CINERAMA. Hollywood gets the micro. (Parte 1ª)

“From far beyond the galaxies i’ve journey to this place to study the behavoiur patterns of the human race… and i find them highly illogical”

¿No les ha ocurrido nunca que al leer o escuchar algo con lo que estaban bastante de acuerdo en un principio han acabado pensando –“Sí, pero no”- debido en gran parte a la manera en que estaba expuesto?.  ¿O que ideas, opiniones, formas de conducirse en la vida que en principio comparten, al ser así desarrolladas y expresadas les haya hecho decirse a si mismos –“Así no”-?.

Pues algo similar, aunque a la inversa, me ocurre a mi con los actores cantantes. Admitiré de entrada que son una más de mis parafilias musicales. Y aunque hoy un tanto dejada de lado, una de las que ejercí y sigo ejerciendo con delectación y esmero. E igualmente, si quiero ser honesto, tendré que reconocer en esta ocasión aquello de “No, pero sí”.

Hay algo en estos desmembrados y desoladores ejercicios que me inducen irremisiblemente hacia ellos. Un poco a la manera de la tripulación de Ulises con las sirenas mitológicas. Y como no es asunto de taponar sus oídos con cera, ni tampoco que me aten a un mástil, permítanme que les presente unos cuanto ejemplos. Tal vez no siempre de cantos melodiosos o seductores aunque si desgarradores (por el dolor digo). Posiblemente tampoco colmados de bellas promesas aunque plagados de buenas intenciones.

Vayamos al asunto. Reconozco de entrada que es un mundo al que se accede voluntario o no vale siquiera la pena husmear en él. También que una vez dentro algunos sentirán ligeras arcadas. Tal vez nauseas y mareos. Probablemente un malestar general. Estamos hablando, claro, de los más timoratos y aprensivos. Como a los que suelen tener el detalle de leerme aquí en mi bitácora ya les supongo familiarizados con mis taras, les tengo por seres de estomago fuerte, además de curiosos impenitentes. Y por tanto ya sabrán desde hace tiempo que las flores más bellas brotan del estiércol, si pueden adaptarse a éste y sobrevivir a las inclemencias del tiempo.


Así que de eso se trata; Estrellas, estrellitas y estrellones que, aoparte de tener la categoría de astros también concitan (casi) todo lo necesario para haberse estrellado en algún momento de su disoluta vida. Afortunados que, vayan ustedes a saber por qué,  se afanan en destruir su buen nombre (caso de tenerlo) o en prolongar su decrepitud. Personajes que suelen provocar ternura, debido principalmente a que en la inmensa mayoría de los casos no solo es que sean ajenos al ridículo que producen sino que se diría que creen estar dejando algo para la posteridad. Y aunque así lo hagan, no me parece eso algo precisamente de lo que sentirse orgulloso. Ejercicios de desvergüenza desmedida en el más cínico de los casos, o de falta de ella en aquellos donde campa la ingenuidad. En otros y contados casos mera diversión y afán de trascendencia en un arte que entonces se tenía – y tenían- por mayor.

Villanos románticos (el Raza de “Los profesionales”, un Jack Palance cualquiera) practicando musculosos episodios de swamp rock a-la Tony Joe White en un disco por lo general plagado de country afónico. Galanes en el armario, un tanto ya de capa caída (el Rock Hudson más ajado, el de “Los casos de Rockford”) intentando destrozar- y con bastante acierto- el cancionero de Rod McKuen y el “A man alone” de Sinatra, todo en el mismo intento, o de presentarnos, con cuarenta años de adelanto, el tema central de “Brokeback mountain”. Uno de los emblemas de la rotundidad y la presencia física en el cine clásico (Un salvaje Robert Mitchum en plena fase marijuana) destrozando el recién descubierto Calypso sin ningún tipo de pudor o decoro, poseído por sus adicciones y seducido por sus querencias.
JACK PALANCE Black Jack country chain



Impostores de Sunset Boulevard engullidos por el star system. Extranjeros en el país de los extraños, ansiosos de formar parte de los nuevos tiempos. Y aunque dispersos -cuando no diletantes-, eran capaces de olisquear que algo se estaba fraguando, ardiendo en deseos de formar parte del nuevo mundo, de dejar su fútil impronta, al advertir que se les escapaba de entre las manos.
 Podían ser tanto iluminados por el influjo de la liturgia hippie (Richard Harris) en una mezcla imposible -y que sin embargo funcionaba- con el cancionero de Jimmy Webb, como Adonis deslumbrados por “Blow-up” (David Hemmings) e imbuidos del espíritu Dylan, haciéndose acompañar por The Byrds.  También veteranos ya de vuelta como Rex Harrison acomodando su alcoholismo de Sir y dicción impecable pure british al libreto y cancionero de Bacharach/David





 Abundaban tanto las estrellas emergentes, todavía bajo los efectos del trip Kubrick y el terror gótico de Preminger y Bunny Lake (Keir Dullea), como los niños prodigio convertidos antes de tiempo en adultos (Goldie Hawn o Kurt Russell). Otros, melifluos wannabees semiadolescentes (Michael York con el exotismo hindú de Ustad Vilayat Khan) ebrios de aroma a incienso y olor a pachouli, divagaban mecidos por las ragas de tabla y sitar, banda sonora de la nueva mística imperante. Del mismo modo, pseudo lolitas francesas iniciando su hermosísima decrepitud se dedicaban al proselitismo de Baudelaire acompañadas del pertinente instrumento a-la-page (Yvette Mimieux y Ali Akbar Khan en “The flowers of evil”).


Como verán, todo de lo más normal.

Algunos capítulos intermitentes del mejor cine dejaban espacio a los experimentos, algunos de ellos en verdad intrigantes; Mia Farrow en “Rosemary’s baby” acunando a la bestia salida de su vientre tras fructificar el satánico pacto o Mary Badham y su “Wish me a rainbow” (para siempre la hija de Atticus Finch) en “This property is condemned”. Otros, extravagantes o aberrantes, a menudo ambas cosas a la vez, se ejecutaban sin reparo ni recato. Cybil Shepherd -cuando su liason con Peter Bogdanovich– dedicando un Lp entero al cancionero de Cole Porter con desiguales resultados; Unas veces malos y otras aún peores.


