Hipster’69: French Weirdos & beyond (II)

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00:00 ILOUS & DECUYPER Berceuse / 02:25 CHARLOTTE WALTERS Angel of Sin / 04:30 JEAN MORLIER Tip top / 05:59 YAR ET YANA Le Thé anglais / 08:18 JOSE SALCY Les Filles Chats / 11:11 PIERRE, PAUL ET JACQUES Je suis turc / 13:46 JEAN PIERRE MASSIERA Cambronne / 15:36 GERARD MANSET Animal est mal / 18:53 CATHERINE RIBEIRO + ALPES Theme en bref / 21:04 MESSIEURS RICHARD DE BORDEAUX ET DANIEL BERETTA La drogue / 23:48 BRIGITTE BARDOT Contact / 26:02 KARL HEINZ SCHAFER ET JEAN PIERRE KALFON Utopia / 28:01 MAGDALITH Les sentences de Lao Tseu / 31:01 ANN SOREL L’amour a plusieurs / 35:22 ALEC L’etranger / 37:35 SOPHIE MAKHNO Obsessions’68 / 40:18 JACK TREESE Je suis un elephant / 42:43 JOANNA Hold up insulté / 44:40 BRIGITTE FONTAINE ET ARESKI BELKACEM Ça va faire un hit / 47:03 KALAFATE La pub erotique / 49:39 Si je buvais moins / 52:54 DE GIAFFERI Sado Maso / 56:05 JACQUES DENJEAN Nevrose / 59:01 MESSE BLANCHE Messe Blanche / 61:36 NICKY NICOLAS Le Miss / 64:21 YVES DAUTIN Le piano homosexuel

¡Están locos estos gabachos! Hagamos un atropellado resumen: Libido a escape libre con Jose Salcy y sus mujeres gato enfundadas en cuero, maullando antes de resonar una apología del amor en grupo, decadente y sinuoso, según Ann Sorel en l’Amour a plusiers. Hadi Kalafate sin su amigo Dutronc haciendo una oda a la publicidad erótica entre un bajo omnipresente mientras George de Giafferi, a.k.a. Monsieur Sexe, hace gala de su inclinación por el Sado Maso. Todo vale aquí; Desde el atronador beat de batería inicial de Yar et Yana en su Le Thé anglais hasta las reflexiones en clave bossa y pijama, recostado sobre Le piano homosexual  (??) de Yves Dautin .

   Soliloquios de Sci-Fi melancólica a cargo de Jean Pierre Kalfon en Utopia -para la banda sonora de Les Gants Blancs du Diable de Karl Heinz Schafer– e insólitos arrebatos psico eléctricos de Jacques Denjean en Nevrose. Desde Misas blancas por el coro del centro cultural de Lovaina hasta viajes lisérgicos que te convierten en un elefante según el americano Jack Treese (en Paris desde el ’68 hasta el fin de sus días) pasando por Magdalith (Madeleine Lypsczyc, una judía convertida al catolicismo sumida en las reflexiones de Lao Tsé, ese es el tenor del asunto) mecida por una especie de jam session, en realidad hip hop avant la lettre

 Déjenme tomar un poco de aliento: La folie casi pre-punk de Catherine Ribeiro acompañada por Alpes de su Theme en bref  y el verso suelto que son Brigitte Fontaine y Areski Belkacem en Ça va faire un hit, arreglada por el gran Jean Claude Vannier. Más recapitulaciones narcóticas, en este caso sin subterfugios y bajo la dirección musical de Christian Gaubert, en La Drogue de Richard de Bordeaux y Daniel Beretta, pura celebración del hachís.  LSD y Dadá por Pierre, Paul et Jacques, ex Le Bain Didonc, en la alucinante Je suis Turc

Termino ya, disculpen: Jean Morlier y su Tip Top, resultona fruslería extraída de Musique Dessinée, su raro Lp del 70 en Bagatelle. Sophie Mahkno con Claude (no otro que Colin Verdier) y les francs garçons de Bernard Févre, uno mas de los caballeros de la música de librería Francesa. Más madera: Animal est mal, en el primer -y soberbio- Ep del pluridisciplinar Gérard Manset (pintor, músico, poeta, fotógrafo) tipo tan esquivo como sugerente, canción mitad alucinación mitad escritura automática o Contact, la mitad del dos caras que le escribió Gainsbourg a su amada Bardot a finales del 67 (en la otra cara Harley Davidson, casi nada) y que arreglaría -esplendidamente- Michel Colombier

