Discos, discos: Diggin’ a Pigalle

 

 

 

Nunca, jamás, los planes salen como se preveén. Y piensa uno que es mejor así. Esa tal vez sea una de las reglas elementales con las que aquel que, como en mi caso, busca discos en cualquiera de sus formatos, debe apechugar más pronto que tarde. Otra que también es conveniente tener clara, acaso aún más importante, es que, en contra de lo habitualmente convenido, son los discos los que nos encuentran a nosotros y no nosotros a ellos.

Me explico. Ayer dediqué el día completo a dicho menester. Por la mañana estuve en los Brocantes del Marché d’Aligre (tarea desalentadora, ver un par de miles de discos de saldo, a euro la pieza, y no encontrar nada ya es castigo, se lo puedo asegurar). De allí pasé a un par de tiendas en la Rue Trousseau , la Rue Faidherbre y aledaños, con parecido éxito. Tras detenerme a tomar un pequeño refrigerio, decidí cambiar de caladero e irme al 9ème, por la zona de Pigalle. Mi primera parada fue en una tienda de la que tenia referencias no muy fiables, Paris Vinyles se llama, en la Rue Gérando, casi al lado de la parada de metro de Anvers. No tenía mala pinta, al menos durante los primeros treinta segundos. En el segundo treinta y uno, cuando el tendero me preguntó que buscaba ya se me torció el morro, ¿Están tontos estos fenómenos o qué?. Boniatos, estuve a punto de contestarle. Jamás he entendido que te espeten, así de entrada, preguntas de ese calado. Una de las tareas del tendero, al igual que del comprador, es mirar, estudiar -bien sea el campo de batalla  o al pardillo, dependiendo del lugar que cada uno ocupe en la obra de teatro-  y esperar. De mala gana farfullé dos o tres lugares comunes, no del todo convencido y le dejé que se luciera. Una vez sucedido eso, ya con la mosca tras la oreja, realice dos de las acciones con las que suelo calibrar el temple del que está frente a mi. Por supuesto, todo ello mientras fotografiaba con la mirada, en la medida de mis posibilidades, cubetas y paredes. Tomé un disco de los que tenia expuestos en la pared. Con sumo cuidado, ejerciendo del modo más elegante mi postura de veterano esgrimista disquero: De manera firme y delicada a la vez, haciendo correr el disco por la guía muy suavemente -éso sí, sin rozarla, suspendido- y no arrancándolo de la pared, y esperé a su reacción: Si le hubiese escupido a la cara no creo que su mirada hubiese sido menos aviesa. Malo. Deje pasar un par de minutos e hice la segunda prueba: Le pedí precio por una copia original en Atlantic del “Rock and soul” de Solomon Burke. “Cent cinquante euros” me respondió, sin mirarme siquiera a la cara. Jodido figura. Ya me marchaba cuando junto a él, en el mostrador (la tienda era pequeña y rectangular) observé que tenía dos cubetas con el letrero Nouvelle arrivées. Eran cubetas de la tienda, no se vayan ustedes a pensar. Quiero decir con ello que no estaban a sus pies o apartados, pendientes de clasificar, sino que como el resto de los demás discos estaban, aparentemente, a disposición del publico. Aún estaba haciendo el gesto de poner mis manos sobre ellos cuando me dijo que no, que no se podían ver. Obviamente ya no hice más preguntas señoría.

Desalentado y hastiado, decidí emprender camino hacía Plus de Bruit. Hacía años que no me pasaba por allí, y durante un instante me perdí. Quiero decir que no tomé la calle apropiada y dí con mis huesos en otra, paralela o perpendicular, no recuerdo bien. Casi me alegré. Me gusta ejercer de flaneur cuando tengo tiempo y el clima acompaña, y siempre puedes disfrutar  fachadas, gentes o incluso tiendas nuevas. ¿Tiendes nuevas? Joder, estoy enfermo.

Un poco más abajo, en la calle, junto a la entrada de una tienda de cachivaches, de esas tan propias del lugar, vi un par de cajas con discos. Mientras metódicamente los repasaba, advertí que en el interior parecía haber más. Entré y un tipo más o menos de mi edad, greñudo, con un cigarrillo apagado entre los labios, me dijo buenas tardes mientras arreglaba lo que parecía ser un amplificador. Frente a él había siete u ocho cubetas con discos, nada especial. Aún así cogí un Lonnie Liston Smith, un lp de M.B.T. Soul (el proyecto disco de Yan Tregger) y el “Voodoo Party” de James Last. Le pedí precios y fueron sumamente atractivos. Mientras me acercaba adonde estaba Michel (así se llamaba, se presentó de inmediato) observé que en realidad la tienda tenía forma de L y que a su derecha todo el cubil estaba lleno de discos. Sólo con mirarlo -desorganizado, con cajas de singles desperdigadas, Lps por el suelo y uno disco de Bernard Estardy para Montparnasse2000 a la vista, supe que aquello iba a ser como mi casa. Le pregunté si podía pasar y sonriendo me contestó que por supuesto, a la vez que me señalaba un plato en su interior con unos auriculares y que podía escuchar lo que quisiese. Joder, así SÍ. Empecé a mirar, cubeta a cubeta, estante a estante y me vino un ligero mareo. Tele-Music, MP2000, KPM, Bruton Music, Chapell… a unos precios en absoluto parisinos. Allí pasaba algo, no podía ser.. El tipo era amable, simpático y no quería clavar especialmente. No, no podía ser parisino. Efectivamente, al rato, conversando, me dijo que la tienda estaba allí desde hacía menos de un año, que el procedía del norte de Francia, donde durante veinte años había tenido su negocio. No conseguí saber exactamente dónde, aunque tampoco insistí en ello.

Ya habían pasado casi tres horas, cuando me puso delante tres cajitas de singles. Nada especialmente espectacular, y de aquello que tenía interés (no quiero resultar vanidoso, se lo prometo) ya tenía uno ejemplares. Peeero, en la segunda caja aparecieron, seguidas, dos cositas que me turbaron; el single promo con la música de Michel Colombier para “Safari” y algo con lo jamás piensas que te vas a cruzar, el ep de Eddy Louis que llevaba “Mazurka Cocadou” en Barclay, Mint, a estrenar. Procedimos a ajustar precios del total de un lote de impresión ( Janko Nilovic, Jerry Mengo, Jack Arel, Jean Claude Petit, Daniel J. White, Keith Mansfield, Brian Bennett) y no pude quedar más contento.

Lo que les decía más arriba, son los discos los que nos encuentran a nosotros y no al contrario, no me cabe ninguna duda.

Discos, discos. Conversaciones con Juanjo Andaní

 

Retomamos la sección “Conversaciones” con nueva charla. Un dialógo muy didáctico e interesante con un tipo que tiene muchas cosas que contar. Es Juanjo Andaní un acumulador musical, centrado principalmente en los singles y eps de siete pulgadas, verdadero rastreador de lo insólito, obsesionado particularmente en el aspecto gráfico y visual de estos artefactos.
 Autor de varios libros acerca de tan candente temática (el arte de las portadas, por resumirlo de manera escueta, aunque suele ir bastante más allá) como son “Mis canciones de los 60” (2002) y “Hay tantas chicas en el mundo. Iconografía femenina en el vinilo español de 1954 a 1990” (Ed. Milenio)  y también colaborador en otros como “Historia del rock en la comunidad valenciana” (Avantpress, 2004) se mueve como pez en el agua en el proceloso mar de los libros y de los discos, en su envoltorio y en como este asunto ha construido parte de su devenir vital, de su pasado y de su presente.  Es también -bueno, fue- bajista entre 1968 y 1974 del grupo Control, coautor de ese himno -para algunos- que ha terminado siendo “Nadie…nada”.

 

La verdad es que no se por donde comenzar. Así que lo haré por lo más obvio.  ¿Tienes algún nuevo proyecto en marcha?

Sí, ahora mismo estoy inmerso en un nuevo proyecto  relacionado con mi obsesión. Un libro acerca del grafismo, el diseño y el arte de las portadas. De hecho últimamente casi todos los discos que me estoy comprando tienen que ver con ello. Completar huecos que tengo, relacionados con los capítulos en que quiero se divida. De hecho, algunos ni los he escuchado todavía, los tengo por aquí amontonados, esperando el momento para poder hacerlo.

¿Qué es lo primero que buscas?, ¿Firmas?
 

No, no especialmente. El futuro libro en un principio giraba en torno al diseño gráfico de las portadas hecho en España, así que con me gustase a mi era más que suficiente, más allá de autores. La premisa era que tenía que ser dibujo, diseño, pero no arte fotográfico. Hay algunas que combinan ambos aspectos y pueden entrar, pero lo primero era innegociable. También me interesan ciertos autores; Bort, que está de moda -y tiene sobrados motivos para estarlo-, Val, Botia…

 
 
¿Cómo surgió la idea y en que crees que terminará?
 
Hablando con Javier, de la editorial Milenio, con quienes ya publiqué “Hay tantas chicas en el mundo”,  surgió la idea de que preparara otro disco en la línea de aquel. Le hablé de varios temas que se me ocurrían, aunque yo, por mi cuenta y riesgo me decanté por uno… bueno, tampoco es exactamente así, sino que la idea inicial tiró por ahí. Hay veces que los libros salen solos, que te dirigen a algún lugar… el caso es que me salió un libro yo creo que muy chulo pero que al parecer tenía excesivo texto. 
 
No se si recuerdas un libro de hace casi veinte años llamado “El florido pensil”. Estaba centrado en la memoria de la educación nacional católica de la posguerra, en su aspecto gráfico, partiendo de enciclopedias de la época, publicidad, libros de texto, etcétera.  Yo también colecciono papel, Postales, revistas, enciclopedias antiguas…
 
¿Relacionado exclusivamente con la música?

 

No. O no sólo más bien. Diría que más relacionado con el diseño gráfico español.  Sigo; lo que me rondaba la cabeza era hacer algo de ese estilo, centrado sobre todo en mis recuerdos más que en un tema en concreto. Partiendo de las portadas de discos relacionarlas con mi memoria a lo largo del tiempo, tocando distintos palos; música, sociología, política, arte, cine y todo lo que se me ocurriese para luego añadirle textos míos. Pero la cosa fue creciendo y en opinión de la editorial los textos ocupaban más de lo que ellos pensaban, me dijeron que les parecía casi más literatura que arte gráfica. A mi su opinión me dejó descolocado y en un arrebato dije “Vale, pues voy a hacerte un libro solo de portadas”, una detrás de otra. Eso fue hace casi dos años.
 
  Más tarde llegamos a un entente cordiale y tiré más hacia el aspecto gráfico. Me meti muy a fondo, como acostumbro, y aunque pensaba que controlaba bastante, lo que acabé por advertir, conforme me iba sumergiendo, era lo mucho que me faltaba por saber.

 

¿De dónde sacas el tiempo? Porque imagino que tu tienes una vida profesional alejada de esto. ¿Cómo lo haces?

 

Principalmente madrugando. Duermo poco. Me levanto a la cinco, cinco y media y hasta que marcho a trabajar estoy aquí, en mi estudio viendo cosas. Consulto libros, páginas de internet, discos, etcétera.

 

Pasemos a tu faceta musical. Fuiste bajista y compositor en el grupo Control
 
Sí, aunque no grabé con ellos nunca.

 

¿Y éso?

 
Te cuento. Dos meses antes ir a grabar a los estudios Belter de Barcelona nos ofrecieron un contrato para actuar en Ibiza. Estábamos entusiasmados. Justo entonces me sale un trabajo y me echo novia, la que hoy es mi mujer. Yo era un tio responsable y me dije que había que trabajar. Lo que me ofrecían era más que dos meses en verano. Debía tener 21 años, era en 1971. Decidí aceptarlo.
 
