CHET BAKER Pan, champagne y mantequilla

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“… Su caso es el drama del hombre moderno. El de alguien que en lo suyo es maravilloso, sublime, pero que al volver a la tierra son débiles, pobres y vulnerables como niños. Pueden cruzar el Atlántico pero en cambio no pueden atravesar por si sólos los Campos Elíseos. Ese es su caso…”

Octave/Jean Renoir en “La regla del juego”

Traído, como casi todo lo que suele pasearse por aquí, un tanto por los pelos, el caso de Chet Baker es muy similar en el fondo a la descripción que hace Octave, el personaje que encarna el mismo Jean Renoir, del aviador André Jurieux en esa cima, fresco de la vida y de la condición humana, que es “La règle du jeu”  (1939).  Se podría aplicar, tal vez  -y esto se me antoja todavía más cogido con pinzas- con el caso de Leopoldo María Panero, tan dotado para el estallido de talento, para el íntimo lirismo y la furia desesperada como capaz de cualquier bajeza en pos de su meta, no otra cosa que transustanciar su obra con su vida. Y eso acaso inicialmente, ya que una vez sucedida la mutación definitiva, sería más un mecanismo automático propio de los dotados por los Dioses que un objetivo per se, algo tan genético y natural como deglutir o defecar. Una odisea en todo caso; La historia habitual del talento soberbio circunscrito por muchos de su exégetas a lo circunstancial; las adicciones opiáceas o alcoholicas, los desarreglos mentales, lo que fuese. En cualquier caso, concedámoslo, asuntos a menudo entrelazados de manera tan imposible de desligar que el maniqueísmo es prácticamente imposible de evitar. Sea por llevar el uno al otro, sea, quién sabe, por ser apósito y ungüento para el dolor causado por la creación. Y pese a todo, se halla uno incapacitado para señalar cual sería la causa y cual el efecto.

Chet Baker era, en los años cincuenta, lo que en boxeo se ha llamado siempre la gran esperanza blanca. En lo físico era hermosísimo, de facciones cinceladas por el mejor de los escultores griegos. Digamos que era un James Dean antes de que éste ocupase su podio en el acervo mitómano. Pero siendo esto significativo lo realmente impactante, mollar e inolvidable era su facilidad, su elegancia y su clase para transportarnos al limbo musical, a un estrato superior. Sutil y arrebatado, de una facilidad melódica asombrosa y poseedor de ese toque tan escaso que consiste en hacer más con menos. La rara cualidad de ir al meollo, sin ningún rodeo, y de, a partir de unas pocas notas, colorear de un modo único el alma y la mente. Unas veces Caravaggio, otras veces Rafael, pasaba de la placidez a la tormenta en un segundo sin por ello dejar de abrazar nuestra alma con un manto extático, carnal y místico a la vez. Aunque -eso lo sabríamos después- fuese un hijo de mala madre y ese tránsito solo sucediese en su música, por estar su vida dedicada a un inexorable descenso a los infiernos. Todo en el parecía perfecto. No sabía leer música y tampoco parecía que lo necesitase; la llevaba dentro, manaba de él. Respiraba música, vivía música, era música.

Tengo un libro por casa que no logro encontrar -tal vez lo haya prestado- titulado “Deep in a dream; la larga noche de Chet Baker”. Su autor es James Gavin. Está publicado en España por  Mondadori, en el 2004. Desconozco si existe reedición. Lo recomiendo encarecidamente. Es uno de los libros más hermosos y mas dolorosos que he leído nunca. Da un tanto igual que te interese o no Chet Baker. También es -por panorámico y nada mitómano, aunque muy consciente del genio y la miseria del biografiado- muy similar a otro, escrito por Jose Ángel Balsa, sobre Brian Wilson, llamado “Bendita locura”. Lejos de hacer apología de la persona a partir de su música intenta dibujar el retrato tal y como fue; Su mujer, sus hijos, sus amantes, sus amigos… en todos dejará rastro y cicatrices, por lo general más dolorosas que las meramente físicas. Es retrato preciso de los dos extremos más distantes de la condición humana, sin escatimar los hechos ni obviar la leyenda. Es algo que se suele dar en los dos lados de la memoria; los palmeros tienden a ensalzar lo bueno, mitificándolo y escamoteando las miserías, mientras que los críticos amarillistas son propensos a oscurecer todo el arte con las bajezas indiscutublemente asomadas. Gavin, como lo hace Balsa, es consciente de esa extraña dicotomía. La que acostumbra a disociar la obra de la vida y que no enmascara las puñaladas para celebrar el milagro. Sabeedor que es habitual en tan atormentados personajes recorrer caminos separados, sin por ello tampoco ser cínico ni cruel. Simplemente intentando ser veraz.

Desde sus inicios en los clubs de jazz de California, sus primeros escarceos con las drogas, su fulgurante subida al estrellato con el cuarteto de Gerry Mulligan, su contrato con Prestige records, el inmediato enamoramiento que cualquiera que le escuchase sufría con su manera de entender y ser música (Charlie Bird, Dizzy Gillespie, Art Pepper, el mismísimo Miles Davis), su sociedad con el pianista Russ Freeman hasta su nunca aclarada muerte (¿Ajuste de cuentas?, ¿Suicidio?, ¿Accidente?), pasando por su exilio en Europa forzado por las causas pendientes con la justicia. Sumémosle a todo eso las devociones inexplicables, su hieratismo ante el destino y el saberse conminado a una sóla cosa; Consumir. En cambio, aparcada en una esquina, la música, su sorprendente -por mínima y evocadora- voz, su capacidad para en una misma nota describir el desvalimiento y la soledad, el lirismo y la vana ilusión, el fulgor del enamoramiento y la aceptación del destino.

