HIPSTER’68 French Weirdos and beyond

 

 

 

 

 

  Cincuenta años ya del mayo del 68 y curiosamente lo que uno piensa que perdura es su colección de weirdos; ingeniosos, cantamañanas, extravagantes, risibles, chocantes … époustouflants. Este post es un humilde recordatorio de las aventuras musicales de unos cuantos de ellos; Evariste y su flequillo infernal dirigiendo sus reproches hacia quién inventó el cálculo integral, Sebastien Balasko y su oda a Godard Christophe musicando muy psicodélicamente la película The Road to Salina. Crónicas de la angustia y la psicopatía a cargo de Jean Bernard Libreville, insólitas descripciones de la vida laboral narradas por Bernard Chabert, un extracto del alucinante disco en Suzette de Vannier,o delicias extravagantes, bien en solitario, bien con Areski, de esa pirada maravillosa que es Brigitte Fontaine. 

 Más; Antoine con el George Arvanitas Trio y su espléndida María la soleada, la aventura extraordinaria de un billete de banco, tan Gainsbourgiana, narrada por Bernard Lavilliers o la odisea en ácido de Les 5 Gentlemen en Les Métamorphoses de Margaret Steinway.  Guy Skornik y su Isla de Pascua, extracto de ese alucinante disco inspirado en el escritor Louis Pawels, discípulo del armenio George Gurdjieff  junto otros pequeños episodios a cargo de Hubert, Jean Le Fennec, Jose Bartel, Jacques Filh, Claude Lombard y Markusfeld terminan por completar este pequeño viaje.

 Una sugerencia, les recomiendo disfrutarlos sin militancias sectarias ni prejuicios excluyentes, ¡funcionan!. Aunque, claro, ustedes eligen.

Anuncios

CLAUDE LOMBARD Chante

 

Primavera de 1969. Todavía no hace un año que Claude Lombard ha cantado en el Royal Albert Hall de Londres. Ha acudido allí en representación de su país, Bélgica, para participar en el XIII Festival de Eurovisión. La canción que interpreta, “Quand tu reviendras”, queda en séptima posición. Para entonces, la joven huesuda, de frondosa melena rubia y unos impresionantes ojos azules, y que pese a todo ello no puede disimular un cierto aspecto andrógino, tiene ya en su interior el embrión de un portentoso milagro musical, uno de esos que se dan muy raramente y que suelen ser inextricables. No es producto de un mero chispazo de genio -o no tan sólo- sino de algo que adherido a la determinación y la insatisfacción a partes iguales (“… Todo el mundo parecía contento menos yo…”) ha sido largamente madurado en el tiempo. Algo escondido de lo que está a punto de ser plenamente consciente.

 

Nacida en Bruselas en 1945, Claude Lombard ha mamado música desde pequeña. Hija de un músico de jazz y de la pianista, cantante y actriz Claude Alix (quien comenzaría cantando rock and roll bajo el nombre de Rita Roque y que ha actuado, entre otros, con Becaud y Brel), desde adolescente ha tomado clases de piano y de guitarra, de música y de armonía, de contrapunto y de composición. Con 17 años, tras cursar el bachillerato, es la hora de tomar una decisión sobre su futuro. Asunto vital para el que, como es normal, no se siente preparada. Sorprendentemente se decide por los estudios de derecho, toda vez que, para matar el gusanillo artístico, se inscribe en unos cursos de arte dramático. Pronto advertirá que no ha sido la mejor idea.

 

Toma entonces la decisión de ingresar en el ISAC ( Instituto superior de las artes y de la coreografía) de Bruselas. Junto al perfeccionamiento de sus dotes musicales –comienza a ser una pianista y guitarrista competente- aprende interpretación y puesta en escena y se sumerge en todos los pequeños resortes de la producción y del montaje musical. Una vez terminados los estudios debe comenzar a ganarse la vida. Escribe la partitura para una adaptación musical de La espuma de los días de Boris Vian y, junto a su madre, la del musical Flower power. Al mismo tiempo aparece como corista, muchas veces sin acreditar, en multitud de discos. Incluso ha publicado un par de años antes un sencillo en Decca, subida en la ola de la explosión ye-yé que todo lo impregna; En la cara A se halla L’amour de toi , canción compuesta por ella en la que pone música a un texto del poeta Louis Aragon. En la cara B recreará Tout fout tout doux, una balbuceante y agradable bossanova escrita por su madre.

 

Pronto el trabajo comienza a ser ingente, agotador. Lejos de amilanarse, su ritmo imparable consigue ser el acicate definitivo que le hará decidirse por la música, pues le sirve tanto de curso de doctorado para perfeccionar sus aptitudes musicales como de profundización en el conocimiento de los entresijos del estudio de grabación. Será, en definitiva, la culminación de una realización personal y satisfacción íntima, pues por fin siente que ha encontrado su lugar.

