JACQUES DENJEAN “Nevrose / Psychomaniac” (AZ Disc, 1968)

 

Estamos en pleno 1968 y se puede, se debe desbarrar. Todo está permitido. La fiebre psicodélica ataca por igual a directores de orquesta, grupos de beat, chansonniers, Lolitas dedicadas al pop y viejas glorias musicales. Y eso circunscribiéndonos solamente al país del hexágono. Bien. Jacques Denjean lleva una larga trayectoria a cuestas. Desde sus inicios con el jazz y el Be Bop hasta este ovni psicodélico que tengo el placer de presentarles, ha transitado por el Twist, el rock and roll acartonado, las bandas sonoras de diverso pelaje, la composición pop y la experimentación sonora. Quedémonos aquí por un instante. Ayudado por vieux potes como Raymond Gimenezpor esa época realizando versiones (algunas de ellas puro Far Out Sound) de los éxitos del momento con Guitars Unlimited , por Francis Durizcuren y por Jean Claude Oliver (verdadero todoterreno desde sus inicios en Argel) a ellos se les unirá una nueva camada, como el violinista Jean Luc Ponty, el bajista Paul Rovere (de la cantera del sello de librería Montparnasse 2000, colaborador de Janko Nilovic entre otros) y el baterista Andre Arpino (Otro que tal, revisen el “Pop Drums” en MP2000).

Reclutan al ingeniero de sonido Roger Roche (quién a trabajado para Johnny Halliday, Les Lionceaux, Bobby Lapointe, Eddy Vartan, etecé) y se encierran en los estudios Europa Sonor (cerrados en 1975 y convertidos en un cine X). Tal y como reza en la contraportada…

 … De manera de poder tener todas las ventajas a mi disposición, me he rodeado de los mejores músicos, de los mejores técnicos de sonido especializados en este tipo de música y de un equipamiento electrónico extremadamente complejo que me era indispensable para poder llevarlo a cabo. Dieciocho horas de mezcla fueron necesarias para obtener el “toque psicodélico” buscado…

El resultado son estas dos canciones, “Nevrose” y “Psychomaniac”, publicadas en un cotizado single en AZ Disc en 1968, un trip sónico repleto de efectos, riffs y batería cavernícola. Una especie de Jam Session de Blues espacial. Todo ello mezclado dentro de una probeta que procura una sensación que aúna morbidez y libertad, anarquia y control, si todo ello pudiese ser.

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ANNE MARIE COFFINET Chante (Futura Records Ep, 1970)

 

Pareja por aquel entonces del pianista alemán Sigfried Kessler, la actriz francesa Anne Marie Coffinet publicaría un estupendo – también raro y al parecer cotizado- ep en 1970, en el sello Futura Records. Titulado simplemente “Chante”, y arreglado y orquestado por Kessler, constaba de cuatro canciones en las que sobresalía, junto a su voz andrógina y profunda, un tono general que mezclaba varias cosas y que sin embargo no rechinaban en absoluto; chanson, jazz, soul y arreglos lujuriosos junto a unos textos con un punto de inofensiva decadencia a la francesa, levemente provocadores, aderezados con fogonazos de ingenio. Algo que aquí llamaríamos, muy prosaicamente, variedades (o, mejor aún, canción ligera) pero al venir acuñado en su término original en francés, varieté, viste, casi por arte de ensalmo, una barbaridad. Un disco similar en el tono, para entendernos, a los de la Brigitte Fontaine de sus discos más pop (Brigitte Fontaine set … folle, Comme a la radio…)

Junto a Kessler, afincado en París, participan también en el disco parte de lo más granado de la escena free jazz francesa. Miembros de los afamados Paris All Stars, como Bernard Lubat (multinstrumentista dotadísimo y gran scatman) o el guitarrista Pierre Cullaz. Gente con horas y horas de vuelo de trabajo con prácticamente la totalidad del quién es quien de dicha escena; Jef Gilson, Big Jullien, Eddy Louiss, Hal Singer, Martial Solaal, Jean Luc Ponty, etecé.

 El repertorio constaba de cuatro canciones y con colaboradores de primer nivel, tanto en los textos (Christine Moncenis, de la que hablamos aquí a propósito de su formidable “Sensation”) como en la música (Serge Franklin).

Sé que son satisfacciones mundanas, hueras. Pero no puedo evitar la sensación de alegría cuando me lo encuentro en un cajón del Estudiodelsonidoesnob, me lo pongo y descubro que sí, que es estupendo. 

DUTRONCMANIE (I)

 

 

 

A finales de los años cincuenta, la juventud francesa -y la europea- comienza a estar abducida por la fiebre, proveniente de los USA, llamada rock and roll. La sociedad de consumo, recuperándose de la guerra, alcanza por fin una velocidad de crucero. Comienza el reinado del capitalismo amable. La publicidad se instala dentro de lo cotidiano y el rock and roll y su cultura adyacente (coches, moda, restauración…) vive una revolución auspiciada por unos jóvenes que buscan emancipación y cambios. En París su epicentro se sitúa en el Golf Drouot, un club que toma su nombre por hallarse en la calle Drouot (en el distrito noveno, cercano a Montmartre) y por tener allí instalado un pequeño mini golf. Inagurado en 1955 cuenta con una de las primeras juke box que hay en Francia.En 1961 se convertirá en discoteca y en el templo del rock and roll francés, gracias a las sesiones vespertinas de los viernes tarde, en las que se hacen actuaciones de media hora para los grupos y solistas noveles (Les Chats Sauvages de Dick Rivers, Johnny Halliday, Eddy Mitchell, Les Chausettes Noires…) junto con actuaciones de artistas foráneos como Gene Vincent, Vince Taylor, Johnny Hurricane & the Pirates

