BOSSANOVA à al française

 

 

 Minutos musicales veraniegos. Bossanova a la francesa.

Tout bas, tout bas, approche-toi et a l’oreille je te dire tout bas toutes les folies …

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FRANÇOISE HARDY If You Listen (En Anglais)

 

 

 

Listen

 

 

 

A finales de 1968, coincidiendo con las revueltas estudiantiles, Françoise Hardy se halla en medio de una encrucijada vital. Mientras que los adoquines vuelan por el aire, la hermosa fantasía de los sesenta se halla en evidente estado de descomposición y su trono ye-ye parece un completo anacronismo. Pero a ella, con una especie de Bartleby dubitativo como código genético, todo parece darle igual. Ausente cualquier conciencia política y sin ningún interés en los acontecimientos, marcha a Córcega junto Jacques Dutronc huyendo del vendaval. Además su relación con Vogue, su sello de siempre, es cada vez más complicada y tras una actuación en el Hotel Savoy de Londres decide anunciar su retirada momentánea de la vida pública.

 

Pasarán casi dos años hasta que firma con Disques Sonopresse, un pequeño sello creado unos años antes por Gérard Tournier y la editorial Hachette y es entonces cuando decide comenzar a trabajar en un nuevo disco. Ese disco, como casi todos los suyos de título homónimo y que por tanto tiende a la confusión a la hora de identificarlos, será popularmente conocido como Soleil (1970). Disco que, junto al que le seguirá al año siguiente, el soberbio La question (1971) son, en opinión de quién esto escribe, dos de su cimas artísticas incontestables.

 

 

Pero vayamos a sus alrededores, el tema que hoy nos ocupa. Alrededor de esas dos cumbres mencionadas más arriba -antes y también después- aparecen una serie de discos anárquicos, editados en distintos mercados y con distintas portadas que convierten su obra en inglés en un verdadero galimatías. Discos aparentemente menores pero de un fuste que se acrecienta conforme pasa el tiempo y que serán una especie de cristal velado que servirá de marco perfecto en los tiempos de duda. Coincidiendo con su mutis por el foro, ese mismo año Vogue decide publicar En Anglais (en los Estados Unidos y en Canada se publicará con el título de Loving), un disco de versiones, entre otras, de Tim Hardin, Nirvana, Phil Ochs, Buddy Holly, The Shirelles o The Kinks que retoma la senda iniciada por In English, su disco de 1966. Aunque bien es cierto que en este último la mayoría de las canciones eran versiones propias adaptadas al inglés. Un año después, la división inglesa de United Artists edita solo para el mercado anglosajón One-nine-seven-zero, un disco aún más suculento que cuenta con la ayuda de Tommy Brown y Micky Jones (a quienes conoce de haber trabajado con Sylvie Vartan y más tarde con Johnny Hallyday) quienes le regalan tres joyas que llevan por título Strange Shadows, Magic Horse y Song of Winter. Cuenta con la ayuda en los arreglos de John Cameron, más un par de canciones escritas por Tony Macaulay y Scott English, además de I Just Want To Be Alone, la versión en inglés de su clásico J’ai coupé le téléphone.

 

 

 Un tercer disco ingles completará la terna. Para mi gusto el más redondo, el que tomará cuerpo como obra unitaria, conjunta y no se conforma, no sé si involuntariamente,  con ser una serie de deliciosos esbozos. Titulado, como no, Françoise Hardy (Love Songs en la edición japonesa, que es la que tengo) se publica en 1972. Por esas fechas los productores Tony Cox y Joe Boyd visitan a Françoise Hardy con la intención de que grabe alguna canción de un joven protegido suyo, un tal Nick Drake. Se conocen, congenian y Françoise acude a los Sound Techniques Studios de Londres donde grabará diez canciones, curiosamente ninguna con la firma de Drake. Boyd recluta a varios de sus músicos de confianza (Gerry Conway y Pat Donaldson, miembros de Fotheringray y a Dave Mattacks y Richard Thompson de la Fairport Convention). El repertorio elegido me parece hoy casi perfecto, delicado e íntimo, de una belleza a punto de romper y que sin embargo permanece incólume y resplandeciente: Dos nuevas canciones de Micky Jones y Tommy Brown (Bown, Bown,Bown y la celestial If You Listen), dos más de Beverly Martin (Ocean y Can’t get the one i want) y otras dos de Buffy Saint Marie (Until it’s Time For You To Go y Take My Hand For A While) junto a I Think It’s Gonna Rain Today de Randy Newman, Til The Mornin’ Comes de Neil Young,  Sometimes de Alan Taylor (una obra de perfecta orfebrería) y The Garden Of Jane Dellawnay de TreeDos canciones más completarán el disco; La sobrenatural Let My Name Be Sorrow, compuesta por Bernard Estardy y la única en francés y firmada por la Hardy, Brûlure.

