The Man Form O.R.G.A.N. The Electric Eclectics of DICK HYMAN

 

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En la segunda mitad de la década de los sesenta el neoyorquino Richard “Dick” Hyman lleva ya bastante matu a cuestas. Hijo del concertista de piano Anton Rovinsky desde muy pequeño estudia y absorbe como una esponja una amplia formación clásica. Desde allí, por influencia de su hermano mayor, pasa al jazz, a los musicales de Broadway y la música para películas. Lo que se dice un músico todoterreno.

En 1969, tras llevar ya varios años en Command, el sello experimental de Enoch Light (lo pop estaba reservado para la etiqueta Project 3) completará su tour de force definitivoHyman ha formado parte de la escudería Command, junto a Doc Sverinsen, Bob Haggart, Mel Davis o Tony Mottola, entre otros, baqueteándose en aquella serie de discos que llegaría a publicarse en nuestro país y que no sé si recordarán (Provocative Percusion, Persuasive percussion…). Estos y otros serán quienes en un futuro le acompañaran en sus discos en solitario.

 Antes de realizarlo ha participado de manera estajanovista casi todos los palos; recrea la moda de la bossanova en “Brasilian impressions” con versiones de Bonfa, Jobim, De Moraes o Roberto Menescal, reinterpreta los éxitos del momento en “Mirrors; Reflections of today”, recopila temas centrales de spy-movies en “The man from O.r.g.a.n.” y ha dado con un aliado inseparable, el órgano Lowrey, una especie de super computadora fabricada por él, que será parte esencial en sus discos formativos (“Electrodynamics”, “Keyboard Kaleidoscope”, “Provocative piano”, etecé).

Ya conoce el bendito reverso tenebroso. En 1963 publica en MGM la abracadabrante maravilla titulada “Mary Mayo / Moon gas”, una especie de refugio de libertad donde dar rienda suelta a los sonidos que bullen en su imaginación. Pronto tiene que volver al redil en busca de réditos con los que subsistir. Pero en 1969 el mundo es otro. Más receptivo y atento a la experimentación. También menos asfixiante, aunque sólo lo fuese por un breve lapso de tiempo.

Abducido por los sintetizadores y especialmente por el Moog, se abre ante él una paleta nueva conformada por una serie de nuevos colores, con una nueva decoración y un aislado paradigma de libertad. Lo extravagante y lo raro se torna normal y cualquier cosa que antaño estuvo vedada tiene ahora colgado el cartel de free entry. El suyo, en concreto, da acceso a “The electric eclectics of Dick Hyman”, la apoteosis del Moog.

El disco se abre con una adaptación sui generis de la música griega. No hay que hacerle mucho caso pero según confesión propia, junto al folklore nativo americano, es una de las bases de su música. Utilizando dos moogs (ya que este solo puede emitir una nota cada vez) y con la base rítmica grabada en directo, tira del overdub en estudio para poder armonizar la melodía. Utiliza efectos que reproducen el trino de los pájaros y consigue una extraña mezcla entre música folklórica, la electrónica y la bossa-nova. Y siempre, siempre, con un groove diríase de característica tan involuntaria como fidedigna fotografía de los tiempos.

“Con un piano o con un órgano pueden suceder cosas divertidas. Si estás tocando un staccato y aguantas la nota durante un segundo ésta ira desvaneciéndose. Pero en cambio, si tocas una nota de la misma manera en un sintetizador, crece”

Desde muy joven Dick Hyman era un whistler consumado, de hecho su versión de “Mack the knife” registrada en 1956 con el Dick Hyman Trio (Del que existe una hermosa edición española en formato EP), adornada por el silbido y el carillón, le otorga una nueva dimensión; exótica, nocturna, urbana, de una soledad conmovedora. La formidable “The Moog and me”, según sus propias palabras “es el intento definitivo por dotar de humanidad al Moog”. De hecho el timbre del silbido cambia con respecto al que consigue con el sintetizador del mismo modo que lo hace Jimi Hendrix con el uso del pedal wah wah en su guitarra. Ayudado por la Rhythm Unit , una especie de caja de ritmos o sintetizador análogico que reproduce el sonido de la batería, utilizado especialmente por los organistas de música ambiental, consigue un sonido especial, que modifica con un pedal de pie que crea una serie de rupturas en el ritmo. Jocosamente Hyman comentaba que “aunque tiene inconvenientes, también tiene la ventaja de que no te habla y no te pide tocar solos”

