El Sonido de JOAN LLUÍS MORALEDA (Madmua, 2018)

 

 

En un nuevo esfuerzo por cartografiar el mapa de nuestro pasado sonoro, todavía hoy escasamente delimitado, Madmua Records tiene el placer de presentarles este hermoso ep formado por seis breves piezas de música de librería a cargo del maestro Joan Lluis Moraleda, otro más de los fascinantes y olvidados autores de nuestro subterráneo legado musical, aquel que nunca apareció en las portadas, siquiera en un mísero pie de foto.

 

 Nacido en Santa María de Palautordera en 1943, ingresa temprano en el Conservatorio de Barcelona. Con tan solo doce años ya tiene clara su dedicación absoluta a la música y pasado un tiempo obtendrá la lìcenciatura en la carrera de Oboe,  instrumento del que, en 1967, obtendrá plaza fija en la Orquesta Ciudad de Barcelona. Antes –y sobre todo después- de lograr este colchón de seguridad (algo similar a lo que sucedería con tantos maestros italianos y franceses) su devenir entre los bastidores de la música popular será tan prolífico como escasamente conocido. A mediados de los años sesenta entra, junto a Joan Alfonso, como arreglista sustituto en el sello Belter, pues es necesario aligerar la ingente carga de trabajo de sus arreglistas titulares, Adolfo Ventasy Joan Barcons. Una irrupción, a partir de entonces permanente, en un mundo que estará para siempre en deuda con él –y también con muchos otros- , debido a su constante desempeño en múltiples trabajos, ingratos muchas veces, mal pagados por lo general y, por supuesto, carentes de cualquier tipo de acreditación artística.

 

 

  Baqueteado y exausto pero ya bien entrenado, de Belter pasa a otros sellos catalanes: Arregla en Edigsa Eps para Rosmi o Gloria (este ultimo gracias a la recomendación de su mentor Antoni Ros Marbá, compositor del debut de Gloria) y de allí pasa a Vergara, donde incluso publica un Lp a su nombre (“Hits de España”Juan Luis Moraleda y su Combo Pop,1970), disco con un repertorio de adocenados éxitos del momento entre el que destaca una palpitante versión instrumental del Whole Lotta Love zeppeliniano.

 

En 1975 entra como director musical del Estudio de Daniel Carbonell, sito en Barcelona y especializado en la realización de Jingles publicitarios o música de libreria, territorio fértil en una época donde el desarrollismo consumista es de incipiente interés. Lo hará sustituyendo a otro de los personajes claves de la cara oculta de la música popular, Francesc Burrull, embarcado éste con urgencia en una larga gira como pianista de Joan Manuel Serrat. En los Estudios Carbonell desarrolla su labor como ideólogo y compositor musical, ejerciendo con maestria la síntesis sonora que relacione al producto con la modernidad hasta su fin ultimo, provocar la perentoria necesidad de consumo. Tal y como relata, trabajaban con rapidez, por lo general dotados de presupuestos generosos (sobre todo comparados con los que contaban en Belter, Edigsa o Vergara) y bien equipados técnicamente. Afortundamente existe un raro vestigio fonográfico de esta actividad, un Ep editado de manera promocional en el sello Ticano, prácticamente inencontrable, asunto que el disco que tienen ahora en sus manos intenta reparar en la medida de lo posible. Una cita en su bonita portada atribuida a Tony Schwartz -teórico publicitario y pionero sonoro- define de manera certera y sintética el objetivo a conseguir; … Lo importante no son los efectos de sonido sino los efectos de estos sobre la gente …

 

Una selección de los mejores de ellos son los que ahora les presentamos: Campañas para compañias de diverso pelaje; Refrescos, calzado, cámaras fotográficas, espirituosos o automoción (La campaña para Simca, una amable y escueta pieza de suave Musica disco, por ejemplo, obtendría el Premio especial de la Asociación de medios publicitarios de España).

 

 

 La música elaborada es directa, concisa, dotada de pegada y repleta de licks y señuelos con la coartada de la modernidad siempre presente; Aquarella, quizás la mejor de todas, oscila entre una marejada de cuerdas y vientos lujuriosos atravesada por un fuzz elocuente. Junto a ellos unos omnipresentes coros femeninos respaldan a una viril voz masculina que repite hasta la saciedad el nombre de la marca comercial publicitada. Ya al final, casi como rúbrica, un cambio brusco, rotundo, nos remite a la partitura de Schifrin para Misión Imposible. Werlisa está trufada por un glorioso wah wah que es puro Blaxploitation (Shaft on my mind) mientras que Kickers es una brevísima y delicada escala musical cosida por un Moog delicioso. Kas y Veterano podrían perfectamente haber sido incluidas, respectivamente, en la banda sonora del enésimo spaghetti western o ilustrar un capítulo de una serie de bandoleros cualquiera. En todas ellas los coros femeninos correrán a cargo de las Hermanas Ros, a quienes Moraleda conocía desde incluso antes de haber arreglado su proyecto en Hispavox bajo el nombre de Grup Estel.

 

   

 Vestigio de una época que ya no será (y que para una gran mayoría nunca existió, al menos no más allá de su subconsciente) este pequeño disco tiene la intención de mostrar una manera de trabajar y de proceder que al menos convendría recordar; artesanal, urgente, con un ojo puesto en la cuenta de resultados y otro en la modernidad, siempre desde la perspectiva propia de la modestia del orfebre. Conminada, sí, a un objetivo claro y evidente, pero sin por ello descuidar el placer del trabajo bien hecho. Consciente de sus limitaciones de supeditación integra al soporte comercial y ajena por tanto a las pretensiones artísticas propias de aquel que persigue la trascendencia. Algo que, paradójicamente, quizás por la suma de todo ello –y de algo tantas veces intangible como el gusto y el talento- en algún instante, breve, acabaría consiguiendo.

 

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ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog (Adarce Records, 2018)

 

 

ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog 

Pocas cosas se me ocurren más españolas que la obra de Alfonso Carlos Santisteban, tanto para lo bueno como para lo malo. Personaje y escenario siempre de la mano, muchas veces de manera tan casual como inevitable, en él colisionaban, en una extrañamente controlada implosión, la imaginación y la rutina, el talento y la necesidad, lo genial y la mundanidad más prosaica.

