VIDA ANTIGA

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Vida Antigua propone no tanto un viaje como una estancia. Un descanso, acaso un respiro donde dar rienda suelta a la molicie, a la evocación.  Pero, atención, nada mas lejos de la desgana acomodaticia ni del reiterativo e inane hilo musical. Digamos que una sucesión de sondas musicales repletas de hondura emotiva y profundidad sonora.

 Desde el Brasil orgánico, con esa cima de Erasmo Carlos que titula la playlist, extraída del inmenso Sonhos e Memorias, al Nuyorican Soul de Ralfi Pagan sudando el Too Late de Carole King hay todo un camino por recorrer; Free Jazz via el Art Ensemble Of Chicago, bien sea con Marva Broome recreando For all We Know, bien con Fontella Bass en la banda sonora de Les Stances à Sophie con el bombástico Theme de Yo-yo.  

También Soul. Mucho Soul. Soul espiritual gentileza de Mary Lou Williams en Credo. Detroit Mystic Soul  escrito por secundarios como William Weatherspoon (dicho esto sin ningún ánimo peyorativo) emigrados de MotownInvictus Records, el sello de Holland/Dozier/Holland, regalado por la Diosa Freda Payne. Soul Jazz, tal vez su epítome, en Sweet Season, dueto imbatible de Doug y Jean Carn.

Sigamos con Brasil; Tim Maia infectado del virus Modern Soul en la espléndida Over again. Tom y Elis bordando esa delicadeza que atiende por Chovendo na roseira. Jobim codificándola en clave de electrónica analógica y rebautizándola como Children Games.

De Brasil pasamos Francia; Henri Texier, consumado contrabajista, hipster avant la lettre, nos regala Varech, de su disco homónimo. Philippe Katerine, ese bardo epatante, tan desprendido en lo íntimo como gozoso en lo impúdico, entona su himno Inutile en el, quizás, su último gran disco, titulado 8éme ciel. Alice Lewis y Alexandre Chatelard revisitan a François de Roubaix vía Les Amis (aquí rebautizada como Je sauráis te retenir), incluida en el Lp donde Fred Pallem et le Sacré du Tympan le rindieron merecido homenaje hace tan solo un par de años. Nino Ferrer, Agostino Ferrari, en ese Salmo que atiende por Le Sud y que uno tiene por un himno íntimo, propio y, sí, Mediterráneo.

 … Hay un lugar en Italia que se parece a La Louisiana. Tiene sabanas tendidas en la terraza y es muy hermoso. Diría que en el sur el tiempo no pasa y la vida dura eternamente, más de un millón de años. Y siempre es verano. Está lleno de niños que corretean por el césped, está lleno de perros. También hay un gato, y una tortuga, y peces rojos, no falta de nada …  

INTRO Soft Feeling / ERASMO CARLOS Vida antiga / TIM MAIA Over again / RALFI PAGAN Too late / DOUG & JEAN CARN Sweet Season / PHILIPPE KATERINE Inutile / FREDA PAYNE Through the memory of my mind / ELIS & TOM Chovendo na roseira / ANTONIO CARLOS JOBIM Children game / DJ SHADOW & THE HELIOCENTRICS This time / MARVA BROOME & THE ART ENSEMBLE OF CHICAGO For all we know / MARY LOU WILLIAMS Credo / FONTELLA BASS & THE ART ENSEMBLE OF CHICAGO Theme de Yo-yo / HENRI TEXIER Varech / SOFT SOUL TRANSITION Soft Soul Transition / NINO FERRER Le Sud / ALICE LEWIS & ALEXANDRE CHATELAND Je saurais te retenir / OUTRO Soft feeling

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MARCOS VALLE "Garra" (Emi Odeon Brasil, 1971)

 

 

 

 

Al igual que sucede en castellano, en la lengua portuguesa “Garra” tiene dos acepciones profundamente relacionadas; la “mano” del ave de presa, aquella que atrapa, mata y la tenacidad. Ambas definiciones están muy presentes en este disco. La una como antítesis de la otra, su némesis necesaria para poder apreciar su magnitud en todo su esplendor. Para poder apreciar la tenacidad necesaria para ser libre en la aspiración artística y a la vez lidiar con la censura de la dictadura sin ver cercenada la palabra, el espíritu y la imaginación. Censura, como todas, estúpida, sin sentido. Mema y pacata. Generalmente funcionarial. Cuenta divertido Marcos Valle  -y al leerle recuerdo los cebos que a propósito escribían en sus guiones Berlanga y Azcona– que aquellos soldados de la mediocridad y lo oscuro muchas veces pasaban por alto referencias políticas y reivindicativas y otras, en cambio, se mostraban intransigentes con textos que tan sólo lo eran en su huera imaginación. Nada, por otra parte, que por aquí no sepamos y que ha sido recogido, con gusto y detenimiento, en el estupendo libro “Veneno en dosis camufladas”. La censura en los discos de pop-rock durante el franquismo” de Xavier Valiño (Editorial Milenio, 2012).

