JANKO NILOVIC. El hombre de las mil caras.

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En el verano de 1960, Janko Nilovic (Estambul, 1941), hijo de padre yugoeslavo de ascendencia montenegrina y madre griega establecidos en Turquía, llega a Francia. Es un joven cuya vida ha estado, desde muy temprana edad, dedicada casi por completo a la música. A los cinco años, su padre, músico aficionado (tocaba la flauta, además de coleccionarlas, y la Gousla, una especie de violón de una sola cuerda típico Montenegrino) le enseña a tocar la flauta y le imbuye de la fiebre musical. A los diecisiete años ya compone su propia música. 

“… Estuve en el conservatorio pero pronto lo dejé. He aprendido más trabajando. Como Stravinsky o Bela Bartok. Rimsky Korsakov también fue autodidacta y sin embargo escribió algunos de los mejores libros sobre la teoria musical…”

Nada más llegar a París se convierte, en pocos meses, en un consumado guitarrista y bajista. Por aquel entonces ya es un aventajado pianista. Conoce a Christian Fechner (quién por aquel entonces tiene un gran éxito con Antoine y que es, junto a Jacques Wolfshon, uno de las dos cabezas artísticas del sello Vogue) quién le contrata, de aquella manera, para arreglar algunas canciones de su protegido. Allí traba relación con Michel Jonasz, con quién formara sociedad artística hasta 1969, cuando lo dejará, cansado de ser el saco de todos los golpes si las cosas no han salido según lo esperado. De allí pasará a Montparnasse 2000, sello de música de librería y archivos sonoros que presta servicios musicales a la industria audiovisual (cine, televisión y la incipiente y cada vez más jugosa industria publicitaria)  y que está creciendo a pasos agigantados de la mano de los nuevos tiempos.

 

 Conviene hacer un inciso e intentar señalar las peculiaridades, los pros y los contras de la llamada Música de Librería. Estamos ante una música que al no ser dependiente de un público abstracto, genérico, sino diseñada para la industria, se rige por otros parámetros. Es cierto que en la mayoría de las ocasiones, para aquel que tuviese tal ocupación como tarea de oficinista, estaba completamente supeditada a la citada industria. Una especie de música a la carta que, en el fondo, tampoco se diferenciaba tanto de componer para las estrellas del pop. Era también un territorio prácticamente europeo (UK, Italia y Francia principalmente en cuanto a sellos señeros, aunque receptivos a cualquier artista dispuesto a trabajar bajo sus reglas: Alfonso Santisteban, Antón Garcia Abril o Adolfo Waitzman trabajarían para la CAM italiana, la cual llegaría a tener oficina en Barcelona y Madrid) ) en el que la carencia era en ocasiones regalo. Al no contar con los holgados presupuestos de la potentísima entonces industria audiovisual norteamericana, capaz de crear grandes bandas sonoras encargadas a los mejores músicos, con lujosas y bien pagadas orquestas, muchas veces tenían que cumplir con los encargos de manera rápida, ingeniosa y económica.  Ello, por supuesto, no era óbice para mantener las aspiraciones de poder acceder algún día a esas grandes ligas, si uno estaba dispuesto a cambiar dinero y facilidades por libertad artística. 

 En oposición a la música americana hecha con los mismos propósitos era, si se quiere, menos cruda, más ligera y también más volátil. También adolecía de melancolía, de un romanticismo menos dulzón y, al haber menos filtros de control, de un intransferible sentido del humor. La música de librería era como arcilla lista para ser modelada. Unos realizaban con dicho material piezas funcionariales y otros dejaban la imaginación volar, introduciendo cualquier sonido nuevo que acabase de llegar a sus oídos, a la vez que convertían al estudio como un instrumento más. En ese sentido era innovadores, atrevidos y, los más duchos, capaces de integrar modernidad con vocación popular. No le hacían ascos a ningún estilo y muchas veces esa anarquía, bien sujetada luego en las salas de montaje de los estudios, daba lugar a acontecimientos supremos.

Asumían, muy a su pesar, la transferibilidad de sus partituras. Vendían un producto por un precio o un sueldo y la vocación de autoría debía quedar aparcada. Era también un mundo de pillos, los seudónimos se sucedían, unas veces debido a  motivos contractuales y otras por intentar vender dos veces la misma partitura.

 

Sigamos ahora con Janko Nilovic. Aislado del resto del mundo y sumido en su obsesión, crea, a partir de 1969,  su propio universo musical en los suburbios de París, un lugar en el que tan solo habitan él, su música, los instrumentos con los que darle forma y las ideas que bullen en su cabeza. Aseguran quienes lo conocieron o trabajaron con él que pasaba más de doce horas diarias intentando dar forma a los sonidos de su mente, experimentando y probando hasta lograr dar con la piedra filosofal, como un alquimista en pos de la fórmula perfecta. Hiperactivo, su obra, publicada a su nombre pero también bajo incontables seudónimos (Alan Blackwell, Philippe Gray, Bill Mayer, Johnny Montevideo, Heinz Kube, Andy Loore, Emiliano Orti, Ennio Morandi y no sé cuantos más) es un recorrido casi inabarcable por todos los sonidos de finales del siglo pasado, siempre tamizados por su percepción musical; Del jazz a la música brasileña con paradas en el funk, el pop espacial, la música clásica, el folk balcánico, la música concreta, la psicodélica o la electrónica atiborrada de efectos de estudio. Se diría que cualquiera de sus experiencias vitales necesitaba, urgía ser pasada al pentagrama. Afortunadamente, tras ser hasta hace unos cuantos años un secreto a voces, debido primero a la indiferencia o desconocimiento y posteriormente a las dificultades en adquirir sus discos (puestos de moda y en valor por los músicos y productores en busca de grooves y beats para samplear en sus discos), muchos de esos episodios de música de Librería son posible localizarlos gracias a reediciones y el trabajo de arqueólogos músicales empeñados en difundir su legado. Sellos como Montparnasse 2000, April Music, L’Illustration Musicale, Patchwork, Musique Pour L’image o Telemusic en Francia, Gemelli, Octopus, Cam, Flower, Ariete, Carosello o Beat  en Italia o   De Wolfe, Kpm, Bruton Music o  Chapell en UK son sólo unos cuantos a los que homenajear.

