FRANÇOISE HARDY If You Listen (En Anglais)

 

 

 

Listen

 

 

 

A finales de 1968, coincidiendo con las revueltas estudiantiles, Françoise Hardy se halla en medio de una encrucijada vital. Mientras que los adoquines vuelan por el aire, la hermosa fantasía de los sesenta se halla en evidente estado de descomposición y su trono ye-ye parece un completo anacronismo. Pero a ella, con una especie de Bartleby dubitativo como código genético, todo parece darle igual. Ausente cualquier conciencia política y sin ningún interés en los acontecimientos, marcha a Córcega junto Jacques Dutronc huyendo del vendaval. Además su relación con Vogue, su sello de siempre, es cada vez más complicada y tras una actuación en el Hotel Savoy de Londres decide anunciar su retirada momentánea de la vida pública.

 

Pasarán casi dos años hasta que firma con Disques Sonopresse, un pequeño sello creado unos años antes por Gérard Tournier y la editorial Hachette y es entonces cuando decide comenzar a trabajar en un nuevo disco. Ese disco, como casi todos los suyos de título homónimo y que por tanto tiende a la confusión a la hora de identificarlos, será popularmente conocido como Soleil (1970). Disco que, junto al que le seguirá al año siguiente, el soberbio La question (1971) son, en opinión de quién esto escribe, dos de su cimas artísticas incontestables.

 

 

Pero vayamos a sus alrededores, el tema que hoy nos ocupa. Alrededor de esas dos cumbres mencionadas más arriba -antes y también después- aparecen una serie de discos anárquicos, editados en distintos mercados y con distintas portadas que convierten su obra en inglés en un verdadero galimatías. Discos aparentemente menores pero de un fuste que se acrecienta conforme pasa el tiempo y que serán una especie de cristal velado que servirá de marco perfecto en los tiempos de duda. Coincidiendo con su mutis por el foro, ese mismo año Vogue decide publicar En Anglais (en los Estados Unidos y en Canada se publicará con el título de Loving), un disco de versiones, entre otras, de Tim Hardin, Nirvana, Phil Ochs, Buddy Holly, The Shirelles o The Kinks que retoma la senda iniciada por In English, su disco de 1966. Aunque bien es cierto que en este último la mayoría de las canciones eran versiones propias adaptadas al inglés. Un año después, la división inglesa de United Artists edita solo para el mercado anglosajón One-nine-seven-zero, un disco aún más suculento que cuenta con la ayuda de Tommy Brown y Micky Jones (a quienes conoce de haber trabajado con Sylvie Vartan y más tarde con Johnny Hallyday) quienes le regalan tres joyas que llevan por título Strange Shadows, Magic Horse y Song of Winter. Cuenta con la ayuda en los arreglos de John Cameron, más un par de canciones escritas por Tony Macaulay y Scott English, además de I Just Want To Be Alone, la versión en inglés de su clásico J’ai coupé le téléphone.

 

 

 Un tercer disco ingles completará la terna. Para mi gusto el más redondo, el que tomará cuerpo como obra unitaria, conjunta y no se conforma, no sé si involuntariamente,  con ser una serie de deliciosos esbozos. Titulado, como no, Françoise Hardy (Love Songs en la edición japonesa, que es la que tengo) se publica en 1972. Por esas fechas los productores Tony Cox y Joe Boyd visitan a Françoise Hardy con la intención de que grabe alguna canción de un joven protegido suyo, un tal Nick Drake. Se conocen, congenian y Françoise acude a los Sound Techniques Studios de Londres donde grabará diez canciones, curiosamente ninguna con la firma de Drake. Boyd recluta a varios de sus músicos de confianza (Gerry Conway y Pat Donaldson, miembros de Fotheringray y a Dave Mattacks y Richard Thompson de la Fairport Convention). El repertorio elegido me parece hoy casi perfecto, delicado e íntimo, de una belleza a punto de romper y que sin embargo permanece incólume y resplandeciente: Dos nuevas canciones de Micky Jones y Tommy Brown (Bown, Bown,Bown y la celestial If You Listen), dos más de Beverly Martin (Ocean y Can’t get the one i want) y otras dos de Buffy Saint Marie (Until it’s Time For You To Go y Take My Hand For A While) junto a I Think It’s Gonna Rain Today de Randy Newman, Til The Mornin’ Comes de Neil Young,  Sometimes de Alan Taylor (una obra de perfecta orfebrería) y The Garden Of Jane Dellawnay de TreeDos canciones más completarán el disco; La sobrenatural Let My Name Be Sorrow, compuesta por Bernard Estardy y la única en francés y firmada por la Hardy, Brûlure.