 

Si algo se le puede achacar a Santisteban–de hecho uno cree que sería su impronta y también su tara- fue el vivir, el respirar música. Acaso fuese lo único –militancia bon vivant aparte- que realmente le importase. Estajanovista indesmayable para con la canción española, le daba igual que fuese copla, rumba, pop o Soul y que fuese esta para Bambino, La Polaca, Mara Lasso, Calibre 38, Ellas o Mila. Sincero devoto del jazz y seducido de inmediato por la bossa (su cotizado “Bossa’68” para el sello Sintonía recoge su única incursión vocal, “Cariñosamente”) y su inmersión total en la música cinematográfica, en toda su obra, repleta tanto de las inevitables costuras como de momentos de genialidad, se le puede achacar dejadez y una sensación de logro inacabado, sí, pero del mismo modo resulta evidente su panorámica y osada visión musical, a veces tan temeraria como certera. Una insistencia diríase involuntaria en la plasmación del momento y de su tiempo que, paradójicamente, varias décadas después sea acaso lo que lo conceda la perdurabilidad.

 

Spanish Moog, el disco que tiene Adarce Records el placer de presentarles, es uno de los extraños y casi invisibles hitos musicales que nuestro hombre plasmaría en Italia. Santisteban había debutado en España, en la música para el cine, de la mano de Manuel Summers en 1968 con “¿Por qué te engaña tu marido?. A partir de ahí, como en él era norma, inmersión total, a saco, por necesidad tanto económica como vital. Aparte de algunos descabalgados singles, dos Lps en el sello Marfer publicados en 1973 y otro de 1976 en el sello Discophon recogen una pequeña parte de su ingente obra cinematográfica; “Separación matrimonial”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “El padrino y sus ahijadas”, “El asesino esta entre los trece”, etecé, etecé.

 

Tal y como cuenta en su autobiografía (Alfonso Santisteban, “El mundo del espectáculo y la madre que lo parió”. Ediciones Foca, 2004), en 1973, por medio del director José Antonio de La Loma, conoce a dos de los jefes de la editorial italiana de bandas sonoras más importantes de Italia, Giuseppe Campi y Giuseppe Giachi. Tienen la intención de montar una delegación de C.A.M. (Creazione Artistiche Musicale) en Madrid para poder meter la cabeza en el mundo editorial español. Hay que recordar que estamos en la época más pujante de las coproducciones cinematográficas. Como gancho deciden contratar a dos compositores españoles; nuestro hombre y Waldo de Los ríos.

 

La decepción y la frustración llegaría pronto. Aparte de innumerables bandas sonoras para películas menores o directamente cochambrosas (“… Solo nos daban las películas de serie B, eróticas o comedias de segunda fila. La parte del león se la llevaban los músicos de prestigio internacional que también pertenecían a la editorial; Michel Legrand, Ennio Morricone, Stelvio Cipriani …”) Santisteban publicaría hasta 1975 cinco discos de Librería para C.A.M.; Ambiente e Folklore, Rinascimenti, Night Club, Situazione per Orchestra y este Spanish Moog.

 

Conviene aquí recordar lo que era la música de Librería; Literalmente no otra cosa que una biblioteca musical, un catalogo de fragmentos y piezas musicales ofrecidos a la carta para la posterior venta a producciones cinematográficas, tanto italianas como coproducciones. Unas veces compuestos ex profeso y en otras recopilaciones de piezas antiguas que los editores enmascaraban como nuevas para obtener réditos en forma de derechos. Spanish Moog es ejemplo sintomático de esto. Cinco de las canciones incluidas (Jugando al toro, Nuestro Ayer, Gitanos, Torremolinos Soul y Todo ha sido un sueño) fueron grabadas originalmente por Santisteban y Rafael Ferro en el disco Flamenco Pop (Sintonia, 1969) y tres más (Zorongo, Nuestro ayer y Tierra mojada) iban originalmente en “Sabor a fresa” (Belter, 1971) de La Nueva Banda de Santisteban. Todo un galimatías en el que nuestro hombre tendría mucho que ver.

 

Más allá de ese presunto filibusterismo editorial (y autoral, o no, vayan ustedes a saber, aún recuerdo la jugada del Bum Bum , pieza instrumental incluida en el citado Flamenco pop, primero en gloriosa versión de Chacho y más tarde, cambiado el título, ofrecida como “Llovió “por el trio Ellas) lo que queda finalmente es una gloriosa bacanal de grooves y beats; Un Moog omnipresente, Wah wah y Soul cañí de la mano en “Torremolinos soul”. Melancolía ensoñadora, fuzz y aires fronterizos en “Tierra mojada”, Impecables Beats morunos en la rotunda “Zorongo” (que luego reinventaría El Noi) , Funk y Folklore cosidos en “Noche en Marbella”, puro Blaixploitation espacial en “Tute de Reyes”…

 

Genio anárquico, vituperado o, peor aún, ninguneado, con Alfonso Carlos Santisteban, como sucede con otros pioneros y aventureros en este nuestro país, ocurre que la búsqueda de un lugar, sin más armas que su talento y temeridad, chocaría indefectiblemente con su ubicación en un tiempo que tenía perdido de antemano su lugar en los los anales de la historia. No se me ocurre mejor resumen de lo que fue su obra y su persona que la cita con la que eligió abrir su autobiografía;

 

… Hablo con la autoridad que me otorga el fracaso …

 *Spanish Moog by Alfonso Santisteban, Lp & Cd, is out on 18th February on Adarce Records

CAMILO SUPERSTAR Solo un hombre

 

 

 

Resulta curioso lo que ocurre en el llamado mundo de la cultura en nuestro país. A menudo se le baila el agua a escritores, cineastas y artistas en general con tanta fruición como gratuidad, digamos que sin pudor alguno. A personajes que con mucho alguna vez -y muchas veces lejos ya en el tiempo- acertaron en la diana. En cambio, a músicos que -de acuerdo- tal vez hace un tiempo que perdieron el norte – pero cuya obra también ostenta algunos de los momentos más emocionantes del último cuarto del siglo pasado- se les trata con un desdén y unos aires de superioridad que lo único que denota, cuanto menos, es cortedad de miras e ignorancia obscena , cuanto más, crueldad y cinismo condescendiente. Son estos asuntos que en mi opinión retratan mucho mejor a quienes así se emplean -me pregunto si serán conscientes- que a quienes son destinatarios de tal chanza.

