CLAUDE LOMBARD Chante

 

Primavera de 1969. Todavía no hace un año que Claude Lombard ha cantado en el Royal Albert Hall de Londres. Ha acudido allí en representación de su país, Bélgica, para participar en el XIII Festival de Eurovisión. La canción que interpreta, “Quand tu reviendras”, queda en séptima posición. Para entonces, la joven huesuda, de frondosa melena rubia y unos impresionantes ojos azules, y que pese a todo ello no puede disimular un cierto aspecto andrógino, tiene ya en su interior el embrión de un portentoso milagro musical, uno de esos que se dan muy raramente y que suelen ser inextricables. No es producto de un mero chispazo de genio -o no tan sólo- sino de algo que adherido a la determinación y la insatisfacción a partes iguales (“… Todo el mundo parecía contento menos yo…”) ha sido largamente madurado en el tiempo. Algo escondido de lo que está a punto de ser plenamente consciente.

 

Nacida en Bruselas en 1945, Claude Lombard ha mamado música desde pequeña. Hija de un músico de jazz y de la pianista, cantante y actriz Claude Alix (quien comenzaría cantando rock and roll bajo el nombre de Rita Roque y que ha actuado, entre otros, con Becaud y Brel), desde adolescente ha tomado clases de piano y de guitarra, de música y de armonía, de contrapunto y de composición. Con 17 años, tras cursar el bachillerato, es la hora de tomar una decisión sobre su futuro. Asunto vital para el que, como es normal, no se siente preparada. Sorprendentemente se decide por los estudios de derecho, toda vez que, para matar el gusanillo artístico, se inscribe en unos cursos de arte dramático. Pronto advertirá que no ha sido la mejor idea.

 

Toma entonces la decisión de ingresar en el ISAC ( Instituto superior de las artes y de la coreografía) de Bruselas. Junto al perfeccionamiento de sus dotes musicales –comienza a ser una pianista y guitarrista competente- aprende interpretación y puesta en escena y se sumerge en todos los pequeños resortes de la producción y del montaje musical. Una vez terminados los estudios debe comenzar a ganarse la vida. Escribe la partitura para una adaptación musical de La espuma de los días de Boris Vian y, junto a su madre, la del musical Flower power. Al mismo tiempo aparece como corista, muchas veces sin acreditar, en multitud de discos. Incluso ha publicado un par de años antes un sencillo en Decca, subida en la ola de la explosión ye-yé que todo lo impregna; En la cara A se halla L’amour de toi , canción compuesta por ella en la que pone música a un texto del poeta Louis Aragon. En la cara B recreará Tout fout tout doux, una balbuceante y agradable bossanova escrita por su madre.

 

Pronto el trabajo comienza a ser ingente, agotador. Lejos de amilanarse, su ritmo imparable consigue ser el acicate definitivo que le hará decidirse por la música, pues le sirve tanto de curso de doctorado para perfeccionar sus aptitudes musicales como de profundización en el conocimiento de los entresijos del estudio de grabación. Será, en definitiva, la culminación de una realización personal y satisfacción íntima, pues por fin siente que ha encontrado su lugar.

 

Decide tomarse definitivamente en serio su carrera musical. Unos cuantos acontecimientos sirven de combustible a esa decisión; Entra a formar parte de Musiques Nouvelles, grupo de música contemporánea y presta su voz a la orquesta de Jazz de la Radio Televisión Belga. Conoce a Pierre Bartholome, por aquel entonces el estandarte de la música contemporánea en Bélgica. Seducido el compositor por su camaleónica voz le ofrece un papel en Laborintus, una ópera de Luciano Berio que se va a estrenar en el Teatro Real de la Moneda de Bruselas. Claude, todavía muy dubitativa sobre su capacidad y su verdadero talento, acepta. Las positivas críticas recibidas parecen insuflarle una cierta confianza en sus cualidades. Como símbolo de una época, todavía poco codificada, de la Ópera de Bruselas pasa al Festival de la Canción Latina del Mundo, celebrado en México, sin solución de continuidad. Acude allí de la mano de su amigo Freddy Zegers (un veterano sumergido en la mística de la bohemia que le acompañará a partir de entonces como autor de los textos de sus canciones) y queda en décimo lugar de cuarenta participantes. El texto, escrito por Zegers, obtiene la medalla de oro. ¿El titulo? Ah, claro. Es Petit frére, la canción que abrirá su futuro primer Lp y lo más parecido a un éxito que tendrá jamás.

