"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 3ª) Capítulo XIII

   
  Por mucho que jurasen y perjurasen que no sabían nada de las malditas fotografías, los Choris andaban metidos en un buen lío. Hacía sólo dos semanas de su desembarco en California y ya eran más populares que Shaun Cassidy y los Bugaloos juntos. El único problema era que su imagen popular estaba endeblemente asentada. Básicamente se sostenía en haber sido capaces de pulirse unos cuantos milloncejos con generosidad y en un estilo digamos, peculiar. El haber estafado demasiado alegremente al Clan de los Brigante coronaba el indigesto pastel.
 
  Atados y amordazados en el garaje de aquella casa de dos plantas estilo colonial, Yeyo sudaba de una manera muy distinta a la motivada por el placer. Un tipo fornido y menudo parecía llevar el mando. Semejaba una especie de Emilio Fernandez sin bigote, vestido con una guayabera bordada, patillones enormes y una halitosis galopante con hedor a chile que impregnaba toda la estancia.
 
-“Arranque el driller, brodel. Y suba el volumen de la música”.
 
  El berrido inicial de  Victoria Lupe, su “Brrraaaaa, c’mon, c’mon, c’mon touchhh me baaby”, atronó a lo largo de la calle, confundiéndose con el del taladro. Yeyo hubiese gustado mucho del cuerpo racial y sucio de la muchacha, caso de no andar en asuntos más importantes. A su lado estaban aquellos dos tipos -desconocidos compañeros de la enésima farra- a los que apenas podía recordar: uno, el más joven, decía ser escritor de películas, aunque todavía no había podido vender ninguna de sus historias a los estudios. Podía recordar su nombre, Oliver, pero no su apellido. Jamás había visto a nadie beber tanto güisqui. Se tragaba las anfetas como si fuesen gominolas. El otro, mulato, de hablar con sabor a melaza y una aspiradora inagotable, era un juguete roto más del mundo del deporte. De nombre Arístides “Poncho” Urrutia, había sido una gran estrella del béisbol durante su juventud en la Isla y más tarde en la tierra prometida. El exilio anhelado a Estados Unidos le había deparado, por este orden, fortuna, adicción, ruina y, de manera inminente, muerte.

DonRa notó la sangre sobre su rostro sudoroso y dió un respingo del asiento del copiloto del Mustang. Cuando abrió los ojos respiró profundamente y agradeció que aquello sólo fuese un sueño. Que la sangre, fresca, fuese en realidad un Bloody mary que Rogelio había echado sobre su cara. No tuvo tiempo para nada más. Yeyo reía a carcajadas corriendo tambaleante por el aparcamiento mientras Raul se cagaba en todos sus muertos.

 

-“Rogelio, hijo de puta, me has manchado toda la tapicería, te voy a cortar los güevos” 

 

 Aunque le fastidiase un poco que su recién estrenada americana Geoffrey Beene estuviese manchada, no pudo evitar sonreír al ver de nuevo reproducirse las escenas de la Costa del Sol. En ese momento llegaron Peroulovic y el resto de los Choris a lomos de un Chevrolet Camaro del 74 de color dorado con franjas negras. Venían del estudio de Melcher, donde la Costa Shock ultimaba su primer single. Al ver el coche Radeck detuvo su persecución y se quedó quieto, inmóvil, contemplándolo, mientras Yeyo caía de bruces en el seto al otro lado del murete a la vez que sus bermudas se enganchaban en una rama, dejando ver sus nalgas famélicas y blanquecinas. Antonio Arribas todavía llevaba puesto su Jantzen Swimwear. De su brazo colgaba un apabullante espécimen de mujer. Cuando ambos descendieron del automóvil Lolo no pudo evitar darle una palmada en las nalgas a tamaña hembra.
 
-“Quillos. Mirad lo que nos hemos encontrado. Dice que se llama Raquel.”


   El gran teatro y las marionetas que lo habitaban tenían un cierto aire tragicómico. Y no es porque quisieran retomar las grandes preguntas clásicas, las que raramente son contestadas, aquellas sobre la vida y la muerte, el amor y el abandono, el éxito y el fracaso… sino precisamente porque a sus moradores no les interesaba lo más mínimo. Estaban inmersos en una fantasía mucho más placentera que la triste realidad. Se agarraban a ella como si les fuese la vida en ello. Tan sólo los más observadores y realistas conocían lo etéreo de tamaña aventura y ni tan siquiera ellos estaban dispuestos a dejar de representarla.
 
  Para Da Silva todo aquello era pasado. Lo había sido desde el inicio, aunque de eso era ahora cuando tenía verdadera conciencia. El único inconveniente era que lo que había sido un alegre y evocador pasado comenzaba a tornarse en algo inoportuno, incómodo. Andaba ya en otras cosas y de repente notaba molesto todo aquello que antaño fue placer. Tal vez era el único que había tomado “Soy todo sueño” como lo que en realidad era, una especie de doctorado en el cine y en la vida, el camino balbuceante que todo hombre debe tomar antes de jugar al juego de verdad. Le irritaba y le causaba ternura el bonvivantismo ingenuo. Y no por no comulgar con él, sino más bien por empeñarse en mantenerse incólume, por hacer bandera de su pureza y despreocupación cuando todo allí, en el escenario de la vida y sobre su persona, era mugre y triste realidad. La metástasis había comenzado y nadie quería verla. Tras aquel sol radiante que parecía eterno podía adivinar la inminente y negra nieve.
 
-“¿Qué vendrá luego Jairo?. No quisiera que esto terminase nunca. Pero tampoco soy tan estúpida como para pensar que eso es imposible.”
 

Mientras Uvita decía eso, J. sonrió, un tanto sorprendido, desde el interior de la limusina que les conducía al estreno. La había minusvalorado. Ahora se daba cuenta que tal vez ella había sido la única que no sucumbió a los cantos de sirena y que, pese a saber de la finitud de los deseos, sólo planteó la cuestión cuando atisbó a ver sus estertores, compasiva y fiel para con los sueños de quién amaba.

 
-“No lo sé. Pero me gustaría que lo viviésemos juntos. ¿Te parece bien?”
 

 

 
  Bajando por Hollywood Boulevard la cúpula del Cinerama Dome resplandecía, semejando poco menos que una nave espacial. DonRa hizo un breve recuento mental de su vida. No quería atiborrarse de recuerdos, así que ideó una hoja de ruta sencilla de elaborar pero engorrosa de revivir y que muy posiblemente iba a dejar muertos en el camino. Tenía que soltar lastre. La aventura americana – la cinematográfica- tocaba a su fin nada más comenzar. Y le parecía bien. Había querido jugar demasiadas partidas -y aunque el juego era divertido- ya era el momento de recoger los beneficios y asumir las pérdidas. Resultaba gracioso, aquello en lo que menos se había implicado, aquello que había tomado como poco menos que un “hobby” donde restañar sus heridas, era lo que le estaba procurando los mayores y más jugosos dividendos. Radeck y Mark Rampasse llevaban los hilos de manera adecuadísima.
 
Habían navegado entre chantajes, contratos ficticios y payolas fructíferas con la ABC Sports. Finalmente consiguieron la anhelada alianza. Su participación en la futura “fusión” entre las dos grandes ligas les había dado una posición de dominio. Aquel diminuto judío, pese a ser listo y artero, ya comía de sus manos, siendo, aunque espléndidamente pagado, un mero hombre de paja.
 
   Allí sentado, observando por la ventanilla el paisaje urbano, supo que al presente no le quedaba nada más que escurrirse entre sus dedos. Que serían el pasado y el futuro con quienes tuviese que ajustar las cuentas. La losa del ayer estaba a punto de ser finiquitada. La incertidumbre del futuro, en cambio, sería algo que quedaría pendiente. La había sorteado durante demasiado tiempo. Maine estaba muy lejos -o muy cerca, según se mirase- y ese futuro era algo que ya no estaba dispuesto a recriminarse más. O sería o no. Pero estaba harto de la incertidumbre. De repente supo que la decisión estaba tomada. Sabía que muy probablemente le causase más dolor que otra cosa, pero para cauterizar las heridas apropiadamente el dolor es algo necesario, ineludible. 
 
Y todavía conservaba el Toque.
 
 Un portero con uniforme les abrió la puerta del Cadillac. Había mucha gente. La explanada del Cinerama Drome estaba atestada. Una multitud en la que se mezclaba prensa, curiosos, estrellas, wannabes, modelos y diletantes. Lolo había hecho bien su trabajo y al menos el atrezzo era el adecuado. A la izquierda del todo, aunque no pudiese acertar a verlos sin subir las escaleras que daban a ella, supo que estaba la tropa nativa. El jolgorio, las risotadas y los requiebros gañanes sonaban incluso por encima del tráfico y el griterío del gentío.
Al entrar al vestíbulo de la sala comprobó de nuevo lo acertado de las gestiones de Peloujrovic. Los camareros, musculosos efebos rubios con la piel tostada por el sol californiano, repartían copas y combinados sin reparar en gastos. Dos docenas de conejitas playboy prestadas por Hugh pululaban por la sala como aliciente extra. Al primero que pudo saludar fue a Michelone. Departía con varios miembros del staff de Capitol Records y algunos de los miembros de la Costa Shock. Había conseguido colocarse como ingeniero de sonido en uno de los estudios del Capitol Records Tower durante la producción de los dos sencillos de aquellos. Con el primero no pasó gran cosa pero el segundo, una versión de un viejo tema de los Hobbits, habían entrado en el Billboard. Su idea de resucitar la famosa cámara de eco sita en los bunkers subterráneos del estudio, dando un nuevo concepto al efecto reverberación había llegado a interesar a los hermanos Carpenter. Estaba a punto de firmar como ingeniero para su nuevo disco..

 

  -“Amigo mío. No sé como acabará esto, pero nosotros nos quedamos aquí”
 
Lo dijo mientras le abrazaba de una manera que casi parecía una despedida.
 
-“DonRa querido, no sé como agradecérselo”
 

  

 

No la había visto acercarse, pero el sugerente aroma de su inconfundible perfume le decía que estaba cerca. Cuando se giró Miss Taboo le dio un efusivo beso. Acto seguido le presentó al diminuto polaco. Su mirada de felicidad era indescriptible. Había firmado por dos películas con Universal y aunque sabía que aquello sería la jungla y el papel pequeño, ya se encargaría ella de que todo acabase bien. Que la primera de ellas la fuese a dirigir Roman le parecía el principio perfecto para la nueva aventura.
-“Titán, fiera, JEFE… ¡Es usted el puto amo!”..
Yeyo Llagostera y Antonio Arribas llegaron enfundados en sendos esmoquins blancos, con pajarita en tonos celeste y camisa con chorreras negra. Una serie de muchachas les seguían como en procesión. Tan solo reconoció a Raquel y a una Joey Heatherton a la que las horas de vuelo y el haber sido carne del Rat Pack comenzaban a notársele en exceso. El resto del harén, igualmente seductor, le era totalmente desconocido.