 

 

Escuchado hoy If You Listen (Kundalini, 1972), como también es conocido, resulta una pequeña joya oculta del Folk-Rock de principios de los años setenta. Atmosférico, de producción ligera y orgánica, sorprende lo bien que casa su sonido etéreo con la susurrante y escasa voz de Françoise Hardy, trasladándonos sin ninguna dificultad a un lugar donde parece reinar una sensación de pureza y naturalidad, una calidez que traspasa el tiempo. Comercialmente sería un absoluto fracaso, cerrando para siempre cualquier posible veleidad  de la Hardy con el Folk-Rock y en otro idioma que no fuese el francés.

 

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GUY SKORNIK El Chansonnier psicodélico

Aunque debutase en solitario en 1967, contando tan solo diecinueve años, con un par de Eps muy curiosos en Chez Polydor bajo la dirección musical de Richard Bennett (y que pueden escuchar abajo del todo) Guy Skornik pronto pasaría a ser miembro, junto a François Wertheimer y William Sheller, del colectivo Popera Cosmic, con quienes publicaría en 1969 el cotizadísimo álbum Les Esclaves, una extrañísima obra pionera que mezclaba psicodelia, jazz y chanson con motivos hindúes (sitares, tablas y tambura), repleto de referencias lisérgicas y astrales que hoy parece el entrenamiento necesario a lo que estaba por llegar.

    Un año después irrumpe con un disco en solitario e inclasificable titulado Pour Pauwels. Envuelto por una estupenda portada asistimos a un disco río, mitad chanson mefistotélica, mitad psicodelia espiritual, inspirado en un personaje tan extraño como Louis Pauwels, quien aunque terminase sus días en Le Figaro como representante cultural de la derecha francesa, lanzando violentas invectivas contra las protestas estudiantiles de 1986, había comenzado siendo una especie de faro de la contracultura francesa en los años sesenta (incluso Gainsbourg lo citaría en la letra de su Initials B.B.), apologista e introductor en Francia de la obra del místico espiritualista, escritor ocultista y músico armenio George Ivánovitch Gurdjieff.  

  Su libro Le Matin des Magiciens, introduction au realisme fantastique (firmado a medias por Pauwels con Jacques Bergier y editado por Gallimard en 1962) sacudiría los cimientos de la cultura francesa más subterránea y sería la base de un movimiento contracultural que combinaba el interés por temas tan aparentemente distantes (y un tanto magufos si me lo permiten) como lo eran las sociedades secretas, las raíces ocultas del nazismo, la parapsicología, civilizaciones perdidas, la telepatía, el ocultismo y cualquier cosa que se les ocurriese para volver del revés la moral cartesiana de la burguesía francesa. No menos sorprendente y provocador sería Jacques Bergier, su mucho menos conocido co-autor. Casi un personaje fantástico, Bergier era ingeniero químico, alquimista y, claro, escritor a la vez que se declaraba espía. Personaje complejo, decía hablar catorce idiomas, estaba fascinado por las ciencias ocultas y la ciencia ficción y era firme creyente de los poderes omnipotentes de la mente junto a la existencia de los extraterrestres y de la influencia de estos en la aparición y extinción de diversas civilizaciones perdidas. Ademas era un apasionado de los comics de superheroes y decía que su falta de ego era debida a sus orígenes marcianos ¿Demasiadas drogas? Yo apostaría a que sí. Es más, en cantidades industriales.