 

 

  Compositor soberbio y aún mejor arreglista, capaz de tocar cualquier instrumento que tuviese entre manos, aunque su favorito fuese el piano, fue un adelantado que revisó el pasado siempre intentando edificar el futuro; wah wah, sintetizadores, órganos, honky tonk piano, moog, efectos electrónicos, percusiones tribales, fuzz, phasing y echo, ordenadores analógicos, etc. Tan necesaria como su clarividencia era el contar con los ejecutores más competentes, más precisos. Para ello, toda la tropa de músicos de estudio. Muchos de ellos habían salido escaldados de fallidas carreras dentro de la industria  la música pop y, necesitados de tres platos y cama diarios, se tiraron de cabeza a trabajar como ilustradores musicales. Talento y virtuosismo no les faltaba, aunque unos pusiesen todo su empeño en acrecentarlo y otros se bastasen y se sobrasen en cumplir el expediente. La vieja historia de siempre, en absoluto diferente a cualquier otro género menos estigmatizado, con la ventaja que -casi todo- quedaba entre ellos. Músicos por lo general de formación clásica y capaces de tocar todo aquello cuanto les propusiesen. Aunque este no fuese el caso de Nilovic -como se dijo prácticamente autodidacta- se rodearía de la crema inquieta de la bohemia francesa surgida del jazz y receptiva a cualquier vuelta de tuerca tanto digamos, avant garde, como seducida por los nuevos tiempos. Dave Sucky, Eric Framond, Jerry Mengo, Camile Sauvage, Bob Garcia, A. Fougeret, Aldo Ceccarelli, Pierre Dahan, Matt Camison, Jean Pierre Decerf, Daniel Faure o el mismísimo Bernard Estardy entre varias decenas. Tan parias de reconocimiento como talentosos y en ocasiones exitosos, ya que algunos de ellos tendrían pelotazos con discos del género mal llamado Exploito hasta bien entrado el ocaso de la música disco. Para que se hagan una idea, decidieron al instante que remuneración digna y profesionalidad estable tenía poco que ver con las aspiraciones de trascendencia, sin saber -o a lo mejor sabiéndolo mucho mejor que casi cualquiera de nosotros- que los oropeles y el éxito entre una élite era mero asunto vanidoso, incapacitado  y huero para poder proporcionarles aquella comodidad -y en ocasiones el lujo- a la que cualquier ser humano aspira. 

 

 
Irreprochable en sus variadísimos recursos, tan inventivo como ingenioso, se entretuvo elucubrando coartadas que diesen, al menos ante si mismo, cierta coherencia a una obra en su mayoría de encargo. Aunque podía reproducir casi cualquier sonido (unas veces Morricone, otras Schifrin, a veces Don Cherry y en otras la maquinaría groove del mejor soul o la locomotora tropicalista) decidió tirar por la senda de la pasión. Humilde en sus planteamientos y siempre bien documentado, fue cabeza inquieta y curioso con las nuevas formas, a las que siempre procuró darles el sitio justo dentro de sus ensoñaciones sonoras. No solo comprendía sino que también entendía. Esencialmente un formalista, se preocupó de revestir sus composiciones  con instrumentos autóctonos que diesen visibilidad a la melodía. Se podría decir que vivió -afortunadamente aún lo hace – musicalmente. Dotaría  de clase a ciertos proyectos como Les King set, Gerard Lenorman, Bobby Cannon, etc, protagonizó involuntariamente otros (ése alucinado viaje con Davy Jones & The Voodoo Funk Machine (Philips, 1970), su único proyecto -fallido, como no podría ser de otra manera- con una compañía grande) y lanzó un puñado de singles a modo de capricho experimental (Spiritus M, Mao Mao, Pueblo verde, Power). En definitiva una obra río, casi inabarcable, y que lejos de querer analizarla, algo para lo que realmente no me siento capacitado, simplemente les presento. Por si  les ha picado la curiosidad.
 

…Mi inspiración viene de diversos lugares. Cuando me siento al piano, la composición ocurre muy deprisa.  Hay veces en que escribo diez o doce canciones en el mismo día. Por ejemplo, terminé el Lp “Super America”, la escritura y los arreglos, en un mismo día. ¡Hay veces en las que no puedo parar!…

 

…Escribí “Rhythmes contemporaines” para 45 músicos, los llamados Paris All Stars en 1970. Lo grabamos en 1972, dos de las canciones diréctamente en estéreo. Al principio iba a salir bajo el nombre de mi banda, Giant, pero MP2000 dijo que así nunca tendría éxito. Cambiaron la portada y lo publicaron como una versión de librería de Ritmos contemporáneos. Pese a todo dimos varios conciertos en clubs y music halls. El disco original es uno doble bajo el nombre de Giant

 

…Me sorprende mucho que tanto tiempo después la gente aprecie mi música. ¿Por qué?… No lo sé. Notas, ideas, arreglos, aparecen de repente en mi cabeza y tengo que plasmarlos. Hay veces que ni necesito estar sentado al piano, solo en mi mesa…

 

Las declaraciones están extraídas de la entrevista realizada por Max Bell a Janko Nilovic en el blog Passion of the Weiss. 2014
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