Había estado en Control desde el principio, incluso antes de existir Control, desde los Riders. Los Riders fue mi primer grupo, en el que ya estábamos Manuel Pérez Gil y yo desde su creación y también el batería Paco Aranda, aunque éste entró muy al final. De allí pasamos a los Cronick’s y después ya creamos Control con Vicente Payá y Enrique Ayala.

 

  Comenzamos a actuar por la provincia. Tocábamos cosas avanzadas para entonces, rollo La Masa y tal. He de decir que no lo hacíamos mal del todo. 
  Cuando nos salió lo de Ibiza ya lo teníamos todo preparado. Las canciones, los arreglos, las voces. Habíamos firmado para dos singles. Sólo faltaba grabarlos. Pero no fui. De hecho tampoco aparezco como compositor. En el disco está acreditada la autoría al grupo y en autores tuvo que firmar Vicente Payá, el teclista, porque era el único que tenía aprobado el examen del sindicato que certificaba que había estudiado música.
 
 
 
“Nadie…nada” la compusimos entre Enrique y yo. Si te soy sincero nos parecía pachanguera. A nosotros la que realmente nos gustaba era “Puede ser”. Era la época de Crosby, Stills & Nash, de Vanilla Fudge…. “You keep me hangin’on” nos flipaba, con su solo, su órgano, siete minutos y pico de locura. Intentamos mezclar ambas cosas junto al primer Santana, que también nos gustaba muchísimo. Había una mezcla muy chula ahí.  Así que “Nadie… nada” era prácticamente relleno, aunque luego Belter decidió meterla como cara A.
 
 
¿Sabes del aura que tiene hoy en día esa canción en según que círculos?

 

Sí. Hace unos años me lo comentó Vicente Fabuel, uno de los dueños de Discos Oldies y no me lo podía creer.

 

¿Qué representó para ti tomar la decisión de dejar Control?

 

Al principio casi me sumió en una depresión. Era un crío, tenía muchísima ilusión. De repente me vi vestido de traje y corbata yendo a trabajar todas las mañanas en vez de estar en Ibiza actuando. Imagínate. Fue una temporada terrible, hasta que me hice la idea.

 

¿Mantenéis relación hoy en día?

 

Sí, claro. Todavía nos vemos a veces. El que más se ha descolgado es Paco Aranda, no por nada, sino por su profesión. Hoy en día es un batería de Jazz muy reconocido a nivel europeo. Ya de crío destacaba. De hecho cuando alguna figura caía por Valencia solían llamarle para actuar con ellos. Por entonces no solían venir con la banda completa y reclutaban músicos del lugar. Paco siempre era el primer batería que solicitaban.

 

¿Qué recuerdos tienes de la época en que comenzasteis?

Aquello fue una explosión social, cultural… un terremoto. A nuestro nivel, pero lo fue. Tuvimos la suerte que a diferencia del cine, la literatura y otras disciplinas era algo nuevo, todavía no catalogado. Era considerado por el poder como una locura pasajera, algo casi residual que desaparecería con la misma rapidez que había surgido, así que durante unos años pudimos hacer lo que nos dio la gana.
  
 
Por aquel entonces, ya hice referencia antes, para que veas el nivel de los que mandaban, se necesitaba un carné´para poder actuar Lo emitía el único sindicato que existía. Pues bien, tenías que presentarte, interpretar una pieza musical de tu elección y te aprobaban o nom Yo había estudiado cincos años de guitarra clásica y resulta y va que me suspenden. Se me ocurrió interpretar una pieza de Villalobos un tanto compleja y al tío debió sonarle a chino. Cuando terminé -miento, no me dejó ni terminar- me dijo que por qué no había tocado algo de flamenco. Inmediatamente pensé “Este cabrón no tiene ni puta idea de qué es esto”.
 
Más tarde me dieron el carné sin ni siquiera examinarme. Aprobado general. Ese día estaría de buen humor, o tendría prisa, y nos aprobó a todos. En realidad era todo una patochada musicalmente hablando, era más bien un sistema para tenernos a todos los que actuábamos por ahí controlados. Vuelvo a tu pregunta. Yo tenía 14 años en 1963. Así que te puedes imaginar. Fue la primera vez que cogí una guitarra española. Nos juntamos cuatro amigos y empezamos a tocar. Más adelante  pasamos a actuar en verbenas y fiestas. No teníamos más que guitarras españolas. Una guitarra eléctrica costaba una fortuna. Como diez o quince veces lo que una española. A una de batalla me refiero, nada especialmente bueno. Recuerdo que en una de nuestras primeras actuaciones, con la arrogancia del adolescente, pensando que ya éramos músicos -¡Porque habíamos actuado una vez!- un señor se nos acercó con toda la buena fe y nos dijo “Tenéis que ensayar más”. Me sentó fatal. ¡Si llevábamos dos meses ensayando!. Con catorce años dos meses te parecen un mundo, ¿verdad?.
 
  Salieron grupos como setas, todo el mundo en Valencia tocaba la guitarra. Recuerdo también que había buen rollo, curiosidad para ver que hacía los otros. Molaba.

 

¿Notabais el peso y la miseria moral del final del franquismo?

 

En cuanto a la música no.  Supongo que con las figuras habría más presión, otra actitud. Nosotros no éramos nadie. De provincias, críos y hacíamos rock and roll. Actuábamos en provincias, Murcia y Albacete como muy lejos. Además todavía no teníamos repertorio propio, tocábamos los éxitos del momento, las canciones que nos gustaban.

 

Antes de cada actuación ¿Os pedían una lista de lo que ibais a tocar?

 

No siempre. Era algo aleatorio. Cuando se les ocurría aparecía un tipo de autores y nos entregaba una hoja que teníamos que rellenar. A veces ni siquiera la recogían. Lo que si hacían a veces es aparecer con las hojas ya cumplimentadas con un repertorio escrito por ellos (canciones de amigos, de compañías que les pagaban algo, o simplemente de quién les cayese más simpático) para hacer caja. La corrupción anidaba hasta ahí.

 

 Lo de la censura, por seguir por el terreno de lo inaudito, era algo incomprensible. Pegatinas en los discos advirtiendo a las emisoras lo que podía y no podían radiar, generalmente por la razón –si puede llamarse razón- más peregrina. En mi libro “Hay tantas chicas en el mundo” hay un breve capítulo dedicado a ella.

 

¿Cuándo comenzaste con esto del coleccionismo?

 

Bastante más tarde. Cuando tuve medios. Entonces no teníamos un duro. Comencé recuperando canciones. Canciones que me gustaban de entonces y que habíamos tocado en directo, ya fuese con los Riders, con los Cronick’s o en Control. Los discos que tuve o bien estaban destrozados de tanto haberlos escuchado o bien habían desaparecido. Fue más adelante cuando comencé a fijarme sobre todo en la parte gráfica.

 

¿En qué formato?

 

Para escuchar me daba igual Cd que Lp. De hecho tengo muchos cds, no soy nada talibán en cuanto a escuchar música. Está claro que a nivel de comodidad, en comparación con el disco, son imbatibles. Aunque claro, imagino que todos tenemos claro que comprar discos es algo más –no digo mejor sino otra cosa- que comprar música. Y a nivel gráfico, el aspecto que me interesa especialmente, el disco es el vencedor incontestable. Es un objeto, un fetiche. Es arte y música.

 

Yo lo que realmente colecciono son singles y Eps españoles. Por el diseño y eso. Comencé a completar, casi como si fuesen cromos, portadas de artistas que incluso a veces no me gustaban. Más tarde me puse en contacto con diseñadores, gente ya muy mayor, a los que cuando les comentabas algún diseño suyo que me flipaba, no lo recordaban. Me decían, casi avergonzados, que eran pecados de juventud. Otros –que hoy son pintores de relieve- directamente me parece que no querían recordarlo. A menudo una extraña mezcla de pudor y de vergüenza.. 

 

¿Alguna vez pensaste que el mundo del coleccionismo iba a tomar los derroteros que ha tomado?

 

No, jamás. De hecho ni tan siquiera lo pensé. No creo que nadie lo hiciese. Entonces apenas comprábamos discos, no nos los podíamos permitir. Ibamos a las tiendas en comandita y a lo sumo comprábamos uno. Y a veces ni eso, solo a escuchar, pendientes de que no nos tirasen de la tienda.

 

  Claro, los discos que teníamos nos los sabíamos de memoria a base de escucharlos una y otra vez. A partir de finales de los setenta comenzó a reeditarse material de los sesenta pero hasta entonces no había otra manera de tener esas canciones más que con los discos originales; Hollies, Kinks, etcétera. Y me pasaba una cosa muy curiosa; comprarme un disco de segunda mano me daba un repelús del copón. Yo quería disco nuevo, nada de segunda mano. Más tarde ya se me paso la tontería. Y hasta hoy.

 

¿Dónde solías comprar?

 

 Había muchas tiendas, había discos por todas partes; tiendas especializadas, ferreterías, tiendas de electrodomésticos. Hasta en quioscos. 
 
Recuerdo que una vez, paseando, pasé por una tienda de electrodomésticos pequeña, de barrio. Parecía a punto de cerrar. Vi una caja con discos y entré. No sé por qué, me rondaba en la cabeza que quería un disco de éxitos de los Rolling Stones. Vi uno negro y me lo llevé. Completamente nuevo. Ni miré los títulos. Me costó casi nada. Cuando llegué a casa vi que era un disco oficial. Me enfadé y lo guardé en la estantería. Tiempo después supe que lo que había comprado era su primer Lp en la primera edición española, con la galleta naranja con letras menos legibles. Hoy cuesta una pasta, pero entonces, yo al menos, no tenía ni idea.
 
 De hecho, como te he dicho, yo no soy un coleccionista de Lps, tengo un par de miles, pero sin ningún afán completista. Lo que de verdad me gusta es el disco pequeño. Con su portada y eso.

 

¿Algún criterio en especial?, ¿Qué tipo de música te gusta?

 

Una cosa es lo que colecciono y otra lo que me gusta. Musicalmente me refiero. Disfruto muchísimo de la combinación de portadas y música pero no suele darse. Por separado también lo hago, primando, eso sí, el aspecto gráfico.

 

  Este mismo – toma uno que esta sobre un montón en la mesa de su despacho-.  ¿Por qué cojones tengo este disco? –ríe-. Pues porque es de un sello rarísimo, que nunca había visto, Dimar, del que solo conozco dos referencias. Musicalmente pues ya ves. Es Pucho Boedo, cantante de Los Trovadores de la Coruña y posteriormente de Los Tamara.

 

  La música que realmente me gusta es aquella que forma parte de mis recuerdos. Los grupos ingleses de los sesenta, Vanilla Fudge, el Soul, CS&N… “Carry on” probablemente sea mi canción favorita. La versioneábamos en Control y nos salía de muerte.

 

¿Dónde compras discos hoy en día?

 

Principalmente en Oldies, si me preguntas acerca de una tienda física. También en Todocoleccion. Y me llevo sorpresas todos los días. Con esto pasa como con todo. Hay discos que compre por tres pesetas hace veinte años y que siguen valiendo eso hoy en día e imagino que por los tiempos. En cambio hay otros que se han revalorizado. (Me enseña el ep de Colores para el sello BOA). Una pieza.
 
 
 
¿Piensas que es un mundo en mutación constante?

 

Absolutamente. Generalmente los discos los escucho una vez y los archivo. Pueden pasar años hasta que vuelva a oírlos. Suele ser porque leo algo, porque algún amigo me comenta… Enseguida voy a ver si lo tengo. Consulto mi base de datos y si esta perfecto. En caso contario ya sabes lo que hay.