 Jacques Dutronc asiste a ese nacimiento en primera fila. Tiene un grupo (Les Dritons) del que es guitarrista y compositor y en el que ya está su inseparable Hadi Kalafate junto a otros amigos como Michel Pelay, Jean Louis Licard, Charlot Benaroch o Jean Philippe Huster. Jacques es el prototipo del joven francés medio, a la vez laxo y conservador. Lobo y cordero, asiste como espectador atento primero y como protagonista después. Escruta, toma y desecha. Estudia para diseñador industrial y se toma aquello como entretenimiento. Pero pronto vende una canción a Les Fantomes, “Fort Chabrol”, que no es otra que la futura “Le Temps de l’amour” en versión instrumental y clave Shadows. Jacques Wolfsohn, uno de los dos directores artísticos de Disques Vogue, le echa la vista encima y lo ficha de inmediato. Jacques no olvida a sus amigos y se los lleva con él. Al contrario que muchos, tiene los pies en el suelo y no se dedica a fabricar castillos en el aire. Su máxima parece ser divertirse lo más posible haciendo lo menos posible. Su personalidad ya es firme, deja hacer y no tiene la necesidad imperiosa de sentirse alabado y valorado. Siempre en el frontera de la autoparodia y la insolencia, en realidad es un gran tímido con las ideas bastante claras. No se toma especialmente en serio ni parece ambicionar el éxito, pero tampoco es cuestión de despreciarlo. 

Wolfsohn es un tipo caústico, brillante, raro e irascible, pero sobre todo listo. Bautiza a su nuevo fichaje y sus amigos como Les Cyclons y posteriormente, viendo la arrolladora personalidad de su cantante, Daniel Dray, como El Toro et ses Cyclones. Junto a Dutronc y a Dray,  Hadi Kalafate al bajo y Charlot Benaroch a la batería completan el cuarteto. Se dedican a hacer versiones de Carl Perkins y de Eddie Cochran. Por aquel entonces Vogue es un sello antiguo, sus estrellas más destacadas son Aimable, Sidney Bechet, Cecil Luter, Marino Marini … necesitan sangre nueva como el comer. No se suele comentar, pero aunque Vogue ya ha firmado a Johnny Halliday, no sucede nada. No será hasta su pase a Philipps, ya con el repertorio adecuado, cuando se convertirá en un mito en Francia. Wolfsohn, todo hay que decirlo, tenía más olfato que oído, y aunque supo ver de inmediato el potencial de Jean Philippe Smuet, no supo dar con la tecla musical.  Es bien cierto que en aquella época, prácticamente fundacional, se hacían los discos casi para divertirse. Apenas existían reglas y todo era nuevo. No obstante lo suplirá con una jovencita apellidada Hardy, una muchacha lánguida, de facciones a la Garbo y  voz tenue. Al menos con ella  ya tenía el asunto de la imagen y la portada resuelto. Lo siguiente sería dar clases de canto y encontrar el repertorio adecuado. Cuando surge “Tous les garçons et les filles” la suerte ya está echada. Lo dicho, un jugador de póker.

Con Dutronc ese problema no se dará. Él es autosuficiente musicalmente, resulta ser un formidable guitarrista. Despreocupado y falto de ambición, pero versátil, imaginativo y fluido. Sabe perfectamente lo que se lleva entre manos sin darse la menor importancia. Conoce los trucos y también los tiene de cosecha propia. Aunque él prefiere estar en segundo plano. Sin embargo a Wolfsohn el grupo le parece prescindible, no así su guitarrista. Cuando graban su primer Ep, Jacques cree haber alcanzado el cielo. Ya tiene su rostro en la portada de un disco ¿A qué más se puede aspirar con diecinueve años?.

En 1965, a la vuelta del servicio militar, los Cyclones ya son pasado. Han grabado dos Eps más sin Jacques, sin éxito alguno. Dutronc se convierte en la mano derecha a jornada completa de Wolfsohn. Toca, ayuda en el estudio, emite sus opiniones ante el director artístico y sigue escribiendo canciones: Para una joven Zou Zou o para su amigo Claude Peterflam (como Peter Flamme). También para Cleó o Anne-Marie Nebot. Todas pasan sin pena ni gloria. Al menos de momento. “Et moi, et toi, et soie”, canción incluida en el primer Ep de Cleó, no es otra que la futura “Et moi, et moi, et moi”, sin la letra definitiva de Lanzmann que la hará inmortal.

 

 

Mientras tanto en Vogue existe una bicefalia entre los directores artísticos, tensa, sí, aunque, como se verá, también productiva. Christian Flechner, a quien Wolfsohn detesta cordialmente, aparece con un joven llamado Antoine. Su canción “Les elucubrations d’Antoine”, construida bajo la influencia del Dylan eléctrico, se convierte en un éxito enorme. Quién sabe si celoso (aunque él lo negará siempre, simplemente dice detestar la llamada canción protesta) prepara su revancha. Años después Jacques Dutronc declara a Salut les copains que en realidad un día llegó al estudio y Wolfsohn le espetó “… Jacquot, hay un tipo en Vogue que acaba de sacar un disco que no está mal. Se llama Antoine. Vamos a intentar batirle en su propio terreno…”.

Sea como sea, le pide a Lanzmann que escriba una letra con la idea de parodiar al cantante de pelo largo y camisas de flores. El resultado es un texto entre el cinismo y la introversión, reflejo formidable de la época. Con él en su poder, ordena a Dutronc que componga la música adecuada. Éste  vuelve al día siguiente con una canción que recuerda a los Kinks, chulesca e irónica. De inmediato graba una maqueta con Benjamin a la voz  y sus amigos Kalafate y Benaroch en la base rítmica. La canción se titula “Cheveux longs”. A Wolfsohn le gusta.