 

Decide tomarse definitivamente en serio su carrera musical. Unos cuantos acontecimientos sirven de combustible a esa decisión; Entra a formar parte de Musiques Nouvelles, grupo de música contemporánea y presta su voz a la orquesta de Jazz de la Radio Televisión Belga. Conoce a Pierre Bartholome, por aquel entonces el estandarte de la música contemporánea en Bélgica. Seducido el compositor por su camaleónica voz le ofrece un papel en Laborintus, una ópera de Luciano Berio que se va a estrenar en el Teatro Real de la Moneda de Bruselas. Claude, todavía muy dubitativa sobre su capacidad y su verdadero talento, acepta. Las positivas críticas recibidas parecen insuflarle una cierta confianza en sus cualidades. Como símbolo de una época, todavía poco codificada, de la Ópera de Bruselas pasa al Festival de la Canción Latina del Mundo, celebrado en México, sin solución de continuidad. Acude allí de la mano de su amigo Freddy Zegers (un veterano sumergido en la mística de la bohemia que le acompañará a partir de entonces como autor de los textos de sus canciones) y queda en décimo lugar de cuarenta participantes. El texto, escrito por Zegers, obtiene la medalla de oro. ¿El titulo? Ah, claro. Es Petit frére, la canción que abrirá su futuro primer Lp y lo más parecido a un éxito que tendrá jamás.

El ritmo continua incrementándose. Una serie de sencillos y Eps se suceden; Desde Profond/Les Vieux/Chatelains/A Lars de 20 ans , su debut para Palette (donde coincidirá por primera vez con Willy Albimoor y Roland Kluger) hasta Bains de Mousse/Tendresse de chevet/Aux quatre coins/Jupon Voe, editado por Polydor, ambos en 1967. Todas las canciones están compuestas por ella y escuchadas hoy parecen el pertinente entrenamiento (bossanova, chanson, pop) para lo que está por llegar. También hay una canción, incluida en el sencillo compartido con su amigo Zegers (“Bonjour soleil/ Le rêve, l’artiste… et son dream. Trip into a dream”) que es, sin ningún género de dudas, el más claro y evidente antecedente de lo que nos deparará Claude Lombard chante. Bonjour soleil, que así se titula su canción, es mitad homenaje a la música brasileña, mitad Scat-Jazz juguetón. Bossanova atípica jugando con el órgano y una omnipresente flauta, mientras su voz parece navegar sobre ella, logrando un tobogán de rítmicas proporciones similar al conseguido por France Gall en Zoi Zoi . Para redondearla, unas cuantas pinceladas de efectos de estudio y de ensoñadora electrónica que le otorgarán una etérea sensación de volátil entusiasmo.

Sí, ya va siendo hora de ir a lo que realmente nos ocupa, del disco que tiene usted entre manos, de hablar de Claude Lombard Chante (Disques Jacques Canetti, 1969). ¿Cómo relatar este milagro, cómo explicarlo, si uno no es -ni aspira a ser- un evangelista?. Bien, voy a intentarlo. Imaginémonos por un instante el proceso de composición de un perfume arrebatador. Para ello introduzcamos dentro de una probeta su componente principal e indispensable, la música de Claude Lombard, ligera, inaprensible, pura. Añadamos los textos de Freddy Zegers , sencillos y descriptivos, distantemente impresionistas. Sumémosle a todo ello la dirección musical de Willy Albimoor, la magia de los Estudios Madeleine de Bruselas, el embrión de los futuros RKM studios, donde coincidirían, no me pregunten cómo, una pléyade de talentos y pioneros musicales. Fundados por Roland Kluger y Roger Verbestel, sería algo parecido al cuartel general de discos Palette. Una vez combinado todos los elementos en sus justas proporciones y logrado tan embriagador perfume, es conveniente vestirlo elegantemente, de un modo que le haga la justicia que merece. Para ello ¿Qué mejor que el soberbio diseño de la carpeta?. De un lado la portada, sencilla, en blanco y negro. La fotografía de Claude Lombard en multiexposición, simulando movimiento, difuminada. Su rostro mirando al suelo y su nombre escrito con la caligrafía de Jacques Canetti, innegociable sello de fábrica de todos los discos publicados por su discográfica. Ahora démosle la vuelta y maravillémonos. Disfrutemos de su contraportada; Su figura, de medio cuerpo, a la derecha del lienzo. Oculta bajo diversas figuras geométricas que provocan efectos ópticos y transmiten movimiento. De formas, planos y perspectivas ambiguas. Una obra de arte en si misma, sin acreditar, que tiene una indisimulable influencia en la obra de Victor Vasarely. Una contraportada que es puro Op-art, todo un manifiesto artístico y que en mi opinión hubiese merecido ser la portada.