 

¿Cambias?, ¿Vendes?

 

No. Tengo una regla. Disco que entra en casa no sale. No compro segundas copias salvo que sea para mejorar la que ya tengo. Soy un tipo con manías y solo de pensar que alguien puede coger un disco mío, verlo, chequearlo –algo muy lógico por otra parte- ya me pongo enfermo. Soy un mal vendedor.

 

Volviendo a Control ¿Conserváis grabaciones inéditas?

 

Algo hay. Cuando salieron los dos sencillos en Belter el grupo como tal (sin estar yo) siguió un año más. Después tres de ellos lo dejaron y Paco Aranda y Vicente Payá reclutaron a dos nuevos miembros con los que grabarían el tercer y último single ya en Polydor -“Mis Juegos de ayer”- . Los que lo dejamos grabamos alguna cosa, para entretenernos. Incluso teníamos la pretensión de grabar un disco.Esta registrada de aquella manera, en un Revox de dos pistas que yo tenía.  Deben de estar por algún sitio.
 
¿Tienes pensado que va a pasar con todo esto el día de mañana?

 

Sí. Soy muy organizado. Tengo dos hijas. A ambas les gusta la música, especialmente a la pequeña, una verdadera aficionada. Así que hemos acordado que los cds para la mayor y los discos para ella. Hasta tengo un amigo común señalado como albacea. O más bien como consejero…

 

Para terminar, ¿Algún proyecto en mente?

 

Sí. Es una cosa remota, difícil. Pero es una idea que me ronda la cabeza desde hace tiempo. Tengo, desde hace más de una década correspondencia por mail (aparte de innumerables charlas) con un amigo común. Generalmente hablando de música aunque no sólo. Y los tengo todos guardados…

 

¡Ostras! Como Torres con Urdangarín. O los papeles de Bárcenas.

 

¡Jajajaja! … un poco así, sí. Bueno, ahora en serio, me gustaría que acabase tomando la forma de un libro. Editado y podado, claro. Hay algunos verdaderamente antológicos…

 

 Masticando ese deseo termina nuestra charla. Podría haber estado horas y horas escuchándole. Mientras pienso en ello me enseña discos, libros. Me alerta sobre sus últimos redescubrimientos y me permite tomar unas cuantas fotografías. Un verdadero señor Juanjo Andaní, con un gusto intransferible, de muy vasto recorrido. Sorprendente.

Fact or fiction?; Faction. "Bleeding Cowboys"

 

 
 

Hace ya demasiado tiempo, por puro azar, llegó a mis oidos una historia a la que no le quise hacer demasiado caso. Era tan hermosa y tan increible que no podía ser verdad, así que termine por atribuirla a la voluble y voluntariosa combinación de la imaginación y los deseos de alguien seducido por la fantasía. De hecho durante mucho tiempo permaneció oculta en mi memoria como un velado sueño. No es sólo que dudase si podía o no ser cierta, sino que concluí por asumir que dándole pábulo corría el riesgo de derrumbar un pasado de confuso andamiaje.

 

Toda aquella extraña mezcla de facts and fiction -en realidad de la constitución de un faction, la construcción de un hecho a partir de la ficción- comenzaría a cobrar sentido la tarde de un sábado de octubre, en el mismo momento en que me senté, aterido por el frio, a tomar un café y fumarme un cigarrillo, un poco como el epílogo de un día más empleado en la rutinaria búsqueda de discos. Mientras revisaba la magra cosecha obtenida vi pasar a Marc frente a mi, apresuradamente, como tantas otras veces, acaso un tanto más acelerado e inquieto de lo habitual. La gorra calada, las lentes empañadas y un moqueo nasal que goteaba sobre la bufanda, ceñida hasta el bigote, era la fina estampa que tenía el placer de contemplar. Aunque sabía que me había visto, no sé por qué pensé también que pasaría de largo, tal vez por darme la impresión de que andaba en medio de algún trapicheo con los feriantes locales. Al verme, en cambio, se detuvo, me pidió un pitillo y tomo asiento a mi lado. Llevaba, cómo no, una bolsa en su mano izquierda. Era, como también lo fuese acaso uno mismo, otro más de esos descabalgados hidalgos sin fortuna que se pasea con un material que muchas veces termina siendo víctima y otras remedo. Algo parecido a la leyenda de Pedro Luis Gálvez, aquella que contaba que paseaba por el Madrid de antes de la guerra con el cadaver de un niño muerto, diciendo que era su hijo, con ánimo tanto de provocar como de dar lástima y en otras la imagen del templario poseído que ansía dar con su santo grial. O, en su defecto – y mucho más probablemente- simple intención de topar con cualquier insensato que estuviese dispuesto a redimirlo de la pesada obligación de acarrear con esas piezas, éso sí, siempre a cambio de unas monedas.

 

Imaginé que debía ser uno su tercera o cuarta porfía en el empeño de hacer caja. Un adicto, un incauto, dejémoslo en ambas cosas a la vez. Supongo también que, perspicaz como él era, vio en mi persona a otro pardillo resuelto a convertirse en liberador de su carga, sin advertir siquiera que en lo que realmente iba a convertirme, involuntaria y además gustosamente, era en el papel de cautivo y no en el de redentor. Es curioso como algunos reconocen las esquinas y aledaños de ciertas disciplinas como conocen la palma de su mano y en cambio ignoran, porque no tienen el menor interés, lo que uno piensa que es el meollo, lo vertebral de esas mismas materias. Benditos sean, al menos tienen afición y su labor en el arte del trueque, del cambalache y la transacción nos procuran, muy de vez en cuando, dicha y felicidad.

Mientras le daba dos profundas caladas al winston y removía el café y al verme observar la saca con indisimulada curiosidad, extrajo de ella un taco de 7″ entre los cuales adiviné al menos un par de Eps, en apariencia interesantes. Ente los huérfanos dos desconocidas -al menos para mi- bandas sonoras francesas con sus sugerentes portadas, a las que enseguida vistió, intentando acicalar sus andrajos, con la pertinente novela. Suele ser la liturgia habitual, el adorno con lazo y papel estampado que, al igual que sucede con los regalos, debe recubrir toda estafa. Los precios que dejó caer a la vez que la ceniza del pitillo caía sobre su regazo, siendo disparatados, me parecieron tan solo excesivos para los estandards que acostumbraba a manejar. Debía estar desesperado, las salvas iniciales acostumbraban a ser más altas. Decliné lo mejor que supe la proposición haciendo mención a lo exiguo de mi cartera a esas horas del día y no se sintió más decepcionado de lo necesario. De hecho hizo el mismo gesto que hace el ludópata que verifica la combinación numérica y advierte que tampoco esta vez  ha logrado el premio. Tras una breve charla compuesta de oui, non, superb, peut-être y combien? sacó de la bolsa dos Lps , y aunque se le veía que ya andaba pensando en otro primo, me permitió darles un vistazo. Era el primero una copia de “La formule du Baron” en bastante buen estado y me espetó de inmediato cent euros. Le contesté casi susurrando que ya tenía una copia a la vez que no me decidía a explicarle que a lo sumo la mitad de esa cifra sería un precio justo, y éso antes de haber sido reeditado. Desistí. Con toda seguridad él ya lo sabría  y además tampoco iba eso a importarle.

 Junto a ese disco de Estardy habían otros. No debían ser gran cosa porque ni los llego a recordar. En cualquier caso los adictos nos conocemos todos. Conocemos cada uno de nuestros gestos, de nuestros reflejos y también de nuestros trucos teatrales. Debió notar algo en mi -nunca fui un actor siquiera decente- porque enseguida yo también percibí que comenzaba a hacer cálculo mental, a su manera, con la repetida subida de las gafas con el dedo índice mientras se rascaba lo que antaño fue un flequillo levantando la visera de la gorrilla. Le pregunté que si tenía alguna cosa más. Lo hice de un modo instintivo y me respondió con un “peut-être”. Me contó no sé que historia acerca de una visita a un chamizo cercano en donde le habían dicho que podía haber algo y que si me apetecía acompañarle.  Me sorprendió un tanto el ofrecimiento, su generosidad en compartir la presunta veta, cuando ese es un asunto con más secretismo que la fórmula de la Coca-Cola, pero supuse que estaría tan cansado como yo y que, a lo mejor, había topado con él en su día bueno. Ya saben, uno es optimista y bien pensado por naturaleza. Cuando le contesté que sí ya se había levantado de la mesa dejándome a mi la cuenta de los cafés y me indicó que le siguiese. Me advirtió que esperase lo peor y curiosamente eso fue lo que me excitó sobre manera. 

Comenzaba a llover, muy ténuemente al principio, casi aguanieve después, mientras cruzamos un par de callejuelas que apestaban a una mezcla de orín y Kebab, a humedad y cloaca. Una murga insoportable atronaba en los puestos de ropa y zapatillas falsificadas regentados por franceses de las colonias. Entramos en el Marché Biron y salimos por el otro lado a un pequeño y destartalado patio atestado de muebles moribundos. Diríase que aquel era un cementerio de muebles. No, mejor, era la sala de autopsias para muebles. De muebles proletarios, mutilados, ajuar de clochard. Al fondo, a la derecha, se alineaban unos cubículos construidos de bloque y cubiertos por un techo de uralita. De uno de ellos emanaba una luz macilenta y escasa y si observabas detenidamente hacia él se adivinaba al menos a una persona en su interior. Cuando nos oyó llegar, alguien se asomó, apartando una cortina que podría tenerse en pié sin necesidad de rieles, bañada por un almidon de naturaleza humana cuya composición de inmediato intenté borrar de mi mente. El fantasma nos hizo un gesto con la mano. Era un magrebí jovencito, apenas veinte años, acaso los tuviera, de rostro femenino y hablar dulce y pausado. Un hablar, pensé, como el que tendría el asesino piadoso antes de hundir la daga en tu estómago. Pasé al interior tras ceder el paso a Marc, mientras me despedía mentalmente de los míos, pues pensé que sería allí donde iban a acabar mis días. Al fondo del todo, sepultado por incontables cachivaches en su tiempo dedicados a la cocina (supongo que operativos en la época de la Comune, de la guerra del 14, o al menos desde las campañas coloniales en el norte de África) surgió lo que me pareció una cabeza. Digo me pareció porque de una bola enorme de pelos desmadejados -ninguno en el sitio donde le sentido común diría que debían estar- escuché un sonido gutural, acaso una onomatopeya más que una voz, increiblemente ronca. Había sido emitido ese trasunto de gesto comunicativo por un tipo que aparentaba casi un siglo -bastante mal llevado- con una barba que parecería desaliñada en cualquier spaghetti-western y coronado su busto por un cabello blanco al estilo cortinilla; Le surgía desde arriba de la oreja izquierda para terminar cubriéndole la calva de una manera tan generosa que aún le dejaba un proyecto de flequillo anárquico a-la-Oneto en el lado derecho. Era una monocapa grasienta, tanto como un plato de huevos con tocino mal rebañado. Tenía los ojos muy azules y su rostro surcado de más arrugas que el pasaje completo de dos autobuses del inserso. Se asemejaba un tanto al Bob Ewell de “Matar a un ruiseñor”, el rostro afilado y la mirada turbia, aunque a su lado el susodicho redneck perecía todo un refinado aristócrata. Nos tendió la mano como si pretendiese que se la besásemos y señaló dos cajas a su izquierda. Esperé a que mi acompañante diese el primer paso, más por miedo que por educación, y comenzamos a escarbar. No sé quién le habría dado el soplo a Marc, pero ahora entendía por qué me había invitado a acompañarle. Estaba tan asustado como yo. De entre los naúfragos que estaban allí pidiendo, más que socorro la eutanasia -qué se yo, un fuego purificador, una bomba de mano- me topé con un disco que me intrigó. Era un Lp de los Byrds que yo no había visto nunca, con una extraña portada. Parecía negativada, en tres colores; azul, marrón y negro. Con un diseño muy pop art que jugaba con cuatro siluetas, las barras y las estrellas. Estaba datado en 1974. Su título era hermoso, muy sugerente -“Bleeding cowboys” – y a la derecha rezaba la leyenda “The lost album”. Lo primero que pensé fue que debía ser un recopilatorio publicado ex-profeso para el mercado francés. Pero inmediatamente después, tras darle la vuelta y leer el listado de canciones en la contraportada, me dio un vuelco el corazón. Ninguna de aquellas canciones había sido registrada nunca por McGuinn, Clark y compañía. Y sin embargo sus títulos me sonaban, me eran familiares. En su interior había unas páginas mecanografiadas -al modo en que recordaba que se hacían por aquel entonces la notas de promoción- escritas en francés y que más que un texto promocional parecía una especie de cuento largo o novela corta.