“The minotaur” fue lo más parecido a un hit que saldría de este disco. De hecho se publicó en single (obviamente en una versión abreviada y no en los más de ocho minutos que dura en el Lp) y llegó a entrar, no me pregunten cómo, en el top 40 del Billboard. Cosas de 1969. La verdad es que es pura experimentación, avant garde de vocación pop, una sinfonia que nada más comenzar a sonar nos muestra un paisaje de tantas y tantas cosas que hemos escuchado después. Una improvisación perfecta sustentada en la Rhythm Unit, que en vez de ser programado para un único ritmo lo es para dos; Bossanova y vals. A ésto se le añade un efecto de drone, un zumbido similar al sonido de la tamboura, interpretado con el sintetizador. Junto a todo esto, otro sintetizador produce la linea melódica. Es una mezcla de influencias hindúes claramente evidentes con la progresión del mantra y también con un etéreo aire helénico. De hecho, según Hyman, la idea de la melodía provenía de un disco de música griega de su colección personal. Para evitar que el mantra del sintetizador derive en monótono Dick Hyman añade una linea de bajo interpretada a la manera moderna permitiendo que la batería improvise a partir de ella. De hecho la linea de bajo suena antes que la batería. Cuando lo tuvo todo listo Hyman añadió los efectos de cinta que juegan con el estéreo yendo de canal a canal. El resultado produce un efecto hipnótico, casi carnal, en absoluto artificial, pese a ser interpretada toda ella con máquinas.

Hay más sorpresas: El uso del órgano Lowrey a modo de sintetizador otorgándole un efecto bitonal con la sección rítmica y jugando con el efecto xilofón en “The legend of Johnny pot”, improvisación pura y dura en “Top dance of memory banks” con arreglos de metal, filtros y un aroma antiguo, Efectos de cascada con la cinta echoplex mezclados con clarinete en “Total Bells and Tony”

La continuación de este espléndido “The electric eclectics of Dick Hyman” llegará al año siguiente con “The age of electronicus”. Menos innovador y más complaciente, todo versiones de canciones del momento excepto “Kolumbo”, composición propia, pero, atención, con esa cumbre que responde por “Give it up or turn it lose”, versión del clásico de James Brown que uno considera cima de la electrónica pop.

La mayoría de sus discos adolecerán del defecto del estajanovista; la dispersión, la conexión del piloto automático debido a la premura del instante, el predominio de la forma sobre cualquier otra cosa… Pero tanto en algunos de los anteriores como de los posteriores de vez en cuando hay algo que nos sorprende, que nos conmueve o que nos atrapa; la formidable versión del “Más que nada”, incluida en el agradable -y a cada escucha mejor- “Brasilian Impressions” , las versiones de los clásicos soul (“Mercy, Mercy” o “Respect”) en el deslavazado pero interesante “Mirrors”, la increíble reconstrucción que hace con “The windmills of your mind” en “Electric latin love” o casi la totalidad del misterioso y sugerente “Moon gas”. He incluido, como suelo, una playlist con momentos escogidos de todos sus proyectos que espero les resulten igual de satisfactorios que a mi.

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Diez razones para dejar de seguir …

… este blog. Refugio de atavismos casi patológicos, recurrentes obsesiones musicales y reflexiones hilvanadas de aquella manera. O sea, malamente. Pero una vez se ha pasado por encima de lo superfluo igual si que permanece algo sustancioso. Las canciones. Porque eso y no otra cosa es lo que les ofrezco. Diez canciones que me llevan absolutamente de cabeza (en el buen sentido) este último mes. No es una lista génerica o por estilos sino descabalgada y muy vinculada a mi. Asunto sin importancia, lo reconozco. Ustedes dirán.
 