 

  Cuando entraron en la sala, los sillones decadentes de terciopelo rojo, la pantalla de 26 metros y el triple proyector –algo que solo se utilizaría en el Drome para el estreno de “All i dream”– esta estaba casi llena. Vio a Messieur LaFleur y la Ducchesa. A su lado el diminuto caballero de cuando su llegada al aeropuerto, el mismo pelo imposible y las enormes gafas de sol. Dos filas más adelante el Maharissi Puhig, Tama-Rhitt, Peter Sellers y Britt Ekland. La Ducchesa le hizo un gesto discreto, apenas imperceptible, que le sirvió para adivinar el tipo de marcaje al que estaba siendo sometida por Mr. Spector. También acertó a ver a los Alfonsos, músico y noble, los papeles cambiados, conversaban –o lo que fuese aquello- con Dennis, Karen Lamm y Monte Hellman. Un poco más adelante, expectantes, Warren Oates, Dennis Hopper, Sarafian, Peckinpah e Isela Vega parecían no haber dormido en una semana. El primero levantó del suelo, de entre su regazo, a una de las Margaritas. Ay, aquellas muchachas no cambiarían jamás. Y que poco tino tenían con sus dianas. Viendo todo aquello DonRa supo que al menos “Soy todo sueño” descansaría en esa estantería donde reposaban “Two lane blacktop”, “The last movie” o “Vanishing point”. La de los fracasos maravillosos. Era un buen sitio pensó, justo en el momento que se sentaba y se apagaban las luces del Drome.
 

  

 Se encendieron las luces de nuevo y justo en ese momento supo que su tiempo en California tocaba a su fin. Había sentado las bases y mostrado el camino a todos sus compañeros de aventuras. Cada uno lo había aprovechado a su manera. Tal vez el Don hizo bien desapareciendo en Marbella. Aquello era algo que solo podía pasar por él; ¿Por qué vivimos?, ¿Por qué luchamos?. Eran preguntas sencillas aunque su respuesta acostumbraba a llevar una, varias vidas. DonRa ya había gastado alguna y tal vez ese fuese el precio que tuvo que pagar para darse cuenta de la realidad. Levantó la mirada de la pantalla y pudo ver la vista de Jairo posada en él. No hizo falta más. Era una mirada de agradecimiento y también de despedida. Sin lamentos ni tristeza. De moderada esperanza. “Soy todo sueño” le había servido al joven Da Silva para conocer su pasado y, sobre todo, aceptar el futuro. A él, además, le había ayudado a comprenderlo.

Cuando salió del Drome ya solo había una idea en su cabeza. La única que podía ser.



   Para empezar a contar el final de una era, habrá que volver a mirar hacia atrás de nuevo, pero esta vez no serán cinco años, sino que simplemente nos giraremos un poquito como cuando admirábamos la tracción trasera de una señora con capazo contoneándose por el Beverly Hills Hotel. De hecho más que retroceder en el tiempo, será preciso sentarse en un taburete de la barra y observar quien pasa y alguna de las broncas que se suceden en las mesas. Son las 11 de la mañana del 15 de Mayo de 1975 y KC Jones, la única persona de color en el bar en aquel momento, tiene un cabreo descomunal. Ha perdido un día para preparar la final, y lo que es peor, se ha pegado un madrugón mayor para tomar el primer vuelo a Los Ángeles. La noche anterior, los Warriors acababan de remontar un 2-3 y ganaban la final del Oeste a Chicago en una de las mejores series que se hayan podido presenciar en el deporte profesional americano. Así lo aseguraba Mark Rampasse, que permanecía impasible a su derecha con la vista fija en Bill Graham, quién discutía acaloradamente con Franklin Mieuli. El entrenador de los Bullets no tardó en escoger. Jugarían el primer partido en Washington y los dos siguientes en el Cow Palace de Daly City. No se arriesgaría a volver con un 2-0 a Washington sólo porque el gordito de la gorra no lograse convencer a aquel judío obstinado y -si me permiten mi opinión desde la barra- repugnante. El único lugar a donde se llevaría su Day on the Green sería al L.A. Memorial Sports Arena. No se lo creía ni él, simplemente argumentaba esto sabiendo que Pink Floyd estaban programados allí cinco noches en aquellos días. Chicago, Beach Boys, Commander Cody And His Lost Planet Airmen y New Riders Of The Purple Sage no podían convivir con un evento como las series finales, y en esos días, el Oakland-Alameda County Coliseum Arena era suyo.
 
-“Con esos grupos, ya me contarás”.
 
A Larry no le extrañó nada escuchar la reacción de Rampasse tras aquella reunión. KC Jones ya había salido disparado del hotel de regreso al este en cuanto se vio que no había otra. Franklin y Graham aún se quedaron un buen rato llamándose de todo. Cuando este último abandonó el lugar, mientras esperaba su coche, lo primero que se encontró fue el puño del periodista golpeando firme y repetidamente su cara, y lo segundo la selvática y refrescante vegetación exótica de los jardines del Beverly Hills Hotel.
 
 
  Desde el mismo rincón del Polo Lounge, pero en otra ocasión, mientras charlaba con Jack Warner, divisé una escena real entre Warren y Goldie Hawn a costa de Carrie Fisher. Estaban rodando allí mismo “Shampoo”, que curiosamente se estreno al igual que “All I  Dream”, el 15 de Marzo de aquel año. Tuve una fuerte discusión con Radek  respecto a esto último. Con Fisher y Lita Ford había acudido a cenar en una ocasión también en aquel lugar. Junto a Lolo. Aunque no podría precisar la fecha nunca olvidaré aquella entrada suya mirando hacia todos lados e intentando camuflarse entre la decoración y el servicio. Mientras estuvimos sentados no levantó la vista más allá del escote de la joven rockera; le sobraban los motivos. E igualmente paladeando aquellos exquisitos daikiris de fresa, Iris Von Taffelson me presentó de nuevo a Elin Vanderlip, a la que había conocido en Amalfi aunque no lo recordase. Sí recuerdo que esto era el 23 de Abril, ya que al día siguiente no vería el sexto y definitivo partido de la victoria contra Seattle en primera ronda por acudir a una de las exquisitas fiestas que Miss Vanderlip celebraba en  Villa Narcissa, su casa en Rancho Palos Verdes. Un lugar, Portuguese Bend, que efectivamente -como ella bien decía- recordaba a la costa amalfitana. Claro que el ambiente ni el tipo de fiesta era exactamente como las que hemos detallado previamente. A Irina -podía percibirlo- no le agradaba mi presencia allí, aunque saqué mis conclusiones sobre el sector agrícola en el estado de California. Las viandas eran excelentes.
 
 
  Tampoco pudo evitar que Charlas Bronson apareciese por el lugar de la mano de Rachel Welch, que -lo siento, pero aquellos días me resultaba obsesivo- acababa de estrenar “The Wild Party”. No nos mezclamos demasiado pero era imposible no seguir a Welch con la mirada allá donde fuese. Este detalle divertía especialmente a la señora Vanderlip, que ironizaba acerca de haber estado toda una vida acumulando arte en aquella casa para que la atención de sus invitados se centrase en objetos que calificó de perecederos. No estaba del todo de acuerdo pero tampoco quise llevarle la contraria. Y tampoco me atrevía a interrumpir a Irina, que nos hablaba -a ella más que a mí, quise pensar- de la nueva adquisición inmobiliaria de los Von Taffelson: la histórica mansión georgiana conocida como Lady Pepperel House, en Kittery Point, en el estado de Maine. Elin celebró -y su uso del plural me hizo sonreír mentalmente,  de manera especialmente perversa, tras recién soportarle un monólogo de unos quince minutos acerca de su lucha por la liberación de Noruega durante la ocupación- que la casa volviese a las familias tras un improductivo periodo como museo a cargo de una fundación, pues pensaba que sólo el mecenazgo privado debía de ocuparse de este tipo de legados.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

En aquella fiesta debían de encontrarse la mayoría de propietarios de palazzos del Gran Canal de Venecia y aunque fuese por una vez solamente, seguro que cualquiera de ellos visitaría sus propiedades más de lo que Irina visitaría aquella casa en New England, justo frente a Portsmouth, en la otra orilla. Quizás no tan casualmente, la zona desarrollaría en los años posteriores una concentración de espacios de compra venta de, principalmente, ropa de marca en oferta, pero la muchacha nunca había sido de ir de rebajas. No obstante, cuando dejó caer que necesitaría a alguien de confianza para ocuparse directamente de aquella casa estaba claro que no se lo decía a la conocida como “The Wicked Witch”. No tuve que contestar. Lehman “Lee” Katz, pareja de Elin, mítico director de segunda unidad y jefe mundial de operaciones de UA, me estaba cogiendo del brazo para contarme -entre aromas de pimenteros y habanos- un sinfín de barbaridades acerca de una película sobre el Vietnam con Marlon Brando, cuyo rodaje no daban nunca por concluido y que estaba acabando con su salud. Como casi siempre, hacía una noche estupenda.

 
 Así que aún con todo en contra en principio, incluidas las fuerzas vivas de la Bay Area y el público -ni siquiera aquellos que eran los suyos, muchos habían ido esfumándose a lo largo de los dos últimos meses, no se había detenido a pensarlo hasta aquel instante- que apenas llenó el recinto con las entradas a 7 $, los Warriors llegaron al viernes 23 de Mayo con 2-0 a favor, tras imponerse en el primero en Washington y el segundo, digamos que en casa. Contra todo pronóstico se habían plantado aquel viernes en el Cow Palace con la opción de sentenciar la final y dejar a aquellos Bullets como la mayor decepción de la historia del baloncesto, tras su impresionante registro en la liga regular y en el Capital Centre en particular, y sobre todo tras haberse deshecho de Boston en la final del este, en lo que presuntuosamente se había considerado la verdadera final de la competición. Ni siquiera allí en las primeras filas tras el banquillo rival, momentos antes del comienzo del partido, era ese el principal tema de conversación:
 
-“Wow , ese tío es Dios para mí, ¿estuviste también en Snake River el pasado septiembre? Inolvidable,…allí nos conocimos.” Le dijo Ed a Radek señalando con la mirada a Julieta.
 