 

  Y no solo me refiero a esa generación de amargados profesionales, esos que a sus cuarenta y pico todavía lucen la etiqueta de jóvenes y que por lo general provocan lástima antes que ascopena, sino también a otros, asimismo investidos sine die como oráculos del gusto: Personajes que durante varias décadas de carrera profesional han permanecido ciegos y sordos ante la evidencia, impertérritos en su confortable trasunto de Reino imaginario -en realidad y para su desgracia no otra cosa que una pequeña colina mil veces bombardeada- y ajenos a cualquier cosa que chocase con su cuadriculada visión de las cosas. Empeñados en contar las mil batallas de siempre, no sé si en su fuero interno -algo que a mi juicio les redimiría un tanto- conscientes de haber perdido los incontables trenes que ante ellos pasaron. La extraña paradoja que resulta de la pretensión de vestirse con el traje del ingenio y la ironía cuando lo que en realidad emerge no es otra cosa que la exhibición de harapientos ropajes bajo la etiqueta de eso tan discutible llamado gusto. Y así sucede que se equipara artísticamente a Perales con Manuel Alejandro, a Miguel Ríos con Bruno Lomas, a Loquillo con Pepe Risiad infinitum, ad nauseam. No es nada que sea algo realmente grave -nada lo es realmente- cuando se trata de desconocimiento o mera frivolidad, asuntos por otra parte a los que todos estamos expuestos y que por lo general suelen ser subsanados con el paso del tiempo, aunque otra cosa es, en mi discutible opinión, cuando se debe a un empecinamiento miope sustentado tanto en la necesidad de señalar y no ser señalado como en la voluntad de erigirse en no sé bien qué tipo de prescriptor.

Esto último es algo extraño. Una especie de virus latente que se incuba día a día, se transmite socialmente y acaba por invadirlo todo. Los prejuicios y el qué dirán ayudan bastante. Muchas veces debido a la necesidad de ese qué dirán como única forma en la que sentirse considerados. De nuevo la paradoja; Una enfermedad que cuanto más se quiere ocultar más rauda se propaga, de manera a menudo implacable y que sin embargo, si se muestra y comparte, puede encontrar el antídoto a poco que se sea permeable a la opinión distinta bien fundamentada. En caso contrario lo que suele permanecer es un compendio de síntomas nocivos, conformados por el deseo de pertenencia al grupo por encima de todas las cosas -incluidas aquellas razonables que lo desaconsejarían- y la falta de comprensión de uno mismo -y por ende de lo que uno es- en un desesperado afán por sentirse valorado, único. Suele afectar con mayor virulencia a quién se cree inmune y en cambio, a quién honestamente cree atisbar en si mismo algún síntoma, le retrae y coarta a poco que advierta lo inhóspito del paisaje, mecido al menos por la duda. 

 Comencemos por el principio. Los inicios siempre son, cuanto menos, difíciles. Los de Camilo también lo fueron. Desde que aterrizase en Madrid en 1964 junto a su banda, Los Dayson, todo había sido una dura lucha por encontrar su lugar en el sol. Su afición a la pintura le permite subsistir pintando láminas que luego vende a turistas, mientras actúa con Los Dayson en Boys, una cochambrosa sala por la zona de Usera. Tienen cierta repercusión en el ámbito local y de allí pasan a la Sala Párnaso, propiedad del actor Antonio Alonso, el primer club en plan fino que hubo en Madrid hasta la inauguración de Nikka’s, cuyo dueño fue del director de cine americano Nicholas Ray. Pero poco a poco y ante la falta de estabilidad la banda comienza a desmantelarse. Suple durante una semana a Daniel Velázquez -tras dejarlos éste en busca de carrera en solitario- en Cefe y Los Gigantes y acto seguido se disuelven “… No batimos el récord de brevedad por muy poco; creo que lo tenían The Mistery Men, que se formaron un viernes, actuaron el domingo, encapuchados, y el lunes dejaban de existir…”. De allí pasa a Los Botines. Su cantante, Manolo Pelayo les acaba de abandonar para comenzar carrera en solitario y con ellos graba, por fin, su primer disco. Un single en Sonoplay; … Teníamos cierto número de canciones propias, y no mucho más tarde grabamos dos de ellas en Sonoplay: Te voy a explicar y Eres un vago. Claro que como no pertenecíamos a la Sociedad de Autores, las firmó otra persona, que trabajaba en la compañía discográfica. No debió de servirle económicamente de mucho porque el disco pasó totalmente inadvertido… Interviene en un papelito en Las Chicas del Preu de Pedro Lazaga y actúa con Los Botines en la película El Flautista de Hamelín de Luis María Delgado, interpretando la soberbia No me importan las miradas donde parecen un trasunto de Paul Revere & The Raiders. El material de esa película, a excepción de un Ep del pujante Miguel Ríos, queda inédito discográficamente. Con Los Botines durará un año largo. A partir de aquí intentos de refundación de la banda como Camilo y los Botines (tras pedirle permiso a Paco Candela, quién tenía registrado el nombre), el obligatorio servicio militar y múltiples actuaciones allá donde saliesen.

