ALLAN SHELDON Otro loco hablando sólo…

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… You are just the mirror of my mind, i’m not unkind you’re very small. I have never seen a silhouette, i don’t forget, no, not a all. Words or just expressions of ideas of people’s fears of dying young, dreams or just impressions of our lives for what we strive of some gone son. I had a life and i know where i’m going, you are just the mirror of my mind … 

 

Allan Sheldon “Mirror Of My Mind / Old Windmill Tree” (Injection, 136.301 – Licensed by Plexium- Marzo, 1970). Escrita por A. Stockman, arreglada y producida por Zack Lawrence

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El hombre entra en el café y de inmediato es reconocido por alguien, sentado en la mesa contigua hacia la que se dirige, quien le saluda efusivamente, con todo tipo de fiestas y celebraciones. Sorprendido, no consigue identificar aquel rostro, aunque juraría que no lo ha visto jamás. Por educación -y también por advertir que tiene entre sus manos el mismo libro que él acaba de adquirir- le sigue la corriente, dudando, mientras se acerca a la mesa, de si el agasajado es el u otra persona que no atisba a ver. Gira la cabeza un par de veces y tras cerciorarse que no hay nadie más allí, ante su insistencia, finalmente acepta la invitación y se sienta en su mesa, frente a él..

 El desconocido sigue hablando. Habla y habla sin parar. En un principio indeciso, poco a poco comienza a sentirse cómodo y curioso, pues lo hace de cosas que solo alguien muy cercano al él puede conocer. S esfuerza en recordar, pero continua sin reconocer a su interlocutor. A los pocos minutos eso ya no le importa nada. De tan agradable como es la conversación, se siente ya confortable y contento en su compañía. A esas alturas ya se halla inmerso de pleno en esa sensación de felicidad que otorga el encontrarse con un amigo querido y largo tiempo ausente. Pero sigue sin reconocerlo. La charla versa sobre materias y asuntos de su interés y de ella se desprende una sensación de complicidad y curiosidad compartida como hacía mucho tiempo que no disfrutaba. Vencida del todo la inicial sospecha, la conversa va adentrándose en territorios deliciosos cuando llega al terreno de lo musical. El desconocido cita canciones, discos y músicos muy queridos. Construye pareceres y desarrolla opiniones por los que siente un vivo interés. Le maravilla tanto el conocimiento de su desconocido amigo como la sincera curiosidad por comprender que emana de su discurso. Sus opiniones, que a menudo son compartidas, son sagaces y bien expuestas. Pero lo son aún más, también didácticas y brillantes, cuando no concuerdan en absoluto con las suyas. Acaba reconociendo en su fuero interno que ese punto de vista, distinto y distante, es también un apropiadísimo punto de partida desde el cual poder abrazar nuevos conocimientos.

Una hora larga más tarde, cuando todo termina, proceden a la despedida. A nuestro hombre se le ha pasado rapidísimo el tiempo. Insiste en invitar. No puede más que felicitarse por la coincidencia y por la casualidad que ha llevado a término tal encuentro. Ya casi ni se acuerda de que sigue sin reconocerlo, hasta tal punto ha sido de gozoso el encuentro. Cuando se aleja su desconocido camarada, queda el convidado sentado, un tanto meditabundo, todavía dudando y sorprendido, aunque satisfecho del encuentro. No, sigue sin poder recordar su nombre, mientras le observa salir por la puerta sumiéndose en la penumbra de una calle de una ciudad que ya oscurece. Un par de minutos más tarde le hace un gesto a uno de los camareros, acodado en una esquina del mostrador, y le solicita la cuenta.

 Ya se dispone a marchar. Mientras abriga la bufanda alrededor de su cuello y se cala la gorra, conforme el largo mostrador va acortándose de acuerdo caminan sus pasos, se cruza con otro de los empleados. Lleva un cubo y un artilugio de esos que sirven para recoger el liquido que se posa en los cristales. Tiene la impresión de que se dirige a limpiar el enorme espejo que hace de pared, aquel frente al que estuvo de cháchara con su amigo. Cuando ya está a punto de abrir la puerta y aquellos dos deben pensar que ya no escucha, atina a escuchar una frase de su conversación. Aunque difuminada por la distancia, le resulta perfectamente inteligible; “Otro loco hablando sólo”.

 

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Divagaciones; Dilemas de un acumulador de discos.

 

 
 Tendemos -tiendo, al menos yo- a idealizar cierto pasado, del mismo modo que acostumbramos (acostumbro, perdón) a estigmatizar otro. Hay ocasiones en las que me sorprendo defendiendo de una manera inusitadamente vehemente aquello que en principio no pensaba que me iba a contar entre sus valedores, muy probablemente por ser habitual objeto de excesiva crítica y vituperios, cuando no de mofa y escarnio. En cambio, en otras, me descubro relativizando ciertos podiums consensuados por el sentir general y que, probablemente por mis carencias y defectos, no logran decirme absolutamente nada. Es cierto que es esta una merma que me hace incurrir muchas veces en aquello que detesto y me prometo muy a menudo intentar ponerle coto. No hay manera. En mi escasa defensa, si acaso valiese, diré que no acostumbro a hacer panegíricos públicos de ello, más allá de comentarios cómplices y malévolos con amigos, entre risas y copas (y no necesariamente en este orden), ya que no es mi intención -ni creo tampoco sea mi estilo- perder un segundo en aquello que nada me interesa más allá del -chispeante o no, depende del ingenio- empleo del chascarrillo camarada. Ya saben, uno intenta seguir el precepto que dice que las miserias de uno es mejor tenerlas escondidas antes que mostrarlas públicamente para que sirvan de munición al enemigo. Dicho lo cual -y visto lo que viene a continuación- imagino que ya habrán advertido -lo advertirán, seguro- que soy una contradicción con patas. Que la coherencia es otra de las muchísimas virtudes que tampoco atesoro.
 
 Quiero también hacer hincapié en que mantengo la opinión que de nada sirve denostar algo para alabar otra cosa. Acostumbra esa actitud, por lo que sé, a ser vivero de razonamientos endebles, meros ajustes de cuentas sin demasiado sentido. Ojo, no digo que en ocasiones no incurra yo en ello. Pero es que además suele desmontarse tal andamiaje por donde uno menos se lo espera. Siempre he pretendido compartir, abrir campo en mi modesta medida, antes que sembrarlo de minas y acotarlo. Otra cosa muy distinta, claro, es que quién ésto suscribe consiga tal propósito.
 
  Viene esta perorata motivada porque el domingo me pasé toda la mañana intentando aligerar las estanterias del Estudiodelsonidoesnob. Tanto las de Lps como los cajones de singles y Eps. Llevo un tiempo ya rumiando acerca del exceso de equipaje que habita en sus estantes y cajones, de cuantas cosas que no escucho desde no sé cuando descansan allí. Que acaso sería mejor y más interesante hacerles sitio a otras que están por llegar. 
 
 Así que miré de reojo los cajones de soul, tanto el clásico como el northern, el más pop. No llegué a abrirlos siquiera; Ni pensarlo, me dije, ¿Estás idiota?. Algo similar me sucedió con los (demasiados) cajones de español, los tres de francés (una querencia confesa), otros tantos de Italiano y el de bandas sonoras y música cinematográfica (otra más). Siguiendo hacía mi derecha, dirigí la vista de soslayo a los dedicados al Rock and roll de los cincuenta y sesenta, los de girl groups y los de early soul. Igualmente hice con el de Brasil y el de Argentina -Sudamérica llamo a veces a este último, por haber también un puñado singles de México, Colombia y el Perú, rescoldos de un pasado de ancestros conquistadores dirán algunos, un filón en cambio, en mi modesta opinión- sin saber por donde meterles mano. Me dolía con sólo pensarlo. Por supuesto que ni osé acercarme a los de Rumba y Flamenco, no fuese cosa que saltase de entre ellos Toni con alguno de sus rumberos o un par de los Gachós y me diesen una somanta de merecidas guantás por tan sólo contemplar la posibilidad.
 
 A continuación, cada vez más timorato, pasé a los cajones de enfrente. Intentando abrir el primero de la columna dedicada a USA (negociado sesenta y setentas) me pillé un dedo. Como corrían los jodidos. Es una señal, sin duda alguna, me dije, mientras me chupaba (literalmente) el índice de la mano derecha. Allí quedaron, todos juntitos, a sus cosas. Dejé  también a su aire a la segunda y tercera columna: los británicos suelen ser muy suyos. Tambien los dos de la Europa luterana y más rigorista (Holanda, Bélgica y Alemania) no está la cosa para gastarles bromas, musité para mis adentros. Ya saben, el famoso rescate, los hombres de negro y todas esas zarandajas hoy tan en boga.
 
 El terreno iba acortándose cada vez más. Cuando abrí la columna con los cajones de nueva ola, new wave y pub rock casi se me saltán las lágrimas. Fue una sensación similar a la de volver a estar, demasiados años después, frente al primer amor, ese que una vez congregó al inicial deslumbramiento y las posteriores -e inevitables- decepciones. Aquel que sabes nunca volverás a experimentar ni disfrutar (y casi mejor así) pero al que negarlo implicaría, según mis ortopédicos e indigentes razonamientos, negarme también un poco a mi mismo. Crecí con eso, entiéndanme ustedes.
 
 Así que no quedaba otra. Me tiré -una vez más- a lo fácil; La columna ochenta/noventas anglosajona, USA y UK principalmente. Indefensa, con escaso crédito y propensa a las bajas. Aparentemente la chusma de mi famélico ejército. Comencé a pasar. Sí, claro que había morralla, siempre la hay. Y aquellas malditas producciones, diablos, ¿Dónde está el tribunal internacional de La Haya cuando más se le necesita?, ¡Malditos burócratas!. Pero uno, que es como es, débil y propenso a la emoción, un sentimental, vaya, comenzó a redescubrir alguna que otra joya. Y ustedes se dirán ¿Este imbécil, otra vez descubriendo la pólvora?. Sí. A lo de imbécil me refiero. Lo otro ya sé que no.
 
