The pure soul of BIG MAYBELLE.




   Es la historia de siempre. Al igual que a los niños, a los adultos, conforme envejecemos, nos gusta escuchar el mismo cuento, volver a los mismos escenarios que nos hicieron reír o llorar, que nos hacen sentirnos vivos. Hay mucho en ello de comodidad y seguridad, como les ocurre a aquellos. También, a diferencia de ellos, resulta ser la prueba evidente de tener la certeza, para siempre ya, que la felicidad no existe, salvo en pocos y contados momentos. Acaso -si se tiene fortuna y siendo optimistas- podremos volver a esos pequeños instantes felices que querremos rememorar, muchas veces desesperadamente, una vez somos conscientes de su fugacidad. 

  Talento desbocado y no gobernado, vitalmente salvaje, ni un párrafo de literatura. De ése que, precisamente por ser así, conduce al olvido. Eso es lo único que en mi opinión la vida, tacaña, acabó por entregarle  a Mabel Louise Smith. Si además, esa vida viene convenientemente decorada por la poesía del perdedor y trufada de desgracias, definitivamente nos hará sentirnos mejor y considerar no tan funesta la nuestra.



  Es curioso como el genio es capaz de hacer olvidar, aunque solo sea momentáneamente, cualquier desgracia. Como uno puede vivir con su cruz a cuestas y en cambio olvidarse de todo cuando ejerce su magisterio. Como dicen las certeras notas de la contraportada, “… en un campo tan amplio y con tantos cambios sucediéndose con rapidez, muchos artistas permanecen en el limbo, sin importar lo talentosos que sean…”. Big Maybelle, fue reina sin reino, Diosa sin edén. De voz inmensurable, poderosa y sutil, dulce y cruda -y capaz de ello en una misma estrofa, ensamblándolo a la perfección- era ya irremisiblemente sabedora que su tiempo, si alguna vez lo tuvo, había pasado. A veces incluso dudo que llegará a cuestionárselo. Próxima ya una muerte largamente anunciada por sus múltiples adicciones, obesidad casi mórbida y enfermedad genética. Padecía diabetes y -al menos fue lo que constó en su partida de defunción- un coma diabético acabo definitivamente con ella.



 Tras un periplo artístico por innumerables sellos (Decca, Okeh, Scepter, King, Chiswick, Chess, y seguro me dejo alguno), este trabajo para Rojac es un ejemplo -otro más- de su versatilidad, estilo y talento. Su canto de cisne. La llamada “Queen of song” o “Mother of soul” nunca, tampoco ahora, tendría oportunidad de sacar beneficio o réditos de su talento. Grabado aprisa y corriendo a rebufo de los nuevos tiempos, es otro desesperado intento por hallar un lugar en el que nunca cupo. Tal vez de procurarse un gramo más de felicidad. Versiones de varios hits del momento – de Donovan, de Question mark & the Mysterians, de los Beatles o los Troggs, de los Bravos- llevadas a su terreno. Una mezcla del sur que mamó (literalmente, me temo), arreglos del pujante Beat, Memphis soul, ragtime, blues… de cualquier cosa que le echaran. Y de nuevo su voz, esa voz que no parecía humana. Llena, rebosante de alma. A ver quién era capaz de toserle en el único terreno en que pudo ser ella. Eso era mandar, vaya que sí.



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