 

 

Escuchado hoy If You Listen (Kundalini, 1972), como también es conocido, resulta una pequeña joya oculta del Folk-Rock de principios de los años setenta. Atmosférico, de producción ligera y orgánica, sorprende lo bien que casa su sonido etéreo con la susurrante y escasa voz de Françoise Hardy, trasladándonos sin ninguna dificultad a un lugar donde parece reinar una sensación de pureza y naturalidad, una calidez que traspasa el tiempo. Comercialmente sería un absoluto fracaso, cerrando para siempre cualquier posible veleidad  de la Hardy con el Folk-Rock y en otro idioma que no fuese el francés.

 

GUY SKORNIK El Chansonnier psicodélico

Aunque debutase en solitario en 1967, contando tan solo diecinueve años, con un par de Eps muy curiosos en Chez Polydor bajo la dirección musical de Richard Bennett (y que pueden escuchar abajo del todo) Guy Skornik pronto pasaría a ser miembro, junto a François Wertheimer y William Sheller, del colectivo Popera Cosmic, con quienes publicaría en 1969 el cotizadísimo álbum Les Esclaves, una extrañísima obra pionera que mezclaba psicodelia, jazz y chanson con motivos hindúes (sitares, tablas y tambura), repleto de referencias lisérgicas y astrales que hoy parece el entrenamiento necesario a lo que estaba por llegar.

    Un año después irrumpe con un disco en solitario e inclasificable titulado Pour Pauwels. Envuelto por una estupenda portada asistimos a un disco río, mitad chanson mefistotélica, mitad psicodelia espiritual, inspirado en un personaje tan extraño como Louis Pauwels, quien aunque terminase sus días en Le Figaro como representante cultural de la derecha francesa, lanzando violentas invectivas contra las protestas estudiantiles de 1986, había comenzado siendo una especie de faro de la contracultura francesa en los años sesenta (incluso Gainsbourg lo citaría en la letra de su Initials B.B.), apologista e introductor en Francia de la obra del místico espiritualista, escritor ocultista y músico armenio George Ivánovitch Gurdjieff.  

  Su libro Le Matin des Magiciens, introduction au realisme fantastique (firmado a medias por Pauwels con Jacques Bergier y editado por Gallimard en 1962) sacudiría los cimientos de la cultura francesa más subterránea y sería la base de un movimiento contracultural que combinaba el interés por temas tan aparentemente distantes (y un tanto magufos si me lo permiten) como lo eran las sociedades secretas, las raíces ocultas del nazismo, la parapsicología, civilizaciones perdidas, la telepatía, el ocultismo y cualquier cosa que se les ocurriese para volver del revés la moral cartesiana de la burguesía francesa. No menos sorprendente y provocador sería Jacques Bergier, su mucho menos conocido co-autor. Casi un personaje fantástico, Bergier era ingeniero químico, alquimista y, claro, escritor a la vez que se declaraba espía. Personaje complejo, decía hablar catorce idiomas, estaba fascinado por las ciencias ocultas y la ciencia ficción y era firme creyente de los poderes omnipotentes de la mente junto a la existencia de los extraterrestres y de la influencia de estos en la aparición y extinción de diversas civilizaciones perdidas. Ademas era un apasionado de los comics de superheroes y decía que su falta de ego era debida a sus orígenes marcianos ¿Demasiadas drogas? Yo apostaría a que sí. Es más, en cantidades industriales.

