DEL SHANNON – Home and away

 En el negociado de la música popular, como en todo aquel susceptible de ser mercadeado y por tanto, a menudo, sujeto a los designios -y éso con suerte- de personas centradas en el asunto económico, sucede, de vez en cuando, insondables y misteriosos episodios como el sucedido con “Home and away”. Que uno de los discos más hermosos del final de la década mágica no viese jamás la luz, quedando archivado en las estanterías de Liberty por una concatenación de desidia, mala suerte y peores decisiones, es algo que escapa a mi entendimiento. 

 
 A principios de 1967 Del Shannon y su cómplice Dan Burguoise viajan a Londres contratados para una gira. Del es un prolífico y talentoso autor, pero contractualmente está obligado a incluir en sus discos versiones de las canciones del momento, clausula que deja en un segundo plano a su propio y soberbio material. Todo ello no es óbice para que algunas de sus tomas de temas ajenos brillen de manera esplendorosa. Una de ellas – el “Under my thumb”de los Rolling Stones– ha llamado poderosamente la atención del por aquel entonces todavía su manager, Andrew Loog Oldham. Durante una entrevista para la BBC coinciden en el plató y este les aborda con la invitación de escuchar en primicia el nuevo lp de los Beatles. En el interior de su Rolls-Royce descubren por primera vez “Strawberry fields forever” o “Penny lane”. Oldham les cuenta sus ideas acerca de un proyecto que tiene en mente y les propone si están interesados en formar parte. A Del Shannon le encanta todo lo que oye e inmediatamente se ponen manos a la obra.

 Andrew Loog Oldham, rubio, bien parecido, de porte distinguido y hábitos sociales mundanos habla acerca de los pilares de su proyecto. Nada parecer ser obstáculo; Su idea es realizar un disco que recoja tanto el espíritu de “Pet Sounds” como el toque pop de las producciones de Lou Adler para Mama’s and the Papa’s y vestirlo todo ello con el aroma de la producción (más) gloriosa y decadente de Spector en “River deep, mountain high”. Sus palabras son ambrosía para los oidos de Del Shannon y éste no ve el momento de ponerse en faena.

 Para la ocasión el productor contrata al arreglista Arthur Greenslade. Un habitual y viejo amigo de la casa que ha trabajado -o lo hará en el futuro- con Dusty Springfield, Tom Jones, Serge Gainsbourg, Shirley Bassey o David (Jones) Bowie entre otros. Profesional competente, dúctil e incansable, un artesano eficaz capaz de llevar a cabo todo aquello que se le pida, la confianza de Oldham en él es absoluta desde que trabajaron juntos en el “Out of time” de Chris Farlowe, publicado en Inmediate, el sello de reciente creación propiedad de Loog Oldham.

 

 En palabras de Del Shannon las sesiones “Ofrecen un ambiente cálido, humeante, cómodo y acogedor, con la calidez de los buenos sonidos”. Con un plazo de tan solo cuatro días para llevar a cabo el disco, Oldham ya llevaba parte del trabajo hecho desde casa con seis canciones provenientes de artistas de su escudería; Tres firmadas por Andrew Rose y David Skinner, el duo conocido como Twice as much (“It’s my feeling”, “Easy to say” y “Life is but nothing”) y tres escritas por Billy Nichols (“Cut and come again”, “Led along” y “Friendly with you”). El resto será una nueva versión del clásico de Del “Runaway”, otra canción que ya tenía en el cajón desde 1963 y que ningún productor le había querido grabar, escrita por Ross Watson (“My love has gone”), una más a cargo de un conocido de Oldham, Jeremy Paul Solomons (“Mind over matter”) y dos nuevas, recién compuestas por Del Shannon para la ocasión, de una magnificencia que todavía hoy sorprende y asusta; “Silently” y “He cheated”.