Tras pasar media hora cubriendo el expediente, nervioso en terminar la comedia y con unas incontenibles ganas en ojear detenidamente aquel pasquín, le pregunté lo que pedía por él. Lo cogió entre sus manos, sin tan siquiera mirarlo, más bien parecía sopesarlo, y me miro a los ojos por primera vez. Se bebio de un sorbo el líquido amarillento que reposaba en un vaso frente a él y me preguntó  si estaba casado y tenia familia. Ya está, pensé, lo que yo decía, un asesino piadoso, un Hashishie que quiere concederme un instante para recordar a los míos antes de entrar en faena. Me quedé desconcertado y balbuceando le respondí que sí, que tenia mujer y dos hijos. Me contestó que éso estaba muy bien y a continuación me pidió diez euros. Salí de allí con un escalofrio dentro del cuerpo que nada tenia que ver con las inclemencias del tiempo.

 
 

Llegué a casa exausto y tembloroso, A. me preguntó si tanto frio hacía fuera, que le era raro verme aterido, a mi, que siempre ando sofocado. Le conté un poco por encima la peripecia y me sonrió de esa manera tan suya, ésa que siempre me hace dudar de si soy un imbécil redomado o simplemente tonto. Me lavé las manos, preparé otro café y comencé a leer, sentado en la butaca, mientras el disco comenzaba a sonar. Media hora más tarde dudaba de si aquello era real o si había sido objeto de una broma espléndidamente urdida; El sueño más recóndito y más imposible, el hallazgo de uno de esos objetos de deseo, con lo que te cruzas una vez en la vida, estaba ante mis ojos y resonaba en mis oidos mientras leía aquellas extrañas notas.  Intentaré traducirles lo mejor que pueda aquello que contaban…

 “… Aquel febrero de 1971 fue especialmente duro en el desierto de Nevada. Richard Sarafian llegó a pensar que todo se iba al traste. Llevaba semana y media lloviendo -algo que ni los más viejos del lugar recordaban- fastidiando todo el cuaderno de rodaje que tanto trabajo le había llevado organizar. El meticuloso puzzle en que se había convertido la producción y que había sido diseñado al milímetro para tener contenta a la 20th Century fox parecía venirse abajo sin remisión. Y él no podía hacer nada.

 Además de la molesta lluvia estaba aquel pequeño y tiznado gusano siempre con un habano en la boca y al que todos llamaban Caín. Aunque pesado como el sólo Sarafian le reconocía su constancia y persistencia del mismo modo que no podía tomar en serio a alguien siempre protegido por las faldas de su mujer y en permanente estado de alerta sin ser este de origen narcótico; “Jamás te fíes de alguien que lleve la barba arreglada y al que no le guste el bourbon” le dijo a David Hemmings mientras éste le pasaba el espejo lleno de polvo a Paul Koslo. Ambos se habían conocido durante el rodaje de “Fragment of fear” en Inglaterra. Sarafian la había dirigido y Hemmings interpretado en su papel principal. David ya era casi famoso, y también, durante demasiado tiempo ya, llevaba a cuestas el cartel de the next-big-thing, (concretamente desde el estreno de “Blow up”, en el ya lejano 1966) así que su fecha de caducidad como estandarte del Swinging London parecía próxima a expirar…”

Continué leyendo, estupefacto y sorprendido, cada vez más nervioso…

“…Esto no tiene pinta de parar Richard”… “¿Por qué no nos vamos este fin de semana al rancho de Terry Melcher en Glenwood Springs?”. “¿Colorado?” Preguntó Sarafian mientras lo miraba sin saber si hablaba en serio o no. Aburrido y ligeramente intrigado dejó que el británico continuase con su perorata; “Estarán Roger y Chris. Podemos llamar a Peter y Dennis, si hay mandanga vendrán. Y creo que por la zona esta la pandilla de Peckinpah, está empeñado en rodar una película llamada la cabeza de no sé quién…”

Gilda se apuntó. Gilda se apuntaba a todo, eso era cierto. A todo en lo que hubiese -o tan sólo sospechase que pudiese haber- cocaína y alcohol. A todo lugar donde  el desparrame fuese promesa de ser. Así que esa misma tarde, antes de anochecer, los cuatro se montaron en uno de los dos Dodge Challenger R/T que conducía Barry, el protagonista de la película, y enfilaron la UE-6 en dirección a Colorado.

Condujeron toda la noche. Por la mañana, conforme iban adentrándose, cada vez más cerca del rancho, Richard comenzó a pensar que a lo mejor había sido una buena idea. Necesitaba un descanso. Salieron de la interestatal y se adentraron por una secundaría que serpenteaba entre la garganta del rio Colorado. Aunque todavía estaban a casi un mes de la primavera oficial los árboles estaban imponentes y, extrañamente, no quedaba nada de nieve en sus copas o en las laderas de donde surgían los árboles. Entraron en el rancho y dudó si aquello iba a ser un descanso o un suplicio; L.T. Jones y Stroother Martin corrían en pelotas tras una muchacha de senos turgentes, perfectos y enhiestos, que reía sin parar, hasta desaparecer en la casa adyacente a la mansión principal. De su interior salía una música que le reconciliaba con el mundo a la vez que le inducía a introducirse dentro como si fuese una especie de hechizo…”

Pero ¿Qué diablos era aquello?. Mi cabeza daba vueltas y mi corazón parecía querer explotar…

“… Cuando traspasó el umbral se dio cuenta que toda la planta baja era diáfana, amplísima, sustentada sobre tres pilares de ladrillo caravista. Una torre de paredes curvas se hallaba en el lado norte. La sala estaba decorada por tapices, alfombras y multitud de instrumentos extraños; sitares, tablas, un theremin… Una mesa de sonido enorme, más grande que el Challenger que les había conducido allí, presidía la estancia. A la izquierda de ella, contó hasta una docena de guitarras, con la inconfundible Rickenbaker de doce cuerdas al centro, hasta que se cansó de seguir haciéndolo. La batería estaba sobre una tarima y un órgano reluciente -por reflejarse el sol de la mañana, que entraba sobre la parte acristalada que daba al claustro interior sobre él- parecía irradiar vida propia. Sarafian y Hemmings eran grandes fans de los Byrds, de hecho el último había grabado varias canciones con ellos en el lp que publicó en 1968. Su favorita era “Back Street mirror”, escrita por Gene Clark, y por eso cuando lo vio bajar por la escalera, aunque le sorprendió durante un instante tampoco se extrañó en demasía.

Los mejores días de losByrds ya habían pasado. Tanto “Dr. Byrds and Mr. Hyde”, “The ballad of Easy rider” y “Untitled” habían fracasado. “Byrdmaniax”, recién publicado no mostraba mejores signos y McGuinn y Hillman se habían vuelto a aproximar a Clark en aras de reinventarse. Crosby y Clarke tampoco estaban pero tanto Roger como Chris sabía que Gene era el hombre…”

La tercera canción  era “Back street mirror”. Aunque muy similar a la grabada por David Hemmings en “Happens”, incorporaba  alguna pequeña -y estimable- diferencia…

“…Los tres tipos se acomodaron en el inmenso sofá tapizado en piel de búfalo mientras Gilda Texter, que tenía un sonar para detectar según que cosas se dirigió rauda al tipo apoyado en la barra. Enfundado en un hermoso y muy llamativo traje bordado a mano por Nudi Cohn, con flores, cactus y demás motivos naturales, parecía muy demacrado y su media melena, morena, muy lacia y bastante sucia le cubría más de la mitad del rostro. A Richard le era ligeramente familiar pero no lograba ponerle un nombre. Cuando vio que Kauffman lo cogía del brazo evitando que cayese al suelo creyó reconocerlo. Iba a saludarle cuando la entrada de Melcher, claramente en otro lugar, y con una gran fotografía enmarcada de Sharon Tate en sus manos, paseándola en procesión, le hizo cambiar de opinión. “¿Qué hay Terry?” se le adelantó David mientras este se quedaba quieto frente a ellos tarareando una melodía apenas audible. “Vaya fiestón que tienes montado aquí”.

Lo conocía desde hacía dos años y no fue hasta ese momento cuando advirtió que, bajo la fachada distante de Hemmings no había nada más que un tipo egocéntrico, bastante ingenuo y sobre todo frío. Debió haberse dado cuenta nada más escuchar por primera vez “Happens” (así se titulaba el disco de Hemmings). Era un disco muerto desde el primer día. Sonrió al pensarlo, aunque sólo durante unos segundos. La visión de Liv Lindeland, una Diosa hecha carne, playmate de enero de 1971, le hizo olvidarlo enseguida; Rubia, alta, con unos hermosos labios y ligeramente bizca le ponía mucho. También su aspecto semejante al de Christa Páffgen antes de la factory. Lastimosamente Paul Koslo fue más rápido y en un instante desaparecieron escaleras arriba de la torre.

Jim Dickson estaba manipulando la mesa, casi oculto entre montones de cintas y aunque en un principio mero ayudante de Melcher, para cuando “Untitled” prácticamente había tomado las riendas, dada la profunda depresión de Terry, aplacado su enganche a la cocaina con toneladas de diazepanes e ingentes cantidades de rohypnoles con el fin de mitigar el pasado. Los ácidos también circulaban en abundancia, pero a Melcher, de natural plácido y ensoñador, le bastaba una pequeña dosis para elevarse y desaparecer todavía más de lo habitual.

