NINO FERRER South (CBS, 1975)

Hacía ya veinticinco años que había elegido ese lugar, aunque entonces todavía no lo supiese. Nino Ferrer a unos cuantos kilómentros de su propiedad en La Taillade, en el municipio de Saint Cyprien, cerca de Perpignan, en el departamento de los Pirinéos Occidentales, en unos campos de trigo recién segado, apunta al corazón de Agostino Ferrari. No fallará. El aristócrata y el artista está dispuesto a terminar con el campesino definitivamente. Su determinación es implacable. Hace sólo unas semanas que su adorada madre, Mounette, ha muerto. Nino acaba de volver de Nueva Caledonia, el sitio donde nació su madre, donde ha esparcido sus cenizas y donde Agostino pasó sus primeros cinco años de vida.

  Hijo de padre italiano, ingeniero, y de madre francesa, nacido en 1934, Nino termina con Agostino dos días antes de cumplir los sesenta y cuatro, un trece de agosto de 1998. Nino y Agostino nunca se habían llevado bien. Estaban cansados uno de otro. El primero lo estaba de ese cantante de veta humorística que cantaba Z’avez pas vu Mirza o Les Cornichons o Alexandre. Jamás se había reconocido en él, en su gloria, en su éxito, en las mujeres que conquistó, en el dinero, en la amistad de sus iguales, en la admiración de una generación. El segundo, en cambio, no soportaba los constantes cambios de humor, las depresiones, su querencia por ir a la contra y arruinarlo todo cuando lo tenía todo en sus manos.

¿De dónde procedía todo ese malestar? ¿Cómo un tipo de aspecto irresistible, alto, rubio, de ojos claros, atractivo y atlético, exitoso, estaba poseído por la deseperación profunda, por ese angst tenebroso y desconsolado que exudaba de su interior?. La vida suele estar llena de equívocos, de malentendidos, de dobles sentidos. Se requiere pericia y temple para navegar entre ellos. Uno de los más peligrosos y más difíciles de controlar es el éxito. Las canciones que realmente Agostino amaba eran las que nunca funcionaban, en cambio Nino tenía un tino casi infalible para dar con el éxito. Los discos grandes, elaborados, pensados y vividos del primero era un constante fracaso, aplastados por el éxito desmesurado de los singles del segundo. Eso, exactamente, sería también lo que iba a pasar con “South”, una composición que era epifania de la vida feliz y sencilla.

 “Le sud” (el single, cantado en francés) triunfará de manera fabulosa en 1975, llegando a vender más de un millón de ejemplares. En 1973, aunque Nino ya la ha compuesto todavía no vive en Saint Cyprien, sino en su mansión de aspecto colonial sita en Rueil-Malmaison, en la Ile de France, en el departamente de Altos del Sena. La casa tiene una ire al viejo sur americano, adaptada a sus deseos, a los recuerdos de su infancia en Nueva Caledonia. Su música preferida sigue siendo el jazz, aquella que aprendió sólo, mientras estudiaba en su juventud etnografía y arqueología en la Sorbona, cuando su primera vocación, convertirse en explorador. Desde siempre tendrá Nueva Orleans en su horizonte, en la cabeza de Agostino y en el corazón de Nino.

 En La Martiniere (así ha bautizado a su mansión) se hace construir un estudio de grabación. El año anterior ha conocido y trabado amistad con el guitarrista irlandes Mickey Finn (el mismo de “Garden of my mind”, sí). Aunque Mickey pertenece a la escuela del rock and roll británico, a la escena glam londinense, se entienden de maravilla. Deciden formar Leggs y graban “Nino Ferrer and leggs”, otro hermoso fracaso.


Ese verano, un verano muy caluroso, lo pasan juntos en la Martiniere junto a Kintu, su secretaria, su ángel de la guardia, su futura mujer y también Radiah Frye, una cantante americana que frecuenta los ambientes artísticos. Se encuentra estupendamente entre ambas y escribe fluido y feliz (…Hay un lugar en Italia que parece Louisiana. Hay ropa tendida en la terraza y es hermoso. En el sur el tiempo pasa muy lentamente … ), aunque siempre en la lengua en que lo pensó, en inglés. (…Entre los altos árboles, las flores y el cesped hay una casa. Es blanca y marrón recubierta de una hiedra verde que se parece al cabello…)


 Por esa época todavía tiene contrato con Barclay. La compañía no parece dispuesta a consentir por más tiempo su caracter difícil. Un día se presenta con unas maquetas que ha grabado en Inglaterra. Es “South” el Lp. Todo registrado en inglés. Pese a la insistencia de Barclay en que lo regrabe en francés no está dispuesto a transigir. Será en inglés o no será. El sello termina por darle la carta de libertad y Agostino graba el disco tal y como quiere, junto a Radiah. Se hace acompañar por su amigo de juventud Richard Bennet, a quién concoe desde 1953, desde sus inicios, antes incluso de grabar con los Gottamou. Firma por CBS un contrato para él y para sus amigos. El disco comienza con “South” pero no venderá más que 60.000 ejemplares. Finalmente transige en grabar la canción homónima en francés. Le sud es un éxito enorme, su mayor éxito. Nino le ha vuelto a vencer a Agostino. Aunque ganará una fortuna -además de compositor es productor e intérprete- los fantasmas vuelven a reaparecer en el jardín de su depresión. 

