ELEFANTES ROSAS Una biografía (Ediciones Polares, 2015)

 

En esta bitácora se ha hablado largo y tendido de Serge Gainsbourg. Otra cosa será que se haya hecho apropiadamente, con la perspectiva adecuada y en su justa mesura. No es tarea mía el juzgarlo, quedaría feo.

 Se cumplen, me dicen, veinticinco años de la muerte de Serge Gainsbourg y caigo ahora justo en tan magna efeméride. Soy así de despistado. La verdad es que uno piensa que el aniversario de una muerte no debería de ser, en todo caso, nada más que la celebración de una obra. Y si ésta se ha leído, visto o -en el caso que nos atañe- escuchado detenidamente, mucho mejor. De cualquier forma, si sirve para poner en valor la obra del finado, aunque sea a posteriori, lo doy por bueno. Siempre se está a tiempo de llegar si se quiere realmente.

Dejemos para los especialistas la inmersión en los recovecos de su vida, en el relato de las incoherencias inherentes a la condición humana y las referencias a las bajezas que todos, en mayor o menor medida, cometemos. Y éso si hay suerte. Si aceptan un humilde consejo, huyan tanto del amarillismo y la celebración de la boutade con la que a menudo se cubre el expediente, disminuyendo sus logros, como de la hagiografía acrítica mediante la cual se llega al mismo sitio. A ningún lugar. No lo tomen especialmente como una crítica, hay gente para todo.

 Uno, desde hace una docena larga de años, no ha dejado de recomendar a quién ha tenido a bien escucharme la lectura del libro definitivo, aquel en el que todo se halla. Me estoy refiriendo a “Gainsbourg” (Albin Simone, 2000) de Gilles Verlant. Una obra faraónica, didáctica y amena, que celebra el puñado de hallazgos y cimas musicales con las que Gainsbourg nos regaló, pero que no se escabulle hurtándonos su descenso a los infiernos. El problema es que no se tradujo jamás al castellano y, ya se sabe, al estar al otro lado del mundo y ser el francés una lengua tan lejana, de él nunca se supo. Paradójicamente si lo fueron otros libritos, menores en el mejor de los casos, por lo general de origen anglosajón, que aquí se celebraron (brevemente, estamos hablando de lectura, esa imperdonable pérdida de tiempo) y se tomaron por poco menos que definitivos.

 Pero basta ya de pensamientos en voz alta, basta de reproches que no llevan a ningún sitio. Da igual todo lo comentado hasta ahora, olvídense, se lo ruego. Ya no tienen excusa. Hace unas semanas el donostiarra Felipe Cabrerizo tuvo la enorme gentileza de enviarme una copia de “Elefantes blancos” (Ediciones Polares, 2015). Lo leí en un fin de semana, resultó ser una obra perfectamente documentada (Bebía de las fuentes precisas, la citada biografía de Verlant), estaba mejor escrita si cabe, regalándonos conocimiento y comprensión, mirada curiosa y buen juicio, partiendo de una mirada propia y un indisimulable amor por su obra. Casi cuatrocientas páginas (además de una bibliografía seleccionada y la discografía del autor) donde sumergirse y disfrutar, donde aprender y aprehender. Un libro con muchas virtudes y pocos defectos. No sé por qué tardan en hacerse con un ejemplar…

“…La fama me destruyó. Destruyó mi alma, mi conciencia y mi subconsciente. Éste es un oficio extremadamente cruel porque hay que liberar el alma. Si no lo haces, eres un hipócrita y no llegarás lejos. Y la sinceridad tiene un precio muy, muy alto…”

 

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