El disco, íntegramente compuesto por ella y escrito por Zegers, contiene doce canciones. Producido por Roland Kluger en los Estudios Madeleine, cuenta con los arreglos y la dirección musical de Willy Albimoor y con Pierre Dupriez, un ingeniero de sonido que ha trabajado en Philips junto a Roger Verbestel. Comienza con una carta de presentación ligera y agradable, la antes citada Petit frère, una breve introducción de lo que se nos va a regalar. Es esta un embriagador medio tiempo repleto de cuerdas, chanson canónica en apariencia, en la que escuetos y delicados arabescos sonoros dibujan una sensación de ingenua melancolía y ese característico estado de suspensión que flota por todo el disco. Termina y de inmediato, como si tuviese prisa por mostrar todas sus cartas casi desde un principio, surgen las imponentes Polychromes y Les enfants perlè, estandartes de un impecable cosmología sonora, pasado y futuro de la mano. Tan Broadcast avant la lettre como conectadas de un modo invisible con el tropicalismo y la vanguardia electrónica. De los White Noise de David Vorhaus a los experimentos sonoros de la BBC Radiphonic Workshop creados por Delia Derbyshire. Del Roger Webb Sound y su Vocal Patterns a la conexión temporal con la implosión en Francia de sellos de Librería Musical como Editions Montparnasse 2000 (1968) o Musique pour l’image (1967); Robert Viger, Claude Vasori, Janko Nilovic, Roger Roger … un puñado de compañeros de viaje de los que, finalmente, no es otra cosa que colega y en absoluto émula.

 

Porque si una cosa por encima de todas caracteriza a Claude Lombard Chante es su negación en constituirse en mero doppelgänger, su condición de obra misteriosa per se. Una obra que parte de lo recóndito para acabar alcanzando la visibilidad total, que juega con la personificación de la ausencia como presencia absoluta, pues esos son los fundamentos del misterio. Porque más que aspirar a tener una visión panorámica parece empeñada en dedicarse con especial esmero en los detalles aparentemente irrelevantes, esos cuya suma constituye un todo inasible y que terminarán por conferirle un estatus único. Utiliza y combina, como medio y no como un fin, casi cualquier tipo de gadget sonoro a su alcance; Eco, Reverb, delay, osciladores, líneas de bajo andantes, los chimes o carillones, electrónica analógica, percusiones … Todo son colores en su paleta, instrumentos conminados al logro del fin último, la canción. Incorpora incluso las Ondas Matenot, (impresionante su empleo en L’arbre et l’oiseau) un instrumento compuesto por un teclado, un altavoz y un generador de baja frecuencia, que ya han utilizado con profusión Varese o Boulez y que se caracteriza por una cierta similitud con el Theremin y, sobre todo, por ser bastante más preciso y controlable.

La sucesión de hallazgos sonoros es cuanto menos sorprendente; Midi antecede y concentra en tres minutos escasos el corpus de lo que será la obra de Stereolab. L’usine semeja a Brel instalado en un beat lo-fi de Can .Les musiciens, parece chanson espacial, si acaso ese término existiese, extraída del Moon gas de Dick Hyman & Mary Mayo. Sleep well es una nana futurista de la que ha bebido (via Echo’s answer aseguraría) al menos medio catálogo del sello Ghost Box.

Junto a ellas, otras que parecen servir como interludio o reposo; Bossanova fosforescente a-lá Jean Jacques Perrey en La Coupe. Copacabana, Samba y batucada en La Camarde, un poco al estilo de Michel Legrand en Soleil a vendre o Les baladeurs du siècle d’aujourd’hui. Chanson melancólica de clásica resolución en Les Vieux comptoirs o Mais…  Todo parece casar perfectamente, de manera tan aparentemente involuntaria como de perfecta resolución. Por un lado lo raro, lo extravagante, lo desconocido, lo seminal y lo místico. Por otro el concepto de canción, su persecución y su logro. Ambos ensamblados con perfecta naturalidad y respetando la obra final, la canción. Adelantándose unas cuantas décadas –diría que creando, si no fuese muy atrevido por mi parte- al concepto Hauntological, tan en boga en el cambio de siglo.

Claude Lombard chante no es un disco vanidoso o exhibicionista, no es en absoluto presuntuoso ni mucho menos avasallador. No pretende sentar ninguna base ni convertirse en ningún canon, más bien al contrario, es un disco grandiosamente pequeño. Rezuma libertad y está dotado de un estado de perenne magia que, de acuerdo, puede ostentar un cierto halo visionario. Pero es, sobre todo, es un disco humilde y personal, entusiasta y exuberantemente optimista. Un disco que une su devoción por la música brasileña con la electrónica experimental. Recorre los recuerdos de la infancia y la ilustración musical sonora para, partiendo de lo personal, abrazar lo colectivo. Un disco que es aventura y escondite, arcano profundo y futuro imaginado. Un disco que siendo a la vez cuadro y fotografía termina por ser, sobre todo, la cartografía de la ensoñación.

Sería un hermoso canto del cisne. Después una extraña mutación. El silencio. Otro disco en 1979, un trabajo estable como corista de Charles Aznavour (quién incluiría en su repertorio alguna de sus canciones como Les Musiciens) y una carrera dedicada a interpretar canciones para series de televisión de dibujos animados y a trabajar como actriz de doblaje. Hasta hoy.

