YEGÜAS DE CELOFÁN MARRÓN. Folksike de aquí.

YEGUAS

 

 
…A través del cristal veo un niño llorar, oohohh, y su mama no está.
A través del cristal llora también el mar, tristeza de color azul.

A través del cristal van por campos de luz yegüas de celofán marrón.
A través del cristal veo mi alma llorar, oohooh, y su mama no éstá…

PATATAS FRITAS A través del cristal
ELS 3 TAMBORS Estic sol esperant
MARIA DEL MAR BONET Canço per una bona mort
MINIATURA El trist i desconsolat enterro de la meva esposa
LA TROUPE Al amanecer los niños montaron en sus bicicletas y nunca regresaron
PROA La gloria de Dios
QUEIMADA Anyway
VAINICA DOBLE Un metro cuadrado
IVORI The boatman
REALIDAD Alguien llora en silencio
HUMO Humo es humo
PAU RIBA Helena, desenganyat
AGUAVIVA Aquí estuvo el amor
OVIDI MONTLLOR Ell
ELS 3 TAMBORS Demá
INMA Y JOSS Siento el viento
CUERPOS Y ALMAS No lo quiero así
MOCEDADES Esta noche ha llovido
EXPRESIÓN Try to catch the sun
ITZIAR Manifestu atzeratua
LOS HURACANES Otilia y Rafael
IA I BATISTE Sifón
TOTI SOLER Amiga callada
DON FRANCISCO Y JOSE LUIS Mil estrellas y un calcetín
KARINA Vincent
CONTROL Mis juegos de ayer

 

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MONTREAL "A summer’s night" (Stormy forest, 1970)

La mística de la inocencia. Lo inaprensible del pasado. Lo deseado, lo casi palpable, escapándose de entre los dedos. La realidad confundiéndonos, jugando con nosotros agazapada. Recordándonos lo que somos. Una y otra vez ... I don’t want to go aorund, everywhere. You really wouldn’t give me very much time to care. Time to care the beautiful things longer with the passing moments. And every passing moment for me is you… Un tímido sitar inicial, apenas tañido. Como un responso que no permite el olvido. Una guitarra dibujando un estado de ánimo, un modo de ver las cosas. La batería cadenciosa, frugal, marcando el tempo. Unas veces diciendo vete y otras quédate. Plenitud y duda. Temor y felicidad. La vida soñada. La vida tal y como sucede.

 

 
Cuenta la leyenda que Fran (voz) y Gilles Losier (bajo y piano), junto con Jean Cousineau (guitarra) acudieron, junto a otros miles de jóvenes a un festival que se celebraba en los terrenos colindantes a una granja de Bethel, en el estado de Nueva York, en agosto de 1969. Dicho festival sería mundialmente conocido como Woodstock, pese a no celebrarse exactamente allí, por haber sido así originalmente programado y anunciado. Allí conocen a Richie Havens por azares y coincidencias que tan solo podemos imaginar aunque tras haber visto recientemente la película Taking Woodstock nos podemos hacer una sucinta idea. Ya eran por aquel entonces -sin saberlo todavía- un futuro trío, bautizados como Montreal por provenir de esa ciudad canadiense. Subyugados inicialmente por el folk y el jazz, tras ese fin de semana de agosto atrapados definitivamente por la nueva marea musical que todo lo inundaba.
 

Richie Havens con un sitar. Folk psicodélico embrionario y perfecto. Ocho minutos de un mantra cálido, puro y etéreo, divagando acerac del fulgor del enamoramiento. Devota confesión incondicional a la vez que exhibición de sentimientos aún sin malear.. Raga reverberado, denso y fluido. Ecos, guitarras, la flauta de Jeremy Steig. Descensos y crescendos, Y la voz, esa voz. Imposible de olvidar …Infinity; if i took the time to tell you about the place since i’ve been to, while searching for the treasured love whitin my mind. I said a thousand words and i never told you a thing…

 
 