 “Garra” es, si no estoy equivocado, el octavo álbum de Marcos Valle. Nacido en 1943 -rubio, blanco, de ojos azules- en el seno de una familia acomodada, carioca de pura cepa e inmerso en el mundo musical desde niño, Marcos Valle se adentra en él espoleado por sus estudios de piano y sobre todo por el talento de su hermano (el inconmensurable Paulo Sergio). A los veinte ya logra su primer éxito popularizado por el Tamba Trio. Al año siguiente debuta discográficamente con el álbum “Samba demais” y en 1965 forma parte del espectáculo colectivo “A Bossa no Paramount” (un afamado cine-teatro de Sao Paulo) acompañado por Elis Regina y donde su fama ya despega definitivamente. A partir de entonces todo es un no parar. Publica un segundo disco y entra a formar parte durante su gira americana de Sergio Mendes and Brasil 66. Su bombazo definitivo tiene lugar con “Samba do aviao”, popularizada por el organista Walter Wanderley (en aquel entonces centrado en una serie de Lps para la Verve de Creed Taylor) de aromáticos efluvios Easy listening y Bossanova, superficiales y agradables, con gran éxito en los Estados Unidos. 


 Tras un tercer disco (“Braziliance”) donde aparece la archifamosa “Os grillos”, lo mejor está aún por llegar. En 1968 Verve le publica “Samba’68”, un paso más allá -que no el postrero- en su devenir artístico, donde los deliciosos arreglos de un jóven Eumir Deodato y las voces de la flamboyant Ana Maria Carvalho Texeira (la dama blanca de Ipanema) le confieren una personalidad más cuidada y elegante, acaso remolona con su natural ingenuidad y pureza, pero de indudable estilo panorámico, rico en matices y de sosegado fluir.


 Todas esas cualidades -y muchísimas otras- hacen que el tránsito de época, el nuevo signo de los tiempos que irrumpe como un torrente y la pérdida de la inocencia que Vietnam supone (y de la que es testigo directo al vivir por entonces en los USA) aterricen en su música de manera caudalosa aunque no apresurada. “Mustang cor de sangue” su disco del 69 ya es un aviso en toda regla pero es a partir de “Marcos Valle” donde las cosas se aceleran. Lo que en el primero es la suma de la vertiente anglosajona a su música eminentemente brasileña, macerándose de manera un tanto balbuceante (bases funk, arreglos barrocos, veleidades folk rock, letras escritas por su hermano, menos hedonistas, más sociales) en el segundo ya refulge espléndido, ajustado, combinando ambos lados y consiguiendo uno nuevo, sorprendente.

 

“Siempre dispuse de libertad. Siempre. Siempre”. Dice Marcos Valle enfáticamente. “Eso es lo que fue realmente importante ahora que puedo ver todo lo que hice. Nunca me dijeron que hacer. Me dejaron a mi aire y eso es algo que honra a Milton Miranda” cuenta Marcos refiriéndose al nombre ubicúo que aparece en las contraportadas de la maypría de los discos de Odeon en los sesenta y los setenta, acreditado como “Director de producción”. “Ese tipo sabía que yo tenía tantas ideas en mi cabeza, que evolucionaría. No era el tipo de artista que hace la misma cosa una y otra vez. Supo ver las muchísimas influencias que habían en mi música y como afectaban a mi estilo. Siempre me dejo hacer lo que quise. Le estoy muy agradecido porque fue la mejor manera de que pudiese desarrollar mi carrera”.

 “Garra” es uno de los cuatro discos de los setenta (junto a “Marcos Valle”, “Vento soul” y “Previsao do tempo”) que el sello Light in the Attic ha reeditado recientemente. Ambos cuatro recomendabilísimos de principio a fin, pero este en concreto soberbio e inacabable. Bálsamo y narcótico, caricia y pellizco, la vida en no llega a una docena de canciones.
 
 Pianos, órganos y clavicordios. Soliloquios acerca de la inmutabilidad de la fe y la duda orquestados por Gerardo Vespar en “Jesus mei rei”. El Brill Building con ventanas a Copacabana en “Black is beautiful”, hermosa apología de la negritud por el niño bonito, el niño blanco. Toda una declaración de principios. Clasicismo elegante con un pie en los maestros de principios del siglo XX y otro bebiendo del lirismo más exacerbado (ese frugal acompañamiento vocal de Claudia a la manera del de la Dell Orso en tantas bandas sonoras) en esa maravilla que responde por “Minha voz virá do sol da America”. Homenaje al amigo y al maestro en “Ao amigo Tom” con su guitarra evocadora y su piano perezoso, Groove y Baiao de la mano en “Paz e futebol”, reivindicaciones ambas de lo que une antes que subrayado de lo oscuro que separa. Contrapunto necesario en un disco político, reivindicativo y militante, pero no por ello coñazo, triste y desangelado. Celebración de la vida sin por ello ocultar su grietas. Optimismo vital.
 
