda puede, sin saber muy bien por qué, reunir poco después todas las piezas que llegamos a creer extraviadas y, como por arte de magía, encajarlas de una manera más exacta y precisa a como estaban dispuestas originalmente. Aquellos que viven felices y sin ganas de complicarse la vida lo suelen achacar al azar y a la suerte. Y hacen bien. Pero yo pienso que es mucho más que éso. Que una serie de fenómenos perfectamente lógicos -aunque en primera instancia nos parezcan caóticos y sin sentido- necesitan de esa confusión, de esos momentos de total convulsión para cobrar sentido ante nuestros ojos, que, un poco a la manera de la famosa frase de Lampedusa, “Todo debe cambiar para que todo siga igual”.
 
  El pasado jueves recibí una copia de “Pictures from the past”, el segundo y soberbio disco de Ángel Kaplan. Desde entonces no he podido evitar sentir la sensación que he intentado explicar más arriba. Muchas preguntas me han asaltado y alguna pequeña certeza o conclusión he llegado a atisbar. La primera de todas la sospecha de que existen cosas que uno no puede dominar, como tampoco puede detener la lluvia fina que, poco a poco, va calándole. Y que uno acaba aceptando que si no ha podido dominarlas en tantos años ya no podrá -ni tampoco le apetece, para que ir con rodeos- hacerlo nunca. Lo hermoso del caso es que en esta ocasión dicha aceptación no es derrota ni claudicación ni cobardía. Es tan sólo la constatación de una realidad. Una realidad cada vez más escasa, la hecha del material del que están hechos los sueños y que consiste, esencialmente, en que los buenos, a veces, vencen. Aunque vencer no signifique ganar. Aunque las magulladuras, aparte de ser el pan nuestro de cada día, no sean sinónimo de otra cosa más que del combate.

“…Otra vez sobre el escenario para la prueba de sonido, 
…como una andrajosa y vieja marioneta. 
Vamos, representemos nuestra farsa favorita, 
como una marioneta cochambrosa y vieja.
Viajando por una carretera sin fin, una y otra vez, 

interpretando las mismas viejas canciones…”

 

  No tengo el gusto de conocer personalmente al señor Kaplan, más allá de haber disfrutado enormemente de “Transparent dayze”, su anterior disco. Un disco delicado, a punto de romperse, en mi opinión un tanto introspectivo, más balbuceante si se me permite, dicho ésto como halago, en absoluto reproche. Un hermoso ejercicio empeñado en soltar amarras -con algo que puedo llegar a sospechar pero que en realidad sólamente él sabe- y que me generó todas las expectativas del mundo. También diré, si quiero ser honesto, que en absoluto me hacía presagiar la variada y rica paleta de colores con la que “Pictures from the past” nos colma; una paleta rebosante de naturalismo, talento melódico, elegancia y humildad. Muy probablemente esta sorpresa sea debida a mis limitaciones perceptivas, a no saber intuirlo, a no haberme fijado detenidamente… pero, ¡diablos!, éso ahora da absolutamente lo mismo.
 
 
 

 Lo que pretendo decir es que hay en “Pictures from the past” una voz y un tono, alguien al otro lado. Una persona que nos cuenta una serie de avatares sin ser conmiserativo ni mucho menos cínico. Una persona sujeta, como todos, a los tropiezos de la vida, que lejos de acicalar los mencionados vaivenes con falsa belleza, vistiéndolos del más elegante oropel e impúdica máscara se procura -y por lo tanto nos regala- un paisaje de pureza y de verdad. Es éso algo realmente complicado de lograr. Hay que tener mucho valor para desnudarse así -y mucho talento para resultar creible- y éso al final es lo que acaba por difierenciar definitivamente el sentir verdadero, propio, de la impostura falsaria que suele regir en nuestros días. Puede también uno aventurarse a vislumbrar ciertos asuntos, ser osado e intentar hacer un ejercicio de empatía: vislumbrar entre esta colección de canciones a un ser moderadamente melancólico, tímido pero firme en sus ideas, con gusto por el detalle y observador casi enfermizo. Un hombre que se cuestiona la realidad y que, aunque no es tan estupido como para querer cambiarla, no se conforma con sobrevivir sino que persigue románticamente un ideal, su arcadia soñada, por muy inalcanzable que ésta sea, sabiendo que, finalmente, el viaje es el camino.

