El Sonido de JOAN LLUÍS MORALEDA (Madmua, 2018)

 

 

En un nuevo esfuerzo por cartografiar el mapa de nuestro pasado sonoro, todavía hoy escasamente delimitado, Madmua Records tiene el placer de presentarles este hermoso ep formado por seis breves piezas de música de librería a cargo del maestro Joan Lluis Moraleda, otro más de los fascinantes y olvidados autores de nuestro subterráneo legado musical, aquel que nunca apareció en las portadas, siquiera en un mísero pie de foto.

 

 Nacido en Santa María de Palautordera en 1943, ingresa temprano en el Conservatorio de Barcelona. Con tan solo doce años ya tiene clara su dedicación absoluta a la música y pasado un tiempo obtendrá la lìcenciatura en la carrera de Oboe,  instrumento del que, en 1967, obtendrá plaza fija en la Orquesta Ciudad de Barcelona. Antes –y sobre todo después- de lograr este colchón de seguridad (algo similar a lo que sucedería con tantos maestros italianos y franceses) su devenir entre los bastidores de la música popular será tan prolífico como escasamente conocido. A mediados de los años sesenta entra, junto a Joan Alfonso, como arreglista sustituto en el sello Belter, pues es necesario aligerar la ingente carga de trabajo de sus arreglistas titulares, Adolfo Ventasy Joan Barcons. Una irrupción, a partir de entonces permanente, en un mundo que estará para siempre en deuda con él –y también con muchos otros- , debido a su constante desempeño en múltiples trabajos, ingratos muchas veces, mal pagados por lo general y, por supuesto, carentes de cualquier tipo de acreditación artística.

 

 

  Baqueteado y exausto pero ya bien entrenado, de Belter pasa a otros sellos catalanes: Arregla en Edigsa Eps para Rosmi o Gloria (este ultimo gracias a la recomendación de su mentor Antoni Ros Marbá, compositor del debut de Gloria) y de allí pasa a Vergara, donde incluso publica un Lp a su nombre (“Hits de España”Juan Luis Moraleda y su Combo Pop,1970), disco con un repertorio de adocenados éxitos del momento entre el que destaca una palpitante versión instrumental del Whole Lotta Love zeppeliniano.

 

En 1975 entra como director musical del Estudio de Daniel Carbonell, sito en Barcelona y especializado en la realización de Jingles publicitarios o música de libreria, territorio fértil en una época donde el desarrollismo consumista es de incipiente interés. Lo hará sustituyendo a otro de los personajes claves de la cara oculta de la música popular, Francesc Burrull, embarcado éste con urgencia en una larga gira como pianista de Joan Manuel Serrat. En los Estudios Carbonell desarrolla su labor como ideólogo y compositor musical, ejerciendo con maestria la síntesis sonora que relacione al producto con la modernidad hasta su fin ultimo, provocar la perentoria necesidad de consumo. Tal y como relata, trabajaban con rapidez, por lo general dotados de presupuestos generosos (sobre todo comparados con los que contaban en Belter, Edigsa o Vergara) y bien equipados técnicamente. Afortundamente existe un raro vestigio fonográfico de esta actividad, un Ep editado de manera promocional en el sello Ticano, prácticamente inencontrable, asunto que el disco que tienen ahora en sus manos intenta reparar en la medida de lo posible. Una cita en su bonita portada atribuida a Tony Schwartz -teórico publicitario y pionero sonoro- define de manera certera y sintética el objetivo a conseguir; … Lo importante no son los efectos de sonido sino los efectos de estos sobre la gente …

 

Una selección de los mejores de ellos son los que ahora les presentamos: Campañas para compañias de diverso pelaje; Refrescos, calzado, cámaras fotográficas, espirituosos o automoción (La campaña para Simca, una amable y escueta pieza de suave Musica disco, por ejemplo, obtendría el Premio especial de la Asociación de medios publicitarios de España).