 Es una verdadera lástima (y si queremos ponernos trascendentes yo diría un crimen) lo poco y mal que por estos lares se conoce al probablemente mejor y más abundante vivero de música, la llamada música brasileña. Categorizada por desidia, por desconocimiento o por condescendencia como música meramente “festiva”, uno, un auténtico lego también en esta materia, un pobrecito hablador, no deja de sorprenderse cada día que pasa. Por su hondura, su riqueza melódica, su variedad estilistica. Por su capacidad para retratar los estados del alma, su empeño irreductible en ayudar al que a ella recurre, evitando con denuedo aleccionar, sin vanas pretensiones y permitiendo a uno -a cualquiera en realidad- adentrarse en ella de manera gozosa, como el niño que comienza a ver el mundo ante sí, todavia no emponzoñado con sus rémoras y servidumbres.
 

 

ERASMO CARLOS. Onde a beleza se esconde.

 

 

¿Qué se puede decir de un disco que abre con una canción inédita del gran Caetano Veloso y que siendo estupenda no es, ni mucho menos, la mejor del Lp?. ¿Qué se puede decir de un disco cuya segunda canción es un tête a tête con Marisa Fossa delicado, sutilísimo, de una belleza que asusta, a punto de romperse?

 

 

Cualquier cosa que diga uno no le hará justicia en absoluto, lo sé, pero al menos déjenme decirles que “Carlos, Erasmo”, el disco de 1971 de Erasmo Carlos es un canto a la vida y sus recovecos tal y como uno piensa que debe ser. Es -como dice la canción de Carlos Imperial“Em busca dos cançôes perdidas”–  el lugar “Donde los colores tienen sonido, donde las flores pasean, donde el dolor no accede y la tristeza no llega. Donde la belleza se esconde”.

 

Porque hay cosas, personas, que existen antes que las palabras. En realidad todas lo hacen pero hay algunas a las que las palabras no les podrán hacer justicia jamás. Porque aunque tomen carta de naturaleza al ser enunciadas están ahí desde mucho antes.  Personas y cosas a las que sustenta un halo etéreo y propio, voluble y en cambio riguroso dentro de su particular cosmología y que son perfecta fotografía de lo efímero de la felicidad.  Como por ejemplo Masculino, femenino sin ir más lejos; Precedida por una luminosa intro de piano acunada por las cuerdas, asoman mil recuerdos y alguna certeza. Reminiscencias de Buffalo Springfield aquí, arreglos a lo Muscle Shoals allá (esos violines, puro Rainy Night in Georgia). Harry Nilsson en una esquina, zascandileando mientras sonríe y da el penúltimo trago justo en el mismo momento en que los Jordanaires se arrancan con unos ensoñadores Ooooh-Ooooohoo. Pero también es mucho más. Es un exordio, una invocación al encantamiento del amor y la seducción por la vida, a la perfección del instante, una loa a las pequeñas cosas. Perezosa, furia, imperfecta, real. Es un cuento, una fábula, que nos habla de una pareja amaneciendo juntos, tan renuentes como conscientes de la proximidad del adios. Y también habla de cualquiera de nosotros, a veces actores y otras espectadores, imaginando, viviendo incluso, la novela que acarrean. Rememorando una realidad difusa.

 

 

 

“Já são seis horas, meu bem
Vire o relógio, meu amor
Faz tanto tempo, nem sei
Neste silêncio de nós dois
Vim pela vida, cansei
Perdidos sonhos me entreguei
Me dê um cigarro, meu bem
Primeiro um beijo, meu amor

 

A chuva fina cai
Clareando e a luz
Me faz lembrar
Que já são seis horas
Eu sei…
Momentos quantos passei
Desfiz enganos, me encontrei
Quem sabe agora, talvez
Puxe a coberta, meu amor
A chuva fina cai
Clareando e a luz
Me faz lembrar
Que já são seis horas
Eu sei…
Já são seis horas
Puxe a coberta e vem
Vem, meu amor
Puxe a coberta e vem”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

…Yo ya no quiero hablar con quién no tiene amor, pero con cierta gente, gente abierta, si me llama, voy …
 

 No errar siendo uno pesimista es relativamente sencillo. Casi todo lo que nos rodea es mendaz e impostado. A menudo coronado de hipocresia y o en su defecto de falsaria certeza. Autoinvestido de una superioridad moral que uno no acierta a ver. Hacerlo siendo uno optimista, empeñado en ver el lado bueno de las cosas es, en cambio, mucho más difícil por ser esa tarea ardua y rigurosa, que requiere disciplina y verdad. Por eso “Gente aberta” es un canto de lírica bonhomia. El fogonazo inicial que puede ser tenue y tembloroso o también excesivo e incontrolado. Un confesión al oido que con mucha fortuna nos conducirá a otra vida. Desde el mismo instante en que reconoces el susurro de “Groovin” (la acústica, los bongos y el piano conversando), soterrado todo ese mantra bajo la melodia, crees que las cosas, con una pizca de fortuna y empeño, pueden ser de otro modo. Acaso sea ese uno de sus efectos más evidentes, la esperanza que desprende. Mecerse en su vitalidad irreductible y en su alegria de vivir, mientras se deja uno acariciar por la curiosidad y la ilusión de lo que puede llegar a ser. Bailar al son de un vals sensual, modesto pero verdadero como a veces lo pueden llegar a ser tanto las flaquezas humanas como las cotidianas heroicidades. Porque al final de todo lo que es realmente importante son las personas y no las cosas, las personas sobre las cosas, las personas y nada más.