LUCIFER & CO A.k.a. Gabriel Yared / Amen – Eden (Vogue, 1971)

 

Golosísimo single, del tipo de los que se quedan para siempre en nuestro subconsciente, firmado por Gabriel Yared (con la ayuda de George Costa y la colaboración de la voz soprano de Barbara Peters) y publicado bajo el seudónimo de Lucifer & Co por el sello Vogue.

 Nacido en Beirut y formado en Francia, Gabriel Yared tendría -tiene- una notable carrera musical como compositor, arreglista, productor y también intérprete (a duo con uno de los hermanos Costa). Enamorado de la música brasileña, arreglista de Mina (MinacantaLucio) y de la Françoise Hardy de la segunda mitad de los años setenta entre otras, terminaría consolidándose como compositor cinematográfico en Francia y en los USA.

En 1971, a la estela de otros episodios franceses del mismo tenor tales como L’Oeil de Bernadette, Organoboe de Paul Mille, Mid Summer Night de Manhattan Trio & les Sylvetes o C’ex de Philippe Nicaud, publicaría este sencillo bajo el nombre de Lucifer & Co. Envuelto en una hermosa y llamativa portada que de alguna manera anuncia lo que suena en su interior: Hedonismo puro y duro, la captura del momento entre Scat vocals juguetones y adictivos con el contrapunto de una voz soprano femenina que en vez de avasallar, acaricia. A su lado unos breaks de batería y unos vientos omnipresentes entreverados de Hammond, que logran una simbiosis casi perfecta y que provocan en este quien suscribe una irrefrenable sensación de joie de vivre. Algo, por decirlo en una sola palabra, arrebatador. 

 

FRANÇOISE HARDY If You Listen (En Anglais)

 

 

 

Listen

 

 

 

A finales de 1968, coincidiendo con las revueltas estudiantiles, Françoise Hardy se halla en medio de una encrucijada vital. Mientras los adoquines van que vuelan, la hermosa fantasía de los sesenta se halla en un evidente estado de descomposición y su trono ye-yé parece un completo anacronismo. Pero a ella, con una especie de Bartleby dubitativo incrustado como código genético, todo parece darle igual. Ausente cualquier ramalazo de proselitismo político (no sé si de conciencia) y sin ningún interés en los acontecimientos, marcha a Córcega junto Jacques Dutronc huyendo del vendaval. Además, su relación con Vogue, su sello de siempre, es cada vez más complicada y tras una actuación en el Hotel Savoy de Londres decide anunciar su retirada momentánea de la vida pública.

 

Pasarán casi dos años hasta que firma con Disques Sonopresse, un pequeño sello creado unos años antes por Gérard Tournier y la editorial Hachette y es entonces cuando decide comenzar a trabajar en un nuevo disco. Ese disco, como casi todos los suyos, de título homónimo y que por tanto tiende a la confusión a la hora de identificarlos, será popularmente conocido como Soleil (1970). Disco que, junto al que le seguirá al año siguiente, el soberbio La question (1971) son, en opinión de quién esto escribe, dos de su cimas artísticas incontestables.

 

 