 

 

 La música elaborada es directa, concisa, dotada de pegada y repleta de licks y señuelos con la coartada de la modernidad siempre presente; Aquarella, quizás la mejor de todas, oscila entre una marejada de cuerdas y vientos lujuriosos atravesada por un fuzz elocuente. Junto a ellos unos omnipresentes coros femeninos respaldan a una viril voz masculina que repite hasta la saciedad el nombre de la marca comercial publicitada. Ya al final, casi como rúbrica, un cambio brusco, rotundo, nos remite a la partitura de Schifrin para Misión Imposible. Werlisa está trufada por un glorioso wah wah que es puro Blaxploitation (Shaft on my mind) mientras que Kickers es una brevísima y delicada escala musical cosida por un Moog delicioso. Kas y Veterano podrían perfectamente haber sido incluidas, respectivamente, en la banda sonora del enésimo spaghetti western o ilustrar un capítulo de una serie de bandoleros cualquiera. En todas ellas los coros femeninos correrán a cargo de las Hermanas Ros, a quienes Moraleda conocía desde incluso antes de haber arreglado su proyecto en Hispavox bajo el nombre de Grup Estel.

 

   

 Vestigio de una época que ya no será (y que para una gran mayoría nunca existió, al menos no más allá de su subconsciente) este pequeño disco tiene la intención de mostrar una manera de trabajar y de proceder que al menos convendría recordar; artesanal, urgente, con un ojo puesto en la cuenta de resultados y otro en la modernidad, siempre desde la perspectiva propia de la modestia del orfebre. Conminada, sí, a un objetivo claro y evidente, pero sin por ello descuidar el placer del trabajo bien hecho. Consciente de sus limitaciones de supeditación integra al soporte comercial y ajena por tanto a las pretensiones artísticas propias de aquel que persigue la trascendencia. Algo que, paradójicamente, quizás por la suma de todo ello –y de algo tantas veces intangible como el gusto y el talento- en algún instante, breve, acabaría consiguiendo.

 

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HIPSTER’68 French Weirdos and beyond

 

 

 

 

 

 

  Cincuenta años ya del mayo del 68 y curiosamente lo que uno piensa que perdura es su colección de weirdos; ingeniosos, cantamañanas, extravagantes, risibles, chocantes … époustouflants. Este post es un humilde recordatorio de las aventuras musicales de unos cuantos de ellos; Evariste y su flequillo infernal dirigiendo sus reproches hacia quién inventó el cálculo integral, Sebastien Balasko y su oda a Godard Christophe musicando muy psicodélicamente la película The Road to Salina. Crónicas de la angustia y la psicopatía a cargo de Jean Bernard de Libreville, insólitas descripciones de la vida laboral narradas por Bernard Chabert, un extracto del alucinante disco en Suzette de Vannier,o delicias extravagantes, bien en solitario, bien con Areski, de esa pirada maravillosa que es Brigitte Fontaine. 

 Más; Antoine con el George Arvanitas Trio y su espléndida María la soleada, las aventuras extraordinarias de un billete de banco, tan Gainsbourgianas ellas, narrada por Bernard Lavilliers o la odisea en ácido de Les 5 Gentlemen en L.S.D. 25 ou les Métamorphoses de Margaret Steinway.  Guy Skornik y su odisea por la Isla de Pascua, extracto de ese alucinante disco inspirado en el escritor Louis Pawels, discípulo del armenio George Gurdjieff. Junto a todo esto, una serie de pequeños episodios a cargo de Hubert, Jean Le Fennec, Jose Bartel, Jacques Filh, Claude Lombard o Markusfeld terminan por completar este pequeño viaje.

 Una sugerencia, les recomiendo disfrutarlos sin militancias sectarias ni prejuicios excluyentes, ¡funcionan!. Aunque, claro, ustedes eligen.