 

  Ya han pasado casi siete años. 1971 es el año de la implosión Camilo. Tiene la imagen -una belleza etérea, gracia en sus movimientos y dominio del escenario– la perseverancia y el talento. Dotado de una voz imponente, poderosa y matizada, escribe la mayor parte de su repertorio y está empeñado en controlar su carrera. Todo parece presto, cuando 1970 está a punto de terminar, a la ignición. Ha pasado tiempo a la sombra de Junior esperando la cristalización de algún proyecto pero ya está harto de falsas promesas. Juan Pardo, con quién también mantiene amistad, le parece una apuesta más segura. Tras haberse separado de aquella manera de Junior tras un Lp formidable, pretende comenzar su carrera como productor bajo su propia etiqueta, Piraña, y será allí donde meterá cabeza Camilo, trabajador infatigable en pos de su sueño;  “… Después de todo, yo era un trabajador del show bussiness, estaba metido de hoz y coz en el mundillo musical de Madrid, aprovechaba cualquier oportunidad para trabajar y para aprender. Como era un pupilo de Pardo, aunque “inédito”, me llamaba continuamente para ayudarle en sus producciones, sobre todo hacer los coros de los artistas a los que iba grabando. En aquellos meses de finales del 69 y hasta el otoño de 1970 puse mi voz en una cantidad enorme de grabaciones: Marisol, Luis Gardey, Mochi, Andrés Do Barro, Peret, el propio Pardo… ayudaba en los coros a la mitad de los cantantes de España. Naturalmente no me pagaba un duro por ello. Yo era gente de Pardo y cuando había que echarle una mano se la echaba. Tenía esperanza de que en algún momento me tocase a mí ser el solista…” . Camilo es el chico para todo de Juan Pardo; Corista, baterista, cantante. Decide bautizarse como Camilo Sexto “… Fui con Junior a un programa de Encarna Sánchez en Radio España. Canté una de las canciones de lo que seria mi single. Junior y yo nos parecíamos bastante; altos, delgados, con el pelo largo. Alguien dijo que parecía Junior Segundo y yo dije que no, que yo era Camilo Sexto. De hecho yo era el sexto Camilo de mi familia …” y tras un tiempo consigue fichar por Movieplay donde publica un sencillo (Llegará el verano / Sin dirección) que pasa sin pena ni gloria.

 Poco después Movieplay le propone presentarse al Festival del Atlántico con la canción Mendigo de amorAndy Silver, una inglesa medio novia de Juan Pardo, para quién este  ha compuesto la canción originalmente, se niega a hacerlo. Queda segundo tras Help de Tony Ronald. Camilo cree que Movieplay no le ha apoyado lo suficiente y despechado se marcha a Ariola, compañía alemana recién aterrizada en España tras haber comprado la barcelonesa Discos Vergara. Camilo será el primer artista nacional que firmen. Es entonces cuando Sexto muta a Sesto debido a que Movieplay ha registrado el nombre artístico. Constante -a esas alturas ni se contempla la rendición- sigue perseverando bajo el manto musical de Juan Pardo. Por fin, tras cuatro sencillos de un éxito bastante discreto, Algo de mí es número Uno en toda España. El Lp que le sigue prende una mecha que durará más de una década. Trabajador infatigable, publica Solo un hombre, su segundo Lp, a finales de ese mismo año y comienza la ignición: Giras por Sudamérica, innumerables apariciones televisivas y actuaciones conseguirán convertirlo en un auténtico ídolo de masas. Algo de una magnitud completamente desconocida por estos lares. La época también parece querer colaborar y aunque los cerrojos siguen pasados, cierta laxitud en la asfixia imperante parece venir a ayudarle; su voz sensual y el juego de inocentes equívocos en sus textos, lejos de ser traba se convierten en acicate. Cobra forma su especial sello, un imaginario marcado por una personalísima mezcla de cotidianidad y sueños de terciopelo que dota a su pop elaborado de una pátina de modernidad. En el sustrato quedan las aceradas producciones, los lujuriosos arreglos con sabor a salitre y una serie de competentes músicos que dan forma a sofisticadas telenovelas de no más de tres minutos de duración.

Camilo no le hace ascos a nada. Es un trabajador riguroso y constante. Viaja a Londres con Juan Pardo de productor y le suma a su banda un equipo de profesionales británicos de nivel. Se encierra en los De Lane Lea Studios de Wembley y contrata para los arreglos a un viejo conocido de larga trayectoria, Zack Laurence. Un tipo sin pedigrí artístico pero sumamente efectivo, lo que se llama un profesional, cuya conexión surge vía Alain Milhaud trás sus orquestaciones para los Pop Tops. El paquete viene completado por lo esencial, una serie de músicos de estudio sobre lo que mucho se ha especulado y que le otorgan una prestancia y rotundidad a un disco que hoy suena impecable. Viaja junto a Tusa (así llama a su amiga Lucia Bosé), su hijo Miguel, el periodista Antonio D. Olano y Juan Pardo. “… Tusa no desperdiciaba ninguna oportunidad de comprar los objetos más inverosímiles y estrafalarios, y nos convencía para que también nosotros lo hiciéramos. Así caminábamos con unas alzas enormes, que casi parecían zancos, haciendo difíciles equilibrios por King’s Road y el barrio de Chelsea. Claro que el hallazgo más excepcional fueron unos monos de terciopelo y cintura de avispa, muy bonitos pero con la cremallera por detrás, muy poco prácticos…   El repertorio decide incluir un poco de todo, con una oido en el mainstream y otro al tanto de las tendencias del momento. Recupera Fresa salvaje, canción que había compuesto para su protegido Sanyago y que había pasado sin pena ni gloria. La canción es más sustanciosa de lo que en un principio parece; un libidinoso canto al cuerpo ¿Femenino? con ribetes soterrados de dominación y un doble sentido, cuanto menos, malicioso. Incluye To be a man, una de sus muchas incursiones en inglés, hoy un éxito en los clubs más desprejuiciados, que de venir firmada por algún cantante de serie B extranjero se la tendría poco menos que como un clásico llenapistas.  La sublime Fuego, con su combinación de spoken words y fragmentos cantados junto a unos coros femeninos arrebatados parece casi Tomjonesca: Su guitarra fuzz inicial, su base rítmica perfecta, los bongos, las percusiones, consiguen que realmente queme. Proto-glam a la española. Sara desprende sexo y sudor lascivo. Piedra sobre piedra parece firmada por Gamble & Huff: Modern Soul satinado de elegancia lujuriosa. Incluso incluirá una, Amor, amar, escrita a medias con Lucía Bosé y que alimenta el mito del romance, algo que él, astuto, no solo nunca desmentirá, muy al contrario, incluso con su silencio ayudará a propagarlo. Junto a tal nivel compositivo hay que unir una banda de fieles, competente y engrasada: Alfredo Pareja a la guitarra, su inseparable Jaime Torregrosa al bajo, Vicente Jorro al órgano y Conrado Martinez a la batería. Sumémosle la producción, tan sutil en sus arreglos como poderosa las orquestaciones (guitarras musculosas, algún fuzz despistado, baterías milimétricas, el palpitante bajo de Torregrosa, vientos arrasadores) y su voz, golpe y caricia, fulgor y remanso. Un disco inconmensurable -y que nunca ha sido ni es reivindicado por los profesionales de esto, así están las cosas-  por el módico precio de cinco euros. ¿Alguien dio más por menos?