 Al contrario que en Inglaterra, donde reinan los grupos, en Francia, a partir del 66, será tiempo de solistas. Los textos de Lanzmann no tienen nada que ver con la autoconmiseración llorona, ni con la crítica social, ni tampoco con con la poesía surrealista. Juegan con un individualismo feroz, se regodean en el cinismo. Sus letras parecen decirse; Sí, el mundo cada vez parece ir peor pero yo reivindico mi derecho a ser feliz, a ser como soy. En cualquier caso, intentar crear una música para textos que hablan de burdeles, marquesas y la prohibición de divertirse, o del hambre en el planeta y el dolor de cabeza, no parece tarea fácil. Pero Jacques tiene un plan, trabaja en él desde hace meses, no ha perdido el tiempo. Tiene que hacer algo nuevo, burlarse de cantantes como ese Antoine, de quienes piensa que son flor de un día, y crear algo duradero y propio, generacional a partir del individualismo. Y sobre todo, nunca, nunca, olvidarse de procurar diversión y placer, tanta como sea posible. Se inspira en sus grupos favoritos; los Kinks, los Yardbirds, los Rolling Stones. Instrumentación básica (guitarra eléctrica , bajo y batería) y melodías casi lineales, simples y primitivas, ideales para escandalizar y divertir con los textos de Lanzmann. Sin quererlo inventarán la canción despreocupada, carente de maniqueismos y que parece dirigirse al individuo y no a la masa.

 Graban unas maquetas, con Dutronc como cantante, tarea que no le interesa en absoluto. Wolfsohn piensa entonces en Hadi Kalafate como solista, tras constatar que los problemas con el alcohol de Benjamin le invalidan para ser el estandarte. En cualquier caso el resultado no le satisface y al final tiene claro que la mejor toma es la de Dutronc.

 Los ensayos comienzan enseguida. Hay que sacar el disco antes del verano. Todos los que han escuchado la maqueta se muestran unánimes; No funcionará. Formidable, no hay nada que excite más a Wolfsohn que cerrar bocas y demostrar que es él el que tiene razón. La banda definitiva está formada por Kalafate al bajo, Jacques con la guitarra eléctrica, Jacky Pasut (un ex-Fantomes) como segunda guitarra, Claude Puterflam con la pandereta y Charlot Benaroch en la batería. El día de la grabación Benaroch no se presenta y es sustituido por Michel Pelay. El disco se graba, como es habitual en Vogue, con el mínimo de tiempo y medios. Prácticamente en directo, sin overdubs o pistas adicionales, en un tres pistas, con una urgencia y desenvoltura que acabará por convertirse en la marca de fábrica de Dutronc

 Jacques acepta su rol de cantante y, puestos a ello, comprende y refleja perfectamente el conflicto entre Wolfsohn y Flechner. Parodia a Antoine mientras canta “Et moi,et moi, et moi”, bien es cierto que porque el texto se presta a ello. Ya se muestra en todo su esplendor su don para la observación y la imitación, tanto en la voz como en los gestos. La canción está entre Antoine y The Kinks, más unas gotitas Rolling Stones. El disco saldrá finalmente en junio. La entonces pujante cadena de radio Europe 1 lo adopta de inmediato y no cesa de radiarlo. Lucien Morisse, el dueño de la emisora, Lucky Blondo, su locutor estrella, Daniel Filipacchi, el director de Salut les Copains … todos se muestran entusiasmados con ese desconocido. El propósito inicial de burla deviene en éxito nacional, venderá 300.000 ejemplares. Y eso sólo es el principio….

Todos los datos extraídos de “Jacques Dutronc, la Bio” de Michel Leyder (Editions du Seuil, 2004)

 

Jacques Dutronc es el fruto de una serie de circunstancias antagónicas, hay que tomarle por lo que es, una acontecimiento, un fenómeno. Alguien lo definió como un anarquista del individualismo, un purista de la independencia total. No persigue complacer, lo que le desmarcará del resto de sus coetáneos. Su obra personifica un extraño equilibrio entre la apatía más flagrante y la efervescencia más repentina. Es la chispa y el desdén. Esta personalidad un tanto extraña, transparente y confusa a la vez, será su gran ventaja. Lo convierte en brillante e insondable para el gran público, consiguiendo con ello un halo de misterio, una coraza protectora y con ello ser un artista deseado por el público. Sus ironías y burlas son malévolas pero no dañinas, sus groserías carecen de vulgaridad y sus dardos verbales son afilados pero desprovistos del veneno mortal. No busca aniquilar, sólo pretende divertirse. O lo tomas o lo dejas. Y parece ser que el público está por la primera opción.

Un halo de misterio le rodeará siempre. Asombra y sorprende por su insolencia, por su manera de afrontar su carrera. Es alguien diferente, no busca el complacer y, paradójicamente, el público se muestra complacido con ese elegante desdén. Pero que nadie se llame a engaño, Jacques Dutronc no es tal y como parece. No es en absoluto un cantante especialmente comprometido o con aristas sicológicas, al menos intencionadamente. Tampoco es un esnob ni un playboy. La verdad es que a veces es todo eso, pero de una manera involuntaria, sobrevenida. La verdad es más simple, él es un cantante, en el sentido más antiguo del término, antes que un chansonnier empeñado en recitar estribillos pegadizos sustentados en el engaño. No necesita tomar prestado de nadie presuntos mensajes con los que envolver sus canciones ni tampoco utilizar aquellos trucos más obvios que por lo general constituyen el gancho de una canción. Tampoco tiene que exigirle al personaje que haga suya la inteligencia universal que defiende sobre el escenario. Simplemente es él, con todas sus contradicciones, sin importarle mucho el qué dirán. Es atractivo, tiene carisma y es más propenso a los silencios sobre los que puede gobernar que a hipotéticas consignas que puedan volverse en su contra.