Resulta curioso como la música y las palabras escritas por otros –individuos en ocasiones cercanos y en otras muy distantes a nosotros, tanto en espíritu como sentir- una vez desprovistas de sus abalorios y tomada solo su espina dorsal, pueden describir lo que somos -o aquello que aspiramos a ser- de manera más diáfana que aquellas pronunciadas por uno mismo. Pueden hacerlo de muy variadas formas, poliédricamente. Unas veces de manera transparente, dotadas de una nitidez sencilla y exacta. Otras, en cambio, de un modo tan lacerante como la peor de las decepciones. Pueden surgir de manera involuntaria, como mera consecuencia de la casualidad y también como objeto de un plan detallado. Pero, vengan de donde vengan, deben siempre partir del entusiasmo y del sentir. Del afán por comprender y de la curiosidad, del riesgo y de la determinación. Sostiene uno que de ser así y que, en las escasas ocasiones en que se de el prodigio, refulgirán inmortales, como un reflejo extrañamente fidedigno de los avatares y destinos a los que la vida termina conduciéndonos. Claude Lombard lo consiguió. Una vez. Fue suficiente.

 

* Claude Lombard Chante fue publicado originalmente por Disques Jacques Canetti en 1969. Disques Sommor lo ha reeditado en el 2017 incluyendo estas notas por mi escritas.

JEAN CLAUDE VANNIER L’enfant assassin des mouches (Suzelle, 1972)

 

 

En 1972, casi en silencio, aparece uno de los discos más influyentes, más extraños y también más perfectos de la música francesa. Publicado por un pequeño sello llamado Suzelle, su título es “L’enfant assassin des mouches” y viene firmado por Jean Claude Vannier.

Es probable que el nombre no les diga de nada en un primer momento, pero puede que les suene algo más si les digo que Jean Claude Vannier fue el arreglista de cámara (También co-autor en la sombra, aunque esa es otra historia, por resumirla brevemente, algo más próximo a la vanidad y la consagración de una marca que a un asunto meramente pecuniario, siempre, por otra parte, escrupulosamente resuelto a su favor según sus propias declaraciones) y por tanto parte fundamental de otro de los discos totémicos de la música francesa, publicado un año antes, el espléndido “Histoire de Melody Nelson” de Serge Gainsbourg.

 El trabajo mano a mano con Gainsbourg -y en especial en el citado “Histoire de Melody Nelson”, uno de los discos más imitados e incluso plagiados de la música europea, obra conceptual que amalgama funk orquestal, chanson, psicodelia progresiva, poesía, grooves e incluso proto rap- le serviría a Vannier como inestimable campo de pruebas ante su gran reto, el disco definitivo, su disco.

 Pero vayamos al principio. Los inicios de la trayectoria conjunta de Jean Claude Vannier y Serge Gainsbourg se remontan al cine. A finales de los años sesenta Gainsbourg combina, entre otras cosas, cine y música y en una de esas aventuras, la banda sonora de “Paris n’existe pas” (Robert Benayoun, 1969), coinciden por primera vez. A Gainsbourg le gusta el talento atrevido y experimental del joven autodidacta y de inmediato congenian. Trabajaran ese mismo año en tres bandas sonoras más, lo que afianzará su sociedad musical: “Slogan” (Pierre Grimblat, 1969), película en la que Serge conocerá a Jane Birkin (y de la que tan solo un sencillo con dos canciones de la misma será publicado), la estupenda “La Horse” (Pierre Granier-Deferre), que ejemplifica su enorme talento y su sello de fábrica musical, como el uso masivo del clavinete, ese teclado vibrante que remite a la guitarra eléctrica, del bajo fender tocado con púa,  de los beats funk y los lujuriosos arreglos orquestales. “La Horse” será uno de los más codiciados objetos de deseo gainsbourgianos ya que hasta hace una década permanecería inédita discográficamente, salvo un rarísimo single promocional, que se entregaba como obsequio en alguna de las salas de cine donde se proyectó, publicado por la editorial Hortensia. Por último, la partitura de “Les Chemins de Katmandú” (André Cayatte) no correrá mejor suerte, muy al contrario, permanecerá inédita oficialmente hasta este mismo año.

 Su primer proyecto de 1970, la formidable banda sonora de la película de Pierre Koralnik, “Cannabis” al menos tiene la ¿fortuna? de que vean la luz unos cuantos centenares de copias promocionales. En cualquier caso, hasta su reedición japonesa en los años noventa y la posterior europea a principios de los 2000, será uno de los santos griales más codiciados por los aficionados. 