  

   Entre 1961 y 1971 Pauwels y Bergier publicarían la revista bimensual Planète, desarrollando en ella temas ya incluidos en su Le Matin des Magiciens. Su lema sería Nada extraño no es ajeno y hasta su fusion con Actuel en 1968, sería la única revista francesa que trataría temas tales como el Hippismo, las comunas del amor, el Vudú, H.P. Lovecraft, la ciencia ficción, las drogas alucinógenas, las ciencias ocultas o Aleister Crowley, entre otros muchos. A la par que Planète, Pauwels, esta vez en solitario, editaría también Plexus, publicación hermana centrada en el erotismo, la liberación sexual y la contracultura en general y donde tendrían parte importante los dibujantes Topor y Tito Topin. 

Con estos mimbres resulta raro situar exactamente a Guy Skornik. Es cierto que durante los primeros años de la década de los setenta se publican en Francia una serie de discos de ambiciosa psicodelia progresiva, con temática más o menos extravagante. Unos más explícitamente experimentales (La mort D’Orion de Gérard Manset, L’enfant assassin des mouches de Jean Claude VannierHathor de Igor Wakévitch o Lux Aeterna de William Sheller) y otros decorados por un sustrato más pop -y exitoso- como Histoire de Melody Nelson de Gainsbourg o Polnareff’s de Michel Polnareff. 

Interesado desde joven por lo oculto y lo esotérico, explorador místico, psiconauta y talentoso músico, formado como pianista en el conservatorio de París, Skornik, acompañado por la orquesta de Ivan Jullien y con el apoyo del director de EMI/Pathé  Pierre Burgoin da a luz a Pour Pauwels. En aquella época EMI lo estaba rompiendo en Francia con los discos del joven Julien Clerc, estrella de la versión francesa del exitoso Hair y Bourgoin, que también era su manager, gustaba experimentar con jóvenes talentos más, digamos, arriesgados. Discos conceptuales, temáticos y cuanto más extraños mejor, grabados -loado sea- con los medios suficientes, tanto en tiempo como músicos; Semanas en un estudio, sin límites, con una orquesta, con cuerdas, vientos y metales, piano de cola, clavicordio y cualquier otro instrumento que les apeteciese. 

 Pasado el tiempo y con él las modas y las extravagancias consustanciales a la época, lo que permanece hoy, al menos en quién escribe esto, es su aire melancólico, extrañamente atónito, de una atormentada belleza más próxima a la chanson eléctrica que a los disparates propios de la juventud impresionable. Coros evocadores, desoladora belleza subterránea y el irrefrenable deseo de tener una voz, algo que logra en algunas ocasiones y que aún hoy extraña en alguien tan joven.

Ah, por cierto, casi se me olvidaba. Un par de ejemplos de los primeros pinitos de Guy Skornik de los que les hablaba más arriba. Escuchados ahora, algo ya se intuía, vaya que sí.

LÉONIE. Mystérieux

 

 

 

 

 

Me sucede cada vez más a menudo. ¿No les sucede en muchas ocasiones vivir una situación y estar convencidos de que eso ya ha ocurrido, sintiéndose espectadores de algo aparentemente nuevo que les es extrañamente familiar? Fue la semana pasada cuando me pasó por última vez. Recién llegado a casa, anocheciendo, una melodía no cesaba de dar vueltas en mi cabeza desde media mañana. En un principio un susurro, su  insistencia era cada vez más tenaz. Un pequeño esbozo, una linea instrumental que comenzaba a obsesionarme y de la que no lograba recordar ni título ni autor. Sin embargo estaba seguro de saber de donde venía, es más, de que además existía en otra versión vocal. Más arreglada probablemente, en formato canción pop, dentro del apartado misterioso, en la sección evocadora. Cantada por una mujer que alternaba el francés y el inglés…  na na na na ná, très loin, là bas … love and a thrill, up on the hill in the cottonfield … Maldita sea mi manía de denominar Playlist, sin más, a casi cualquier cosa que pasase de los tres minutos cada vez que las cargo en el reproductor.

