Yo quiero bailar en La Costa Fleming

Costa Fleming

 

Mil gracias una vez más a todos esos amigos que se empeñan en que intente borrar en mi los molestos prejuicios y que me permiten ver las cosas tal y como son. Existen intérpretes con escasa voz que cantan como los ángeles y otros, dotados técnicamente de manera soberbia, que jamás sabrán cantar. Cualquier profesional se echará las manos a la cabeza, probablemente con razón, ante mis argumentos, pero yo sé lo que me digo. Cantar bien es ajustar las notas, encajar la melodía… pero también mucho más; Llegar sin pasarse, darle sitio y tono a la canción, transmitir.

————————————————————-

Tal vez todo esto les parezca algo sin pies ni cabeza y es muy probable que estén en lo cierto. Casi estoy por asegurarles que harán lo correcto si dejan de leer. Cada uno tiene su concepto del asunto que nos ocupa. No es éste otra cosa que un post en torno a una fijación insana, sobre algo difuso, tan borroso e idealizado como algo pienso necesitado de una cierta puesta en valor. Algo generalmente tratado, a lo sumo, con desprecio tal vez no sea lo más apropiado para labrarse un cierto nombre entre los popes de la crónica aunque no me puede importar menos. Divagar casi de oídas sobre algo que ocurrío hace cuarenta años, en un país, al igual que hoy, anquilosado y endogámico, se me antoja un desbarre de proporciones mayúsculas. Aunque no sé si tan absurdo como haberlo visto pasar ante tus ojos, no haberse enterado de nada y, lo que es peor, permanecer en sus trece.

Es este un texto humilde ante el cual la postura más saludable sea aquella que combine el hedonismo y un cierto distanciamiento, la justa aprensión y una indesmayable curiosidad como todo lo relacionado con el pop, a la manera del que apura las copas nocturnas -y noctámbulas- sin pensar por un segundo por la segura resaca. En definitiva, mantener la distancia conveniente que, en cambio, uno jamás supo ni sabrá fijar y, lo que es peor, tampoco tiene ninguna intención de hacerlo. En cualquier caso una sentida recomendación esencialmente basada en la canciones -pues es de eso de lo que trata el asunto- y un relato que lo adorne.

Paloma Cecilia San Basilio Martinez tenía -aún lo tiene- un chorro de voz. No desafinaba nunca y su belleza de porcelana hacía, muchas veces, tenerla por lo que no era. En contra de lo que algunos piensan, la dificultad no está en la sencillez. Lo verdaderamente difícil es que, estando dotada de una gran voz, tendiendo a lo grandilocuente y a la exhibición, siendo icono gay y gozando de todo ese estatus, seguir siendo algo íntimo, escapar del exceso como norma. Eso lo logran las verdaderas divas. Hablo de Mina, de Nina Simone, de Ornella Vanoni y…de muy pocas más. Paloma San Basilio no entraría en este Olimpo ni queriendo… salvo con esa maravilla que responde por “Contigo”.

Compuesta por el argentino afincado en Madrid Bebu Silvetti y publicada originalmente un año antes (en su Lp “El mundo sin palabras de Bebu Silvetti”) sería retomada, añadiéndole una hermosa letra y todo el empaque de la factoría del Sonido Torrelaguna,  en 1975. Con el factótum artístico del sello Hispavox, el milanés Rafael Trabuchelli a los controles, ordenando, colocando cada pieza en su lugar, estirando las bridas de una yegüa todavía por desbocar, logrando dar cuerpo a una hermosísima simbiosis entre el modern soul y la canción pop que, de haber surgido en otro ámbito, menos satanizado, hubiese sido epítome de la clase y la sutileza más elegante.