 

Anda uno divagando en silencio sobre ésto y aquello, ya se está apagando la primera cara, cuando de repente surge una nueva vuelta de tuerca, la enésima sorpresa. La exuberante redifinición del concepto de modernidad. Y lo que hasta ahora ha sido modernidad naturalista e íntima, mero reflejo de él y con él de su tiempo, se torna esta vez en espejo de su tiempo y por lo tanto de él mismo también.  Siendo parte y siendo un todo de algo que no puede ser de otra manera pero que tampoco podrá ser ya nunca igual.
 

El detonante es una canción de Jorge Ben compuesta en 1965. Puro rocanrol. Casi un conjuro en su forma inicial convertida ahora en un himno al bonvivantismo ilustrado, un himno revestido de hedonismo y repleto de combustible para la pista de baile. La receta parece sencilla aunque cocinarla en sus proporciones exactas resulte harto complicado; Tomen prestada la estructura del “Psyche rock” de Pierre Henry y un cierto aire a Jean Jacques Perrey. Incluyan las campanillas juguetonas, algunos de sus efectos. Súmenle un fuzz lascivo y una batería cuadriculada, casi primitiva. Reciten una letra de apariencia inofensiva y lígera pero de profunda carga generacional (la celebración del muchacho retornado hombre con un futuro por delante, aquel que sus padres no tuvieron) y cuéntese su historia de una manera casi tribal, como un mood de posesión vudú que combina lo profano y lo litúrgico. Conviértase finalmente ese latente lamento en celebración evidente, multitudinaria. ¿Ya?. Bien, ahora vayámonos todos a bailar. “Ahora ya nadie llora más”. Un trip perfecto tanto para el club sin prejuicios como para cualquier fiesta callejera. Una canción que transcurre entre la narcótica celebración del momento y la intención sincera de compartir lo intangible. Un himno que es deseo y alegría. “Agora ninguem chora mais”. Mejor así, ¿verdad?

 

… El mundo ya pecaba cuando ésto sucedió
Siglos pasaron y nadie se arrepintió
Fue Sodoma, fue Gomorra …
 
Un medio tiempo vestido de folk psicodélico. Flautas emulando la brisa que mece a la duda. En apariencia una historia bíblica que se cuestiona lo intangible, la mitología y la superstición. El interrogante surgido de la lógica que pretende lijar las sucesivas capas de superchería que oscurecen la historia. Champiñones, fuego y azufre. El tormento y el éxtasis frente a frente con la vida, gozosa o dolorosa, da igual. Vida en todo caso.

Siempre la esperanza, el afán por apurar el instante, la ingenuidad quizás en última instancia. Danzando al ritmo del sonido Motown. Holland-Dozier-Holland en la retina mientras suena un remedo libérrimo de “You keep me hangin’ on”. El júbilo y la rabia. No dar pábulo a los temores, sujetarlos, y sí, el optimismo de nuevo. Basta ya de quejas, de lloros, de autoconmiseración. Huyamos de sus lacras. Del buenismo, de la simpleza, de la hipocresia. Vivamos. Celebrémoslo.

... En un mundo desierto, de almas negras, yo me visto de blanco. Me inclino ante la vida, sentida, sufrida, que me dieron. En un mundo desierto, de almas negras. No niego la sonrisa pero veo un toldo que pretende quemar lo que queda de mi. Vivo en un mundo de almas negras …
 

 

 

… Se que mis brazos son como el trozo de una manta cuando te abrazo. Porque no te quiero santa, de ninguna manera, no tiene sentido. No te quiero como un retrato perdido en cualquier habitación, porque no te quiero santa. No te quiero presa de una imagen en procesión tomada por manos iluminadas que caminan en fila. No te quiero sumisa a las promesas ni a las masas y los viernes a la cama. Te quiero tal y como eres. Mi Hija, mi madre, mi hermana, mi amada. No te quiero santa, santa no te quiero … 

 

Dolorosos otras veces, porque la vida también lo es. Lenny Gordin y su guitarra, taladro sutil. Regis Moreira al piano, el más clásico de los modernos, el más moderno de los clásicos. Los arreglos de Rogerio Duprat. Funk mutante, coros que son puro nervio. Una cancion de Marcos Valle.