No se sabe bien como, consiguen intrigar a Havens y éste les propone escuchar su repertorio alentándoles a continuar. Interes verdadero o narcótica curiosidad -ambas cosas y también muchas más probablemente- lo cierto es que algo debe haberles visto el juglar negro de Brooklyn. Les propone grabar y consigue que Stormy Forest (un pequeño sello con escasas referencias, centrado principalmente en sus propuestas y de escaso recorrido) les registre su primer y único Lp, el mágico “A summer’s night”.
Múltiples detalles bullendo en sus cabezas. Todo un nuevo universos que querer retratar surgiendo imponente ante cada descubrimiento. Un mood metronómico de incontenible lirismo y emoción. Melancolía y gozo flotando por todo el disco. Detalles tan sutiles que necesitan la máxima atención para no pasar desapercibidos. Detalles que nos recuerdan lo que somos y también lo que fuimos. Aristas ocultas que una vez salen a la luz, encajadas como en un puzzle, conforman el paisaje de la vida de cada uno de nosotros. La historia de siempre repitiéndose pero siendo, sin embargo, única en cada ocasión y qué, como de costumbre, mantendrá velada la respuesta. Círculos y lineas.

 

Nueva York. Arcadia ante sus ojos. La bohemia tierra prometida, el nuevo orden por todos sus rincones. Un nuevo orden que mezcla al decadente territorio beatnik, ya en pleno proceso de descomposición con la nueva percepción psicodélica, aún con un lígero barniz. El mundo está mutando y ellos son naúfragos desamparados en medio de la tempestad. Absortos ante la combinación del imparable oleaje idealista, de la charlataneria de los buscavidas oportunistas y la rabía que supura por todos los poros pugnando por no convertirse en uno más de los soñadores manipulables. Pero sus canciones resisten, refulgen en medio de Greenwhich Village. Noches que son días, días que no existen. Fred Neil y Buffy Saint Marie sobre el escenario. Mickey Newbury observando desde una mesa en penumbra, semioculto por el humo de la hierba. Phil Ochs sonriendo. Ácidos y heroina. Folk y jazz dándose la mano en un night club de tercera, justo calle abajo, primer entresuelo a la izquierda. Un puñado de promesas de buena fe que no se cumplirán jamás, musitadas bajo la luz de velas consumidas y regadas por vino barato. Ese vino barato que puede parecernos el mejor Bordeaux si te hacen promesas, susurradas en francés, de amor y libertad. Volvamos a casa. Sólos, por supuesto. La ciudad amanece mientras bajamos por la escalera.Third floor walk up.
  

 Five o’clock, day is done. Watch the melody of the sun. Stop your words in complete, close the door and hear the streets. Walk on home, all alone, to your third walk up…
 
Y al igual que sucede hoy, cuarenta años más tarde, un calor sofocante y una melodía de Gerswhin sonando. Una tarde de agosto de 1970, a las puertas de los estudios RKO. El vibráfono de Buzz Linhart. Rememorando las carreras entre los campos de trigo y los juegos adolescentes que les acompañaban. Campos inmesos, pajizos. Espigas a punto de romper. Sometimes in stillness. Una voz pura que unas veces recuerda a la de Judy Collins con un poco menos de fuelle, acaso más pura y desde luego con menos esperanza y en otras a la de Christa Päffgen, cinco minutos antes de convertirse en Nico. Una voz menos andrógina, más rica. Como si fuese una North country maid ingenua avant-le-dope. balanceándose entre una melodia country perezosa. Y una vez más, otra, la tristeza de la pérdida. Round and round. Noches de verano en tiempo de verano.

 

 

 