Mi interés por el Sonido Costa Fleming surgió de manera difusa, espontánea, poco razonada y por supuesto sin el menor asomo de rigor ni de lo que para mi iba a suponer. Un poco de casualidad, sucedió motivado por la contemplación extasiada de programas televisivos de variedades donde pululaban las más hermosas mujeres. Desinhibición de fotonovela y voluptuosa modernidad a partes iguales; Agata Lys, Ingrid Garbo, Barbara Rey, Marcia Bell, Nadiuska, Isabel Patton, entonces Diosas y hoy señoras maduras en el mejor de los casos, cuando no olvidadas o simplemente ajadas, cuando no todo ello a la vez. Apareció yendo a sesiones de reestreno en los cines de pueblo, (en programa doble, faltaría más), donde un leve roce, un intermitente vaho de perfume dulzón se mitificaba como bacanal inolvidable. Donde, también, por qué no decirlo, iniciales miradas furtivas daban pie a tórridos ejemplos de desaforado bizarrismo. Otras cosas ayudaron, claro. La sobredosis de un cine pretendidamente moderno pero de indudables ribetes pacatos, ése que todavía hoy en día continua sin constar en la enciclopedías -atiborradas de dramas acerca de la guerra civil y divagaciones sociológicas- para otra cosa que no sea la mofa, pero frente al cual cualquier cronista honesto no podrá sino asentir ante su realismo incómodo y molesto, ante su capacidad para fijar la fotografía de una época. Estupefacción y asentimiento ante aventuras que a fuerza de disfrazarse de astracanadas o ir insufladas de ternura y moralina falsaria no podía, a su pesar, dejar de tener sus dosis de verdad.

 

“Madrid, Costa Fleming” (José María Forqué, 1976), adaptación cinematográfica de la novela de Ángel Palomino, sin ser el más afortunado -ni de lejos- de los intentos, sí que al menos permanecerá por haberle dado carta de presentación al asunto, por haber servido su título como bautismo. Crearía involuntariamente una marca indeleble con sustrato costumbrista y modernidad de pegolete en impúdica combinación y de la que, esporádicamente, surgirían retazos hirientes, risibles episodios, sobre un mundo también nuestro y a menudo cruelmente reconocible. Estallidos intermitentes que cuando atinaban provocaban vergüenza ajena o frenesí nostálgico, sí, pero también capaces de mostrarnos reflejados en un espejo que todavía intentamos mantener oculto. Lecturas combinadas que mezclaban sin criterio aperturismo y doctrina, curiosidad miope y excitación sin guía. Educadores infames, cicerones del atavismo, con quienes las divergencias, todas en realidad, no hacían otra cosa que cargarnos despreocupada y alegremente de razón. Padres que pensaban haber parido un monstruo y a los que hoy, siéndolo también nosotros, les concederemos al menos el beneficio de la duda y cariñosa comprensión. Sueltos en los periódicos, comentarios radiofónicos que semejaban jeroglíficos indescifrables. Ansiadas expectativas ante las cuales tan sólo unos pocos tuvieron el valor -y la fortuna- de vivirlas en su totalidad. Bonvivantismo a medio camino de la Bôite despendolada y el despacho profesional.

Si nos centramos en lo sociológico podríamos decir que no fue más que una concatenación de agradables coincidencias, cuya trascendencia (no podía ser de otra manera) iba a ser nula en una sociedad que estaba por un lado -el ortodoxo- hipnotizada ante los primeros logros del confort y el desarrollo y por el otro -el contestatario- supeditada a la política de una manera enfermiza, casi religiosa. Jóvenes idealistas con complejo de culpa ante el placer que se les presentaba frente a jóvenes oportunistas sorbiendo la vida a tragos largos, literalmente. Sin término medio salvo aquellos en los que la sospecha era su estado natural. Para bien y para mal, una serie de espabilados oportunistas con talento y arrojo, desfachatez e ingenio, disfrutarían de esa casualidad feliz. Tuvieron además la fortuna de que el tiempo jugaba a su favor; Un régimen es sus últimos estertores, una situación económica relativamente oreada, la plena normalización de ese maná llamado turismo y la -ahora sí, mezcla de los nativos con los foráneos en vez del sometimiento servil de antaño-, posibilitó a una serie de cachorros acomodados (familiares de cargos provinciales, tecnócratas con cartera, procuradores a cortes, empresarios del desarrollismo salvaje y un puñado de aventureros con menos posibles en el bolsillo pero repletos de olfato) alternar como si no hubiese un mañana con secretarias aspirantes a artistas, misses de diverso pelaje, dependientas de boutique ávidas de experiencias y jovencitas atrevidas, hijas, e incluso a veces esposas, de la cuadra masculina, luchando por tenter una visibilidad más allá de su supeditación al macho. Gentes en definitiva sedientas de una vida europea. De la misma manera, ese tiempo tan inmarcesible entonces, sería poco después implacable ante lo efímero del instante. Una inconsciente alegría de vivir que resultaba imposible acotar y a la que, antes de permitir su propagación definitiva, el régimen prefirió mantener en una especie de zona cero, sita entre Recoletos y la calle Doctor Fleming, a la derecha de la Castellana. Un lugar donde si cerrabas los ojos y te dejabas llevar se diría, al caer la noche, que era la más cosmopolita de las urbes imaginadas.