  

   Entre 1961 y 1971 Pauwels y Bergier publicarían la revista bimensual Planète, desarrollando en ella temas ya incluidos en su Le Matin des Magiciens. Su lema sería Nada extraño no es ajeno y hasta su fusion con Actuel en 1968, sería la única revista francesa que trataría temas tales como el Hippismo, las comunas del amor, el Vudú, H.P. Lovecraft, la ciencia ficción, las drogas alucinógenas, las ciencias ocultas o Aleister Crowley, entre otros muchos. A la par que Planète, Pauwels, esta vez en solitario, editaría también Plexus, publicación hermana centrada en el erotismo, la liberación sexual y la contracultura en general y donde tendrían parte importante los dibujantes Topor y Tito Topin. 

Con estos mimbres resulta raro situar exactamente a Guy Skornik. Es cierto que durante los primeros años de la década de los setenta se publican en Francia una serie de discos de ambiciosa psicodelia progresiva, con temática más o menos extravagante. Unos más explícitamente experimentales (La mort D’Orion de Gérard Manset, L’enfant assassin des mouches de Jean Claude VannierHathor de Igor Wakévitch o Lux Aeterna de William Sheller) y otros decorados por un sustrato más pop -y exitoso- como Histoire de Melody Nelson de Gainsbourg o Polnareff’s de Michel Polnareff. 

Interesado desde joven por lo oculto y lo esotérico, explorador místico, psiconauta y talentoso músico, formado como pianista en el conservatorio de París, Skornik, acompañado por la orquesta de Ivan Jullien y con el apoyo del director de EMI/Pathé  Pierre Burgoin da a luz a Pour Pauwels. En aquella época EMI lo estaba rompiendo en Francia con los discos del joven Julien Clerc, estrella de la versión francesa del exitoso Hair y Bourgoin, que también era su manager, gustaba experimentar con jóvenes talentos más, digamos, arriesgados. Discos conceptuales, temáticos y cuanto más extraños mejor, grabados -loado sea- con los medios suficientes, tanto en tiempo como músicos; Semanas en un estudio, sin límites, con una orquesta, con cuerdas, vientos y metales, piano de cola, clavicordio y cualquier otro instrumento que les apeteciese. 

 Pasado el tiempo y con él las modas y las extravagancias consustanciales a la época, lo que permanece hoy, al menos en quién escribe esto, es su aire melancólico, extrañamente atónito, de una atormentada belleza más próxima a la chanson eléctrica que a los disparates propios de la juventud impresionable. Coros evocadores, desoladora belleza subterránea y el irrefrenable deseo de tener una voz, algo que logra en algunas ocasiones y que aún hoy extraña en alguien tan joven.

Ah, por cierto, casi se me olvidaba. Un par de ejemplos de los primeros pinitos de Guy Skornik de los que les hablaba más arriba. Escuchados ahora, algo ya se intuía, vaya que sí.

CLAUDE LOMBARD Chante

 

Primavera de 1969. Todavía no hace un año que Claude Lombard ha cantado en el Royal Albert Hall de Londres. Ha acudido allí en representación de su país, Bélgica, para participar en el XIII Festival de Eurovisión. La canción que interpreta, “Quand tu reviendras”, queda en séptima posición. Para entonces, la joven huesuda, de frondosa melena rubia y unos impresionantes ojos azules, y que pese a todo ello no puede disimular un cierto aspecto andrógino, tiene ya en su interior el embrión de un portentoso milagro musical, uno de esos que se dan muy raramente y que suelen ser inextricables. No es producto de un mero chispazo de genio -o no tan sólo- sino de algo que adherido a la determinación y la insatisfacción a partes iguales (“… Todo el mundo parecía contento menos yo…”) ha sido largamente madurado en el tiempo. Algo escondido de lo que está a punto de ser plenamente consciente.

