VV/AA. KNIGHTS OF SOLITUDE.

 
 
MORTIMER Mortimer’s theme
MARK AND SUMLEY Your reason why
JIM AND JEAN Time goes backwards
DON AGRATI I was a man
ALZO Looks like rain
PAUL MASSE Butterfly lake
FLYING BURRITO BROTHERS Hot burrito #1
THE GORDIAN KNOT Strong wind blowin´
DAVID HEMMINGS Back street minor
MARKLEY Sarah the sad spirit
TIM HOLLIER Message to an Harlequin
NILSSON The willing of the willow
JOHN BUCK WILKINS Faces and places
COLIN BLUNSTONE Caroline goodbye
THE BYRDS Draft morning
SOUTHWEST F.O.B. Tomorrow
THOMAS AND RICHARD FROST The word is love
PAUL PARRISH Dialogue for wind and lover
NEON PHILARMONIC Morning girl
JOE AND BING Without her
NEIL YOUNG Four strong winds
CHUCK AND MARY PERRIN Younger generation

 

DION. "Wonder where i’m bound" (Columbia, 1969)

IMG_2944  

 

 En 1968 Dion DiMucci, príncipe del Bronx y rey de Nueva York, apartado ya desde hacia unos años del trono que una vez ocupó, vagaba errante, perplejo. El ídolo juvenil que una vez fue -primero con los Belmonts y después ya en solitario- andaba de capa caída. Su impactante irrupción a finales de los cincuenta con la perfecta combinación de rock and roll de los suburbios y la calidez del do-wop, más su voz airada, macerada en rebeldía juvenil, había dejado paso a algo más melifluo, musicalmente casi adocenado, aunque, éso sí, incapaz de domar totalmente a su soberbia voz y conflictiva personalidad. 

 
 Consecuencia del imparable cambio de los tiempos y de su larga adicción a la heroína, Dion se había dejado llevar entre fiestas, chicas y dinero, la historia habitual. Y allá en el fondo, tal vez derrotado por su eterna aspiración permanentemente cercenada, por su crónica insatisfacción de ser lo que en realidad siempre había sido, muchas veces sin advertirlo ni ser del todo consciente, reposaba orillado. Autor, artista, voz. Él y sólo él, no lo que le impusiesen otros. La sempiterna lucha, perdida de antemano, en la que únicamente caben dos soluciones. O la vences, pagando un precio, o te adaptas, pagando otro. No sabría decir cual de ellos mayor. Batalla perdida siempre. 
 
 Pero en una más de esas epifanías que tanto gustan en los USA (y, seamos sinceros, en casi todas partes) Dion DiMucci tiene una segunda oportunidad. A principios de 1968, tras una visita con su mujer a casa de sus suegros decide dejar las drogas definitivamente. Se traslada de Nueva York a Florida y toma la decisión de dejar atrás todos sus demonios. A finales de año Laurie records, su sello de siempre, filial de Columbia, le ofrece grabar como single “Abraham, Martin and John”. Un Lp, registrado en una semana y con el escueto título de “Dion” sale inmediatamente después. El single es un éxito de crítica y lo que es aun más importante, de público, llegando al número 3 de las listas del Billboard. “Dion” tuvo inicialmente una buena acogida, aunque versiones de Hendrix, Cohen, Joni Mitchell o Fred Neil no era exactamente lo que Columbia -que había absorbido definitivamente a Laurie– esperaba de él. Un segundo sencillo con una crepuscular y fantasmagórica versión de “Purple haze” pasa sin pena ni gloria. En cualquier caso, desde Columbia creen vislumbrar una nueva veta en la mina de oro. Deprisa y corriendo le piden más canciones para un nuevo Lp (ese artefacto que cuadra los números y llena la caja) a publicarse a principios de 1969.
 