Con el repertório decidido falta ensamblar a los músicos. Oldham siempre ha dicho que Nicky Hopkins, Steve Marriott, Reg Guest, Andy White, Twice as Much y Billy Nichols intervinieron en dichas sesiones, pero de lo que queda constancia por las fotos tomadas en el estudio es de que estuvieron presentes Big Jim Sullivan a la guitarra eléctrica, Joe Moretti a la acústica, Billy Bell al banjo y John Baldwin (o lo que es lo mismo John Paul Jones) al bajo, ademas de P.P. Arnold y Madeleine Bell en los coros.

 

 
 Nada más terminar comienzan las desgracias; A Oldham se le juntan los problemas; Jagger y Richards, que se hallan terminando de grabar “Their satanic majesty’s request”, tienen una vista en el juzgado por asuntos de drogas y “Here comes the nice” de los Small Faces, el nuevo grupo de Inmediate, es un éxito que requiere de todos sus esfuerzos. El resusltado es obviar “Home and away”. Además de todo eso, lo bueno y lo malo, es el organizador del festival de Monterey. Estos tres asuntos sellaran el destino del disco de Del Shannon junto con la atónita llegada de una nueva era para los despistados A&R y ejecutivos discográficos. Según BurguoiseTodos los ejecutivos y A&Rs de Liberty se  fumarían su primer porro en Monterey. Cambiaron sus corbatas y trajes a medida por chaquetas Nehru, patillas y pelo largo. Escucharon el disco de Del y sentenciaron que era demasiado pop, que debía ser más psicodélico, que no molaba. No se enteraron de nada”.

 Así pues el álbum quedó archivado sine die en las estanterias de Liberty. Todavía se publicarían un par de sencillos casi a hurtadillas (las antes mencionadas “Silently” y “He cheated”) pero nada sucedió. Nada comercialmente hablando, claro. Aquella barróca combinación de cuerdas, obóes, clavecines  que atemperaba unas veces y exasperaba otras, la paranoia, el drama y la irresmisible esperanza dio fruto a lo que los ejecutivos describieron -de manera atinadísima aunque sospecho que totalmente involuntaria-  como “Fuera de su tiempo”. Porque Del Shannon, señor de la pérdida y la infinitud, rey sin corona de la emoción y el falseto lírico y delicado no tenía más objetivo que conjugar de manera casi sobrenatural el drama y el pathos, combinándolos de manera sutil y espaciada, muy lejos de la inherente y peligrosa veleidad, a años luz del amaneramiento y la impostura. 

 

 
  Mis abuelos vivían en una casita que con el tiempo y el progreso casi terminó por estar en el centro del pequeño pueblo. El antiguo barranco junto al que la construyeron se rellenó con capas de olvido, esperanza y sueños no siempre llevados a cabo para terminar, décadas después, siendo el flamante nuevo paseo. A éste daba su fachada, de nuevo cuño, con la inscripción (veleidad de la obra hecha con su esfuerzo y sacrificio) del año de su construcción en su soportal -1953- y sus iniciales –V.F y A.V– talladas en la piedra. Justo arriba, en el piso superior de la inscripción, estaba la salita. De planta estrecha y rectangular, era un modesto mirador que daba al paseo, con el piano de pared que acostumbraba a tocar mi madre a la derecha y un tresillo en el que teóricamente no te podías sentar -por ser el bueno, “Xiquet, mira com tens de bruts els genolls”– aunque mi abuela, tras la cariñosa reprimienda, siempre hacía como que no veía mis escaladas por él. Tenía el mirador dos butacas y una mesita cubierta de un tapete con motivos florales hecho a mano que daban al balconcillo. En el centro de la mesita, todos los domingos por la mañana, mi abuelo colocaba flores en un jarrón en cuya base se podía leer Gean y a su lado varios ejemplares del Reader’s Digest. Junto a ellos una cigarrera, plateada, que representaba a la bola del mundo y que se abría por su ecuador. Era un objeto que a mi me tenía completamente hipnotizado. En él anidaba parte del veneno que aún me consume; el aspirado y el escuchado, su forma cilíndrica que al extraerla entonaba aquella melodía. Una melodía que no logro identificar pero que hoy, escuchando el clavecín inicial de “It’s easy to say”, ha vuelto a mi memoria como por ensalmo, en agradable retorno a un cada vez más lejano pasado. Razonablemente féliz, por qué no decirlo, y también consicente de mi pequeñez.