 

Nacida en Bruselas en 1945, Claude Lombard ha mamado música desde pequeña. Hija de un músico de jazz y de la pianista, cantante y actriz Claude Alix (quien comenzaría cantando rock and roll bajo el nombre de Rita Roque y que ha actuado, entre otros, con Becaud y Brel), desde adolescente ha tomado clases de piano y de guitarra, de música y de armonía, de contrapunto y de composición. Con 17 años, tras cursar el bachillerato, es la hora de tomar una decisión sobre su futuro. Asunto vital para el que, como es normal, no se siente preparada. Sorprendentemente se decide por los estudios de derecho, toda vez que, para matar el gusanillo artístico, se inscribe en unos cursos de arte dramático. Pronto advertirá que no ha sido la mejor idea.

 

Toma entonces la decisión de ingresar en el ISAC ( Instituto superior de las artes y de la coreografía) de Bruselas. Junto al perfeccionamiento de sus dotes musicales –comienza a ser una pianista y guitarrista competente- aprende interpretación y puesta en escena y se sumerge en todos los pequeños resortes de la producción y del montaje musical. Una vez terminados los estudios debe comenzar a ganarse la vida. Escribe la partitura para una adaptación musical de La espuma de los días de Boris Vian y, junto a su madre, la del musical Flower power. Al mismo tiempo aparece como corista, muchas veces sin acreditar, en multitud de discos. Incluso ha publicado un par de años antes un sencillo en Decca, subida en la ola de la explosión ye-yé que todo lo impregna; En la cara A se halla L’amour de toi , canción compuesta por ella en la que pone música a un texto del poeta Louis Aragon. En la cara B recreará Tout fout tout doux, una balbuceante y agradable bossanova escrita por su madre.

 

Pronto el trabajo comienza a ser ingente, agotador. Lejos de amilanarse, su ritmo imparable consigue ser el acicate definitivo que le hará decidirse por la música, pues le sirve tanto de curso de doctorado para perfeccionar sus aptitudes musicales como de profundización en el conocimiento de los entresijos del estudio de grabación. Será, en definitiva, la culminación de una realización personal y satisfacción íntima, pues por fin siente que ha encontrado su lugar.

 

Decide tomarse definitivamente en serio su carrera musical. Unos cuantos acontecimientos sirven de combustible a esa decisión; Entra a formar parte de Musiques Nouvelles, grupo de música contemporánea y presta su voz a la orquesta de Jazz de la Radio Televisión Belga. Conoce a Pierre Bartholome, por aquel entonces el estandarte de la música contemporánea en Bélgica. Seducido el compositor por su camaleónica voz le ofrece un papel en Laborintus, una ópera de Luciano Berio que se va a estrenar en el Teatro Real de la Moneda de Bruselas. Claude, todavía muy dubitativa sobre su capacidad y su verdadero talento, acepta. Las positivas críticas recibidas parecen insuflarle una cierta confianza en sus cualidades. Como símbolo de una época, todavía poco codificada, de la Ópera de Bruselas pasa al Festival de la Canción Latina del Mundo, celebrado en México, sin solución de continuidad. Acude allí de la mano de su amigo Freddy Zegers (un veterano sumergido en la mística de la bohemia que le acompañará a partir de entonces como autor de los textos de sus canciones) y queda en décimo lugar de cuarenta participantes. El texto, escrito por Zegers, obtiene la medalla de oro. ¿El titulo? Ah, claro. Es Petit frére, la canción que abrirá su futuro primer Lp y lo más parecido a un éxito que tendrá jamás.

El ritmo continua incrementándose. Una serie de sencillos y Eps se suceden; Desde Profond/Les Vieux/Chatelains/A Lars de 20 ans , su debut para Palette (donde coincidirá por primera vez con Willy Albimoor y Roland Kluger) hasta Bains de Mousse/Tendresse de chevet/Aux quatre coins/Jupon Voe, editado por Polydor, ambos en 1967. Todas las canciones están compuestas por ella y escuchadas hoy parecen el pertinente entrenamiento (bossanova, chanson, pop) para lo que está por llegar. También hay una canción, incluida en el sencillo compartido con su amigo Zegers (“Bonjour soleil/ Le rêve, l’artiste… et son dream. Trip into a dream”) que es, sin ningún género de dudas, el más claro y evidente antecedente de lo que nos deparará Claude Lombard chante. Bonjour soleil, que así se titula su canción, es mitad homenaje a la música brasileña, mitad Scat-Jazz juguetón. Bossanova atípica jugando con el órgano y una omnipresente flauta, mientras su voz parece navegar sobre ella, logrando un tobogán de rítmicas proporciones similar al conseguido por France Gall en Zoi Zoi . Para redondearla, unas cuantas pinceladas de efectos de estudio y de ensoñadora electrónica que le otorgarán una etérea sensación de volátil entusiasmo.