El ritmo continua incrementándose. Una serie de sencillos y Eps se suceden; Desde Profond/Les Vieux/Chatelains/A Lars de 20 ans , su debut para Palette (donde coincidirá por primera vez con Willy Albimoor y Roland Kluger) hasta Bains de Mousse/Tendresse de chevet/Aux quatre coins/Jupon Voe, editado por Polydor, ambos en 1967. Todas las canciones están compuestas por ella y escuchadas hoy parecen el pertinente entrenamiento (bossanova, chanson, pop) para lo que está por llegar. También hay una canción, incluida en el sencillo compartido con su amigo Zegers (“Bonjour soleil/ Le rêve, l’artiste… et son dream. Trip into a dream”) que es, sin ningún género de dudas, el más claro y evidente antecedente de lo que nos deparará Claude Lombard chante. Bonjour soleil, que así se titula su canción, es mitad homenaje a la música brasileña, mitad Scat-Jazz juguetón. Bossanova atípica jugando con el órgano y una omnipresente flauta, mientras su voz parece navegar sobre ella, logrando un tobogán de rítmicas proporciones similar al conseguido por France Gall en Zoi Zoi . Para redondearla, unas cuantas pinceladas de efectos de estudio y de ensoñadora electrónica que le otorgarán una etérea sensación de volátil entusiasmo.

Sí, ya va siendo hora de ir a lo que realmente nos ocupa, del disco que tiene usted entre manos, de hablar de Claude Lombard Chante (Disques Jacques Canetti, 1969). ¿Cómo relatar este milagro, cómo explicarlo, si uno no es -ni aspira a ser- un evangelista?. Bien, voy a intentarlo. Imaginémonos por un instante el proceso de composición de un perfume arrebatador. Para ello introduzcamos dentro de una probeta su componente principal e indispensable, la música de Claude Lombard, ligera, inaprensible, pura. Añadamos los textos de Freddy Zegers , sencillos y descriptivos, distantemente impresionistas. Sumémosle a todo ello la dirección musical de Willy Albimoor, la magia de los Estudios Madeleine de Bruselas, el embrión de los futuros RKM studios, donde coincidirían, no me pregunten cómo, una pléyade de talentos y pioneros musicales. Fundados por Roland Kluger y Roger Verbestel, sería algo parecido al cuartel general de discos Palette. Una vez combinado todos los elementos en sus justas proporciones y logrado tan embriagador perfume, es conveniente vestirlo elegantemente, de un modo que le haga la justicia que merece. Para ello ¿Qué mejor que el soberbio diseño de la carpeta?. De un lado la portada, sencilla, en blanco y negro. La fotografía de Claude Lombard en multiexposición, simulando movimiento, difuminada. Su rostro mirando al suelo y su nombre escrito con la caligrafía de Jacques Canetti, innegociable sello de fábrica de todos los discos publicados por su discográfica. Ahora démosle la vuelta y maravillémonos. Disfrutemos de su contraportada; Su figura, de medio cuerpo, a la derecha del lienzo. Oculta bajo diversas figuras geométricas que provocan efectos ópticos y transmiten movimiento. De formas, planos y perspectivas ambiguas. Una obra de arte en si misma, sin acreditar, que tiene una indisimulable influencia en la obra de Victor Vasarely. Una contraportada que es puro Op-art, todo un manifiesto artístico y que en mi opinión hubiese merecido ser la portada.