… Veintiséis años de vida normal, cinco leyendo el periódico
veintiséis años esperándote, cuatro viendo la televisión
Sé que hay muchas cosa que hice y no quise
Sé que hay muchas cosas que quise y no hice
Hoy leo en los titulares “Muere en vida leyendo el periódico”
Civilización de occidente, atención;
Voy a volver a la vida, quiero leer en el periódico
“Fue marginal veintiséis años …

 Existen discos estupendos, de valor incuestionable pero que una vez vistos -escuchados sería más apropiado-  ya te lo han dicho todo. Son discos, por decirlo de alguna manera, inmutables. Son, para uno al menos, discos finitos. Espléndidos, pero con fecha de caducidad. No enumeraré unos cuantos aquí por no molestar a nadie y porque nada importa en realidad. También existen otros, mucho más raros y escasos, que nos cuentan muchas cosas con las sucesivas escuchas. No tienen porque ser mejores, sino sucede que son otros, sin duda mucho más provechosos para nosotros. “Heliotropo”, “Death of a ladies man”, “Gino Paoli”, “L’homme a la tête de chou”, “Bambino”, “Oddesey and oracle”, “La voglia, la pazzia, l’incoscenza, l’allegria” o este “Carlos, Erasmo” son unos cuantos de ellos para quién suscribe. Discos que lejos de querer contarnos las grandezas o las miserias lo que hacen es contarnos la grandeza y la miseria de la normalidad. De una manera distinta cada vez. Son para uno discos poliédricos. Discos que resultan uno distinto tras cada audición y que por tanto son inacabables. 

 

Un single cada domingo (IV)…

 

“Nâo posso dizer adeus/ Nem sim nem nâo”. Eduardo Araújo/Chil Beberto. 7″ Odeon Brasil, 1968)
Eduardo Araujo fue una de las estrellas del show televisivo “O bom”, bautizado con ese nombre a raíz del éxito en 1967 con su canción del mismo título. Al año siguiente publicaría “Nâo posso dizer adeus”. En su cara B se escondía “Nem sim nem nâo”, una bomba de relojería desde su mismo inicio, con los gritos y gemidos lascivos, una batería atronadora y el espectacular fuzz motosierra que serviría como presentación en sociedad de “Mister Gordin” (Lanny Gordin, nacido Alexander, de padres judíos ruso/polacos emigrados a Israel y que, posteriormente, cuando él contaba con seis años, se asentaron definitivamente en Brasil). Fue Gordin un soberbio guitarrista de sesión, llamado el Jimi Hendrix brasileño y colaborador a partir de entonces de la mayoría de las estrellas del país (Gal Costa, Caetano Veloso, Gilberto Gil, etcétera) 
 
 En 1968, aunque muy joven, ya contaba con una sólida experiencia a sus espaldas: Integrado a principio de la década en los Playboys, fue posteriormente miembro de la explosión juvenil denominada la Jovem Guarda ( Wanderléa, Erasmo Carlos, Os Incríveis, Nalva Aguiar, Renato e ses blue caps, Ronnie Von, Jerry Adriani, Roberto Carlos…) detonada, como en tantos otros lugares, por la irrupción sísmica que fueron los Beatles. Integrante de los Fevers, casado con Silvinha, otra estrella juvenil, y con un disco de sicodelia soul estupendo ( “A onda é boogaloo” ) producido por Tim Maia, Eduardo Araújo era una estrella con todas las letras en Brasil. 
 

ORNELLA VANONI, VINICIUS DE MORAES, TOQUINHO "La voglia, la pazzia, l’inconscienza, l’allegria" (CGD, 1976)

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Hay discos que son para uno euforizantes infalibles. Acicate implacable contra la vesania y el desamparo, nos inducen tanto a celebrar la alegría y el hechizo seductor como a exacerbar la felicidad. Son discos en su esencia narcóticos –en su sentido más literal- pues son a la vez propensos o reacios, dependerá eso del momento en que nos acerquemos a ellos, a enmascarar o destapar la realidad. En cualquier caso, mucho más sublimes en su imperfección que otros  que se conforman en hacer impúdica y estética apología del sentimentalismo, pero que no serán nunca capaces de procurarnos la inhibición, la euforia, el estupor o la paz que ansiamos.
Son discos que si los utilizamos de manera inapropiada, pueden llegar a ser peligrosos. Nos pueden sumir en la depresión más profunda o enmascarar la realidad hasta hacernos creer que es posible la utopía de la felicidad absoluta. Como decía Leopardi nos embaucan con la idea de que la felicidad es perfección pero no nos advierten que lograr esta es el fin de la existencia.
 
 Finalmente hay otros, escasísimos, capaces de trasladarnos a todos esos estados independientemente de que estemos sumidos en ellos o no. Tienen la capacidad de transformarnos, dejando volar nuestra imaginación como parapeto ante el desastre. No necesitan de dosis, ni de modos de empleo, ni tampoco de consejos de profesionales para poder ser cada una de las cosas que necesitamos en el momento que las necesitamos. Son ésos, en mi opinión, los discos verdaderamente grandes, los imperecederos, modernos en su sencillez y clásicos en su hondura. Los discos que cobran vida propia al ser capaces de aglutinar los más variopintos estados del alma; Nos transportan a otros mundos y a otras vidas partiendo de nuestra propia vida, invitándonos a ponernos en el lugar del otro e imaginar. Y que lejos de fracasar en la habitual grandiosidad delirante y fatua a la que por su destino natural serían propensos, se detienen de manera tan queda como certera en los recovecos de cada uno de nosotros. Discos que, además, cuando nos devuelven a la tozuda realidad lo hacen dejándonos, si no intactos porque eso es ya imposible, acaso un poco mejores. Discos que nos hacen soñar. Discos que nos ayudan a conocer y conocernos.