El resultado lo tenía guardado desde hacía bastante tiempo. Aunque inédito en formato grande, ya estaba grabado (y publicado) a 45 rpm. Hacia casi cinco años ya. Entre 1964 y 1966 concretamente. Y, desgraciadamente, había pasado sin dejar rastro. De hecho se podría decir que ese material aceleró su caída en desgracia. Por aquel entonces y como tantos otros, se había topado (la leyenda cuenta que gracias a John Hammond, el A&R que llevó a Dylan a Columbia, desde ese momento una especie de faro en el sello) con el “King of the delta blues” de Robert Johnson. También con la irrupción del Dylan eléctrico de la trilogía mágica o con los Byrds. El resultado, como no podía ser otro, fue de sorpresa y asombro, la estupefacción ante el descubrimiento de mil y un caminos nuevos por recorrer. Grabó un puñado de canciones (se especula con más de veinte), algunas producidas por Tom Wilson, insufladas por la adrenalina de la revelación pero que finalmente quedarían guardadas en el cajón del olvido. Otros ámbitos, la misma voz. Es decir, la misma clase, versatilidad y perfecto ensamblaje estilístico que había demostrado hasta entonces mil veces, tan solo que por una senda distinta, más próxima a esa época de cambios que sucedía vertiginosa. Y tanto en una como en otra, su voz. Una voz doliente, sincera, de técnica impecable, tocada de esa rara y sublime virtud que es la de hacer sentir las emociones, empatizar con el oyente, convertirse en su conciencia. Aunque doliese.
 
Obviamente los jefazos no iban a transigir, más allá de concederle el capricho a una estrella bajo mínimos con la que todavía mantenían la aspiración de sacarle algún rédito. Así pues las sencillos se publicaron a hurtadillas y acabarían pasando casi sin dejar rastro. Hasta que en 1969 sucede el prodigio. Aunque el inicial re-enamoramiento fuese ya espejismo y en Columbia no tuviesen muchas esperanzas (De hecho fue su ultimo disco allí, antes de su paso a Warner) “Wonder where i’m bound” se publica sigiloso y sin fanfarrias. El título, tomado de su indescriptible -por hermosa, por luminosa, por certera- versión de la canción de Tom Paxton, es toda una declaración de principios;
 
“… Es un largo y polvoriento camino, es una carga dura y pesada. Los tipos con los que me encuentro no son siempre agradables. Unos malos, otros buenos, por lo general lo mejor que pueden ser. Algunos incluso han intentado aliviar mi angustiada conciencia…”
 
 
 
Sucede en muchas ocasiones que el éxito o la derrota se dilucida en el punto de partida y no en el de llegada, generalmente mera constatación más que logro. Muy de vez en cuando ambos coinciden. Es entonces cuando prende la chispa y se alinean los astros, cuando aparece el fuego infinito. “Wonder where i’m bound” podría, en efecto, haber sido una de esas escasas piezas escondidas. Una pieza que purificándose con el tiempo refulge finalmente como un diamante perfecto. Pero en cambio acabó siendo algo con mucho más recorrido que el esperado. Seducido y arrebatado por un nuevo universo, transita -a mi juicio con un gusto y tacto soberbio, no sabía tampoco hacerlo de otra forma- por diversos palos; Folk-rock orquestal, lírico y confesional, en la maravilla que da título al disco. Blues rock electrificado a partir de Willie Dixon en “The seventh son”, versiones de Dylan (“It’s all over now, baby blue” o “Farewell”). Una juguetona y elegante toma del “Baby please don’t go” (algo sutil y delicado, entre Jon Hendricks, Mose Allison y Bob Dorough) y, claro, algunas canciones propias (La sublime “Knowing i won’t go back there” o la más clásica “Wake up baby”) con The Wanderers. Entre los que estaban, conviene no olvidarlo, su fiel Carlo Mastrangelo a la batería y Al Kooper al órgano, hombre para todo, y todo bien.
 
Especialista en caer y volver a levantarse, autor de un puñado de obras maestras, Dion Dimucci tuvo la receta de ese brebaje adictivo, a menudo amargo, a veces dulce, que bebemos sin control y al que no podemos renunciar; el sentir. Cierto es que con el peligro, en su adn, de procurar tantos hallazgos como batacazos por ir, por regla general, a pecho descubierto. Pero no, no es esa cosa baladí. No señor.