  Cuando terminé, aligerada la carga en un par de cajas, me sentí como cuando (muy de tarde en tarde, afortunadamente) coincido con los amigos de juventud. Me refiero a aquellos cuyo camino se fue alejando del nuestro conforme el tiempo pasó, pero que, mal que nos pese, siguen ostentando ese título, pretérito y sin uso; Si se les ve poco, cada x años y no se les hace demasiado caso, más allá de la cínica y muchas veces impúdica nostalgia, esa que en mi provoca tanta vergüenza y en cambio a ellos les parece odiseas legendarias (aunque he acabado pensando que es mera representación y que ellos deben pensar lo mismo que yo) uno los mira hasta con buenos ojos. Lamerse las pezuñas de vez en cuando es hasta reparador. Además, lo digo muy sinceramente, suele ser sinónimo de victoria segura; Si su devenir nos parece trufado de éxitos a uno no le cabe otra que alegrarse por ellos. Si, en cambio, lo que aparece ante nuestros ojos es imposible de disimular, por cochambroso y un tanto así, que diablos, uno celebra haber sobrevivido a la quema. El que no se conforma es porque no quiere.
 
 Soltada esta aburrida parrafada, un último inciso; Si quiero ser mínimamente honesto he de reconocer que muchas de mis querencias, bajezas o refugios recurrentes, como quieran ustedes llamarlo, tienen una directa relación con aquello que someramente les enlazo más abajo. Que uno puede refinarse (o embrutecerse pensarán otros) aunque sea mínimamente, pero al final la decisión de tomar ciertos senderos, al igual que algunos tramposos atajos, tienen su bastardo embrión y no puede disimularse por mucho que nos empeñemos. Que uno, sin ápice de falsa inmodestia, cada vez se da cuenta de que conoce menos y sólo puede acogerse a aquella socorrida frase de que la música muta y nosotros con ella.
 
 Ahora sí, vayamos con lo que de verdad cuenta, las canciones, y dejémonos de tonterías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Río abajo…

 

¿No les ha ocurrido alguna vez? Me refiero a que una canción que apenas recordaban, oculta en su subconsciente, estancada, contenida por varios diques, de repente se desborde y empieze a manar y a manar sin control, hasta encontrarle significados que ni tan siquiera hubiesen imaginado.

“Down river” de David Ackles. Rio abajo…

Recuerdo que hace unos años tuve que ir al hospital con Isabel, nada serio. Bueno, miento, cualquier cosa que le sucediese a mi hija, tanto entonces como ahora, es asunto muy serio para mi. Y si eso le causaba dolor, le provocaba el llanto, mientras me miraba segura de que yo iba a solucionarlo, de que tenía el poder de  hacer magia y que todo pasase, sabía de inmediato que lo que en realidad me pedía era que estuviese junto a ella, tenerme cerca. Barruntaba que algún día eso cambiaría, que tal vez llegase el momento en que yo no pudiese estar allí para consolarla o que incluso habría un día en que ya no me necesitaría a su lado. Quise pensar entonces -o al menos eso deseaba- que le consolaría alguien elegido por ella, que la quisiese tanto como yo. Eso estaría bien. Muy bien. 

La visita al hospital fue debida a un accidente escolar, se había pillado la mano con una puerta y un dedo quedó un tanto pachucho. En el cole no tenían claro si había algo roto y me avisaron. Un sustillo, ya digo. Su llanto, su rostro, el dolor.

 Esperando sentados a que la atendiesen coincidí con ella. Hacia más de veinte años que no la veía. Es curioso, recordé que por aquel entonces cada vez que esa muchacha estaba ceca mío todo en mi era un temblor incontrolable; Me faltaban las palabras y el aire, me comenzaba a doler la sien y creo recordar que mi mirada parecía más estúpida de lo que ya era habitualmente. En cambio, aquel día en el hospital el único temblor que notaba era el que procedía del cuerpo de mi hija. 

Fue ella la que dio el primer paso. Nos saludamos, nos dijimos las consiguientes frases de rigor, se interesó por lo que hacia allí, charlamos unos minutos y después siguió con sus cosas. La cría me miraba como solo se mira a alguien en quién confías totalmente, convencida de que tenía el poder de la magia. Criatura. Yo creo que se sintió mucho más tranquila al ver que hablaba con una médico. Al tener la seguridad de que su padre iba a solucionarlo todo.

De nuevo sentados, esperando, uno, de natural fantasioso, se acordó de todos los castillos en el aire a los que tanta querencia y afición tenía. Recordé lo guapa que era aquella mujer veinticinco años atrás. Me di también cuenta de que siendo todo tan distinto seguía siendo igual. De que yo, en lo esencial, era el mismo patán de entonces y en cambio para ella un gigante. Fui consciente, en el último instante, de que la percepción dependía de la mirada. 


Y de repente la canción, ahí, tanto tiempo agazapada que casi ya la había olvidado.



“…Good to see you again Rosie. I know i’ve change a lot since there, you’re looking fine baby…”

Y fue justo
 en ese momento cuando la canción se convirtió en otra. En una canción totalmente distinta a lo que había sido para mi durante toda mi vida. Su significado, sin dejar de ser el que fue, ahora era también otro. Quiero decir que ya no era solo una canción sobre dos amantes que apenas lo fueron, separados por los avatares de la vida, que vuelven a encontrarse tras varios años sin verse para en ese momento él descubrir que ella ha rehecho su vida. No era solo una muy hermosa triste canción de amor, sino una canción sobre el paso del tiempo, sobre las mutaciones de la vida. Un breve recuerdo sobre pareja que se conoció en el pasado y soñó con un futuro mientras el presente, ese mismo instante, no les deparaba más que extrañeza. Una canción sobre los avatares de la vida y sus casualidades. Me acordé de aquella maravillosa película de Edgar Neville“La vida en un hilo” y de inmediato me recriminé la mera comparación. Recordé también aquello que siempre me decía mi padre, burlándose de mi natural ensoñador: – “Y eso, ¿de qué te sirve?”. No pude más que sonreír.

Todavía hoy dudo. La verdad es que no sé si me sirvió para algo. Yo creo que sí. Pero lo que sí sé es que aquella tarde, cuando su madre llegó a casa y las tuve allí a las dos -hablando en la cocina, contándose sus cosas, haciéndome un poquito de menos- me sentí un tipo con suerte. Y razonablemente feliz.

 

Rio abajo…

 

"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 3ª) Capítulo XIII

   
  Por mucho que jurasen y perjurasen que no sabían nada de las malditas fotografías, los Choris andaban metidos en un buen lío. Hacía sólo dos semanas de su desembarco en California y ya eran más populares que Shaun Cassidy y los Bugaloos juntos. El único problema era que su imagen popular estaba endeblemente asentada. Básicamente se sostenía en haber sido capaces de pulirse unos cuantos milloncejos con generosidad y en un estilo digamos, peculiar. El haber estafado demasiado alegremente al Clan de los Brigante coronaba el indigesto pastel.
 
  Atados y amordazados en el garaje de aquella casa de dos plantas estilo colonial, Yeyo sudaba de una manera muy distinta a la motivada por el placer. Un tipo fornido y menudo parecía llevar el mando. Semejaba una especie de Emilio Fernandez sin bigote, vestido con una guayabera bordada, patillones enormes y una halitosis galopante con hedor a chile que impregnaba toda la estancia.
 
-“Arranque el driller, brodel. Y suba el volumen de la música”.
 
  El berrido inicial de  Victoria Lupe, su “Brrraaaaa, c’mon, c’mon, c’mon touchhh me baaby”, atronó a lo largo de la calle, confundiéndose con el del taladro. Yeyo hubiese gustado mucho del cuerpo racial y sucio de la muchacha, caso de no andar en asuntos más importantes. A su lado estaban aquellos dos tipos -desconocidos compañeros de la enésima farra- a los que apenas podía recordar: uno, el más joven, decía ser escritor de películas, aunque todavía no había podido vender ninguna de sus historias a los estudios. Podía recordar su nombre, Oliver, pero no su apellido. Jamás había visto a nadie beber tanto güisqui. Se tragaba las anfetas como si fuesen gominolas. El otro, mulato, de hablar con sabor a melaza y una aspiradora inagotable, era un juguete roto más del mundo del deporte. De nombre Arístides “Poncho” Urrutia, había sido una gran estrella del béisbol durante su juventud en la Isla y más tarde en la tierra prometida. El exilio anhelado a Estados Unidos le había deparado, por este orden, fortuna, adicción, ruina y, de manera inminente, muerte.

DonRa notó la sangre sobre su rostro sudoroso y dió un respingo del asiento del copiloto del Mustang. Cuando abrió los ojos respiró profundamente y agradeció que aquello sólo fuese un sueño. Que la sangre, fresca, fuese en realidad un Bloody mary que Rogelio había echado sobre su cara. No tuvo tiempo para nada más. Yeyo reía a carcajadas corriendo tambaleante por el aparcamiento mientras Raul se cagaba en todos sus muertos.

 

-“Rogelio, hijo de puta, me has manchado toda la tapicería, te voy a cortar los güevos” 

 

 Aunque le fastidiase un poco que su recién estrenada americana Geoffrey Beene estuviese manchada, no pudo evitar sonreír al ver de nuevo reproducirse las escenas de la Costa del Sol. En ese momento llegaron Peroulovic y el resto de los Choris a lomos de un Chevrolet Camaro del 74 de color dorado con franjas negras. Venían del estudio de Melcher, donde la Costa Shock ultimaba su primer single. Al ver el coche Radeck detuvo su persecución y se quedó quieto, inmóvil, contemplándolo, mientras Yeyo caía de bruces en el seto al otro lado del murete a la vez que sus bermudas se enganchaban en una rama, dejando ver sus nalgas famélicas y blanquecinas. Antonio Arribas todavía llevaba puesto su Jantzen Swimwear. De su brazo colgaba un apabullante espécimen de mujer. Cuando ambos descendieron del automóvil Lolo no pudo evitar darle una palmada en las nalgas a tamaña hembra.
 
