KEVIN AYERS "Puis-je"

 

 

Son estos tiempos extraños. Motivada su extrañeza, en gran parte, por nosotros mismos. Por lo que hacemos pero sobre todo por lo que no hacemos. A menudo tendemos a glorificar de manera exagerada e injusta (exagerada por lo que les puede llegar a perjudicar, injusta por lo que sin duda les perjudicará) a personas y expresiones artísticas en las que se atisba cierto talento pero en las que en nuestro fuero interno sabemos que nunca acabarán por florecer. No es su culpa me digo, ni tampoco del todo la nuestra. Es tan solo el deseo de querer sentirnos mejor con nosostros mismos, la ilusión de pensar que hemos compartido nuestro tiempo con un genio, que hemos sido testigos de un momento y una obra excepcional. 

No sucede este engaño sólo con la música, muy al contrario. Pero a estas alturas del partido es la música popular (del rocanrol a la bossanova, del flamenco al soul, en realidad el estilo que gusten) una cosa tan menor, tan orillada, tan demodé en comparación con otras disciplinas que uno a veces duda que pueda sobrellevarse de otra manera. Me refiero a otra manera diferente a la que va desde la exégesis personal a la rememoración casi onanista, esa manera empeñada en atesorarlo todo como si de las joyas de la familia se tratase. Es uno un poco Quijote -también un poco idiota- y muchas veces termino sorprendiéndome intentando defender algo de manera denodada, mucho más a menudo debido a los ataques que sufre que por las virtudes que atesora.

Esta semana Kevin Ayers se murió. Escribir una elegía de alguien para uno elegíaco desde el mismo instante en que conocí sus canciones no tiene mucho sentido. No al menos si no se sabe hacer. No, desde luego, si no se hace bien. Y como no sé describir el estado de tranquila melancolía en el que me hallo desde hace unos días, ni tampoco la repentina consiciencia del paso del tiempo, ni mucho menos la efímera y brumosa felicidad que me depara escuchar de nuevo sus canciones intentaré dejar uno de sus versos. En francés, cantando “May i”.

No pretendo ser un estraperlista del agasajo y si acaso lo parezco les pido disculpas a todos ustedes, pero, antes que a nadie, se las tendría que pedir a él. Kevin Ayers ha viajado conmigo desde hace ya demasiado tiempo como solo los amigos lo hacen. Unas veces dándome cobijo y en otras irritándome por el talento malgastado. La mayoría de las veces haciéndome compañía, hablándome, escuchándome. No es éso poca cosa.

“Puis-je” no es, en principio, otra cosa que una versión en francés de “May i”. Una revisión un tanto descabalgada si quieren, muy laissez-faire, profundamente evocadora. De apariencia frágil y ligera y sin embargo para uno de más profundo significado que otras, a priori más enjundiosas. Desprende a la vez la despreocupada celebración del instante y el dolor de la asunción de la perdida. Fue regrabada en 1999 por Kevin con los músicos de Ladybug Transistor. Se escondía en un disco pizpireto pero muy irregular titulado “Pop romantique; french pop classics” publicado por el sello Emperor Norton. Anda por casa desde entonces y siempre recurro a él -a “Puis-je” en realidad- cada vez que necesito medicina y ungüento, cada vez que la melancolía rezuma.

 Todo el resto de las canciones que se hallaban en el citado disco eran versiones de clásicos; “Le tourbillon”, “L’anamour”, “Contact”, La poupee qui fait non”, etcétera. Todas ellas canciones sublimes, por supuesto, tan sólo que uno piensa no necesitaban ser reinterpretadas. Que estaban bien como estaban.

La única que no entraba dentro de esa categoria clásica era “Puis-je” y se convirtió en la más clásica de todas. Porque era otra canción y porque era muchas canciones. Porque tal vez fuese todas las canciones.

Curiosamente también, era, de largo, la mejor de la terna. Es lo que tiene poder caminar sobre el agua, que te convierte en Dios…