 

 

  “La voglia, la pazzia, la inconscenza, l’allegria” es uno de estos discos. Abrazo fiero y reparador, con la corpórea facultad de permitirnos vislumbrar todos los estados del alma, los distintos peajes que tendremos que satisfacer pese incluso a nuestro deseo. Como un trasunto del bálsamo de Fierabrás, aunque con múltiples utilidades. Capaz de acompañarnos en la felicidad, de moderar la molesta melancolía y también de darnos cobijo cuando oteamos la derrota. Si ya es difícil conseguir uno solo de esos propósitos, no sabría como explicarles cuánto lo es el lograr, en su justa medida, el conjunto proporcionado de todos ellos.  

 

 

En 1976 Ornella Vanoni se encierra en los estudios de Fonit-Cetra en Roma con el poeta Vinicius de Moraes (voz), Toquinho (guitarra y voz), Fabio Azeitona (bajo) y Mutinho (batería), junto a una pequeña orquesta dirigida por GianFranco Lombardi, creando -y ésta es la palabra ajustada, exacta, literal- la simbiosis perfecta de dos, tal vez tres, mundos perfectos; El lirismo de la música italiana, su finezza y poesía, la inmediatez y vitalidad de la bossanova y la leve brisa, casi cinematográfica, provocada por la producción -y perfecta adaptación al italiano de la obra de Vinicius– de Sergio Bardotti, colaborador del gran Luis E. Bacalov.
 

  El disco tiene por hilo conductor la poesía de Vinicius de Moraes, ensamblada con melodías de los grandes nombres de la música brasileña (Antonio Carlos Jobim, Chico Buarque, Baden Powell) y el contrapunto de un joven guitarrista, Toquinho. Canciones en apariencia ligeras pero de una densidad indescriptible; Canciones que remiten las unas a las otras, yendo entrelazadas del mismo modo que la vida y los sentimientos van, y cuyo título describe perfectamente la espina dorsal de lo que allí se trata; “La voglia, la pazzia, l’inconscenza, l’allegria” (El deseo, la locura, la inconsciencia, la alegría). Todos los estados del amor, de la vida, mientras éste -y con él ésta- permanecen, son.

Presidiendo la voz excelsa y delicada de Ornella Vanoni, aquí limada hasta la perfección su dramatismo, en otras ocasiones un tanto exacerbado. A su lado -mejor, dentro de ella, con ella- la poesía de Vinicius de Moraes, uno de los ideólogos y motores centrales de la bossanova (junto a Antonio Carlos Jobim y Joao Gilberto). A la guitarra, tocada con un hálito de tenue magia, delicada y sutil, Antonio Bandeolli Pecci Filho o, lo que es lo mismo, Toquinho.

Y a partir de todo esto, tan mal explicado, el cielo.

 

LUIZ BONFA. Bossanova. (Verve, 1962)

 

  Luiz Bonfa es -pocas dudas me caben al respecto- uno de los pilares principales sobre la que se asentó el éxito y propagación de la bossanova a principio de los años sesenta. También sea probablemente uno de los más (sino él más) desconocido e infravalorado para el gran público de entre los, digamos, padres fundadores. Más allá del éxito de “Samba de Orfeu” o “Manha de carnaval”– ambas melodías infinitas e imperecederas por evocadoras, por perfectas en su sencillez, por poéticas en el mejor sentido del término- incluidas en la película “Orfeu negro” (Marcel Camus, 1959), muchas de sus canciones llegaron a trascender el momento para llegar a formar parte del acervo popular de todos y cada uno de nosotros, pese a que en muchos casos ignoremos su autoría.
 
 Junto a Joao Gilberto y Antonio Carlos Jobim, conformó algo así como la santísima trinidad musical de la bossanova o estilo nuevo (un Laid back sensual y liviano, lamento o celebración, triste unas veces, melancólico otras, que surgió de cierta codificación de la samba callejera, del apego por el jazz y un profundo conocimiento del folklore popular).  
 
Bonfa era un guitarrista versátil y relajado, lírico e imaginativo.Parecía que su instrumento hablaba más que sonaba. En 1962 Creed Taylor (capo omnipotente del sello Verve, posteriormente dueño también de CTI, donde arrastraría a parte de la pléyade más sofisticada y natural del sello) decide encerrarlo en unos estudios de Nueva York para registrar lo que iba a ser el disco de su presentación oficial ante la sociedad americana.
 
 

 

 
 
 
Con una banda de ensueño que acompañaba y vestía a sus canciones (Oscar Castro Neves al órgano, su hermano Iko al bajo, Roberto Pontes Dias a la batería, Leo Wright a la flauta, Henry Percy Wilcox a la guitarra eléctrica, Lalo Schifrin al piano y los arreglos, más María Toledo a los coros) que evitaba exhibiciones, egocentrismos o cualquier detalle sobrante, su música y su guitarra evocadora ocupaba siempre un lugar preponderante pero no invasivo. Cadencia y caricia, una voz baja hablando alto, mientras la vida, cualquier vida, transcurría. El resultado sería “Composer of Black Orpheus plays and sings Bossanova” registrado en tan sólo en dos días, el 30 y 31 de diciembre de 1962. 
 