*Los textos en granate han sido extraídos de Camilo Sesto, Autobiografía, 1984.

The Sexadelic Disco Funk Sound of Susana Estrada (Espacial Discos, 2017)

 

 

SUSANA ESTRADA Ética y estética

 Existe una noción en la música de estatus social, bastante extendida, que a uno se le antoja imposible de negar. Por un lado se escucha y se disfruta –ayer, hoy, me temo que siempre- la música que uno ama realmente, muchas veces sin saber bien por qué, a veces incluso a hurtadillas. Por otro, es incontestable que existen discos a los que parece que se tiene que tener la obligación de amar. Digamos, siendo benévolos, que ambos casos nos suceden impelidos por una época y un momento que nos conducen a ello casi inconscientemente. En definitiva, la música, los discos en concreto, son, muchas veces, un marcador social para bien y para mal, tanto en el presente, cuando esta sucede, como en el futuro, cuando aparece para cobrar sus deudas. Incluso hay veces, las menos, en que hay discos que son verdaderos ovnis, objetos volantes no identificados tanto en el momento en que surgen como en su posterior devenir. Ejercicios a primera vista confusos e indescifrables, cuando no inclasificables o directamente despreciados y que, con el transcurso del tiempo suelen mutar a otra cosa a veces sorprendente. Puede ser ello debido a muchas cosas; Bien sea por su extravagancia, por la mera casualidad o simplemente por residir algo en ellos que no apreciamos –que no se puede apreciar realmente- a primera vista, pues necesitan de una cierta distancia para madurar o pudrirse.

 

Es 1976 cuando Susana Estrada ( née Ángela Pereda Estrada) irrumpe en el mundo de la farándula. Por aquel entonces se estaba gestando -de hecho se hallaba a punto de llegar a la cima de su apogeo- la hoy tan denostada Transición. Sería -sin entrar a valorar sus bondades o defectos- un terremoto vital y cultural que cambiaría la manera de entender la vida en este país. Un terremoto que acontecería, cómo no, a la manera española, esa que surge con tan escasa estrategia como repleta de voluntad. Un asunto sustentado en la política de tierra quemada tan nuestra, aquella que no toma prisioneros y llevada a cabo de una manera vehemente, irracional, prosaica, arrebatada y a la contra, incluso contra sí mismos. Daba la impresión que todas aquellas cabezas que en su momento no se pudieron cortar iban a tener abierta la veda a partir de ese momento, algo, por otra parte, de lo más normal. Sin embargo, producto de un milagro difícil de explicar incluso a día de hoy, se dieron un tiempo de tregua y decidieron convivir, sino ignorándose (algo del todo imposible por parte de según quién) sí mirándose desde lejos. Movimientos sociales y artísticos que se habían dado en el resto de países occidentales a lo largo de una década o más (La Liberación sexual, el auge del sonido disco, la explosión punk) se dieron aquí en nuestro país en un periodo que no excedería los tres o cuatro años. Unámosle la implosión de la famosa Movida madrileña y tendremos un cóctel en principio bastante interesante. Todo ello enmarcado dentro de un aquelarre histórico que aunaría la instauración de la democracia, la irrupción de los partidos políticos (PCE incluido), un golpismo soterrado y latente por parte de los nostálgicos del régimen extinto y un terrorismo cada vez más presente. Que con todo este caldo de cultivo surgiesen cosas como la que nos ocupan es asunto que todavía no logro entender. Piensa uno que seria merecedor de un largo ensayo a cargo de alguien con más luces que quién suscribe, pero diríase, por resumir, que pilló a contrapié a los integristas de ambos lados, más dedicados al logro de conseguir grandes e inalcanzables metas que en vivir el momento. Eso que nos encontramos.

 

Susana Estrada nació en Gijón el 18 de junio de 1949. Madre, por partida doble, y separada antes de la mayoría de edad, siempre mostró ciertas inquietudes artísticas. Asegura que contaba con formación de Bibliotecaria y que ello lo atestigua su trabajo en el Ateneo Jovellanos de Gijón. Pronto comienza a sumergirse en pequeños trabajos como modelo publicitaria para empresas textiles locales; Posters de mostrador, catálogos, patronaje. Según cuenta “…En aquella época para poder ser modelo o actriz se necesitaba demostrar una experiencia previa de un año. A mi me vinieron muy bien esos trabajos, me sirvieron como referencia para poder meter la cabeza en Madrid. Llegué allí con mi curriculum, me presenté en La Escuela de Modelos, que estaba en El Palacio de la Prensa, entre Gran Vía y Callao, e inmediatamente me acreditaron con un carné profesional que me permitía trabajar…. Por aquel entonces , asevera, aspiraba en convertirse en modelo de alta costura, pero su escasa estatura seria óbice insalvable. …Pese a ponerme tacones de quince centímetros yo medía lo que medía. De hecho los tacones recuerdo que solo me servirían para poner palote a Luis García Berlanga en un avión. Cuando me vio sobre ellos, entrando en la cabina, no pudo resistirse y me ofreció sentarme en su regazo. Era un fetichista redomado. Llegué a hacer pret-a porter, eso sí. Recuerdo una campaña para unos grandes almacenes. Yo iba por ahí con un book maravilloso, en el que había fotos de todos los estilos que pudiesen solicitar los clientes; Chica sofisticada, Ama de casa, Hippie, Oficinista… Trabajé mucho para agencias americanas y alemanas. Ganabas como cuatro o cinco veces más que con las agencias españolas, y eso se debía a que se ahorraban los derechos. Te explico; aquí , al no pagarse derechos a las modelos, el coste era meramente el caché profesional mientras que las modelos extranjeras tenían unos royalties de dos o tres años si no recuerdo mal. Así que pese a pagar bastante más, al final a ellos les le salía mucho más barato. Por mi aspecto físico – rubia, de piel blanca, ojos verdes- daba el tipo que pedían. Hice campañas para Mini Leyland, Lea, etecé. También fotografías para portadas de discos (En España, el single de Rocky McCabe para GMA, que uno recuerde ahora mismo). Hacia una pareja estupenda junto a un francés guapísimo que se llamaba Jean Claude, no recuerdo su apellido…