El disco, íntegramente compuesto por ella y escrito por Zegers, contiene doce canciones. Producido por Roland Kluger en los Estudios Madeleine, cuenta con los arreglos y la dirección musical de Willy Albimoor y con Pierre Dupriez, un ingeniero de sonido que ha trabajado en Philips junto a Roger Verbestel. Comienza con una carta de presentación ligera y agradable, la antes citada Petit frère, una breve introducción de lo que se nos va a regalar. Es esta un embriagador medio tiempo repleto de cuerdas, chanson canónica en apariencia, en la que escuetos y delicados arabescos sonoros dibujan una sensación de ingenua melancolía y ese característico estado de suspensión que flota por todo el disco. Termina y de inmediato, como si tuviese prisa por mostrar todas sus cartas casi desde un principio, surgen las imponentes Polychromes y Les enfants perlè, estandartes de un impecable cosmología sonora, pasado y futuro de la mano. Tan Broadcast avant la lettre como conectadas de un modo invisible con el tropicalismo y la vanguardia electrónica. De los White Noise de David Vorhaus a los experimentos sonoros de la BBC Radiphonic Workshop creados por Delia Derbyshire. Del Roger Webb Sound y su Vocal Patterns a la conexión temporal con la implosión en Francia de sellos de Librería Musical como Editions Montparnasse 2000 (1968) o Musique pour l’image (1967); Robert Viger, Claude Vasori, Janko Nilovic, Roger Roger … un puñado de compañeros de viaje de los que, finalmente, no es otra cosa que colega y en absoluto émula.

 

Porque si una cosa por encima de todas caracteriza a Claude Lombard Chante es su negación en constituirse en mero doppelgänger, su condición de obra misteriosa per se. Una obra que parte de lo recóndito para acabar alcanzando la visibilidad total, que juega con la personificación de la ausencia como presencia absoluta, pues esos son los fundamentos del misterio. Porque más que aspirar a tener una visión panorámica parece empeñada en dedicarse con especial esmero en los detalles aparentemente irrelevantes, esos cuya suma constituye un todo inasible y que terminarán por conferirle un estatus único. Utiliza y combina, como medio y no como un fin, casi cualquier tipo de gadget sonoro a su alcance; Eco, Reverb, delay, osciladores, líneas de bajo andantes, los chimes o carillones, electrónica analógica, percusiones … Todo son colores en su paleta, instrumentos conminados al logro del fin último, la canción. Incorpora incluso las Ondas Matenot, (impresionante su empleo en L’arbre et l’oiseau) un instrumento compuesto por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia, que ya han utilizado con profusión Varese o Boulez y que se caracteriza por una cierta similitud con el Theremin y, sobre todo, por ser bastante más preciso y controlable.

La sucesión de hallazgos sonoros es cuanto menos sorprendente; Midi antecede y concentra en tres minutos escasos el corpus de lo que será la obra de Stereolab. L’usine semeja a Brel instalado en un beat lo-fi de Can .Les musiciens, parece chanson espacial, si acaso ese término existiese, extraída del Moon gas de Dick Hyman & Mary Mayo. Sleep well es una nana futurista de la que ha bebido (via Echo’s answer aseguraría) al menos medio catálogo del sello Ghost Box.

Junto a ellas, otras que parecen servir como interludio o reposo; Bossanova fosforescente a-lá Jean Jacques Perrey en La Coupe. Copacabana, Samba y batucada en La Camarde, un poco al estilo de Michel Legrand en Soleil a vendre o Les baladeurs du siècle d’aujourd’hui. Chanson melancólica de clásica resolución en Les Vieux comptoirs o Mais…  Todo parece casar perfectamente, de manera tan aparentemente involuntaria como de perfecta resolución. Por un lado lo raro, lo extravagante, lo desconocido, lo seminal y lo místico. Por otro el concepto de canción, su persecución y su logro. Ambos ensamblados con perfecta naturalidad y respetando la obra final, la canción. Adelantándose unas cuantas décadas –diría que creando, si no fuese muy atrevido por mi parte- al concepto Hauntological, tan en boga en el cambio de siglo.