Sí, ya va siendo hora de ir a lo que realmente nos ocupa, del disco que tiene usted entre manos, de hablar de Claude Lombard Chante (Disques Jacques Canetti, 1969). ¿Cómo relatar este milagro, cómo explicarlo, si uno no es -ni aspira a ser- un evangelista?. Bien, voy a intentarlo. Imaginémonos por un instante el proceso de composición de un perfume arrebatador. Para ello introduzcamos dentro de una probeta su componente principal e indispensable, la música de Claude Lombard, ligera, inaprensible, pura. Añadamos los textos de Freddy Zegers , sencillos y descriptivos, distantemente impresionistas. Sumémosle a todo ello la dirección musical de Willy Albimoor, la magia de los Estudios Madeleine de Bruselas, el embrión de los futuros RKM studios, donde coincidirían, no me pregunten cómo, una pléyade de talentos y pioneros musicales. Fundados por Roland Kluger y Roger Verbestel, sería algo parecido al cuartel general de discos Palette. Una vez combinado todos los elementos en sus justas proporciones y logrado tan embriagador perfume, es conveniente vestirlo elegantemente, de un modo que le haga la justicia que merece. Para ello ¿Qué mejor que el soberbio diseño de la carpeta?. De un lado la portada, sencilla, en blanco y negro. La fotografía de Claude Lombard en multiexposición, simulando movimiento, difuminada. Su rostro mirando al suelo y su nombre escrito con la caligrafía de Jacques Canetti, innegociable sello de fábrica de todos los discos publicados por su discográfica. Ahora démosle la vuelta y maravillémonos. Disfrutemos de su contraportada; Su figura, de medio cuerpo, a la derecha del lienzo. Oculta bajo diversas figuras geométricas que provocan efectos ópticos y transmiten movimiento. De formas, planos y perspectivas ambiguas. Una obra de arte en si misma, sin acreditar, que tiene una indisimulable influencia en la obra de Victor Vasarely. Una contraportada que es puro Op-art, todo un manifiesto artístico y que en mi opinión hubiese merecido ser la portada.

El disco, íntegramente compuesto por ella y escrito por Zegers, contiene doce canciones. Producido por Roland Kluger en los Estudios Madeleine, cuenta con los arreglos y la dirección musical de Willy Albimoor y con Pierre Dupriez, un ingeniero de sonido que ha trabajado en Philips junto a Roger Verbestel. Comienza con una carta de presentación ligera y agradable, la antes citada Petit frère, una breve introducción de lo que se nos va a regalar. Es esta un embriagador medio tiempo repleto de cuerdas, chanson canónica en apariencia, en la que escuetos y delicados arabescos sonoros dibujan una sensación de ingenua melancolía y ese característico estado de suspensión que flota por todo el disco. Termina y de inmediato, como si tuviese prisa por mostrar todas sus cartas casi desde un principio, surgen las imponentes Polychromes y Les enfants perlè, estandartes de un impecable cosmología sonora, pasado y futuro de la mano. Tan Broadcast avant la lettre como conectadas de un modo invisible con el tropicalismo y la vanguardia electrónica. De los White Noise de David Vorhaus a los experimentos sonoros de la BBC Radiphonic Workshop creados por Delia Derbyshire. Del Roger Webb Sound y su Vocal Patterns a la conexión temporal con la implosión en Francia de sellos de Librería Musical como Editions Montparnasse 2000 (1968) o Musique pour l’image (1967); Robert Viger, Claude Vasori, Janko Nilovic, Roger Roger … un puñado de compañeros de viaje de los que, finalmente, no es otra cosa que colega y en absoluto émula.