Observaba sus hermosas sandalias cuando escuchó una discusión. Era una discusión rara. Rara porque sólo uno de los dos alzaba la voz y sin embargo resultaba evidente que quién la alzaba era aquel que se sentía culpable. McGuinn intentó calmarse mientras Gene Clark prefería ejercer su filosofía de vida, dejar pasar la tormenta. Sabía que así era como debía suceder. Y a estas alturas no pensaba tomarse a pecho rabietas que en realidad lo único que mostraban era admiración, casi veneración, si bien es cierto que con apariencia de envidia. Andaba pensando ese y otros asuntos cuando el órgano comenzó a emitir unas notas, al principio balbuceantes, poco después más sostenidas, hasta acabar siendo muy hermosas, similiares a las que le habían embrujado nada más llegar. Al Kooper, sentado tras el órgano, alzó la mano y le saludo. Gene Parsons y Skipp le acompañaban jugando con la batería y el bajo, siguiendo el ritmo, un ritmo perezoso pero muy adictivo…”

 

 

Conforme avanzaba todo me parecía más y más extraño. Tenía que ser una broma, bastante bien urdida, había que reconocerlo. Pero ¿Y el disco que estaba sonando?,¿Era también una broma?. No, no podía ser…

Para cuando comenzaban las primeras notas del bajo de la siguiente canción mi perplejidad ya era absoluta. Noté una ligera taquicardia y un mareo casi narcótico…

 

“… Era media mañana en Reno cuando Caín salió de su roulotte dando un portazo que hizo que se cayese una de las dos macetas que se hallaban sobre la repisa de la ventana. “Willy, vuelve” le gritó Miriam, la única que le llamaba así. Robert Evans, dentro de la caravana, todo un figura, aspiró la cuarta línea de la mañana y pensó que ese culito lo que necesitaba era cariño y mimos y no a un artista torturado. Ni se dio cuenta que del arañazo que provocó la camioneta en la chapa de su Mustang mientras salía derrapando…

…Comemierdas, hijos de puta… Para Caín no había nada en el mundo más importante que “su” película. Aunque su guión era magnífico, el motivo real por el que Evans y sus socios en la 20th Century Fox lo habían comprado era por lo barato de su precio y, sobre todo, para congraciarse con losnuevos inversores del partido republicano en Hollywood. Obviamente no lo habían leído, eso resultaba evidente. Nunca lo hacían. Simplemente se lo habían vendido a aquellos como un western contracultural y patriótico -“es como el Duque en la diligencia pero en 1970”- pasando por encima de las drogas, el sexo y el rock and roll. El cubano -un tipo que se quería a si mismo sobre todas las cosas- en cambio ya pensaba en la alfombra roja, su llegada a la cumbre y demás oropeles.

La casa comenzó a llenarse de gente. Reconoció a Dennis Hopper. Recién separado de Michelle Phillips, iba de la mano de su nueva mujer, Daria. Pobrecilla. Jodido Dennis, siempre necesitaba a una mujer a su lado como saco de golpes de sus frustraciones y locuras. Reconoció también la voz cortante y narcótica de Peckinpah, quién se alejaba hacia el claustro abrazado a dos mejicanas de caderas anchas y muy menudas mientras sumergía su cabeza entre sus pechos, dejando que el pañuelo rojo anudado en su frente pareciese algo todavía más risible. Clarence White y Sneaky Pete insultaban a un tipo mayor, a todas luces situado en el lugar equivocado. Se llamaba Paul. Paul Polena era un arreglista experimentado en Country and Western almidonado que Melcher había contratado porque le recordaba a su padre. Al parecer la cosa iba sobre un Moog que Fowley y Battin se habían empeñado en utilizar y por el que Polena no se había atrevido a contrariarles. El asunto de los machetes al cinto y la verborrea cocainómana de Fowley tampoco ayudaba. En medio de toda esta escena, una cohorte de playgirls pululaban medio desnudas para solaz de los escasos que aún regían o les mostraban cierto interés. El resto de los zombies las apartaban de su camino conforme avanzaban.

Hemmings volvió donde Sarafian y comenzó una retahíla de palabras acerca de lo que estaban tramando McGuinn y Clark. “Va a ser como antes, Richard”. “Gene ha venido con un puñado de canciones formidables”… 

  …Hay veces que nos ocurren cosas tan terribles que intentamos esconderlas en el rincón más abrupto de nuestra memoria. No lo hablamos con nadie, mucho menos con aquellos que queremos. Tampoco lo recordamos jamás. Es como si lo hubiésemos borrado para siempre. Pero lo que sucede es que pasan los años y el día menos pensado esas cosas comienzan a manar a borbotones, sin control, ante cualquier desconocido. Y es entonces cuando sabemos que ya no podemos hacer nada… 

…Esas palabras eran muy propias de Gene. Nunca sabía si eran mera confesión etílica o la idea a partir de la cual surgiría una canción. Hermosa e inolvidable. Desde que supo de él Sarafian había oído muchos comentarios acerca de la difícil personalidad de Gene Clark, pero si quería ser honesto en los seis años y medio que le conocía este jamás había mostrado signo alguno de tal dificultad. Era cierto que había momentos en que parecía un autista aunque él lo achacaba a que tenía un mundo propio, con sus ángeles y sus demonios, bastante complicado de manejar.  También otros en que su desmedida euforia podía llevarle a cometer algún exceso, pero lo que de verdad prevalecía en su opinión –y en la de muchos otros- era el inmenso talento,  su sensibilidad nada afectada y la facilidad para dar con la melodía y el tempo adecuado. Lo de su miedo a volar, su pasado humilde y sus constantes cambios de humor no eran más que una excusa por el mismo alimentada para disimular sus dudas y flaquezas...”
 

…Jim quiere que volvamos a intentarlo y a mi me parece bien”, “Dice que debemos olvidar todo lo malo que hubo pasado. Recordar las risas, la alegría, la dicha… No sé, lo único que recuerdo de entonces es que querían que subiese al avión y que el se hacía llamar Jim… ¿Sabes? Ahora dice que su nombre es Roger”. “Seguro que pasado mañana se llama Bob. O Fred. O…” 

“…Seguía siendo atractivo, había dejado crecer su cabello y no había engordado un gramo. Parecía más tranquilo. Continuaba hablando en voz baja y mantenía la máxima de no discutir por nada que no fuese su música. Ahí era inflexible aunque, la verdad sea dicha, nadie con un mínimo de gusto osaba modificar aquello que creaba; Melódicamente impecable,  displicentemente elegante, su música y sus textos tenían el matiz evocador y la necesaria pátina de doble sentido pertinente para que todos se sintiesen reflejados en ellas. Captaba el momento, pero sobre todo, a las personas que lo poblaban, con su grandeza y sus miserias, evitando tanto cebarse cínicamente como magnificarlo laudatoriamente. Era insultantemente real. Captaba la vida. 
 
McGuinn se acercó a nosotros “Gene es un puto genio. Un cabrón, pero un genio. Tienes que escuchar las nuevas canciones que ha escrito…” dijo a todo el que quisiese escuchar. El ruido ensordecedor de un helicóptero no me dejó terminar de entender lo que decía. Una especie de mayordomo disfrazado de cheyenne se acerco a McGuinn, le dijo algo y este salió al enorme jardín trasero. “¡Es Bob!” fue lo único que acerté a entender. 
 
Gene nos hizo una seña a mi y a Jackie y ambos le seguimos hasta una especie de pecera-estudio acristalada que estaba junto a la torre. Fowley se dio cuenta y pretendió seguirnos pero un escueto “No” dicho por Gene sirvió para disuadirlo. Cuando entramos dentro cerró la puerta y nos invitó a escuchar. 
 
La primera canción que sonaba no era nada Byrds y sin embargo no podía ser de nadie más que suya. Me mareé sólo con la intro; dos voces cabalgaban sobre una línea de guitarra doblada. Era simple. Era GLORIOSA.  “Últimamente he estado leyendo a Tolkien, ¿Lo conoces?”… Jackie sonrió...”
…Cuando salió de aquella habitación era consciente de ser otra persona. Había accedido a un estado que le era completamente desconocido. No era exactamente clarividencia, ni tampoco certeza. Bueno, sí, tenía algo de todo ello pero también algo más. Algo que no sabía definir. Como si una experiencia ultradimensional, sin necesidad de sustancias externas, le hubiese facilitado el conocimiento y la destreza de la que sabía carecía. En su cabeza una tormenta perfecta se hallaba en el momento álgido y Sarafian se aferraba a las últimas dos horas con la esperanza de que perdurasen eternamente. Sabía que eso era imposible, del mismo modo que sabía que las palabras de Gene no dejaban margen a la duda. ¿Acaso era todo era una enorme ficción sustentada por el deseo y la ilusión? ¿O más bien eran hechos deseosos de ser novelados? “
 
 
Comenzaba a amanecer…

 

“… Caín reposó su dedo índice entre los ojos, intentando subir las gafas de pasta que le resbalaban por su puente sudado. Él, menudo y atildado pero siempre impecable, un poco por un extraño concepto de clase y otro tanto por intentar enmascarar su poco agraciado físico, parecía el mismo que una vez estuvo en el Cuartel Moncada y que  había jurado no recordar nunca más.  Recogió sus cosas de la caravana y dejó una carpeta llena de folios mecanografiados. Una y no más. Adios Hollywood.
 
 Hacía un verdadero vendaval fuera cuando Sarafian abrió la puerta de la caravana. El primer folio salió volando. Lo recogió y comenzó a leer…

  

El mes de febrero de 1971 fue especialmente duro en el desierto de Nevada. Richard Sarafian llegó a pensar que todo se iba al traste. Llevaba semana y media lloviendo -algo que ni los más viejos del lugar recordaban- fastidiando todo el cuaderno de rodaje que tanto trabajo le había llevado organizar…”

THE ZOMBIES. "Bunny lake a disparu" (RCA Victor Ep, 1966)

 

Por  asuntos como este -tan nimio e insignificante, no se lo voy a discutir ni por un momento- es por lo que amo a Francia, en realidad París, la única parte de ese país que conozco relativamente. También es cierto que comienzo con mal pie. Cualquiera, avezado visitante o no, sabe que París no es Francia, del mismo modo que estos afortunados hallazgos pueden darse también al lado de casa, doy fé. Y más hoy, con casi todo a la distancia de un golpe de click en el teclado. Pero que demonios, hablar de al lado de casa viste menos y además tampoco sería verdad del todo.
 
 Me podrán tachar de esnob, de frívolo o de simplemente idiota -y probablemente no irán del todo desencaminados en ninguno de sus pareceres- pero la sensación de pasear por la orilla izquierda (y derecha también) del Sena husmeando aquí y allá, ejerciendo de flaneur o de simple observador hay veces que procura insospechados hallazgos. Es cierto que si aplicásemos una tabla estadistica, a un lado el pequeño tanto por ciento de éxito y al otro los innumerables fracasos, mi deslavazada argumentación haría agua nada más comenzar. Tampoco veo porque tendrían que sorprenderse.
 
Lo que quería contarles, no tiene la mayor importancia, es que siempre que estoy allí, todos los sábados por la mañana, hasta bien entrada la tarde, lo paso en las Pulgas de Saint Ouen. Suelo ir sólo, no porque no me guste ir con ella, muy al contrario. Su conversación tiene sustancia y centelleante su ingenio, la compañía es gratísima y reconfortante. Además es quién suele dar con los mejores descubrimientos; Muebles que solo ella es capaz de atisbar, cachivaches hermosísimos de uso a veces discutible pero de una estética hermosa, o la mismísima jukebox que luce en casa, sin ir más lejos. Es más bien por no obligarla a estar sujeta a mis taras y obsesiones. No al menos, y en la medida de lo posible, más de lo necesario. Porque lo que en uno es placer puede en otro ser la mayor de las torturas. Al menos en eso yo creo que coincidiremos.
 

  Visito a tres o cuatro conocidos trileros, cuyas paradas generalmente ya han sido esquilmadas por los profesionales y sus sicarios. Les saludo, charlamos y me enseñan los restos.  Incluso me suelen invitar a café. Quién más quién menos ya sabe como funciona esto, igual da que sea en París, en Valencia o en cualquier otra parte. La rutina semanal -diaria es aún mejor- es la que provoca los mayores réditos. La estadistica de nuevo y en contadísimas ocasiones el ingobernable azar. Así que siempre terminan por aparecer cosas. Uno es de buen comer, también con los discos. 