 Ese na na na na ná estaba empezando a torturarme, no lograba descifrarlo por más familiar que me fuese. La melodía del clavecín que sonaba en los auriculares era un poco más acelerada, más rugosa que la que recordaba. Transmitía la agradable sensación que procura lo inacabado cuando intuyes que puede, que va a ser algo grande, no sé si me explico. Pero en lugar de concentrar en ella mi atención una extraña fuerza me llevaba a esa otra, a la que sabía que existía escondida tras ese esqueleto hipnótico, una que sabía que había escuchado muchas veces. 

Me estaba volviendo loco. Llevaba como una docena de escuchas cuando, a punto de tirar la toalla, derrotado, decidí abrir la ventana y encender un cigarrillo. Hacía un frío del demonio. En ese momento, ya casi en otras cosas a las que mi dispersión mental suele tender, deje continuar la lista. Comenzó a sonar La Horse  y como un relámpago todo comenzó a tener sentido. Esa intro con el clavecín fue la contraseña. La voz que recordaba se parecía a la de la Birkin y una vez ahí el paso siguiente no podía ser otro que ir a Gainsbourg. La Horse había sido un hermoso fracaso de Gainsbourg/ Vannier, la música para la película homónima de Pierre Granier-Deferre de 1969, cuya banda sonora permanecería inédita oficialmente (excepción hecha, creo, de un single promocional inencontrable en el sello Hortensia) hasta su reedición oficial en Vadim Records en el año 2009.

 Jean Claude Vannier había sido fiel colaborador de Gainsbourg durante la etapa Melody Nelson  Bueno, la verdad es que fue bastante más que un colaborador. De hecho está extendida la teoría de que había sido el co-autor de las músicas de Histoire de Melody Nelson al que un pacto consentido entre ambos había dejado con el 50% de las regalías aunque sin acreditación autoral, más allá de su trabajo como arreglista y director orquestal del mismo. Antes de su irrupción como mano derecha de Gainsbourg (sucediendo a talentos como Michel Colombier, Arthur Greenslade o Alain Goraguer) Vannier se había entrenado bien como compositor, como arreglista o como director de orquesta para gente como Alice Dona, Alain Baschung, Brigitte Fontaine, Anna St. Clair, F.R. David, Sylvie Vartan, Rica Zaraï, Leonie Lousseau o Le Systeme Crapoutchik y producido junto a Bernard Estardy –firmando también parte del repertorio- ese ovni de la Exploito-psicodelia francesa que atendía por Les Fleurs de Pavot . Cuando terminó su relación con Gainsbourg, aparentemente de forma amistosa,  firmaría esa obra capital que atiende por L’enfant assassin des mouches  de la que ya hablamos en esta bitácora y a la que pueden volver pinchando el enlace si les apeteciese.

¿Léonie Lousseau? un momento, ¡Eso era!, claro; Le Cinérama  Fue como si se hubiese abierto una espita; Sello Acción, Lilith, la banda sonora de Les Gants Blancs du Diable, Karl Heinz Schäfer, En Alabama, Disques Motors … vaya rompecabezas, a ver como lo transcribo.  

 Léonie pudo haber sido, en caso de haber querido ambos, algo así como la Birkin de Vannier, el vehículo con el que plasmar un mundo propio, sofisticado, misterioso, sensual. Tras ese primer episodio ye-yé sucedido en 1968, Vannier le regala, tres años más tarde, En Alabama, una canción que no es otra cosa -y que no es poco- que una versión vocal más refinada, más espectral, de Je m’apelle Geraldine, una pieza que había publicado en un Ep compartido con George Delerue con sintonías para la emisora France Inter en el sello Magellan de Pierre Wiehn. Al año siguiente, un segundo sencillo –Le Jardin Anglais/Mozart– será, lástima, su última colaboración.