KEIR DULLEA Love is on the mountain
YVETTE MIMIEUX and ALI AKBHAR KHAN A passer by


GOLDIE HAWN The house song

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Y entre tanto sujeto demenciado ¿Quedaba alguno capaz de sujetarse?. Pues pocos, la verdad. Y me temo que el que así actuaba era casi más por falta de arrestos u oportunidad que por dominar la impostura o embridar el ridículo. ¿Que tipo de dieta llevarían aquellas gentes?. Sofia Loren, Peter Sellers, Sal Mineo, Jack Lemmon, Yul Brynner, Anthony Quinn, Sean Connery, Shirley McLaine, Lorne Greene, Clint Eastwood, Anthony Perkins, Yvone de Carlo, Basil Rathbone y un larguísimo etcétera, empeñados en construir el planeta Mundo atónito, sin importarles, ni pararse a considerar siquiera, el tamaño de su desfachatez. Convencidos de vivir un época donde la impostura todavía se contemplaba como ejemplo de libertad, con un afán por experimentar, de tan impúdico y temerario, generador de ternura. 

TELLY SAVALAS You’ve lost that lovin’ feeling
TELLY SAVALAS Without her 

Una debilidad personal. Ya hable de él y su obra magna aquí. Huelgan los comentarios.

PETER WYNGARDE Rape

El protagonista de “Department S” y “Jason King” en una oda a la violación por la que hoy sería sin duda procesado. Curiosamente, aunque a principios de los setenta humedeció las bragas de millones de muchachas (especialmente en Australia y UK) lo que en verdad le molaba era morder almohadas mientras le soplaban en la nuca. Nadie es perfecto.

WILLIAM SHATNER Insensatez
WILLIAM SHATNER Mr. Tambourine man

Algo indescriptible. Tal vez el paradigma del binomio atracción-repulsión, la apoteosis del vértigo. Asusta mirar pero no puedes evitarlo. Tanto lo de arriba como lo de abajo. Magia negra. O lo que diablos sea.


LEONARD NIMOY Highly illogical

En televisión o en la gran pantalla. Con Patrick McNee en “Los vengadores” o en solitario. Maullando o versioneando a Gainsbourg. Una dama complicada. Que se lo digan a Sean Connery en “Goldfinger”. Quién, por otra parte, perpetró un elegante homenaje de spoken words a los Beatles en el disco -o lo que fuese aquello- de George Martin.

SEAN CONNERY In my life

HONOR BLACKMAN and PATRICK McNEE Let’s keep it friendly

HONOR BLACKMAN Men will deceive me

Delicioso dabadabada con reminiscencias lascivas la primera canción. Ahhh, Sofía. Diosa.

SOFIA LOREN and PETER SELLERS Zoo be zoo be zoo



PETER SELLERS Gefrunk

O en un documental sobre la maravillosa Roma. Musicado por John Barry y recitado por la Diosa. El Coliseo es tremendo, toda Roma lo es, ahora bien, llevar de guia a la Loren ya tiene que ser como tocar el cielo con los dedos…

SOFIA LOREN Secrets of Rome

También al otro lado del atlántico, los franceses, tan suyos pero tan receptivos a la hora de mimetizar los highlights de la cultura americana, hicieron suya la propuesta. He aquí unos cuantos ejemplos.

JEANNE MOREAU Jamais je ne t’ai dit que je t’aimerai toujours

Una cínica oda al desamor. A reivindicar también sus duetos con Marguerite Duras.

ALAIN DELON Laetitia

Alain “El bello”. Con un poco de whistling melodies.

JEAN GABIN Maintenant je sais

El patrón del “Polar”. La sabiduría que dan los años. Bonita canción.


ANNA KARINA Roller girl

Un llenapistas a cargo de la ex mujer de Godard. Con Gainsbourg manejando los hilos.

BRIGITTE BARDOT Contact

Sitar psicodélico en un fantástico siete pulgadas con el “Harley davidson” Gainsbourgiano por la otra cara. Tremendo.

BRIGITTE BARDOT Hippies


Con Sacha Distel, en un especial para la televisión canadiense, haciendo apología de la nueva raza.


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Unos cuantos “Clásicos” para desempalagar;

Jerry/Daphne haciendo sus pinitos como pianista y cantante, feliz en su vida con Osgood Fielding III.
 
JACK LEMMON A kiss that rocked the world

Mucho antes de encontrarse con un puñal en el pecho en medio de un oscuro callejón, de cuando el hechizo Jimmy Dean. Poor boy…
 
SAL MINEO Not tomorrow but tonight

 Papá Ben Cartwright. Ponderosa paradise.

LORNE GREENE An ol’ tin cup


El primer Joker, la cuadrilla de los Once, Veracruz, Donovan’s reef, Skidoo… 

CÉSAR ROMERO Brazil



Otra historia, tal vez menos lustrosa pero en absoluto menos abacadabrante, sería la perpetrada en nuestro país. Fernando Fernán Gómez, Manuel Galiana, Andres Pajares, Sancho Gracia, Paco Rabal, Tony Leblanc, Silvia Tortosa, Laurita Valenzuela, Los Hippyloyas (Gómez Bur / Tony Leblanc / Alfredo Landa / Conchita Velasco) y otros que tal vez merezcan una entrada propia. En cualquier caso para más adelante. Para cuando ya no pueda dominar la furia. 

De muestra un par de ejemplos. Palabras mayores.

LOS HIPPYLOYAS Love, love, love
LOS HIPPYLOYAS Los negros con las suecas
LOS HIPPYLOYAS Ama y odia


FERNANDO FERNÁN GÓMEZ Aún vivo para el amor


Bueno, ya basta por hoy. Espero sepan perdonármelo. No les merezco…
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SESIÓN DE TARDE. "Il sorpasso" (Dino Risi, 1962)

 La otra noche volvimos a ver y a disfrutar enormemente la película “Il sorpasso” (“La escapada”) de Dino Risi. Uno, durante años dedicado en aprender cosas inútiles, la recordaba de otra manera. Algo sin duda debido a la visión rápida e inatenta que se suele dedicar a las cosas cuando se tiene poco más de veinte años. Entiéndanme, no estoy diciendo que haya conseguido eliminar ese barniz de superficialidad que para siempre irá conmigo. Más bien que la vida y sus avatares han conseguido dejar algunos poros abiertos en esa madera ya gastada por donde permitir entrar, en pocos pero lúcidos momentos, una verdad resplandeciente aunque fugaz.