Raoul tenía tan impresionado a Damntooth porque la semana siguiente se iba a Londres con otra de -como gustaba denominar- sus cuentas: el acróbata motorizado Evel Knievel, que intentaría saltar una docena de autobuses o de camiones en el estadio de Wembley, pegándose otro de sus memorables trompazos. Así funcionaban las cosas allá. Frente a las tres grandes ligas y con el equipo a punto de proclamarse campeón del mundo, el Motorcycle Daredevil era lo más y nos sobraban las invitaciones. Julieta hasta se pudo traer a Jeff y Steve Mc Donald, los dos revoltosos de Hawthorne a los que cuidaba los viernes por la noche. Phil Smith pasó por allí y chocó unas cuantas manos. Había estado muy bien en el segundo y dramático partido, que se resolvería por un solo punto y en el que los 36 puntazos de Barry serían clave. Esa noche daría una exhibición aún mejor y algunos ya saldrían a celebrarlo. Nadie había remontado jamás un 3-0. Al terminar el encuentro, Jairo, Uvita, Irina y Don Ra cogieron una avioneta de vuelta a L.A. pagada por Franklin. Tras muchas horas recorriendo el Strip, donde nadie -muchos deliberadamente- sabía de qué iba la fiesta, quedó claro que no viajarían con el equipo al cuarto partido del domingo. Acabarían viéndolo por televisión en la casa de Malibú tumbados en el sofá, sin prestarle demasiada atención debido al cansancio, pese a que resultó emocionante y la diferencia fue nuevamente de un solo punto. Mediado el segundo tiempo Jairo y Uvita fueron  hasta la orilla. La casa estaba literalmente encajada en la playa. A mediodía había bastante gente pero a aquella hora ya se estaba casi mejor que en ningún lado. Don Ra los observaba a través del ventanal. Aquella escena le resultaba algo familiar, pero allí ya no estaban Charlas, ni Bateman, ni Daniele. Ni siquiera Peljourovic, aunque este había sido el primero en llamar por teléfono hacía un instante, desde Ginebra.
 

  Irina Von Taffelson bajó de ducharse. Llevaba la maleta pequeña, así que el viaje sería transoceánico como mínimo. Iba a Roma, a desprenderse de la parte de la familia en unas propiedades en Positano. Los compradores eran japoneses. Se miraron y a ambos se les agolparon los recuerdos. Ya eran unos cuantos años y le veía de manera similar a Franklin, así que le recordó lo que le habló aquella tarde en Villa Narcissa. Don Ra ladeó la cabeza, hacia la pareja de la playa. Ella le cogió la mano y manteniéndola unos segundos, le dejó unas llaves y le besó la mejilla derecha con ternura. Él tenía los ojos humedecidos y nuevamente miraba absorto a la lontananza de un Oceano Pacífico teñido de rojo. No por habitual era menos mágico aquel instante del día en el que la vida y la muerte se daban la mano, el momento tan idílico como dañino que contenía aquella extraña equivalencia de lucidez y sentimientos. La silueta de Gilda Texter saliendo del agua y dirigiéndose a la casa a través de la playa con excepcional abandono le hizo volver a la realidad. Usaría su coche, debía llevar a Irina al aeropuerto. 

Got a feelin´bout you, troublemaker, y´know I can´t live without you heartbreaker. No matter how hard I try, I can´t get away, the day you try to say goodbye I beg you to stay. People say that I´m a fool to fall in love with you, but I just can´t help myself I got love and it´s all for you”.



 A la mañana siguiente se levantó temprano, se bañó en la playa, desayunó al aire libre y volvió a coger el Dodge Challenger blanco de 1970 de Gilda. Se lo habían regalado tras el rodaje de una película de carretera en la que había salido hace unos años junto a Barry Newman, el actor de la serie de la NBC, Petrocelli. Tomó la Pacific Coast Highway en dirección norte. Pasado Point Mugu trató de sintonizar la KOW, pues Levine le había descubierto a un DJ de aquella emisora que era sensacional. Cuando la encontró en el dial, abrió la ventanilla y asiendo el volante con una mano y el codo en la ventanilla, unió su voz -no sin sorna pero de buena gana-a las de Laura, Joan y Marsha en el final de “I´m so tired” mientras le daba el aire en el rostro, un viento lleno de vida, aromas frutales y sal marina. Iba en vaqueros y camiseta, comenzaba a ser lo habitual; y quizás de tanto acompañar a Radek, comenzaba a verle la gracia a aquellos coches musculados, como les gustaba decir a los nativos. Parecía que ibas a bordo de un crucero rodante.
 Había invertido el dinero que sacó de toda esta historia de la película. También parte de los réditos del asunto Wilkes, al que dejó de representar al año siguiente -ya desde aquella estupidez de conversión al Islam había ido evitando el contacto personal con el chico- en unas cuantas hectáreas de campos de naranjos en torno a Camarillo. A Don X. le hubiera gustado ésto. Estaba claro que era un hombre afortunado. La enérgica entradilla del hombre de la radio describía exactamente tal y como se sentía: La cuestión no era quien iba a detenerlo sino cuando pretendiese parar. .

La siguiente que sonó era  su canción favorita.

    

 FIN.
 
CANCIONES DEL CAPÍTULO
BARBARA LOVE Across the universe
LA LUPE Touch me
TS BONNIWELL Black Snow
THE INNER DIALOGUE The touch
NANCY PRIDDY You’ve came this way before
TOMMIE YOUNG You can only do wrong so long
THE OUTSIDERS You’re everything on earth
TRISTE JANERO Walk on by
NANCY PRIDDY We could have it all
ESTELLE LEVITT All i dream

 

 

RICHARD PODOLOR
Richie fue un productor de la época dorada, especialmente centrado en la obra de Three Dog night y que tendría un mega hit con la producción de “Born to be wild” para Steppenwolf. Como curiosidad decir que en lo 80 sería también el productor de esa pequeña maravilla que atendía por Phil Seymour.

TERRY MELCHER

Músico y productor americano, hijo de Doris Day, de gusto exquisito. Uno de los creadores de lo que vino a llamarse West Coast Sound.  Byrds, Beach Boys, Paul Revere & the Raiders, Ry Cooder & Taj Mahal, Glen Campbell serían algunos de sus triunfos.
Terriblemente afectado por considerarse, si no culpable, si indirecto causante de  los sucesos de Cielo Drive, a mitad de los 70 se encerraría cada vez más en si mismo.
  
JOHN WOODEN
Entrenador de la gloriosa UCLA. Del 64 a 73 solo dejaría de ganar un título de la NCAA. Y esa vez sería segundo. 

K.C.JONES

Entrenador de los Washington Bullets que ni cambiando sus pintas ni ganando títulos años después con los Boston Celtics se recuperaría del mayor ridículo baloncestístico que se recuerda.

MARK RAMPASSE

Periodista deportivo de raza, esto es, de violencia pausada, nobleza trotona y recia pluma.

BILL GRAHAM

Promotor endiosado. Uno de los principales responsables de que el rock & roll perdiese toda su esencia.

ROBERT EVANS

Ambicioso productor que tras arrimarse a un crepuscular Frank Sinatra y producir “El Detective”, junto a “La extraña pareja” y “Descalzos en el parque”, se convertiría en todo aquello a lo que combatió. El productor por antonomasia del nuevo Hollywood, siendo el que convertiría a los Grandes Estudios en casi una anomalía; Valor de Ley, Love story, El Padrino, El Gran Gatsby, La Conversación, Serpico, serían sus poderes.

GENE HACKMAN
Fantástico actor americano de larga y dura  trayectoria. Tras muchos años encarnado inolvidables papeles secundarios, los 70 serían suyos;  La Conversacion y sobre todo French Connection lo dejarían en la cresta de la ola. Mujeriego impenitente. 
    
SARGENTO HOWIE
 Misterioso personaje de nacionalidad británica, aunque de origen maño. Aparece por la trama -y por la vida- como el Guadiana, firmemente empeñado en construir el rigor en todas y cada una de las facetas de la vida. 

JAMAL WILKES

Suave como la seda, Jamaal fue miembro del histórico equipo de UCLA. Elegido como número dos del draft por Golden State Warriors, daría la campanada al ganar la final a los superfavoritos Washington en 1974. Más tarde firmaría por los Lakers donde ganaría varios títulos más.

CORONEL J

Aguerrido pichabrava nacido al sur de Rio Bravo de refinado paladar para el divertimento y los negocios. Turbio, aseado y marcial.

LARRY LEVINE

Mítico ingeniero de sonido de la edad de oro de las producciones angelinas, chófer a tiempo parcial y cronista sentencioso a tiempo completo. De apariencia aferiantada aunque inofensivo.

TIM MÜLLER

Prometedor jugador de Baloncesto que ficharía por el Real Madrid y a quién DonRa, en sus años mozos, haría de cicerone y mozo de compañía por Madrid La nuit.

GARY CUNNINGHAM

Segundo de John Wooden en los años glorioso de UCLA. Metódico, sosegado e infatigable. También propenso al juego y sin la virtud del mando.

EDDIE GOTTLIEB

Mr. Basketball o El Mongol. Emigrado de niño a la tierra de las oportunidades desde su Kiev natal. Primer entrenador de Filadelfia, ex jugador y futuro ejecutivo. Listo, despiadado y muy, muy hábil en los negocios.

ED DAWNTOOTH

Eterno joven con perrera desaliñada que salió del pueblo para vivir la California de “There Goes (Varoom! Varoom!) That Kandy-Kolored Tangerine-Flake Streamline Baby.” Años después consigue acaparar la atención de una de las bellas protagonistas de “The House Pump Gang”, así que podemos afirmar que lo logró.

RAOUL RADEK

Vendehumos especializado en promocionar grandes eventos sin dar palo al agua. Curiosamente este tipo de personas suelen ser de lo más íntegro y de fiar.

RAQUEL WELCH

Jo Raquel Tejada. Actriz nacida en Chicago de orígenes bolivianos. Una bomba sexual, icono de su tiempo. Encoñada con Lolo y más tarde con Mr. Bronson. Suerte que tienen algunos.
  
FRANKLIN MIEULI
Carismático empresario radiófónico de la Bahía de San Francisco y propietario de los Golden State Warriors. Un personaje en toda regla, al contrario de los pintamonas que vagaban por Haight Ashbury.

OSCAR DANILO BLANDON

Narcotraficante de proyección mediática y barrendero del Gobierno Federal de los EEUU.

JULIETA

Lo que se viene denominando “the girl next door” La bella, educada, encantadora y deportista muchacha que agarra a Ed Damntooth de los pelos para mostrarle la senda de la felicidad. 

ROMAN POLANSKI

Joven director de cine de origen polaco-francés, afincado en California. Tras una inicial carrera en Europa, tanto “El baile de los vampiros” como “Rosemary’s baby”, estrenadas a finales de los 60, le habían dejado en una posición prominente en el nuevo Hollywood. Terriblemente afectado por los crímenes en su mansión de Cielo Drive, donde, entre otros, serían asesinados por Manson y “La Familia”, su mujer Sharon Tate y el bebe que esperaba. En la época en que transcurre este folletín tenía el mundo en sus manos, acababa de estrenar la gloriosa y exitosa “Chinatown”.