Eric Vincent, Salut Les Copains. Junio, 1967

ERICK SAINT LAURENT Sus Eps en Chez Barclay (1966/1967)

 

 

Entre Julio de 1966 y diciembre de 1967 Patrice Raison (a.k.a. Erick Saint Laurent) publicaría cinco eps en el sello Barclay. Codiciadísimo el primero de ellos entre los coleccionistas, gracias a esa maravilla que atiende por “Le Temps d’y penser”, en su repertorio, tutelado por Pierre Saka, hay de todo y casi todo bueno: Versiones (The Zombies, The Nice, The Monkees, Procol Harum, The Beatles o Jacques Prévert, entre otros), canciones firmadas a medias por su mentor y Jacques Bulostin (a.k.a. Monty) e incluso unas cuantas suyas nada despreciables.

 Erick Saint Laurent debuta en el mundo de la música en el año 1964 con el grupo Les Hornets. Actuan en diversos locales de París llegando a ser teloneros de los Kinks en su actuación en L’Olympia de Paris el día de la fiesta nacional francesa de 1965.  Pronto se cruza en su camino Pierre Saka, un escritor/periodista radiofónico/entretenedor con una ya sólida trayectoria a sus espaldas (Trabaja en la RTL y ya ha escrito letras para Sylvie Vartan, Les Chats Sauvages, Eddie Constantine, Henri Salvador…)  Este ve en él, un muchacho de voz e imagen formidable, la oportunidad de modelar a alguien a su gusto, desde el principio. Ficha por el sello Barclay y publicará cinco Super 45 tours entre 1966 y 1967. No escatiman en gastos: los mejores arreglistas y directores musicales (Jean Claude Petit, Reg Guest, Jean Bouchety…) y los mejores músicos de estudio. Sus cinco Eps son el vivo retrato de una época. Versiones de todo tipo, desde las más evidentes: Los Beatles (“Eleanor Rigby”, “C’est devenu un homme/She’s leaving home”), Tommy Roe (“Un Canard”/”Sweet pea”) o los Monkees (“J’ai cru a mon rêve”/”I’m a believer”) hasta otras menos obvias: The Nice (“Aprés la batalle”/”The night of Emerlist Davjack”), Procol Harum (“Lila Mary”/”She wandered through the garden fence”). No olvida tampoco los clásicos franceses, parece jugar a porcentaje: “Les fueilles mortes” de Jacques Prévert, “L’amour est mort” de Jean Michel Rivat y Franck Thomas… la fotografia de dos años inolvidables en los que todo parecía caber, en los que todo podía suceder.

Pero, pese a todo, tal vez sean las canciones que aporta Saka (Con músicas de Monty, de Jean Pierre Bourtayre y también del propio Erick Saint Laurent) las que muestran mejor lo que pudo haber sido y no fue. La ya citada “Le temps d’y penser”, con su aire beatnik, su guitarra fuzz , los vientos souleros y su sección rítmica en modo apisonadora, revistiendo una letra retrato de los tiempos: las ganas de emancipación, de ser diferente, los nuevos códigos de la juventud, la incomunicación generacional y América como tierra prometida. Junto a esta cima, otras como “V.I.P.”, la muy Beach Boys “Il a suffi d’un jour”, “Central Park”, puro popsike orquestal…

 Lamentablemente,  a principios de 1968, cuando todo parecía presto para la ignición, Erick Saint Laurent tiene que marchar a cumplir con el servicio militar. A su vuelta, un año y pico después, las tiempos han cambiado. EN realidad es como si hubiese pasado una década. El hippismo campa a sus anchas, el tiempo de los solistas ha sido borrado del mapa. Entra como corista en la banda de Eddy Mitchell e incluso intenta, con el grupo Présence, asomar la cabeza en el nuevo orden. Todo será en vano. Así y todo en 1972 publicará un nuevo single (“Un amour en papier”/”A loin de toi”) y desaparecerá para siempre.

 

LE SYSTÉME CRAPOUTCHIK

 

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¿Para qué andarnos con rodeos? Uno es lo que es y llega hasta donde alcanza. Por resumirlo, diré que de un andamiaje mucho menos firme de lo que desearía y con una estructura aquejada de ciertos problemas a la hora de la descripción certera. Quién les habla suele comenzar casi todo con un single. Así de simple soy. No lo digo como signo distintivo -aunque tampoco necesariamente como tara- sino simplemente constatando una realidad. Son estos artefactos una especie de breve misiva a modo de greguería a partir de los cuales reflexiono e indago en la medida de mis posibilidades, aprendo pese a mis evidentes limitaciones e imagino con la libertad que me es posible. Incluso, a veces, idealizo y divago.

Hace, no sé, ¿diez, doce, quince años?, conseguí mi primer disco de Le Systéme Crapoutchik. Era el single con “Les sans amour / L’enfant de choeur” (Flamophone, 1970). Me tropecé con él -cómo me ha sucedido con tantos y tantos otros discos franceses- en una de mis incursiones por las Pulgas. Ni la menor idea por aquel entonces de quienes eran, ni mucho menos la menor intención de dejarlo pasar. Lo rescaté del cajón en el que estaba abandonado junto a otros, un poco por instinto y otro tanto por curiosidad. Ya saben, la portada, el sello desconocido (al menos para mi), el año, el precio… qué sé yo. El caso es que una vez escuchado descubrí dos canciones de una belleza y elegancia distinta, aunque no por ello menor la una de la otra. Sucedió también que en un principio, por estar uno a lo que estaba -y por comprender aún menos a la vida y a mi mismo de lo que lo hago hoy- su escucha continuada podía incitar al rechazo. ¿Cómo, a partir de esas pintas de la portada, podía salir tamaña delicatessen, frágil y elevada, que recorría el fino hilo que va de lo excesivamente endulzado a la punzada en el corazón, y sin embargo, ser casi perfecta?. Sí, lo reconozco, me temo que una vez más los asquerosos prejuicios, las ideas preconcebidas, la atrevida ignorancia, campaba a sus anchas.