 
  Para mi señora e hijo, según pude comprobar, resultó ser todo un descubrimiento. Habituado a que me den cien vueltas en casi todo (especialmente ella, lo de él es mera cuestión de tiempo) me sentí dichoso y halagado, algo así como el anfitrión que ofrece digna mesa y mantel, compañía sincera y conversación amena. Y claro, tras digerirla un tiempo, hablamos de ella en los días sucesivos. 
 
La trama es, más o menos,  la siguiente; Bruno (Vittorio Gassman), vividor, vitalista, sinvergüenza y embaucador, detiene su Lancia Aurelia Sport en pleno ferragosto romano, a las puertas de la casa de Roberto (Jean Louis Trintignant) joven estudiante, apocado, introvertido e ingenuo, que está preparando su examen de derecho romano para septiembre. La ciudad se halla desierta en pleno puente de agosto y Bruno necesita hacer una llamada telefónica. Desde ese mismo instante en que se autoinvita a subir al apartamento de Roberto le arrastrará a una aventura de dos días de duración, en la que los papeles de ambos, si no llegan del todo a intercambiarse, si irán tomando algo del otro, convirtiéndose en un viaje casi iniciático de sorprendente desenlace.
 
Crónica agridulce de tiempos de cambio. De cambios supersónicos para ser exactos, donde los extremos de éstos forman sociedad imposible. Por un lado celebración del crecimiento económico y por otro la forzada imposición,  más que el triunfo natural, de la modernidad y las lacras que ésta conlleva; ciudades desiertas y éxodo vacacional por decreto. El ocio instaurado como un ídolo al que adorar, obligación del placer antes que disfrute. El cambio en las relaciones personales, el automóvil como símbolo de estatus y visibilidad social. Fresco de una nueva sociedad que necesita olvidar y que no piensa detenerse ni un solo instante en lamentar, ni tan siquiera recordar, un pasado duro, hostil, cuando no funesto, donde la miseria y las penurias campaban a sus anchas. Sin adivinar, en cambio, que otras igual de duras iban a aparecer para quedarse.
Asistimos un viaje -tan literal como iniciático a la vida- desde Roma hasta Castiglioncello, en la costa Toscana. Los retales de una vida, la de Bruno, en apariencia refulgente, la cual, conforme avanza el metraje, se nos muestra vida a secas, mucho menos atractiva en sus recovecos que lo que a simple vista parece, jalonada de descaro y alegría de vivir, pero también tamizada por una realidad de la que pretende escapar y que siempre estará ahí. Que nos ayuda a ubicarnos, relativizando lo que creemos seducción y acaba por ser embaucamiento. 
 
También los recuerdos de Roberto sobre su infancia y adolescencia en la villa de sus tíos se revelan idealizados; El criado amanerado, su primo especulador, el affaire de su tía con el administrador. Y sobre todo, ese plano maravilloso de la tía soltera viendo desde la ventana como se marchan, volviendo a recogerse el cabello en un discreto moño, sirviendo ese acto rutinario y natural como la realidad. Sabiéndola sólo una y lo otro efímeros sueños. Todo ello evitando despellejar a los personajes pero sin revestirlos de falsedad y ornamento.  La supuesta amada (una nunca vista Valeria) con la que solo se ha cruzado un par de veces sin atreverse siquiera a dirigirle la palabra, por tanto desconocedora de sus anhelos y sentimientos, en principio mcguffin y finalmente motor y desencadenante.  
 
La realidad de Bruno, ese trasunto de adalid de la nueva era, del ciudadano moderno, se nos aparece paulatina e inevitablemente cargada con todas las obligaciones y dobleces que la vida conlleva. Lo que en un principio nos seduce en él -la falta de responsabilidad, el afrontar el hoy sin preocuparse del mañana- y nos parece un actitud formidable por aparentemente tomar la vida como viene sin mirar nunca atrás, comiéndosela a bocados, poco a poco se va ensuciando, apareciendo la terca realidad y mostrándonos sus dobleces; El servilismo ante el poderoso, el chantaje sentimental, el egoísmo como principio, la extraña relación con su hija (una jovencísima Catherine Spaak). 
 
 Lo que formalmente puede parecer un canto a la irreflexión, una apología al hedonismo, en realidad es una tragicomedia vital antes que social -si se quiere levemente puritana, pero con un aire libre y conmiserativo- no especialmente crítica con los personajes (más bien al contrario, los trata con cariño y no se detiene a juzgarlos, tan solo nos los muestra) y si en cambio con las actitudes y el devenir de los tiempos. Algunos le achacan también conservadurismo en lo que para mi es simplemente realismo. Decía A. -y creo que tiene razón- que el personaje de la mujer de Bruno es el único que muestra cierta madurez y asunción de la realidad. El único que hace tiempo que dejó de luchar contra los molinos de viento y que aceptó lo que había. Que llevó adelante lo que consideraba que había que hacer. Y que lejos de los estereotipos de la mujer de la época se muestra independiente, coherente, realista. 
 
Fue la primera película italiana que incluyó en su banda sonora las canciones pop italianas del momento (Eduardo Vianello, Peppino di Capri, Emilio Pericoli, Miranda Martino, Domenico Modugno). Impagable, por cierto, el sistema de sonido en el Lancia Aurelia sport descapotable de Gassman; un comediscos integrado en el salpicadero. Desconozco si fue algo hecho ex-profeso o ya venía de serie en tan espectacular modelo. En cualquier caso un hallazgo extraordinario.
 
He decidido incluir algunas de ellas, más otras que creo que encajarían perfectamente. Al fin y al cabo ésto es un refugio de soledades mecidas por viejos discos de vinilo.

 

LACONISMO. "That man, Robert Mitchum…sings" (Monument, 1967)

“…No creo que Bob Mitchum sea el mejor cantante del mundo, pero sí que es uno de los mejores tipos del mundo y, por supuesto, uno de los mejores actores.

El mismo descuidado atractivo con el que te encuentras en sus actuaciones lo encontrarás en este Lp para Monument. La misma independencia de ánimo. Lo que algunos definirían como un “lince”, yo lo llamaría “espíritu libre”. Así es como él es, en lo que canta y en lo que quiere cantar. Al igual que lo es con su carrera y en lo que la gente piense de él.