 

 En una de esas ocasiones, hace unos años, escarbando en una caja aparcada en el suelo atiborrada de la habitual morralla, el propietario de tamaño tesoro me espetó que tenía otra más en la trastienda. Tentado estuve de decirle que tenía bastante con los restos del infausto naufragio del que  acababa de ser testigo, pero antes de poder decírselo me la puso delante de las narices. Podría contar que pasé los discos con displicencia, sin esperar nada, casi como un acto reflejo. En parte fue así y en parte también no. Quiero decir con esto -aquellos contagiados lo entenderán- que siempre que realizas el proceso esperas a que aparezca una hermosa flor entre la inmundicia. Y así sucedió en esta ocasión. Allí estaba. Impoluta y reluciente su nivea portada. Por aquel entonces, como sucede hoy, uno sabía poca cosa. Ni conocía ni se imaginaba que existiese un ep francés de los Zombies con las tres canciones que iban en la banda sonora de “Bunny Lake a disparu”. La inconfundible portada de Saul Bass me puso alerta. Era imposible apartar la mirada de ella. Al darle la vuelta a esta y leer los créditos de la contraportada, ¡Voila!, “Remember me”, “Nothing’s changed” y “Just out of reach”. Las dos primeras firmadas por Chris White, la tercera por Colin Blunstone. De inmediato surgío el sempiterno temor a que pidiese algo descabellado, pese a saber que la pieza más cara de todo el lote marcaba diez euros. Tomé dos o tres más para, ummmm, disimular y pagué los quince por el total. 
 
 
 
 

Ann Lake (Carol Lynley), una joven americana, viaja a Londres acompañada por su hermano (Steven/Keir Dullea) y Bunny, su hija. Al poco de estar allí acude a la comisaria, desesperada, a denunciar la desparición de ésta. Ha ido a recogerla a la guardería, trás su primer día de clase, y nadie parece saber nada de ella. El Inspector de Scotland Yard, Moorhouse (Laurence Olivier) será el encargado de la investigación. Lo que inicialmente parece un caso de secuestro comienza a tejer una telaraña de extraños vericuetos y equivocos que finalemente hará pensar a Moorehouse -y también al espectador, que no ha visto jamás a la niña- que Ann es una perturbada y que la presunta desaparición – e incluso la existencia de Bunny– es fruto de su imaginación. A partir de ahí la trama se va complicando hasta un desenlace final que, bueno… mejor no desvelárselo si aún no han tenido el placer de disfrutarla. “Bunny lake is missing” (“El rapto de Bunny lake” en España) es un thriller gótico de desconcertante suspense, encajado en el Londres de principio de los sesenta y fotografiado en un blanco y negro mórbido y brumoso. Dirigida por Otto Preminger, la película esta llena de pequeños detalles, aparentemente sin importancia, pero que acaban dotándola de un aire inquietante, de creciente desasosiego; El hospital de muñecas, la anciana profesora que colecciona y estudia grabaciones de pesadillas infantiles, los cambios en la psicología de los personajes, la escena en la casa, resuelta a la manera de un inocente pero macabro juego infantil… y cuyo climax final acaba por hacer que todo encaje, a mi modesto entender, a la perfección.

 

 
 De como Los Zombies, en pleno 1966, acabaron involucrados en la película no sabría decirles. Imagino que estrategias comerciales de managers y compañías ingeniosas.  Aparecen interpretando “Nothing’s changed” en la televisión, en la escena de la conversación en el Pub entre el Inspector Moorehouse y Ann Lake. También suena en la radio, durante unos segundos, “Just out of reach”,  mientras Ann escapa del hospital. Circula por la red un vídeo, de una calidad discutible, con el anuncio de la película, en el que los Zombies cantan “Just come on time” con la música de “Just out of reach”. Al parecer una manera más de atraer al público juvenil a las salas.
 
 Por último señalar al tercero de la terna. El gran, enorme Saul Bass, autor de varios de los más hermosos e imaginativos diseños (carteles, títulos de crédito, portadas de las bandas sonoras) de la historia de la cinematografía; “Vértigo”, “One, two, three”, “West side story”, “Bird man from Alcatraz”, etcétera. Y ya centrándonos en la filmografía de Preminger,   “The man with the golden arm”,  “Anatomy of a murder”, “Bonjour tristesse”, “Joan of arc”, “Advise and consent”

"Discos, discos": Conversando con Pepe Salvador

De nuevo con otra entrega de la serie “Conversando con”. En esta ocasión la charla, divertida y pedagógica, es con mi amigo Pepe Salvador, histórico disquero. Coleccionista y testigo durante más de treinta años de este pequeño mundo que nos tiene atrapados ya sin remisión. Propietario, junto con Vicente Fabuel, de Discos Oldies.

Conozco a Pepe desde que tenía quince años y me honro de contar con su amistad. Es un tipo socarrón, un tanto tímido y nada dado a la prosodia. Con un bagaje musical y vital mucho mayor del qué, aquellos que no conozcan bien, puedan imaginar. También poseedor de un sentido del humor muy personal. Un sentido del humor al qué, una vez logras acceder, te suele deparar momentos hilarantes e inolvidables.

Espero que sea de su agrado…

 
¿Cual es el primer recuerdo que guardas de la música y los discos?
 Pues seguramente la radio. Llegar a casa a mediodía y sonar en ella “Cachito” de Gloria Lasso. Mi madre canturreándola mientras preparaba la comida. Impactarme casi como una revelación el “A hard day’s night” o Los Huracanes puestos por Enrique Ginés en su programa de radio “Disco Moder”. Yo tendría nueve, diez años. Así conocí también a los Tops Son, a los Milos… Mi primer disco fue el “Jumpin’ Jack flash” de los Rolling Stones. Un regalo de promoción de detergentes “Ajax”…
 
¿Cómo?
 
 Sí, como te lo digo. Yo comencé a trabajar muy joven, con catorce años. Entré de mozo en una droguería que estaba en El Carmen. Un día apareció el comercial de la casa que vendía ese detergente con un puñado de copias del “Jumpin’ Jack flash”. Nos comentó algo acerca de una promoción. Consistía ésta en que al comprar una determinada cantidad de detergente te ofrecían como regalo esos discos. Eran de Columbia, el sello de San Sebastian. Al parecer habían sobrado. Algo, por otra parte, muy común con los discos de Columbia. No sé que ocurría con ellos pero hasta hace relativamente poco ha sido habitual que apareciesen cajas de singles nuevos, impecables, de los sellos que distribuían; Decca, Deram, Hit, etcétera.  Se ve que esa distribución, su red comercial, era como era. Nada que ver con, no sé, Hispavox. Bueno el caso es que apareció con ese puñado de singles y el primero que recuerdo tener es ese.
 
Te volviste loco…
 
 Sí. Teníamos un tocadiscos en casa. Mi hermana y yo no hacíamos más que ponerlo. Una y otra vez.

 ¿Y a partir de ahí?

 
 Pues eso, un camino sin vuelta atrás. Con nuestros escasos medios comprabamos un single al mes o así. Lo que ocurre es que mi hermana se tiró hacia lo melódico. El segundo que recuerdo comprar fue “Never marry a railroad man” de Shocking Blue y “Sympathy” de Rare Bird. Como contraprestación mi hermana pilló uno de Tony Landa, “Una sencilla canción de amor”..


¿Siempre singles?
 
 Al principio sí. Eran mucho más baratos. Los primeros Lps que recuerdo comprar son el primero de Santana y el Led Zeppelin III… 1971, 1972.  Hay un lapsus desde mi comienzo con los singles hasta el primer Lp. Supongo que sería por eso, por el asunto económico. Y siempre, siempre, muchos intercambios.
 
¿Intercambios?
 
 Ibas conociendo a gente, un poco al azar. Por sus pintas, por tus intuiciones, por referencias y amigos comunes. Lo primero -o lo segundo si eras un poco tímido- que le preguntabas era si le gustaba la música. Intercambiabas, grababas… bueno, al principio ni eso. Prestabas y te prestaban singles, hacias escuchas en grupo, casi como un acto religioso. Más tarde ya comenzaron las grabaciones…
 
Conoces a tu mujer por esa época ¿No?
 
 Sí, a mediados de los setenta…
 
¿Cuándo abristéis Oldies?
 
 En 1978 abrimos el “primer” Oldies. Carmen y yo, solteros todavía, en la calle Zapadores. Al principio era una tienda de libros. Pero dio la casualidad que teníamos un par de cajas de discos, de segunda mano y vimos que aquello se movía. A finales del 79 nos surge la oportunidad de mudarnos en frente de la actual. Un pequeño garaje propiedad de Rafa Gil, un conocido y cliente nuestro, quién nos da todo tipo de facilidades y que años después se convertiría en socio mío y de Carmen.
 
¿Se puede decir el precio del alquiler?
 
Sí. 3000 pesetas mensuales. Rafa no quería ni cobrarnos un traspaso aunque insistiendo conseguimos estipular uno, aunque fuese simbólico. Allí estuvimos hasta el año 1982. En febrero de ese año cambiamos de “acera” y nos establecimos ya en el “Oldies” definitivo, en Nuestra señora de Gracia número 6. En ese momento Rafa entró también como socio. Lo fue durante cuatro años, la tienda ya comenzó a tomar forma, a convertirse en lo que es hoy.
 
 Volviendo de nuevo atrás. ¿Recuerdas cuál era el ambiente musical entonces?
 
 Bastante más desperdigado en cuanto al acceso. Más aventurero. No diría romántico. Es cierto que ahora es muchísimo más fácil investigar, contactar, conocer. Otra cosa es que se quiera. Antes éramos los cuatro amigos del pueblo y poco más. En mi caso tuve la fortuna de contactar con el grupo de Xirivella, Vicente Fabuel y sus amigos. Aquello significó ampliar horizontes de una manera importante. Visto ahora lo recuerdo como una etapa de intercambio. Me introdujeron en el glam; Bowie, Reed, T-Rex… algo desconocido por entonces para mi. Por mi parte yo llegué con Zappa, Led Zeppelin…
 
 ¿Y en cuánto a la escena valenciana?
 
 Era la etapa del ocaso. Del rocanrol valenciano y en general español. Hasta finales de los sesenta la escena aquí era pujantísima, Huracanes, Top Son, Milos, Bruno y los Rockeros, Pepes, Protones, etcétera. A principio de los setenta todo aquello había terminado. Recuerdo a Tarántula, Modificación… pero ya mucho más minoritario y en una onda más progresiva. Por otra parte el componente político irrumpió con fuerza. Son los años de Al Tall, Els Pavesos…
 
 
Esa izquierda nacionalista ¿Crees que despreciaba al rocanrol?
 
Bueno más que despreciarlo yo creo que simplemente lo menospreciaban. Era, como mucho, un arte “menor”. Prácticamente lo tenían por inexistente dentro de su mundo. En mi caso yo navegaba entre dos aguas; una eran mis ideas políticas y otro mis gustos, digamos, “estéticos”. Había una bipolaridad a veces exasperante. No tanto por mi -creo- como por el afán en categorizar a la gente por según que gustos. Mi familia, mis amistades del pueblo, las más militantes, yo creo que a veces me miraban como a alguien echado a perder. Con ternura pero también con soterrado reproche, no sé si moral. Lo que era “extraño” es que a nivel particular a la gente -al menos la que yo trataba- seguía gustándole aquello. Pero muchos lo tenían como un palcer culpable, casi inconfesable. En cambio les clavabas un disco forum de Amon Duul y respondían. Lo combinabas con Ovidi Montllor y tan panchos…
 
Bueno, a mi Ovidi Montllor me parece enorme. Un transgresor con mucha clase, un iconoclasta sensible e inquieto dentro de ese mundo tan acotado…
 
Es cierto, Ovidi era un poco un Ovni. Sus primeros discos son con conjunto, una formación casi rock. De todos modos tampoco quiero ser exagerado. Entre la gente en la que nos movíamos podías hablar de todas esas cosas sin que se te riesen. Había cierta curiosidad en intereses comunes. A mediados de los setenta ya escuchábamos a Can, Amon Duul, Tangerine Dream, Guru Guru…
 
¿Krautrock?
 