 

Porque si una cosa por encima de todas caracteriza a Claude Lombard Chante es su negación en constituirse en mero doppelgänger, su condición de obra misteriosa per se. Una obra que parte de lo recóndito para acabar alcanzando la visibilidad total, que juega con la personificación de la ausencia como presencia absoluta, pues esos son los fundamentos del misterio. Porque más que aspirar a tener una visión panorámica parece empeñada en dedicarse con especial esmero en los detalles aparentemente irrelevantes, esos cuya suma constituye un todo inasible y que terminarán por conferirle un estatus único. Utiliza y combina, como medio y no como un fin, casi cualquier tipo de gadget sonoro a su alcance; Eco, Reverb, delay, osciladores, líneas de bajo andantes, los chimes o carillones, electrónica analógica, percusiones … Todo son colores en su paleta, instrumentos conminados al logro del fin último, la canción. Incorpora incluso las Ondas Matenot, (impresionante su empleo en L’arbre et l’oiseau) un instrumento compuesto por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia, que ya han utilizado con profusión Varese o Boulez y que se caracteriza por una cierta similitud con el Theremin y, sobre todo, por ser bastante más preciso y controlable.

La sucesión de hallazgos sonoros es cuanto menos sorprendente; Midi antecede y concentra en tres minutos escasos el corpus de lo que será la obra de Stereolab. L’usine semeja a Brel instalado en un beat lo-fi de Can .Les musiciens, parece chanson espacial, si acaso ese término existiese, extraída del Moon gas de Dick Hyman & Mary Mayo. Sleep well es una nana futurista de la que ha bebido (via Echo’s answer aseguraría) al menos medio catálogo del sello Ghost Box.

Junto a ellas, otras que parecen servir como interludio o reposo; Bossanova fosforescente a-lá Jean Jacques Perrey en La Coupe. Copacabana, Samba y batucada en La Camarde, un poco al estilo de Michel Legrand en Soleil a vendre o Les baladeurs du siècle d’aujourd’hui. Chanson melancólica de clásica resolución en Les Vieux comptoirs o Mais…  Todo parece casar perfectamente, de manera tan aparentemente involuntaria como de perfecta resolución. Por un lado lo raro, lo extravagante, lo desconocido, lo seminal y lo místico. Por otro el concepto de canción, su persecución y su logro. Ambos ensamblados con perfecta naturalidad y respetando la obra final, la canción. Adelantándose unas cuantas décadas –diría que creando, si no fuese muy atrevido por mi parte- al concepto Hauntological, tan en boga en el cambio de siglo.

Claude Lombard chante no es un disco vanidoso o exhibicionista, no es en absoluto presuntuoso ni mucho menos avasallador. No pretende sentar ninguna base ni convertirse en ningún canon, más bien al contrario, es un disco grandiosamente pequeño. Rezuma libertad y está dotado de un estado de perenne magia que, de acuerdo, puede ostentar un cierto halo visionario. Pero es, sobre todo, es un disco humilde y personal, entusiasta y exuberantemente optimista. Un disco que une su devoción por la música brasileña con la electrónica experimental. Recorre los recuerdos de la infancia y la ilustración musical sonora para, partiendo de lo personal, abrazar lo colectivo. Un disco que es aventura y escondite, arcano profundo y futuro imaginado. Un disco que siendo a la vez cuadro y fotografía termina por ser, sobre todo, la cartografía de la ensoñación.

Sería un hermoso canto del cisne. Después una extraña mutación. El silencio. Otro disco en 1979, un trabajo estable como corista de Charles Aznavour (quién incluiría en su repertorio alguna de sus canciones como Les Musiciens) y una carrera dedicada a interpretar canciones para series de televisión de dibujos animados y a trabajar como actriz de doblaje. Hasta hoy.