Bonfa ya había visitado los Estados Unidos a finales de los cincuenta realizando unos cuantos conciertos. Allí había explorado el jazz de primera mano, conocido a muchos de sus músicos y se había impregnado de su toque distinguido y su aura de elegante modernidad, mezclando la carnal sensualidad con la desnudez sentimental, como el poeta del pueblo que fue. A principios de los sesenta también compuso alguna bandas sonoras en los USA (“The gentle rain”) al calor del éxito de Orfeu negro. Venía pues ya con una sólida carrera a sus espaldas, no era ningún advenedizo. Había hecho sus pinitos vocales en Brasil, a finales de los cuarenta, como miembro del cuarteto Quitandinha Serenaders. Pero donde realmente se mostraba un titán era componiendo. Sagaz para captar el instante y elegante en su resolución, sus composiciones alcanzaban ya casi la cifra del centenar. Durante dicho trayecto formativo, configurando su estilo, conoce a Jobim, Vinicius, Gilberto… el caudaloso mar. Encontrará en ellos, aparte de amistad y complicidad, a socios tanto en lo musical como en lo vital, camaradas en la cración de una mirada propia, en una forma de aproximarse al arte y a la vida. 
 
Como bien dice el título, Luiz Bonfa canta. ¡Y cómo canta!. Huye de arrebatos -algo que en él hemos de consentir que nos parecería de todo punto imposible- se refugia en lo íntimo partiendo de lo pequeño. Una filosofía simple; Partir del detalle para llegar al todo. Instantáneamente nos remite a Joao Gilberto -y no es ese mal compañero, no señor, el mejor probablemente- por su insinuante sutileza, por su calidez cercana, por la precisión sensitiva. Una manera de cantar muy a menudo subestimada, para algunos hierática, monocorde, para quién suscribe serena y atractiva, discreta y próxima, pura. Un modo de contarnos las cosas genéricas partiendo de lo particular. Un forma de estar ante la vida, en definitiva, ajeno al cliché y evitando en todo momento embadurnar al oyente en esa costra viscosa propia de lo acaramelado y de lo excesivo, siendo también, sin embargo, esbozo sentimental certero y clarividente, exacto
 
Durante toda la primera cara de este Lp ejercita esa virtud callada que prácticamente nunca más repetirá salvo en casos muy esporádicos, cantar. Seis canciones delicadas, de insultante fragilidad ( “Silencio de amor”, “Samba de duas notas”, “Vem so”, “Tristeza”, “Sambalamento”, “Manha de carnaval”) más otras dos en la cara B (“Bossanova cha cha” y “Domingo a noite“) en las que brilla -una brillantez difuminada, apenas iluminada por la llama de una vela- acompañado de la voz de María Toledo, ahora mismo lo más parecido a un ángel que pueda recordar.
 
 

ASTRUD GILBERTO. "Acercándome a ti" (CTI/Acción, 1972)

 
 
Tu mirada, el estilo de tu figura, el encanto de tu soltura, 
acercándome a ti.
Tus caricias entre miles de sensaciones que producen tus emociones, 
acercándome a ti.
Tus palabras y las voces de tu sonido se apoderan de mis sentidos, 
acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti.
 
Y tu risa, la impaciencia que hay en tu risa, argumento de tu sonrisa, 
acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti.
 
Cuando estoy contigo ya no sé decir no.
 
Tus secretos,  las ideas que hay en tu mente, y tus labios bebiendo fuentes.
Acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti.
 
Tu cariño atraído por mi inocencia debilita mi resistencia.
Acercándome a ti.
Hacia ti, junto a ti, para ti
 
Yo ya no sé, ya no sé decir no.
 
   
 
 
  Una de mis canciones ancla, una de esas que no se agotan jamás. Y en sus dos versiones por su intérprete original, Astrud Gilberto. Aunque ambas versiones soberbias, de enorme pulsión romántica, para mi discutible gusto es más elegantemente tétrica, más inquietante y evocadora -más redonda en una palabra- la producción de “Acercándome a ti” que la de “Argomenti”. Su fuzz soterrado, apenas dibujado. Los elegantes y tenues arreglos de cuerda y su clavecín proto gótico que la envuelven me parecen detalles idóneos para la extraña, apenas imaginada historia -mitad amour fou, mitad cuento de pigmalion- que se nos narra; Una breve e irremisible fábula sobre la seducción de perturbador final  en medio de un polar de serie B.
 
 La versión en italiano, la citada “Argomenti” se me antoja más ligera, un pelín menos oscura. El citado fuzz tan solo aparece al principio, desdibujándose el crescendo final que si existe en la versión española. También la voz me suena un poco más nasal y afectada, menos sinuosa. En cualquier caso pecata minuta, ambas son espléndidas.
 
 “En tu piel / Una dona che te ama”, las respectivas caras B, también son la misma canción, con distinto título, cada uno en su idioma. Y sigue ganando, en mi opinión, la versión en castellano. Solamente por la frase inicial –“Tú no sabes dónde estoy, si soy feliz, si me olvidé. Yo me guardo para tí, no me entregué, no me vendí”– ya merece que quede para siempre en nuestra memoria como síntesis fidedigna de una historia que nos atrapa. 
 