Su beat es impecable, solo un paso por detrás de Bobby Darin, y si una nota es demasiado alta para él, ¡Qué demonios!, puede interpretarla a su manera.


Creo que la calidad de su forma de cantar te sorprenderá, si no lo ha hecho ya. Y si te parece que miento, demándame. Como cantante estoy -o estaba- en el mismo saco y además soy un fan absoluto…”


JOHNNY MERCER

Sunny 

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Se ha hablado mucho y bien de “Calypso”, el primer lp del gran Robert Mitchum, una éxotica aventura musical que a muchos subyuga y que a uno siempre le ha dejado frío, más allá de su maravillosa portada. Es obvio que si a tantos y buenos aficionados -y con cuyo gusto suelo coincidir- así les parece, el problema debe ser mío. Mi copia, confesémoslo de entrada, descansa en ese lugar de mi discoteca en el cual reposan, indistintamente, discos olvidados, otros merecidamente castigados a la espera de redención y alguno en un limbo un tanto etéreo y olvidado.
Pero no quiero ahora incidir en una -otra más- de mis taras sino, más gozosamente, en alguna de mis filias. Y casualmente en una directamente relacionada con “Calypso” y que no es otra que su segundo lp, el maravilloso “That man, Robert Mitchum…sings” (Monument, 1967)
Gotta travel on
Little white lies
In my place
 Es éste un disco grabado diez años más tarde que “Calypso”, en donde se vislumbra con sincera elocuencia el paso del tiempo en el antihéroe por excelencia del cine americano clásico. El lugar donde un maduro y contenido rebelde sujeta -acaso no mejor aunque sí con mas atino- todos sus demonios durante tanto tiempo desbocados. Unos demonios siempre presentes pero que al menos semejan haber sido masticados, vividos, comprendidos. Lejos parece quedar esa oveja descarriada adicta a cualquier líquido con graduación y a cualquier planta susceptible de ser fumada, lacónica hasta el paroxismo, atractiva y viril, de aire descuidadamente seductor, desarmante en su honestidad, que igual transita por sus demonios que luce esplendorosa con sus virtudes. Y que siempre, en cualquiera de los casos, mostró un afán por construirse a partir de unos errores que devinieron aciertos. Por decirlo un poco más gráficamente, un tipo que parece haber superado el mortal fatalismo de Jeff Bailey en “Retorno al pasado”, el salvaje romanticismo de Frank Jessup en “Cara de Angel”, la personificación del mal del reverendo Harry Powell en “La noche del cazador” y, sobreviviéndolos, acabar siendo un desengañado y más sabio Harry Kilmer de “Yakuza”.
That man right there
You deserve each other


… Señor Mitchum, ¿Cuáles son sus registros interpretativos?;
Tengo dos: con caballo y sin caballo…”

“…¿Qué es ser actor?;
Un oficio que se ejerce desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde, donde te pagan los viernes y te dicen como moverte y qué decir. No olviden que el perro Rin Tin Tin fue toda una estrella…”

“…¿Qué le parecen sus películas?;
No me pagan por verlas. Además, aparcar delante del cine es un coñazo…”

“…¿Mi diferencia con los otros actores?… Mmmmm…qué han estado menos tiempo en la cárcel que yo…”
 Little old winedrinker me
The ballad of Thunder road

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Seductor, vagabundo, sarcástico, independiente, aventurero, bonvivant… todo ello parece, ahora visto en perspectiva, como la coraza protectora de un tipo más sensible de lo que quiso reconocer. Una estrella que quería ser ella misma, huyendo de peajes y servidumbres y que, pese a costarle un precio elevado, al parecer pagó gustoso, consciente que en la balanza que calibraba lo verdaderamente importante, no había discusión posible. Un tipo sabio.

El reverendo Harry Powell en “Night of the hunter”

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PIERO UMILIANI. "Svezia, inferno e paradiso" (Omicron, 1968 / Right tempo 1997)


   Resulta curioso como nuestra imaginación y nuestros deseos pueden constituir una realidad aparentemente mucho más veraz que la real. De como a partir de  la mezcla de una ortodoxa educación católica, una innata curiosidad vital y una  concepción de la vida, digamos “artística” se obtienen experimentos  documentales de probado atractivo y discutible rigor. De como inconscientemente se puede trascender el cine de Dreyer o Bergman en un documental sociológico (“Mondo movie” lo llamaban ellos) y reflejar, de manera sospecho involuntaria, la ausencia de ese complejo de culpa tan cómodo u atroz según lo tomemos, pero a la vez tan interiorizado, frente a un más racional concepto de la incapacidad humana de alcanzar la gracia divina.

Ya desde el título “Svezia, inferno e paradiso” (la sexta película de Luigi Scattini) y su segundo “mondo movie” se establece clara esa dicotomía. El proyecto nace tras leer el libro del escritor y periodista de Il Corriere Della sera Enrico Attavila, publicado en 1967. Era un título estupendo y a la vez un libro maravilloso para ayudar a descubrir un nuevo mundo.
 
Originalmente publicado en el sello Omicron en 1968, también conoció una edición americana en el sello Ariel en 1970 y una reciente y completísima reedición en lp doble, en el sello Right Tempo en 1997. Esta incluía el Lp original, dos temas (“Notte di mezza estate” y “Nel cosmo”) solo incluidos en la edición americana más 12 temas inéditos, descartados para el álbum original. 

 En la época, para los italianos -y no hace falta decir que para nosotros-, sobre todo para los más jóvenes, Suecia representaba un mito, el sueño prohibido de una generación atraída a la vez por el infierno y el paraíso; La emancipación de la mujer, el nudismo, la cobertura social, las drogas, los sindicatos, el sexo libre, el bienestar económico…así que decide ir con un pequeño grupo a descubrir ese mundo maravilloso.

  

 “No fue fácil rodar ciertas escenas en Suecia porque, por primera vez, se puso al descubierto una realidad que los suecos estaban tratando de esconder. De hecho, la película fue muy mal acogida en Suecia cuando se estrenó. Casi hicieron de ello un conflicto diplomático, con protestas oficiales y amenazas de impedirme volver durante varios años. Finalmente fue emitida en la televisión estatal en nochebuena gracias a la complicidad de algunos periodistas que buscaban el escándalo a toda costa.

