APHRODITE’S CHILD. "666" (Vertigo, 1972)

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  “El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis” 

El Apocalipsis de san Juan, 13:18.

 

Casi dos mil años más tarde de que el apóstol San Juan -o quizás alguno de sus discípulos, los así llamado “Juanistas”– escribiesen acerca de la venidera reencarnación del mal en ese profético aviso para navegantes, repleto de simbología y sujeto a múltiples lecturas que sería el último de los libros del Nuevo Testamento -aquel conocido como El libro del Apocalipsis-, cuatro jóvenes griegos (en realidad uno sólo, Evángelos Odiseas Papathanassiou, más conocido por Vangelis) se obsesionaron en recrear musicados los estadios de dicha apocalipisis en un trip indescriptible, de multiples formas desde su concepción, finalmente en un desasosegante disco doble.  Lo hicieron, fuese o no esa su intención, manteniéndose fieles al verdadero espíritu de la escrituras sagradas; provocando desasosiego, temor e inquietud (pero también psicótico deseo) en la representación del futuro advenimiento satánico. Dividieron su interpretación, al igual que sucedía en el libro, en cuatro partes, una por cara; Introducción y cartas de las iglesias, El cordero y los siete sellos y trompetas, El dragón y el combate y La Nueva Jerusalén. Crearon así una obra impensable, arriesgada y exuberante, con tantas aristas en lo musical, por alambicada e inhóspita, como poseída y esotérica en lo temático. Una obra que llamaron “666”. El número de la Bestia. Toda esa magna tarea, todo ese titánico proyecto, vendría decorado de la más extraña de las instrumentaciones, la más inquietante de las músicas, el más extravagante de los textos. Psicodelia, música progresiva, instrumentos propios del folklore griego, vientos desorbitados, un extraordinario abanico de sintetizadores analógicos, órganos de válvulas, Krautrock y musica sacra ortodoxa, pedal fuzz, la infancia perdida, sexo y misticismo, ácidos y estados alterados de la mente, jazz y música antigua, guitarras distorsionadas, voces de ultratumba, avanzados beats de batería, percusiones tribales, arpas, friscornios, clavecines, locura y religiosidad, paganismo y cordura. El tormento y el éxtasis. Evángelos Odiseas Vangelis Papathanassiou (órgano, piano, flauta, percusiones, coros), Artemios Venturis Demis Roussos (Bajo, coros, voz), Lucas Sideras (Batería, coros, voz) y Anargyros Silver Kolouris (Guitarras, percusión) serían pues los redivivos cuatro evangelistas de esas nuevas escrituras. Los dos primeros habían tenido ya cierto éxito con The Formynx, The Idols o We five. Más tarde conocen a los dos últimos, y tras sucesivos nombres que dejaban evidente quién estaba al timón (The Papathanassiou Set, Vangelis and his Orchestra), pasan a llamarse Aphrodite’s Child. Eran jóvenes, inquietos, con sólida formación musical y tremendamente curiosos. Unas cintas con sus primeras grabaciones llegan a Phillips y éstos, impresionados, los fichan de inmediato enviándolos a Inglaterra con el objetivo de grabar un disco. Estamos a finales de 1967, el año del golpe de estado y de la instauración de la dictadura militar en Grecia. Con toda esta carga a cuestas, más la ilusión de una futura carrera internacional, no tardan ni un segundo en aceptar y, como tantos otros jóvenes, exiliarse de su país.  