 Por el camino, más piezas con las que intentar recomponer el complicado puzzle. En la cara B de En Alabama una mántrica canción de Christophe, llamada Wahala Manitou, Folk Pastoral mecido entre la mitología y lo arcano con letra de Etienne Roda Gil.  El mismo año que publican su segunda colaboración (Le Jardín Anglais/Mozart) otro single formidable que, curiosamente, tendría edición española en Acción, el nunca bastante ponderado sello de Manolo Diaz; ¿Su título? Lennon/Lilith. Ambas contarán con textos de Léonie y sus músicas irán firmadas, respectivamente, por Christophe y Karl Heinz Schäfer. Este último nombre será, sin embargo, la clave.

 Schäfer, alemán de Frankfurt, había llegado a Paris en los años cincuenta como alumno de Olivier Messiaen en el Conservatorio de Paris. Paralelamente a su educación comienza a trabajar como pianista nocturno en clubs y cabarets, seducido por el jazz. Pronto aparca sus estudios y comienza a trabajar firmando arreglos para gente com Aznavour o Adamo y haciendo de negro en las partituras cinematográficas que Michel Magne firma a principios de los sesenta. Discreto y humilde, en 1973 firma una de las mejores bandas sonoras francesas que recuerde, Les Gants Blancs du Diable, película firmada por el húngaro Lazslo Szabo, todo un trip musical. Su tema central, Couleurs, interpretado por Léonie, es una cadenciosa y misteriosa pieza vocal pespunteada con un subterráneo groove, tan perezoso como adictivo. Elegante y evocadora, con una base rítmica de esquelética perfección y una arrolladora montaña rusa de arreglos de cuerda decorados por un arpa delicada, Couleurs prácticamente será el canto del cisne de Léonie

 Pues bien, término. Junto a la partitura de Les gants blancs du diable , Schäfer es el arreglista de En Alabama, de Wahala Manitou y de Lennon y de Lilith, además del compositor de esta última, canción que conforme más la escucho me parece casi una variación de Couleurs , algo así como las dos caras de una misma moneda, por un lado la malicia de la ingenuidad adolescente y por otro lo malévolo de la madurez, un poco como esa máxima que dice que en realidad somos como los demás nos ven.

 Y poco más les puedo contar de Leonie. Dos sencillos posteriores (So Long John/L’autre petit prince (RCA, 1975) y Elisabetti/ Y’a Rien à faire avec les hommes (Ariola, 1979) junto a los datos que constan el la wikipedia y en algún blog. Al menos nos queda este puñado de singles que disfrutar. 

JACQUES DENJEAN “Nevrose / Psychomaniac” (AZ Disc, 1968)

Estamos en pleno 1968 y se puede, casi es obligatorio desbarrar. Todo está permitido dentro de esa fiebre psicodélica que ataca por igual a directores de Orquesta, grupos de Beat, Chansonniers, Lolitas sumergidas en el pop -sea éste ingenuo, malévolo o ambas cosas a la vez- y viejas glorias musicales. Y todo esto circunscribiéndonos solamente al país del hexágono. Bien, sigo. Jacques Denjean acarrea una larga trayectoria a sus espaldas. Desde sus inicios con el Jazz y el Be Bop hasta este ovni psicodélico que tengo el placer de presentarles, ha transitado por el Twist, el Rock’n’roll más o menos acartonado, las bandas sonoras de diverso pelaje, la composición pop y la experimentación sonora. Quedémonos aquí por un instante. Ayudado por vieux potes como Raymond Gimenes, en esa época entretenido realizando versiones (algunas de ellas puro Far Out Sound) de los éxitos del momento con su grupo de estudio Guitars Unlimited, por el bajista Francis Derizcuren y por Jean Claude Oliver, verdadero todoterreno a la guitarra desde sus inicios en su Argel natal. A ellos se les unirá una nueva camada procedente de la escudería Montparnasse como el violinista Jean Luc Ponty , el bajista Paul Rovère y el baterista André Arpino (Otro que tal, revisen si tienen ocasión su “Pop Drums” en MP2000) y darán carta de naturaleza a esta barbaridad en forma de single.