Pero vayamos a sus alrededores, el tema que hoy nos ocupa. Alrededor de esas dos cumbres mencionadas más arriba -antes pero también después- aparecen una serie de discos subterráneos, anárquicos, editados en distintos mercados y con distintas portadas que convierten su obra en inglés en un verdadero galimatías. Discos aparentemente menores pero de un fuste que se acrecienta conforme pasa el tiempo y que serán una especie de cristal velado que servirá de marco perfecto en los tiempos de duda. Coincidiendo con su mutis por el foro, ese mismo año Vogue decide publicar En Anglais (en los Estados Unidos y en Canada se publicará con el título de Loving), un disco de versiones, entre otras, de Tim Hardin, Nirvana, Phil Ochs, Buddy Holly, The Shirelles o The Kinks que retoma la senda iniciada por In English, su disco de 1966. Aunque bien es cierto que en este último la mayoría de las canciones eran versiones propias adaptadas al inglés. Un año después, la división inglesa de United Artists edita solo para el mercado anglosajón One-nine-seven-zero, un disco aún más suculento que cuenta con la ayuda de Tommy Brown y Micky Jones (a quienes conoce de haber trabajado con Sylvie Vartan y más tarde con Johnny Hallyday) quienes le regalan tres joyas que llevan por título Strange Shadows, Magic Horse y Song of Winter. Cuenta con la ayuda en los arreglos de John Cameron, más un par de canciones escritas por Tony Macaulay y Scott English, además de I Just Want To Be Alone, la versión en inglés de su clásico J’ai coupé le téléphone.

 

 

 Un tercer disco ingles completará la terna. Para mi gusto el más redondo, el que tomará cuerpo como obra unitaria, conjunta y que no se conforma, no sé si involuntariamente,  con ser una serie de deliciosos esbozos. Titulado, como no, Françoise Hardy (Love Songs en la edición japonesa, que es la que yo tengo) se publica en 1972. Por esas fechas los productores Tony Cox y Joe Boyd visitan a Françoise Hardy con la intención de que grabe alguna canción de un joven protegido suyo, un tal Nick Drake. Se conocen, congenian y Françoise acude a los Sound Techniques Studios de Londres donde graba diez canciones, curiosamente ninguna con la firma de Drake. Boyd recluta a varios de sus músicos de confianza (Gerry Conway y Pat Donaldson, miembros de Fotheringray y a Dave Mattacks y Richard Thompson de la Fairport Convention). El repertorio elegido me parece hoy casi perfecto, delicado e íntimo, de una belleza a punto de romper y que sin embargo permanece incólume y resplandeciente: Dos nuevas canciones de Micky Jones y Tommy Brown (Bown, Bown,Bown y la celestial If You Listen), dos más de Beverly Martin (Ocean y Can’t get the one i want) y otras dos de Buffy Saint Marie (Until it’s Time For You To Go y Take My Hand For A While) junto a I Think It’s Gonna Rain Today de Randy Newman, Til The Mornin’ Comes de Neil Young,  Sometimes de Alan Taylor (una obra de perfecta orfebrería) y The Garden Of Jane Dellawnay de los hoy olvidados TreeDos canciones más completarán el disco; La sobrenatural Let My Name Be Sorrow, compuesta por Bernard Estardy y la única en francés y firmada por la Hardy, Brûlure.

 

 

Escuchado hoy If You Listen (Kundalini, 1972), como también es conocido, resulta una pequeña joya oculta del Folk-Rock de principios de los años setenta. Tenue y atmosférico, de una producción ligera y orgánica, sorprende lo bien que casa su sonido etéreo con la susurrante y escasa voz de Françoise Hardy, trasladándonos sin ninguna dificultad a un lugar donde parece reinar una sensación de pureza y naturalidad, una calidez que traspasa el tiempo. Comercialmente sería un absoluto fracaso, cerrando para siempre cualquier posible veleidad  de la Hardy con el Folk-Rock y en otro idioma que no fuese el francés.

 

GUY SKORNIK El Chansonnier psicodélico

Aunque debutase en solitario en 1967, contando tan solo diecinueve años, con un par de Eps muy curiosos en Chez Polydor bajo la dirección musical de Richard Bennett (y que pueden escuchar abajo del todo) Guy Skornik pronto pasaría a ser miembro, junto a François Wertheimer y William Sheller, del colectivo Popera Cosmic, con quienes publicaría en 1969 el cotizadísimo álbum Les Esclaves, una extrañísima obra pionera que mezclaba psicodelia, jazz y chanson con motivos hindúes (sitares, tablas y tambura), repleto de referencias lisérgicas y astrales que hoy parece el entrenamiento necesario a lo que estaba por llegar.