Claude Lombard chante no es un disco vanidoso o exhibicionista, no es en absoluto presuntuoso ni mucho menos avasallador. No pretende sentar ninguna base ni convertirse en ningún canon, más bien al contrario, es un disco grandiosamente pequeño. Rezuma libertad y está dotado de un estado de perenne magia que, de acuerdo, puede ostentar un cierto halo visionario. Pero es, sobre todo, es un disco humilde y personal, entusiasta y exuberantemente optimista. Un disco que une su devoción por la música brasileña con la electrónica experimental. Recorre los recuerdos de la infancia y la ilustración musical sonora para, partiendo de lo personal, abrazar lo colectivo. Un disco que es aventura y escondite, arcano profundo y futuro imaginado. Un disco que siendo a la vez cuadro y fotografía termina por ser, sobre todo, la cartografía de la ensoñación.

Sería un hermoso canto del cisne. Después una extraña mutación. El silencio. Otro disco en 1979, un trabajo estable como corista de Charles Aznavour (quién incluiría en su repertorio alguna de sus canciones como Les Musiciens) y una carrera dedicada a interpretar canciones para series de televisión de dibujos animados y a trabajar como actriz de doblaje. Hasta hoy.

Resulta curioso como la música y las palabras escritas por otros –individuos en ocasiones cercanos y en otras muy distantes a nosotros, tanto en espíritu como sentir- una vez desprovistas de sus abalorios y tomada solo su espina dorsal, pueden describir lo que somos -o aquello que aspiramos a ser- de manera más diáfana que aquellas pronunciadas por uno mismo. Pueden hacerlo de muy variadas formas, poliédricamente. Unas veces de manera transparente, dotadas de una nitidez sencilla y exacta. Otras, en cambio, de un modo tan lacerante como la peor de las decepciones. Pueden surgir de manera involuntaria, como mera consecuencia de la casualidad y también como objeto de un plan detallado. Pero, vengan de donde vengan, deben siempre partir del entusiasmo y del sentir. Del afán por comprender y de la curiosidad, del riesgo y de la determinación. Sostiene uno que de ser así y que, en las escasas ocasiones en que se de el prodigio, refulgirán inmortales, como un reflejo extrañamente fidedigno de los avatares y destinos a los que la vida termina conduciéndonos. Claude Lombard lo consiguió. Una vez. Fue suficiente.

 

* Claude Lombard Chante fue publicado originalmente por Disques Jacques Canetti en 1969. Disques Sommor lo ha reeditado en el 2017 incluyendo estas notas por mi escritas.
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SERGE GAINSBOURG Rock around the bunker

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La grabación de su nuevo álbum le llevará tan solo una semana, a finales de 1974, y de nuevo en los estudios Phonogram de Londres, con Alan Hawkshaw y su equipo. Incluirá algo que no había hecho desde “Initials B.B.”: tres coristas femeninas.

Brian Odgers: “… Otros nos hacían repetir las tomas hasta veinte o treinta veces. Serge en cambio iba a lo esencial, aceptaba generalmente las primeras. Para “Rock around the bunker” trabajamos exactamente cuatro días, de diez de la mañana a diez de la noche. Enseguida incluyó las voces y se hicieron las mezclas. El último día, como habíamos terminado antes de lo previsto, con el propósito de mejorar algunas canciones, en realidad para hacernos ganar algo más de dinero, algo muy atento por su parte, encontró la excusa para prolongarlo un par de días más…”

“… ¿Eres siempre así o sólo en la televisión?…”

¿Hasta donde quería llegar?. Ni el mismo llegaría a saberlo. Con la salida de “Rock around the bunker” en febrero de 1975, vemos que incluso los fans están decepcionados, consternados, completamente sobrepasados por este disco arisco, tormentoso. Gainsbourg y su sempiterna provocación, no solo ha querido tocar algo sensible, aturdiendo conciencias, sino que ha querido reabrir una herida, no del todo cerrada, para que los hipócritas se sientan ofendidos. Ya había precedentes, otros que habían osado jugar con la imaginería nazi con una voluntad evidente de provocación; Liliana Cavani con la dependiente y parasitaria relación de sus personajes en “Portero de noche”, la cruz gamada al brazo en “The Rocky horror Picture show”. Pero Gainsbourg navegará en ese mar con el deleite del adicto y un humor devastador. Evitará también el mórbido recreo, revistiéndolo de un traje accesible, casi la historia de un personaje corriente. El hijo de un emigrante ruso judío, que había portado la estrella de David al brazo durante la guerra, se lo podía permitir.