JOEY HEATHERTON

Despampanante mujer, acompañante habitual del rat pack a principios de los años 60. Capaz de aguantar, mano a mano, una noche de alcohol con Dino o de dejar agotado a ese semental que respondía por Peter Lawford. Gustaba mucho, pese a estar un tanto castigada, de acompañar a las nuevas hornadas de lo “in”. Lo fuesen o no, bastaba con que ella lo creyese.

EVEL KNIEVEL

Temerario, espectacular, zumbado y genio de la acrobacia en motocicleta. Tan grande como lo serían varios de sus castañazos.

LEHMAN LEE KATZ

Eminencia del Hollywood clásico y compañero sentimental de la viuda Vanderlip.

ELIN VANDERLIP

De origen noruego y perteneciente a la casta de patricios a los que podemos considerar verdaderos amos del mundo.

GILDA TEXTER

Encargada de vestuario de profesión, goza de cierta fama bajo la superficie por haber salido desnuda a lomos de una Honda en “Vanishing Point”.

RICHARD SARAFIAN, DENNIS WILSON, KAREN LAMM, DENNIS HOPPER, ZSA ZSA GABOR, MONTE HELLMAN, SAM PECKINPAH, JEFF Y STEVE McDONALD, WARREN OATES, ISELA VEGA, STROOTHER MARTIN, GIG YOUNG, EMILIO FERNANDEZ, SLIM PICKENS, PHIL SMITH, DORIS DAY, BARRY NEWMAN, BILL WALTON, CURT BOETTCHER, HUGH HEFNER, PETER SELLERS, BRITT EKLAND, AL LETTENI.

Personajes que aparecen en la narración circunstancialmente. Citados o de refilón o simplemente por esnobismo.


 Madrid-Valencia-Orense-Avilés, del 18 de Enero al 20 de Abril de 2011.
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"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 1ª) Capítulo XI

 

 

 

 

 

San Fernando Valley. Verano de 1974

 
Hacía un día estupendo aunque el calor comenzaba a ser todavía más sofocante que en Marbella. Saliendo de la terminal del aeropuerto internacional de Los Angeles, DonRa tropezó con ellas. Las recordaba del episodio en Amalfi y ahora se las volvía a encontrar. Estaban aún más guapas. Tenían ese tipo de clarividencia que a veces se encuentra en las clases bajas. Una inteligencia larga, efectiva y un tanto barata que brota esporádicamente y que cubierta de un barniz superficial ayuda a manejarse sin hacerse mucho de notar.
 
   Le contaron que aceptaron la invitación de los tres americanos del yate y que hacía ya un año que estaban en California. Que al poco de estar allí un excéntrico caballero se encaprichó de ellas. Resultó ser un productor que había sido alguien muy, muy grande. A cambio de unos cuantos arrumacos y agradable compañía, les había grabado un disco. Les prometió que sería un éxito. Al parecer el tipo estaba un poco –bastante- trastornado. Las tenía como a reinas y se conformaba con mirar. No sabía nada del tacto de la anatomía humana pero sí sabía apreciarla. Y en ello estaban. Un negro gigantesco con peinado afro interrumpió la cháchara mientras abría la puerta de una limusina interminable. En el asiento trasero estaba sentado un tipo minúsculo, con un peinado imposible y unas enormes gafas de sol. A DonRa le resultó familiar.
 
-“Señoritas, Mister Spector tiene prisa”
 

 

 Pero no tenía todavía arrestos para volver a la superficie y admitir su presencia, pues su mundo se había detenido mientras marcaba el número. Desde la cabina telefónica, a través de cientos de metros de mármol anacarado, los cromados resplandecientes al sol de unos ventanales filtraban una atmosférica luminosidad verdosa. A través del ajetreo inmóvil de cientos de cuerpos en la sala, distinguió la mirada acuosa de Lolo Pelourovijc, su abrigo de ante y marta hasta las rodillas, sus tejanos de pata de elefante y sus botas puntiagudas de piel de serpiente. Aún en 1974, ya era una indumentaria altamente sospechosa para un recién llegado en un vuelo privado de Colombia. Nunca habían hecho algo así -ni nadie se lo había encargado- pero Pelourovijc no quería dejar pasar la oportunidad: diez kilos en cuatro maletas y así no tendríamos que preocuparnos por el presupuesto para la promoción sobre el que Bronson tanto nos había insistido. Pasó el control de equipajes nada más que con su mariconera y atravesó el vestíbulo, al fin y al cabo tenía que hacer esa llamada. Todo se paró al primer tono excepto su acelerado pulso.
 
Lolo tenía abiertas sus maletas y recogía su pasaporte sellado con un timbre sueco que había robado en Estocolmo. Habiendo usado otra de sus identidades en Bogotá y con su atuendo invernal, pasó totalmente desapercibido. Cuando al cuarto tono alguien descolgó al otro lado de la línea, lo único que se movía por la terminal eran aquellas botas. Ya en el coche, su corazón saliéndose del pecho, parecía el único ente vivo a su alrededor.
 
   Fue a la vez una fiesta de presentación y otra de despedida. La refinada pareja francesa había acudido intrigada por los comentarios -desde Tánger hasta su Riad de Marrakech- que los sucesivos invitados que recibían les hacían llegar desde antes del verano. Al parecer, al otro lado del estrecho un grupo de jovencitos lograba reproducir la atmósfera que necesitaban: libre y descarada, malévola y sofisticada. Incluso iban a participar en una película.

Aunque todavía no lo sabían, si pasaban el examen, La Costa Shock serían los encargados de presentar su nueva colección en París y Los Angeles, en una performance privada con la élite de los que creaban tendencia.
 
Alexander Cartwright departía con Da Silva mientras decidió no decirles nada. Sabía de sus limitaciones y precisamente ellas eran las que le iban a hacer millonario. O al menos eso esperaba.
 
 
 

En el murete encalado del “Pipper’s” que daba a la playa se había abierto una puerta nueva. El trémulo y angosto pasadizo que sirvió de entrada hasta entonces y cuyo recuerdo todavía atemorizaba a unos cuantos -aquellos, pocos, que pudieron contarlo- quedó tapiado para siempre. Era como si nunca hubiese existido, quedando como reliquia de una religión casi extinta, vestigios de otro reino gobernado por un monarca depuesto. Michelone lo había interiorizado de inmediato y confraternizado bastante -tanto de espíritu como de palabra- con el Maharisi Puiggi. Contaba a quién quisiese escucharle, en medio de un grupo de invitados, que la nueva puerta era la entrada a una nueva realidad, una recreación del camino de los ocho pasos que conduce al Nirvana. Acostumbrado a fingir a diario, era harto difícil que lo pillasen en falta toda aquella caterva de impostores que solo lo hacían de vez en cuando. Obviamente, excepto aquella tonadilla del “Cazador del arco iris” -a la que últimamente le había cogido afición- no tenía el más mínimo interés en toda la murga que tuviese algo que ver con el Nirvana. Y claro, se cuidaría mucho de hacerlo público, primero por ser un virtuoso en el arte del fingimiento y segundo por tener una irrefrenable inclinación al bonvivantismo cimentada con años de práctica. Todavía tenía muy interiorizado el dicho aquel que hacia referencia a no morder la mano del que te da de comer. Además, cuando apareció la ayudante del Maharisi, una voluptuosa vestal con una bandeja de plata repujada repleta de Teonanacatl, se dijo a si mismo por enésima vez que mantener los principios solamente consiguen acelerar el final. Cada uno de los allí sentados picoteó a su gusto, tomó un puñadito de hongos y siguió departiendo mientras pudo, esperando los efectos.

 
En el escenario uno de los miembros de La Costa Shock interpretaba la improvisación que finalmente había devenido en leit motiv de la película. Se había convertido en el tema central de “Soy todo sueño”, sonando en diversas versiones durante gran parte de la película. El tímido y silencioso guitarrista se había quedado casi calvo y esa alopecia parecía haber desatado su sociabilidad y expansión artística. Había cambiado su nombre por otro más hindú y se hacía llamar Tama-Riht. Sentado en un podio y asido a un sitar, lo hacía sonar con una cadencia hipnótica mientras unos tenues bongos acompañaban a los diletantes que estaban en la pista, meciéndolos, acariciándolos. El batería, como el manco feliz que finalmente ha aprendido a utilizar la mano que le resta, golpeaba repetitivamente la caja, mientras una de las Margaritas deshacía la postura tras él, ayudada por la llama de las velas. En la barra un anatolio -que no le quitaba los ojos de encima a la muchacha de rasgos orientales de la esquina- y Mr. Bronson charlaban animadamente con un orondo británico con perilla embutido en una túnica granate. Una túnica del tamaño suficiente para levantar una pérgola en caso de que eso hubiese sido necesario. Se quedó éste mirando fijamente al escenario y subiendo la escaleras lentamente, se sentó en el taburete junto al órgano. Charlas dudó entre si iba a destrozarlo o acariciarlo. Lo que comenzó a sonar fue algo indescriptible, algo resultante de una extraña sociedad entre la rabia contenida, la evocación de los sentimientos y el humilde virtuosismo. Al cantante de La Costa Shock, quién en ese momento se hallaba de oyente y asisitía atónito a la negociación de una futura gira americana entre Cartwright y un judío sudoroso llamado Klein, aquello le pareció como un canto de sirena y no pudo hacer otra cosa que sumarse a la performance. Con su sari bordado, las patillas dos o tres veces más grandes que lo fueron en junio y una delgadez tal que parecía motivo suficiente para la intervención de las tropas de la ONU, era la cuarta pata de un banco que convertía aquello en el perfecto akelarre de celebración. A sus pies, el barroco féretro donde reposaba lo que quedaba del Don, cubierto de flores y docenas de velas, más un par de botellas de calvados semi vacías, completaba aún más su toque de sacerdote de lo esotérico.

En la cabina del “Pipper’s” un elegantísimo Mr. Bateman, enfundado en un impecable tres piezas de Norton & Sons, elegía unos discos para amenizar los interludios de la actuación. En la pista los invitados danzaban como posesos pero había tres muchachas que eran el centro de atención ineludible, tres Terpsícores a cual más perfecta. Eran Frau Taffelson, Miss Taboo y la señorita De Poo. Imposible apartar la vista de ellas. A su belleza sumaban lo grácil de sus movimientos, acompasados y exultantes de atractivo, en perfecta comunión con la música que salía los altavoces. Cada una en su estilo, componían la estampa perfecta de las musas clásicas. Y en esa celebración a dos bandas, sus bailes igual servían para conmemorar el banquete de los dioses, el final de la película, que como lamento del adiós, el deceso del León. Pierre e Yves, recién llegados de Marrakech, habían dejado de observar concupiscentemente a los efebos nativos y quedaron maravillados por tal demostración. El alemán demente babeaba con su natural mueca de asco, celoso y lascivo a partes iguales.
 