   También fue, gracias a la promesa de que la película no debía ser emitida jamás en Suecia, que muchos de los protagonistas e interesados directos aceptaron intervenir libremente. Esos periodistas encontraron una copia en la embajada de Francia y la mandaron a Estocolmo para su emisión.

  “Svezia, inferno e paradiso” se estrenó en Italia en 1968 y fue muy mal acogida por la crítica, mientras que el público abarrotó los cines convirtiéndola en un éxito. Si no recuerdo mal recaudó una cifra record, casi 1.500 millones de liras viejas. Fue un verdadero boom para las agencias de viajes y las compañías aéreas.

  También fue prohibida para menores de 18 años porque contenía escenas violentas y de sexo explícito que hoy harían reír incluso a los niños. Las secuencias acerca de la droga, los clubs nocturnos, la prostitución, los refugios atómicos eran casi ingenuas, aunque no hay que olvidar que en aquella época Italia era pacata y conservadora”.



   “Ultimando la grabación de la película ya en Suecia, me visitó mi amigo y gran maestro Piero Umiliani, quién había escrito la música de casi todas mis películas. Lo llevé a la sala de montaje para ver el primer copión. Después de unos pocos días volvió con una música que según él era perfecta para la escena en que  las jóvenes suecas caminaban por la nieve en dirección a  la sauna a más de 80 grados. Esa música era  “Mah-na mah-na (Video)”. Enseguida me di cuenta que no solo la película iba a ser un éxito sino que esa canción iba a ser un bombazo internacional. Y de hecho, todavía hoy, después de cuarenta años, sigue sonando en todo el mundo.”



  Piero Umiliani posiblemente es, junto con Ennio Morricone, uno de los mayores talentos musicales cinematográficos que nos ha deparado Italia. Como la mayoría de los grandes maestros italianos, componía tres o cuatro líneas melódicas en las que basar todo la partitura y a partir de estas, desarrollaba variaciones, de forma muy similar a lo hecho por Chopin, Debussy, etc.. No hay que olvidar que todos provenían de la música clásica, habían evolucionado a traves del jazz y desembocado finalmente en la música para películas. En el caso de “Svezia inferno e paradiso” tres fueron las bases que cimentaron la colonna sonora; La que ilustra los títulos de crédito, con el mismo leit motiv en cuatro piezas (“You tried to warn me” cantada por Lydia McDonald, “Stoccolma my dear”,“La signorina camarera” y “Notte di mezza estate”), una segunda, con una especialmente bien elegida melodía lenta, fascinante y seductora (“Sleep now little one”, tres interpretaciones distintas de “Solitudine” o “Essere donna”) y una tercera y última, interpretada de tres maneras distintas (“La ragazze dell’arcipielago”, “Fotomodelle” y “Topless party”) dedicada a las bellezas suecas. Esta última en particular lleva un arreglo en el que interviene el tal vez, juno a Bruno Battisti D’Amario, mejor guitarrista italiano; el gran Carlo Pes.

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Y aquí me parece de justicia reivindicar la labor reeditora del sello italiano Easy tempo, quién desde finales de los 90 llevó a cabo la concienzuda y completísima tarea de sacar a la luz multitud de clásicos de la colonna sonora, buscadísimas y muy cotizadas piezas, originalmente publicadas en tiradas muy cortas cuando no invisibles, y que de otra manera hubieran permanecido tan solo en el recuerdo de sus afortunados poseedores. Eran, son, ediciones completas, con múltiples descartes de las grabaciones originales, créditos bien documentados y en formato Lp y Cd.

  Como se ha dicho, ¡12! son las canciones inéditas que aparecen por primera vez a la luz. Entre estas se encuentran maravillas del calibre de  “Hippies #1”, “Hippies #2”, “Stoccolma my dear”, “L’uomo integrato”, “Samba mah na”, “Organo e chitarroni” y “Beer, vermouth and gin”. Todas interpretadas por la banda de Alessandro Alessandroni (maestro del silbido, virtuoso del sitar, guitarrista excelso y poseedor de incontables registros vocales). Con él y su mujer Guilia, ademas de Edda dell Orso a las voces en algunos temas y los cuatro magníficos que más tarde se convertirian en I Marc 4 (Antonello Vanucchi al Hammond, Carlo Pes a la guitarra, Mauricio Majorana al bajo y Roberto Podio a la batería) que ya intervenían en el score original en, por ejemplo, “Violenza” o “Eva svedese”.

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   Aún hay alguna sorpresa más entre el resto de los temas inéditos; “Free in minore” con Gato Barbieri al saxo tenor y Giovanni Tommaso al bajo (sitarista excelso en la maravillosa “La ragazza con la pistola”), el mismísimo Umiliani al piano acompaña a ambos en “Piano bossa nova”. También hay una versión distinta de “Mah-na Mah na” y una “Sequenza psichedelica” con todos los miembros arriba reseñados, quienes en realidad eran la banda del Alessandroni, I cantori Moderni D’Alessandroni.


  Umiliani y Scattini tuvieron una larga y fructífera relación, tal vez no lo suficentemente reivindicada. Obras extravagantes y sugerentes como “La ragazza fuoristrada”, “Il corpo”, “Questo sporco mondo maraviglioso” o “La ragazza della pelle di luna” lo atestiguan.
  Próximamente aquí todas ellas.

VERUSCHKA Poetry of a woman. (Emi 1971, reedición Right tempo, 2003)

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Vera Von Lehndorff  podría ser calificada hoy en día como la proto-modelo. Nacida en 1939, en el seno de una de las más importantes familias alemanas, que debido a sus orígenes rusos fue perseguida por los nazis, quienes llegaron incluso a acabar con su padre, el Baron Steinort Von Lehdorff.
 
   Cuando cumple los 18, Vera ingresa en la escuela de arte de Hamburgo. Unos años más tarde, en 1963, realiza un viaje a Italia para mejorar sus conocimientos de pintura. En Florencia comienza una carrera de modelo de forma titubenate. Pronto aprende a emular a otras modelos de la escena de la moda como Christa Paffgen (más conocida como Nico) y consigue un pequeño papel en “La dolce vitta” de Fellini.
 Allí conoce a Denise Serrault (una de las musas de Helmut Newton) y se traslada junto a ella a París, donde no consigue triunfar. Un año más tarde, Eileen Ford la invita a Nueva York y le propone trabajar para su agencia de modelos, la más boyante y famosa del momento. Lo que hacía única a Vera en la época, eran sus inusuales medidas; media más de 1.80 y su encanto único -rostro anguloso, mirada felina- la hacia del todo excesiva para una época donde los cánones iban por caminos más dulcificados y, desde luego, menos señalados. Ya como Veruschka como nom de guerre confesaría; Mi cuerpo era Vogue y mi rostro era Elle, ¡resultaba obvio que no podía funcionar!