-“Quillos. Mirad lo que nos hemos encontrado. Dice que se llama Raquel.”


   El gran teatro y las marionetas que lo habitaban tenían un cierto aire tragicómico. Y no es porque quisieran retomar las grandes preguntas clásicas, las que raramente son contestadas, aquellas sobre la vida y la muerte, el amor y el abandono, el éxito y el fracaso… sino precisamente porque a sus moradores no les interesaba lo más mínimo. Estaban inmersos en una fantasía mucho más placentera que la triste realidad. Se agarraban a ella como si les fuese la vida en ello. Tan sólo los más observadores y realistas conocían lo etéreo de tamaña aventura y ni tan siquiera ellos estaban dispuestos a dejar de representarla.
 
  Para Da Silva todo aquello era pasado. Lo había sido desde el inicio, aunque de eso era ahora cuando tenía verdadera conciencia. El único inconveniente era que lo que había sido un alegre y evocador pasado comenzaba a tornarse en algo inoportuno, incómodo. Andaba ya en otras cosas y de repente notaba molesto todo aquello que antaño fue placer. Tal vez era el único que había tomado “Soy todo sueño” como lo que en realidad era, una especie de doctorado en el cine y en la vida, el camino balbuceante que todo hombre debe tomar antes de jugar al juego de verdad. Le irritaba y le causaba ternura el bonvivantismo ingenuo. Y no por no comulgar con él, sino más bien por empeñarse en mantenerse incólume, por hacer bandera de su pureza y despreocupación cuando todo allí, en el escenario de la vida y sobre su persona, era mugre y triste realidad. La metástasis había comenzado y nadie quería verla. Tras aquel sol radiante que parecía eterno podía adivinar la inminente y negra nieve.
 
-“¿Qué vendrá luego Jairo?. No quisiera que esto terminase nunca. Pero tampoco soy tan estúpida como para pensar que eso es imposible.”
 

Mientras Uvita decía eso, J. sonrió, un tanto sorprendido, desde el interior de la limusina que les conducía al estreno. La había minusvalorado. Ahora se daba cuenta que tal vez ella había sido la única que no sucumbió a los cantos de sirena y que, pese a saber de la finitud de los deseos, sólo planteó la cuestión cuando atisbó a ver sus estertores, compasiva y fiel para con los sueños de quién amaba.

 
-“No lo sé. Pero me gustaría que lo viviésemos juntos. ¿Te parece bien?”
 

 

 
  Bajando por Hollywood Boulevard la cúpula del Cinerama Dome resplandecía, semejando poco menos que una nave espacial. DonRa hizo un breve recuento mental de su vida. No quería atiborrarse de recuerdos, así que ideó una hoja de ruta sencilla de elaborar pero engorrosa de revivir y que muy posiblemente iba a dejar muertos en el camino. Tenía que soltar lastre. La aventura americana – la cinematográfica- tocaba a su fin nada más comenzar. Y le parecía bien. Había querido jugar demasiadas partidas -y aunque el juego era divertido- ya era el momento de recoger los beneficios y asumir las pérdidas. Resultaba gracioso, aquello en lo que menos se había implicado, aquello que había tomado como poco menos que un “hobby” donde restañar sus heridas, era lo que le estaba procurando los mayores y más jugosos dividendos. Radeck y Mark Rampasse llevaban los hilos de manera adecuadísima.
 
Habían navegado entre chantajes, contratos ficticios y payolas fructíferas con la ABC Sports. Finalmente consiguieron la anhelada alianza. Su participación en la futura “fusión” entre las dos grandes ligas les había dado una posición de dominio. Aquel diminuto judío, pese a ser listo y artero, ya comía de sus manos, siendo, aunque espléndidamente pagado, un mero hombre de paja.
 
   Allí sentado, observando por la ventanilla el paisaje urbano, supo que al presente no le quedaba nada más que escurrirse entre sus dedos. Que serían el pasado y el futuro con quienes tuviese que ajustar las cuentas. La losa del ayer estaba a punto de ser finiquitada. La incertidumbre del futuro, en cambio, sería algo que quedaría pendiente. La había sorteado durante demasiado tiempo. Maine estaba muy lejos -o muy cerca, según se mirase- y ese futuro era algo que ya no estaba dispuesto a recriminarse más. O sería o no. Pero estaba harto de la incertidumbre. De repente supo que la decisión estaba tomada. Sabía que muy probablemente le causase más dolor que otra cosa, pero para cauterizar las heridas apropiadamente el dolor es algo necesario, ineludible. 
 
Y todavía conservaba el Toque.
 
 Un portero con uniforme les abrió la puerta del Cadillac. Había mucha gente. La explanada del Cinerama Drome estaba atestada. Una multitud en la que se mezclaba prensa, curiosos, estrellas, wannabes, modelos y diletantes. Lolo había hecho bien su trabajo y al menos el atrezzo era el adecuado. A la izquierda del todo, aunque no pudiese acertar a verlos sin subir las escaleras que daban a ella, supo que estaba la tropa nativa. El jolgorio, las risotadas y los requiebros gañanes sonaban incluso por encima del tráfico y el griterío del gentío.
Al entrar al vestíbulo de la sala comprobó de nuevo lo acertado de las gestiones de Peloujrovic. Los camareros, musculosos efebos rubios con la piel tostada por el sol californiano, repartían copas y combinados sin reparar en gastos. Dos docenas de conejitas playboy prestadas por Hugh pululaban por la sala como aliciente extra. Al primero que pudo saludar fue a Michelone. Departía con varios miembros del staff de Capitol Records y algunos de los miembros de la Costa Shock. Había conseguido colocarse como ingeniero de sonido en uno de los estudios del Capitol Records Tower durante la producción de los dos sencillos de aquellos. Con el primero no pasó gran cosa pero el segundo, una versión de un viejo tema de los Hobbits, habían entrado en el Billboard. Su idea de resucitar la famosa cámara de eco sita en los bunkers subterráneos del estudio, dando un nuevo concepto al efecto reverberación había llegado a interesar a los hermanos Carpenter. Estaba a punto de firmar como ingeniero para su nuevo disco..

 

  -“Amigo mío. No sé como acabará esto, pero nosotros nos quedamos aquí”
 
Lo dijo mientras le abrazaba de una manera que casi parecía una despedida.
 
-“DonRa querido, no sé como agradecérselo”
 

  

 

No la había visto acercarse, pero el sugerente aroma de su inconfundible perfume le decía que estaba cerca. Cuando se giró Miss Taboo le dio un efusivo beso. Acto seguido le presentó al diminuto polaco. Su mirada de felicidad era indescriptible. Había firmado por dos películas con Universal y aunque sabía que aquello sería la jungla y el papel pequeño, ya se encargaría ella de que todo acabase bien. Que la primera de ellas la fuese a dirigir Roman le parecía el principio perfecto para la nueva aventura.
-“Titán, fiera, JEFE… ¡Es usted el puto amo!”..
Yeyo Llagostera y Antonio Arribas llegaron enfundados en sendos esmoquins blancos, con pajarita en tonos celeste y camisa con chorreras negra. Una serie de muchachas les seguían como en procesión. Tan solo reconoció a Raquel y a una Joey Heatherton a la que las horas de vuelo y el haber sido carne del Rat Pack comenzaban a notársele en exceso. El resto del harén, igualmente seductor, le era totalmente desconocido.

 

  Cuando entraron en la sala, los sillones decadentes de terciopelo rojo, la pantalla de 26 metros y el triple proyector –algo que solo se utilizaría en el Drome para el estreno de “All i dream”– esta estaba casi llena. Vio a Messieur LaFleur y la Ducchesa. A su lado el diminuto caballero de cuando su llegada al aeropuerto, el mismo pelo imposible y las enormes gafas de sol. Dos filas más adelante el Maharissi Puhig, Tama-Rhitt, Peter Sellers y Britt Ekland. La Ducchesa le hizo un gesto discreto, apenas imperceptible, que le sirvió para adivinar el tipo de marcaje al que estaba siendo sometida por Mr. Spector. También acertó a ver a los Alfonsos, músico y noble, los papeles cambiados, conversaban –o lo que fuese aquello- con Dennis, Karen Lamm y Monte Hellman. Un poco más adelante, expectantes, Warren Oates, Dennis Hopper, Sarafian, Peckinpah e Isela Vega parecían no haber dormido en una semana. El primero levantó del suelo, de entre su regazo, a una de las Margaritas. Ay, aquellas muchachas no cambiarían jamás. Y que poco tino tenían con sus dianas. Viendo todo aquello DonRa supo que al menos “Soy todo sueño” descansaría en esa estantería donde reposaban “Two lane blacktop”, “The last movie” o “Vanishing point”. La de los fracasos maravillosos. Era un buen sitio pensó, justo en el momento que se sentaba y se apagaban las luces del Drome.
 

  

 Se encendieron las luces de nuevo y justo en ese momento supo que su tiempo en California tocaba a su fin. Había sentado las bases y mostrado el camino a todos sus compañeros de aventuras. Cada uno lo había aprovechado a su manera. Tal vez el Don hizo bien desapareciendo en Marbella. Aquello era algo que solo podía pasar por él; ¿Por qué vivimos?, ¿Por qué luchamos?. Eran preguntas sencillas aunque su respuesta acostumbraba a llevar una, varias vidas. DonRa ya había gastado alguna y tal vez ese fuese el precio que tuvo que pagar para darse cuenta de la realidad. Levantó la mirada de la pantalla y pudo ver la vista de Jairo posada en él. No hizo falta más. Era una mirada de agradecimiento y también de despedida. Sin lamentos ni tristeza. De moderada esperanza. “Soy todo sueño” le había servido al joven Da Silva para conocer su pasado y, sobre todo, aceptar el futuro. A él, además, le había ayudado a comprenderlo.