Da Silva sonreía ante todo aquello, disfrutando de esa especie de alegoría acerca del cambio de los tiempos, una celebración de los que estaban y de los que ya no. Semejaba que “Soy todo sueño (Humo es humo)” era, además del título de la aventura cinematográfica, la antítesis de todo lo que había regido hasta entonces. Apenas escuchaba las palabras que profería aquel americano de gafas enormes y un bronceado exagerado. Robert Evans era un tipo osado y temerario. Un lobo entre lobos en medio de la jauría ya decadente del Hollywood dorado. Había producido varias obras maestras, trabajando dentro y fuera de los estudios. Entre cháchara infinita, aseguraba que los tenía cogidos por los cojones y eso Da Silva sí que lo creyó sin dudarlo un instante. Acababa de venir de Cannes, donde había presentado “La conversación”, película por él producida y que había conseguido el máximo galardón, La Palma de Oro. Conocía a DonRa de otros tiempos -¿a quién no conocía DonRa?- y éste le había hablado de “Soy todo sueño”. La curiosidad había hecho el resto.
 
¡Qué diablos!, pensó el joven, siempre he querido conocer América.
 
 El otro americano que había llegado con Evans reía a carcajadas en la terraza del club. Con dos despampanantes muchachas cogidas por la cintura, no paraba de hablar. Se burlaba de los actores del método y maldecía por las escasas frases que había tenido en la premiada película, él, un tipo que disfrutaba conversando. Su amigo Steve se había quedado en Francia encoñado con la Huppert y el decidió conocer España, aunque pensaba que estaba en Sudámerica. Nadie sabía si bromeaba o hablaba en serio pero Monsieur Lefleur, La Duchessa y un extrañamente sosegado Jandro asentían educadamente.
 
   Mientras eso ocurría, Evans y Da Silva sellaban su acuerdo con champagne y unos polvos. Iría a California. Y con él toda la troupe. Por la mañana había recibido un postal de DonRa desde San Fernando Valley. Siempre iba por delante. Le decía que en la mansión cabían todos. Ojalá pudiera haberle contestado que todo aquello era pura fantasía.
 

Le parecía haber esperado un millón de años

 

 

 Pasado el susto comenzó a encontrarse muy en su sitio, ya que aquel era otro de esos lugares en los que la mugre, aunque existiese, no se cruzaría con él. El doble fondo de aquellas maletas les abrió muchas puertas de gente francamente interesante y de talento que nada tenía que ver con el ya conocido rancio saber estar europeo, que normalmente cubría presupuestos y miras recortadas por igual. Se trataba de atender una llamada y asistir a una reunión aproximadamente semanal, donde casi todo le parecía bien. Para este tipo de producciones tan pequeñas las cosas salían prácticamente solas,  tal como le había augurado Richard. De donde venía, las cosas pequeñas siempre iban asociadas a la improvisación. En pocos días se había convertido en un animal de costumbres: se tomaba un zumo de pomelo y en el tiempo que se enfundaba unos tejanos y una camiseta aparecía Larry Levine con su tabla tipo surf con rodamientos. Nunca había visto un monopatín, igual que nunca había percibido el sonido de su desplazamiento a través de los ventanales de aquella casa arts & crafts con vestigios neocoloniales y victorianos por igual. Esa clase de combinación, como las mandíbulas y la descomunal anchura de hombros de su población, sólo podía darse allí, y ciertamente era resultona. Larry siempre aparecía con aquel artefacto bajo el brazo, con su barba de espino irregular, sus rizos de gitano del sacromonte y sus camisas fronterizas con toda la flora del país bordada. Le acercaba hasta Studio City situado treinta y ocho infernales curvas más abajo, entre cientos de casas tan encantadoras como aquella suya que dominaba el valle, y un par de docenas de castillos de la Loire transportados piedra a piedra, que hacían aquel entorno tan bello por sí mismo como por su artificialidad. Era un tipo francamente interesante, que durante el trayecto hablaba por él, por los demás y por todo lo que Don Ra había decidido callar. De todas aquellas producciones que debían haber sido, y algo, pero mucho menos de las que sí lo fueron. Él había colaborado en la mayoría y supervisado todas las demás. Y del mismo modo  al recogerlo y al acercarlo a comer todos los días, a un establecimiento distinto en el que el menú -con sus matices- siempre estaba basado en lo mismo. En aquel país, no parecían tener su misma alegría para disfrutar de la vida y pocos parecían los que usasen cubiertos. Y si eso no fuese suficiente la cerveza era muy mala. Así que Don Ra por las tardes se dedicaba a beber zarzaparrilla, no por gusto sino porque siempre le había llamado la atención el nombre, con la mirada perdida en el valle a través de la galería, meciéndose de manera apenas perceptible. Suspendido en el aire como aquella casa, con aquella misma fuerza que no se sabía de dónde emanaba y lo mantenía flotando en el abismo, mirando al fondo donde estaría el océano Pacífico. Con la sangre de sus venas renovada y el corazón drogado, imaginaba como sería la vida en Maine al color del atardecer, mientras Larry no había parado de ponerle discos y de hablarle de momentos mágicos en el estudio, de los días dorados de Terry.
 
-“Tío, ha grabado un disco nuevo y merece mucho la pena, pero como a Curt, sólo cuatro lo tendremos en cuenta…, ¿conoces a Curt, verdad?…pues deberías escuchar esto”.
 
 Probablemente se quedase allí hablando sólo durante horas una vez DonRa se retiraba a acostarse, pero el caso es que a la mañana siguiente aparecía carretera arriba con el monopatín bajo el brazo.
 
 
 
 
  Esto sucedía solo los días de cierto ajetreo. Un día normal  no pasaba de recorrer aquella estrecha, laberíntica y acaracolada mansión, o de perderse entre los mirtos del jardín pateando guijarros. Se acercaban a la playa principalmente, y si era sábado se apretujaban como podían en el Porsche 912 Targa de Richard Polodor y recorrían los rastrillos que había en las puertas de las casas de la zona de Burbank.  A Lolo lo veían poco, sólo a su vuelta los sábados de la Rodney Bingenheimer´s English Disco, cuando se preparaban para aquellas pequeñas excursiones a las que, aunque exhausto,  se apuntaba si se trataba de bajar a Burbank. Había trabado amistad con un joven de melena rubia también muy amigo de Jim, con el que este solía intercambiar discos, exudando la misma pasión por todas aquellas grabaciones de hacía casi una década. Se conocían hacía años y le estaba costando horrores publicar material de un grupo de San Francisco que había dado un nuevo giro a su carrera. Jim, cegado más por el escepticismo que por aquella bendita luminosidad californiana, trataba de desengañarlo ofreciéndole sus irrefutables pruebas de que si no fue posible cuando eran el verdadero mejor grupo del downtown de Frisco, -y eso según él había sido hasta casi anteayer- difícilmente lo iban a conseguir calcando las poses de los mismísimos Beatles.
 
Era otra de aquellas mañanas de sábado. Merced a aquellos arrebatos parlanchines de Larry -el cual definitivamente sí había hecho buen acopio del contenido de aquellas maletas para su exclusivo tormento personal- al tiempo que discutía acaloradamente con Greg de todos aquellos grupos infinitamente mejores que The Byrds que ambos aseguraban conocer, decidieron ir a ver a Terry de buenas a primeras. Éste, en permanente contacto semiretirado del mundo desde los acontecimientos que según ellos habían dado al traste con una época y una manera de vivir, echaba una mano a su madre en el encantador hotelito de estilo colonial español que esta regentaba en Carmel By-The-Sea
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 El hotelito estaba a más de un par de cientos de kilómetros al norte, y si no echaron más de una semana no fue porque no pudiesen posponer sus reuniones, sino porque la marabunta estaba al caer. Terry, aunque sonreía ante todas aquellas historias de Amalfi y la Selva Negra, no estaba dispuesto a acogerlos allí, pues le gustaban mucho los perros pero no en jauría. A un Lolo atiborrado de vodka con zumo de melón escarchado todo el santo día, le sacaba de sus casillas que el tranquilísimo Melcher no atendiese a nuestras razones, y mataba el tiempo copulando con grupos de rubias cuarentonas que tenían la piel como guisantes bañados en azúcar moreno. Las mismas que llevaban pamela de noche y ajustadísimos pantalones de lino casi transparentes con el sudor marcado en el trasero sin perder la elegancia.

  Don Ra disfrutaba relajado en la terraza, tanto del interminable – y al contrario que el de Levine- sosegado anecdotario de Melcher, como de los batidos de plátano con sirope de fresa de su madre, que por fortuna habían sustituido a la zarzaparrilla. A estas tertulias se sumaba otro pausado personaje, también muy rico en vivencias, pero en otro espectro radicalmente diferente que acabaría por cautivarle completamente. Cuando caía la noche cenaban crêpes y café irlandés en una pequeña sala en la que Doris recordaba otros tiempos en sus -sólo según ella- jornadas premenstruales. Visionaban partidos en super8 de aquel memorable equipo de los Bruins de UCLA, que de la mano de Bill Walton y entrenados por el legendario John Wooden habían arrasado en la liga universitaria de baloncesto. Estos eran los momentos en los que el cronista deportivo Mark Rampasse se adueñaba de la conversación con su fraseo corto, preciso y atildado. Nadie podría imaginar que aquellas reuniones fuesen la mecha que realmente les llevase a lo que el común de los mortales conoce como éxito,  tan alejado de aquel por el que ya llevaban años luchando y forjando a golpe de cóctel. Ese fue el motivo que hizo a Don Ra combinar las postproducción con tres aviones semanales del Whiteman Airport al Oakland International y otros puntos de la Costa Oeste –y al menos durante poco más de un par de horas en cada una de estas ocasiones- recuperar el brillo en la mirada y la aceleración del pulso de una manera no artificial.

 
El exclusivo 747 de la Pan Am que había fletado Rogelio a cargo de la reciente herencia recibida -y que volaba con destino al aeropuerto internacional de Oakland- más bien parecía un vuelo charter de Aviaco rumbo a Lanzarote. No es que fuese repleto de bocadillos de chorizo, con el personal acicalado y apestando a Varón Dandy, sino que su pasaje lo conformaba el elenco al completo de “Soy todo sueño”, más una serie de agregados que iban a dar mucho juego. Para acabar de decorar el viaje, un animado happening tenía lugar a quince mil pies de altura.
 