Ver, escuchar, al menos soñar. Aunque, por supuesto, mucho mejor sumergirse, vivir, disfrutar. Siempre tras la búsqueda del instante de placer, ese que si resultaba inaccesible se imaginaba, o, por qué no, se creaba. Las hostias debieron ser muchas y grandes. La sensación de ser otro, un bicho raro, cada día mayor, enorme. De haber estado allí digamos que esa sería la causa o piedra angular en la que se sustenta un cierto solipsismo agnóstico, en absoluto militante, en todo caso atónito.

Pero, ¿Saben?; Uno hubiese dado lo que no tenía por trasladarse, aunque sólo fuese por una noche, a esa arcadia soñada. Agata Lys y Joselé Román dándole al licor 43 o al Pilé en medio de la gala de los premios Mayte, o mejor aún, Naranja y limón. La primera ahuyentando a pretendientes moscones y sin cartera, la segunda pugnando por divisar el punto débil, palpitando ante el tamaño de los escotes, ajena a las entrepiernas por serle de escaso o ningún interés. Alfonso Santisteban y Juan Carlos Calderón sacando pecho como pavos reales pero saludando solícitos al gran Augusto Algueró en cuanto asomase por las escaleras de Tartufo’s, cada día del brazo de una imponente vicetiple; Ora una go-go de Alicante llamada Ingrid, ora una voluptuosa azafata holandesa de la KTM, todas en definitiva musas de la cadena Reyzabal. Un estajanovista del arte -el del pentagrama y el de la carne- que se comía la vida a bocados ante lo escueto de su dieta casera. Porque debe ser insoportable tener en tu nevera el mejor manjar y que este no se deje tocar.

———————————————————–

Julio Iglesias

Exploito local firmado por Phil Coddy y Ray Blum (o lo que es lo mismo, el Dúo Dinámico) con la inestimable ayuda de Rafael Ferro. Más tarde caería en las manos de Phil Trim y ya como colofón supremo, en las del Julio Iglesias más irresistible…

 

————————————————————

Lord of marbella

A estas alturas no voy a confesar ni mis filias y ni mis fobias. Son evidentes, imagino que ya se habrán hecho una idea. Acabo de recordar que tenía por ahí grabada una playlist de cuando la primera fiebre costaflemingera me atacó. Si claro, venía cogida de la mano de aquel trip -para mi gozoso- que ya subí titulado “Lord of Marbella”. Ya hace de eso unos años, pero todos los veranos vuelvo a ellas. No me pregunten por qué. Ni yo mismo lo sé.

Por supuesto aquí no hay mezclas ingeniosas ni el timing apropiado. No tengo esa virtud. Lo que si creo que hay es el mismo aire febril, chapucero, desprejuiciado -y en mi opinión- libre que por aquel entonces reinaba y que uno alimenta con esmero.