…Corrí por el jardín y una rosa rozó mi nariz. Los dedos de mis pies acarician el cesped y pienso en ti…


  Su carrera se relanza. De hecho se convierte en millonario. Pero no es eso lo que quiere. Le sud, la canción sobre la joie de vivre, himno a la vida plácida, a la laxitud de lo bucólico, la rendición ante los placeres de las pequeñas cosas hermosas de la vida no hace más que reavivar sus heridas, su sensación de fracaso. Es su sino, aquello que conforma su estraña personalidad. Una vez más tiene que vivir aquello que no quiere vivir. Una vez más Agostino parece forzado a ser aquel que no quiere ser; Nino.

 Su siguiente disco “Suite en 9” venderá poco más de mil ejemplares. Una nueva catástrofe para un tipo complicado, ultrasensible, contradictorio. Ni contigo nin sin ti.

 Algún tiempo después, mientras medita en irse a los Estados Unidos, nino descubre Le Lot, en la costa mediterránea. Proclama a los cuatro vientos que es el paraiso. Se siente feliz. En 1977 se instala en la Taillade. Pero desde South todos los discos que grabará (Véritables variétés verdâtres, Blanat, La Carmencita, Ex-libris, etecé) fracasarán como lo hicieron los anteriores (Nino Ferrer et Leggs, Metronomie, Rats and rolls…). Comienza a pintar casi como un exorcismo. Es una pintura surrealista, naif y cálida; mujeres desnudas en medio de paisajes bucólicos. Se convierte en un campesino, sociable con sus vecinos, agradable. Buen padre, hijo amante que escribe textos dedicados a su padre en hermosas canciones, hijo que no sabrá sobrevivir a la muerte de su madre. 

El trece de agosto de 1998, en unos campos de trigo recién segado cercanos a La Taillade, Agostino Ferrari apunta al corazón de Nino Ferrer. Esta vez no fallará.

…Moses, mejor que bajes el ritmo, a veces la prisa es un gasto inútil…


 
 






 

 
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JANKO NILOVIC. El hombre de las mil caras.

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En el verano de 1960, Janko Nilovic (Estambul, 1941), hijo de padre yugoeslavo de ascendencia montenegrina y madre griega establecidos en Turquía, llega a Francia. Es un joven cuya vida ha estado, desde muy temprana edad, dedicada casi por completo a la música. A los cinco años, su padre, músico aficionado (tocaba la flauta, además de coleccionarlas, y la Gousla, una especie de violón de una sola cuerda típico Montenegrino) le enseña a tocar la flauta y le imbuye de la fiebre musical. A los diecisiete años ya compone su propia música. 

“… Estuve en el conservatorio pero pronto lo dejé. He aprendido más trabajando. Como Stravinsky o Bela Bartok. Rimsky Korsakov también fue autodidacta y sin embargo escribió algunos de los mejores libros sobre la teoria musical…”

Nada más llegar a París se convierte, en pocos meses, en un consumado guitarrista y bajista. Por aquel entonces ya es un aventajado pianista. Conoce a Christian Fechner (quién por aquel entonces tiene un gran éxito con Antoine y que es, junto a Jacques Wolfshon, uno de las dos cabezas artísticas del sello Vogue) quién le contrata, de aquella manera, para arreglar algunas canciones de su protegido. Allí traba relación con Michel Jonasz, con quién formara sociedad artística hasta 1969, cuando lo dejará, cansado de ser el saco de todos los golpes si las cosas no han salido según lo esperado. De allí pasará a Montparnasse 2000, sello de música de librería y archivos sonoros que presta servicios musicales a la industria audiovisual (cine, televisión y la incipiente y cada vez más jugosa industria publicitaria)  y que está creciendo a pasos agigantados de la mano de los nuevos tiempos.