TOM DISSEVELT Música para un guateque sideral (Philips, 1960)

Cuenta la leyenda que cuando a principios de los años sesenta Waldo de Los Ríos llegó a España, llevaba bajo el brazo – e incrustado para siempre su sonido en su hemisferio cerebral derecho- una copia de “El Fascinante mundo de la música electrónica” de Tom Dissevelt y Kid Baltanálbum, curiosamente, publicado en su Argentina natal en 1959 y del cual también se extrajo un ep que llegaría a publicarse en nuestro país un año más tarde. Al parecer andaba obsesionado con la música de Dissevelt y parte de su obra menos comercial (la mayoría desgraciadamente inédita  fonográficamente) tendría bastante que ver con esa influencia y obsesión. Me acuerdo especialmente de su raro Lp con la banda sonora de “¿Quién puede matar a un niño?” del que ya hablamos en esta bitácora y, especialmente, de sus composiciones para la serie de televisión (tres temporadas) de Historias para no dormir

Publicado en nuestro país en el año 1960, “Ritmos electrónicos, Música para un guateque sideral” (una calle, una avenida, un bulevar, merece quien tuvo la idea de así titularlo en su edición española) tuvo, como decía, edición discográfica aquí. Detalle que, dicho sea de paso, no hace más que provocarme la risa por enésima vez cada vez que escucho opiniones que resuelven con condescendiene desprecio una época de nuestra historia discográfica con todas las lacras que quieran, que las tuvo, sí, a paladas, pero que puesta en perspectiva y comparada con otras, no sabría decirles en que fueron peores.

 Por último, capítulo aparte merecen las brillantes notas de la contraportada, desafortunadamente anónimas, que les transcribo a continuación. Un texto que oscila entre lo naïf y lo osado, no sé si escrito así a propósito y al que no puedo encontrarle ningún pero en absoluto.

… “Música electrónica” es como los novatos la llaman. En esta ocasión el experto manipulador de los interruptores es Tom Dissevelt, un joven holandés lleno de imaginación que toca el contrabajo y que es un arreglista y director notable, pero que en este caso prefiere dirigir un conjunto compuesto de un generador de sinosoidales, un generador de ondas rectangular (cuadrado), un generador de ondas entrante de sierra, un generador de impresor, un generador de ruidos, un multibrivador, un filtro de banda y un modulador anular con un obligato ocasional de percusión, producido por unas pequeñas barras metálicas y un piano.

 Tom Dissevelt, ayudado por Kid Baltan, un hombre experto en electrónica, emplea unos ingredientes con un alto grado de ingenio y, auxiliado por magnetófonos, recoge sonidos electrónicos, los recorta, los atenúa, los exalta, altera su tono, cambia su velocidad y los apila en estratos. El resultado, altamente sorprendente, no resulta un ensayo en el modo de hacer música austera y ultramoderna de la que se haya suprimido ampulosamente toda emoción y toda melodía (aunque el equipo empleado pudiera dar lugar a creerlo); No es música para escuchar mientras se visita el lado oculto de la luna. Con la mano de Dissevelt en los mandos, la música electrónica no resulta en absoluto sobrecogedora, sino alegre y viva y deliciosamente melódica y tan marcadamente rítmica que puede bailarse con ella.

 Los sonidos extraídos del conjunto de generadores no están tan divorciados de los producidos por los instrumentos que a diario se tocan, que dejan al oyente rendido sin remedio (los generadores, como se transpira en el disco, pueden producir un sonido extremadamente rico como el aullido de veinte o treinta saxofones o el soplido de al menos un pelotón de fagots); pero sin embargo, desde la primera nota, la música tiene un color que la distingue y una individualidad que prevé que Dissevelt está explorando nuevos territorios musicales con inmensas posibilidades.

 Las alegres melodías que ha compuesto presentan un acompañamiento que es una corriente fascinante de sonidos de goteo, susurros, pompas, golpes, crujidos, chirridos, silbidos, quejidos, suspiros, pitidos, golpes metálicos, explosiones silenciadas y explosiones sin silenciar. Esto pudiera parecer algo así como un pequeño caos; pero la música, de hecho, resulta tan altamente organizada como cualquier pieza concebida por Schönberg.

 De las cuatro piezas de este muestrario electrónico “Síncopa”  se dispara ene estilo latino americano muy embriagador con una melodía brillante y un vivo acompañamiento rítmico. De cuando en cuando surgen pinceladas de sonidos que semejan el producto de una acordeón gigante y en el acompañamiento pueden distinguirse sonidos de goteo, choque y golpeteo, el siseo como de cohetes que suben. La melodía, sin embargo, triunfa sobre estos oponentes y la pieza termina de manera alegre. “Vibración” que también es del poseedora de una melodía sumamente atractiva comienza con un acompañamiento que mezcla los elementos de un taller de lavado a vapor con los de un laboratorio científico dedicado a experimentos destructivos con ácidos. Esto pronto se disuelve en sonidos gangosos como los de los alambres tirantes que se cortan y en sonidos de gorgoteo como los de las botellas que se vacían, así como en una variedad de golpes metálicos. De nuevo la melodía (unida al taller de lavado) emerge triunfalmente y la pieza termina con tres incisivos chorros de vapor.