Resulta curioso como la música y las palabras escritas por otros –individuos en ocasiones cercanos y en otras muy distantes a nosotros, tanto en espíritu como sentir- una vez desprovistas de sus abalorios y tomada solo su espina dorsal, pueden describir lo que somos -o aquello que aspiramos a ser- de manera más diáfana que aquellas pronunciadas por uno mismo. Pueden hacerlo de muy variadas formas, poliédricamente. Unas veces de manera transparente, dotadas de una nitidez sencilla y exacta. Otras, en cambio, de un modo tan lacerante como la peor de las decepciones. Pueden surgir de manera involuntaria, como mera consecuencia de la casualidad y también como objeto de un plan detallado. Pero, vengan de donde vengan, deben siempre partir del entusiasmo y del sentir. Del afán por comprender y de la curiosidad, del riesgo y de la determinación. Sostiene uno que de ser así y que, en las escasas ocasiones en que se de el prodigio, refulgirán inmortales, como un reflejo extrañamente fidedigno de los avatares y destinos a los que la vida termina conduciéndonos. Claude Lombard lo consiguió. Una vez. Fue suficiente.

 

* Claude Lombard Chante fue publicado originalmente por Disques Jacques Canetti en 1969. Disques Sommor lo ha reeditado en el 2017 incluyendo estas notas por mi escritas.

SERGE GAINSBOURG Rock around the bunker

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La grabación de su nuevo álbum le llevará tan solo una semana, a finales de 1974, y de nuevo en los estudios Phonogram de Londres, con Alan Hawkshaw y su equipo. Incluirá algo que no había hecho desde “Initials B.B.”: tres coristas femeninas.

Brian Odgers: “… Otros nos hacían repetir las tomas hasta veinte o treinta veces. Serge en cambio iba a lo esencial, aceptaba generalmente las primeras. Para “Rock around the bunker” trabajamos exactamente cuatro días, de diez de la mañana a diez de la noche. Enseguida incluyó las voces y se hicieron las mezclas. El último día, como habíamos terminado antes de lo previsto, con el propósito de mejorar algunas canciones, en realidad para hacernos ganar algo más de dinero, algo muy atento por su parte, encontró la excusa para prolongarlo un par de días más…”

“… ¿Eres siempre así o sólo en la televisión?…”

¿Hasta donde quería llegar?. Ni el mismo llegaría a saberlo. Con la salida de “Rock around the bunker” en febrero de 1975, vemos que incluso los fans están decepcionados, consternados, completamente sobrepasados por este disco arisco, tormentoso. Gainsbourg y su sempiterna provocación, no solo ha querido tocar algo sensible, aturdiendo conciencias, sino que ha querido reabrir una herida, no del todo cerrada, para que los hipócritas se sientan ofendidos. Ya había precedentes, otros que habían osado jugar con la imaginería nazi con una voluntad evidente de provocación; Liliana Cavani con la dependiente y parasitaria relación de sus personajes en “Portero de noche”, la cruz gamada al brazo en “The Rocky horror Picture show”. Pero Gainsbourg navegará en ese mar con el deleite del adicto y un humor devastador. Evitará también el mórbido recreo, revistiéndolo de un traje accesible, casi la historia de un personaje corriente. El hijo de un emigrante ruso judío, que había portado la estrella de David al brazo durante la guerra, se lo podía permitir.

“Nazi rock” habría sido un título mucho más apropiado que “Rock around the búnker”, pero en el último momento parece asustarse.

Jacky Jackubowicz: “… Antes de ser presentador en Televisión fui delegado de prensa en Polygram. Trabajé para ellos desde 1973 hasta 1980. Me ocupaba sobre todo de Gainsbourg y también a veces de Alain Bashung, dos artistas tenidos por difíciles. Los programadores de radio se negaban a emitir sus discos. Para “Vu de l’extérieur” la promoción ya había sido complicada pero para “Rock around the bunker” fue de todo punto imposible…”