Cuando salió del Drome ya solo había una idea en su cabeza. La única que podía ser.



   Para empezar a contar el final de una era, habrá que volver a mirar hacia atrás de nuevo, pero esta vez no serán cinco años, sino que simplemente nos giraremos un poquito como cuando admirábamos la tracción trasera de una señora con capazo contoneándose por el Beverly Hills Hotel. De hecho más que retroceder en el tiempo, será preciso sentarse en un taburete de la barra y observar quien pasa y alguna de las broncas que se suceden en las mesas. Son las 11 de la mañana del 15 de Mayo de 1975 y KC Jones, la única persona de color en el bar en aquel momento, tiene un cabreo descomunal. Ha perdido un día para preparar la final, y lo que es peor, se ha pegado un madrugón mayor para tomar el primer vuelo a Los Ángeles. La noche anterior, los Warriors acababan de remontar un 2-3 y ganaban la final del Oeste a Chicago en una de las mejores series que se hayan podido presenciar en el deporte profesional americano. Así lo aseguraba Mark Rampasse, que permanecía impasible a su derecha con la vista fija en Bill Graham, quién discutía acaloradamente con Franklin Mieuli. El entrenador de los Bullets no tardó en escoger. Jugarían el primer partido en Washington y los dos siguientes en el Cow Palace de Daly City. No se arriesgaría a volver con un 2-0 a Washington sólo porque el gordito de la gorra no lograse convencer a aquel judío obstinado y -si me permiten mi opinión desde la barra- repugnante. El único lugar a donde se llevaría su Day on the Green sería al L.A. Memorial Sports Arena. No se lo creía ni él, simplemente argumentaba esto sabiendo que Pink Floyd estaban programados allí cinco noches en aquellos días. Chicago, Beach Boys, Commander Cody And His Lost Planet Airmen y New Riders Of The Purple Sage no podían convivir con un evento como las series finales, y en esos días, el Oakland-Alameda County Coliseum Arena era suyo.
 
-“Con esos grupos, ya me contarás”.
 
A Larry no le extrañó nada escuchar la reacción de Rampasse tras aquella reunión. KC Jones ya había salido disparado del hotel de regreso al este en cuanto se vio que no había otra. Franklin y Graham aún se quedaron un buen rato llamándose de todo. Cuando este último abandonó el lugar, mientras esperaba su coche, lo primero que se encontró fue el puño del periodista golpeando firme y repetidamente su cara, y lo segundo la selvática y refrescante vegetación exótica de los jardines del Beverly Hills Hotel.
 
 
  Desde el mismo rincón del Polo Lounge, pero en otra ocasión, mientras charlaba con Jack Warner, divisé una escena real entre Warren y Goldie Hawn a costa de Carrie Fisher. Estaban rodando allí mismo “Shampoo”, que curiosamente se estreno al igual que “All I  Dream”, el 15 de Marzo de aquel año. Tuve una fuerte discusión con Radek  respecto a esto último. Con Fisher y Lita Ford había acudido a cenar en una ocasión también en aquel lugar. Junto a Lolo. Aunque no podría precisar la fecha nunca olvidaré aquella entrada suya mirando hacia todos lados e intentando camuflarse entre la decoración y el servicio. Mientras estuvimos sentados no levantó la vista más allá del escote de la joven rockera; le sobraban los motivos. E igualmente paladeando aquellos exquisitos daikiris de fresa, Iris Von Taffelson me presentó de nuevo a Elin Vanderlip, a la que había conocido en Amalfi aunque no lo recordase. Sí recuerdo que esto era el 23 de Abril, ya que al día siguiente no vería el sexto y definitivo partido de la victoria contra Seattle en primera ronda por acudir a una de las exquisitas fiestas que Miss Vanderlip celebraba en  Villa Narcissa, su casa en Rancho Palos Verdes. Un lugar, Portuguese Bend, que efectivamente -como ella bien decía- recordaba a la costa amalfitana. Claro que el ambiente ni el tipo de fiesta era exactamente como las que hemos detallado previamente. A Irina -podía percibirlo- no le agradaba mi presencia allí, aunque saqué mis conclusiones sobre el sector agrícola en el estado de California. Las viandas eran excelentes.
 
 
  Tampoco pudo evitar que Charlas Bronson apareciese por el lugar de la mano de Rachel Welch, que -lo siento, pero aquellos días me resultaba obsesivo- acababa de estrenar “The Wild Party”. No nos mezclamos demasiado pero era imposible no seguir a Welch con la mirada allá donde fuese. Este detalle divertía especialmente a la señora Vanderlip, que ironizaba acerca de haber estado toda una vida acumulando arte en aquella casa para que la atención de sus invitados se centrase en objetos que calificó de perecederos. No estaba del todo de acuerdo pero tampoco quise llevarle la contraria. Y tampoco me atrevía a interrumpir a Irina, que nos hablaba -a ella más que a mí, quise pensar- de la nueva adquisición inmobiliaria de los Von Taffelson: la histórica mansión georgiana conocida como Lady Pepperel House, en Kittery Point, en el estado de Maine. Elin celebró -y su uso del plural me hizo sonreír mentalmente,  de manera especialmente perversa, tras recién soportarle un monólogo de unos quince minutos acerca de su lucha por la liberación de Noruega durante la ocupación- que la casa volviese a las familias tras un improductivo periodo como museo a cargo de una fundación, pues pensaba que sólo el mecenazgo privado debía de ocuparse de este tipo de legados.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

En aquella fiesta debían de encontrarse la mayoría de propietarios de palazzos del Gran Canal de Venecia y aunque fuese por una vez solamente, seguro que cualquiera de ellos visitaría sus propiedades más de lo que Irina visitaría aquella casa en New England, justo frente a Portsmouth, en la otra orilla. Quizás no tan casualmente, la zona desarrollaría en los años posteriores una concentración de espacios de compra venta de, principalmente, ropa de marca en oferta, pero la muchacha nunca había sido de ir de rebajas. No obstante, cuando dejó caer que necesitaría a alguien de confianza para ocuparse directamente de aquella casa estaba claro que no se lo decía a la conocida como “The Wicked Witch”. No tuve que contestar. Lehman “Lee” Katz, pareja de Elin, mítico director de segunda unidad y jefe mundial de operaciones de UA, me estaba cogiendo del brazo para contarme -entre aromas de pimenteros y habanos- un sinfín de barbaridades acerca de una película sobre el Vietnam con Marlon Brando, cuyo rodaje no daban nunca por concluido y que estaba acabando con su salud. Como casi siempre, hacía una noche estupenda.

 
 Así que aún con todo en contra en principio, incluidas las fuerzas vivas de la Bay Area y el público -ni siquiera aquellos que eran los suyos, muchos habían ido esfumándose a lo largo de los dos últimos meses, no se había detenido a pensarlo hasta aquel instante- que apenas llenó el recinto con las entradas a 7 $, los Warriors llegaron al viernes 23 de Mayo con 2-0 a favor, tras imponerse en el primero en Washington y el segundo, digamos que en casa. Contra todo pronóstico se habían plantado aquel viernes en el Cow Palace con la opción de sentenciar la final y dejar a aquellos Bullets como la mayor decepción de la historia del baloncesto, tras su impresionante registro en la liga regular y en el Capital Centre en particular, y sobre todo tras haberse deshecho de Boston en la final del este, en lo que presuntuosamente se había considerado la verdadera final de la competición. Ni siquiera allí en las primeras filas tras el banquillo rival, momentos antes del comienzo del partido, era ese el principal tema de conversación:
 
-“Wow , ese tío es Dios para mí, ¿estuviste también en Snake River el pasado septiembre? Inolvidable,…allí nos conocimos.” Le dijo Ed a Radek señalando con la mirada a Julieta.
 
Raoul tenía tan impresionado a Damntooth porque la semana siguiente se iba a Londres con otra de -como gustaba denominar- sus cuentas: el acróbata motorizado Evel Knievel, que intentaría saltar una docena de autobuses o de camiones en el estadio de Wembley, pegándose otro de sus memorables trompazos. Así funcionaban las cosas allá. Frente a las tres grandes ligas y con el equipo a punto de proclamarse campeón del mundo, el Motorcycle Daredevil era lo más y nos sobraban las invitaciones. Julieta hasta se pudo traer a Jeff y Steve Mc Donald, los dos revoltosos de Hawthorne a los que cuidaba los viernes por la noche. Phil Smith pasó por allí y chocó unas cuantas manos. Había estado muy bien en el segundo y dramático partido, que se resolvería por un solo punto y en el que los 36 puntazos de Barry serían clave. Esa noche daría una exhibición aún mejor y algunos ya saldrían a celebrarlo. Nadie había remontado jamás un 3-0. Al terminar el encuentro, Jairo, Uvita, Irina y Don Ra cogieron una avioneta de vuelta a L.A. pagada por Franklin. Tras muchas horas recorriendo el Strip, donde nadie -muchos deliberadamente- sabía de qué iba la fiesta, quedó claro que no viajarían con el equipo al cuarto partido del domingo. Acabarían viéndolo por televisión en la casa de Malibú tumbados en el sofá, sin prestarle demasiada atención debido al cansancio, pese a que resultó emocionante y la diferencia fue nuevamente de un solo punto. Mediado el segundo tiempo Jairo y Uvita fueron  hasta la orilla. La casa estaba literalmente encajada en la playa. A mediodía había bastante gente pero a aquella hora ya se estaba casi mejor que en ningún lado. Don Ra los observaba a través del ventanal. Aquella escena le resultaba algo familiar, pero allí ya no estaban Charlas, ni Bateman, ni Daniele. Ni siquiera Peljourovic, aunque este había sido el primero en llamar por teléfono hacía un instante, desde Ginebra.
 