Dejé pasar el tiempo y como me sucede a menudo, dada mi inconstancia, me olvidé del asunto. Recurrí a él en rara ocasión. Y sí, como dirían más adelante las notas de las futuras reediciones, “S.F. Sorrow” estaba ahí, esperando, agazapado. Igual de ensoñador, igual de extraño. Igual de hipnótico y adictivo. También, creo, intuí otras cosas.  A los Ia & Batiste de “Un gran día”, al “Telaraña” de José y Manuel con Nuevos Horizontes, si me daba por barrer hacia casa. También a los Beach Boys del “Surf’s up” o al Colin Blunstone de sus dos primeros discos. Dúctiles, poliédricos, con un detalle obsesivo en la melodía que a veces exasperaba dada su desmedida perfección, pero que, sorprendentemente, atraía de forma gravitacional.

Años más tarde, en el 2011, se hizo la luz. El sello barcelonés Wah wah reeditó sus tres álbumes. Leyendo entonces las notas y tras una primera y apresurada escucha, el tono laudatorio del texto podía llegar a parecer exagerado. Falso. La cosa alcanzaba, de manera luminosa, una justa reivindicación y puesta en valor que me hacía navegar entre olas de agradecimiento debido al descubrimiento de tres discos soberbios. Su primer Lp cronológicamente hablando (“Aussi loin que je me souvienne”, Flamophone/Vogue, 1969) ya nos ponía en guardia con su adaptación a la francesa de los Pretty Things más ensoñadores y menos insulares. Canciones como “Un jour dans ma vie” (Hard rock de aires zeppelinianos sin las lacras de aquel, es decir, borrada la trascendencia y la falta de humor) o “Les temps ont changé” (una pieza de psicodelia descriptiva con sustrato eminente pop, deudora de los Kinks tanto en lo estilístico como en lo literario) eran una brillante carta de presentación. Su tercero, el homónimo, aunque calificado generalmente como menor, piensa uno que es el canto de cisne perfecto. Arreglado por Jean Claude Vannier y con reminiscencias a la Costa Oeste americana no era el disco poca cosa; delicada orfebrería, pequeña y delicadamente labrada, toda una sucesión de capas musicales y hermosísimas armonías vocales, una tras otra. Canciones de las que emanaba una elegancia tan descuidada como minuciosa, concienzudas en la descripción de lo que quedaba del fuego idealizado que una vez fue. Tómense como ejemplo, a vuela pluma, la pseudo bossa “Pauv’ Muezzin” o la canción que lo cierra, “Le mutant”, toda una declaración de principios éticos y estéticos: “Soy el mutante del tiempo, de las rosas y de las estrellas, soy el futuro de las banales existencias”.

Pero sería -para quién esto suscribe- su segundo Lp, titulado clarividente y escuetamente “Flop” donde todo encajaría con milimétrica perfección. Curiosamente no es un disco oficial propiamente dicho. Tras el fracaso del primero deciden lanzar un disco doble a modo de despedida con algunas de sus primeras canciones grabadas para el sello Vogue en 1968 (un 7″ y dos Eps) junto con revisiones -variaciones tal vez sería más apropiado- de esas mismas canciones y otras nuevas. No tienen muchas expectativas, de hecho han arrojado la toalla y se hallan en pleno proceso de descomposición. Tanto que este postrero tour de force no pretende ser más que el epitafio de una aventura que no pudo ser y que por tanto, tampoco será. En sus discos se suceden una joya tras otra; El McCartney de “Ram” con su facilidad melódica y sus fuegos artificiales mezclado con el fulgor e inmediatez pop de Billy Nichols en “la vie set belle”. Ecos del Colin Blunstone más melancólico (“Monsieur sans joie”, tan similar para mi al “Tramway 7B” de Bernard Chabert). Los Beach Boys diríase dirigidos por el Henry Mancini más pop en “Gamelle trouee” o la pureza wilsionana evocadora en “C’est l’hiver” o “Il neige”. Los Zombies  en “L’enchanteur” y los Procol Harum en “Monsieur sans joie”, Bacharach en “Le mutant” y Bach en “L’enfant decrocheur”

No tenían malos padrinos. Los había descubierto Jacques Dutronc (por aquel entonces guitarrista de la banda de Eddy Mitchell, actuando en un show televisivo de Albert Reisner). Coincide el encuentro con el despegue de Dutronc como estrella y desde ese momento se convierten en su banda de acompañamiento; Gérard Kawczinski (Llamado Crapou por Dutronc dado lo difícil de la pronunciación de su apellido y a partir de este apodo bautizada la banda -recuerden, Le Systeme Crapoutchik), Jean Pierre Alarcen (ex guitarrista de Les Mods, grupo de garaje con un único y rarísimo ep publicado y de Eden Rose y Sandrose), Christian Padovan al bajo (compañero de Kawczinski en Les Challengers) y Alain Legovic al órgano (más tarde, ya convertido en cantante famoso, conocido por todos como Alain Chamfort) quién había sido el organista de la banda de Nicolas Nils, quien tine en su haber un ovni-ep con dos estupendas versiones en francés de los Seeds . Posteriormente, sustituyéndole, entraría Jean Pierre Sabar (colaborador de Gainsbourg, arreglista de Dutronc, Huges Aufray, el nuevo niño bonito de la música francesa, tras la estela del éxito de la versión francesa de “Hair”, por el hirsuto Julien Clerc) encargándose de la batería y los teclados.

 

Mot de passe; Claude Puterflam. Un francotirador aventurero de los muchos que poblaban entonces la escena francesa. Este había publicado material con el nombre de Peter Flam para Vogue. Básicamente chanson freakbeatizada a la estela de ese faro que era Dutronc, su amigo y mentor. Arrebatados himnos pseudo garageros con -a ver como lo explico- indeleble márchamo chansonnier (“C’est la vie”, a medias con Michael Pelay, futuro colaborador de Le Systéme Crapoutchik o “Il ne faut pas pleurer”, firmada a medias con Dutronc). Puterflam había puesto en marcha un nuevo sello, bautizado como Flamophone, tras haber convencido a la gente de Vogue de su viabilidad y fichado inmediatamente a Le Système Crapoutchik como grupo insignia, de los que se convertiría en autor de sus textos.