Mi primer contacto con Chet Baker fue a finales de los ochenta. Cayó en mis manos un disco titulado  “Chet Baker sings and plays from the film Let’s get lost”. Era 1989 o 1990. Yo tenía entonces veintipocos años, y aunque ya estaba constituyéndose todo aquello en lo que acabaría por convertirme, cierta atracción por el lado salvaje, la mitomania y lo diferente emanaba hipnóticamente de ese rostro ajado, surcado por mil arrugas, casi un lince momificado. Era algo de lo que, lo prometo, no se podía escapar a los veintipico años. Tener en frente de uno al prototipo del imaginario loser, refulgiendo cual leyenda del rock and roll era pura adicción. Aunque fuese jazz. Fuese lo que fuese, daba igual. Era inevitable. Se puede decir que caí ahí buscando quién sabe qué, otra cosa creo, quizá a mi mismo. Ni lo recuerdo ni creo que tenga mayor importancia. Mi amigo Ángel, con más vida y mucha más sabiduría que yo, me habló de él y de su devenir. Sabiamente me dejó caer que no me perdiese en los juegos de artificio, que sí, que los disfrutase y pasase después a lo sustancial. Me enseñó a discernir que más allá de esa historia tan devastadora, la música que allí habitaba era naturalista, nada perdedora ni tampoco exhibicionista; simplemente el vestigio de un hombre, o lo que quedaba de él, mostrándose tal y como él creía que era, pese a que cualquiera que se hubiese cruzado en su vida hubiera jurado y perjurado que era otra persona distinta. El disco, lo supe después, era la banda sonora de una película documental del fotógrafo Bruce Webber acerca de su obra, un poco en la senda de la biografía arriba mencionada. En absoluto hacía apología de la persona (porque, salvo ser uno un idiota, nada en ella era reivindicable) sino que simplemente la retrataba. Le mostraba, junto con al inevitable encantamiento estético, maravillado. Con alma y curiosidad. Con extrañeza y también seducido. Maravillado y sorprendido por como de la misería moral y física más arrastrada podía surgir lo más parecido a un ángel. De como su música semejaba al paraiso tal y como alguno lo entendemos.

No voy a sostener, ni mucho menos, que sea su mejor disco. No soy tan atrevido. “Chet Baker sings”, “Baker’s Holiday”, “It could happen to you”, “The touch of your lips”, “Stan meets Chet”, “Chet”… tantos y tantos, cada uno tendrá su preferido. El mío, cuando tenía veinte pocos años era “Chet Baker sings and plays from the film Let’s get lost”. Y ¿Saben una cosa?. A día de hoy, casi treinta años después, todavía lo sigue siendo.

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“…La primera vez que escuché la música de Chet Baker fue en unas grabaciones de los años cincuenta, en la época que yo comenzaba a tocar jazz. Quedé inmediatamente subyugado por su calidez, su lirismo y su delicado sentido melódico.

Su estilo era considerado emblema de la cool school, un lugar compartido con Miles Davis. De hecho Chet estaba entonces considerado como una viable amenaza al trono de Miles Davis.

Por entonces yo tenía afinidad hacia el jazz de la Costa Este. Su música era visceral, más osada y más negra en su aspecto rítmico que la de la costa oeste. Chet provenía de la costa oeste y aunque tocaba de esa manera, al estilo californiano, con un lígero ritmo oscilante, era uno de los pocos músicos de jazz de por allí que lo hacía con una fuerza sutil pareja al vigor crudo que emanaba del jazz de la Costa Este. Las notas que elegía y tocaba tenían una increíble profundidad que me atraía.

Pero Chet no sólo tocaba sino que también cantaba. Había grabado unos cuantos discos cantando, el mejor, en mi opinión, “Chet Baker sings”. Solía cantar baladas románticas con su suave y humeante voz. Mucha gente estaría de acuerdo en que esas canciones han ocupado un lugar importante es su vida amorosa.

No fue hasta que hice la banda sonora de “Round midnight” cuando tuve la oportunidad de tocar con Chet Baker, para la que se le pidió que tocase y cantase una canción. Su interpretación vocal fue exactamente lo que necesitábamos y su solo de trompeta fue brillante.

Había olvidado que Chet no leía partituras. Todavía recuerdo la frescura de su primera toma. Siguió los acordes como si los conociese de toda la vida. La notas parecían balizas conectando los acordes. Su intuición era inmaculada, sus elecciones eran perfectas.

Fue entonces cuando descubrí la verdadera grandeza de Chet Baker. Siempre recordaré su corazón y su alma volcado entre esas notas tan bien elegidas, y la placidez que sentí en cuanto le escuché tocarlas, en lo que iba a ser también mi última vez.

Ya en el ocaso de su carrera, Chet Baker de nuevo había establecido con firmeza su lugar en la historia del jazz…”

Herbie Hancok