DANY MAURICE. Hoodlum’s parade. (Telecinedisc, 1971)






DANY MAURICE Hoodlum’s parade
Observen detenidamente ese rostro orgulloso. Deténganse por un instante a contemplar la satisfacción por el trabajo bien hecho que parece inundarle. Cada vez que lo veo más me recuerda al jefe de la sección de discos de unos céntricos (y británicos) grandes almacenes valencianos, justo después de putear a alguien como desahogo por no poder bajarse al bingo del parking a echarse unos cartones. Pero claro, esa semejanza es un guiño casi privado que ustedes no tendrán jamás la ocasión de valorar. ¡Qué suerte!. 
 Si se fijan un poco mejor, asentirán en que pudiese pasar perfectamente por un émulo del gran José Sazatornil -pónganse en pie, un respeto, háganme el favor- tocado con ese aplique capilar natural al 100%, que no es otro que el así llamado efecto cortinilla y cuya patente debe de ostentar sin duda el sinpar Anasagasti. Consiste este ingenio en dejarse crecer el pelo tanto como se pueda (generalmente en los laterales, que es dónde brota con cierta profusión aún siendo uno alopécico prematuro) hasta llegar a extenderlo a modo de alfombrilla, como trasunto de cabello vigoroso, por ese lugar donde hace ni está ni se le espera. Es éste invento si quieren un poco más obvio y cantoso que el remedio de Bono, lo reconozco, aunque convendrán conmigo que bastante más económico. En cualquier caso presenciar los hermosos amaneceres en su compañía deben ser una tortura de enormes proporciones, a poco que no recuerdes la existencia de tamaño ingenio y que del natural proceso nocturno -sexual o de cualquier otra índole- que tenga lugar en el catre se descoloque y tienda a mostrarse libre y ufano tal cuadro picassiano colgando de un lateral. Desosegante. Turbador. Dantesco. 

No crean por mis palabras que uno ha tenido la fortuna de yacer con algún prohombre por él coronado. Pese a tener las filias y depravaciones propias de todo hombre de bien, el único recuerdo que se agolpa en mi mente con la cortinilla como protagonista es la imagen de un tío carnal por parte de padre en una mañana, por lo demás hermosa, saliendo del baño del apartamento de la playa con tal resto pendiendo a modo de pseudo barba cubriendo una oreja y llegándole casi hasta el hombro. Afortunadamente creo que pude superarlo, aunque el impacto fue tal que el reverso freudiano imagino, constato que todavía habita en mi.
 Sigamos. Igualmente, si nos asegurasen que es un primo lejano (emigrado de púber a Toulouse, por ejemplo) de Emilio Laguna lo aceptaríamos sin rechistar. Se nos desmontaría una leyenda necesaria de derruir; que es un invento español. Desgraciadamente no es así. Y así, me temo, ad infinitum. Un rostro común y familiar que diría cualquier honrado funcionario de los cuerpos de seguridad del estado, tras el farias y el sol y sombra mañanero, justo antes de la mano de hostias al pobre indigente.
 Cuando me lo encontré escondido en un cajón -literalmente- en las Pulgas, debe hacer ya cuatro o cinco años, todas esas filosóficas reflexiones vinieron a mi mente en manada. Me bastó, en principio, con la contemplación de esa impactante portada. Siendo sinceros, también ayudó lo suyo el que me pidiesen por él poco más de lo que costaba un café. Ahora bien, cuando tuve la ocasión de ponerlo en el tocadiscos, despegué. Hammond beat colosal, inyectado de alegría y frenesí, y con la duración precisa que requieren estos experimentos. La historia oficial es otra. Y no, no pienso aburrirles con ella. A disfrutar.
 
 

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