 El conjuro definitivo tuvo lugar cuando volvió a Italia y se modeló una nueva personalidad. Decide convertirse en Veruschka para enfatizar su exótico encanto de antepasados rusos. Adopta un look extraño; Siempre vestida de negro (lo que no se consideraba a la moda en aquellos tiempos) y se presenta a si misma como una chica de Europa del este, adoptando una manera de desfilar muy personal que se convirtió en su sello distintivo. Sería con esta nueva personalidad cuando comienza a tener éxito. En Roma conoce a Franco Rubartelli, para quién posa en innumerables sesiones y con quién, inevitablemente, inicia una relación.. 

 

 La definitiva consagración de Veruschka vendría con el estreno de “Blow up” de Michelangelo Antonioni, quién un día, tras verla posar para David Montgomery le propone intervenir en la película. Acepta inmediatamente, pese a que mucha gente, incluido Rubartelli, se lo desaconseja.

 
 

  De hecho, tras el rodaje de “Blow up” su relación se deteriora irremediablemente, principalmente debido a los celos del fotógrafo. Su affaire había durado casi cinco años (hasta principios de los 70) y ya estaba casi roto cuando este dirigiría “Veruschka” en 1971.

 
   A ella no le gusta el título, le daba la impresión de ser una película autobiográfica. Rubartelli insiste y así permanece, aunque con el subtítulo de “Poetry of a woman”. La película cuenta la historia de una modelo, inmersa en una conflictiva relación con su agente/amante Luigi, a quién intenta numerosas veces dejar aunque terminando siempre -pese a sentirse atrapada e indefensa- volviendo a él. Finalmente decide abandonarle. Para darle el último y definitivo adiós le pide que la lleve al aeropuerto. Por el camino, encuentran a un hombre vendiendo pájaros enjaulados; Veruschka compra uno e inmediatamente lo libera (el pájaro le recuerda a ella, a sus esperanzas y deseos, a su pérdida irremisible). Luigi intenta atrapar al ave que vuela libre dentro del coche, lo que provoca en un terrible accidente.
  

 

Rodada a partir de un borrador endeble antes que de un verdadero guión, la película es una filmación de monólogos entre los dos amantes. Un bonito tour de forcé -pura estética arrebatadora, inane si se quiere pero cautivador- en el que prima el aspecto visual y la música que lo envuelve, un trip casi onanista dedicado por Rubartelli a ese espectro en forma de mujer que lo había seducido en un primer momento pero que ahora se muestra inalcanzable. Sin embargo es igualmente cierto que las imágenes tienen fuerza, son verdaderas fotografías en movimiento y también una introducción de lo que será la próxima pasión de Veruschka, la pintura corporal.
  La portada del Lp está tomada de una de las escenas en las que aparece Veruschka metamorfoseándose entre las piedras y la naturaleza, en la que solo un ojo abierto nos advierte de su verdadera condición. Una especie de crisálida lista para la mutación, un trasunto, para entendernos, avant la lettre de un Predator atractivísimo. Estas imágenes, combinadas con la perfección absoluta de la música de Ennio Morricone  le da carta de naturaleza a un videoclip de innegable aires psicodélicos.
 Desafortunadamente la película no tuvo ningún éxito y solo le proporcionaría ingentes deudas a Rubartelli, quién debido a ello emigró a Venezuela para evitar a los acreedores. Al mismo tiempo toda relación con Veruschka termina abrupta y definitivamente.

 

 

Cuando  se retira, poco después de la película, Vera/Verouschka ha aparecido en la portada de Vogue once veces. Siempre se consideró a si misma una maniquí, pero no como el resto…tal vez también una actriz frustrada que intentó interpretar distintos papeles en el teatro de la moda, evitando con denuedo y esfuerzo ser tan sólo una hermosa muñeca. Aunque retirada de la pasarela y de los flashes y de las revistas de moda, comenzó a posar de manera distinta, experimentando con la pintura corporal con Holger Trulzsch; Su cuerpo desnudo se convirtió en diferentes tipos de animales, flores, plantas, piedras… tal vez consecuencia de los excesos de hongos y los efluvios de Chanel.

 

 
 La experiencia visual y auditiva que conforman película y banda sonora es un fascinante e irrepetible viaje al mundo de los sentidos propio de una época que ya no es. El placer de las imágenes tanto por ellas mismas como acompañadas de otra -una más- lección de clase a cargo de Ennio Morricone es, en ambos casos, tan sugerente como hipnótico. Evocadoras melodías decoradas de voces humanas a modo de instrumentos, pianos elegantes, cuerdas atonales, campanas, psicodelia progresiva… Un onírico canto a la soledad y lo sobrenatural surcado de un lirismo arrebatador gracias a  Edda dell Orso -siempre Edda– que le confiere ese aura única, mágica, entre la que gravitan los deseos y que son, reconozcámoslo, mucho más acogedores que la rutinaria realidad que nos envuelve.

This is TELLY SAVALAS. (DJM Records, 1972)


    
Una de confesiones. Otra más. Lo voy a reconocer de salida y así nos ahorraremos malentendidos. Los discos de actores cantantes es uno de mis placeres culpables. Un lugar para solaz de pocos, abrupto y escarpado, pero fascinante cuando se corona la cima y se acceden a sus secretos. Vaaale, de acuerdo. Admitiré que alguien considere a esos especímenes como presuntos actores que intentan cantar. Asentiré igualmente ante comentarios más malévolos si cabe; Los pobres creen, están convencidos de haberlo conseguido. Cegados por el éxito, incapaces de controlar sus pasos y generalmente superados por los focos de las desmedidas alabanzas, es ese un territorio de egotrips inmensurables, increíblemente fértil en aventuras para muchos hilarantes y para unos pocos apasionantes. El mundo -el micrófono más bien- en sus manos. Peligro y placer.

