"MES ANNÉES 60". Jean Marie Périer. (Ed. Filipacchi, 1998)

Podemos decir de este libro, sin temor a equivocarnos, que es el álbum fotográfico que resume una época. El fascinante compendio de otro tiempo en otro país. Una especie de testamento generacional que me provoca admiración y envidia. Admiración porque haya alguien que haya tenido la suerte de ser cronista de un tiempo prodigioso, de haber estado en el lugar adecuado y en el momento oportuno. Envidia porque siendo aquí las cosas tan diferentes pero tan iguales, no exista ni una industria avispada ni un público interesado  más allá de cuatro desubicados como quién suscribe. Y que por tanto no goce del merecido reconocimiento obras si no iguales (porque ninguna lo es) si al menos similares. Un limbo que se ha vuelto normalidad, que se compone de falta de curiosidad y nulo respeto, equidistante con la desidia y el desprecio, por saber lo que fuimos o al menos lo que quisimos llegar a ser. Así nos luce el pelo.

He aquí la introducción del autor, Jean Marie Périer, al libro que recoge una selección de su estupenda obra.

“En mayo de 1962, mientras estaba sentado en “La belle ferronniére”, una bar de la calle Pierre-Charron, Daniel Filipacchi, de quién había sido asistente de fotografía en los años cincuenta, me propuso colaborar en un pequeña revista musical. Yo acababa de llegar de Argelia, donde había hecho el servicio militar. Trabajaba como fotógrafo para “Tele 7 jours”, algo que, para un joven de veintidos años significaba estar colocado. Cansado de inmortalizar a Catherine Langeais sobre fondos de terciopelo color burdeos, dije sí enseguida a la propuesta de Daniel. No podía ni imaginar que me estaba haciendo el regalo de los doce años más maravillosos de mi vida.

 El primer número, enteramente compuesto de fotos encargadas por las casa de discos, tiró 100.000 ejemplares. A partir de entonces, Daniel y su socio Frank Ténot tuvieron que hacer otra tirada para satisfacer la demanda. Un año más tarde, la revista tiraba más de un millón de ejemplares. La novedad visual aportada por Régis Pagniez, su director artístico, y la libertad que Daniel y Frank permitían con las fotografías hicieron el resto. Libertad por la que les estaré siempre agradecido. En más de doce años jamás me fijaron un límite, tanto con la imaginación como con los medios. Muy pocos fotógrafos han tenido este privilegio. Y desde entonces no lo he vuelto nunca a encontrar. En los cincuenta pasábamos sin transición de la adolescencia a la edad adulta. El descubrimiento de la adolescencia como marca data de principios de los sesenta. Era un público nuevo, atento y muy abierto.

 El programa “Salut les copains”, que Daniel conducía todas las tardes de cinco a siete, era el más popular entre los jóvenes, y como todas las semanas él les explicaba lo que yo hacía, en que país estaba, con que cantante, ese día y al día siguiente, me encontré en primer plano de esa época singular, con un estatus sobrevalorado de “estrella”  y que me habría vuelto totalmente loco si yo no hubiese estado protegido por la flema de Daniel y el humor de Régis. Daba la vuelta al mundo en todos los sentidos varias veces al año, pasando de Johnny a los Beatles, de Sylvie a los Rolling Stones. Durante las giras en Francia, cuando paseaba por las calles, si levantaba la cabeza, podía ver las habitaciones de los adolescentes cubiertas de mis fotos. La suerte que tuve fue la de haber conocido a todas esas estrellas en sus comienzos, después de lo cual solo tenía que seguir la estela de sus fulgurantes carreras. “He’s a friend of the boys” es la frase que Jo Bergman, la coordinadora de las giras de los Stones decía a los organizadores de los conciertos en cuanto llegaba. Esa frase me valía como pase para acceder a todos los lugares, me abría todas las puertas.

 Pero mi verdadera suerte fue, sobretodo, el realizar lo que quise hacer. Eso tal vez explique por que no tiendo a la nostalgia. Aunque cuando veo esas fotos, me evocan la libertad, la imprudencia, la ingenuidad. Me recuerdan los tiempos en yo no trabajaba más que para divertirme, consagrándome muy seriamente a cosas que en absoluto lo eran.

 Este libro no tiene como finalidad contar la historia de “Salut les copains”, ni de hacer una síntesis de ese decenio, sino más bien de evocar lo que viví, recordar los rostros de todas esas personas que he tenido el privilegio de encontrarme cuando fueron jóvenes, muy jóvenes. Yo tenía su misma edad, pero el estatus de “Dueño de la pelota” del que me beneficié gracias a mi padre, François Périer, me llevó a creer que el mundo del espectáculo no tenía ningún secreto  para mi. Frente a su insolencia, a su energía, a su candor, a su talento, yo, que creí saberlo todo, lo aprendí todo de ellos.

 Se lo agradezco muchísimo, me hicieron el regalo de Mis años sesenta”.

Jean Marie Périer

 
 
 
 Todas las fotografías son de Jean Marie Périer