  Irina Von Taffelson bajó de ducharse. Llevaba la maleta pequeña, así que el viaje sería transoceánico como mínimo. Iba a Roma, a desprenderse de la parte de la familia en unas propiedades en Positano. Los compradores eran japoneses. Se miraron y a ambos se les agolparon los recuerdos. Ya eran unos cuantos años y le veía de manera similar a Franklin, así que le recordó lo que le habló aquella tarde en Villa Narcissa. Don Ra ladeó la cabeza, hacia la pareja de la playa. Ella le cogió la mano y manteniéndola unos segundos, le dejó unas llaves y le besó la mejilla derecha con ternura. Él tenía los ojos humedecidos y nuevamente miraba absorto a la lontananza de un Oceano Pacífico teñido de rojo. No por habitual era menos mágico aquel instante del día en el que la vida y la muerte se daban la mano, el momento tan idílico como dañino que contenía aquella extraña equivalencia de lucidez y sentimientos. La silueta de Gilda Texter saliendo del agua y dirigiéndose a la casa a través de la playa con excepcional abandono le hizo volver a la realidad. Usaría su coche, debía llevar a Irina al aeropuerto. 

Got a feelin´bout you, troublemaker, y´know I can´t live without you heartbreaker. No matter how hard I try, I can´t get away, the day you try to say goodbye I beg you to stay. People say that I´m a fool to fall in love with you, but I just can´t help myself I got love and it´s all for you”.



 A la mañana siguiente se levantó temprano, se bañó en la playa, desayunó al aire libre y volvió a coger el Dodge Challenger blanco de 1970 de Gilda. Se lo habían regalado tras el rodaje de una película de carretera en la que había salido hace unos años junto a Barry Newman, el actor de la serie de la NBC, Petrocelli. Tomó la Pacific Coast Highway en dirección norte. Pasado Point Mugu trató de sintonizar la KOW, pues Levine le había descubierto a un DJ de aquella emisora que era sensacional. Cuando la encontró en el dial, abrió la ventanilla y asiendo el volante con una mano y el codo en la ventanilla, unió su voz -no sin sorna pero de buena gana-a las de Laura, Joan y Marsha en el final de “I´m so tired” mientras le daba el aire en el rostro, un viento lleno de vida, aromas frutales y sal marina. Iba en vaqueros y camiseta, comenzaba a ser lo habitual; y quizás de tanto acompañar a Radek, comenzaba a verle la gracia a aquellos coches musculados, como les gustaba decir a los nativos. Parecía que ibas a bordo de un crucero rodante.
 Había invertido el dinero que sacó de toda esta historia de la película. También parte de los réditos del asunto Wilkes, al que dejó de representar al año siguiente -ya desde aquella estupidez de conversión al Islam había ido evitando el contacto personal con el chico- en unas cuantas hectáreas de campos de naranjos en torno a Camarillo. A Don X. le hubiera gustado ésto. Estaba claro que era un hombre afortunado. La enérgica entradilla del hombre de la radio describía exactamente tal y como se sentía: La cuestión no era quien iba a detenerlo sino cuando pretendiese parar. .

La siguiente que sonó era  su canción favorita.

    

 FIN.
 
CANCIONES DEL CAPÍTULO
BARBARA LOVE Across the universe
LA LUPE Touch me
TS BONNIWELL Black Snow
THE INNER DIALOGUE The touch
NANCY PRIDDY You’ve came this way before
TOMMIE YOUNG You can only do wrong so long
THE OUTSIDERS You’re everything on earth
TRISTE JANERO Walk on by
NANCY PRIDDY We could have it all
ESTELLE LEVITT All i dream

 

 

RICHARD PODOLOR
Richie fue un productor de la época dorada, especialmente centrado en la obra de Three Dog night y que tendría un mega hit con la producción de “Born to be wild” para Steppenwolf. Como curiosidad decir que en lo 80 sería también el productor de esa pequeña maravilla que atendía por Phil Seymour.

TERRY MELCHER

Músico y productor americano, hijo de Doris Day, de gusto exquisito. Uno de los creadores de lo que vino a llamarse West Coast Sound.  Byrds, Beach Boys, Paul Revere & the Raiders, Ry Cooder & Taj Mahal, Glen Campbell serían algunos de sus triunfos.
Terriblemente afectado por considerarse, si no culpable, si indirecto causante de  los sucesos de Cielo Drive, a mitad de los 70 se encerraría cada vez más en si mismo.
  
JOHN WOODEN
Entrenador de la gloriosa UCLA. Del 64 a 73 solo dejaría de ganar un título de la NCAA. Y esa vez sería segundo. 

K.C.JONES

Entrenador de los Washington Bullets que ni cambiando sus pintas ni ganando títulos años después con los Boston Celtics se recuperaría del mayor ridículo baloncestístico que se recuerda.

MARK RAMPASSE

Periodista deportivo de raza, esto es, de violencia pausada, nobleza trotona y recia pluma.

BILL GRAHAM

Promotor endiosado. Uno de los principales responsables de que el rock & roll perdiese toda su esencia.

ROBERT EVANS

Ambicioso productor que tras arrimarse a un crepuscular Frank Sinatra y producir “El Detective”, junto a “La extraña pareja” y “Descalzos en el parque”, se convertiría en todo aquello a lo que combatió. El productor por antonomasia del nuevo Hollywood, siendo el que convertiría a los Grandes Estudios en casi una anomalía; Valor de Ley, Love story, El Padrino, El Gran Gatsby, La Conversación, Serpico, serían sus poderes.

GENE HACKMAN
Fantástico actor americano de larga y dura  trayectoria. Tras muchos años encarnado inolvidables papeles secundarios, los 70 serían suyos;  La Conversacion y sobre todo French Connection lo dejarían en la cresta de la ola. Mujeriego impenitente. 
    
SARGENTO HOWIE
 Misterioso personaje de nacionalidad británica, aunque de origen maño. Aparece por la trama -y por la vida- como el Guadiana, firmemente empeñado en construir el rigor en todas y cada una de las facetas de la vida. 

JAMAL WILKES

Suave como la seda, Jamaal fue miembro del histórico equipo de UCLA. Elegido como número dos del draft por Golden State Warriors, daría la campanada al ganar la final a los superfavoritos Washington en 1974. Más tarde firmaría por los Lakers donde ganaría varios títulos más.

CORONEL J

Aguerrido pichabrava nacido al sur de Rio Bravo de refinado paladar para el divertimento y los negocios. Turbio, aseado y marcial.

LARRY LEVINE

Mítico ingeniero de sonido de la edad de oro de las producciones angelinas, chófer a tiempo parcial y cronista sentencioso a tiempo completo. De apariencia aferiantada aunque inofensivo.

TIM MÜLLER

Prometedor jugador de Baloncesto que ficharía por el Real Madrid y a quién DonRa, en sus años mozos, haría de cicerone y mozo de compañía por Madrid La nuit.

GARY CUNNINGHAM

Segundo de John Wooden en los años glorioso de UCLA. Metódico, sosegado e infatigable. También propenso al juego y sin la virtud del mando.

EDDIE GOTTLIEB

Mr. Basketball o El Mongol. Emigrado de niño a la tierra de las oportunidades desde su Kiev natal. Primer entrenador de Filadelfia, ex jugador y futuro ejecutivo. Listo, despiadado y muy, muy hábil en los negocios.

ED DAWNTOOTH

Eterno joven con perrera desaliñada que salió del pueblo para vivir la California de “There Goes (Varoom! Varoom!) That Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby.” Años después consigue acaparar la atención de una de las bellas protagonistas de “The House Pump Gang”, así que podemos afirmar que lo logró.

RAOUL RADEK

Vendehumos especializado en promocionar grandes eventos sin dar palo al agua. Curiosamente este tipo de personas suelen ser de lo más íntegro y de fiar.

RAQUEL WELCH

Jo Raquel Tejada. Actriz nacida en Chicago de orígenes bolivianos. Una bomba sexual, icono de su tiempo. Encoñada con Lolo y más tarde con Mr. Bronson. Suerte que tienen algunos.
  
FRANKLIN MIEULI
Carismático empresario radiófónico de la Bahía de San Francisco y propietario de los Golden State Warriors. Un personaje en toda regla, al contrario de los pintamonas que vagaban por Haight Ashbury.

OSCAR DANILO BLANDON

Narcotraficante de proyección mediática y barrendero del Gobierno Federal de los EEUU.

JULIETA

Lo que se viene denominando “the girl next door” La bella, educada, encantadora y deportista muchacha que agarra a Ed Damntooth de los pelos para mostrarle la senda de la felicidad. 

ROMAN POLANSKI

Joven director de cine de origen polaco-francés, afincado en California. Tras una inicial carrera en Europa, tanto “El baile de los vampiros” como “Rosemary’s baby”, estrenadas a finales de los 60, le habían dejado en una posición prominente en el nuevo Hollywood. Terriblemente afectado por los crímenes en su mansión de Cielo Drive, donde, entre otros, serían asesinados por Manson y “La Familia”, su mujer Sharon Tate y el bebe que esperaba. En la época en que transcurre este folletín tenía el mundo en sus manos, acababa de estrenar la gloriosa y exitosa “Chinatown”.

JOEY HEATHERTON

Despampanante mujer, acompañante habitual del rat pack a principios de los años 60. Capaz de aguantar, mano a mano, una noche de alcohol con Dino o de dejar agotado a ese semental que respondía por Peter Lawford. Gustaba mucho, pese a estar un tanto castigada, de acompañar a las nuevas hornadas de lo “in”. Lo fuesen o no, bastaba con que ella lo creyese.

EVEL KNIEVEL

Temerario, espectacular, zumbado y genio de la acrobacia en motocicleta. Tan grande como lo serían varios de sus castañazos.

