FRANCO MICALIZZI “Laure”

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Escrita e interpretada por Emmanuelle Arsan (alias de Marayat Rollet-Andrianne, nacida en Bagkok como Marayat Bididh), la autora de la famosa “Emmanuelle”, “Laure” (más conocida como “Forever Emmanuelle”) fue una película tocada por el desastre prácticamente desde su gestación. Pese a ser dirigida a medias por el cineasta italiano Roberto D’Ettore y el marido de la Arsan, el fotógrafo francés Louis Jacques Rollet-Andrianne, desavenencias con el productor de la misma, Ovidio Assonitis, hicieron que finalmente se estrenase sin director acreditado. Protagonizada por Annie Belle, con un look por aquel entonces muy similar (pelo muy corto y rubio, aspecto adolescente y un puntito andrógino y sin embargo de radiante belleza) al de Jean Seberg en “À bout de Souffle” y el todo terreno fiorentino Orso Maria Guerrini, de la película, si quiero serles sincero, poco o nada recuerdo.

 Lo que si recuerdo es su banda sonora, de la que hace años puede conseguir el sencillo italiano, disculpen la autorefernecia, de sicalíptico discurso y repleto de sensualidad de magazine mensual. Dicho single, un dos caras soberbio, incluía “Laure” y “Emmmelle”, vestido con una portada entre lo naif y lo morboso. La música corría a cargo de Franco Micalizzi, uno más de esos titanes de la Colona Sonora italiana por los que siento verdadera devoción, habitual en los proyectos de Assonitis (“Chi sei?”, “Stridulum”, L’ultima neve di primavera”…).

Hace poco el sello italiano Four Flies (bonito nombre, no sé si inspirado en esa cima morriconiana titulada “Cuatre mosche di velluto grigio”) reeditaba un disco que era casi más un mito, una creencia, que una certeza: la banda sonora íntegra de la película. Muchos eran los que dudaban de su existencia, por ser un disco elusivo e inencontrable, pese a saber que se había editado en las famosas series de la RCA SP. En las notas de la contraportada a cargo de Pierpaolo De Sanctis y Andrea Fabrizili, ciertos datos desconocidos acerca del proyecto salían por fin a la luz; la melosas percusiones funk-groove de la partitura de Micalizzi corrían a cargo del napolitano Tony Esposito (a quién sin duda recordarán por aquel “Kalimba di Luna” de Boney M), mientras que el piano fender y el clavinete eran obra y gracia del jazzman Enrico Pieranunzi (quien grabaría, entre otros, con Charlie Haden, Chet Baker, Art Farmer o Leo Konitz). La combinación de ambos dotaba a la banda sonora de una atmósfera profunda y sensual cuya guinda eran los coros del Coro Le Baba Yaga, trío compuesto por Isabella Sodani, Rita Mariano y Patrizia Neri. Tres voces con un rango evocador que igual recreaban el clímax del orgasmo femenino en “Crescendo” que dibujaban pasajes de melancólico erotismo en las distintas versiones de “Laure”, “Mara’s theme” o “Emmelle”.

 No les aburro más. Sólo les queda, en caso de que les plazca, escuchar y hacerse una idea.

 

MARIO MOLINO "3" (CAM 052, 1973)

 

 

 