“Nazi rock” habría sido un título mucho más apropiado que “Rock around the búnker”, pero en el último momento parece asustarse.

Jacky Jackubowicz: “… Antes de ser presentador en Televisión fui delegado de prensa en Polygram. Trabajé para ellos desde 1973 hasta 1980. Me ocupaba sobre todo de Gainsbourg y también a veces de Alain Bashung, dos artistas tenidos por difíciles. Los programadores de radio se negaban a emitir sus discos. Para “Vu de l’extérieur” la promoción ya había sido complicada pero para “Rock around the bunker” fue de todo punto imposible…”

La historia, no se puede negar, es atractiva; En su bunker, Adolf/Serge enloquece a causa de la escucha continua del clásico “Smoke gets in your eyes”, la canción americana favorita de su amada Eva Braun. “Eva” recrea la pasión de un monstruo humano, Adolf, ansioso por fornicar con su amada, de poseerla sin descanso, al son del clásico de los Platters. Convertido en un crooner atípico revisa el cancionero americano. Mezcla rock clásico -bueno, todo lo clásico que Gainsbourg pudiera ser- con recuerdos de una infancia transcurrida en la guerra y una historia ambientada entre el nazismo, la pasión y los restos del naufragio. Será algo que removerá conciencias (“Nazi rock” o la larga noche de los cuchillos largos y la inacción que desembocó en la catástrofe), revolverá estómagos (“Yellow star” o la estrella amarilla como autoconcedido premio infantil que le aisle de la barbarie y el dolor) y revivirá el olvido. “Zig zag avec toi”, otro mas de sus prosódicos ejercicios de estilo, (aquellos que cimentaron la polémica con Guy Béart a propósito de la rima consonante y la rima vocal, asunto tan francés que se nos escapa) esta vez en “Z”, al igual que “Est-ce est-ce si bon”, ahora una aliteración en “S”. El humor como dique y distancia ante la tragedia. La banalización del mal, tal como escribía Hanna Arendt en “Eichmann en Jerusalén”, como algo que lo hará más inexplicable aún si cabe.

Volviendo al asunto, no se me ocurre mejor ilustración de esa banalización del mal que “S.S. in Uruguay”, la canción que cierra el disco, otra muestra más de su ingenio, mordaz y cínico en apariencia, pero que esconde una capacidad de síntesis y clarividencia extraordinaria, a la vez que dolor y memoria. Tan sólo el humor nos puede salvar del recuerdo.

“… S.S. en Uruguay, 
bajo un sombreo de paja,
me tomo un zumo de papaya
con pajita.

S.S. en Uruguay,
bajo el sol agradable,
los recuerdos me asaltan,
ay, ay, ay.

Y aún hay toca huevos,
que hablan de extradición,
pero a mi no me importa
pagar la cuenta.

S.S. en Uruguay,
yo no era más que un hombre de paja,
pero temo a las represalias
allá donde vaya.

S.S. en Uruguay,
Ya tengo aquí a los acusadores
Que me obedecían cuando alzaba la mano
Heil! A sus ordenes…”

Serge Gainsbourg: “… Este disco es un exorcismo para mi; me acuerdo de las coristas inglesas, cuando salían del estudio deseándome buena suerte. Ya habían adivinado que eso no iba a ser posible. Había pulsado el detonador…aunque en realidad a mi me sonase como el sonido del descorchar el champagne…”

Dando rienda suelta a su talento provocador y controvertido, abona el terreno a quienes le esperan con las escopetas cargadas. Algunas declaraciones muestran sin ambages que la mezcla de ficción y realidad va a ser una combinación explosiva para la pacata sociedad burguesa de la época, de todas las épocas. Es su realidad, y los vestigios de la infancia de un niño judío en la Francia ocupada, la que parece revivir, prendiendo su ya de por si incendiaria retórica.