 En cualquier caso, esta fórmula de trabajo crearía sinergias muy productivas en ambos. Vannier aprende con celeridad la manera de trabajar de la industria, a la vez que asiste en primera fila a devenir de un mito, mientras que Gainsbourg aplicará a su música todas las novedades que su joven colaborador le sugiere. De hecho, en un primer momento, las canciones que más tarde serán el corpus esencial de “Histoire de Melody Nelson”, compuestas a medias, son preparadas para presentarlas a la sociedad de autores con la firma de ambos. En el último momento Gainsbourg se arrepiente, dejándole a Vannier claras dos cosas; Por una parte nadie puede figurar a su lado como autor. Por otra, las regalías irán al cincuenta por ciento. Jean Claude accede.

 Estamos en el año 1972 y Jean Claude Vannier ya tiene el rodaje y la confianza necesarios. Autocrítico, no parece saber todavía que lo que en realidad  ya tiene es la más absoluta maestria. Se encierra en los Studio des Dames, hoy desaparecidos, sito en el XVIIeme, sobre lo que había sido el antiguo cine Meteore, con una panoplia de instrumentos, tanto tradicionales (Clave, pianos, flautas, bajo fender y guitarras eléctricas) como menos convencionales (Grabadoras de cintas, carillones, sonidos de la naturaleza, campanas y bocinas, pianos de juguete…). Todos ellos se mezclan en una especie de pócima secreta, manipulados y tratados de la más ingeniosa manera, en un corta y pega magistral, junto a unos arreglos orquestales que navegan entre el clasicismo y la música concreta.

  El personal que interviene es lo más granado y selecto de los músicos de sesión franceses, aquellos empleados en el, entonces, género menor denominado música de librería y cuyos discos son hoy codiciados objetos de deseo. Según cuenta Andy Votel en las notas interiores de la reedición del disco que publico Finders Keepers en 2005, las guitarras sicodélicas son cortesía de Claude Engel (una de las leyendas del sello Montparnasse 2000), junto a Denys Lable y Raymond Gimenez (quienes formarían el combo exploito Guitars Unlimited). Vannier también alista a Jean Pierre Sabar como segundo pianista, sin conocer aún –o tal vez sí, quién sabe- que sería su sucesor como arreglista y mano derecha musical de Gainsbourg tras su ruptura en 1973. Tonio Rubio, bajista habitual de Telemusic (el otro sello emblemático de música de librería francesa) será la sección rítmica del proyecto junto al baterista Pierre Alain-Dahan, otro habitual de MP2000 y Telemusic, y el percusionista Marc Chatereau. La flauta es cosa de Henri Texier. La voces incluidas, coros de cadencia infantil, acelerados o ralentizados según convenga, y de un aire fantasmagórico, corren a cargo de la Coral de las Juventudes Musicales de Francia, quienes ya han colaborado en “Histoire de Melody Nelson”, bajo la dirección de Louis Martini. Los arreglos de cuerda, rotundos y poderosos, sorprendentemente serán ejecutados por un escueto cuarteto de cuerda. A todo este elenco los bautizará como los Insolitudes de Jean Claude Vannier y ningún otro dato sobre ellos constará en la carpeta de la edición original en Suzelle.

  “L’home assassin des mouches” es una suite inclasificable. Un diálogo instrumental que transita entre sueños y obsesiones, cálido en ocasiones y violento en otras. Una especie de alegórico cuento infantil emergido inicialmente del manantial del pop francés, que muta en una sinfonía psicodélica, entre lo fantástico y alucinado, mezclando jazz, rock progresivo, Chanson, música avanzada, Ópera y electrónica. Todo ello con la güinda de un sutil y delicioso sentido del humor. Un fastuoso disco conceptual que, pese a lo gastado y en ocasiones peyorativo del término, es práctica habitual en la música francesa de la época. También, al contrario de lo que sucede posteriormente con su uso y abuso, producirá un puñado de discos sorprendentes, a menudo creados por músicos pop en pos de un cierto reconocimiento como autores; Nino Ferrer y su “Metronomie”, Bernard Estardy con “La Formule du Baron”, Michel Polnareff y su “Polnareff’s”

 Cuenta el propio Vannier que antes de su publicación acudió a la casa de Gainsbourg en la Rue Verneuil para mostrarle el resultado y pedirle opinión sincera, además de unas notas para la carpeta. Gainsbourg, maravillado con el disco, le dijo que volviese al día siguiente, cuando le entregaría un texto extravagante, raro y macabro, para celebrar tamaña obra maestra. Esas notas tan solo aparecen en la concertina de la carpeta de la edición original y dicen lo siguiente;

 

L’ENFANT, LA MOUCHE ET LES ALLUMETTES (El niño, las moscas y las cerillas)

Una mosca herida se halla de retirada. El niño prepara sus cerillas y la persigue intentando quemarla.

 L’ENFANT AU ROYAUME DES MOUCHES (El niño y el reino de las Moscas)

El animal herido conduce al niño hacia un lugar subterráneo, húmedo y sombrío: El reino de las moscas. El niño atraviesa la corriente que bordea la entrada a las cavernas prohibidas

 DANSE DES MOUCHES NOIRES GARDES DU ROI (Danza de las moscas negras, guardianes del rey)

La guardia del rey mantiene, mientras el niño se aproxima, una figura guerrera. Después se aparta y descubre al rey de las moscas jugando al billar.