 En realidad la banda sonora para “Gli Angeli del 2000” (Hanil Ranieri, 1969) “Mario Molino 3”, publicado por el sello CAM en 1973, probablemente sea el Lp más completo del guitarrista Mario Molino. Desde la canción que da título a la película, trufada de efectos electrónicos, beats de bateria y efectistas riffs de guitarra (quizá algo más que deudora del “Psyche rock” de Pierre Henry incluida en su “Misa para los tiempos actuales” de dos años antes) hasta “Woman”, evocadora y sugerente pieza con -juraría, aunque viene sin acreditar- la voz de Edda dell Orsoes uno, otro más, de los innumerables ejemplos en que la música que ilustra las imágenes para la que fue concebida es infinitamente superior a lo ilustrado. En este caso la historia de Marco, traficante y adicto obsesionado con el recuerdo de Valeria, su enamorada, muerta delante de él en un trágico accidente. Marco mantiene una especie de idilio con Angela, una estudiante que vive en un edificio de apartamentos cercano a su piso y con la que pretende suplantar el doloroso recuerdo de Valeria. Asqueado con su vida y sus circunstancias participa a su pesar en una guerra de bandas que parece abrirle los ojos y redimirlo. Una vez lograda la hazaña, esperando a Angela y en parte superados sus traumas, mientras cruza la calle para reunirse con ella, es él ahora el atropellado, muriendo delante de ella e impidiéndole por tanto comenzar de nuevo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero volvamos a las cimas del disco para quién esto escribe; “Shake psyco” auna vientos souleros y beats de batería con sintonías cinematográficas y un hammond omnipresente hasta lograr un beat moderno à la page. “Jerk beat” sigue similar camino, ahora con el groove rítmico absolutamente acelerado, despendolado, mientras una guitarra zigzagueante la cose por completo. Cambiamos de tercio con “Le mani”, su vibráfono, sus coros femeninos, su ritmo moroso y volvemos a hacerlo con la aventura en exótica de “All see saw”, bongos, efectos, vibráfono y vientos. “Bossa jaguar”, como su título indica, es la preceptiva bossa, Otras, menores y meramente incidentales sin las imágenes que ilustran (“Furto di droga”, “L.S.D. una croce”, los tres “Poemas”) completan el disco. Ahora solo queda que escuchen y disfruten.

"El Verano de la Muerte" (J.L. Merino, 1970)

 

 

Película que al parecer nadie ha visto y de la que, extrañísimamente, existe Lp español en el sello Vergara. No me pregunten el por qué del enésimo de los abracadabrantes milagros de las ediciones hispanas. En cualquier caso, un poco más abajo, la historia y vicisitudes contada por el famoso cronista e historiador del Giallo,  Guiseppe Antonio Bernaldini. A los conocedores no habrá que recordar sus historias publicadas en “Cimiteria” o sus colaboraciones en muchos de los guiones tardo sesenteros del giallo más terroríficamente romántico y evocador. Exacto, estoy hablando del Dottore Strani.

 

“…Hay una película que no he visto, pero de la que se habla (entre susurros) en los callejones oscuros y ominosos de la cinefagia más abyecta e innombrable intitulada Questo non é l’estate del amore (ma un’altro inverno della morte).

Una coproducción italo-germano-española de 1968 (estrenada al año siguiente) dirigida por Tinto Brass (antes de dejarse llevar por sus pulsiones eróticas; cuando era más pop) y en la que, según cuenta la leyenda, figuró como ayudante de dirección nuestro inefable José Luis Merino, estrenándose en esas lides.

Sigue la leyenda y cuenta que el Brass abandonó el proyecto por no sé qué problemas con los productores y porque recibió una propuesta para realizar una peli en Gran Bretaña que quedó en nada. Y el caso es que José Luis Merino se vio obligado a terminar la peli, aunque al final no la firmó con su nombre. Tampoco Tinto Brass, porque los productores optaron por poner un nombre anglosajón y totalmente irreal (ahora no recuerdo cuál… Timothy nosécuántos).

Los actores principales eran Klaus Kinski, Christiane Kruger, Patty Sheppard, Erna Schurer y Carlos Quiney. Entre los guionistas estaba Lucio Fulci, por cierto. Antes de dirigir su primera película (Una historia perversa, 1969)

El argumento (según he leído) iba de un noble austro-italiano (Kinski) que organiza happenings para jipis y yeyés en sus palazzi , en los que abunda el LSD y demás drogas psicodélicas. Y que, al mismo tiempo, tiene a su servicio una especie de banda de motoristas (unos Hell Angels alla italiana) más malos que la quina. El pérfido príncipe aprovecha sus fiestorros para abusar de mozas drogadas y, en algunos casos, someterlas a sevicias que llegan hasta el asesinato.