 
…Castillos de arena destruidos con mis propias manos, deshechos por las olas.
Retratos del pasado que romperé y echaré al fuego.

Tristes espejismos desaparecidos ahora que advierto que vuelvo a tierra de nadie…

  Un músico que ha bebido de los clásicos, de sus clásicos; aquellos que le son en verdad provechosos, los que ha considerado y disfrutado, más allá de los clichés y las convenciones. Que cultiva la melodía con mimo y cariño, huyendo de excesos irritantes y siendo minucioso en el detalle. Alguien que parece haber elegido, en el caso de tener que estar en ese brete, no llegar por unos centímetros a tener que pasarse. No me queda otra que sentirme estupefacto ante tal exhibición de talento humilde, callado pero firme. De talento verdadero. Buceo libre y sin descanso en una montaña rusa de frenesí y sosiego, inmerso en un disco que situa al oyente ante la vida, que me permite tanto reconocer la mía propia como ver las que suceden a mi alrededor. Posibilitando que nos ayudemos de las argucias que cada uno requiera, en mi caso muletas en las que apoyarme para poder continuar con mi modesta andadura. Un disco que tiene la cualidad de fotografiar lo onírico dándole categoría de real y viceversa; Una realidad a la que convendrá darle sólo los pases que necesite, tan difíciles de calibrar en su número exacto. Y qué, para el caso que no tuviese uno la fortuna de atinar, no quedándole otra que soportar el embite, tiene la decencia de permitir colocarte del modo apropiado, del menos doloroso; “Pictures from the past” muestra a un hombre sólo, frente al mundo, armado con sus sentimientos y lastrado por sus flaquezas; sin alharacas ni disimulos, sin prepotencia ni lástima, a tumba abierta. Con la humildad y verdad que necesita toda obra. La que acaba por otorgarle una personalidad, precisamente por humilde y verdadera, imborrable.

 

  Escuchar aquí y allí recuerdos que jalonan nuestra memoría; Los Tyde de “Ask your dad” en “Sorry for myself”. “Your empty eyes” veteada por los Church de “Disenchanted”. El piano y la bateria de “She leaves alone” de Epic Soundtracks al inicio de “Back to nowhere land. La melancolía soñadora de Josh Rouse en “Flight attendant” (Y yendo un poco más atrás las melodías del Brill building) ornamentando esa porcelana que responde por “Hunting dog, la soledad de Action Unlimited y su “My heart cries out” merodeando en el subconsciente… El individuo frente a la vida, con sus cimas y sus simas, desvalido pero no rendido. Expectante y comedidamente valeroso, deteniéndose en todos los detalles que le afectan de la manera más hermosa que recuerdo; como Colin Hare en “Find me” o “To my maker”. El espíritu de Gene Clark durante todo el disco. Capítulos de “Odessey & oracle”, de “Falling on the edge of the world”, de “A midsummer’s daydream”, … los discos y canciones que cada uno llevamos tatuados en el alma, como el aureola de la vacuna en el brazo aquellos que ya tenemos una cierta edad y que, para otros, siendo distintos los asideros -e igualmente válidos- serán también curativos, cauterizadores. Reparadores.


 

Todo ésto que he dicho, es muy cierto, acaso no valga para nada. Acaso no le importe a nadie. A mi sí. Lo que realmente importan son las canciones. Y aunque el mensaje de despedida sea un tanto desolador…


Levantarse tarde sin nada especial que hacer. Intentar pasar el día recordando los sueños de la noche anterior, da igual, da igual. Colocarse frente al espejo, encender la radio y escuchar que setecientos pueblos han sido devastados por el sunami. Da igual, da igual. No hay pena, ni alegría. No hay nada, sólo un gran vacio en su vida. Probablemente ha estado viviendo demasiado tiempo encerrado en si mismo…
 
…no hagan demasiado caso; Es muy propio de los introvertidos lamerse las heridas. Tanto como de los valientes afrontar los hechos. Es también muy propio de los que se sienten vivos dudar, cuestionarse las cosas, hacerse preguntas. Cada día. Aunque siempre sean las mismas. Éso, por sí sólo, ya es un acto heróico.



 
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