Una última recomendación. Esto, sobra decirlo, es ya la enajenación Costa Fleming. Quiero decir con ello que es algo así como inmersión a pleno pulmón, un descenso sin paracaídas. Ténganlo claro antes que nada. Y si así lo decidieran, espero que disculpen mi poca pericia a los platos y que lo disfruten. Mucho.

————————————————————-

 

Es curioso lo del mundo de la cultura en nuestro país. Se le baila el agua sin pudor alguno a escritores o cineastas que, en el mejor de los casos, dieron alguna vez en la diana. En cambio a músicos que -si, concedámoslo- hace un tiempo que perdieron el norte (pero que también tienen algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado) se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denotan por nuestra parte es una cortedad de miras y una ausencia de curiosidad casi obscena. Amén, claro está, de la falta de respeto más elemental. Esa paradoja que consiste en pretender vestirse con el condescendiente traje de lo herético e incorrecto para no ser otra cosa que la triste apoteosis de lo políticamente correcto. Tontería, impostura… asuntos subsanables con el paso del tiempo. Estupidez, cretinismo … ya no sabría uno que decir. 

 

Y es que esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día y se transmite socialmente. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces en busca del ansiando qué dirán como forma de sentirse considerados. El epítome de la paradoja. Cuando más se quiere ocultar, más rauda y silenciosamente se propaga, implacablemente. Una fina línea delimita sus fronteras. Ahora mismo diría que es – a veces por separado, en su apogeo, todo junto- un compendio formado por el deseo de pertenencia al grupo, la falta de rigor y comprensión de uno mismo (y por ende en lo que uno es) y un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, al que honestamente cree tener algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje. Siempre fue agradable navegar a favor del viento pero acaso lo sea más el buscar la perspectiva, ejercitar un cierto rigor y mantener -siempre que seamos capaces- una mirada humilde y curiosa.
1972 es el año de la implosión Camilo. Con una sólida y larga trayectoria a cuestas (Los Dayson, Los Botines) en la que fue parte principal, tanto de cara al público -una belleza apabullante para la época, de una estética proto glam– como en lo esencial -componía la mayor parte de sus temas, era autor y estaba empeñado en controlar su carrera- todo parecía presto, allá por 1970, a la ignición. Bajo el nombre de Camilo Sexto ficha por Movieplay y lanza un sencillo (“Llegará el verano / Sin dirección”) que pasa sin pena ni gloria, aunque la segunda es una buena canción. Decepcionado aunque constante, no desiste y bajo el manto musical de Juan Pardo persevera. Curiosamente la conexión surge vía su amistad con Junior a quién conoce durante su servicio militar en Almeria. Ficha por Ariola y tras cuatro sencillos “Algo de mí” es, finalmente, número 1 en toda España. El lp que les sigue (“Algo de mi”) prende una mecha que durará una década. Trabajador infatigable, “Solo un hombre” en pos de su sueño, publica un segundo álbum a finales de ese mismo año. Giras por Sudamérica, apariciones televisivas, participaciones en festivales, aparte de rodaje y experiencia, le han servido para convertirse en un ídolo de masas, algo desconocido por estos lares con esa magnitud. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia viene a ayudarle.

Camilo no le hace ascos a nada. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y su banda, a la que suma un equipo de profesionales británicos de nivel. En los arreglos un viejo conocido, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero efectivo, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops y que, como curiosidad, cabe señalar que fue el responsable de los arreglos de esa barbaridad que responde por “Stoned out of it” de John Fitch and Associates y también el tipo tras el exploito mega hit llamado Mr.Bloel. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oreja en el mainstream y otra que demuestra estar al tanto en las tendencias del momento. Recupera “Fresa salvaje”, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuando menos, malicioso. “To be a man”, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas. “Fuego” con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca. La guitarra fuzz inicial, su base ritmica perfecta, los bongos, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. “Sara” desprende sexo y sudor lascivo. “Piedra sobre piedra” diríase salida de la pluma de Gamble & Huff. A tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, consistente, competente y engrasada (Alfredo Pareja a la guitarra, Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería), la ya mencionada producción, poderosa en sus arreglos y orquestaciones (guitarras vigorosas, algun fuzz despistado, baterías milimétricas, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y poso. Algo muy, pero muy serio, por tan solo cinco euros. Palabrita de esnob.