 “Torbellinos”, una pieza en conjunto movida, nos enfrenta con excitantes ruidos de la jungla que contrastan a veces inesperadamente con los de una fundición de acero atendida del mismo modo inesperado del antes citado pelotón de Fagots. Hay un fragmento de melodía que marea, al que la pieza debe su título, y la música culmina con una versión electrónica del percutir de un cimbal.

 “Vaivenes” es más misteriosa, una visita a un puesto avanzado en el ártico, en sonde el viento suspira suavemente sobre la nieve y donde hay efectos de apenas resplandeciente luz solar mezclada con neblina. Si Debussy o Ravel hubieran compuesto música electrónica, seguramente hubieran dado luz a algo muy parecido a esto, que es un maravilloso caleidoscopio de colores impresionistas.

 Philips se honra en presentar, por primera  vez en España, un disco bailable grabado íntegramente por este atrevido y sugestivo procedimiento…” 

LOS RELÁMPAGOS Paraíso perdido, Una Sinfonía sicodélica española

En el documental/entrevista que Richard Schickle le hizo a Raoul Walsh, dentro de la serie “Los Hombres que inventaron las películas”, contaba el director una anécdota desternillante. Una pequeña historia que explicaba tanto la manera de entender la vida de sus amigos Errol Flynn y John Barrymore como el modo de ser de una época que me temo ya no será.

  Acababa de morir John Barrymore y el grupo de amigos de confianza, sabiéndolo un sentimental exhibicionista, se dirigió a casa de Flynn en comandita a darle la noticia. Como esperaban, Flynn se derrumbó al saberlo y decidieron quedarse juntos, bebiendo y recordando. Conforme avanzaba la noche, cuando esta alcanzaba una graduación etílica considerable, Flynn comenzó a ponerse particularmente baboso. No dejaba de gemir y de llorar, sin parar de lamentarse, recordando a viva voz a quién quisiera (o no) escucharle cuantas veces habían estado todos juntos de borrachera, con Barrymore sentado en el sillón que había justo enfrente, presidiendo la bacanal. Pregonaba a los cuatro vientos cuanto daría por poder volver a verlo sentado allí. Los sollozos y la cantinela no cesaban, andaban ya más que borrachos y comenzaba Flynn a ponerse verdaderamente pesado, sin parar de formular el mismo deseo una y otra vez. Tal debió ser el grado de la tabarra que Walsh, junto a otro de los presentes, se escabulló discretamente de la reunión y se acercó a Tanatorio de los hermanos Malloy, donde descansaban los restos del Barrymore. Era ya bien entrada la madrugada. Entró en la sala y se encontró a uno de los hermanos, a los que casualmente conocía de correrías nocturnas. Acercándose a él le pidió, discretamente, si podía prestarle el cuerpo un par de horas. Éste, aunque extrañado en un primer momento por lo insólito de la petición, ni dijo ni preguntó nada y accedió. Walsh y su amigo subieron el cadáver a la camioneta y volvieron con él a casa de Errol Flynn.

Una vez allí, mientras el resto, conchabados, entretenía a Flynn, vistieron con un batín al finado y lo sentaron en el sillón de marras con una copa en una mano y un cigarro en la otra. Flynn andaba por el porche de la villa y seguía con la cantinela, incansable. Instantes después entró en el salón y al ver a Barrymore comenzó a gritar como un poseso; “¡No puede ser, si estaba muerto!” . Pálido y aterrorizado, saltó por la ventana como el que huye de un fantasma. “Menos mal que estaba en la planta baja”, recuerda Walsh. Flynn, demacrado y parapetado tras un seto del jardín, se negaba a entrar mientras les preguntaba que milagro o hechizo era aquel. Walsh, desde dentro del salón, le gritó: “Te pusiste tan pesado con que darías lo que fuese por verlo sentado de nuevo en el sillón, que me dio lástima y decidí satisfacerte. Anda, entra a saludarle”. De repente todos empezaron a carcajearse, risas y abrazos a granel. Recuerdos y anécdotas del amigo muerto y alcohol a raudales. Eso era la verdadera camaradería.