Lo he intentado, se lo juro. He escuchado este disco varias veces en el último mes. Atentamente, esperando amortizar los ocho dólares que me costó. Ha llegado la hora de reconocer que es mediocre, incluso para mis standards. Pero igual que digo una cosa digo la otra; “Bad dreams” los vale varias veces. Una barbaridad de esas que me vuelven absolutamente loco; formidable guitarra fuzz pespunteando la melodía, estrofas coroladas con una voz en falsete, la batería y el órgano de la mano. Todo lo que yo le pido a una gran canción pop. ¿El resto? pues sigo igual, tal vez se salve “I’m only dreaming”, pero del disco del tal Dick Domane (del que reconozco que nada sé) he de admitir que poco más puedo salvar. Ahora bien, insisto, “Bad dreams” es tan sublime, tan directa, tan perfecta. No puedo dejar de preguntármelo; ¿Y si hubiese single?. Disculpen la vulgaridad pero me humedezco sólo con pensar en tal posibilidad.

 

 

A Ruthann Friedman la han recuperado – cada día que pasa se lo agradezco más- los titanes de Now Sounds con la recopilación “Windy”, titulada igual que el mega éxito que compuso para The Association. Recoge ésta el que iba a ser su primer disco, grabado junto a varios músicos del wrecking crew y luminarias como Van Dyke Parks, Randy Newman o Curt Boettcher. Jerry Moss, capo de A&M finalmente archivó el disco y decidió no publicarlo. Un año más tarde, ya en Reprise, publicaría este “Constant companion”. Un Lp en esencia de las mismas características (por intimo y desnudo), que no en la forma. Donde antes había grandes músicos y arreglistas, productores imaginativos y expansivos, ahora está ella sola a la guitarra acústica con alguna pequeña colaboración -improvisación estaría mejor dicho – de su amigo Peter Kaukonen con la eléctrica. Un disco frágil en apariencia, que parece a punto de romperse, con su voz similar a la de la Joni Mitchell menos mística, pero que en el fondo es duro como el granito. Música profana de serena, casi devota belleza. Les dejo con “Ringing bells”.

 

 
 
Ya les he hablado de Richard “Dick” Hyman en el post anterior. Incluso creo que cité este disco de pasada. “The man from O.r.g.a.n.” es un disco simpático sin más, con momentos divertidos y curiosos, incluso ingeniosos, aunque en otros con el piloto automático puesto. Bien hecho, sin duda. De esos que había cientos, miles. Con el gramaje y el peso adecuado, y el diseño de una portada estupenda que te lleva hacia él irremisiblemente. Uno, creyente facilón y convencido, no necesita de nada más para la seducción. Pero en el final de la cara B, la última canción del disco… ¡Booom! … ahí está, hammond soul de primerísima magnitud, adictivo, exultante. La versión definitiva de “Agent double-o-soul”, el clásico del grand Edwin Starr. Una canción de esas que te alegra el día. O la semana. O…

 

Ahhh, les puces. Las tiendas de discos y los rastros en general. Cuántas sorpresas deparan. Este diez pulgadas de los belgas Les Cousins cayó en mis manos hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Si que recuerdo que me dirigí a él conminado por la hermosa fotografía de ellos en la portada y que reconocí dos de sus canciones por tenerlas en unos de esos benditos eps que Belter publicaba en nuestro país; “Relax baby” y “Hey Mae” creo recordar que eran, hablo de memoria. Pero la verdadera maravilla, la absoluta joya de la corona es un denso instrumental titulado “The Robot”; tenebroso, escueto, casi espectral. De morosa y firme progresión desde su inicio para terminar añadiendo volumen, densidad y salvajismo controlado. Hipnótico y muy adictivo. Prueben y verán.
Otros que tal. Sé que en ocasiones algunos amigos me acusan de cierto chauvinismo pero no creo que sea cierto. O no del todo. Uno no le hace ascos a nada. Lo que sucede es que me resulta todo tan evidente que no puedo más que sorprenderme por la cicatería en alabar lo que a mi me parece tan obvio. Un grupazo con todas las de la ley cuyo único demérito probablemente fuese haber surgido y crecido en un lugar donde estas cosas -en realidad todas las cosas- tienen escasa trascendencia y repercusión. Los Pekenikes fueron Dioses, háganme caso. Este “No puedo sentarme” (cover del “You can’t sit down” de Phil Upchurch Combo hecha , imagino, a partir del éxito de la version de los Dovells de dos años después), incluida en su primer Lp es una de sus múltiples joyas, en este caso de la primera época (“No te la vas a llevar”, “En la onda”, “Ya verás”, “Es mejor olvidar”, “Eso fue tu amor”, etecé). Una época en la que todavía combinaban lo vocal con lo instrumental y, como siempre, atinando justo en el centro de la diana. Perdónenme el esnobismo pero he subido la portada de la edición americana en UA latino, tan evocadora, tan elegante. Sospecho que imagen idealizada del diseñador del sello de algo que por aquí no era así ni por asomo.