  Si no han huido todavía entiendo que están por la labor. Que son uno de los perturbados miembros de esta secta. Mejor, de esto solo debe hablarse en la intimidad. Entre los cientos de ejemplos que existen (y algunos -lo siento- van ineludiblemente a pasar por aquí) es la carrera de Telly Savalas acaso una de las más extravagantes. Y hay unas cuantas, se lo prometo. No me refiero -que también- a episodios como el que me dispongo a compartir, sino de otros perpetrados por nuestro hombre con tan voluntarioso entusiasmo como certero desatino.

  Aristóteles Savalas, neoyorkino de padres griegos, comenzó en la radio, intentando meter cabeza en un mundo que le fascinaba pero que también se le mostraba esquivo. Su carrera derivó a la televisión con pequeños papeles, generalmente de villano, en series de éxito como El Virginiano, The man from Uncle, Bonanza, El Fugitivo, etc.

  Tras estas aventuras traba amistad con el gran Burt Lancaster y con aquello que se vino en llamar la generación de la televisión en los USA de los primeros sesenta; Don Siegel, Robert Mulligan, John Frankenheimmer, Sidney Lumet, Robert Aldrich, etcétera. Un pequeño papelito en “Alcatraz” en el rol de Gómez es el pistoletazo de salida hasta que el papel del psicópata Archer Maggott en esa maravilla que es “Doce del patíbulo” le convierte en famoso. Encasillado para siempre -y al parecer tan feliz, “denme dólares que yo los gastaré”– su filmografía oscila entre protagonistas en atractivas co-producciones cochambrosas (“Sol Madrid”, “Horror express”,”Citta violenta”) y papeles de villano como en  “El oro de Mckenna” o “Al servicio secreto de su majestad”, la única película de la serie Bond con George Lazenby encarnando a 007. De su resurrección televisiva a mitad de los 70 y de los chupa-chups no creo necesaria mención.


Es este “This is Telly Savalas” uno de los más desvergonzados ejercicios musicales que ahora mismo pueda recordar. Producido por su colega de farra, el escocés John Cacavas (autor de la partitura para la serie televisiva Kojak) y grabado, entre rodaje y rodaje, a caballo de Roma, Londres, Nueva York y Madrid, en el infrasello de series baratas DJM (hogar de otro extravagante y recomendable Lp de una star, el gran Rex Harrison), el disco, más allá de su vertiente weird and strange, en un auténtico divertimento. El hombre cnata aceptablemente y tiene gusto a la hora de elegir el repertorio. Ya desde la portada -un fotograma de la mentada “Pánico en el Transiberiano/Horror express” (Eugenio Martin, 1972), con su rostro en perpetua gestualidad demente, ligeramente colocado – todo nos transporta a un gozoso descontrol necesitado de complicidad. Susceptible de rechazos pero también increíblemente seductor, o se le ama o se le detesta. No escruta, descuartiza clásicos en “I walk the line”, deconstruye sin recato ni complejos standards como “Sunday morning coming down” de Kristofferson . Es capaz, sí, de convertirse en el Scott Walker que uno más disfruta en “Last time i ever saw her face” o de recrear al estilo canalla el “Eve of destruction” de P.F.Sloan/McGuire en “Promises to keep” sin pudor ni vergüenza alguna. Recrea falsa sensualidad, de esa con sabor a nicotina agria y sudor perfumado en “Try to remember” y acaba emulando a un Dean Martin -con menos alcohol y más narcóticos- en “We all end up the same”
 Porque de acuerdo, todos acabamos igual. En el mismo lugar. Solo que unos gastan su vida de manera diferente. Díganselo a él. 




"LA RAGAZZA CON LA PISTOLA". NINO DE LUCA (RCA, 1968)

 
 
 
  Resulta interminable, por rico y fascinante, el mundo de la colonna sonora italiana. En la mayoría de las veces muy superior a las imágenes que ilustran, son, además, recapitulación fiel y extravagante de la construcción de una identidad. Una identidad embrionaria que bebía de aquí y de allá y que siendo la suma de múltiples de ellas, obtendría por resultado una propia, común, sin por ello pretender someter ni orillar de modo premeditado a ninguna de las que la conformarían, absorbiéndolas y metabolizándolas. Una identidad relativamente joven, capaz de asimilar e ilustrar mediante sonidos, melodías y sobre todo actitud, talante, la formación de un concepto unitario cuyo destino siempre fue la belleza. Ese asunto llamado finezza, en un país dónde el arte es un asunto genético, una forma de llevar la vida a cuestas, en la que tan solo existiría como límite el mal gusto. Porque hasta para insultar o increpar hay que tener elegancia, tono. 
 
 Peppino di Luca fue un músico y compositor, menor si se quiere, dentro de ese catálogo fastuoso, imponente, de los compositores de música para cine italianos (Ennio Morricone, Piero Umiliani, Franco di Massi, Piero Piccioni, Franco di Massi, Luis E. Bacalov, Armando Trovajoli, Marcello Giombini, Bruno Nicolai, Augusto Martelli y un sin fin más). Uno más de esos olvidados que también contó con su minuto de gloria. Autor de partituras para películas de serie B, cuando no Z, guitarrista y sitarista, colaboró con Mario Monicelli -de quién recomiendo encarecidamente su “La grande guerra”, con esos dos genios que son Gassman y Sordi– en la que sería, si no de aquel si la suya, obra maestra.
El argumento, otra más de esas historias que sólo nos parecen plausibles en Italia, gira en torno al viaje a Londres, en pos de venganza, de una despechada siciliana –Assunta Patane una preciosa maggiorata interpretada por Monica Vitti– tras ser deshonrada por su amante y los avatares que allí acontecen. Aunque fue nominada al oscar en 1969 como mejor película extranjera y pese a contar con numerosos detalles interesantes, la obra, en absoluto redonda, se deja ver. Lo que diríamos una buena mala película. Género éste, por otra parte, del que me confieso auténtico devoto. Lo que sin embargo sí resulta ser -tan fallidamente en la película como atinadamente en su música- es una historia acerca de los ancestrales designios del corazón desde un punto de vista carpetovetónico, una comedia sobre el atavismo sentimental de un tiempo y un país, decorado con los sonidos más chic entonces imperantes. Es un historia que navega entre lo (hoy) políticamente incorrecto y la comedia bufa. Un contraste que en absoluto rechina sino que le otorga un halo de frivolidad y atracción. 
 