 

 Conviene hacer un inciso e intentar señalar las peculiaridades, los pros y los contras de la llamada Música de Librería. Estamos ante una música que al no ser dependiente de un público abstracto, genérico, sino diseñada para la industria, se rige por otros parámetros. Es cierto que en la mayoría de las ocasiones, para aquel que tuviese tal ocupación como tarea de oficinista, estaba completamente supeditada a la citada industria. Una especie de música a la carta que, en el fondo, tampoco se diferenciaba tanto de componer para las estrellas del pop. Era también un territorio prácticamente europeo (UK, Italia y Francia principalmente en cuanto a sellos señeros, aunque receptivos a cualquier artista dispuesto a trabajar bajo sus reglas: Alfonso Santisteban, Antón Garcia Abril o Adolfo Waitzman trabajarían para la CAM italiana, la cual llegaría a tener oficina en Barcelona y Madrid) ) en el que la carencia era en ocasiones regalo. Al no contar con los holgados presupuestos de la potentísima entonces industria audiovisual norteamericana, capaz de crear grandes bandas sonoras encargadas a los mejores músicos, con lujosas y bien pagadas orquestas, muchas veces tenían que cumplir con los encargos de manera rápida, ingeniosa y económica.  Ello, por supuesto, no era óbice para mantener las aspiraciones de poder acceder algún día a esas grandes ligas, si uno estaba dispuesto a cambiar dinero y facilidades por libertad artística. 

 En oposición a la música americana hecha con los mismos propósitos era, si se quiere, menos cruda, más ligera y también más volátil. También adolecía de melancolía, de un romanticismo menos dulzón y, al haber menos filtros de control, de un intransferible sentido del humor. La música de librería era como arcilla lista para ser modelada. Unos realizaban con dicho material piezas funcionariales y otros dejaban la imaginación volar, introduciendo cualquier sonido nuevo que acabase de llegar a sus oídos, a la vez que convertían al estudio como un instrumento más. En ese sentido era innovadores, atrevidos y, los más duchos, capaces de integrar modernidad con vocación popular. No le hacían ascos a ningún estilo y muchas veces esa anarquía, bien sujetada luego en las salas de montaje de los estudios, daba lugar a acontecimientos supremos.

Asumían, muy a su pesar, la transferibilidad de sus partituras. Vendían un producto por un precio o un sueldo y la vocación de autoría debía quedar aparcada. Era también un mundo de pillos, los seudónimos se sucedían, unas veces debido a  motivos contractuales y otras por intentar vender dos veces la misma partitura.

 

Sigamos ahora con Janko Nilovic. Aislado del resto del mundo y sumido en su obsesión, crea, a partir de 1969,  su propio universo musical en los suburbios de París, un lugar en el que tan solo habitan él, su música, los instrumentos con los que darle forma y las ideas que bullen en su cabeza. Aseguran quienes lo conocieron o trabajaron con él que pasaba más de doce horas diarias intentando dar forma a los sonidos de su mente, experimentando y probando hasta lograr dar con la piedra filosofal, como un alquimista en pos de la fórmula perfecta. Hiperactivo, su obra, publicada a su nombre pero también bajo incontables seudónimos (Alan Blackwell, Philippe Gray, Bill Mayer, Johnny Montevideo, Heinz Kube, Andy Loore, Emiliano Orti, Ennio Morandi y no sé cuantos más) es un recorrido casi inabarcable por todos los sonidos de finales del siglo pasado, siempre tamizados por su percepción musical; Del jazz a la música brasileña con paradas en el funk, el pop espacial, la música clásica, el folk balcánico, la música concreta, la psicodélica o la electrónica atiborrada de efectos de estudio. Se diría que cualquiera de sus experiencias vitales necesitaba, urgía ser pasada al pentagrama. Afortunadamente, tras ser hasta hace unos cuantos años un secreto a voces, debido primero a la indiferencia o desconocimiento y posteriormente a las dificultades en adquirir sus discos (puestos de moda y en valor por los músicos y productores en busca de grooves y beats para samplear en sus discos), muchos de esos episodios de música de Librería son posible localizarlos gracias a reediciones y el trabajo de arqueólogos músicales empeñados en difundir su legado. Sellos como Montparnasse 2000, April Music, L’Illustration Musicale, Patchwork, Musique Pour L’image o Telemusic en Francia, Gemelli, Octopus, Cam, Flower, Ariete, Carosello o Beat  en Italia o   De Wolfe, Kpm, Bruton Music o  Chapell en UK son sólo unos cuantos a los que homenajear.