 

De ahí al cine. Aunque se cita “Lo verde empieza en los Pirineos” (Vicente Escrivá, 1973) como su debut cinematográfico, Susana recuerda haberlo hecho en un breve papel en “El Zorro de Monterrey” (José Luis Merino, 1971) “…Hacía un papelito casi sin diálogo, la hija del dueño de la tienda del pueblo. Se rodó en La Casa de Campo, en el Pabellón de Toledo, que daba el pego como pueblo mexicano, casitas bajas, todo de blanco…”

 

Pese a todo el cine no la trataría con la justicia que piensa que merecía “…Hice más películas; La Trastienda, de Jorge Grau, La Noche de las gaviotas, de Armando D’Ossorio, Pepito Piscinas con Fernando Esteso, El Maravilloso mundo del sexo de Mariano García … pero para hacer cine, al menos entonces, tenías que pagar unos peajes a los que no estaba dispuesta. Es cierto que en un principio me atraía. Pasar de trabajar en publicidad, donde todo es inmediato, donde tu trabajo tiene que servir para vender un producto en un instante, a algo más, digamos, presuntamente duradero, era un reto para mí…”

 

Pronto comienza la etapa que la llevaría a la fama, la de los espectáculos erótico musicales, eufemismo un tanto retórico. En 1976 estrena “Historias de Strip-Tease”, una obra con tan malas críticas (“El timo de la Starlette”, Moncho Alpuente, El Pais, 14/8/1976) como éxito de público . “…Estuvimos un año en cartel. Estrenamos en el VideoSet anfiteatro, un complejo que contaba con restaurante, discoteca, sala de fiestas y teatro, sito en Princesa, en la Plaza de los Cubos. El propietario era José María Civit. Fue el primer desnudo integral en una escenario hecho en España…”. Ya está junto a ella Carlos de las Heras, a quien conoce de Gijón, el cual ejerce de manager y hombre para todo. Su relación será extensa y no acabará muy bien. “…Cuando grabé “Amor y Libertad”, los textos, que hicimos a medias en el hotel, mientras representábamos “Muñecas” en Barcelona, los registró en autores como suyos. Jamás vi un duro por ese disco. Tampoco por otras muchas cosas…”. Pero volvamos atrás. “…El éxito fue tal que me convertí en toda una estrella. Lo que más recuerdo era los rostros del publico. De hombres y de mujeres. Había una mezcla de lascivia y de estupor con la que no sabías bien a que atenerte. Unos te deseaban y otras te odiaban. Daba la impresión de que aquello no iba a durar, de que la gente no quería dejarlo pasar. Podías hacer casi cualquier cosa, recuerdo que en Muñecas había un numero en el que practicaba sexo con un robot y al público le fascinaba, pensaba que era todo real. La verdad es que la gente era bastante ingenua…

 

Ese sería uno de los números por los que hoy es recordada. Ella y un peculiar trasunto de robot dispuesto a satisfacerla (en realidad un tipo enfundado en un disfraz extrañísimo, algo así como la combinación de un Bibendum post-nuclear, un ninot fallero diseñado por un alumno de pre-escolar y un robot de serie Z fabricado en un rato por un par de dipsómanos entripados) reproduciendo las posturas de un Kamasutra interespacial, poco antes de que al pobre hombre sufriese una distensión de ligamentos, una torsión lumbar o un ataque de ciática. Pero lo que verdaderamente es inolvidable hoy, más allá de tal cima artística, era lo que sonaba, la formidable Espacial, de la que hablaremos más tarde.

 

Es ya tal su fama que cuenta con un consultorio sexológico en la revista Play-Lady asunto que le causaría muchos problemas. “…Recibía más de 7.000 cartas a la semana. No sabes lo que se percibía a través de ellas, la incultura y el atraso en materia de libertad y educación sexual que de ellas se desprendía; Desde hombres atemorizados por si su masturbación reiterada afectaría a su fertilidad, hasta mujeres preguntando que demonios era un orgasmo. Mis respuestas, de lo más sencillas por otra parte, escandalizaron tanto que, aunque hoy suene a broma, llegué a ser juzgada por escándalo publico y condenada a una multa económica, retirada del pasaporte y perdida del derecho a voto durante diez años…”

 

En 1978 aparece su primer single “Yo me voy de tu vida / Niño”, publicado por el sello EMI. Ambas vienen firmadas por Alejandro Jaén , quien por entonces ha producido y compuesto numerosas canciones, entre ellas la sintonía del programa de Televisión 625 Lineas, bajo el pseudónimo de Atomium y con el título de “Atrapado”. “Yo me voy de tu vida”, con arreglos y dirección musical de Manuel Gas, es musicalmente un pepinazo de Munich Sound a la estela de Pete Bellote. “…La verdad es que no recuerdo el momento de su grabación. Si me acuerdo de Manuel, con quien colaboré y mantuve amistad. Se encargó a partir de entonces de las músicas de mis espectáculos, al igual que Giorgio Aresu de las coreografías. Yo me rodeaba de lo mejor…. Mientras continua la saga de espectáculos exitosos, con una deriva cada vez más procaz (Machos, Machos II, Muñecas, Mi chico Favorito) un segundo single se publica dos años más tarde, ya en el sello Belter, “Acariciame / Machos”. La primera, un medio tiempo de insinuante Cosmic disco, es lejanamente similar a los experimentos más lascivos del Gainsbourg discotequero (Sea, Sex and Sun, Goodbye Emmanuelle,), cuya voz recuerda a veces, por escasa y gimoteante, a la de Jane Birkin. En la Cara B ya se atisba al genio en los controles, Pepe Llobell, “Machos” (la canción) es una futurista proclamación del hombre objeto entre desacomplejado y rotundo sonido disco.