 Todos los datos biográficos están extraídos de las notas interiores de “Home and away” (Now Sounds, CrNow 40, 2013), escritas por Kieron Tyler.

DEL SHANNON. "The further adventures of Charles Westover" (Liberty, 1968)

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Los efectos del Festival de Monterrey, en el llamado verano del amor del ya lejano 1967, constituyeron, además de su innegable impacto sociológico, una reestructuración y modificación de los códigos vigentes en un negocio ya en transición hacia terrenos menos confortables. La industria discográfica, hasta entonces sin ningún interés en disimular su naturaleza acomodaticia y rol dominante, siempre en pos de la mayor rentabilidad posible, decidió que había que fabricarse un coartada acorde a los tiempos y vestirla de la manera apropiada; Tomaron las cartas que les repartieron y decidieron jugarlas con mayor o menor fortuna, aceptando desde el principio que habían nuevas reglas en el juego y –los mas espabilados, los mejores tahúres-, aprendiendo raudo que a veces una doble pareja tumba a un ful o que un farol elegante y oportuno puede desmoronar a un color planteado con desafortunada estrategia. En definitiva, dar un paso atrás, para acto seguido avanzar dos. Nada que el poder no supiera desde tiempos ancestrales. Nada en que los poderosos no fuesen unos virtuosos.
Precisamente esa actitud pretendidamente igualitaria, esa camaradería ficticia -en el fondo mero sustitutivo de valores con el fin de mantener su posición de dominio-, permitió entrar en el negocio tanto a idealistas geniales como a ingenuos visionarios, a la par que los coyotes hambriento y los mafiosos camuflados tomaban posiciones. Una especie de borrón y cuenta nueva rigió durante un breve lapso de tiempo, posibilitando últimas oportunidades que disfrazaban a su vez como primeras. La figura del manager, del A&R, del productor e incluso del alto ejecutivo dejó en algunos casos de tener exclusivos tintes paternalistas para pasar a convertirse, aparentemente y de puertas para afuera, en una falsa relación de iguales, siendo a su vez socios y consejeros, cuando no oráculos. La mayoría de las veces no eran otra cosa que satélites que gravitaban sobre su obra y, sobre todo, su dinero. Parásitos en busca de fortuna en un terreno entonces fácil, propicio y fértil. Otras, las menos, gente con cierta sensibilidad y perspectiva, capaces de apreciar ese tipo de habilidad o genio, generalmente disperso y a menudo poco trabajado. Manipuladores de bombas de relojería dispuestas a ser activadas y de las que conocían tempo y funcionamiento aunque no tanto sus consecuencias.

Del Shannon había sido una de las pocas estrellas prefabricadas de los 60 con verdadero talento, capaz de componer e interpretar. Tras el éxito de  “Runaway”, los sucesivos esfuerzos por igualarlo, aunque cualitativamente sobresalientes, no lograron alcanzar la meta (“Little town flirt”, “Do you wanna dance”, “So long baby”, “This kind of teardrops”, etc). Formidable, aunque infravalorado guitarrista, disponía de una voz poco entrenada, pero con una capacidad increíble para llegar a los tonos altos. Su falsetto producía escalofríos. Personaje complicado, con un físico que era un lastre, como todo solitario con talento, su obra, incluso en esa primera etapa como ídolo juvenil, navegaba ya entre la angustia, la vulnerabilidad y la desesperación. Tampoco le hacía ascos a ninguna tentación externa que se le presentase, si ésta tenía las curvas necesarias o la graduación etílica suficiente.