Recluta al ingeniero de sonido Roger Roche (Con quién ha trabajado anteriormente para el Star System francés; Johnny Halliday, Les Lionceaux, Bobby Lapointe, Eddy Vartan, etecé) y se reúnen en los estudios Europa Sonor, cerrados en 1975 y posteriormente convertidos en ¡un cine X!. Ah, el signo de los tiempos.

En su contraportada dice:

  Para poder tener todas las ventajas a mi disposición me he rodeado de los mejores músicos, de los mejores técnicos de sonido especializados en este tipo de música y de un equipamiento electrónico extremadamente complejo que me era indispensable para poder llevarlo a cabo. Dieciocho horas de mezcla fueron necesarias para obtener el “toque psicodélico” buscado…

El resultado serán estas dos canciones, “Nevrose” y “Psychomaniac”, publicadas en un hoy raro single en el sello AZ Disc, en 1968, en su etiqueta Gemini. Un trip sónico repleto de efectos, capas de riffs de guitarra tratados y una batería escueta y cavernícola. Una especie de Jam Session de Blues espacial demente, mezclada en una probeta cuyo resultado procura una extravagante sensación que aúna morbidez y frescura, anarquia y control -si todo ello pudiese darse a la vez- y que, extrañamente, consigue reflejar el espíritu de una época con sorprendente fidelidad.

ANNE MARIE COFFINET Chante (Futura Records Ep, 1970)

 

Pareja por aquel entonces del pianista alemán Sigfried Kessler, la actriz francesa Anne Marie Coffinet publicaría un estupendo – también raro y al parecer cotizado- ep en 1970, en el sello Futura Records. Titulado simplemente “Chante”, y arreglado y orquestado por Kessler, constaba de cuatro canciones en las que sobresalía, junto a su voz andrógina y profunda, un tono general que mezclaba varias cosas y que sin embargo no rechinaban en absoluto; chanson, jazz, soul y arreglos lujuriosos junto a unos textos con un punto de inofensiva decadencia a la francesa, levemente provocadores, aderezados con fogonazos de ingenio. Algo que aquí llamaríamos, muy prosaicamente, variedades (o, mejor aún, canción ligera) pero al venir acuñado en su término original en francés, varieté, viste, casi por arte de ensalmo, una barbaridad. Un disco similar en el tono, para entendernos, a los de la Brigitte Fontaine de sus discos más pop (Brigitte Fontaine set … folle, Comme a la radio…)

Junto a Kessler, afincado en París, participan también en el disco parte de lo más granado de la escena free jazz francesa. Miembros de los afamados Paris All Stars, como Bernard Lubat (multinstrumentista dotadísimo y gran scatman) o el guitarrista Pierre Cullaz. Gente con horas y horas de vuelo de trabajo con prácticamente la totalidad del quién es quien de dicha escena; Jef Gilson, Big Jullien, Eddy Louiss, Hal Singer, Martial Solaal, Jean Luc Ponty, etecé.

 El repertorio constaba de cuatro canciones y con colaboradores de primer nivel, tanto en los textos (Christine Moncenis, de la que hablamos aquí a propósito de su formidable “Sensation”) como en la música (Serge Franklin).

Sé que son satisfacciones mundanas, hueras. Pero no puedo evitar la sensación de alegría cuando me lo encuentro en un cajón del Estudiodelsonidoesnob, me lo pongo y descubro que sí, que es estupendo.