”  … Prefiero la masacre. Es más vigorizante. Me hubiera gustado ser terrorista. Si lo hubiese hecho habría viajado a América del sur para exterminar a los viejos nazis. También me daría una vuelta por España. Hay un antiguo comisario de asuntos judíos, un aristócrata francés que vive allí, tan tranquilo. Pidió su vuelta tras la muerte de Pompidou. Es un viejo pretencioso, una bala en el estomago no le iría mal. Si volviese a Francia compraría un pistola y se la vaciaría entera. En 1940 yo tenía once años y es mi único recuerdo de entonces. No se puede volver a permitir eso. Si los nazis vuelven al poder, les advierto que yo fui tirador de élite con la metralleta en 1948. Solo sería cuestión de volver a practicar…” (Se refiere a Darquier de Pellepoix, comisario de asuntos judíos con el gobierno de Vichy, refugiado en España después de la guerra, que nunca fue perseguido ni condenado y murió placidamente en 1978).

Sigamos con el licor: “ … Faltan “Mouvement Odessa” y “Le silence du pape”, pero me cansé. Las escribí pero no las quise grabar. Me dije que no valía la pena remover toda esa mierda. El rock, si quieres, tiene una estructura agresiva. Por eso pensaba que casarían bien. No es más que un juego. Visualmente seria impresionante…”

No es un disco fácil en absoluto. Los fantasmas del pasado nunca lo son. Diría que incluso es un disco a veces desagradable, a medio hacer. Un disco que hace dudar.  Al final no otra cosa que Punk avant del punk.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000)

SERGE GAINSBOURG L’homme à tête de chou

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Primavera de 1976. Unos años atrás Serge había adquirido, en una galería de la calle Lille,  en el 7eme, junto al Musée d’Orsay, una escultura de Claude Lalanne. Se titulaba “L’homme à tête de chou” y representaba a un hombre desnudo que tenía por cabeza una planta carnosa de la especie de las crucíferas, una coliflor.

Serge Gainsbourg:  “… Me crucé con “L’homme a tête de chou” en el escaparate de una galería de arte contemporáneo. Volví varias veces sobre mis pasos, hipnotizado. Entré, pagué en efectivo y pedí que la enviaran a mi casa. Al principio, el dueño de la galería, tomándome por un loco, hizo mala cara, desconfiando. Pero pronto se ablandó y se decidió a contarme la historia de la obra. Una historia de amor fou de un periodista maduro enamorado de una muchacha atractiva. Una muchacha que trabajaba lavando el pelo en una peluquería, una “shampouineuse” que finalmente, acaba poniéndole los cuernos con el primer rocker con el que se cruza, tan insultantemente joven como ella. El hombre cae poco a poco en la locura, hasta perder la cabeza completamente. Enloquecido por los celos, termina matándola a golpes de extintor en el pasillo de cualquier lugar…”

Claude Lalanne: “… Hacía apenas cinco días que había terminado la obra y ya se marchaba de mi lado. Me puse muy contenta cuando me enteré de quién la había adquirido, le admiraba mucho. Poco después Serge me telefoneó para pedirme si accedía a que fotografiase la estatua para la portada de su próximo disco. Le dije que sí, y como agradecimiento, me invitó al estudio de grabación para que escuchase “l’homme à tête de chou” antes de su publicación. Fue una premiere íntima y privada …”

Su nuevo disco sale tan solo cinco meses después del estreno de su película “Je t’aime moi non plus” con Jane Birkin y Joe d’Alessandro de protagonistas. En tan solo seis días graban la música en Londres. La mezcla se hará a finales de septiembre, en el Estudio des Dames de París. Los arreglos son encargados al fiel Alan Hawkshaw. La dirección artística al ya indispensable Philippe Lerichomme. Sin evitar la tensión, parte inevitable de la creación, en particular de la suya, Serge aborda la realización de este nuevo disco de una manera radicalmente diferente.