Lo realmente curioso es que tanto en la versión italiana como en la española (que se tituló “El Verano de la Muerte” -contradiciendo el título italiano con el mayor descaro del mundo-) la acción transcurría en Italia y había una escena en la que sonaba esa especie de freakbeat a lo sureuropeo que se llama Atto Di Forza n. 10 de I Ragazzi Dei Sole.
Pues bien… En la versión alemana la acción transcurría en España (aunque mantenían los apellidos y nombres italianos, quizás por desconocimiento y confusión). Y a lo que quería llegar yo… En la escena en la que sonaban los Ragazzi Dei Sole sonaba un grupo español haciendo la misma canción llamado Los Sirex…”

RED BLOOD Blood transfusion (Maximus, 1977)

 

 
En el enésimo capítulo de la serie misterios resueltos anidaba este single de escaso precio y enorme valor. Resulta que en la cara B del 7″ de Red Blood (uno, otro más de los miles de exploitos setenteros llevados a cabo por músicos de estudio en aras del divertimento y, si hubiese suerte, el pelotazo), aquel que llevaba la versión de “Put your money where your mouth is” de Norman Whitfield popularizada por Rose Royce, se escondía esta barbaridad. Respondía por el título de “Blood transfusion” y era un tirazo de funk progresivo con un órgano prominente y un fuzz a dolor decorado con campanitas aquí y allá además de una batería mazacota aunque en absoluto indigesta.
 
 Preguntando e indagando (ojalá fuese tan constante en todo lo demás) supe que el tal Greekian, su firmante, no era otro que Claudio Tallino, autor de aquella soberbia colona sonora de nombre “Calamo” (y también de “Sette Winchester per un massacro” o de “Pelle di bandito”) publicada en el sello romano Aris en 1975. Así que parece ser que “Blood transfusion” -aunque ésto no puedo confirmarlo al 100%- tiene toda la pinta de ser un sobrante de las sesiones de “Calamo”; Tan oscura y densa, tan poética y tenebrosa. Tan rotunda e irresistible.

Misterios. Como me divierten.

 

También fue editado en España, en el sello Carnaby y con distinta portada. Búsquenlo.

VERUSCHKA Poetry of a woman. (Emi 1971, reedición Right tempo, 2003)

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Vera Von Lehndorff  podría ser calificada hoy en día como la proto-modelo. Nacida en 1939, en el seno de una de las más importantes familias alemanas, que debido a sus orígenes rusos fue perseguida por los nazis, quienes llegaron incluso a acabar con su padre, el Baron Steinort Von Lehdorff.
 
   Cuando cumple los 18, Vera ingresa en la escuela de arte de Hamburgo. Unos años más tarde, en 1963, realiza un viaje a Italia para mejorar sus conocimientos de pintura. En Florencia comienza una carrera de modelo de forma titubenate. Pronto aprende a emular a otras modelos de la escena de la moda como Christa Paffgen (más conocida como Nico) y consigue un pequeño papel en “La dolce vitta” de Fellini.
 Allí conoce a Denise Serrault (una de las musas de Helmut Newton) y se traslada junto a ella a París, donde no consigue triunfar. Un año más tarde, Eileen Ford la invita a Nueva York y le propone trabajar para su agencia de modelos, la más boyante y famosa del momento. Lo que hacía única a Vera en la época, eran sus inusuales medidas; media más de 1.80 y su encanto único -rostro anguloso, mirada felina- la hacia del todo excesiva para una época donde los cánones iban por caminos más dulcificados y, desde luego, menos señalados. Ya como Veruschka como nom de guerre confesaría; Mi cuerpo era Vogue y mi rostro era Elle, ¡resultaba obvio que no podía funcionar!

 El conjuro definitivo tuvo lugar cuando volvió a Italia y se modeló una nueva personalidad. Decide convertirse en Veruschka para enfatizar su exótico encanto de antepasados rusos. Adopta un look extraño; Siempre vestida de negro (lo que no se consideraba a la moda en aquellos tiempos) y se presenta a si misma como una chica de Europa del este, adoptando una manera de desfilar muy personal que se convirtió en su sello distintivo. Sería con esta nueva personalidad cuando comienza a tener éxito. En Roma conoce a Franco Rubartelli, para quién posa en innumerables sesiones y con quién, inevitablemente, inicia una relación.. 

 

 La definitiva consagración de Veruschka vendría con el estreno de “Blow up” de Michelangelo Antonioni, quién un día, tras verla posar para David Montgomery le propone intervenir en la película. Acepta inmediatamente, pese a que mucha gente, incluido Rubartelli, se lo desaconseja.