 La música, casi nada, de Ennio Morricone. Letra en italiano de Franco Evangelisti. De Don Manuel Diaz en castellano. Sitas ambas en la película “La Casse” (Henri Verneuil, 1971), justo después de rodar “El clan de los sicilianos”. Con Omar Shariff, Jean Paul Belmondo, Robert Hossein, Dyan Cannon y Nicole Calfan. ¿Algunos de sus títulos?; “El Furor de la codicia” aquí en España, “Gli scassinatori” en Italia, “The Burglars” en tierra infiel.
 
 Originalmente publicada en nuestro país solo en single, seríá incluida como añadido a la reedición hecha por Wah Wah, a finales del siglo pasado, del delicioso Lp de Astrud Gilberto titulado “Astrud Gilberto con Turrentine”.
 
 Y sí, es cierto, no me la puedo quitar de la cabeza desde la primera vez que la escuché.

 

 
 

PLAYLIST. "El dorado"

Otra broma más. Sudamérica y la psicodelia, el beat, el popsike, el freakbeat. Argentina y Brasil en su gran mayoría, pero también Paraguay, Colombia, Méjico y Uruguay. Sesenta y cinco minutos de enajenación psicodélica. A volar!

WILSON SIMONAL Vestido azul

Vesti azul 



  Wilson Simonal fue mundialmente famoso por su interpretación del “Nem Vem que nao tem” de Carlos Imperial. Vacilona y descarada, norma habitual en la casa, la canción viajó a Europa donde fue exitosamente recreada por Brigitte Bardot y Zanini en Francia, –“Tu veux ou te veux pas”-, Georgie Dann en España – “Quieres o no quieres”– e incluso por el mismo Simonal en italiano.

 Pero la que nos ocupa y tengo el gusto de presentarles es otra; “Vesti azul” compuesta por Nonato Buzar y Carlos Imperial . Algunos la sonará por la estupenda versión de Shelly y Nueva generación y otros además, como yo, la tendrán controlada en el Lp de Wilson Simonal para Odeon en 1967 “Alegria, alegria!!!”. 

 Pues bien. Repasando el otro día mi, desgraciadamente escueto, cajón de singles brasileños, vi que tenía un puñadito de sencillos de nuestro hombre y decidí oírlos una vez más. Son copias, en su gran mayoría, de edición francesa. Fue sonar las primeras notas y dar un respingo. Los franceses, tan suyos ellos, lo habían editado con otro título -“Carango”-  pero era la misma versión. O, más probablemente, fuese un error de impresión, ya que, al contrastarlo con algún dealer frances que conocía, en sus copias no era así. Uno, con especial querencia por los siete pulgadas, no podía más que agradecérselo.

  Si.”Vesti azul” en single y con portada.
  ¿Alguien da más?

ROBERTO CARLOS. LA JOVEM GUARDA (1)

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Leí, no recuerdo dónde, que la perfección está al alcance de todo el mundo pero no siempre a la vista de cualquiera. Un poco eso es lo que ocurre con Roberto Carlos. Lejos de discutir -al no ser éste el momento ni el lugar- su etapa más conocida aquí y por otra parte muy celebrada por quién esto suscribe, me apetece dedicar unas pocas lineas -que en absoluto le hacen justicia- al periodo vinculado con la jovem guarda.

La Jovem Guarda fue EL programa musical de la televisión brasileña. La carta de naturaleza fundacional del país, tras los Estados Unidos, mas rico, plural y prolífico en lo musical. Batió records de audiencia desde su inicio y se convirtió en fábrica y vivero de innumerables artistas (Caetano Veloso, Os mutantes, Erasmo Carlos, Wanderleia, Os Jovens, Ronnie Von, etcétera) que mezclaban, experimentaban y creaban, partiendo de la tradición. Utilizando la vanguardia musical hasta conseguir algo personalísimo y único. No era ni Rock, ni bossa, ni jazz, ni sicodelia, ni beat, ni samba… siendo todo eso y más.

Roberto Carlos fue lo que se dice precoz. Comenzó a los seis años imitando a Joao Gilberto por los clubs nocturnos de Sao Paulo y Rio, y fue descubierto por Carlos Imperial. Más tarde formó parte de los Sputniks y ya devino estrella en 1964 con el lp “E prohibido fumar”. 

Este Lp, “sin título” o “Roberto Carlos” como prefieran, fue publicado en España en 1970 -aunque realmente sea de 1966- a rebufo del incipiente éxito que ya comenzaba a tomar forma. Un disco con retazos de todo lo expuesto, sin una sola pieza que no sea perfecta y una voz, la suya, que podía ser casi todo lo que se propusiese; confesional y queda, rugosa y seca, melódicamente lastimosa, casi suplicante y que, aunque inevitablemente hoy asociemos con otros proyectos, fue, parafraseando a Berry Gordy, “O som do jovem Brasil”.

 

 

La versión original de la soberbia “No eres para mi” de Los Shains