Transcurrida la odisea tuvieron que devolver el cadáver de Barrymore al tanatorio. Al verles entrar, el del tanatorio se atrevió por fin a preguntarles adonde habían ido con el cuerpo. Walsh le contestó que a casa de Errol Flynn y Malloy, sin inmutarse, tan sólo les dijo: “¿Por que demonios no me lo dijo antes?, le hubiese puesto un traje mejor.

Venía decidido a hablarles de Los Relámpagos pero creo que es mejor no aburrirles más. Ay, los paraísos perdidos, los tiempos que una vez fueron. Al final solo es novedad aquello que por viejo hemos olvidado.

 

BRUNO LOMAS Un hombre sin amor

BRUNO

Si en este país ha habido clase Emilio Baldoví, sin duda, ha sido uno de sus máximos exponentes. Hablo de clase, evidentemente, como una serie de características que diferencian a alguien de sus iguales y que viene sobrevenida de manera sino genética (que tal vez también) sí como un proceso inevitable, tan fluido como natural. Muchas veces sin querer o casi sin darse cuenta, en Bruno se daban todas y cada una de las virtudes que yo le pido a un cantante; Exuberancia sin rozar siquiera el histrionismo, elegancia sin un ápice de afectación, rotundidad pero nunca alardes. Sumémosle a todo ésto un fraseo único. Un fraseo que podía ser tanto rugido como caricia, siempre acorde con lo que la canción necesitase. De hecho en muchas ocasiones era ambas cosas a la vez, incluso en la misma estrofa, sin esfuerzo aparente, con tanta facilidad expresiva como naturalidad. Sirva como ejemplo el sencillo “Amor amargo/Mucho” con el que se presentó al VII Festival de la canción de Benidorm con dos canciones firmadas por el Dúo Dinámico. No muy distante en cuanto al tono y el espíritu de los clásicos de los Four Seasons, “Mucho” es todo un prodigio de ingenuidad e ilusión, pero también de conciencia de la fugacidad de los sentimientos, de aspiración a todo, sin ambages o concesiones. La manera en la que entona la frase “… En mi vida solo quiero mucho amor… o nada” nos transporta a un lugar donde todo aquello que teóricamente debería permanecer atenazado por el pudor, todo aquello que es idealizado deseo antes que terca realidad, aún por desgastar, cobra definitivo sentido. Lo que en otros hubiese sido algo meloso y afectado, blando y sobreactuado, en él se convierte en el epítome de la pureza, la atención al detalle. Se convierte, definitivamente, en algo propio, sincero, tan idealizado como inevitablemente fugaz. Supongo que esa clase es cosa que se tiene o no se tiene. Y ya está.

 

Al otro lado del espejo, cómo no, descansaría el aspecto mercantilista, el saber traficar con todo lo que se le puso en bandeja. Era éste asunto sin duda valioso, mejor aún, conveniente. Pero también secundario. Era, sobre todo, me parece a mi, un asunto personal, que no afectaba a la canción ni a su publico., sino a su ética vital. Ahí sí. Ahí concentraría todos sus errores, indesmayable, uno tras otro. No estoy del todo seguro si por impericia –aunque apostaría en contra de tal cosa- como por simplemente traérselo todo al pairo, no detenerse ni por un segundo a valorarlo, dedicado como estaba a cosas de mayor fuste. A vivir el presente e ignorar las consecuencias. Porque alguien tan por encima del cálculo, tan dedicado al momento, a la canción, no se iba a detener en menudencias. Grande hasta en el fracaso, generoso y estrella desde los humildes comienzos hasta su imparable ocaso, Bruno Lomas jamás osó jugar con ventaja cuando de canciones se trataba. Era chulo, sí. Con su punto macarra, tarambana y conquistador. De una simpatía arrolladora en las distancias cortas que, según dicen quienes les conocieron, al parecer enmascaraba sus demonios interiores. Puede ser, no lo sé, que incluso aquejado de cierta bipolaridad. Pero pese a todo aquello que llevase a cuestas, había cosas con las que no se permitía jugar. Sostengo que por pura imposibilidad genética, no tanto pues por no saberlo como probablemente por no quererlo. Ahí estribaba también parte del talento -Ingobernable, carente de cálculo, atropellado, de acuerdo- pero por tanto también su maldición. Conocer a la fauna –las canciones- tanto como menospreciar la jungla -el entorno- que necesitaba para perdurar.