DANSE DE L’ENFANT ET DU ROI DES MOUCHES (Baile del muchacho y del rey de las moscas)

El rey de las Moscas invita al niño a bailar con él. Sin embargo, durante la danza, el niño maquina una traición.

 LE ROI DES MOUCHES ET LA CONFITURE DE ROSES (El rey de las moscas y la mermelada de rosas)

El niño arranca el celofán de un bote de mermelada de rosas y lo pega al suelo. Un inmenso manto de confitura abraza lentamente al rey. Sus esfuerzos por liberarse no hacen más que adherirlo más y más, bajo la mirada impotente de su guardia, que se retira lentamente.

 L’ENFANT ASSASSIN DES MOUCHES (El niño asesino de moscas)

El rey, atrapado en la confitura de rosas, se arrastra hasta la playa de los hombres. El niño se une a él saltando y le atormenta con un bastón.

 LES GARDES VOLENT AU SECOURS DU ROI (Los guardias acuden en auxilio del rey)

Varias cohortes de moscas negras hostigan sucesivamente al niño, intentando salvar al rey en vano.

 MORT DU ROI DES MOUCHES (Muerte del rey de las moscas)

El niño asesino persigue sin piedad al rey de las moscas azotando la hierba alta con su varita. El rey es alcanzado y muere.

 PATTES DES MOUCHES (Patas de mosca)

El pueblo de las moscas se reúne y prepara su venganza.

 LE PAPIER TUE ENFANT (El papel mata niños)

Las moscas vuelan vertiginosamente en torno al niño e intentan pegarlo a un papel mata niños. Por dos veces el niño intenta escapar del castigo de las moscas, pero finalmente quedará atrapado en el papel mata niños.

 PETIT AGONIE DE L’ENFANT ASSASSIN (Pequeña agonía del niño asesino)

Las moscas cubren al niño

 

La presentación en sociedad del disco será a finales de 1971, en el show de televisión de Roland Petit, para la presentación de la colección de otoño invierno del mismo Yves Saint Laurent.

 

 

SERGE GAINSBOURG Love on the beat

IMG_1697

El once de marzo de 1984, en el programa “7 sur 7”, Serge quema en directo un billete de 500 francos, delante de todo el mundo, incluidos algunos millones de espectadores y los dos presentadores del programa; Jean Louis Burgat y Erik Gilbert.

Jean Louis Burgat: “…Los problemas económicos y sociales, ¿Cómo le afectan a uno de los artistas mejor pagados de Francia?…”

Serge Gainsbourg: “…Ummmm … Creo que voy a liarla … Voy a contarte una pequeña parábola: En 1981, en mayo del 81, iba por la rue Saint Denis. Vi a una maciza haciendo la calle…¡Hey Gainsbarre!, ¿Subes?…No conoces mi nombre pero yo si sé el tuyo… y tú, ¿Cómo te llamas? le pregunté…Me llamo socialismo, dijo. Era imponente, tal vez maquillada un poco exageradamente. Le volví a preguntar ¿Cuánto quieres?…Ya me pagarás cuando acabemos…Subí, se desnudó y resulto ser un travesti con un tiburón importante. Me quedé a cuadros, pero ella se dio la vuelta y me dijo; Ven, tómame por el comunismo…”
“…Vale, es solo una parábola. Dicho esto, las cosas están volviéndose tan jodidas que en vez de café tomamos agua caliente. Y también quisiera hablarte de la mafia de los impuestos. Sí, voy a hacerlo. Esto no es otra parábola, es real (Toma un billete de 500 francos). Mi tasa de impuestos es del 74%. Ahora voy a decirte lo que me queda a mi (enciende su zippo). Creo que es ilegal lo que voy a hacer, pero lo voy a hacer de todas formas. Si me meten en la cárcel no tendrán nada que sacarme (el billete comienza a arder). No podré darles su 74%. Por lo menos no me joderán. Esto para los pobres, ésto para las nucleares…y bien, finalmente esto es lo que queda (el billete se consume) de mis 500 francos, maldita sea…”

El famoso vídeo, uno de los highlights de su etapa Gainsbarre, repetido hasta la saciedad, puede verse en Youtube, pero no enlazarlo. En cambio nadie habla hoy en día de este otro, una especie de intento de congraciarse con el mundo. A su manera, claro.

Fue un gesto premeditado de provocación, como todos los suyos. No daba puntada sin hilo. La entrevista había sido concertada diez días antes. Antes de la emisión aparece con un maletín en cuyo interior hay un gran fajo de billetes. Dice que siempre va con esa cantidad de efectivo encima. Por una extraña coincidencia, un incidente técnico sucede en la emisión del programa, durante el instante de la quema del billete: un corte momentáneo, seguido de una serie de interferencias, hace pensar a esos que están de acuerdo con el gesto de Serge que desde control le han querido censurar. Pero mientras se intenta restaurar la normalidad, la centralita es colapsada por miles de llamadas airadas de los telespectadores que no entienden porque se le ha dejado quemar el billete en directo.