Pese a todas las evidentes influencias, Kawczinski, Alarcen y compañía lograron conseguir una pócima personal y única. Músicos residentes del Palacio Puterflam, los todavía por entonces en construcción estudios Gang. Su pretensión era la de convertirse en una congregación de músicos que interactuasen en sus distintos proyectos; Bernard Ilous (cuyos dos singles ya fueron reseñados aquí y cuyo lp a medias con Decuyper también ha reeditado Wah Wah  no puedo recomendar más encarecidamente), Nino Ferrer (en cuyo soberbio “Le sud”, igualmente comentado anteriormente en el blog, colaborarían), con el mismo Jacques Dutronc

Tras esta aventura Kawczinski no abandonaría el mundo de la música, muy al contrario. Se dedicaría a la música de librería con usos comerciales componiendo desde jingles a bandas sonoras, giraría como guitarrista a sueldo y seria ingeniero de sonido en los estudios Gang de Claude Puterflam, hoy todavía abiertos. Jean Pierre Alarcen por su parte, seguiría como cotizado músico de estudio (aparte de colaboraciones con otros; Janko Nilovic, François Béranger, Dick Rivers …), mientras que Christian Padovan será un requerido bajista y colaborará, entre otros, con Cerrone, Nilovic, Nino Ferrer o France Gall. Respecto a Legovic/Chamfort, sería el único que tendría una carrera longeva como interprete, con más de una quincena de Lps a sus espaldas.

P.d. Todos los datos y entrecomillados han sido tomados prestados de las notas interiores de la reedición de “Flop” (Wah Wah, Barcelona,2011) firmadas por Jean Emmanuel Deluxe y Fréderic Fauré.

JACK HENDRIX Tchikbaams ep (Barclay, 1967), Sugar and Spice (Barclay, 1968)

 En 1967 Jacques Hendrix ya era un músico veterano. Uno más de los asimilados casi a la fuerza, desde finales de los años cincuenta, a los nuevos sonidos. Deambulaba entre los ritmos del momento apostando en el casino musical al twist, al loop, al climb y al rock and roll. Dando palos de ciego a ver si saltaba la banca.

 Pero ese año algo parece hacer click en su cerebro. Se libera de los corses oportunistas que le hacen funcionar a piñón fijo y puestos a serlo decide tirar por el camino más hedonista, aquel que más le place. Junto a sus habituales músicos recluta a un grupo de voces femeninas que le sirvan de atrezzo y cimenta su aventura en una par de voces que doten de ligereza y vuelo a las melodías que pretende publicar; son Françoise Walch (dueña de una etérea y ensoñadora voz clara que había servido de contrapunto a la más lineal de Moustaki en la inolvidable “La Méthèque”) y Jean Stout, cantante y actor de doblaje, con su voz profunda e inolvidable. Pirotécnias vocales balanceándose entre lineas de soprano flotantes e inmersiones en la profundidad de la voz tenor. La mezcla perfecta de levedad y escapismo.

 El primer intento será con el apelativo de Jack Hendrix Tchikbaams, un ep publicado chez Barclay en 1967. Cuatro canciones que juegan con los Scat vocals, el musical y el groove, lo pegadizo y banal y que, tal vez por esto último, por su falta de pretensiones, deviene en algo perdurable, evocador y bastante adictivo.

 

 

Al año siguiente la maquinaría ya se halla perfectamente engrasada. Con el rodaje adquirido se atreve con un Lp. Lo llamará “Sugar and Spice” y lo publicará bajo el nombre de The Jumping Jacques. Se nota un mayor refinamiento y mayores medios pero sobre todo se abre el campo musical; Brasil, las bandas sonoras para peliculas de evasión, el jazz y groove más inofensivo junto a una profunda, incontestable alegría de vivir. En “Through a brazilian jazz forest” Françoise Walch juega a ser Edda del Orso en “Playa sin sol”. Copacabana pasa por la costa azul y el dolce fare niente se instaura como filosfía de vida. “Love me now” es puro exploito sin pretensiones, pirotecnias con el beat de batería y el acompañamiento de la voz de Stout que son los cimientos sobre los que se construye el recuerdo de lo idealizado. Fuera el stress y las preocupaciones. La estética por encima de cualquier ética. Los momentos felices y ya está.

Así, sin solución de continuidad, de “Sugar and spice” hasta “Offbeat fugue”, todo es pura celebración. El título de una de las canciones, tal vez sin pretenderlo, es síntesis evidente de lo que sucede mientras lo escuchamos; “Somehow i feel i must be dreaming”. De alguna manera nos sentimos como si estuviésemos soñando. Es la apoteosis del instante porque sí. “Gossip and chatter” nos lleva a Sergio Mendes y sus Brasil’66, “Let them eat cake” (tremenda proclama underground, pardiez), “Mississippi Mischief”… parecen los engarces de una joya deslumbrante pese a que sea bisutería. Un eslabón más de la memoría de un tiempo que ya nunca será.

MORBO; Música compuesta y dirigida por Jacques Denjean. (Bocaccio / RCA, 1972)

 

 

” Morbo” fue una película dirigida por Gonzalo Suárez y escrita por éste y Juan Cueto en 1972. Protagonizada por, sí,  Ana Belén y Victor Manuel la trama gira en torno a una pareja de recién casados que decide pasar su luna de miel en una roulotte en medio de un bosque. Un bosque ominoso, casi un personaje más en la película, en el que se halla una casa en la que han ocurrido unos terribles sucesos. A partir de ahí todo comienza a mezclarse, aunando terror sicológico, conflictos de pareja, un erotismo soft, mórbido e insano, y un terrible secreto que se nos presenta en un principio de modo onírico, más tarde ya con toda su virulencia.