 El tema estrella es sin duda el que da título al film. “La ragazza con la pistola” es una pieza que resume los sonidos -y tal vez el espíritu- del momento imperante; guitarra con pedal fuzz, un beat psicodélico, un sitar omnipresente y una voz masculina que parece en off repitiendo constantemente el título de la canción en inglés “Ggggiiiirl with a guuun”. Un tremenda andanada en la pista de baile en según y qué momentos.
 
Pero no es la única; “Obsessione psychedelica” continua con las bondades del sitar eléctrico, en medio de un mantra dopante, colocado, de innegables efluvios narcóticos. “Shake balera”, una juguetona pieza con un hammond polivalente y una melodía de guitarra atravesándola de principio a fin. Hay más hammond groove en “Insieme a lui” y en “In due”, aunque esta vez más próximo a la elegancia de Antonello Vanucchi que a la demencia, digamos, de la época. “Rapimento in Sicilia” es una pieza regresiva con una delicada, elegante batería, ornada de nuevo con el sitar eléctrico.“Trumpet shake”, con un aire alpertiano, premeditadamente infantil y banal con sus trompetas y que, para uno, remite a trabajos de Lalo Schifrin como el realizado para “Sol Madrid”.
 
 Retrato y reflejo a la vez de un mundo ya pretérito, el de las partituras originales sin pretensiones -también desinhibido, feliz, divertido-, y retrato también de un tiempo donde aún no existía la mala conciencia ante la felicidad, de un mundo cambiante y vertiginoso, la obra de Guisseppe, Peppino, Nino de Luca para este “La ragazza con la pistola” (RCA, 1968) es otra muesca más en ese laberinto, -melancólico unas veces, evocador otras, siempre de vital devenir- que para uno es la música.

APOLOGIA SINFÓNICA DEL TERROR por WALDO DE LOS RIOS

 Muchas veces por azar, talento o por una combinación de ambas cosas se producen mutaciones que nos parecen únicas, diríamos imposibles. ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) es una de ellas. Basada en la novela de Juan José Plans “El juego de los niños“, el punto de partida es sencillo; una joven pareja inglesa –Lewis Fiander y Prunella Ransome (Se dice que Anthony Hopkins estuvo a punto de interpretarla)- de vacaciones en España, viajan a una isla (cuya localización realmente es, casi en su totalidad, en un pueblo toledano llamado Ciruelos más algunas escenas en Sitges) en la que sólo encuentran niños, ningún adulto, y dónde empiezan a ocurrir sucesos inexplicables. 
 
 
 Rodada sin muchos medios, casi como el pago de una deuda moral hacia alguien triunfante en TVE, siete años después de su primera película, la exitosa “La residencia” de 1969), ¿Quién puede matar a un niño?, demasiado dura y sutil para un país de por sí durísimo y basto, tuvo notable repercusión en Italia e incluso premios en el Festival de cine fantástico de Avoriaz. En los Estados Unidos ( donde se tituló “Island of the dead” o “Island of the damned”) fue de inmediato film de culto e incluso Tarantino la suele citar a menudo entre sus favoritas. Contrariamente a lo habitual en este tipo de películas ha envejecido muy bien, llegando incluso a perdonársele ese prólogo un tanto justificativo y redundante de algo que hubiese estado mucho mejor tomando cuerpo poco a poco en nuestro subconsciente.
 
 
 Pasemos ya a lo que nos (me) ocupa, su música. Si antes hablábamos de mutaciones, qué decir de la banda sonora. Mientras ejercía de arreglista y orquestador para Hispavox, Waldo de los Rios aspiraba a algo más que a ser  la mano derecha de Rafael Trabuchelli. Algo, aún no se sabía que, estaba creciendo en su interior.
 Para uno una anomalía sorprendente, no solo entre la producción nacional, sino incluso entre la europea. Con ciertas similitudes aquí y allá con las ingentes y brillantes producciones italianas de la época (Guiliano Sorgini, Ennio Morricone, Marcello Giombini) pero apuntalada en los clásicos centro europeos y la música concreta a la vez que deudora de las partituras de los genios del terror gótico modeno (“Bunny lake is missing” de Paul Glass, “Night of the hunter” de Walter Schuman) e incluso atenta a las nuevas fórmulas y talentos importados a Hollywood desde Europa del este (“Rosemary’s baby” de Kristof Komeda). En definitiva, en “¿Quién puede matar a un niño?” Waldo de los Ríos (nacido Osvaldo Nicolás Ferrara) crea, inventa y ejecuta -siempre desde el manierismo tenebroso que en él será característico) mostrándonos su enorme talento como arreglista y sorprendiéndonos con su faceta compositora.
 
 
 
  Con soluciones imaginativas – los coros infantiles que abren, cierran y recorren todo el disco- quizás tomadas prestados de los maestros arriba mencionados, y que confieren un antagónico tinte oscuro a la presunta inocencia infantil y un abigarrado y barroco conglomerado instrumental  -órganos, Moog, arpas, Sintetizadores analógicos, timbales, clavicordios, vientos, juntos y bien revueltos- en perfecto encaje con lo mostrado en pantalla, su partitura resulta ser casi más un catálogo de paranoias propias que un acompañamiento a las imágenes. Una obra donde se vislumbra la relación edípica, casi vampírica, con su madre. El vacío ante el fracaso, la insatisfacción ante su obra y al parecer también ante su vida. La falta de descendencia, su tormentosa relación con Isabel Pisano, la homosexualidad latente, real y no aceptada, que acabaría poco después en suicidio… En verdad un auténtico infierno. 
 
Y afortunadamente una de las pocas obras de su compositor publicadas y editadas comme il faut, en tiempo y forma, aunque en una edición cortísima, hoy prácticamente invisible y muy codiciada, en el sello Hispavox. Conviene recordar que de la anterior película, “La residencia”, solo se publicó un single, o que de sus maravillosas partituras para “Historias para no dormir” no queda vestigio alguno, más allá los DVDs de la serie. Imperdonable.
 
 
 Y sí, si se quiere se podrá decir que es una mala banda sonora. Porque no acompaña sino trasciende. Porque no ilustra sino oscurece. Pero también habrá sin duda que señalar, siendo justos, que “¿Quién puede matar a un niño? llevaba en el autor de su música la respuesta al título; Waldo de los Ríos, otro niño de tan solo 43 años. Tan turbio, ingenuo y atormentado como los de la citada película.