LEHMAN LEE KATZ

Eminencia del Hollywood clásico y compañero sentimental de la viuda Vanderlip.

ELIN VANDERLIP

De origen noruego y perteneciente a la casta de patricios a los que podemos considerar verdaderos amos del mundo.

GILDA TEXTER

Encargada de vestuario de profesión, goza de cierta fama bajo la superficie por haber salido desnuda a lomos de una Honda en “Vanishing Point”.

RICHARD SARAFIAN, DENNIS WILSON, KAREN LAMM, DENNIS HOPPER, ZSA ZSA GABOR, MONTE HELLMAN, SAM PECKINPAH, JEFF Y STEVE McDONALD, WARREN OATES, ISELA VEGA, STROOTHER MARTIN, GIG YOUNG, EMILIO FERNANDEZ, SLIM PICKENS, PHIL SMITH, DORIS DAY, BARRY NEWMAN, BILL WALTON, CURT BOETTCHER, HUGH HEFNER, PETER SELLERS, BRITT EKLAND, AL LETTENI.

Personajes que aparecen en la narración circunstancialmente. Citados o de refilón o simplemente por esnobismo.


 Madrid-Valencia-Orense-Avilés, del 18 de Enero al 20 de Abril de 2011.

"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 1ª) Capítulo XI

 

 

 

 

 

San Fernando Valley. Verano de 1974

 
Hacía un día estupendo aunque el calor comenzaba a ser todavía más sofocante que en Marbella. Saliendo de la terminal del aeropuerto internacional de Los Angeles, DonRa tropezó con ellas. Las recordaba del episodio en Amalfi y ahora se las volvía a encontrar. Estaban aún más guapas. Tenían ese tipo de clarividencia que a veces se encuentra en las clases bajas. Una inteligencia larga, efectiva y un tanto barata que brota esporádicamente y que cubierta de un barniz superficial ayuda a manejarse sin hacerse mucho de notar.
 
   Le contaron que aceptaron la invitación de los tres americanos del yate y que hacía ya un año que estaban en California. Que al poco de estar allí un excéntrico caballero se encaprichó de ellas. Resultó ser un productor que había sido alguien muy, muy grande. A cambio de unos cuantos arrumacos y agradable compañía, les había grabado un disco. Les prometió que sería un éxito. Al parecer el tipo estaba un poco –bastante- trastornado. Las tenía como a reinas y se conformaba con mirar. No sabía nada del tacto de la anatomía humana pero sí sabía apreciarla. Y en ello estaban. Un negro gigantesco con peinado afro interrumpió la cháchara mientras abría la puerta de una limusina interminable. En el asiento trasero estaba sentado un tipo minúsculo, con un peinado imposible y unas enormes gafas de sol. A DonRa le resultó familiar.
 
-“Señoritas, Mister Spector tiene prisa”
 

 

 Pero no tenía todavía arrestos para volver a la superficie y admitir su presencia, pues su mundo se había detenido mientras marcaba el número. Desde la cabina telefónica, a través de cientos de metros de mármol anacarado, los cromados resplandecientes al sol de unos ventanales filtraban una atmosférica luminosidad verdosa. A través del ajetreo inmóvil de cientos de cuerpos en la sala, distinguió la mirada acuosa de Lolo Pelourovijc, su abrigo de ante y marta hasta las rodillas, sus tejanos de pata de elefante y sus botas puntiagudas de piel de serpiente. Aún en 1974, ya era una indumentaria altamente sospechosa para un recién llegado en un vuelo privado de Colombia. Nunca habían hecho algo así -ni nadie se lo había encargado- pero Pelourovijc no quería dejar pasar la oportunidad: diez kilos en cuatro maletas y así no tendríamos que preocuparnos por el presupuesto para la promoción sobre el que Bronson tanto nos había insistido. Pasó el control de equipajes nada más que con su mariconera y atravesó el vestíbulo, al fin y al cabo tenía que hacer esa llamada. Todo se paró al primer tono excepto su acelerado pulso.
 
Lolo tenía abiertas sus maletas y recogía su pasaporte sellado con un timbre sueco que había robado en Estocolmo. Habiendo usado otra de sus identidades en Bogotá y con su atuendo invernal, pasó totalmente desapercibido. Cuando al cuarto tono alguien descolgó al otro lado de la línea, lo único que se movía por la terminal eran aquellas botas. Ya en el coche, su corazón saliéndose del pecho, parecía el único ente vivo a su alrededor.
 
   Fue a la vez una fiesta de presentación y otra de despedida. La refinada pareja francesa había acudido intrigada por los comentarios -desde Tánger hasta su Riad de Marrakech- que los sucesivos invitados que recibían les hacían llegar desde antes del verano. Al parecer, al otro lado del estrecho un grupo de jovencitos lograba reproducir la atmósfera que necesitaban: libre y descarada, malévola y sofisticada. Incluso iban a participar en una película.

Aunque todavía no lo sabían, si pasaban el examen, La Costa Shock serían los encargados de presentar su nueva colección en París y Los Angeles, en una performance privada con la élite de los que creaban tendencia.
 
Alexander Cartwright departía con Da Silva mientras decidió no decirles nada. Sabía de sus limitaciones y precisamente ellas eran las que le iban a hacer millonario. O al menos eso esperaba.
 
 
 

En el murete encalado del “Pipper’s” que daba a la playa se había abierto una puerta nueva. El trémulo y angosto pasadizo que sirvió de entrada hasta entonces y cuyo recuerdo todavía atemorizaba a unos cuantos -aquellos, pocos, que pudieron contarlo- quedó tapiado para siempre. Era como si nunca hubiese existido, quedando como reliquia de una religión casi extinta, vestigios de otro reino gobernado por un monarca depuesto. Michelone lo había interiorizado de inmediato y confraternizado bastante -tanto de espíritu como de palabra- con el Maharisi Puiggi. Contaba a quién quisiese escucharle, en medio de un grupo de invitados, que la nueva puerta era la entrada a una nueva realidad, una recreación del camino de los ocho pasos que conduce al Nirvana. Acostumbrado a fingir a diario, era harto difícil que lo pillasen en falta toda aquella caterva de impostores que solo lo hacían de vez en cuando. Obviamente, excepto aquella tonadilla del “Cazador del arco iris” -a la que últimamente le había cogido afición- no tenía el más mínimo interés en toda la murga que tuviese algo que ver con el Nirvana. Y claro, se cuidaría mucho de hacerlo público, primero por ser un virtuoso en el arte del fingimiento y segundo por tener una irrefrenable inclinación al bonvivantismo cimentada con años de práctica. Todavía tenía muy interiorizado el dicho aquel que hacia referencia a no morder la mano del que te da de comer. Además, cuando apareció la ayudante del Maharisi, una voluptuosa vestal con una bandeja de plata repujada repleta de Teonanacatl, se dijo a si mismo por enésima vez que mantener los principios solamente consiguen acelerar el final. Cada uno de los allí sentados picoteó a su gusto, tomó un puñadito de hongos y siguió departiendo mientras pudo, esperando los efectos.

 
En el escenario uno de los miembros de La Costa Shock interpretaba la improvisación que finalmente había devenido en leit motiv de la película. Se había convertido en el tema central de “Soy todo sueño”, sonando en diversas versiones durante gran parte de la película. El tímido y silencioso guitarrista se había quedado casi calvo y esa alopecia parecía haber desatado su sociabilidad y expansión artística. Había cambiado su nombre por otro más hindú y se hacía llamar Tama-Riht. Sentado en un podio y asido a un sitar, lo hacía sonar con una cadencia hipnótica mientras unos tenues bongos acompañaban a los diletantes que estaban en la pista, meciéndolos, acariciándolos. El batería, como el manco feliz que finalmente ha aprendido a utilizar la mano que le resta, golpeaba repetitivamente la caja, mientras una de las Margaritas deshacía la postura tras él, ayudada por la llama de las velas. En la barra un anatolio -que no le quitaba los ojos de encima a la muchacha de rasgos orientales de la esquina- y Mr. Bronson charlaban animadamente con un orondo británico con perilla embutido en una túnica granate. Una túnica del tamaño suficiente para levantar una pérgola en caso de que eso hubiese sido necesario. Se quedó éste mirando fijamente al escenario y subiendo la escaleras lentamente, se sentó en el taburete junto al órgano. Charlas dudó entre si iba a destrozarlo o acariciarlo. Lo que comenzó a sonar fue algo indescriptible, algo resultante de una extraña sociedad entre la rabia contenida, la evocación de los sentimientos y el humilde virtuosismo. Al cantante de La Costa Shock, quién en ese momento se hallaba de oyente y asisitía atónito a la negociación de una futura gira americana entre Cartwright y un judío sudoroso llamado Klein, aquello le pareció como un canto de sirena y no pudo hacer otra cosa que sumarse a la performance. Con su sari bordado, las patillas dos o tres veces más grandes que lo fueron en junio y una delgadez tal que parecía motivo suficiente para la intervención de las tropas de la ONU, era la cuarta pata de un banco que convertía aquello en el perfecto akelarre de celebración. A sus pies, el barroco féretro donde reposaba lo que quedaba del Don, cubierto de flores y docenas de velas, más un par de botellas de calvados semi vacías, completaba aún más su toque de sacerdote de lo esotérico.

En la cabina del “Pipper’s” un elegantísimo Mr. Bateman, enfundado en un impecable tres piezas de Norton & Sons, elegía unos discos para amenizar los interludios de la actuación. En la pista los invitados danzaban como posesos pero había tres muchachas que eran el centro de atención ineludible, tres Terpsícores a cual más perfecta. Eran Frau Taffelson, Miss Taboo y la señorita De Poo. Imposible apartar la vista de ellas. A su belleza sumaban lo grácil de sus movimientos, acompasados y exultantes de atractivo, en perfecta comunión con la música que salía los altavoces. Cada una en su estilo, componían la estampa perfecta de las musas clásicas. Y en esa celebración a dos bandas, sus bailes igual servían para conmemorar el banquete de los dioses, el final de la película, que como lamento del adiós, el deceso del León. Pierre e Yves, recién llegados de Marrakech, habían dejado de observar concupiscentemente a los efebos nativos y quedaron maravillados por tal demostración. El alemán demente babeaba con su natural mueca de asco, celoso y lascivo a partes iguales.
 