Erik Gilbert: “… Quería mostrar lo que le quedaba después de los impuestos y lo hizo, sin amargura ninguna pero queriendo impactar con la imagen. El efecto fue terrible, las reacciones fueron extremadamente violentas. Como periodistas nos quedamos sorprendidos por el modo en que lo hizo. Tenia esa manera de hablar tan atonal. A veces había que descifrarlo. No nos dimos cuenta de la trascendencia del gesto, era algo extraordinario ver a alguien quemar quinientos francos, aunque ya hubiésemos pasado la crisis. Desconocía la ilegalidad del gesto; Legalmente los billetes no le pertenecían, eran propiedad del Banco de Francia. Tenía razón, podía haber sido encausado por ello, y nosotros por cómplices…”

Bertrand de Labbey: “…Fue una provocación interesante. Serge tenía una relación particular con el dinero: Por un lado le procuraba respeto y por otro le quitaba importancia a las cosas materiales. Su acto, en mi opinión, fue del todo premeditado. Todo el mundo decía que temblaba por que estaba bebido, pero era todo lo contrario; Temblaba por que no había bebido y por que tenía miedo, sabía lo que iba a provocar. Pero quería llevarlo a cabo…”

Las consecuencias fueron, desgraciadamente, más negativas que positivas. Se le reprocha el gesto como la provocación del rico que se burla de los pobres. Su discurso está falto de claridad. Debido al primer plano del billete, el murmullo que provoca su manipulación, el crepitar de éste al quemarlo y su falta de inteligibilidad, lo que realmente dice es “…No es para los pobres, es para las nucleares…”. Se convierte en un salvaje quemando algo sagrado, el dinero, transgrediendo el tabú.

Julián Clerc: “…Al día siguiente de la emisión, quedamos a comer. Estaba exultante, orgulloso. Fuimos a su casa y nos puso la cinta del programa, la comentamos. Pulsaba el rewind y el replay sin parar. Luego salimos y fuimos a “La Calvados”, uno de sus lugares favoritos, donde tocaba su amigo Big Joe Turner. Tenían una broma entre ellos; Serge compraba no se cuantos cigarros y los colocaba sobre el piano. Le iba diciendo títulos de estándards que tenía que conocer. Por cada acierto, un cigarro. Cada media hora Turner hacía una pausa y entraba una banda de mariachis que nos daban la tabarra. Serge les metía billetes en sus guitarras sin parar, animado y gritando “Viva la revolución”. Aquellos no se vieron en otra igual en su vida. Cuando conseguí meternos en un taxi –debían ser ya las siete de la mañana- y tras un rato sin decirme nada me dijo esa frase genial: “No, si tienes razón. Al final se ponen pesados…”

Bertrand de Labbey: “…Una tarde en Le Calvados, un turista americano y Serge rivalizaron en pedirle a Big Joe Turner interpretaciones de estándards. Cada petición venía acompañada por un billete de 500 francos encima del piano; Turner gano esa noche más de lo que ganaba en un año…”

“…Serge bebía para olvidar el tiempo pasado, sus recuerdos, el dolor de sus creaciones. Al mismo tiempo sus apariciones públicas eran complicadas, debía atender a su público y no sabía hacerlo si no era bebido. Cuando lo hacía yo trataba de no estar con él mucho rato, su discurso era repetitivo, incluso podía ser agresivo. Era una pena, sobre todo para los que lo querían. Había un momento de la noche en que tenías que irte, ya no podías aguantarlo más…”

Tras un segundo episodio reggae (“Mauvaises nouvelles des étoiles), innecesario y repetitivo, y que seguramente Gainsbourg acometió por la ilusión de volver a Jamaica, otros proyectos fallidos -aunque no carentes de interés- se suceden: El disco con Catherine Deneuve, el de Isabelle Adjani, canciones e incluso discos para Alain Chamfort, Alain Bashung, etc. Serge necesita reinvertarse una vez más. Improvisador genial, necesita un hilo conductor, madurar sus arrebatos de genialidad antes de llevarlos a cabo.

“Love on the beat” se publica a principios de octubre de 1984, acompañado de una enorme campaña promocional. Gainsbourg está en todas partes. Había viajado en 1984 con Philippe Lerichomme a Nueva York tras su aventura reggae. Allí contacta con Jean Pierre Weiller, un francés emigrado que conoce las últimas tendencias de la gran manzana. Este le hace escuchar algunos discos, entre los que está uno de Herbie Hancock con Bill Laswell y “Trash it up” de Southside Johnny & the Ashbury Dukes. Este último entusiasma a Serge y contactan con sos productores, Nile Rodgers y Billy Rush. El primero, miembro de Chic, acaba de producir el bombazo de Bowie“Let’s dance”, y se halla enfrascado en la de “Like a virgin” de Madonna, por lo que desiste. El segundo acepta.