¿Recuerdan aquello de lo que una vez hablé, aquello acerca del valor y el precio?

Compren…

————————————————————-

 

Cada uno, por supuesto, es muy libre de pensar lo que quiera. Aplaudir, celebrar, maldecir o simplemente seguir con su vida, sin duda siempre la mejor opción. Y sin querer que ésto sirva de nada, solo puntualizar que uno vive la música como la vida, hambriento, con cierta obsesión e indesmayable pasión. Tara o  dicha, merma o gozo, quizás todas esas cosas a la vez. Y un cierto afán por comprender. Esa y no otra cosa es lo que he querido transmitir. Torpe y vehementemente, de la única manera que sé. 

Ah!, solo una cosa más. Estamos navegando en aguas del mainstream, de lo comercial como meta, de la búsqueda del éxito y la fama. No hay trampa ni cartón, tampoco falsas coartadas ni justificaciones. Ahora compárenlo con la manera en que se procuran esos objetivos hoy en día, tanto estilística como éticamente…

Abróchense los cinturones y prepárense para despegar…

Un TITÁN extraordinario. Un animal musical todo terreno (y cuando digo eso me refiero a que lo hacia todo y todo bien) que igual ideaba un score formidable que poblaba los proyectos de las discográficas con sus arreglos. Que por la mañana -bueno, tampoco nos pasemos, más bien después de comer- componía en serie para su señora o amantes y que por la noche se enfrascaba en musicales para TVE (“El irreal Madrid”), cortinillas y sintonías, alimenticias si se quiere, pero siempre con ese toque de clase que distingue a la imaginación de la rutina. Que aparecía profesional, casi ufano con smoking y pajarita, allá donde se celebrase el festival de eurovisión. Un tipo que no mostraba reparo en adecentar infames y amaneradas (y en este caso me refiero estrictamente a lo musical) revistas escritas por gañanes como Antonio Gala, protagonizadas por su señora, a la vez que realizaba arreglos casi avant garde para las incursiones más internacionales y cosmopolitas de los grupos hispanos con más aspiraciones (“World, devil & Blood” de Los Brincos). Un hombre que estaba en misa fabricando clásicos superventas para Nino Bravo o Serrat, y repicando (dominaba en el arte del crapulismo, titanísimo de la noche y sus distintos sucedáneos) sin ningún problema de conciencia artística. Es más, elevando el rigor a categoría, dándole prestancia y caché incluso a los más funcionariales menesteres. Ahí es ná.

Un genio a la carta en definitiva. El hombre música por antonomasia, en mal momento y peor país, con unas pintas de señor de derechas, gris y aburrido, pero que si hubiese nacido inglés o americano estaría en el imaginario colectivo a la altura de un John Barry o un Quincy Jones de la vida. Con la gorra además. Algún día se le hará justicia.

Si han tenido el valor de llegar hasta aquí mis comentarios ya deberían sobrar. He dicho bien, deberían, pero no me pidan eso, por favor, permítanme que me explaye. Gracias. Allá voy con un puñadito de ejemplos. Desde aceitosas (el “Alone again or” de Love por Los Albas) hasta MA-RA-VI-LLO-SAS versiones (Julio Iglesias  y el “Love’s theme” de Barry White, me lo imagino en versión super45, ocho minutos largos o así, mataría por encontrarlo), pasando por el gran Alfonso Santisteban adoptando una de sus múltiples personalidades, en esta ocasión la de un estilizado y elegante Janko Nilovic cualquiera. Los Tres Sudamericanos dando una vuelta de tuerca más a lo -generalmente en ellos- pasado de rosca. Encarnita Polo y su marido, Adolfo Waitzman, reconvirtiendo un clásico judío en una bomba para Bôites irresistible. Lia Uya, andrógina, habitual de musicales y revistas (sustituta de Angela Carrasco en la gira por provincias del mega-éxito “Jesucristo superstar”) retomando a Joe South según Elvis Presley.