 

Porque ya va siendo hora de hablar de “Amor y Libertad” (Sauce, 1981), su único y formidable Lp. Un disco hecho deprisa y corriendo, compuesto, arreglado y producido en su totalidad por Josep Llobell (con la ayuda de Joan Surribas a los controles). Grabado en Barcelona, en los estudios Belter sitos en La Plaza Ibiza, es este uno de los discos capitales del sonido disco europeo. Curiosamente hecho en nuestro país, en tiempo y forma y, lo que es más curioso aún, absolutamente minusvalorado por la crítica autóctona, no entonces, algo en cierto modo natural, sino incluso a día de hoy.

 

Al habla con Josep Llobell, un señor de una amabilidad y memoria prodigiosa;              “…Recuerdo que el grupo que grabó el disco eran unos tales Atlanta. Tocaban mucho en las salas de Barcelona por aquella época y hacían un sonido disco funk muy competente. Grabamos el disco en poco tiempo, yo tenía los temas bastante claros. Cuando los terminábamos se los pasábamos a Susana y a su manager, Carlos de las Heras, y estos le ponían letras. Luego grababan las voces en el estudio, sobre las bases finalizadas…”. Atlanta, efectivamente, fue un grupo funk que derivaría al Italo disco y que tuvo cierta repercusión por componer la sintonía de la segunda etapa del programa televisivo Tocata. Grabarían varios discos (algunos hoy bastante cotizados) y estaban formados por Adolf Rodrigo (guitarra), Alex Soler (Bajo), Sergio Soler (Batería), el italiano Maurizio “Tullio”Tonelli, teclados y Esther Munt (hermana de la actriz Silvia Munt) como teclados y voz femenina. También lo conformaba (aunque Llobell no recuerda que interviniese en el disco) Frank de la Torre como cantante, con un look asombroso e inenarrable que entronca con la línea estética Brian Eno/Heleno/Christian Le Bartz/Sal Solo.

 

El disco, ya se ha dicho, musicalmente es todo un portento. Pero incluso en sus textos, desactivado hoy su mcguffin, su carga provocadora, se adivina la captura del angst del momento, algo que trasciende la mera apología sexual con la que epataría en la época; “Ven”, repleto de guitarras distorsionadas y handclapping parece insólito Glam disco bajo la etiqueta de Frank Farian. “¡Quítate el sostén!” enmarcado entre su robótica base de ritmos y melódicos teclados (claro antecedente del “Romantic Break” de Atlanta, sintonía de Tocata) es una simple pero contundente proclama vital, un presunto himno feminista a la manera de la autora, sostenido por un inteligente –por ser consciente de sus limitaciones- fraseo vocal. El cálido “Arena y Mar” es un escueto y adictivo reggae provisto de un laidback irresistible, algo que mece y repara entre tanto trajín . Junto a “Mi chico Favorito” , marcial disco sound con una poderosísima línea de bajo remite al “Another one bites the dust” (línea que se repite en “Un sitio bajo el sol”) y que cuenta con unos exuberantes arreglos a la estela de los realizados por Enrico Intra para Pino d’Angio, puro éxtasis sonoro, será el sencillo extraído del Lp (“Mi chico favorito /Arena y mar”, Sauce, 1981).

 

Añadámosle experimentos como “¡Qué calor!”, con su línea omnipresente de guitarra, Disco country funk pantanoso si acaso eso existiese. Logra dar una vuelta de tuerca con la espléndida “Lograremos volar”, canción melódica de aparente corte clásico, algo así como si Manuel Alejandro se hubiese puesto de Popper en el patio de su cortijo a la hora de escribirle una canción a Jeanette, pero que al poco muta en un episodio de Cosmic Disco con discurso anti drogas incorporado, de tan extravagante como milimétrica resolución; teclados y sintetizadores omnipresentes mientras un saxo mayestático dota de dramatismo a tan candente denuncia, confiriéndole un carácter vertiginoso, dicho esto como definición literal del vértigo, la confrontación entre la atracción y la repulsa, ese “si pero no, no pero sí”, que a uno le parece tan irresistible. La terna la completarán “Voy desnuda”, italo disco de manual y “Gózame ya”, un trasunto de elegante y sicalíptico Modern Soul que acaba por degenerar en una prosaica –no sé si eficaz- sentencia; “…Tómame, dámela, mi vida, si me vas a follar mi amor. Fóllame ya, mi vida…”.

 

Justo antes de “Amor y libertad”, en 1980, publicaría en Belter (algo así como un ensayo de su posterior Lp) la hoy muy buscada cassette “Machos”, con música de -exacto- su espectáculo Machos. Incluiría las dos canciones que fueron su primer single para Belter (el segundo suyo por orden cronológico) junto a un poupurri abracadabrante de versiones de clásicos del rock and roll (Fever, Be bop a Lula, King Creole, La Plaga….) y el fastuoso número de Space Cosmic Disco titulado “Espacial” (e incluido en el disco que tienes en tus manos) firmado por Manuel Gas y que no tiene nada que envidiar a las producciones de Giorgio Moroder y su arrebatador Munich sound.

 

El disco que tienes ahora en tus manos incluye su primer single para Belter (“Acaríciame/ Machos”), “Espacial”, canción incluida en su cassette “Machos” (Belter, 1980) y su único Lp. “Amor y libertad” (Sauce, 1981). Como bonus track Susana (quién sigue grabando en su retiro Benidormí) nos ha regalado “Tócame”, una polución DIY de High Energy Disco a la estela de Camela o las producciones de Luis Miguélez para Tamara Superestar.