    Un año después irrumpe con un disco en solitario e inclasificable titulado Pour Pauwels. Envuelto por una estupenda portada asistimos a un disco río, mitad chanson mefistotélica, mitad psicodelia espiritual, inspirado en un personaje tan extraño como Louis Pauwels, quien aunque terminase sus días en Le Figaro como representante cultural de la derecha francesa, lanzando violentas invectivas contra las protestas estudiantiles de 1986, había comenzado siendo una especie de faro de la contracultura francesa en los años sesenta (incluso Gainsbourg lo citaría en la letra de su Initials B.B.), apologista e introductor en Francia de la obra del místico espiritualista, escritor ocultista y músico armenio George Ivánovitch Gurdjieff.  

  Su libro Le Matin des Magiciens, introduction au realisme fantastique (firmado a medias por Pauwels con Jacques Bergier y editado por Gallimard en 1962) sacudiría los cimientos de la cultura francesa más subterránea y sería la base de un movimiento contracultural que combinaba el interés por temas tan aparentemente distantes (y un tanto magufos si me lo permiten) como lo eran las sociedades secretas, las raíces ocultas del nazismo, la parapsicología, civilizaciones perdidas, la telepatía, el ocultismo y cualquier cosa que se les ocurriese para volver del revés la moral cartesiana de la burguesía francesa. No menos sorprendente y provocador sería Jacques Bergier, su mucho menos conocido co-autor. Casi un personaje fantástico, Bergier era ingeniero químico, alquimista y, claro, escritor a la vez que se declaraba espía. Personaje complejo, decía hablar catorce idiomas, estaba fascinado por las ciencias ocultas y la ciencia ficción y era firme creyente de los poderes omnipotentes de la mente junto a la existencia de los extraterrestres y de la influencia de estos en la aparición y extinción de diversas civilizaciones perdidas. Ademas era un apasionado de los comics de superheroes y decía que su falta de ego era debida a sus orígenes marcianos ¿Demasiadas drogas? Yo apostaría a que sí. Es más, en cantidades industriales.

  

   Entre 1961 y 1971 Pauwels y Bergier publicarían la revista bimensual Planète, desarrollando en ella temas ya incluidos en su Le Matin des Magiciens. Su lema sería Nada extraño no es ajeno y hasta su fusion con Actuel en 1968, sería la única revista francesa que trataría temas tales como el Hippismo, las comunas del amor, el Vudú, H.P. Lovecraft, la ciencia ficción, las drogas alucinógenas, las ciencias ocultas o Aleister Crowley, entre otros muchos. A la par que Planète, Pauwels, esta vez en solitario, editaría también Plexus, publicación hermana centrada en el erotismo, la liberación sexual y la contracultura en general y donde tendrían parte importante los dibujantes Topor y Tito Topin. 

Con estos mimbres resulta raro situar exactamente a Guy Skornik. Es cierto que durante los primeros años de la década de los setenta se publican en Francia una serie de discos de ambiciosa psicodelia progresiva, con temática más o menos extravagante. Unos más explícitamente experimentales (La mort D’Orion de Gérard Manset, L’enfant assassin des mouches de Jean Claude VannierHathor de Igor Wakévitch o Lux Aeterna de William Sheller) y otros decorados por un sustrato más pop -y exitoso- como Histoire de Melody Nelson de Gainsbourg o Polnareff’s de Michel Polnareff. 

Interesado desde joven por lo oculto y lo esotérico, explorador místico, psiconauta y talentoso músico, formado como pianista en el conservatorio de París, Skornik, acompañado por la orquesta de Ivan Jullien y con el apoyo del director de EMI/Pathé  Pierre Burgoin da a luz a Pour Pauwels. En aquella época EMI lo estaba rompiendo en Francia con los discos del joven Julien Clerc, estrella de la versión francesa del exitoso Hair y Bourgoin, que también era su manager, gustaba experimentar con jóvenes talentos más, digamos, arriesgados. Discos conceptuales, temáticos y cuanto más extraños mejor, grabados -loado sea- con los medios suficientes, tanto en tiempo como músicos; Semanas en un estudio, sin límites, con una orquesta, con cuerdas, vientos y metales, piano de cola, clavicordio y cualquier otro instrumento que les apeteciese. 