Billy Rush: “… Cuando Jean Pierre Weiller me habló de Serge yo no conocía absolutamente nada de él, ni tan siquiera “Je t’aime”. Concertamos una cita en New Jersey, en mi garaje convertido en estudio. Vi llegar a un tipo muy tímido, que no hablaba más que una pocas palabras en inglés. Me puso una de sus cassettes, en las cuales se hallabán las bases melódicas de sus canciones. La atmósfera era un tanto extraña, nunca habría imaginado que era una estrella en Francia. Delante de él me puse a trabajar, elegí un ritmo, pegué una base, programé algunos teclados y guitarras. No me hablaba, le veía inseguro, ahora creo que me estaba examinando. Al final del día había podido terminar dos o tres maquetas. Se la pusieron bajo el brazo y se marcharon. Yo pensé que había sido divertido, aunque también que no los volvería a ver. Pero a la mañana siguiente volvieron y me dijo: Genial!, continuemos…”

Una vez más, Gainsbourg ha encontrado un nuevo mundo musical en mitad de una etapa personal, cuanto menos, delicada. La música disco como vehículo y la homosexualidad como leit motiv, el elemento provocador que le sirve de motor. En un momento de duda y lucidez confiesa a Lerichomme: ”¿Pero que coño estamos haciendo aquí?, mi música es Chopin, nada que ver con esto”. Philippe le calma; “Es justamente por eso por lo que estamos aquí, para intentar cosas nuevas”

Billy Rush recluta a los músicos: Larry Fast al sintetizador, acompañante ocasional de Peter Gabriel y dos tipos más que vienen de girar con Bowie, el saxofonista Stan Harrison y el corista George Simms. Este recuerda; “…Cuando llegamos a casa de Billy en Nueva  Jersey y escuchamos las dos primeras canciones nos miramos preguntándonos que hacíamos allí. No habíamos oído hablar nunca de Serge y tampoco sabíamos nada de su reputación, de su carrera o de su genio artístico. Creímos que era un tipo muy rico cuyo pasatiempo favorito era contratar a músicos afro americanos para grabar como diversión, y allá en su tierra, hacérselo escuchar a sus amigos. Todo pasó muy rápido, creo que cantamos las nueve canciones del Lp en siete horas. Serge saltaba y bailaba cuando quería describir algo…”

Para la portada, fotografiado por el también cineasta William Klein, con quién ya había trabajado en “Mister Freedom”, se maquilla y pinta como una madura y ajada madame travelo. Los labios rojo carmesí, uñas y pestañas postizas y un fino cigarrillo humeante. Una especie de Gloria Swanson circa “Sunset Boulevard” pero con el pelo corto. Deja de beber durante quince días para ocultar las ojeras y se hace pegar las orejas con el fin de disimularlas.

El disco, más que un tratado Gainsbourgiano acerca del ideal homosexual, es un canto a la decrepitud, al paso del tiempo. Nuevos caminos para los viejos deseos. Desde luego lo que se espera de él. En estado permanente de provocación, adopta a Bacon y su pintura atormentada como Mcguffin icónico. Se imagina atrapado en un limbo etéreo entre el bien y el mal, entre la abyección promiscua y la pureza clásica homosexual.

Construye un personaje, otro más, en el que refugiarse. Sutiles juegos bilingües, bisexuales, ambivalentes. Y el humor siempre como escudo ante sus propios miedos.“Kiss me Hardy” son las apócrifas últimas palabras del almirante Nelson, mortalmente herido de bala en el pecho, al oído de su fiel teniente y amante, en plena batalla de Trafalgar, con música no acreditada de Rachmaninov. “I’m the boy” es una elegía al cuarto oscuro, al sexo puro y duro, ángeles de cuero negro. “No comment” y “Hmm, Hmm, Hmm” podrían ser perfectas reescrituras de sus clásicos, lanceadas por esa producción ochentera tan artificial, metalica y desafortunada. Pero hasta sus defectos casan con el espíritu del experimento. Su sonido frío y distante, en contraposición con la minuciosa descripción de su ocaso, consiguen una extraña sensación de deriva muy similar a la descrita en –y de la que se me ocurre hubiese sido una perfecta banda sonora- “Hardcore, un mundo oculto” del cineasta Paul Schraeder.

Para cerrar, su canto de cisne. Otro más de esos episodios malévolos de los que tanto gustaba; “Lemon incest”, El juego y la necesidad vital, una vez más, de la provocación. En realidad una declaración del amor incondicional paterno-filial, bajo la melodía del estudio nº 3 en mi mayor de su amado Chopin, con su pequeña Charlotte. Las palabras escupidas como balas, los juegos semánticos apuntando a los biempensantes y a los hipócritas. La pureza, el candor incluso, de los sentimientos. La honestidad de un tipo tan peculiar que de tan honesto, escandalizaba.

Todos los entrecomillados extraídos de la biografia “Gainsbourg” de Gilles Varlant (Ed. Albin Michel, 2000).