 
 

  De hecho, tras el rodaje de “Blow up” su relación se deteriora irremediablemente, principalmente debido a los celos del fotógrafo. Su affaire había durado casi cinco años (hasta principios de los 70) y ya estaba casi roto cuando este dirigiría “Veruschka” en 1971.

 
   A ella no le gusta el título, le daba la impresión de ser una película autobiográfica. Rubartelli insiste y así permanece, aunque con el subtítulo de “Poetry of a woman”. La película cuenta la historia de una modelo, inmersa en una conflictiva relación con su agente/amante Luigi, a quién intenta numerosas veces dejar aunque terminando siempre -pese a sentirse atrapada e indefensa- volviendo a él. Finalmente decide abandonarle. Para darle el último y definitivo adiós le pide que la lleve al aeropuerto. Por el camino, encuentran a un hombre vendiendo pájaros enjaulados; Veruschka compra uno e inmediatamente lo libera (el pájaro le recuerda a ella, a sus esperanzas y deseos, a su pérdida irremisible). Luigi intenta atrapar al ave que vuela libre dentro del coche, lo que provoca en un terrible accidente.
  

 

Rodada a partir de un borrador endeble antes que de un verdadero guión, la película es una filmación de monólogos entre los dos amantes. Un bonito tour de forcé -pura estética arrebatadora, inane si se quiere pero cautivador- en el que prima el aspecto visual y la música que lo envuelve, un trip casi onanista dedicado por Rubartelli a ese espectro en forma de mujer que lo había seducido en un primer momento pero que ahora se muestra inalcanzable. Sin embargo es igualmente cierto que las imágenes tienen fuerza, son verdaderas fotografías en movimiento y también una introducción de lo que será la próxima pasión de Veruschka, la pintura corporal.
  La portada del Lp está tomada de una de las escenas en las que aparece Veruschka metamorfoseándose entre las piedras y la naturaleza, en la que solo un ojo abierto nos advierte de su verdadera condición. Una especie de crisálida lista para la mutación, un trasunto, para entendernos, avant la lettre de un Predator atractivísimo. Estas imágenes, combinadas con la perfección absoluta de la música de Ennio Morricone  le da carta de naturaleza a un videoclip de innegable aires psicodélicos.
 Desafortunadamente la película no tuvo ningún éxito y solo le proporcionaría ingentes deudas a Rubartelli, quién debido a ello emigró a Venezuela para evitar a los acreedores. Al mismo tiempo toda relación con Veruschka termina abrupta y definitivamente.

 

 

Cuando  se retira, poco después de la película, Vera/Verouschka ha aparecido en la portada de Vogue once veces. Siempre se consideró a si misma una maniquí, pero no como el resto…tal vez también una actriz frustrada que intentó interpretar distintos papeles en el teatro de la moda, evitando con denuedo y esfuerzo ser tan sólo una hermosa muñeca. Aunque retirada de la pasarela y de los flashes y de las revistas de moda, comenzó a posar de manera distinta, experimentando con la pintura corporal con Holger Trulzsch; Su cuerpo desnudo se convirtió en diferentes tipos de animales, flores, plantas, piedras… tal vez consecuencia de los excesos de hongos y los efluvios de Chanel.

 

 
 La experiencia visual y auditiva que conforman película y banda sonora es un fascinante e irrepetible viaje al mundo de los sentidos propio de una época que ya no es. El placer de las imágenes tanto por ellas mismas como acompañadas de otra -una más- lección de clase a cargo de Ennio Morricone es, en ambos casos, tan sugerente como hipnótico. Evocadoras melodías decoradas de voces humanas a modo de instrumentos, pianos elegantes, cuerdas atonales, campanas, psicodelia progresiva… Un onírico canto a la soledad y lo sobrenatural surcado de un lirismo arrebatador gracias a  Edda dell Orso -siempre Edda– que le confiere ese aura única, mágica, entre la que gravitan los deseos y que son, reconozcámoslo, mucho más acogedores que la rutinaria realidad que nos envuelve.