 Pasado el tiempo y con él las modas y las extravagancias consustanciales a la época, lo que permanece hoy, al menos en quién escribe esto, es su aire melancólico, extrañamente atónito, de una atormentada belleza más próxima a la chanson eléctrica que a los disparates propios de la juventud impresionable. Coros evocadores, desoladora belleza subterránea y el irrefrenable deseo de tener una voz, algo que logra en algunas ocasiones y que aún hoy extraña en alguien tan joven.

Ah, por cierto, casi se me olvidaba. Un par de ejemplos de los primeros pinitos de Guy Skornik de los que les hablaba más arriba. Escuchados ahora, algo ya se intuía, vaya que sí.

LÉONIE. Mystérieux

 

 

 

 

Me ocurre cada vez más a menudo. ¿No les sucede en muchas ocasiones vivir una situación y estar convencidos de ya haberla vivido previamente, sintiéndose espectadores de algo aparentemente nuevo pero que les es extrañamente familiar? Fue la semana pasada. Recién llegado a casa, anocheciendo, una melodía que no cesaba de dar vueltas en mi cabeza desde media mañana cobró definitiva forma. Lo que en un principio había sido un susurro, con su insistencia cada vez más tenaz, acabaría por ser algo prístino. Aquel inicial pequeño esbozo, aquella linea instrumental que comenzaba a obsesionarme y de la que no lograba recordar ni título ni autor, sonaba hermosa y nítida. Sin embargo estaba seguro de saber de donde venía, es más, de que además existía en otra versión vocal. Más arreglada probablemente, en formato canción pop, dentro del apartado misterioso, en la sección evocadora. Cantada por una mujer que alternaba el francés y el inglés…  na na na na ná, très loin, là bas … love and a thrill, up on the hill in the cottonfield … Maldita sea mi manía de denominar Playlist, sin más, a casi cualquier cosa que pasase de los tres minutos cada vez que las cargo en el reproductor.

 Ese na na na na ná estaba empezando a torturarme, no lograba descifrarlo por más familiar que me fuese. La melodía del clavecín que sonaba en los auriculares era un poco más acelerada, más rugosa que la que recordaba. Transmitía la agradable sensación que procura lo inacabado cuando intuyes que puede, que va a ser algo grande, no sé si me explico. Pero en lugar de concentrar en ella mi atención una extraña fuerza me llevaba a esa otra, a la que sabía que existía escondida tras ese esqueleto hipnótico, una que sabía que había escuchado muchas veces. 

Me estaba volviendo loco. Llevaba como una docena de escuchas cuando, a punto de tirar la toalla, derrotado, decidí abrir la ventana y encender un cigarrillo. Hacía un frío del demonio. En ese momento, ya casi en otras cosas a las que mi dispersión mental suele tender, deje continuar la lista. Comenzó a sonar La Horse  y como un relámpago todo comenzó a tener sentido. Esa intro con el clavecín fue la contraseña. La voz que recordaba se parecía a la de la Birkin y una vez ahí el paso siguiente no podía ser otro que ir a Gainsbourg. La Horse había sido un hermoso fracaso de Gainsbourg/ Vannier, la música para la película homónima de Pierre Granier-Deferre de 1969, cuya banda sonora permanecería inédita oficialmente (excepción hecha, creo, de un single promocional inencontrable en el sello Hortensia) hasta su reedición oficial en Vadim Records en el 2009.

 Jean Claude Vannier había sido fiel colaborador de Gainsbourg durante la etapa Melody Nelson Bueno, la verdad es que fue bastante más que un colaborador. De hecho está extendida la teoría de que había sido el co-autor de las músicas de Histoire de Melody Nelson al que un pacto de mutuo acuerdo había dejado con el 50% de las regalías aunque sin acreditación autoral, más allá de la de autor de los arreglos y director orquestal del mismo. Antes de su irrupción como mano derecha de Gainsbourg (sucediendo a talentos como Michel Colombier, Arthur Greenslade o Alain Goraguer) Vannier se había entrenado bien como compositor, como arreglista o como director de orquesta para gente como Alice Dona, Alain Baschung, Brigitte Fontaine, Anna St. Clair, F.R. David, Sylvie Vartan, Rica Zaraï, Leonie Lousseau o Le Systeme Crapoutchik y producido junto a Bernard Estardy –firmando también parte del repertorio- ese ovni de la Exploito-psicodelia francesa que atendía por Les Fleurs de Pavot . Cuando terminó su relación con Gainsbourg, aparentemente de forma amistosa,  firmaría esa obra capital que atiende por L’enfant assassin des mouches  de la que ya hablamos en esta bitácora y a la que pueden volver pinchando el enlace si les apeteciese.