Sí. Suena raro pero así era.
 
¿Se publicaban aquí?
 
No. Tenías que ir a Andorra a comprar esos discos. Cada cierto tiempo iba uno de nosotros y venía con los encargos del resto.
 
¿Cómo os informabais?, ¿Cómo accedíais a la información?
 
Por las revistas. “Disco Express”, que luego acabó como acabó. Más tarde “Vibraciones”. En aquellos años tal vez fuese el único referente que había aquí para acceder a ese mundo. Todo lo erróneo y fallido que se quiera, pero no recuerdo otros. Esperabamos cada número como agua de mayo. Éramos casi caníbales, tanto en la música como con el cine, otra gran afición que tengo. Y como con aquella, con éste nos conducíamos igual de dispersos y curiosos. Éramos un poco “La risa del barrio, la burla de todos”. Nos gustaba tanto López Vázquez como Fritz Lang…
 
Del mismo modo que disfrutabas con un single de Los Mustang que con uno de Los Who…
 
O con uno de Emilio el Moro…
 
Jajajaja!… Tu acceso, digamos “masivo”, a la música ¿fue con la tienda?
 
Sí. Aunque al principio hubo una sequía…
 
¿Sequía?
 
Claro. Como te dije, Oldies comenzó siendo una tienda de libros. Los discos fue casi una casualidad. Fueron entrando poco a poco. Además el acceso a ellos era muy limitado. Vendíamos segunda mano. Y la segunda mano de un mercado escaso ya puedes imaginarte como era. Pillabamos todo lo que nos ofrecían. Ahora es al contrario, casi tenemos que huir de los lotes que nos ofrecen.
 
¿Había ya una industria entonces? ¿Cuál era el proceso?
 
 Era algo incipiente. Al menos a nuestro nivel. Había un proveedor. Una especie de tienda grande, que hacia de mayorista (Alapont, que estaba en la calle San Vicente). A las tiendas pequeñitas nos hacia un descuento y nos facilitaba la tarea. Así que tras los inicios con la segunda mano comenzamos a incorporar los discos nuevos, muy modestamente, como una ayuda al negocio. Después nos dimos de alta como minoristas en Viuda de Miguel Roca (el almacén y grupo de tiendas de referencia en Valencia hasta la irrupción del Corte Inglés) y alternabamos las compras según nuestro criterio, medios e interés.
 
Tus gustos musicales ¿Hacia donde fueron dirigiéndose?
 

A mi siempre me han gustado muchas cosas. La musica hecha aquí en los sesenta, de la que ya hemos hablado, me parece muy reivindicable. La de los setenta, en una onda folk mediterránea también; Pep Laguarda, Eduardo Bort, Remigi Palmero… Después el rollo progresivo con toques sicodélicos siempre me ha tirado mucho; Bent, Doctor Z… O los discos del sello Vertigo: Aphrodite’s child, Catapillar, Jade Warrior… El Krautrock, del que también hemos hablado… El freakbeat anglosajón, esa evolución bastarda del beat, en sus ediciones con portadas, generalmente francesas, también me gustan mucho; Paramounts, Dantalian’s Chariot, We the people… yo creo que me interesaban, me interesan muchas cosas…

 
 
 
Veo que, por ejemplo, en el asunto de Vertigo, hablamos de cosas de verdad. Quiero decir, por lo que estoy viendo, que son copias originales. ¿Cómo los conseguías?
 
Cambios con clientes extranjeros. Recuerdo cambiar el Lp de Bent por el de Eduardo Bort a un cliente alemán a mediados de los ochenta. Por aquella época ya eran muy cotizados, era imposible comprarlos, al menos para mi. Esos discos o los habias pillado a principio de los setenta, cuando iban tirados, o nada. Es increible, treinta años manteniendo -e incluso a veces subiendo- su cotización. 
 
Generalmente ellos buscaban ediciones españolas con portadas únicas -si hablamos de singles- o Lps y singles de progresivos nacionales (Evolution, Genesis, etcétera) . El arte del trueque a toda máquina.
 
Por cierto, ese mercado, el de discos españoles de Progresivo psicodélico, ha bajado un tanto ¿No crees?
 
Sí, no sé que ha pasado. Si es que las necesidades están ya todas cubiertas o si se ha perdido el interés relativamente. Porque tampoco estamos hablando de grandes tiradas, en absoluto, Mil copias como mucho. Y eso en contadísimos casos. 
 
¿Recuerdas alguna compra gloriosa, de esas que no se olvidan? Da igual que sea a nivel particular o profesional?
 
 Varias. La colección que compramos en Portugal, en el 2001. Nuestras penurias hasta llegar a Lisboa y tal. Copias portuguesas y muchísmas españolas y francesas. Al parecer las ediciones francesas entraban, al menos en Lisboa, de una manera más o menos regular. No sé decirte por qué…
 
¿Era la colección de un particular?
 
 Sí. Una colección estupenda, con mucho gusto. De unas cinco mil piezas. Mitad y mitad. Lps y Singles y Eps. 
 
¿Cuál era -o es- la mecánica que empleáis en la negociación?
 
Muy sencilla. Te hacen una llamada y entre lo que te cuentan y lo que puedes adivinar te haces una somera idea. Por supuesto, si algo desde Lisboa llega a ti, tienes claro que ha sido ofrecida en Madrid y que no ha habido acuerdo. Así que ya sabes, eres segundo plato, con lo que eso acarrea. Decides emprender el viaje con todos los gastos a tu cargo, por supuesto, sin saber si habrá éxito o no y te plantas allí. Caso de que el asunto fructifique pago al contado, uno encima de otro. Cargas al coche y vuelta a casa. Y a partir de ahí a vender a dolor en aras de amortizar y sacarle cierto rendimiento a la inversión.
 
  Del mismo modo que esa fructificó, hubo otra, en Bilbao, un par de años más tarde, de donde volvimos con el rabo entre las piernas. No llegamos a un acuerdo. Nosotros vivimos de ésto y si no salen los números no vale la pena, por chula que la colección sea.
 
¿Y menos recientes?
 
 Bueno, están las colecciones de un afamado coleccionista…
 
¿Colecciones?
 
Sí. Colecciones. Se la hemos comprado tres veces.
 
Aclárame eso por favor
 
Un hombre, coleccionista furibundo, que hace su colección y luego nos la vende. Estoy hablándote de una colección de primer nivel en cuanto a ediciones españolas. La primera vez, creo que fue en 1996,  piensas que ha decidido abandonar, que está ya por otras cosas. La ves, la valoras, negocias y si llegas a un acuerdo para adelante. Inmediatamente después, para tu sorpresa la comienza de nuevo. Suele pasar, ésto es una verdadera droga, aunque piensas que lo hará de un modo mucho más relajado, más pausado. Al cabo de unos años vuelta a empezar. Aparece de nuevo ofreciéndotela. Así, a fecha de hoy, hasta tres veces. Y, ojo, siendo la primera la más impactante, las otras dos eran de no te menees.
 
Tremendo…
 
Sí. Es increible rehacer una colección, dos veces, como él lo ha hecho. De la primera que le compramos recuerdo que llamamos a un sueco, cliente nuestro, quién vino aposta desde Estocolmo y se llevo la intemerata. No hace falta decir a lo que ascendía. Y por supuesto, antes de ofrecerla a nadie siempre había una criba…
 
¿Una criba?
 
La nuestra. Entonces aún nos faltaban cosas y los primeros que picoteábamos en ella éramos nosotros. De esa en concreto recuerdo que entraron muchísimos discos en mi casa. 
 
¿Alguna más?
 
 Ah, sí. La de Vistalegre. Impactante, sobre todo en cuanto a material español. Estaba prácticamente todo. Los Lps españoles fuertes de los sesenta, que los sacaba quién los sacaba. Además en tiradas cortísimas. Creo que es la única vez que me han ofrecido los dos Lps de Los Sonor, por ejemplo. Era de un tipo que le gustaba lo español y estaba allí, en el tiempo y el lugar (Madrid,a finales de los sesenta), en el momento apropiado.
 
¿Y cómo ves el futuro? 
 
¿A nivel personal?
 
También…
 
Hombre yo ya tengo una edad y tengo claro que hay que ir soltando lastre poco a poco. Si no te aprieta la necesidad -y cruzo los dedos- quisiera ir haciéndolo a mi ritmo, sin agobios, prescindiendo de aquello que considero menos importante. En cuanto a la gente más jóven, yo creo que siempre quedará un reducto, como queda con los coleccionistas de libros, de tebeos, de papel. Gente que, aparte de la música, diferencia y da su valor al objeto. A otro nivel al que hemos conocido, indudablemente, tal vez más minoritario. pero desaparecer no, no lo veo. Lo que si que tengo más o menos claro es que al Cd le queda un telediario como soporte “masivo”. Incluso dudo que perviva. Porque además si la panacea del formato era reducir espacio respecto al vinilo -porque lo del sonido es cuando menos discutible, lo de la estética indiscutible en todo punto- pues resulta que ese batalla la tienen perdida frente a las descargas digitales. Hoy en un Ipod te caben quinientos, mil. O en un pen drive. O en un disco duro…
 
¿Y el tema de la crisis?¿Os afecta?
 
Claro. Como a todos. Medio país parado, tu me dirás. La gente recorta. Lo que resulta curioso es que en estos dos o tres años de crisis no nos han ofrecido ninguna colección. No digo ya importante, sino tan solo interesante.
 
 ¿Recuerdas alguien de quién tengas discos pasar por la tienda? ¿O ser cliente?
 
 Varios, sí. Clientes ya es mucho decir. Sobre todo desde hace diez, quince años hacia acá. Victor Ortiz ha sido y es habitual de la tienda. Hugo y Sento de los Rockeros. Eduardo Bort ha estado varias veces. Sisa, cuando ha estado por Valencia, suele pasarse. Recuerdo un verano, a principios de los noventa, mientras estaba rodando “Todos a la Carcel” de Berlanga, pasarse un día a la semana -creo que era los martes- por la tienda. 
 
¿Qué compraba?
 
 Recuerdo una cosa especialmente, “Macbeth” de The Third Ear Band, un grupo inglés de los finales de los sesenta que mezclaba folk con progresivo y ramalazos experimentales, ragas y mística medieval. Muy bizarros, muy curiosos. En vinilo. Igual compraba eso que preguntaba por discos de Machín. También nos pidió varios de Manzanita. Nos costó conseguirle el “Talco y Bronce”, un disco suyo del 81.
 
 También un guitarrista estupendo con un disco rara avis. Un espiritu libre. O un “cap volat”, como quieras.  Era hijo del director de un periódico pro-régimen. Hay muchos vástagos de familias de la “alta” burguesia que tenían esa vertiente artística. Y además talentosa, con verdad. Pero eran gente que no ha trabajado nunca. O poco, concedámosles al menos el beneficio de la duda. Era casi una elección moral. Trabajar en algo que no fuese dirigir negocios quiero decir. Y tampoco iban a ser curriquis. Ellos eran bohemios, artistas -además creo que lo eran sinceramente, casi militantes- y no estaban por la labor. Si lo miras con cierto desapego era algo estético y también ético. Y no entro a juzgarlo.
 
¿Tienes algún disco fetiche?
 
No sabría decirte …  mmmm… probablemente el segundo de Maria del Mar Bonet sea uno de los discos de mi vida…
 
¿Y éso?
 