 Un ovni inclinado a mostrar los sueños y los deseos. La proeza es que en este caso consigue el prodigio. Un disco que nos susurra al oido, solo para nosotros, confesiones de un alma en demolición, de una vida que no se sabe bien si es rota o reconstruida. Una vida consciente de las puñaladas que están por llegar, esperándolas. Un disco sin más aspiración -y de ahí su grandeza- que narrar el momento. Folk con un pie en el jazz y otros en los sonidos que nos acompañaron desde la infancia. Sonidos rememorados, imaginados, canciones que no son otra cosa que la argamasa que nos conforma. Murmullos de quietud, de anhelos, de soledad. De alegría y celebración. La extraña, divertida y enfermiza aventura que es la vida. Aspiraciones y proyectos que acaso nunca sean, desde luego no en con el timing apropiado. Caricias sin negociar, lo virginal y lo terrenal de la mano, como esos perfumes a granel regalados, guardados en frascos rellenables, que nos atraen y repelen a la vez. Pero que cada vez que con ellos nos acicalemos, al cerrar los ojos y olerlo, nos harán sentir como una vez fuimos. Incluso, agudizando el oido, escucharemos de nuevo la brisa que nos mecía en las noches de bochorno e inconsciencia. Aquella cuyo refresco nos hacía sonreir y que hoy enjuaga una lágrima.

 

 

ARTHUR. Dreams & Images (LHI,1967)


Fugaz como el deseo pero duradero como las más profundas cicatrices del corazón, “Dreams and images” fue el primer disco de Arthur Lee Harper. Veinte minutos escasos de Folk de cámara de tan distante calidez como etérea proximidad (grabados en 1967 para Lee Hazlewood international, sello del bigotón por antonomasia) y donde vienen de la mano, en los confines de cada una de sus canciones, el anhelo de aquello que no se puede aprehender, los sueños como inalcanzable meta y la percepción de la soledad como última -y tal vez única- certeza de la vida. 

 Canciones como “Valentine Grey”, “Pandora”, “Open up the door”, “Blue museum” o “A friend of mine” son haikus musicales, breves y profundos, acerca de las derrotas del alma. Huyendo de la liturgia hippie y más cercano a los retazos íntimos de Love o Tim Buckley, “Dreams and images” se me antoja hoy como un tributo sincero a la par que ingenuo de lo inasible. Una celebración del momento con voz y guitarra, contorneada por arreglos de cuerda casi imperceptibles, vientos y madera sutilmente esbozados y algún piano eléctrico. Pequeñas pinceladas, todas ellas ensambladas por una voz doliente, que parecen querer demostrar aquello de que el arte y no uno, es el que lleva el mando. Y qué, como agua en la mano, resbalando, desapareciendo, es algo que nadie podrá jamás sujetar. A lo sumo -y con fortuna- impregnarse de ella, sintiéndola, aunque solo sea salpicado por la casualidad o el tesón.


FOLK ESPECTRAL… HEAVEN & EARTH. “Refuge” (Ovation, 1972)

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Existen discos, grandes discos, que siempre nos resultarán indiferentes, acaso deteriorados en nuestro recuerdo por el uso abusivo o por lo inapropiado de sus exégetas. Discos que sin duda tendrán su lugar en el sol, pero no en el nuestro.
 

Otros, sin embargo, permanecerán para siempre orillados y huérfanos en el Olimpo. Pero en cambio formarán parte de nuestras vidas todos y cada uno de los días, haciéndonos esbozar sonrisas, lágrimas, gratitud.

“Refuge”, de Jo Andrews y Pat Gefell, Heaven & Earth, será siempre para uno lo que su título dice; Un refugio, un lugar dónde acudir en esos momentos en que uno se siente de ningún lugar, o lo que es peor, tan solo de uno mismo. Un placebo emocional, cómodo si se quiere, recurrente también, pero ante todo propio. Uno de esos remedios que nos procuramos cuando nos sentimos miserables o enamorados o melancólicos o eufóricos…
Porque eso y no otra cosa es lo que tiene la música que frecuentamos, la capacidad de hacernos sentir, tal y como creemos, e incluso queremos, sin detenernos a racionalizar.
 
Este disco es, y creo que queda claro, medicina y ungüento. Diez dosis ornadas de bongos, echoplex, guitarras acústicas, congas, flautas y cuerdas. Composiciones propias y tres clásicos retomados (De Stephen Stills, de Bob Dylan, de Elton John y Bernie Taupin), recreados literalmente. Y que siendo estos perfectamente reconocibles nos parecen nuevos, otros.
 

 De entre todo eso, dos voces que semejan, son, cual sirenas ante Ulises, un imán sentimental del que resulta imposible escapar. Llamémoslo Folk espectral. Espectracular