¿Léonie Lousseau? un momento, ¡Eso era!, claro; Le Cinérama  Fue como si se hubiese abierto una espita; Sello Acción, Lilith, la banda sonora de Les Gants Blancs du Diable, Karl Heinz Schäfer, En Alabama, Disques Motors … vaya rompecabezas, a ver como lo transcribo.  

 Léonie pudo haber sido, en caso de haber querido ambos, algo así como la Birkin de Vannier, el vehículo con el que plasmar un mundo propio, sofisticado, misterioso, sensual. Tras ese primer episodio ye-yé sucedido en 1968, Vannier le regala, tres años más tarde, En Alabama, una canción que no es otra cosa -y que no es poco- que una versión vocal más refinada, más espectral, de Je m’apelle Geraldine, una pieza que había publicado en un Ep compartido con George Delerue con sintonías para la emisora France Inter en el sello Magellan de Pierre Wiehn. Al año siguiente, un segundo sencillo –Le Jardin Anglais/Mozart– será, lástima, su última colaboración.

 Por el camino, más piezas con las que intentar recomponer el complicado puzzle. En la cara B de En Alabama una mántrica canción de Christophe, llamada Wahala Manitou, Folk Pastoral mecido entre la mitología y lo arcano con letra de Etienne Roda Gil.  El mismo año que publican su segunda colaboración (Le Jardín Anglais/Mozart) otro single formidable que, curiosamente, tendría edición española en Acción, el nunca bastante ponderado sello de Manolo Diaz; ¿Su título? Lennon/Lilith. Ambas contarán con textos de Léonie y sus músicas irán firmadas, respectivamente, por Christophe y Karl Heinz Schäfer. Este último nombre será, sin embargo, la clave.

 Schäfer, alemán de Frankfurt, había llegado a Paris en los años cincuenta como alumno de Olivier Messiaen en el Conservatorio de Paris. Paralelamente a su educación académica comienza a trabajar como pianista nocturno en clubs y cabarets, seducido por el jazz. Pronto aparca sus estudios y comienza a trabajar firmando arreglos para gente com Aznavour o Adamo y haciendo de negro en las partituras cinematográficas que Michel Magne firma a principios de los sesenta. Discreto y humilde, en 1973 firma una de las mejores bandas sonoras francesas que recuerde, Les Gants Blancs du Diable, película firmada por el húngaro Lazslo Szabo, todo un trip musical. Su tema central, Couleurs, interpretado por Léonie, es una cadenciosa y misteriosa pieza vocal pespunteada con un subterráneo groove, tan perezoso como adictivo. Elegante y evocadora, con una base rítmica de esquelética perfección y una arrolladora montaña rusa de arreglos de cuerda decorados por un arpa delicada, Couleurs prácticamente será el canto del cisne de Léonie

 Pues bien, término. Junto a la partitura de Les gants blancs du diable , Schäfer es el arreglista de En Alabama, de Wahala Manitou y de Lennon y de Lilith, además del compositor de esta última, canción que conforme más la escucho me parece casi una variación de Couleurs , algo así como las dos caras de una misma moneda, por un lado la chispa de la ingenuidad adolescente y por otro lo malévolo de la madurez, un poco como esa máxima que dice que en realidad somos como los demás nos ven.

 Y poco más les puedo contar de Leonie. Dos sencillos posteriores (So Long John/L’autre petit prince (RCA, 1975) y Elisabetti/ Y’a Rien à faire avec les hommes (Ariola, 1979) junto a los datos que constan el la wikipedia y en algún blog. Lo que al final nos queda es soñar con lo que puedo haber sido y, sobre todo, este puñado de singles con los que disfrutar.