El viaje decisivo de mi vida, con Carmen, donde nos convertimos en pareja, fue uno en coche a Andorra y el sur de Francia. Sólo teníamos ese cassette. Vuelta y vuelta. Y vuelta a empezar. Todo el viaje con él… y menos mal que fue ése…
 
 
 
¿Te interesa algo actual?
 
 Sí. Yo creo que ahora la música en valenciano está en un momento espectacular. El rock de aquí supera al catalán; Senior y el cor brutal, Artur Caravan… después, en cuanto al folk ya es infinitamente mejor. Todos con raices muy mediterraneas. También ha habido una pequeña y grata sorpresa…
 
¿Cuál?
 
El Grup Estel. Acaba de reeditar Guerssen un Ep de cuatro canciones. Canciones navideñas en catalán con fuzz y voces femeninas de mitad de los setenta que hoy suena modernísimo. Seguro que ha pasado no sé cuantas veces por la tienda y no le he hecho ni caso. Resulta que luego averiguas que son un grupo con las Hermanas Ros y José María Bardagí, el mestre Bardagí que aparecía en el “Angel Casas show” o en “Musical express”, haciendo las sintonías y dirigiendo a la banda en el plató. La mitad de lo que se hizo en Cataluña en los setenta lleva su firma; Serrat, Raimon, Maria del Mar, Moncho, Peret…
 
La conversación sigue y sigue. Mero ejercicio nostálgico, entre cafés y risas. Recuerdos de otros tiempos, ni mejores ni peores, tan sólo distintos, que ya no tiene mucho sentido transcribir aquí. Lo dicho, todo un placer …
 
 

 

Aventuras y desventuras de alguien que busca discos. (I)

ESS Stroboscopico 1
 
 
 
 
 
 
 

 

Hace ya mucho, demasiado tiempo, cuando contaba con nueve o diez años, yendo sólo al colegio sin la compañía habitual de mi hermano -y no recuerdo ahora a qué era eso debido- me sucedió algo extraordinario; Me topé con un billete de mil pesetas. Estamos hablando de mediados los años setenta. El festín fue de esos que no se olvidan jamás. Tebeos, visitas a los billares con dinero de verdad en los bolsillos, mi primera aproximación con los cigarrillos más allá de algún hurto ocasional -y de experiencia caótica- a la cajetilla de tabaco de mi madre y, cómo olvidarlo, el primer disco que adquirí. Recuerdo que fue en Electrodomésticos Toledo, una tienda de mi pueblo. Sí, entonces se vendían discos en esas tiendas. Sobra confesar que durante el resto del curso recorrí el mismo e idéntico trayecto durante cada uno de los días, con la esperanza de que la fortuna volviese a cruzarse en mi camino, incluso cuando los amigos tomaban otro. Nunca más lo hizo. No al menos de esa forma. Imagino que esa manera de comportarse es una de esas cosas que configuran mi carácter; Constante y hasta obsesivo con lo que realidad me importa. Distraído, incluso abobado, con lo que nos da un poco igual.

 

 

 

Hace bastante menos tiempo -en cualquier caso demasiado también- recibí una llamada de un proveedor extranjero hablándome de algo serio. Es conocido entre los que acumulamos discos el carácter mítico de esa frase para, por lo general, pasar a convertirse en algo más prosaico y terrenal. Era áquel, todavía es, un tipo que vive en otra dimensión y al que nunca hay que hacerle más caso del necesario. Pero tampoco es conveniente ignorarlo. Como ya conté, uno es como es. No era la primera vez, me había hecho llamadas de ese tipo anteriormente, y también me las haría después, con desigual fortuna. Aunque entonces, todavía no sé bien por qué, un pálpito me volteó el corazón. Acompañado de un gran amigo nos embarcamos en el avión, consolándonos acaso en la visita a una ciudad tan hermosa. Una visita que al menos merecería el viaje si toda aquella primera empresa no fuese más que vana ilusión.

 

 

 

Acababa de su tienda, sita en un barrio céntrico y de creciente valor inmobiliario. El precio de su alquiler era cada vez más caro, la edad del inquilino creciente y la oferta por el traspaso jugosa. Me contó que tenía una serie de discos -grosses piéces- dispuestos a ser vendidos. Extravagante y peculiar, quedamos en una brasserie de la Rue Rivoli un sábado a las diez de la mañana. Mi amigo, más veterano y también más sabio, se mostraba un tanto escéptico. Tenía muchas más batallas a sus espaldas y tal vez fuese más realista que uno. Cuando llegamos allí, nuestro hombre estaba sentado en una mesa, trasegando su segunda o tercera copa de beaujolais. Estaba achispado, su estado natural, paso previó a la felicidad -que a veces, muchas, se tornaba grosería- etílica en la que solía desenvolverse. A su lado había un carrito de esos que empleamos para ir al mercado repleto de bolsas con singles. Comenzamos a escarbar, siempre tras su indicación y con aparente tranquilidad, disimulando el nerviosismo. El panorama que resultó de esa primera inspección fue del todo desolador. Material de tercera o cuarta, de ese que encuentras a granel en las orillas del río o los puestos más descabalgados de las pulgas. En cuanto terminamos de verlo -porque el ritual, la disciplina y la esperanza exige mirarlo todo- pensamos que aquello había terminado nada más comenzar. Disponíamos a marchar cuando nos dijo que había más. No podía acarrear más que un carro y como vivía cerca había decidido traérnoslo por etapas. Prefería eso a que fuésemos nosotros a verlos a su casa. Problemas de contabilidad doméstica con su señora, el arte de la media verdad, intuí.

 

  

 

 A los quince minutos volvió con otra entrega. Era un poquito mejor -nada difícil por otra parte- pero continuaba siendo desalentadora. Rescatamos cuatro o cinco piececillas. Le invitamos a otra copa. Volvió a marcharse a por otra remesa. Cuando regresó y comenzó de nuevo con la liturgia, allí estaban, esperándonos. El Santo Grial, la biblioteca de Alejandría, el tesoro de Ali Babá relucía ante nuestros ojos. Unas trescientas o cuatrocientas piezas, de esas por las que uno estaría dispuesto a caminar de rodillas entre un sendero de brasas ardientes sin inmutarse. Quién poseído por la fiebre conocerá de sobra la sensación. Lo supimos con solo ver el primer puñado de singles. Al instante comenzó la representación de la comedia. Soplidos de pretendida desgana, comentarios acerca del estado, tome otra copa de Beaujolais, que qué caros que nos habían costado los billetes de avión. “Mozo, acérquenos si acaso la botella”. Cambios de conversación que distrajesen el verdadero interés, “Éste ya lo tengo” (mentira), salgamos a fumar un cigarrillo. “Oiga, esta portada tiene escrituras en el dorso”, chungo. “Roger; ¿Le apetece un Calvá?”… que si patatín, que si patatán. Aquello había que verlo para creerlo. Prácticamente, nos dijimos con la mirada, el ochenta por ciento de esa remesa se tenía que quedar en nuestro poder como fuese. Habían verdaderas piezas. Cotizadísimas y muy difíciles de conseguir por separado, imagínense en un conjunto. Dentro del negociado 60s beat, que es del que hoy trataré, cosas impepinables tales como Creation, What’s New, Barbarians, Other Half, The Montanas, Pink Floyd, The Liverpool Five, Artwoods, Small Faces, Beatstalkers, Motions, etcétera, etcétera. A su lado, una serie de discos de esos medianos en cuanto a precio pero excelsos en su valor. Discos que afortunadamente hoy ya descansan en nuestras casas; Eps de Kinks, Who, Jimi Hendrix, The Zombies, The Mojo men,  Bob Dylan, The Pretty Things, The V.I.P.’s, Them, Standells, The Beau Brummels, Jefferson airplane, Jay K, The Lovin Spoonful, Electric Prunes, Music Machine, Count Five, Yardbirds, Kim Fowley…  Dejaré para próximas narraciones lo referente al soul y sus derivados (Early soul, northern, rock and roll, Soul, etc), música francesa y soundtracks. Porque esa era otra. Casi todos ellos Eps franceses enfundados en sus maravillosas -y únicas- portadas. En un estado por lo general que oscilaba entre el VG+ y el EX, llegando alguno incluso prácticamente al Mint. Y lo que no eran Eps, y siempre con un estado de conservación similar, eran preciosos singles de edición francesa. Aunque ésto ya es literatura y en absoluto constatable, parecía la colección de algún sujeto con gusto considerable al que un tipo como él, tendero y vacía pisos, le había echado el guante en otro avatar más de la fortuna.

 

 

Una terminada la comedia, sofocados sólo en parte los nervios y con los discos escogidos en nuestro poder, procedía ajustar el precio. Aquello fue realmente divertido, tanto su planteamiento como su desarrollo, y claro, su desenlace. Ríanse ustedes del mejor elenco de la Comédie-Française. He de reconocer que llevaba conmigo a un socio ducho en el arte de la esgrima fenicia y uno, aunque más modesto, también contaba con horas de práctica y una cierta querencia por el comercio, algo consustancial a su profesión. Comenzó el tira y afloja con toda la ceremonia que eso conlleva. Media hora larga más tarde, una vez terminado el cambalache, se procedió al pago. El caballero ofertante llevaba ya una cocida importante, lo cual, y dicho sea en su honor, no era óbice para que no supiese muy bien por donde pisaba. En cualquier caso, lo verdaderamente gracioso fue el acto en sí. Obviamente se satisfizo en moneda de curso legal, o sea, billetes, allí en medio de la Brasserie. Era ya cerca de la una del mediodía y lo que había sido un refugio para la noisette enamorados o lugar de asueto para estudiantes, se había tornado en posada para el almuerzo de oficinistas. Al estar además en un céntrico lugar, muy próximo a la estación de Saint Paul, en las mesas, además de la clientela habitual, había una variada representación turística. Trasegamos allí los bienes ante la mirada atónita de éstos y el acendrado espíritu del trueque de ambas partes mostrándose espléndido -billete arriba, billete abajo- en busca de un último descuento. Los camareros debían sin duda conocer al sujeto, o bien eran dechado de discreción, pues se mostraron en todo momento de lo más inalterables. No ocurrió lo mismo con las mesas vecinas. Sospecha uno que, con razón, debieron pensar en estar asistiendo o bien a alguna transacción de sustancias estupefacientes o bien a los recovecos de un negocio de trata de blancas.También cabía la posibilidad de que sus sospechas fuesen más encaminadas a ser testigos del acto de contratación desesperado de un destartalado sicario. Vayan ustedes a saber.

 

 

No diré nada de la suma pagada. Comprenderán que no viene al caso, que ni tan siquiera sea elegante mencionarla. Tan sólo diré que hubiese pagado, sin dudarlo lo más mínimo, el doble de lo que pedía en caso de no quedarme otra, aunque también he de reconocer que negocié sin descanso que no sobrepasase la mitad.

 

De vuelta al apartamento, con los discos en mis manos, contemplándolos y pinchándolos, me inundó mi habitual vena melancólica. Y me acorde de algo que permanecía oculto en mi memoria. Así como en aquella ocasión, cuando contaba doce o trece años, repetí los mismos pasos, persiguiendo ingenuamente que el hallazgo sucediese de nuevo -sin advertir entonces que no era más que eso, hallazgo y fortuna, quizás azar- casi treinta años después sucedió de nuevo. Todavía hoy sigo expectante ante cualquier señal o atisbo que me regale la diosa fortuna, sea esta mera intuición, deseo o certeza. Sé que aquello que viví en mitad de una Brasserie parisina puede ocurrir mañana, dentro de un año o tal vez nunca. Pero seguiré esperando, seguiré buscando, seguiré escuchando. Por si las moscas.