Philippe Lerichomme: “… L’homme à tête de chou” es un disco conceptual. Muy personal, sin concesiones, con sorprendentes ejercicios de estilo, un trabajo casi artesanal. Tiene hallazgos como la introducción del Talk over -la voz hablada, por encima del ritmo y la melodía- algo que se convertirá en habitual en su obra a partir de entonces. Serge sabía como nadie encajar las palabras. Tenía un sentido del ritmo que aún hoy me maravilla. Para este disco había ajustado los textos al máximo. Los había escrito antes de ponerles la música, contrariamente a lo habitual…”

El álbum sale a la venta a finales de 1976. Inmediatamente es aclamado por la crítica como una obra maestra. Incluso la incipiente generación pre-punk francesa, que tenía a Gainsbourg casi por un hermano de sangre, muestra su placet hacia algo, musicalmente, tan lejano de su ideario. Comercialmente, en cambio, deja claro que la época triunfal de Gainsbourg ya ha pasado.

Es el disco de Gainsbourg con el que más he disfrutado. Todo un viaje a otro lugar, otra realidad. Las músicas que crea son atemporales, ni pretéritas ni futuras, una especie de agujero negro insondable. Una vez más Gainsbourg va dos -tres, cien- pasos por delante. Toda esa melangé de cinemática, sonidos electrónicos y bases rítmicas escleróticas que se vino a llamar hace unos años trip-hop salen de ahí: Austeras, minimalistas, concisas, con mucha más alma de la atribuida y de una riqueza y polisemia intrigante. Diríase que el espíritu de Vannier ha vuelto y con él, Serge ha vuelto también al redil. Desde su presentación, con esa frase lúcida y desengañada de “Yo soy el hombre de la cabeza de coliflor, mitad verdura, mitad muchacho” hasta el “Los parásitos de Radio Pulga, han difuminado mis señales de locura, yo era tuyo, Marilu” de “Lunatic asylum”, todo el disco, con Gainsbourg como narrador en primera persona, nos sumerge en una tragedia clásica con los inherentes toques de humor marca de la casa, una realidad paralela que recrea los estados de la vida y del amor. La atracción y la conquista, la seducción y los celos, la pasión y la locura.

El tintineo de las campanillas sobre la puerta que anuncian la entrada de nuestro hombre en “Chez Max, coiffeur pour hommes”, presenta, en un necesariamente sórdido escenario, el encuentro fatal entre los protagonistas de la parábola. Marilou en Casa Max, el personaje realmente principal, hablando en primera persona, seducido por el deseo. De inmediato advertiremos que el citado personaje masculino en realidad no es otra cosa que un trasunto idealizado -mejor, atormentado- de Gainsbourg. O de Gainsbarre. De ambos muy probablemente. Surge la pasión, la idealización de la mujer ansiada, el sexo imaginado, el deseado, el salvajemente practicado, sin circunloquios ni concesiones. Delira, divaga, nos muestra a Marilu y le consagra dos canciones ribeteadas del fulgor inicial del amor: “Marilou reggae”, la seducción,  y “Transit a Marilu” , la cópula.

Pero Marilou, la ninfa ninfómana, resulta tener querencia a la infidelidad. En lo mas profundo de su subconsciente recibe un mensaje avisándole de ello, un “Flash forward”. Acaso ésta sea una de las piezas más sorprendentes de un disco inclasificable; las palabras cortan, hip hop avant la lettre. Una reflexión acerca de los celos y la paranoia que provocan miedo y fascinación. Sus fraseos escupidos, sus “Toc toc/chtac/Cardiaque/Electrochoc/etc” motivo a la vez de atracción y repulsión, tienen un efecto narcótico, adormecedor y adictivo. La guitarra de Alan Parker horada sutilmente el buen juicio, la batería de Dougie Wright -como en el resto del disco- parece reducirse a un movimiento sístole-diástole, más o menos acelerado, esquelético y definitivo. Alan Hawkshaw -ya se ha dicho, pero no está de más repetirlo- merece un lugar para siempre en la posteridad por los arreglos y el uso de los teclados…