La historia, no se puede negar, es atractiva; En su bunker, Adolf/Serge enloquece a causa de la escucha continua del clásico “Smoke gets in your eyes”, la canción americana favorita de su amada Eva Braun. “Eva” recrea la pasión de un monstruo humano, Adolf, ansioso por fornicar con su amada, de poseerla sin descanso, al son del clásico de los Platters. Convertido en un crooner atípico revisa el cancionero americano. Mezcla rock clásico -bueno, todo lo clásico que Gainsbourg pudiera ser- con recuerdos de una infancia transcurrida en la guerra y una historia ambientada entre el nazismo, la pasión y los restos del naufragio. Será algo que removerá conciencias (“Nazi rock” o la larga noche de los cuchillos largos y la inacción que desembocó en la catástrofe), revolverá estómagos (“Yellow star” o la estrella amarilla como autoconcedido premio infantil que le aisle de la barbarie y el dolor) y revivirá el olvido. “Zig zag avec toi”, otro mas de sus prosódicos ejercicios de estilo, (aquellos que cimentaron la polémica con Guy Béart a propósito de la rima consonante y la rima vocal, asunto tan francés que se nos escapa) esta vez en “Z”, al igual que “Est-ce est-ce si bon”, ahora una aliteración en “S”. El humor como dique y distancia ante la tragedia. La banalización del mal, tal como escribía Hanna Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, como algo que lo hará más inexplicable aún si cabe.

Volviendo al asunto, no se me ocurre mejor ilustración de esa banalización del mal que “S.S. in Uruguay”, la canción que cierra el disco, otra muestra más de su ingenio, mordaz y cínico en apariencia, pero que esconde una capacidad de síntesis y clarividencia extraordinaria, a la vez que dolor y memoria. Tan sólo el humor nos puede salvar del recuerdo.

“… S.S. en Uruguay, 
bajo un sombreo de paja,
me tomo un zumo de papaya
con pajita.

S.S. en Uruguay,
bajo el sol agradable,
los recuerdos me asaltan,
ay, ay, ay.

Y aún hay toca huevos,
que hablan de extradición,
pero a mi no me importa
pagar la cuenta.

S.S. en Uruguay,
yo no era más que un hombre de paja,
pero temo a las represalias
allá donde vaya.

S.S. en Uruguay,
Ya tengo aquí a los acusadores
Que me obedecían cuando alzaba la mano
Heil! A sus ordenes…”

Serge Gainsbourg: “… Este disco es un exorcismo para mi; me acuerdo de las coristas inglesas, cuando salían del estudio deseándome buena suerte. Ya habían adivinado que eso no iba a ser posible. Había pulsado el detonador…aunque en realidad a mi me sonase como el sonido del descorchar el champagne…”

Dando rienda suelta a su talento provocador y controvertido, abona el terreno a quienes le esperan con las escopetas cargadas. Algunas declaraciones muestran sin ambages que la mezcla de ficción y realidad va a ser una combinación explosiva para la pacata sociedad burguesa de la época, de todas las épocas. Es su realidad, y los vestigios de la infancia de un niño judío en la Francia ocupada, la que parece revivir, prendiendo su ya de por si incendiaria retórica.

”  … Prefiero la masacre. Es más vigorizante. Me hubiera gustado ser terrorista. Si lo hubiese hecho habría viajado a América del sur para exterminar a los viejos nazis. También me daría una vuelta por España. Hay un antiguo comisario de asuntos judíos, un aristócrata francés que vive allí, tan tranquilo. Pidió su vuelta tras la muerte de Pompidou. Es un viejo pretencioso, una bala en el estomago no le iría mal. Si volviese a Francia compraría un pistola y se la vaciaría entera. En 1940 yo tenía once años y es mi único recuerdo de entonces. No se puede volver a permitir eso. Si los nazis vuelven al poder, les advierto que yo fui tirador de élite con la metralleta en 1948. Solo sería cuestión de volver a practicar…” (Se refiere a Darquier de Pellepoix, comisario de asuntos judíos con el gobierno de Vichy, refugiado en España después de la guerra, que nunca fue perseguido ni condenado y murió placidamente en 1978).

Sigamos con el licor: “ … Faltan “Mouvement Odessa” y “Le silence du pape”, pero me cansé. Las escribí pero no las quise grabar. Me dije que no valía la pena remover toda esa mierda. El rock, si quieres, tiene una estructura agresiva. Por eso pensaba que casarían bien. No es más que un juego. Visualmente seria impresionante…”

No es un disco fácil en absoluto. Los fantasmas del pasado nunca lo son. Diría que incluso es un disco a veces desagradable, a medio hacer. Un disco que hace dudar.  Al final no otra cosa que Punk avant del punk.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000)