"LA RAGAZZA CON LA PISTOLA". NINO DE LUCA (RCA, 1968)

 
 
 
  Resulta interminable, por rico y fascinante, el mundo de la colonna sonora italiana. En la mayoría de las veces muy superior a las imágenes que ilustran, son, además, recapitulación fiel y extravagante de la construcción de una identidad. Una identidad embrionaria que bebía de aquí y de allá y que siendo la suma de múltiples de ellas, obtendría por resultado una propia, común, sin por ello pretender someter ni orillar de modo premeditado a ninguna de las que la conformarían, absorbiéndolas y metabolizándolas. Una identidad relativamente joven, capaz de asimilar e ilustrar mediante sonidos, melodías y sobre todo actitud, talante, la formación de un concepto unitario cuyo destino siempre fue la belleza. Ese asunto llamado finezza, en un país dónde el arte es un asunto genético, una forma de llevar la vida a cuestas, en la que tan solo existiría como límite el mal gusto. Porque hasta para insultar o increpar hay que tener elegancia, tono. 
 
 Peppino di Luca fue un músico y compositor, menor si se quiere, dentro de ese catálogo fastuoso, imponente, de los compositores de música para cine italianos (Ennio Morricone, Piero Umiliani, Franco di Massi, Piero Piccioni, Franco di Massi, Luis E. Bacalov, Armando Trovajoli, Marcello Giombini, Bruno Nicolai, Augusto Martelli y un sin fin más). Uno más de esos olvidados que también contó con su minuto de gloria. Autor de partituras para películas de serie B, cuando no Z, guitarrista y sitarista, colaboró con Mario Monicelli -de quién recomiendo encarecidamente su “La grande guerra”, con esos dos genios que son Gassman y Sordi– en la que sería, si no de aquel si la suya, obra maestra.
El argumento, otra más de esas historias que sólo nos parecen plausibles en Italia, gira en torno al viaje a Londres, en pos de venganza, de una despechada siciliana –Assunta Patane una preciosa maggiorata interpretada por Monica Vitti– tras ser deshonrada por su amante y los avatares que allí acontecen. Aunque fue nominada al oscar en 1969 como mejor película extranjera y pese a contar con numerosos detalles interesantes, la obra, en absoluto redonda, se deja ver. Lo que diríamos una buena mala película. Género éste, por otra parte, del que me confieso auténtico devoto. Lo que sin embargo sí resulta ser -tan fallidamente en la película como atinadamente en su música- es una historia acerca de los ancestrales designios del corazón desde un punto de vista carpetovetónico, una comedia sobre el atavismo sentimental de un tiempo y un país, decorado con los sonidos más chic entonces imperantes. Es un historia que navega entre lo (hoy) políticamente incorrecto y la comedia bufa. Un contraste que en absoluto rechina sino que le otorga un halo de frivolidad y atracción. 
 
 El tema estrella es sin duda el que da título al film. “La ragazza con la pistola” es una pieza que resume los sonidos -y tal vez el espíritu- del momento imperante; guitarra con pedal fuzz, un beat psicodélico, un sitar omnipresente y una voz masculina que parece en off repitiendo constantemente el título de la canción en inglés “Ggggiiiirl with a guuun”. Un tremenda andanada en la pista de baile en según y qué momentos.
 
Pero no es la única; “Obsessione psychedelica” continua con las bondades del sitar eléctrico, en medio de un mantra dopante, colocado, de innegables efluvios narcóticos. “Shake balera”, una juguetona pieza con un hammond polivalente y una melodía de guitarra atravesándola de principio a fin. Hay más hammond groove en “Insieme a lui” y en “In due”, aunque esta vez más próximo a la elegancia de Antonello Vanucchi que a la demencia, digamos, de la época. “Rapimento in Sicilia” es una pieza regresiva con una delicada, elegante batería, ornada de nuevo con el sitar eléctrico.“Trumpet shake”, con un aire alpertiano, premeditadamente infantil y banal con sus trompetas y que, para uno, remite a trabajos de Lalo Schifrin como el realizado para “Sol Madrid”.
 
 Retrato y reflejo a la vez de un mundo ya pretérito, el de las partituras originales sin pretensiones -también desinhibido, feliz, divertido-, y retrato también de un tiempo donde aún no existía la mala conciencia ante la felicidad, de un mundo cambiante y vertiginoso, la obra de Guisseppe, Peppino, Nino de Luca para este “La ragazza con la pistola” (RCA, 1968) es otra muesca más en ese laberinto, -melancólico unas veces, evocador otras, siempre de vital devenir- que para uno es la música.