EL SONIDO HECHO A MANO Joan Lluís Moraleda y Daniel Carbonell

 

 

Imagino, no lo sé, que a Joan Lluís Moraleda (Santa María de Palautorderá, 26 de abril de 1943), de volver a toparse con ellos hoy, estos experimentos sonoros le deberán parecer anacronismos de la prehistoria que bien permanecen ocultos en la veladura del olvido. Tal vez tenga razón, pero ya saben de que pie cojeo y hacia donde se dirigen mis ociosos desvelos. En la actualidad un consagrado director e intérprete de sardanas, premiado en numerosas ocasiones por su labor, buceando por internet tan sólo hallaremos escuetas referencias a los comienzos de su carrera musical como compositor de música ligera y arreglista, acreditándose trabajos para La Trinca, Guillermina Motta o Labordeta y me temo que soslayándose tantos y tantos otros. Podemos encontrarlo, haciendo prospección entre nuestros discos tocando el oboe (su instrumento) en el “Alenar” de María del Mar Bonet, arreglando la inconmensurable “La puerta del amor” de Nino Bravo, dedicándole “El Noi d’Holanda” a Johann Cruyff o trabajando codo con codo con Juan Carlos Calderón en sus producciones para Sergio y Estibaliz. Seguro que hay mucho más. Es éste -el de bucear, dando a menudo palos de ciego, entre la discografía española- un asunto descorazonador, probablemente debido a numerosos factores, no siendo el de menor importancia el poco pedigree y la escasa -por no decir nula- puesta en valor que los artesanos musicales (ingenieros, técnicos, músicos, arreglistas e incluso productores) han tenido en nuestro país. 
 
 Si que sabemos -por la entrada en la Viquipedia y por las notas interiores de este disco que les presento- que “Joan Lluís Moraleda, director musical de los Estudios Carbonell, ha cursado sus estudios de piano, composición y dirección de orquesta, siendo distinguido por el Conservatorio Superior de Música de Barcelona con el premio extraordinario de composición final de carrera. Estudia en París en 1970 a los clásicos y a los autores de vanguardia, bajo la dirección y supervisión de personalidades tan prestigiosas como Pierre Perlot y T. Aubin. Desde entonces ha realizado una gran labor en el mundo del disco, como director y arreglador de artistas bien conocidos. En 1974 recibió el premio “Ciudad de Barcelona” a la mejor obra musical. Su labor creativa en publicidad se vio galardonada con el Premio Ampe por la campaña para “Simca Mil”.
 Su labor dentro del apartado denominado música moderna me temo que quedó circunscrita a la segunda división b de los artesanos, aquella inmensa categoría que no logró alcanzar el olimpo al que imagino aspiraban y que se vieron dedicados a otros menesteres. Quedando a lo sumo y con fortuna, como acompañamiento de artistas con la ilusión de triunfar -y que hoy están completamente olvidados- o como relleno de innumerables discos recopilatorios dirigidos a los turistas veraniegos y al consumidor ocasional de música en sellos como Olympo, Impacto, Discophon, Caudal, Belter, Palobal y un largo etcétera. Una labor distante de cualquier aspiración de trascendencia, simplemente el placer del trabajo bien hecho y en la que, como mucho, se permitían colar alguna veleidad en la que brotaba el hallazgo ingenioso o pegadizo. Nada serio, cierto, serie b, pero de esa humilde, bien hecha y no recubierta del feismo como enmascarador de limitaciones técnicas.
Este sampler promocional que tengo el placer de presentarles y que hace nada conseguí no es otra cosa que una carta de presentación comercial de los Estudios Carbonell. Publicado por el sello promocional Ticano en el año 1975 recoge una serie de muestras sonoras destinadas a ornar diversas campañas promocionales (Danone, Brandy Veterano, Simca, güisqui Black and White, relojes Duward, Bitter Cinzano, etecé). Dichos estudios eran propiedad de Daniel Carbonell, un ingeniero industrial especializado en electrónica y con estudios en la Escuela oficial de Cinematografía

Utilizando una moderna mesa de mezclas Neve con diecieseis canales de entrada para micrófonos y lineas de alto nivel y ocho salidas simultáneas, la carpeta interior es su pimpante carta de presentación; dobles canales de reverberación, eco y retardo, dos lineas de foldback (monitorización), filtros, ecualizadores, altavoces Lansing, salas de edición, de montaje y copiado, grabador con cinta magnética de 35 mm. y una innumerable serie de detalles técnicos que le daban a uno, tras su lectura, la impresión de estar dentro de una nave espacial de la Nasa preparada para la órbita espacial.

Hay que reconocer que dentro de lo apresurado y cochambroso que por estos pagos era norma lo suyo aspiraba a un cierto refinamiento y modernez en consonancia a lo que se hacia por el resto de Europa dentro de la música de librería. Tenían claro que lo suyo era un producto y no aspiraban a trascendencia o reconocimiento artístico sino al logro profesional. Elaborar una buena cortinilla sonora que ilustrase lo solicitado por el cliente, otorgándole presencia mediática junto a los consiguientes réditos económicos necesarios para prosperar. Más o menos, aunque sin la impostura del engaño, lo que es el pop hoy en día; un género en el que se ha obviado el componente emocional y cuya aspiración máxima, me temo, es la de servir como fondo sonoro a campañas corporativas.

Contaban, además de con Joan Lluís Moraleda como director musical, con José Antonio Teruel Fábrega como ingeniero de sonido y Jefe de estudio. Procedía J.A. Teruel del mundo del doblaje para televisión y publicidad. Había comenzado su carrera, tras estudiar electrónica en Barcelona, en el equipo de montaje de “La Voz de España” y muchos años después crear Sonodigi, un estudio de sonido que ha trabajado con todas las agencias y productoras de nuestro país. Nótese la presencia todavía de un cierto romanticismo en las notas interiores de la carpeta; Mención al patrón y mención al artista. Ninguna a los técnicos y operadores.
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