GIANNI MARCHETTI. "El magnífico Tony Carrera"

“¿Qué haría usted con Tony Carrera? Ese hombre de rostro nuevo y atractivo, habilidoso, merece que se haga algo con él”

“El magnífico Tony Carrera”  (1968) fue una más de las coproducciones europeas en la cual tuvo – y no me pregunten por qué, aún no lo sé-  la fortuna de verse envuelto el catalán José Antonio de la Loma. Director de tan proverbial impericia como estajanovista empeño había comenzado muy pronto -aunque visto lo visto con escaso provecho- en el mundo del cine. Muy joven, a principio de los años cincuenta, había entrado a trabajar a sueldo para la productora de uno de los titanes del exploito hispano, el ínclito Ignacio F. Iquino, para pocos años después pasar a formar parte de la productora Laurus films, propiedad del actor Conrado SanMartín

 

 
 Tampoco sé muy bien como -casualidad, constancia, fortuna, empeño- comienza a desarrollar una carrera abracadabrante que culminaría arrimado a la plétora del cine quinqui; “Perros callejeros” (un bombazo en nuestro país, efectista retablo del quinquerío patrio en pleno apogeo del caballo, los palos a gasolineras, a todo lo que fuese susceptible de financiar el vicio en realidad, al sexo chungo y a la exclusión social) y sus diversas secuelas derivadas de ese éxito (“Perros callejeros II”, “Los últimos golpes de el Torete”, “Yo el Vaquilla”) sustentadas a su vez en la arrolladora personalidad -chispeante, callejera y de bizarra estética- de sus actores amateurs, verdaderos gladiadores del extrarradio.
 
 Antes de llegar a ése su clímax comercial multitud de despropósitos son perpetrados sin ninguna piedad. “Misión en Ginebra, “Metralleta Stein”o ésta “El magnífico Tony Carrera” sean acaso los más populares. Descosidos intentos, un tanto amorfos, empeñados en ofrecer episodios cosmopolítas de intriga internacional donde cupiese la acción, algunos muslos femeninos y presunta modernidad. Naderias a las que acaso les redimiese un tanto su falta de pretensiones y una acerada ilusión. 
Persistiría con fruición en su empeño de sepultar bajo toneladas de mugre la definición de cineasta, no se crean (recuerden que ya apelamos a esa virtud suya parrafos más arriba) bien fuese recreando revisiones oportunistas de los éxitos del momento como “Grease” en “Nunca en horas de clase” o desvergonzados intentos de capitalizar la zozobra del momento en “Goma-2” . Cosa, por otra parte, que consigue que se le llegue a tomar cierto cariño y que no haría otra cosa que cimentar una trayectoria de no te menees. Un fenómeno en lo suyo, no crean.
 
Pero volvamos a su etapa media. Dedicado ya casi exclusivamente como artesano torcido de coproducciones européas  aprovechó -o más probablemente le impusieron, loado sea el cielo- bandas sonoras elaboradas por cualquiera de los titanes que por Italia pululaban. En concreto, para la susodicha “El magnífico Tony Carrera” tuvo la fortuna de tanto de contar con la partitura de Gianni Marchetti  como de involucrar -o embaucar, no sé- a unos voluntariosos maños de corta pero ilusionada carrera -la productora Moncayo films– a la hora del asunto de los dineros que correspondían al accionariado hispano. No, no estoy de broma, es absolutamente cierto. 

Rodada en Amsterdam y con un elenco psicotrónico (Thomas Hunter, Gila Von Weiterhausen y Fernando Sancho) la sinopsis de la película, sucintamente, gira en torno a un ladrón semirretirado, próximo a contraer matrimonio, que es obligado a ejecutar un último trabajo; debe robar un misterioso maletín que se encuentra en una fortaleza custodiada por el ejército. Espléndidamente fotografiada, de manera vivaz y moderna, por el aragonés Victor Monreal, prematuramente fallecido en un desgraciado accidente de tráfico.

 

Pero musicalmente fue otra cosa, vaya si lo fue. Decía que la partitura fue compuesta por el maestro Marchetti y es en mi opinión lo mejor, de largo, de todo el proyecto. Algo, por otra parte, que dicho así parece desmerecer la labor de Don Gianni  y que no es en absoluto así, muy al contrario. 

  En nuestro país sólo tendríamos ocasión de obtener la versión (muy) abreviada en formato Ep, con una estupenda, hermosísima portada, publicado por el sello Emi y que contendría únicamente cuatro fragmentos de la partitura completa. Acompañado por el coro 4+4 de Nora Orlandi dicha música tiene todo lo que la película no tanto nos hurta como no alcanza a conseguir; Lirismo, intriga, elegancia, viveza y placer. Desde los coros de la citada Nora Orlandi (de quién recomiendo, encarecidamente, los incluidos en otra banda sonora formidable, “Lo strano vizio de la Signora Ward” o “La perversa señora Ward” con una impresionante Edwige Fenech) a las musicas y panoplia de instrumentación que la componen; Sitares, bongos, cuerdas, clavicordios, pedales fuzz, guitarras acústicas, etcétera. Músicas que retratan perfectamente cada uno de los ambientes cinemátográficos (labor para la que fuerno encargados) pero que funcionan perfectamente por si mismas. Capaces de transportanos a cualquier lugar que imaginemos y que casi recomiendo escuchar per se sin remitirse a las imagenes. Me repito tanto y tantas veces que lo haré una vez más; Generalmente las partituras de dichas películas superaban por mucho las imagenes que ilustraban, siendo quizas este caso en particular uno de los más evidentes. Es cierto que en ocasiones saltaba la sorpresa, pero lo que es seguro es que las músicas, sus músicas, nunca nos dejaban en la estacada. La finesse.
 
Aunque bien mirado ahora, con sumo detenimiento y la menor subjetividad posible, tan sólo por haber dado lugar a las circunstancias pertinentes para que dicha música fuese creada y tuviese lugar, hay que agredecerle al pobre hombre su funesto tour de force, su empeño en ser uno de los irreductibles, aunque fuese éso lo más distante de la pretensión original. Disfruten, si gustan, de esee caos desordenado, de ese colapso artístico que tiene a bien perpetrar y disfruten también – y sé que sin duda gustarán- de las estupendas musicas que lo ilustran.