 

Inevitablemente contagiado de ese something in the air, Del Shannon decide tomar riesgos. En 1967, después del verano, entra en los estudios Liberty de California. Conoce y propone a dos jóvenes músicos, Dugg Brown y Dan Bourgoise, tomar la riendas en la producción. Contrata a Don Peake como arreglista y pone toda la carne que aún le queda en el asador. En Septiembre del 67 registra “Thinkin’ it over”, el resultado de la primera toma de contacto, junto a una versión de “The letter” que, al parecer, tan solo salió como cara b de sencillo en Filipinas. Dos meses después, en noviembre, con Dr. John en los teclados y el batería de (A band called) Smith, Bob Evans,  se graban cuatro más. El asunto va tomando forma e incluso su imagen, moderna y extravagante, encaja perfectamente; Parece recién sacado del rodaje de el planeta de los simios, con unas patillas estratosféricas, su chaleco de cuero, botines y pitillos a cuadros, gafas monstruosas y medallón al cuello. La primera que registran, curiosamente, es la que cierra el Lp, “New Orleáns (Mardi gras) un asombroso trip, con arreglos de cuerda y viento, tremolo fuzz, timbales, un beat alucinante, cantos indios… Bourgoise recuerda; “Encontramos ese maravilloso bucle en una cinta que resulto ser Mardi gras y lo usamos uniéndolo al final de New Orleans.  Del cantaba, recitaba o tarareaba, según le diera. Ahhh!… que grande”. Junto a ésta , “Conquer”, “River cool” y “Colour flashing hair” cierran la terna. La última, una desencantada, casi paranoica oda a un  amor perdido, con su ensoñadora orquesta de cuerda, sitar eléctrico, múltiples experimentos de estudio y voz doliente, repite constantementela frase “I reach for her but she’s not there” tal que un mantra, confiriéndole un tono inerme y desvalido.

 

En diciembre vuelve pletórico a los estudios, decidido a terminar el resto hasta completar el álbum. Firma dos de las canciones en solitario: “Gemini” cuyo esqueleto, una contundente base rítmica y unos delicados arreglos de cuerda, dan pie a un discurso acerca de lo inalcanzable del amor  y la idealización del ser amado. “I think i love you” continua por esa senda y retrata un imaginario encuentro amoroso con una chica de la alta sociedad que le promete amor y fortuna a modo de tentación, una chica que nunca ha visto, acaso nunca encontrará, una pieza donde el sitar eléctrico ocupa el lugar de la guitarra, unos coros femeninos la mecen con un aire espectral y la psicodelia más accesible acaba por impregnarla por completo. “Been so long”, a medias con Brian Hyland es una efectiva combinación de voces tratadas, trucos de estudio y una guitarra, como a lo largo de todo el disco, resplandeciente. “Runnin’ on back”, también a medias, -esta vez con Sharon Sheeley, ex novia de Eddie Cochran-, es un fogoso, airado ejercicio de afirmación, robusto y directo, con una  evidente similitud con el “Ticket to ride” , muy especialmente en su estribillo y que uno adivina como clara influencia de los Big Star de Chilton y Bell.  Toneladas de paranoia y un extravagante clavecín, violines chirriantes, contrabajos y aromas de película de terror ilustran la historia de una niña perdida en su habitación en “Magical music box”, una frágil y bella fruslería, tenebrosa y desasosegada, hipotética banda sonora perfecta para las alucinaciones de Lewis Carroll.

 

 El esfuerzo, comercialmente, seria en vano. Pronto saldrá de Liberty, su enésima compañía. El disco, en términos cualitativos es, cuanto menos,sorprendente y poderoso. Un tratado con todos los gimmicks y gadgets de su tiempo aplicados a un cancionero supremo. Truco o trato, en ambos casos glorioso. “The further adventures of Charles Westover”, pues ese era su nombre de pila, es uno más esos discos fallidos, mágicos y atemporales, que pasaron sin pena ni gloria en su momento, si es que alguna vez llegaron a tenerlo. Surgido en un momento aún no del todo maleado y falto del cinismo que acabaría por invadirnos. Ajeno a la apoteosis de lo políticamente correcto que desde hace ya demasiado tiempo gobierna el mundo. Un disco producto de una época, habitante de un tiempo irrepetible, aventurero e ingenuo, también osado y temerario. La única diferencia, -y en absoluto nimia-, es que no lo ejecutaban impostores y estaba, -sigue estándolo-, repleto de grandes, soberbias canciones.