  Presidiendo a todo ese ganado iba Da Silva, el nuevo rey. A su lado el guía y cicerone de la inmediata aventura americana, el productor Robert Evans. Y con ello su amigo Gene Hackman. Éste les había dejado a solas nada más despegar, pues había iniciado una bonita relación a tres con aquellas dos odaliscas de suburbios, cuyo nom de guerre era el de Las Margaritas, desde entonces la Rey y la Lys.
 
   Detrás de ellos todo el catálogo -humano e inhumano- de la fauna que circundaba el proyecto: Michelone, todavía somnoliento, descansaba despachurrado sobre el asiento, mientras una coqueta Miss Taboo se daba un último toque de sombra en los ojos, a la vez que no podía reprimir un grito de satisfacción ante la melodía que Alfonso interpretaba al piano. El otro Alfonso, el de noble cuna, descorchaba una botella de champagne junto a Monsieur Lafleur y la Duchessa, mientras no le perdía ojo al flirteo de su joven mujer, la bellísima Ira, con un encasacado Mr.Bateman. Menudo pendón.
 
  Dos asientos más atrás, del interior de un maletín de forma cúbica, el señor Bronson, Frau Taffelson y Alexander Cartwright extraían unos objetos que llamaban singles y cuya mera visión les provocaban un evidente estado de nerviosismo y excitación.
 
-“¡Dejad los cromitos de una vez ya, coño!”.
 
La frase, una tanto perjudicada, procedía del cafre de Yeyo. La dijo mientras les plantaba una cubitera casi en sus morros, junto a una pequeña bolsita de colombiana. El resto de los Choris reían sin parar, después de servirse generosamente. Carmina y dos miembros de la Costa Shock, a su vera, se afanaban en dar cuenta de la restante. Cerca de ellos el Maharissi Puiggi instruía a Tama-Riht, el guitarrista renacido, acerca del sentido trascendente de las puertas de la percepción.
 
  Casi en la cola del avión un tipo imperturbable observaba escrutador desde sus transparentes ojos azules. Era un invitado de Da Silva. Uvita departía con él -con un inglés fluido y de perfecto acento- siempre llamándole Sargent. No había ningún signo que lo delatase como tal. Daniele, que leía distraído, dio un brinco en cuanto oyó el apelativo. “The wicker man” era su película favorita.
 
  En realidad el Sargento Howie evaluaba el desparrame que sucedía frente a él. Con su mirada fija no perdía de vista a sus dos amigas, Britt e Ingrid, que acababan de incorporarse al grupo de los Alfonsos. El Sargento en realidad se llamaba Edward Woodward. Uvita había escuchado comentarios acerca de que era un actor que había acabado poseído por su personaje. Lo había sido tanto que había terminado por no distinguir entre ficción y realidad, desarrollando la misma inflexibilidad, rayana con el fanatismo, que caracterizaba a su personaje.
 

  Mientras el vuelo sobrevolaba el medio oeste americano y el pasaje parecía ya rendido tras horas de desparrame, los únicos que seguían con la juerga eran los cuatro incansables mosqueteros: Yeyo, Luis, Antonio y Jorge, “Los Choris”. El primero había heredado más de diez millones de dólares de su padre y se había conjurado en una misión: Bonvivantismo o muerte.

Se iban a enterar esos americanos. No tenían ni idea de la calidad del ganado que acababan de importar.

 
 
  En el preciso instante que el Bentley Corniche negro circulaba por la North Avenue a la altura del Museo de Historia, las puertas de una impresionante mansión victoriana en la vecina calle de North State Parkway se abrían y el poderoso Davide Bongusto, Arzobispo de Chicago, comenzaba a descender la escalinata con el paso dubitativo del que hace tiempo pero no sufre premura. Apenas la brisa comenzaba a tornarle sus ojos cuando su chófer -un morenito con librea de origen cubano al que el personal del arzobispado llamaba Sr. Bobo por haber intentado huir de la dictadura castrista a nado- ya asomaba por la puerta del sedán con la misma parsimonia que su regio principal ocupante. A modo de saludo, el señor Arzobispo le comunicó que uno de sus hijos sufría dolor de muelas esta mañana, pues así se lo había hecho notar mientras le secaba la espalda y le servía el desayuno, así que ya sabía lo que tenía que hacer al volver del aeropuerto, puesto que el muchacho de doce años era el ayuda de cámara favorito del otrora Padre Bongusto y éste regresaría en poco más de 48 horas.
 
Su destino era Los Angeles, pero entre otros muchos el Arzobispo había ido cogiéndole gusto a los vicios contra los que tanto azuzaba antaño en aquella pequeña parroquia de Positano.  Uno de ellos era hacer una paradita en Las Vegas cada vez que viajaba a la Costa Oeste. Solía ser una cosa rápida, dado que era un pésimo jugador de blackjack, y lo que más le gustaba en realidad era disfrutar del ambiente de buscavidas y cantantes de country frustradas durante un rato. A veces le dejaban ganar sin que siquiera se percatase, pero aquella noche iba a perder los 180.000 $ que portaba en el maletín para sus dietas, dado que a su misma mesa se había sentado un hombre de poblado bigote que aunque fingió no reconocerlo, pertenecía a aquella ralea de maleantes que a la postre le había cambiado la vida y propiciado, sin quererlo, su fulminante ascenso en la jerarquía eclesiástica.

 
 A Michelone, aunque sabía que aquella era una minucia para la más importante congregación católica del país, aquello le resultó un enorme placer, pero cuando a la mañana siguiente regresó hasta San Fernando ansioso por narrar la anécdota, descubrió que Don Ra, Charlas y Levine habían abandonado la casa de buena mañana en dirección a Studio City para una de sus reuniones. Esta vez ante una cohorte de abogados de BMI para dilucidar unos flecos en torno a los derechos de autor de la música contenida en “All I Dream”. Decidió salir a su encuentro.
 
Una vez llegó al lugar -el típico edificio acristalado al que se accedía tras recorrer una explanada en la que se sudaba nada más dar un paso- reconoció a Lolo al fondo, vestido como si fuera un jesuita de paisano. Cosa que dado lo extravagante del personaje, no le llamó demasiado la atención. Luego descubriría, que tras bañarse desnudo en la piscina de la casa de Zsa Zsa Gabor la noche anterior, había salido de la misma con aquel vestuario sin percatarse. Entró con su característico andar a trompicones por la puerta principal del edificio, no sin antes estampar su nariz en la gran puerta giratoria de cristal: al menos aquello le espabiló.
 
Al fin logró alcanzarlo en el momento en que una despampanante belleza hindú en traje de chaqueta con un exagerado escote, le abría paso hacia el ascensor. En el trayecto hasta la decimosexta planta comprobó que la rapidez de aquel pieza en cautivar a una dama no había menguado. A continuación, les introdujo en aquella sala de juntas, y aunque el sol les cegaba a través de los ventanales tal como habían dispuesto los dos pardillos picapleitos que se sentaban enfrente, se dieron cuenta que aquel espigado muchacho de tez morena aceitunada y ensortijado pelo afro, poco o nada tenía que ver con la película. No les costó demasiado dominar la situación. Los negocios, se tratase de fruta, licores o piedras preciosas, solían basarse siempre en lo mismo. Y aquel era su terreno.
 
En poco tiempo, y exceptuando a aquel chico apocado y encogido de hombros, los otros cuatro participantes de la reunión ya departían entre risas y gruesos chascarrillos. Entonces se abrieron las puertas de la sala, y tras las sinuosas caderas de la secretaria hindú portando unos contratos, apareció la figura del Arzobispo Bongusto -que por haber acudido a retirar más fondos debido al desfalco de la noche anterior se había retrasado- y todo se desarrolló de manera aún más rápida. Michelone apenas posó su mirada en él, y al tiempo que este se sentaba, Peloujrovic se levantó fulminante y desapareció con la muchacha a la sala contigua. Volverían media hora más tarde. Ella con la melena hecha unos zorros y él con los contratos modificados en sus manos.
 
Se procedió a la rúbrica, y el Arzobispado pagó amarga pero gustosamente los honorarios de los abogados. Cuando por fin localizaron a Don Ra, éste se encontraba almorzando con un Mark Rampasse, que se había quedado petrificado al ver aparecer a aquel trío del cual emergía una rutilante estrella. A Michelone casi se le olvidó contar la anécdota de los 180.000$, pues aquella fue la manera en que se hicieron con la representación del campeón de la NCAA con UCLA aquella temporada. Era el escudero de lujo de Bill Walton, número 11 del draft y futuro rookie del año con los Golden State Warriors.

Su nombre, Jamaal Wilkes

 

CANCIONES DEL CAPITULO
SONIA Camino sulle nuvole
LE SVITATE Basta essere belle
JUIE FELIX Snakeskin
THE GRASSROOTS I’d wait a million years
DE DE LIND Mille anni
THE GLASS FAMILY The means
FLAMING GROOVIES Brushfire
THE HERD From the underground
PEGGY LEE Is that all there is?
MARLENA SHAW California soul
 
 
 

 

 

"LADIES FROM THE CANYON". San Fernando Valley. Verano 1974. (Parte 2ª) Capítulo XII

 
 

   

 

Wilkes era el típico joven procedente de una familia extremadamente humilde, que deambulaba cauteloso y acobardado tanto en la vida como en la cancha. Aprendió, en ambos sitios, a estar colocado en el lugar oportuno y rodearse de la gente adecuada para sacar partido a sus cualidades. Su vida se había desarrollado hasta la fecha entre el parquet y la iglesia, además de los estudios, para los que mostraba mayor dedicación que talento. No se correspondía para nada con el típico chico de Berkeley de aquellos días, y parecía, en personalidad y juego, más un típico tío gris del medio oeste que un tipo enrrollado de la soleada California. Y así, sin pasar sin pena ni gloria a nivel individual, fue All American en su etapa de instituto y efectivamente lo ganó todo en aquel equipo de UCLA. Una sombra para el espectador medio y las chicas, pero una joya para el equipo, sus entrenadores y la Iglesia Católica, que enseguida apostó por él como protegido tanto por su ejemplar imagen como por los más que previsibles réditos que podría conseguir a su costa.

Afortunadamente Bongusto, que había decidido llevar el asunto personalmente, no tendría que rendir cuentas al menos de momento en aquel país un tanto dejado de la mano de Roma. Aquel fin de semana había perdido hasta el avión de vuelta a Chicago, pues no pudo evitar asistir a las carreras de caballos en el Hollywood Park de Inglewood, a ver si conseguía recuperarse. Lo único que logró fue que una señora alteradísima le derramase un daikiri de medio litro por encima, no se sabe si excitada por las carreras o más bien por el generoso suministro proporcionado por su acompañante, el narcotraficante mexicano conocido como Coronel J.; con el que alguna vez había coincidido en compañía de Heffner. A Brigitte Von Taffelson en cambio era la primera vez que la veía, pero sus aspavientos, verborrea y descoque le resultaban de lo más familiar. No es que tuviese mucha gana pero de vuelta al Arzobispado igual le convenía echar mano del cilicio.
 