Gonzalo Suárez es un hombre renacentista; De formación francófila, director de cine, escritor, periodista deportivo (bajo el seudónimo de Martin Girard), conectó con al escuela de Barcelona e imagino que por ello su vínculo, aunque fuese indirectamente, con Oriol Regás, dueño del club Bocaccio y del sello musical del mismo nombre, poco menos que el monarca de la gauche divine catalana.

Esto nos lleva a lo que nos (me) interesa, la banda sonora. Una de las pocas bandas sonoras propiamente dichas escritas por el francés Jacques Denjean (otras serían “Traffic” de Jacques Tati o “Adieu Philippine” de Jacques Rozier). Era Denjean por entonces un tipo con una longeva y sólida trayectoria en la música desde finales de los años cincuenta. Primero con su orquesta haciendo twist, madison y coqueteando con un jazz amable, después como compositor practicamente para todo el establishment de la musica pop francesa (Hallyday, Christophe, Alain Bashung, Line Renaud, Henri Salvador, Sylvie Vartan, Reynaud, Nancy Holloway e innumerables más), músico en extravagantes proyectos musicales (su single “Nevrose / Psychomaniac”, que ya tuve el placerde presentarles, es una codiciada pieza de coleccionismo, con sitar, guitarras fuzz y distorsiones), arreglista, productor e incluso autor de discos de librería. Sería, por ejemplo, el productor del segundo y maravilloso disco de María del Mar Bonet, también en el sello Bocaccio, con la dirección musical de otro grande, Bernard Estardy. Un disco formidable. Un disco, permítanme la licencia, cima de la Chanson catalana.

Sigamos. “Morbo” (el disco) únicamente se publicaría en nuestro país, con distribución RCA. También existe un single, más sencillo de ver y una canción incluida en el Lp (“Juegos”) y que, no me pregunten por qué, en Francia sería la cara B de single de Arrabal “Ekkoleg”. La banda sonora de “Morbo” me parece espléndida; Sugerente, misteriosa, melódicamente inolvidable y profundamente evocadora. El proceso es el normal en estos casos; una melodía surca toda la partitura y el autor juega con ella de distintas formas; con arreglos de cuerdas, con piano, con una flauta delicada, con tratamiento vocal, meros coros, casi scat religioso… Junto a ella hay un par de movimientos de ruptura (las dos tomas de “Juegos”, las dos de “Gioconda”, las dos de “Morbo”) que sirven para centrar las imágenes pero que funcionan igualmente sin ellas.

Nada más que añadir, les enlazo la partitura íntegra en espera de que les atrape tanto como a mi lo hizo.

 

LE COEUR / DINO / LOS MUSTANG Bye Bye City, me voy lejos

 

Tres veces sí. La canción de Pierre Groscolas y François Porterie en su versión original por los franceses LE COEUR es una barbaridad; La ocurrencia del fuzz cual sirena de barco al inicio (y que ya no abandonará la canción) los arreglos de cuerda, el phasing, el riff de órgano, el beat de la batería, la letra rimbombante y las voces tratadas … 

 Para su versión italiana DINO, con la ayuda de la orquesta de Tony Mimms, la dotará de una intro orquestal de un lirismo muy andante, muy italiano, para a continuación seguir, más o menos, por los mismos derroteros que la versión original;, aunque el hammond en primer plano sustituya al remedo de sirena y la batería sea menos rotunda, más hojalatesca.

 Pero la sorpresa absoluta está en la versión en castellano. Sita en la cara B de un singol setentero (“La Batea”, Emi, 1971) de LOS MUSTANG. Ahora todo se torna arrebato, se exacerba. Por un momento, al principio y en las partes en las que no se identifica la voz de Santi Carulla, uno juraría que son Lone Star. Seca en vez de barroca, enferma en vez de lírica, desesperación en vez de esperanza.

 Lo dicho. Tres veces sí.

 

 

 

Un single cada domingo (XVI) … ILOUS "Bienheureux les innocents/Comme les autres" (Flamophone, 1972)


Vaya de entrada agradecer y aplaudir todas esas reediciones tan estupendas, hechas con cariño, conocimiento y respeto, publicadas por algunos sellos españoles. En este caso por la compañía Barcelonesa Wah-wah, empeñada en rescatar discos maravillosos orillados por el tiempo como “Ilous et Decuyper”, reeditado a finales del año pasado y que recomiendo encarecidamente.

 
¿Qué por qué cuento ésto?. Bueno, en primer lugar por que creo que es de ley hacerlo y después porque gracias a esa reedición los conocí. Así que estas pasadas navidades, cuando me topé en el marché au puces con un par de singles a tres euros cada uno, firmados por Ilous en solitario, también en el sello Flamophone, no dudé en cogerlos. Uno era “La métamorphose/Nouveau jour” (Flamophone, 1974)  y otro éste que les presento, “Bienheureux les innocents/Comme les autres”, del año 1972. 
 