Waitzman

Elsa def

Y más. Una madura Elsa Baeza progreseando con la ayuda de Juan Marquez en “La verdad”, Ray Blum y Phil Coddy, o lo que es lo mismo, el Dúo Dinámico, buceando por enésima vez (Magic carpet, Barbara, Backgammon, Sirarcusa) en el mainstream discotheque, una forma como otra cualquiera de experimentar. Profesionales de la canción del verano (Los Puntos) practicando Hard rock, cabezón, glamófilo, ¡Y competente!. Las últimas bocanadas de Rock stars como el gran Bruno Lomas, recluido en su torre de marfil, un minúsculo apartamento en la playa de Canet de Berenguer. Karina refulgiendo, de los brazos de Tony Luz a los de Rodrigo García, en una época en que su bondad e ingenuidad todavía bonificaba, cuando eso aun no le había convertido en el saco de los golpes para canallas y estúpidos.

Podría seguir y este post ser interminable; Manolo Otero, Set 96, Decibels a go-go, Sara Montiel, The Friends Co., Alcy Aguero, Nena Catherine, Pepe Solá, Marisa Medina, Jou Cogra, Julio Mengod, Greg Segura, Ray Jordana, Key-Hano, etc, etc. Algunos ya han pasado por aquí. Otros pueden encontrarlos en los dos fantásticos volúmenes de Psicotrónica. Hagan, claro, lo que les venga en gana…

 

 

Notas interiores que escribí para la reedición de “Sabor a Fresa” (Vampisoul, 2009)

Se supone que es éste un país hosco en lo cultural, casi de honda raigambre analfabeta. Uno no sabría qué decir, es el único que conoce un tanto y por el que siente un cierto vínculo, aunque si afirmaría sin dudarlo que es bastión de la mala leche, obscenamente exhibicionista en el desprecio a todo aquello que no entiende ni tiene la menor intención de conocer, del mismo modo que sorprendente vivero de francotiradores espontáneos.

Es por lo que uno piensa que somos hoy, lo fuimos ayer y me temo que lo seremos mañana, profesionales en hacer glamour del fracaso. Y lo siento, lo único que vislumbro en el fracaso, que no es poco, es dignidad y, en algunas y contadas ocasiones, grandeza. Ni oropeles ni leyenda.

Madrileño de 1943, amamantado en la copla y la canción española, de sólida formación clásica, iniciado en las veleidades jazzisticas y enamorado de la música brasileña, Alfonso Santisteban es, entre otras muchas cosas, distinto, egocéntrico, curioso, poco glamouroso, vividor, adalid de la mala leche, digno y, digámoslo ya, grande, muy grande.

Con todos esos ingredientes, Santisteban creó un sonido propio que comenzó a gestarse con la explosión atómica que fueron los 60 y tomó carta de naturaleza en los albores de los 70, cuando toda esa mezcla de conocimientos, inquietudes y deseos adquirió consistencia, unida a un devenir vital sorprendente y a su inmersión total en la música brasileña.

Poliédrico y estajanovista, entendió a la fuerza cuál era el único camino hacia el conocimiento y la destreza profesional, andamiaje obligatorio del talento; el hambre por conocer. O dicho más finamente, transitó todos los palos, unas veces voluntariamente, otras por necesidad, sabiendo, tal vez no aceptándolo, que el viaje siempre es el camino. Fue músico de sesión profesional y compositor por encargo desde principios de los 60 para estrellas del flamenco pop – tan buscado hoy por los diggers como entonces denostado – tales como Chacho, Bambino, La Polaca, etcétera y creó, junto a Rafael Ferro, el esencial Lp “Flamenco pop” (Sintonía, 1969).