De inmediato surgen los primeros problemas. Kolouris tiene pendiente el servicio militar y le es imposible salir de Grecia. Los otros tres deciden emigrar pero no logran el permiso de trabajo necesario para poder establecerse en Inglaterra. Deciden quedarse en París, inicialmente mera escala en su destino final. También allí están ocurriendo acontecimientos históricos, aunque de otro calado. Es mayo del 68. Justo entonces, la Mercury francesa les ofrece un nuevo (y leonino) contrato que deciden aceptar. Su primer sencillo es “Rain and tears”, una adaptación del canon de Pachabel que es todo un bombazo. A resultas de ello, abandonan definitivamente la idea inicial de ir a Londres y echan raíces a orillas del Sena. Hacía finales de 1968 publican su primer Lp, “The end of the World”. El éxito y las ventas son tremendos. Es un disco titubeante, que navega en la estela de la psicodelia pop más ligera y amable. La de los Moody Blues del Days of future passed, el primer disco de Procol Harum o The thoughts of Emerlist Davjack de The Nice. En cambio, en la cabeza de Vangelis el S.F. Sorrow no deja de resonar hasta casi obsesionarle. Dejará huella. Ya verán. El sencillo inicial de lo que sería su segundo álbum (“It’s five o’clock”, diciembre 1969) es perfectamente definitorio del cimbreo estilístico y el contrapeso de las diversas influencias entre las que se mueven. Por una cara una revisión almibarada, complaciente, de una canción francesa del siglo XVIII (Plaisir d’amour / I want to live). En cambio en la otra en un pelotazo de salvaje freakbeat que atiende por Magic mirror. La semilla está comenzando a germinar. Tras esos dos discos, los Aphrodite’s Child se hallan ya en estado de descomposición latente. Cada uno hace la batalla por su lado. En realidad, el afán de investigación y la búsqueda de nuevos caminos por parte de Vangelis choca con el seguidismo de la fórmula que les ha procurado el éxito, más segura y también menos arriesgada, por la que aboga Roussos. Todavía saldrán, ya tocados, en una última gira durante gran parte de 1970, aunque Vangelis decide no participar, quedándose en París, donde grabará la BSO de Sex power. Lo sustituye Harris Chalkitis. A la vuelta, una obsesión largo tiempo alimentada, engendrada en horas y horas de perfeccionismo y alucinación, su obra magna, aquella donde confluye lo intuitivo y lo madurado, tomará cuerpo y forma; Será su tercer y último Lp. Es “666”, el número de la bestia.   

 

“666” se graba en los estudios Europasonor de París. El equipo, excepto por la supervisión de Giorgio Gomelsky, sería francés en su totalidad; Gerard Fallec como coordinador de producción, Roger Roche a los controles y Jean Claude Conan asistiéndole. Para el diseño acaso se tomase como modelo la idea del álbum blanco de los Beatles; un único color y unos números. “666” tenía que ser conciso e inquietante, la representación del infierno como némesis del paraíso ansiado.

En un principio pensaron titularlo Apocalipsis. Más tarde Revelaction. Finalmente se quedan con el número, con el símbolo de la Bestia. El número, de color blanco, baila en el centro, como tres ojos que todo lo ven. Arriba, en rojo, el nombre del grupo. Justo debajo, el enunciado del versículo, en inglés y en el mismo color. El logotipo de Vertigo, en blanco, en la parte inferior derecha, completará la terna. Para el resto del mundo una portada mucho más discreta, de color rojo con los tres dígitos sobre un recuadro negro.  Vangelis ha tenido el tiempo suficiente para dar forma, para definir su obsesión. La ha representado cientos de veces en su subconsciente, diríase que la ha vivido también en innumerables ocasiones. Durante casi todo 1970 ha estado elaborando, capa sobre capa, su obra magna. París es un hervidero de artistas e ideas. Es el momento en que el más absurdo de los proyectos puede tomar forma. Evidentemente se darán hallazgos y sorpresas, también fraudes y fracasos, algo en todo punto normal, aunque todos partan de lo anómalo. Conoce y alterna con multitud de gente, en todas las disciplinas; Compatriotas exiliados o radicados en París como Jean Georgakarakos (uno de los capos de BYG records), Irene Papas o Costas Ferris, cineasta egipcio de origen griego, quién se encargará de resumir el libro apocalíptico y adaptarlo como texto de las canciones del disco.  Se aproxima e interesa a todo tipo de sonidos. Succiona de aquí y de allá para enriquecer a lo que ya lleva a cuestas. Desde los Gong de Daevid Allen y la nueva hornada francesa underground (Magma, Gerard Manset, Jackie Chalard y sus Dynastie Crisis, Catharsis, Triangle, etc), pasando por los eremitas musicales que han hecho profesión de la experimentación y los sonidos a la carta, esa cohorte de músicos que oscilan de los músicos de sesión convertidos en creadores de la música de librería (Nilovic, Arel, Detour) a los exploradores más allá del limbo comercial que son los arreglistas y compositores -franceses nativos o de adopción- que cuentan con el estatus pertinente para ello (Jean Claude Vannier, Ariel Couche, Steff Sulke, Alain Goraguer, Karl Heinz Schaeffer, etc).

Ha escuchado a Jean Pierre Massiera y puede oler el aroma del Krautrock que comienza a inundarlo todo. Igualmente ha ejercido de estudioso de la noche psicodelica parisien y de lo que en ella acontece, con ojos y oídos bien abiertos, tomando nota mental de todo lo que ve. Ha visitado los clubs más modernos, aquellos donde la juventud más in escucha el llamado Free Jazz Parisien, introducido por el sello BYG (Frank Wright quartet, Art ensemble of Chicago, Noah Howard, Bobby Few, etc) y es asiduo de Happenings  privados en los que ese extraño híbrido que es el hippismo psych más demente o avanzado (de Dashiell Hedayat a Jean Pierre Kalfon, de los Ame Son a Crium Delirium) mezcla rock, jazz e improvisación, necesariamente combinada con las pertinentes experiencias extrasensoriales y viajes que les procura el omnipresente LSD.