Mi amigo Eduardo me conoce bien. Es una especie de curandero del alma, psicoterapeuta de mis obsesiones musicales que me proveé con esmero de ediciones argentinas, siempre impecables y ajustadas de precio. Recuerdo que, como con tantas y tantas cosas, uno no tenía ni idea de quienes eran los Wonderfuls. Bueno, la verdad es que sigo sin tenerla, a lo que me refiero en concreto es a que no conocía esta joya titulada “Busco un corazón”. Sí que recuerdo que todo surgió de casualidad, cuando me ofreció, tras previa solicitud, una copia de la ansiada “¿Dónde está esa mujer que yo amé?” (no sé a que esperan a conocerla si aún no han tenido la fortuna de escucharla) del Grupo Uno. Me envió, como suele, solícito, atento, muy profesional, una relación de discos que me ofrecía con sus correspondiente mp3 para que los escuchase. Y allí estaba “Busco un corazón”. Una bomba de soul con vientos desbocados y letra tontorrona de esas que tanto me gustan. Me volví loco. Literalmente. Tampoco es que se necesite mucho para ello. Tan sólo una gran canción que todavía no conozca.
Cambiemos de tercio. Modern soul sicalíptico a lo Barry White con toda la parafernalia necesaria para tocar el cielo; wah wah a dolor, melodía encadenada, voz lasciva, arreglos de cuerdas carnosos y mega producción (Jim Burgess por Tom Moulton). Añádanle a un sosías del gran Enrique Villén posando orgulloso con una sonrisa satisfecha y adornado de una permanente rijosa, camisa pertinentemente desabotonada más sobrio chaleco y pantalón acampanado negro. Como corolario a todo ésto, súmenle una serie de lobas hambrientas de las etnias más populares , disputándoselo y ya tienen la ecuación completa. ¿El resultado?, muy sencillo; “We belong together (just you and me)”. Lo confieso, por mi podría durar media hora. Lo que quisiese en realidad, dejémosnos de tonterias y medias tintas.
 

 

Una, otra más de las razones por las que uno bendice el nombre de la gente de Now Sounds. En esta ocasión por sus dos volúmenes de “Book a trip; The Psych sound of Capitol records”. Canciones descubiertas, canciones recuperadas, canciones olvidadas. Este single de los suecos The Shanes, estando en la primera categoría, tiene todo aquello que uno le pide a una canción pop; melodía, nervio, joie de vivre, concisión y su puntito de ingenuidad. Bienvenidos.

…Chris Craft # 9 you’re welcome aboard...

Por fin conseguí una copia. En perfecto estado. Mil, un millón de gracias Javier. ¿El Santo Grial de la Rumba?, no sabría decirles. Uno de ellos probablemente. Y con toda justicia. Ni una canción que baje del notable y  varias cómodamente instaladas en terreno del sobresaliente. Un disco tocado por la mano de Dios; ritmo y sentimiento de la mano, la fugacidad del momento inspirado. Puro talento. Como ésta,  sin ir más lejos, la que lo abre…

Para terminar, una broma, un experimento, tal vez un despropósito. Espero sepan disculparme pero uno es de la opinión que si, desde el respeto a la obra ajena y a los lectores que por aquí se pasan, no puede jugar con sus obsesiones y taras aquí en su casa, no sabe ya dónde podrá hacerlo. Lo que les ofrezco es una mezcla casera de “Danza nº 8” de los fantabulosos Relámpagos. La original es una pieza de sorprendente psicodelia española a partir de su elegante clasicismo. Una pieza un tanto atónita, mágica y formidable sita en uno de sus Eps con la reinterpretación de la música clásica española. El audio que he elaborado pretende respetar el espíritu y acentuar las aristas; Panorámicas planeadoras, evocación lisérgica y un cierto atonismo contemplativo. No sé, juzguen ustedes.