Da Silva sonreía ante todo aquello, disfrutando de esa especie de alegoría acerca del cambio de los tiempos, una celebración de los que estaban y de los que ya no. Semejaba que “Soy todo sueño (Humo es humo)” era, además del título de la aventura cinematográfica, la antítesis de todo lo que había regido hasta entonces. Apenas escuchaba las palabras que profería aquel americano de gafas enormes y un bronceado exagerado. Robert Evans era un tipo osado y temerario. Un lobo entre lobos en medio de la jauría ya decadente del Hollywood dorado. Había producido varias obras maestras, trabajando dentro y fuera de los estudios. Entre cháchara infinita, aseguraba que los tenía cogidos por los cojones y eso Da Silva sí que lo creyó sin dudarlo un instante. Acababa de venir de Cannes, donde había presentado “La conversación”, película por él producida y que había conseguido el máximo galardón, La Palma de Oro. Conocía a DonRa de otros tiempos -¿a quién no conocía DonRa?- y éste le había hablado de “Soy todo sueño”. La curiosidad había hecho el resto.
 
¡Qué diablos!, pensó el joven, siempre he querido conocer América.
 
 El otro americano que había llegado con Evans reía a carcajadas en la terraza del club. Con dos despampanantes muchachas cogidas por la cintura, no paraba de hablar. Se burlaba de los actores del método y maldecía por las escasas frases que había tenido en la premiada película, él, un tipo que disfrutaba conversando. Su amigo Steve se había quedado en Francia encoñado con la Huppert y el decidió conocer España, aunque pensaba que estaba en Sudámerica. Nadie sabía si bromeaba o hablaba en serio pero Monsieur Lefleur, La Duchessa y un extrañamente sosegado Jandro asentían educadamente.
 
   Mientras eso ocurría, Evans y Da Silva sellaban su acuerdo con champagne y unos polvos. Iría a California. Y con él toda la troupe. Por la mañana había recibido un postal de DonRa desde San Fernando Valley. Siempre iba por delante. Le decía que en la mansión cabían todos. Ojalá pudiera haberle contestado que todo aquello era pura fantasía.
 

Le parecía haber esperado un millón de años

 

 

 Pasado el susto comenzó a encontrarse muy en su sitio, ya que aquel era otro de esos lugares en los que la mugre, aunque existiese, no se cruzaría con él. El doble fondo de aquellas maletas les abrió muchas puertas de gente francamente interesante y de talento que nada tenía que ver con el ya conocido rancio saber estar europeo, que normalmente cubría presupuestos y miras recortadas por igual. Se trataba de atender una llamada y asistir a una reunión aproximadamente semanal, donde casi todo le parecía bien. Para este tipo de producciones tan pequeñas las cosas salían prácticamente solas,  tal como le había augurado Richard. De donde venía, las cosas pequeñas siempre iban asociadas a la improvisación. En pocos días se había convertido en un animal de costumbres: se tomaba un zumo de pomelo y en el tiempo que se enfundaba unos tejanos y una camiseta aparecía Larry Levine con su tabla tipo surf con rodamientos. Nunca había visto un monopatín, igual que nunca había percibido el sonido de su desplazamiento a través de los ventanales de aquella casa arts & crafts con vestigios neocoloniales y victorianos por igual. Esa clase de combinación, como las mandíbulas y la descomunal anchura de hombros de su población, sólo podía darse allí, y ciertamente era resultona. Larry siempre aparecía con aquel artefacto bajo el brazo, con su barba de espino irregular, sus rizos de gitano del sacromonte y sus camisas fronterizas con toda la flora del país bordada. Le acercaba hasta Studio City situado treinta y ocho infernales curvas más abajo, entre cientos de casas tan encantadoras como aquella suya que dominaba el valle, y un par de docenas de castillos de la Loire transportados piedra a piedra, que hacían aquel entorno tan bello por sí mismo como por su artificialidad. Era un tipo francamente interesante, que durante el trayecto hablaba por él, por los demás y por todo lo que Don Ra había decidido callar. De todas aquellas producciones que debían haber sido, y algo, pero mucho menos de las que sí lo fueron. Él había colaborado en la mayoría y supervisado todas las demás. Y del mismo modo  al recogerlo y al acercarlo a comer todos los días, a un establecimiento distinto en el que el menú -con sus matices- siempre estaba basado en lo mismo. En aquel país, no parecían tener su misma alegría para disfrutar de la vida y pocos parecían los que usasen cubiertos. Y si eso no fuese suficiente la cerveza era muy mala. Así que Don Ra por las tardes se dedicaba a beber zarzaparrilla, no por gusto sino porque siempre le había llamado la atención el nombre, con la mirada perdida en el valle a través de la galería, meciéndose de manera apenas perceptible. Suspendido en el aire como aquella casa, con aquella misma fuerza que no se sabía de dónde emanaba y lo mantenía flotando en el abismo, mirando al fondo donde estaría el océano Pacífico. Con la sangre de sus venas renovada y el corazón drogado, imaginaba como sería la vida en Maine al color del atardecer, mientras Larry no había parado de ponerle discos y de hablarle de momentos mágicos en el estudio, de los días dorados de Terry.
 
-“Tío, ha grabado un disco nuevo y merece mucho la pena, pero como a Curt, sólo cuatro lo tendremos en cuenta…, ¿conoces a Curt, verdad?…pues deberías escuchar esto”.
 
 Probablemente se quedase allí hablando sólo durante horas una vez DonRa se retiraba a acostarse, pero el caso es que a la mañana siguiente aparecía carretera arriba con el monopatín bajo el brazo.
 
 
 
 
  Esto sucedía solo los días de cierto ajetreo. Un día normal  no pasaba de recorrer aquella estrecha, laberíntica y acaracolada mansión, o de perderse entre los mirtos del jardín pateando guijarros. Se acercaban a la playa principalmente, y si era sábado se apretujaban como podían en el Porsche 912 Targa de Richard Polodor y recorrían los rastrillos que había en las puertas de las casas de la zona de Burbank.  A Lolo lo veían poco, sólo a su vuelta los sábados de la Rodney Bingenheimer´s English Disco, cuando se preparaban para aquellas pequeñas excursiones a las que, aunque exhausto,  se apuntaba si se trataba de bajar a Burbank. Había trabado amistad con un joven de melena rubia también muy amigo de Jim, con el que este solía intercambiar discos, exudando la misma pasión por todas aquellas grabaciones de hacía casi una década. Se conocían hacía años y le estaba costando horrores publicar material de un grupo de San Francisco que había dado un nuevo giro a su carrera. Jim, cegado más por el escepticismo que por aquella bendita luminosidad californiana, trataba de desengañarlo ofreciéndole sus irrefutables pruebas de que si no fue posible cuando eran el verdadero mejor grupo del downtown de Frisco, -y eso según él había sido hasta casi anteayer- difícilmente lo iban a conseguir calcando las poses de los mismísimos Beatles.
 
Era otra de aquellas mañanas de sábado. Merced a aquellos arrebatos parlanchines de Larry -el cual definitivamente sí había hecho buen acopio del contenido de aquellas maletas para su exclusivo tormento personal- al tiempo que discutía acaloradamente con Greg de todos aquellos grupos infinitamente mejores que The Byrds que ambos aseguraban conocer, decidieron ir a ver a Terry de buenas a primeras. Éste, en permanente contacto semiretirado del mundo desde los acontecimientos que según ellos habían dado al traste con una época y una manera de vivir, echaba una mano a su madre en el encantador hotelito de estilo colonial español que esta regentaba en Carmel By-The-Sea
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El hotelito estaba a más de un par de cientos de kilómetros al norte, y si no echaron más de una semana no fue porque no pudiesen posponer sus reuniones, sino porque la marabunta estaba al caer. Terry, aunque sonreía ante todas aquellas historias de Amalfi y la Selva Negra, no estaba dispuesto a acogerlos allí, pues le gustaban mucho los perros pero no en jauría. A un Lolo atiborrado de vodka con zumo de melón escarchado todo el santo día, le sacaba de sus casillas que el tranquilísimo Melcher no atendiese a nuestras razones, y mataba el tiempo copulando con grupos de rubias cuarentonas que tenían la piel como guisantes bañados en azúcar moreno. Las mismas que llevaban pamela de noche y ajustadísimos pantalones de lino casi transparentes con el sudor marcado en el trasero sin perder la elegancia.

  Don Ra disfrutaba relajado en la terraza, tanto del interminable – y al contrario que el de Levine- sosegado anecdotario de Melcher, como de los batidos de plátano con sirope de fresa de su madre, que por fortuna habían sustituido a la zarzaparrilla. A estas tertulias se sumaba otro pausado personaje, también muy rico en vivencias, pero en otro espectro radicalmente diferente que acabaría por cautivarle completamente. Cuando caía la noche cenaban crêpes y café irlandés en una pequeña sala en la que Doris recordaba otros tiempos en sus -sólo según ella- jornadas premenstruales. Visionaban partidos en super8 de aquel memorable equipo de los Bruins de UCLA, que de la mano de Bill Walton y entrenados por el legendario John Wooden habían arrasado en la liga universitaria de baloncesto. Estos eran los momentos en los que el cronista deportivo Mark Rampasse se adueñaba de la conversación con su fraseo corto, preciso y atildado. Nadie podría imaginar que aquellas reuniones fuesen la mecha que realmente les llevase a lo que el común de los mortales conoce como éxito,  tan alejado de aquel por el que ya llevaban años luchando y forjando a golpe de cóctel. Ese fue el motivo que hizo a Don Ra combinar las postproducción con tres aviones semanales del Whiteman Airport al Oakland International y otros puntos de la Costa Oeste –y al menos durante poco más de un par de horas en cada una de estas ocasiones- recuperar el brillo en la mirada y la aceleración del pulso de una manera no artificial.