 
  Porque efectivamente, Brigitte ya llevaba unos meses acampada en la casa del Coronel en Santa Mónica. Por un lado para evitar coincidir con Irina en la idas y venidas que ésta hacía a la casa de la playa que la familia poseía en Malibú, y por supuesto para estar en el epicentro del despendole y el magreo narcótico continuo que era aquel enorme chalet. Una casa donde se desayunaba una taza de café de Colombia bien cargado junto con un descomunal cigarro de marihuana de Tijuana a mediodía, donde se asistía por la tarde a un rodaje de la incipiente y lucrativa industria pornográfica y, cuando no se salía por los clubs y restaurantes del cercano Beverly Hills, se consumían secantes de LSD como si fuesen patatas fritas de madrugada. Así que no era raro verla verter cocaína en el mencionado café del desayuno en lugar de azúcar, completamente desnuda por el jardín, luciendo un matojo en el pubis que para sí lo quisiera Telly Savallas, o arrasando las tiendas de Rodeo Drive también semidesnuda si queremos hacer honor a la verdad. Los Estados Unidos -o más bien Los Angeles- era en aquellos años el microclima del desenfreno y el exceso, y en las contadas ocasiones en que la señora Von Taffelson se paraba a pensar en algo, era para reafirmarse en la idea de lo estúpida que era.  No sólo por no haber acudido antes a la llamada de la joven América, con lo bien que se estaba allí en un eterno verano a miles de kilómetros de su aburrido marido, sino también por sus locuras transitorias y la colección de momias que le rodeaban.
A Rafael e Irina, por su parte, les importaba poco que derrochase dinero y salud a espuertas con tal de tenerla apartada de su vista y la de los de su condición. El Coronel, siempre vestido de blanco o beige, con aquel pecho viril que asomaba entre la desabotonada camisa de cuellos con elefantiasis y pañoletas de fantasía, la tenía encandilada con sus atenciones, su voz susurrante bañada en licor de avellana y su mirada chispeante por encima de aquellas gafas caoba de extraordinarias dimensiones. Un hombre de mundo que tanto la paseaba orgulloso en las fiestas de las estrellas del cine, como le diseccionaba las langostas con extrema habilidad o le hablaba de finanzas internacionales mirándola a través del espejo del vestidor del dormitorio principal, mientras ella era embestida por dos efebos que pudieran ser keniatas o argelinos, pero eran de Costa Mesa.. 

 
  Supo que aquello que descansaba sobre su plato era langosta hervida con mantequilla porque así se lo dijo la doncella. A él se le antojó más bien uno de esos reptiles prehistóricos que ilustraban los libros de su hija. Una niña entonces pequeña, dulce y que por aquella época acostumbraba a mostrarle  un amor filial sin condición.
 
  El Sargento Howie había descendido discretamente del avión durante la escala que el vuelo realizó en el Portland International Jetport. Su extravagante indumentaria pasó casi desapercibida para un personal del aeropuerto acostumbrado a visitantes de lo más estrambóticos. Subió a Lincoln Continental Mark IV que le esperaba y una vez dentro se aflojó la corbata mientras le preguntaba al chófer que le llevaba a la inmensa finca a pies de Mount Katahdin;

-“¿Está todo preparado?”
 
 Don Ra tenía demasiadas cosas en la cabeza como para estar centrado en alguna de ellas. Tenía que reconocer que el sorpresivo negocio de representación deportiva que acababa de caer en sus manos le hacía bastante ilusión. Era tocar con sus manos todo aquello que apenas pudo rozar en otro tiempo. También la conexión con la iglesia -que a otro habría asqueado- a él le procuraba un placer malsano, casi maquiavélico. Además, pasar de cicerone de Tim Müller -jugador tan prometedor como escaso su rendimiento- por todas las bôites del Paseo de Recoletos de Madrid o cimentar una sólida amistad con Clifford Luyk no era nada comparable a ejercer de actor principal en la mejor liga del mundo. Por supuesto que había pasado por penurias y decepciones. Decepciones como la eliminación de la copa de Europa a manos de Petar Skansi y su Jugoplastica -cuanto bebían, cuanto fumaban, cuanto talento tenían aquellos croatas- o la inminente retirada del Emiliano “La verga” Rodríguez, bonvivant eterno, titán de la noche, espejo en el que mirarse. Pero a la postre, se dijo, sobrevivir en esas circunstancias configura el carácter. Si no lo destrozan antes, claro está.
 
  Cuando la muchacha levantó la cabeza de entre sus piernas sonrió levemente, satisfecho y relajado. Le acercó un pañuelo y le hizo una seña para que se retirase. Los médicos le habían recomendado practicar ejercicio matutino en aras de su salud, y desde ese día cumplía la rutina con espartana dedicación. Rápidamente se abrochó los botones de la bragueta y a la vez que Linda se retiraba por la puerta que daba a la biblioteca, Daniele le comunicó por el interfono que la visita que esperaba ya había llegado. Se levantó, empolvó levemente su nariz a la vez que se acicalaba el fular mirándose al enorme espejo y se dirigió a recibirlos. Tras una breve presentación y un fuerte apretón de manos se sentaron en el sofá desde el que se podía ver la soleada bahía.
 
-“Encantado de que finalmente haya decidido acudir a la reunión Mr. Cuningham. Ardía en deseos de conocerle”.
 
  El americano se mostraba nervioso. A duras penas lograba disimularlo. Un velo de sudor hacía brillar su frente prominente. Es muy posible que su ligero sobrepeso y ese peinado ortopédico ayudasen lo suyo. Peroulovijc, sentado en el sillón del fondo, creyó reconocerlo nada más verlo. Pero él estaba a lo que estaba. Todavía estaba dilucidando si lo familiar de su rostro era por haberlo visto en la mansión de Heffner, o porque tenía un parecido notable con Dennis Yost.  El caso es que le sonaba de algo. En ello estaba cuando recordó que tenía una cita con aquel bigardo italo-americano que respondía por Al Letteni y que conoció en casa de Terry Melcher. Vaya pieza el tal Letteni y sus colegas. Los habituales de Peckinpah: Warren Oates, Slim Pickens, Gig Young, Emilio Fernandez, Strother Martin… más un par de ramilletes de damiselas chicanas, menudas y voluptuosas, no tan espectaculares si se quiere, pero infinitamente más expertas que las muñequitas californianas de las últimas dos semanas. Por un instante pensó que estaba perdiendo facultades. Pero esa debilidad solo duró unos segundos. El tiempo que le llevó palpar la bolsita que descansaba en el bolsillo de su americana.
 
 
Sin hacer caso a la espantada de Lolo, DonRa y Gary Cunningham firmaron los documentos que yacían sobre el escritorio. A este último la mano le temblaba cada vez más aceleradamente, mientras plasmaba su rúbrica.
 
-“Me tiene cogido por los huevos, ¿verdad?”.
-“Efectivamente”.
-“Si se entera Wooden me va a matar”

-“Si ésto no acaba satisfactoriamente para mis intereses le mataré yo. Y también a toda su familia”.

El nudo de su corbata comenzó a parecerle una soga.

   Desde la gran cristalera del piso veinticuatro del Horizon Building la vista era imponente. Los dos hombres miraban al horizonte, más allá del Bay Bridge que comunicaba las dos ciudades. Parecían dos vigías esperando divisar tierra, dos tipos recordando el puerto desde el que partieron.

Eddie “El Mongol” Gottlieb, con un enorme cigarro habano en su mano izquierda, la vitola bien visible, los ojos hinchados y la papada enorme, dio un sorbo a su vaso de vodka e inmediatamente hizo una mueca de asco.

 
-“Tengo todo el dinero que quiero, manejo el deporte a mi antojo, la gente me respeta, pero jamás he podido probar en este gran país un vodka como el que tomaba de niño en Kiev”.
-“A lo mejor no es su calidad lo que le hace saber distinto, sino más bien los recuerdos”. 
 
  Se hizo un largo silencio de nuevo. Don Ra pensó en Maine. Era gracioso, un tipo que procedía de un lugar inhóspito, de un país más inhóspito todavía, soñando con la rica y elegante Nueva Inglaterra, con Maine, con su árboles mecidos por los vientos del norte, sus elegantes edificios asentados con orgullo, con ese olor a mar que siempre le provocaba ternura. Recordó a las mariposas nocturnas que aleteaban durante las noches de verano, casi a cámara lenta, deslizándose entre los destellos de las estrellas sobre el lago, como los recuerdos lo hacían en su mente.
 
  -“Sabe usted amigo mío. Ya no me importa el dinero, me aburre. Tampoco la fama, solo sirve para follar o hacer más dinero. De hecho casi ni me importa el poder”. -No pudo evitar sonreír mientras lo decía- “Lo que verdaderamente me importa es la lealtad, el respeto, el honor”. -“Recuerdo cuando llegué a Estados Unidos. Era julio de 1911. Estuve más de un mes en Ellis Island. Mi madre había muerto durante el viaje y a mi padre jamás lo llegué a conocer. Sobreviví al tifus. Sobreviví al hambre. Incluso sobreviví al canibalismo. Varios huérfanos que partieron del puerto de Odessa no llegarían jamás a pisar Ellis Island. Ni tampoco fueron enterrados en el mar. Tres meses a base de patatas y caldo de puerro, cuando tienes hambre y bajos instintos obran lo impensable. También yo hubiese apostado a que era carne de matadero. Pero sabía que tenía que llegar a casa. Porque no huía de mi casa sino que partía rumbo a ella. Aunque no hubiese estado allí nunca. También sabía que ningún hijo de puta, fuese Zar o Bolchevique, rufián o aventurero, me iba a tocar los cojones. No sin que yo me defendiese. De hecho, llegué a saber muy pronto que era mucho mejor tomar la iniciativa con tan sólo sospechar que pretendiesen hacerlo.”
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Don Ra siguió escuchando. Si quería prosperar en esa Nueva Arcadia haría bien en escuchar a los leones que la forjaron. Tomó el sobre que contenía las fotografías y el maletín con el dinero y decidió hacer lo que tenía que hacer. De repente lo vio todo claro. Determinación era la palabra clave. Siempre lo había sido.