No me resisto a darle de comer aparte al sorprendente sencillo de Ellas “Sola en la ciudad/Llovió” (CEM, 1968). Ambos temas fueron compuestos por Santisteban y la cara B (con probable colaboracción de nuestro hombre en la producción) es un claro antecedente de este “Sabor a fresa”. Una melodía que ya grabaría en “Flamenco pop”, que luego haria Chacho con el título de “Bum bum” y que en esencia es un formidable bastardeo. De cómo a partir de la melodía de Morton Stevens para “Hawai 5-0” se puede construir algo nuevo, propio e intransferible, mostrando un talento humilde pero, estoy casi seguro, orgulloso en su osadía.

Autor de infinidad de bandas sonoras, muchas descabalgadas, algunas notables (“Juegos de amor prohibido”, “Necrophagus”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “Cebo para adolescente”), Santisteban también compuso innumerables cortinillas y sintonías para las incipientes emisiones de una TVE ahíta de modernidad aperturista (Palmarés, Bla bla bla, Sobremesa, el Tren), decidiendo pagar gustoso ese placentero peaje para procurarse momentos de libertad creativa total.

Vayamos pues al objeto en cuestión, el maravilloso e inencontrable “Sabor a fresa” (Belter, 1971), cuya primera reedición respetando el listado de canciones original, y añadiendo estas humildemente desmadejadas notas, es la que tiene usted en sus manos. Ya desde el inicio, el tema homónimo es la conjunción del canon Santisteban: Dabadás femeninos, reminiscencias a la copla, aromas de banda sonora del spaghetti-western, la devoción al jazz y su fijación con Brasil. “Brincadeira” nos sumerge directamente en las playas de Ipanema, con esa cadencia inconfundible de la bossa nova. “Nuestro ayer” y su guitara à la “Concierto de Aranjuez” casa de una manera casi obscena su obsesión y su realidad: Copacabana y el Manzanares, la caipiriña y el cóctel San Francisco. “Limón y sal” y “Zorongo”, ambas editadas en single, son dos bombas que no tienen nada que envidiar a los holy grails del euro groove que pululan por la red. La primera está cosida con una guitarra infecciosa mecida por vientos souleros, la segunda con un beat que aún hoy suena nuevo, sorprendente. Ambas están ornadas por los espectaculares coros femeninos marca de la casa a cargo del Trío La la la, con Merche Valimañá al frente. Serían himnos oficiales del llamado sonido Costa Fleming, centro neurálgico de la cultura de clubs y lugar de alterne – social o de cualquier otro tipo – por excelencia en el Madrid de los primeros 70. Clubs como Bocaccio, Lord Black, Octopus, J&J, dónde transcurría la vida de todo aquel que fuese proyecto o realidad de la escena artística, homónimo capitalino de la Gauche divine barcelonesa, que entonces miraba tan por encima del hombro y que hoy no les duraría ni un asalto.

“No te acuerdas de mí”, con el majestuoso riff de guitarra de Martín Carretero, la batería incisiva y poderosa del gran Pepe Sánchez, su linea de trompeta y flauta a cargo de Pedro Iturralde y ese estribillo cantado es sencillamente … increíble. Qué decir de “Manias de María”, juguetona e infantil, con ecos al “If i had a hammer”, o de la crepuscular “Vuelve a tu ciudad”, o…

Y dejaremos para el final esa maravilla que atiende por “Persecucción”, también incluida en la banda sonora de “Enseñar a un sinvergüenza” y editada en un rarísimo y cotizadísimo sencillo con una carnal Carmen Sevilla en la portada. Es un elenco de músicos en su apogeo; scat vocals, jazz a go go, ritmos sincopados…una de las piezas capitales del jazz europeo.

Autor y obra, deambulando errantes por los paseos del olvido. Alfonso Carlos Santisteban no supo, o supo demasiado tarde, que había capturado el angst de una época. Tal vez se viesen en el futuro que hoy ya es las costuras del personaje, como su espectacular americana de piel de leopardo, pero me temo que todavía están por descubrirse sus logros y hallazgos.

 

 

Anuncios