 

 

  Compositor soberbio y aún mejor arreglista, capaz de tocar cualquier instrumento que tuviese entre manos, aunque su favorito fuese el piano, fue un adelantado que revisó el pasado siempre intentando edificar el futuro; wah wah, sintetizadores, órganos, honky tonk piano, moog, efectos electrónicos, percusiones tribales, fuzz, phasing y echo, ordenadores analógicos, etc. Tan necesaria como su clarividencia era el contar con los ejecutores más competentes, más precisos. Para ello, toda la tropa de músicos de estudio. Muchos de ellos habían salido escaldados de fallidas carreras dentro de la industria  la música pop y, necesitados de tres platos y cama diarios, se tiraron de cabeza a trabajar como ilustradores musicales. Talento y virtuosismo no les faltaba, aunque unos pusiesen todo su empeño en acrecentarlo y otros se bastasen y se sobrasen en cumplir el expediente. La vieja historia de siempre, en absoluto diferente a cualquier otro género menos estigmatizado, con la ventaja que -casi todo- quedaba entre ellos. Músicos por lo general de formación clásica y capaces de tocar todo aquello cuanto les propusiesen. Aunque este no fuese el caso de Nilovic -como se dijo prácticamente autodidacta- se rodearía de la crema inquieta de la bohemia francesa surgida del jazz y receptiva a cualquier vuelta de tuerca tanto digamos, avant garde, como seducida por los nuevos tiempos. Dave Sucky, Eric Framond, Jerry Mengo, Camile Sauvage, Bob Garcia, A. Fougeret, Aldo Ceccarelli, Pierre Dahan, Matt Camison, Jean Pierre Decerf, Daniel Faure o el mismísimo Bernard Estardy entre varias decenas. Tan parias de reconocimiento como talentosos y en ocasiones exitosos, ya que algunos de ellos tendrían pelotazos con discos del género mal llamado Exploito hasta bien entrado el ocaso de la música disco. Para que se hagan una idea, decidieron al instante que remuneración digna y profesionalidad estable tenía poco que ver con las aspiraciones de trascendencia, sin saber -o a lo mejor sabiéndolo mucho mejor que casi cualquiera de nosotros- que los oropeles y el éxito entre una élite era mero asunto vanidoso, incapacitado  y huero para poder proporcionarles aquella comodidad -y en ocasiones el lujo- a la que cualquier ser humano aspira. 

 

 
Irreprochable en sus variadísimos recursos, tan inventivo como ingenioso, se entretuvo elucubrando coartadas que diesen, al menos ante si mismo, cierta coherencia a una obra en su mayoría de encargo. Aunque podía reproducir casi cualquier sonido (unas veces Morricone, otras Schifrin, a veces Don Cherry y en otras la maquinaría groove del mejor soul o la locomotora tropicalista) decidió tirar por la senda de la pasión. Humilde en sus planteamientos y siempre bien documentado, fue cabeza inquieta y curioso con las nuevas formas, a las que siempre procuró darles el sitio justo dentro de sus ensoñaciones sonoras. No solo comprendía sino que también entendía. Esencialmente un formalista, se preocupó de revestir sus composiciones  con instrumentos autóctonos que diesen visibilidad a la melodía. Se podría decir que vivió -afortunadamente aún lo hace – musicalmente. Dotaría  de clase a ciertos proyectos como Les King set, Gerard Lenorman, Bobby Cannon, etc, protagonizó involuntariamente otros (ése alucinado viaje con Davy Jones & The Voodoo Funk Machine (Philips, 1970), su único proyecto -fallido, como no podría ser de otra manera- con una compañía grande) y lanzó un puñado de singles a modo de capricho experimental (Spiritus M, Mao Mao, Pueblo verde, Power). En definitiva una obra río, casi inabarcable, y que lejos de querer analizarla, algo para lo que realmente no me siento capacitado, simplemente les presento. Por si  les ha picado la curiosidad.
 

…Mi inspiración viene de diversos lugares. Cuando me siento al piano, la composición ocurre muy deprisa.  Hay veces en que escribo diez o doce canciones en el mismo día. Por ejemplo, terminé el Lp “Super America”, la escritura y los arreglos, en un mismo día. ¡Hay veces en las que no puedo parar!…

 

…Escribí “Rhythmes contemporaines” para 45 músicos, los llamados Paris All Stars en 1970. Lo grabamos en 1972, dos de las canciones diréctamente en estéreo. Al principio iba a salir bajo el nombre de mi banda, Giant, pero MP2000 dijo que así nunca tendría éxito. Cambiaron la portada y lo publicaron como una versión de librería de Ritmos contemporáneos. Pese a todo dimos varios conciertos en clubs y music halls. El disco original es uno doble bajo el nombre de Giant

 

…Me sorprende mucho que tanto tiempo después la gente aprecie mi música. ¿Por qué?… No lo sé. Notas, ideas, arreglos, aparecen de repente en mi cabeza y tengo que plasmarlos. Hay veces que ni necesito estar sentado al piano, solo en mi mesa…

 

Las declaraciones están extraídas de la entrevista realizada por Max Bell a Janko Nilovic en el blog Passion of the Weiss. 2014