  Leyendo las estupendas notas de la reedición del  Lp que comentaba más arriba supe que Bernard Ilous comenzó como escritor de canciones para, entre otros, Eric Charden, Johnny Hallyday o Dick Rivers, mientras estaba a sueldo del editor Gerard Tournier. Fue en esa época cuando conoció a Jacques Dutronc, a su banda de acompañamiento formada por Gérard Kawcynski, Christian Padovan y Michel Pelay, los que más tarde serían Le Systeme Crapoutchik y, lo más importante, a Claude Puterflam. Trabajaban todos para Disques Vogue y cuando este último tuvo un inesperado éxito en 1968 con “Gwendolina” decidió crear Flamophone, llevándose con él, entre otros, al joven Bernard. Allí, libre y ajeno a directrices, comenzaría trabajando como arreglista y compositor hasta que en 1970 publicó su primer sencillo, “Fille de la lune/D’ou vien le vent”. No tuvo ningún éxito aunque a Puterflam le gustó como mezclaba su estilo de producción con los refinados e imaginativos arreglos de Bernard
 
 Sería en Flamophone donde conocería a Patrice Decuyper, guitarrista finísimo, talentoso e inventivo y con quien formaría tan sublime dúo. Su método de trabajo consistía en confrontar sus ideas de una manera productiva, eliminando aquellas canciones en las que ambos no estuviesen totalmente de acuerdo. De notable técnica, su música pretendía huir del virtuosismo y centrarse en lo emocional, pero siempre partiendo de una apariencia formal impecable. Melodías ensoñadoras, cierto impresionismo en el aire y, en mi opinión, una conexión muy mediterránea con la música pese a que ellos se mirasen en otros espejos. Espejos, por otra parte, en los que también se les podía advertir y disfrutar.  “Comme des autres” tiene, ante mis oidos, un aire Bacharachiano imposible de obviar; la melodía triste, sustentada por la combinación del piano con los vientos lánguidos, te transporta como en un tobogán, mientras la voz va describiendo una viñeta pequeña, íntima. Una historia entre la realidad y lo idealizado acerca de un amor que se acerca y se aleja, que no sabes si real o imaginado.
 
 Su obra era la suma de pequeños detalles que serían una constante de la casa, detalles bastante atípicos por entonces en algo con una vocación en absoluto minoritaria; Phasing, overdubs, voces e instrumentos doblados… inventos e ideas en apariencia extrañas que encajaban como un guante dentro de su obra; tocar instrumentos con los pedales de otros o con las manos en vez de los habituales pies, hacerlo de prestado (comentan esas mismas notas que llegaron a pasar un tiempo de ocupas en los estudios Vogue, probando, investigando y grabando por las noches, victimas de la efervescencia y perfección artística, prestos a poner en práctica cualquier idea que se les ocurriese) y siempre, tanto en la superficie como soterradamente, un aire evocador nunca forzado, que brotaba de manera natural y cadenciosa, en absoluto engolado.
 
Ilous et Decupyer sólo publicarían un Lp en 1971. El disco no tuvo una mala acogida crítica aunque si escasas ventas. Plasmar en directo todas sus ideas era tarea harto complicada y, sobre todo, costosa, por lo que las pocas actuaciones que hicieron fueron ante pequeñas audiencias y de manera acústica, ellos dos sólos con guitarras y su voz. Un previsto segundo Lp nunca se grabaría. Bernard Ilous comenzó una breve carrera en solitario que constaría de los dos singles que cité más arriba además de un Lp editado en 1975. Ante la indiferencia que despertó continuaría su carrera como músico de sesión y arreglista a sueldo, en una discreta segunda linea. Mientras tanto Patrice Decuyper abandonaría la música definitivamente dedicándose profesionalmente a la venta de libros antiguos y de colección.                

KEREN ANN. "La disparition" (Emi France, 2002)


 En una esquina cualquiera del mundo –“a diez pasos de tu casa, a diez pasos de la mía”– comienza a sonar una acústica perezosa.  Melodías entonadas por el arrullo de palabras que olvidamos hace tiempo. Arreglos de cuerdas quedos que semejan un oleaje que ni puede ni quiere ser marejada; “Que la luz sea como la del primer día, la del primer mes”

 
 Callar, apenas musitar cuando el tiempo, asesino, tenga el valor del que nosotros carecemos. Cuando entierre nuestros amores perecederos bajo arenas movedizas. Permanecer fríos, ser elegantes incluso cuando no nos tomen en serio. 
  Esbozos de una felicidad pretérita empañada por la añoranza. Un sample soterrado de “Chelsea morning”. Arpas, fagots, oboes, clarinetes y flautas. Coros infantiles que le confieren, todavía más, un atmosfera irreal en su rutina. Apacible y plácida. La guitarra acústica de nuevo, omnipresente. Sutiles, esporádicas programaciones empeñadas en reproducir el goteo constante de la melancolia. Un piano y un hammond B3 conversando mientras la niebla cae, velando el tiempo con un manto intangible de cuento gótico. Fotografías en tonos sepia. La imagen de una mujer, de cualquier mujer. “Quedémonos aquí, el sol es menos pálido, el viento menos lunar. El agua es azul, azul turquesa. Y mientras tu duermes yo no hago más que pensar en los ríos de enero”.
 
  Miradas de soslayo, un leve roce, la sola presencia deseada. Sonrisas. Reirse de uno mismo. Complicidades en silencio que nos recuerdan, como si observásemos por una cerradura, aquello que nos empeñamos en cambiar y que sigue, ya para siempre, con nosotros. El dulce aroma de Françoise Hardy, elegante, distante, gélido,  circa 1971/1973; “Point”,”La question”, “Et si je me’en vais avant toi”.
 
Un contrabajo y una trompeta con sordina. La alusiva caja de música. Escuchar un murmullo, un tarareo y saber que no hace falta nada más; “Sentimientos anticuados. Como una antigua bailarina de la Ópera Garnier, como una camisa de popelín, como un soneto de Mallarmé.
 
 “La espuma de los recuerdos. ¿Debo sonreir?. Lágrimas como diversión. ¿Debo llorar?. Quedarse o marchar. Mejor elegir desaparecer”.
 
  Ayer y hoy. El mañana. Las infinitas combinaciones del rompecabezas que configura el devenir del tiempo. Algo tan, mmmm “Surannee”, sí…  como las vicisitudes del amor y el desamor entrelazadas. Bálsamos y cicatrices que la vida y el azar nos deparan. Viéndolas pasar unas veces, agarrándonos a ellas otras. Con nosotros. En nosotros. Para siempre ya.  
 
“La Disparition”