En cualquier caso nunca pretendió servirse de las canciones sino que optó por servirlas a ellas, fuesen estas reinvenciones de clásicos del Rock and roll y del Soul, himnos Beat de ambos lados del atlántico o baladas ateridas de melancolía. Todo -ahí residía el verdadero prodigio- lo hacía propio al instante, permitiendo a las canciones respirar y se me antoja, necesitado de respirar con ellas. Posiblemente también fuese una maldición, pero una vez comenzaba a cantar no permitía que nada de aquello le afectase a nadie más que a él. Junto a las formidables versiones relucía imponente un repertorio propio, más espléndido aún si cabe, repleto de fuste y tronio. Un repertorio capaz de ser, visto ahora en perspectiva, acaso la más fidedigna y cabal novela sentimental de un tiempo y de una época. Una novela atemporal, vitalista y despreocupada, con sus luces y sus sombras. Canciones en apariencia sencilla y alegre pero cimentadas en una melancolía doliente a poco que se sumergiese uno en ellas; “Esa chica me va”, “Anoche la vi”, “Tu me añorarás”, “Es posible”, “Un hombre sin amor”, “En tu ventana”, “Yo sé que no volverás”, “Yo soñé”, “Ya llega el verano”… son hitos en una discografía que rebosa conquistas del mismo modo que reconoce derrotas. Porque eso era la verdadera cima alcanzada; No le conozco intento por adornar lo hermoso ni empeño por ensuciar lo tenebroso. A cada cosa su ropaje, luciendo en el antebrazo, imaginariamente tatuado, la divisa “No tengo nada que decir, solo mostrar”. Quiero pensar debido a que mostrar implicaba, precisamente, decir.

Probad con cualquier otro de los así llamados aclamados. Intentad escuchar su repertorio sin la coartada del retrato nostálgico de una época o el asidero del himno generacional que pretendemos, involuntariamente o no, nos rejuvenezca por ensalmo. En la mayoría de los casos, si queremos ser sinceros, todas esas falsas esperanzas se nos caerán al suelo rotas en mil pedazos. En cambio, sus canciones continúan hoy impelidas por un modo de vida insuflado de tanta coherencia artística como derrumbe vital. La coherencia del desastre. Una coherencia vital, de naturaleza involuntaria y sin embargo insoslayable. Una coherencia sobre todo aplicada a las canciones y por tanto consigo mismo. Y que sirviendo a aquellas acabarían indefectiblemente por hacerle daño a él, consumiéndole en una esquina de la que me temo nunca supo salir. Como tantos otros -y hay que reconocerle que él hizo todos y cada uno de los méritos necesarios para tal fin, en eso también era un figura- perdió su sitio en el Olimpo de la posteridad. Como igualmente tendremos que admitir que muchos, incluso de los que veneramos y tenemos en la mayor estima, se han hecho con un nombre en dicho podio con bastante, con mucho menos.

 

Permítanme un humilde consejo: Háganse un favor, no pierdan el tiempo con los cotilleos y la cháchara de los aledaños. Ni se entretengan en justificar o cuestionar su repertorio de boutades tanto vitales como artísticas. Él, por si aún no lo sabían, era una estrella. Él era Bruno Lomas. De hecho hubo un tiempo en que fue aquel que le dio la gana ser, con un par;

 

“Me voy a presentar para que sepan quién soy, me llamo Tony y soy un ladrón muy formal, robando joyas soy un hombre sensacional y con las mujeres fenomenal”