 

Más allá de controversias estilísticas, de su discutible –o no- concepto de la ética y la estética o de su concepción del feminismo, lo que si parece darse en Susana Estrada es el haber comprendido, aunque fuese de una manera sobrevenida y casual, la noción de abandonarse. Porque no sé de que otra manera definir la perplejidad que todavía hoy nos provocan sus textos, su actitud y, por qué no, su independencia. Asuntos que pueden ser a la vez tara y mérito, dependiendo, como todo, del uso dado, pero qué, es innegable, al menos en mi discutible opinión, denota un riesgo mucho mayor al de otros, quienes de manera mucho más taimada y confortable han obtenido y siguen obteniendo réditos y lisonjas. Hay algunos que tienden a casar los conceptos de comprensión y justificación, pensando que con el primero se da el segundo. Piensa uno que no es así, o al menos que no tiene porque serlo.

 

Porque para los que somos de naturaleza conservadora -o incluso cobarde-, la música acaba por ser una aventura con la cual experimentar nuestro valor sin arriesgarnos demasiado, una aventura a la que asistimos como espectadores y de la que podemos salir indemnes, o al menos tan solo con unos cuantos rasguños y arañazos, sean estos físicos o morales. Leves incidencias que únicamente atentarán, caso de hacerlo, contra nuestro amor propio. Poca cosa. Así que hay que reconocerle a Susana Estrada el valor, la osadía, la impaciencia, la inconsciencia. No sé, sinceramente, si también la alegría.

 

“…Luché mucho por los derechos de las mujeres. A través de la libertad sexual se logra la libertad total. Lo reconocieron primero los hombres, después las mujeres. Ellas al principio me odiaban a muerte, me encontraban descarada, soez, impúdica. No todas, claro, pero sí la gran mayoría. La gente no estaba preparada. Había una doble moral tan fuertemente instaurada que aquello fue todo un shock. Yo me declaraba amoral, sí, pero de su moral. Yo soy incapaz de engañar y aquello era un engaño constante. Llámame ingenua o idealista pero no podía soportarlo. La divisa que imperaba era Nada se hace pero todo se hace, mientras no sé supiese, claro. 

El desnudarse era lo menos importante. No era, ni soy, propiedad de nadie. Gané mi dinero e hice lo que me dio la gana. Eso era transgresor entonces. No sé hoy. Hoy, si te soy sincera, ya no sé que puede ser transgresor…”

 

* Texto redactado por mi e incluido en la edición de “The Sexadelic Disco Funk Sound of Susana Estrada (Discos Espacial, 2017)
*  Los entrecomillados son declaraciones tomadas en entrevistas telefónicas a Susana Estrada y a José Llobell

LOS RELÁMPAGOS Paraíso perdido, Una Sinfonía sicodélica española

En el documental/entrevista que Richard Schickle le hizo a Raoul Walsh, dentro de la serie “Los Hombres que inventaron las películas”, contaba el director una anécdota desternillante. Una pequeña historia que explicaba tanto la manera de entender la vida de sus amigos Errol Flynn y John Barrymore como el modo de ser de una época que me temo ya no será.

  Acababa de morir John Barrymore y el grupo de amigos de confianza, sabiéndolo un sentimental exhibicionista, se dirigió a casa de Flynn en comandita a darle la noticia. Como esperaban, Flynn se derrumbó al saberlo y decidieron quedarse juntos, bebiendo y recordando. Conforme avanzaba la noche, cuando esta alcanzaba una graduación etílica considerable, Flynn comenzó a ponerse particularmente baboso. No dejaba de gemir y de llorar, sin parar de lamentarse, recordando a viva voz a quién quisiera (o no) escucharle cuantas veces habían estado todos juntos de borrachera, con Barrymore sentado en el sillón que había justo enfrente, presidiendo la bacanal. Pregonaba a los cuatro vientos cuanto daría por poder volver a verlo sentado allí. Los sollozos y la cantinela no cesaban, andaban ya más que borrachos y comenzaba Flynn a ponerse verdaderamente pesado, sin parar de formular el mismo deseo una y otra vez. Tal debió ser el grado de la tabarra que Walsh, junto a otro de los presentes, se escabulló discretamente de la reunión y se acercó a Tanatorio de los hermanos Malloy, donde descansaban los restos del Barrymore. Era ya bien entrada la madrugada. Entró en la sala y se encontró a uno de los hermanos, a los que casualmente conocía de correrías nocturnas. Acercándose a él le pidió, discretamente, si podía prestarle el cuerpo un par de horas. Éste, aunque extrañado en un primer momento por lo insólito de la petición, ni dijo ni preguntó nada y accedió. Walsh y su amigo subieron el cadáver a la camioneta y volvieron con él a casa de Errol Flynn.

Una vez allí, mientras el resto, conchabados, entretenía a Flynn, vistieron con un batín al finado y lo sentaron en el sillón de marras con una copa en una mano y un cigarro en la otra. Flynn andaba por el porche de la villa y seguía con la cantinela, incansable. Instantes después entró en el salón y al ver a Barrymore comenzó a gritar como un poseso; “¡No puede ser, si estaba muerto!” . Pálido y aterrorizado, saltó por la ventana como el que huye de un fantasma. “Menos mal que estaba en la planta baja”, recuerda Walsh. Flynn, demacrado y parapetado tras un seto del jardín, se negaba a entrar mientras les preguntaba que milagro o hechizo era aquel. Walsh, desde dentro del salón, le gritó: “Te pusiste tan pesado con que darías lo que fuese por verlo sentado de nuevo en el sillón, que me dio lástima y decidí satisfacerte. Anda, entra a saludarle”. De repente todos empezaron a carcajearse, risas y abrazos a granel. Recuerdos y anécdotas del amigo muerto y alcohol a raudales. Eso era la verdadera camaradería.

Transcurrida la odisea tuvieron que devolver el cadáver de Barrymore al tanatorio. Al verles entrar, el del tanatorio se atrevió por fin a preguntarles adonde habían ido con el cuerpo. Walsh le contestó que a casa de Errol Flynn y Malloy, sin inmutarse, tan sólo les dijo: “¿Por que demonios no me lo dijo antes?, le hubiese puesto un traje mejor.

Venía decidido a hablarles de Los Relámpagos pero creo que es mejor no aburrirles más. Ay, los paraísos perdidos, los tiempos que una vez fueron. Al final solo es novedad aquello que por viejo hemos olvidado.