 
El exclusivo 747 de la Pan Am que había fletado Rogelio a cargo de la reciente herencia recibida -y que volaba con destino al aeropuerto internacional de Oakland- más bien parecía un vuelo charter de Aviaco rumbo a Lanzarote. No es que fuese repleto de bocadillos de chorizo, con el personal acicalado y apestando a Varón Dandy, sino que su pasaje lo conformaba el elenco al completo de “Soy todo sueño”, más una serie de agregados que iban a dar mucho juego. Para acabar de decorar el viaje, un animado happening tenía lugar a quince mil pies de altura.
 
  Presidiendo a todo ese ganado iba Da Silva, el nuevo rey. A su lado el guía y cicerone de la inmediata aventura americana, el productor Robert Evans. Y con ello su amigo Gene Hackman. Éste les había dejado a solas nada más despegar, pues había iniciado una bonita relación a tres con aquellas dos odaliscas de suburbios, cuyo nom de guerre era el de Las Margaritas, desde entonces la Rey y la Lys.
 
   Detrás de ellos todo el catálogo -humano e inhumano- de la fauna que circundaba el proyecto: Michelone, todavía somnoliento, descansaba despachurrado sobre el asiento, mientras una coqueta Miss Taboo se daba un último toque de sombra en los ojos, a la vez que no podía reprimir un grito de satisfacción ante la melodía que Alfonso interpretaba al piano. El otro Alfonso, el de noble cuna, descorchaba una botella de champagne junto a Monsieur Lafleur y la Duchessa, mientras no le perdía ojo al flirteo de su joven mujer, la bellísima Ira, con un encasacado Mr.Bateman. Menudo pendón.
 
  Dos asientos más atrás, del interior de un maletín de forma cúbica, el señor Bronson, Frau Taffelson y Alexander Cartwright extraían unos objetos que llamaban singles y cuya mera visión les provocaban un evidente estado de nerviosismo y excitación.
 
-“¡Dejad los cromitos de una vez ya, coño!”.
 
La frase, una tanto perjudicada, procedía del cafre de Yeyo. La dijo mientras les plantaba una cubitera casi en sus morros, junto a una pequeña bolsita de colombiana. El resto de los Choris reían sin parar, después de servirse generosamente. Carmina y dos miembros de la Costa Shock, a su vera, se afanaban en dar cuenta de la restante. Cerca de ellos el Maharissi Puiggi instruía a Tama-Riht, el guitarrista renacido, acerca del sentido trascendente de las puertas de la percepción.
 
  Casi en la cola del avión un tipo imperturbable observaba escrutador desde sus transparentes ojos azules. Era un invitado de Da Silva. Uvita departía con él -con un inglés fluido y de perfecto acento- siempre llamándole Sargent. No había ningún signo que lo delatase como tal. Daniele, que leía distraído, dio un brinco en cuanto oyó el apelativo. “The wicker man” era su película favorita.
 
  En realidad el Sargento Howie evaluaba el desparrame que sucedía frente a él. Con su mirada fija no perdía de vista a sus dos amigas, Britt e Ingrid, que acababan de incorporarse al grupo de los Alfonsos. El Sargento en realidad se llamaba Edward Woodward. Uvita había escuchado comentarios acerca de que era un actor que había acabado poseído por su personaje. Lo había sido tanto que había terminado por no distinguir entre ficción y realidad, desarrollando la misma inflexibilidad, rayana con el fanatismo, que caracterizaba a su personaje.
 

  Mientras el vuelo sobrevolaba el medio oeste americano y el pasaje parecía ya rendido tras horas de desparrame, los únicos que seguían con la juerga eran los cuatro incansables mosqueteros: Yeyo, Luis, Antonio y Jorge, “Los Choris”. El primero había heredado más de diez millones de dólares de su padre y se había conjurado en una misión: Bonvivantismo o muerte.

Se iban a enterar esos americanos. No tenían ni idea de la calidad del ganado que acababan de importar.

 
 
  En el preciso instante que el Bentley Corniche negro circulaba por la North Avenue a la altura del Museo de Historia, las puertas de una impresionante mansión victoriana en la vecina calle de North State Parkway se abrían y el poderoso Davide Bongusto, Arzobispo de Chicago, comenzaba a descender la escalinata con el paso dubitativo del que hace tiempo pero no sufre premura. Apenas la brisa comenzaba a tornarle sus ojos cuando su chófer -un morenito con librea de origen cubano al que el personal del arzobispado llamaba Sr. Bobo por haber intentado huir de la dictadura castrista a nado- ya asomaba por la puerta del sedán con la misma parsimonia que su regio principal ocupante. A modo de saludo, el señor Arzobispo le comunicó que uno de sus hijos sufría dolor de muelas esta mañana, pues así se lo había hecho notar mientras le secaba la espalda y le servía el desayuno, así que ya sabía lo que tenía que hacer al volver del aeropuerto, puesto que el muchacho de doce años era el ayuda de cámara favorito del otrora Padre Bongusto y éste regresaría en poco más de 48 horas.
 
Su destino era Los Angeles, pero entre otros muchos el Arzobispo había ido cogiéndole gusto a los vicios contra los que tanto azuzaba antaño en aquella pequeña parroquia de Positano.  Uno de ellos era hacer una paradita en Las Vegas cada vez que viajaba a la Costa Oeste. Solía ser una cosa rápida, dado que era un pésimo jugador de blackjack, y lo que más le gustaba en realidad era disfrutar del ambiente de buscavidas y cantantes de country frustradas durante un rato. A veces le dejaban ganar sin que siquiera se percatase, pero aquella noche iba a perder los 180.000 $ que portaba en el maletín para sus dietas, dado que a su misma mesa se había sentado un hombre de poblado bigote que aunque fingió no reconocerlo, pertenecía a aquella ralea de maleantes que a la postre le había cambiado la vida y propiciado, sin quererlo, su fulminante ascenso en la jerarquía eclesiástica.

 
 A Michelone, aunque sabía que aquella era una minucia para la más importante congregación católica del país, aquello le resultó un enorme placer, pero cuando a la mañana siguiente regresó hasta San Fernando ansioso por narrar la anécdota, descubrió que Don Ra, Charlas y Levine habían abandonado la casa de buena mañana en dirección a Studio City para una de sus reuniones. Esta vez ante una cohorte de abogados de BMI para dilucidar unos flecos en torno a los derechos de autor de la música contenida en “All I Dream”. Decidió salir a su encuentro.
 
Una vez llegó al lugar -el típico edificio acristalado al que se accedía tras recorrer una explanada en la que se sudaba nada más dar un paso- reconoció a Lolo al fondo, vestido como si fuera un jesuita de paisano. Cosa que dado lo extravagante del personaje, no le llamó demasiado la atención. Luego descubriría, que tras bañarse desnudo en la piscina de la casa de Zsa Zsa Gabor la noche anterior, había salido de la misma con aquel vestuario sin percatarse. Entró con su característico andar a trompicones por la puerta principal del edificio, no sin antes estampar su nariz en la gran puerta giratoria de cristal: al menos aquello le espabiló.
 
Al fin logró alcanzarlo en el momento en que una despampanante belleza hindú en traje de chaqueta con un exagerado escote, le abría paso hacia el ascensor. En el trayecto hasta la decimosexta planta comprobó que la rapidez de aquel pieza en cautivar a una dama no había menguado. A continuación, les introdujo en aquella sala de juntas, y aunque el sol les cegaba a través de los ventanales tal como habían dispuesto los dos pardillos picapleitos que se sentaban enfrente, se dieron cuenta que aquel espigado muchacho de tez morena aceitunada y ensortijado pelo afro, poco o nada tenía que ver con la película. No les costó demasiado dominar la situación. Los negocios, se tratase de fruta, licores o piedras preciosas, solían basarse siempre en lo mismo. Y aquel era su terreno.
 
En poco tiempo, y exceptuando a aquel chico apocado y encogido de hombros, los otros cuatro participantes de la reunión ya departían entre risas y gruesos chascarrillos. Entonces se abrieron las puertas de la sala, y tras las sinuosas caderas de la secretaria hindú portando unos contratos, apareció la figura del Arzobispo Bongusto -que por haber acudido a retirar más fondos debido al desfalco de la noche anterior se había retrasado- y todo se desarrolló de manera aún más rápida. Michelone apenas posó su mirada en él, y al tiempo que este se sentaba, Peloujrovic se levantó fulminante y desapareció con la muchacha a la sala contigua. Volverían media hora más tarde. Ella con la melena hecha unos zorros y él con los contratos modificados en sus manos.
 
Se procedió a la rúbrica, y el Arzobispado pagó amarga pero gustosamente los honorarios de los abogados. Cuando por fin localizaron a Don Ra, éste se encontraba almorzando con un Mark Rampasse, que se había quedado petrificado al ver aparecer a aquel trío del cual emergía una rutilante estrella. A Michelone casi se le olvidó contar la anécdota de los 180.000$, pues aquella fue la manera en que se hicieron con la representación del campeón de la NCAA con UCLA aquella temporada. Era el escudero de lujo de Bill Walton, número 11 del draft y futuro rookie del año con los Golden State Warriors.

Su nombre, Jamaal Wilkes

 

CANCIONES DEL CAPITULO
SONIA Camino sulle nuvole
LE SVITATE Basta essere belle
JUIE FELIX Snakeskin
THE GRASSROOTS I’d wait a million years
DE DE LIND Mille anni
THE GLASS FAMILY The means
FLAMING GROOVIES Brushfire
THE HERD From the underground
PEGGY LEE Is that all there is?
MARLENA SHAW California soul