  Obviamente es imposible reproducir todo ese reguero de experiencias. Tampoco es esa su intención, sino más bien hacerse con el angst necesario para su proyecto. Invocaciones demoniacas, estados alterados de la mente y presuntos rituales satánicos. Equívocos nunca desmentidos; La presunta influencia de Shalep, el Dios del mal, el ángel de la muerte. Alimentando la censura, las prohibiciones, la ignorancia. En realidad Shalep no es otra cosa más que una bebida turca elaborada a partir de un tubérculo de la orquídea, con fines terapéuticos para aquellos que sufren problemas intestinales y que los voceros de la corrección y guardianes del oscurantismo corren raudos a proclamar como apología del satanismo. Decide, sobre las cenizas de un grupo ya desintegrado, y con la personalidad y libertad que le otorga unos antecedentes de éxito y fama, llevar a cabo la obra magna,  de orquestar un libro sagrado, articulando una obsesión largo tiempo inoculada. Planear sin motor en el territorio de lo onírico sin importarle interpretaciones ni hipotéticas conexiones satánicas. Su objetivo no es otro que darle forma a un caos y a un tiempo que sabe perecedero y fugaz. Intuye, sabe que es el momento oportuno. Y también que las puertas de la percepción se cerrarán pronto.

  

  “666” es un disco, tan sólo en apariencia, caótico y excesivo. Un disco que parece pretender abarcar demasiado. Sumamente extraño y ambicioso. Sin embargo, pasado el tiempo, se nos aparece sorprendentemente ensamblado. Un doble Lp que fluye con una cadencia elegante y ajustada precisión. Rico en matices, vehemente, homérico, abre senderos tras cada escucha. Es también un trip prodigioso, una estrella fugaz irrepetible que asusta y que obliga a preguntarte cosas. Un disco que da miedo y también alegría. La obra definitiva de un artista en estado de gracia en la que confluyen todas las obsesiones inherentes al ser humano; Lo arcano y lo moderno, el sexo y la religión, la creación y la muerte, el miedo y el deseo, la inspiración y la locura, la educación recibida, la atracción por lo pagano. Todo lo que habita en nosotros  y que mana caudaloso e incontrolable. 

 

 Porque finalmente el cielo y el infierno son un mismo lugar. Somos nosotros los que le otorgamos uno u otro carácter.

 

 

   Salvador Dalí, ese genio irreverente y oportunista, visionario y vendealfombras, todo ello por lo general a la vez, escribiría el boceto de un guión para la presunta fiesta de presentación mundial de “666” en Barcelona. Aunque ya una caricatura de si mismo, todavía le quedaban rescoldos del fuego que su talento una vez fue. Hermosos fuegos de artificio. Rezaba así.

 

1. La ley marcial será proclamada en Barcelona el domingo. A nadie le será permitido salir a las calles para admirar el evento. Sin cámaras, sin televisión, sin imágenes. Tan solo una joven pareja de pastores tendrán el privilegio de ser testigos del acontecimiento. Más tarde podrán narrárselo a la gente por transmisión oral.

 

2. Gigantescos altavoces serán colocados en las calles, de donde todo el día emanarán los sonidos de la obra “666”, de Vangelis, Costas Ferris y Aphrodite’s Child. No habrán ninguna actuación en directo.

 

3. Soldados vestidos con uniformes nazis desfilarán marcialmente por las calles de Barcelona, arrestando a cualquiera que no cumpla dicha ley marcial.

 

4. Cientos de cisnes serán puestos en libertad en frente de la Sagrada Familia, con cartuchos de dinamita en su pecho, los cuales explotaran lentamente como efectos especiales. (Dichos cisnes vivos serán operados para introducir los cartuchos en su pecho).

 

5. Enormes aviones volarán durante todo el día sobre Barcelona provocando un ruido ensordecedor.

 

6. Al mediodía, esos aviones comenzarán el bombardeo de la catedral, lanzando sobre ella todas sus municiones.

 

7. Pero en vez de bombas, lanzarán elefantes, hipopótamos, ballenas y arzobispos con paraguas. (Costas Ferris; “¿Quiere decir falsos arzobispos, es decir, de plástico, o muñecos vestidos de arzobispos?”. “No joven. Cuando digo Arzobispos quiero decir arzobispos de los de verdad. Ya es hora de terminar con la iglesia”).