“… Un soir qu’à l’improviste chtac, je frappe à ma porte toc toc. Sans reponse je pousse le loqu et j’écout gémir le hamac …”

Y cuando pensamos que ya nada nos podrá sacar de ese estado de nebulosa lujuría, narcótica y alucinada, comienzan los primeros compases de “Aeroplanes” con su piano engañoso y lacerante, que mece y mitiga, que inquieta y tranquiliza. Es, en definitiva, el resumen de su demencia opaca, irresoluble. Hemos accedido a la novena puerta. Ya no es solamente cuestión de canciones o melodías en el sentido académico del término -que las hay, enormes-, sino de atmósferas, de estados del subconsciente. Del deseo y la locura.

La segunda cara del disco comienza con “Premiers symptômes”, sostenida por un guimbarda juguetona y una de las pocas piezas verdaderamente cantadas. Los sarcasmos sobre la pequeña infiel se incrementan, la metamorfosis es ya evidente. Todos los estados de la paranoia florecen paulatinamente, sin freno ni mesura. Es la paz mortal que habita en la locura. El subconsciente que ordena lo inevitable. “Ma lou Marilu” es otra maravilla. Recalcitrante pérdida tras un momento de lucidez. Ya basta de amenazas, la decisión fatal, redentora, está tomada. Una especie de pagano salmo sacerdotal previo al sacrificio. La percusiones de Jim Lawless nos recuerdan el estado de gracia en que todo el equipo parece hallarse. ¿Habrán escuchado a Kraftwerk o son imaginaciones mías?…

Los hallazgos se suceden uno tras otro; “Variations sur Marilu” son más de siete minutos de felicidad y de éxtasis, dedicados tanto a su amada como consagrados al inminente sacrificio. Hay perfección poética, secuencias eróticas. El tránsito gozoso, casi pornográfico, hacia la locura por y desde la mente humana. “Meurtre a l’extincteur” será el desenlace rápido, físico, que no moral, de la epopeya. Ya ha acabado con ella. Finalmente cree que ya podrá descansar de su pasión agotadora.

Serge Gainsbourg: “… En música se han hecho estribillos con todo tipo de instrumentaciones, pero creo que es la primera vez que se han hecho estribillos con la prosodia. En “Variations sur Marilu” he intentado llevar la música al terreno de las palabras y con éstas hacer los estribillos, la melodía. Toda la canción es un estribillo de casi ocho minutos …”

Tras la apoteosis llega la calma.; “Marilu sous la neige” es el momento posterior al éxtasis, al sacrificio. Porque no otra cosa más que ésa será el desenlace: Algo sexual, voluptuoso, mortal, liberador. El descanso que sucede al placer.

” … Marilou descansa bajo la nieve
una noche,  no pudiendo ya más de celos,
corrí por el pasillo para coger de su sitio
el extintor de incendios.

Blandiendo el cilindro de acero,
golpeé ¡Paf!, y Marilu comienza a gemir.
De su cráneo hundido brota la sangre roja.
Ahí, sobre la moqueta.

Un último sobresalto,
una última estupidez.
He pulsado la maneta y
El cuerpo de Marilu desaparece bajo la espuma …”

Cómo epilogo, antes de despedirse de todos nosotros, otro nuevo hallazgo, “Lunatic asylum”. Voces tratadas, percusiones tribales, sintetizadores, los oniricos coros femeninos, esa voz en off… el aterrizaje, sumiso y reparador, en el planeta locura. La demencia sonriente, plácida, del ser que se siente al fin libre de sus paranoias por haber aprendido a vivir con ellas. También, Gainsbourg siempre tan retorcido, del que ya comienza a añorarlas. El asilo de lunáticos donde ahora descansa solitario, el manicomio en que se ha convertido el mundo.

Todos los textos entrecomillados extraídos de “Gainsbourg” de Gilles Varlant. (Ed. Albin Michel, 2000)