 

  Ed Damntooth era un muchacho desgarbado de un pueblo de Ohio. Se había venido a Los Angeles tras leer un artículo en la revista Squire y pensó que era el candidato perfecto para pegarse la gran vida con poco menos que dos o tres aportes de su bien forjada vocación de pandillero juvenil allá en Toledo. Su camiseta gastada de Blue Cheer mostraba pequeños agujeros allá donde habían comenzado a formarse cercos tras su ya buen minuto y medio de carrera por Rodeo Drive. Aquello era diferente a robar en los bolsos de las viejas del Riviera Country Club, donde trabajaba de caddie.
 
De aquel artículo ya habían pasado más de diez años.
 
Lo peor no era salir de allí sin que lo pescasen. En cualquier momento en medio de la acera, saliendo de las tiendas o buscando plaza de aparcamiento, podría haber varias docenas de socios del club que lo reconocerían de inmediato. Hacía falta ser muy tonto, se decía, si además, apenas pasados unos metros podría haber parado y deambular por la acera sin llamar de aquella manera la atención. Por lo único que no lo iban a detener era por haberle quitado el bolso a aquella mujer en la tienda de Paco Rabanne. La había conocido hace unos días en el club. Primero se fijó en ella porque tenía mucha sed; la vio en la terraza durante toda la tarde, igual de ociosa que los ocupantes de las mesas contiguas, tomando unos cócteles con un color muy llamativo. Dos o tres días más tarde no pudo evitar concentrar su atención en ella al verla departir -tan animadamente como cualquiera lo hacía allí- con el reconocido caradura y prestidigitador publicitario Raoul Radek, para el que Ed había colaborado en numerosos trabajos de diversa índole. Así que cuando tuvo que hacer de caddie para ambos el anterior viernes por la mañana, la cosa ya no le sorprendió. Lo habían estado observando. Su parte en el negocio -una pequeñez tan mal pagada como expuesta, una trivialidad crucial, desenvuelta y precisa- era el activar aquel ligero golpe de efecto en el que ella desplegaría todo su talento para el teatro. Radek aprovecharía para colarse en el almacén del establecimiento, del que apenas unas horas después saldría con las llaves en la mano y cuyo contenido cargaría Ed en su furgoneta Volkswagen. Camino del aeropuerto y de la costa este. Toda la ropa de aquella temporada, la que ella se quedaba en su talla, y los restos de las anteriores, lo más codiciado por sus adineradas clientas de Boston.
 

  Había advertido claramente a Jairo acerca de colmar de atenciones a Uvita e insistió que, bajo cualquier circunstancia, se dejasen acompañar por él una mañana de compras. Le habían recogido en la maison del Coronel, así que venía de doblete, lo que no le restó lucidez ni amargor al contemplar aquella escena, repantigado mientras esperaban a que el disco del semáforo cambiase de color; debió haber concentrado su mente sólo en aquello, rojo, fue lo único en que pensó en aquel instante. También reparó en que a aquellos otros dos no los conocía, aunque suponía que no tardaría mucho en hacerlo. Uvita, que vociferaba radiante junto a Jenny en el asiento trasero, sí supo apreciar como entre la intensidad de la luz de aquella mañana y el recorrido de aquella mirada resplandeciente, algo se había enturbiado en la atmósfera, así que propuso que primero se fuesen a desayunar. Jairo puso música al tiempo que pisaba el acelerador. Estaba puesta una de las casettes de Jim.

 
 
   Esa misma mañana, aunque más temprano, Irina Von Taffelson galopaba a caballo -y no trotando por la orilla como veía hacer a otras con la edad y trazas de su madre- por las playas de Pacífica, dispuesta a tener una conversación que no le resultaba agradable. Aquel hombre le caía bien desde pequeña. Lo recordaba de niña, cuando la llevó de la mano de su padre a enseñarle una emisora de radio en su primer viaje a América. Además era una persona de principios. Cuando Diners arrastró a todos sus socios y él plantó cara al asunto -con el dinero de la familia, no sólo el suyo- supo demostrarlo; siempre dando cara amable, aportando un comentario ingenioso o interesante, consiguiendo las cosas. A su manera, un poco trampeando aquí y allá, pero con firmeza. Lo veía allí plantado esperándola, abriéndole su inmensa humanidad metida en aquellos pantalones de golf a cuadros, la camiseta de playa, una cazadora Levi´s de pana verde y la deerstalker, imaginando su franca sonrisa que todavía no se veía tras la frondosa barba desde esa distancia. Lo veía y se le hacía cuesta arriba resaltarle los números de los últimos años, la escasez de público, el especialmente pésimo resultado de la última campaña. Y Franklin Mieuli no tuvo más que ofrecerle una Fanta de naranja del frigorífico –siempre tenía un par de cajas de lo que fuera, total, te decía, él no las pagaba, eran atenciones de los proveedores. Había unos cuantos que lo tenían hasta el cuello- con la suma gentileza con la que hacía cualquier cosa, para desbaratarle los planes y resolver todo de manera jovial y esperanzadora. Franklin, pensaba, sí que sabía de atenciones y como mostrarlas en todo momento. No obstante debería quedarse una temporada por allí, ver un poco de cerca el negocio -entre nueve meses y un año de plazo- para decidir si seguirle financiando o echarlo a los tiburones. Salieron de la casa tras pasarse varias horas entre risas y comer rodaballo y Franklin le ofreció llevarla al downtown a lomos de su Triumph Bonneville, tal como haría con cualquiera de sus jugadores de otras etnias por los que tanto apostaba. Irina se giró al tiempo que entraba en su Boxster, y guiñándole un ojo se despidió. Aún llevaba la fusta y los pantalones y las botas de montar, pero se había puesto un kaftan.
 
-“Cómprales uno como este a cada uno de la plantilla, a ver si se animan este año. Prometo ir todas las veces que pueda a animar al equipo a tu lado. Küsse!”
 
 
  
Se lo comunicó saliendo de la sauna, con la toalla bien ceñida marcándole las caderas y la bolsa escrotal, su pecho de búfalo limpio de vello de forma natural y la frente perlada en sudor con aroma a lavanda. En aquellas condiciones, cualquier susurro de aquel macho alfa le sonaría a música celestial:
 
-“Vamos a pasar el weekend en el lugar más presioso de América, gordi. Será algo que no olvidarás”
 
En realidad ya era sábado por la mañana y no es que hubiesen dormido mucho. Al Coronel la sauna lo dejaba mejor que ocho horas de reposo y ella ya tenía ese toque de dormir simplemente cuando caía agotada, podía ser hora y media o quince, independientemente de la presión atmosférica. En menos de media hora ya estaban en el aeropuerto de Santa Mónica. J. salió al encuentro del Sargento Howie con paso aplomado y presuroso a la vez, pues ya había avistado el Aircraft #64-13773 que Howie había adquirido para él en Fort Knox, a donde por segunda vez en diez años de servicio había sido devuelto a reparar procedente de Vietnam, donde ya había dado todo de sí mismo. El Coronel fijó su mirada en el grupo de cinco boinas verdes a su derecha y bramó al Sargento:
 
-“¿Qué cojones está pasando aquí?, dos de esos de ahí no son marines, ¿qué hacen ahí fuera? Son las once y cuarto. Quiero que este cacharro me haga saltar los tímpanos. ¡Ya!”.
 
El Sargento Howie le había advertido de la recién promulgada ordenanza sobre el tráfico aéreo que no permitía vuelo de helicópteros en el aeropuerto de Santa Mónica. La cosa se había desmadrado de tal manera -en aquel aeropuerto en concreto- que parecía hasta lógico. Evidentemente, las maniobras bajo cuerda eran continuas, pero aquel bicho llamaba demasiado la atención. Alabó por otra parte la extraordinaria capacidad del personal operativo, pese a su formación aún incompleta. Pero el Coronel, embelesado en su nuevo juguete, ya no le escuchaba.
 
-“Todo el mundo dentro, ¡maldita sea! Nena, ponte a mi lado que nos vamos a divertir”.
 
A Brigitte ni se le escuchó chillar que ella en eso no se iba a Las Vegas. Al tiempo que dos de los soldados la impulsaban al aparato magreándole el trasero, aquel tornado de acero comenzó a dejarse oír. El estruendo fue ensordecedor, y con la parte trasera al aire, la sensación allí era como flotar sobre una ola invisible gigantesca. Aún llamando la atención, despegaron y se alejaron sin problema aparente tomando dirección nordeste, hacia San Fernando. En cuanto empezaron a desaparecer casas y entraron en zona forestal, J. se giró para mirarla, justo antes de descender bruscamente la altura para pilotar el vuelo entre las copas de los árboles, y así, evitando encontronazos por Palmdale -pero ahora guiándolos como si volasen en el interior de una maraca con la divisa de la Fuerza Aerea- llevarlos hasta Red Rock Canyon. Cuando tomaron tierra y cesó aquel infierno, Las Vegas allí no se divisaba por ningún lado. De hecho, y llevaban así bastantes kilómetros, allí no había nada.  Inmediatamente, los cinco boinas verdes se desplegaron y se perdieron de vista. Se quedaron los tres sólos y el Coronel asó unas costillas, muchas. Solo cuando cayó la noche fueron apareciendo de uno en uno para cenar. Brigitte se aburría muchísimo, pero si la diversión consistía en montar aquello mejor estarse callada. La carne estaba excelente. De postre el Coronel le dio unos hongos. Seguro que la había traído aquella noche para copular en la nada, bajo las estrellas. Vaya séquito, pensó.
 
Al amanecer Brigitte Von Taffelson gateaba, llena de tierra y puntos de sangre, entre seis cabezas pertenecientes a los hombres de Danilo. Éste se encontraba humeante, encadenado a la parrilla. Las brasas comenzaban a dejar de refulgir. Años después, Oscar Danilo Blandon Reyes se convertiría en un personaje público relacionado con el desvío del dinero de la droga como financiación de la Contra nicaragüense. Habían llegado en un par de jeeps del ejército. El Coronel no soportó más allá de la segunda chanza sobre sus métodos militares. Se separó con Danilo hacia las brasas, abrió uno de los fardos y levantó uno de los paquetes con su mano izquierda, mientras con la derecha agarraba a Danilo por el pescuezo y lo lanzaba sobre la parrilla al tiempo que, mirándolo por encima de las gafas, le comunicaba que a partir de ahora trabajaba para él. Sonaron dos breves ráfagas, y aquellos seis chicanos con Uzis se retorcieron sobre el suelo en el acto. Sus heridas no serían óbice para cavar sus propias tumbas. Cuando recogieron el campamento, solamente seis personas subirían al helicóptero: Howie, Brigitte, J., Danilo y dos de los marines. De los otros tres, uno recibió un tiro entre las dos cejas en mitad de la noche mientras cabalgaba a Brigitte a horcajadas tras unas zarzas. Los dos restantes se habían adelantado a ellos en la marcha, pues el Coronel J. les había encomendado la custodia de los jeeps y tenía ganas de probar que rayos era aquello del napalm.
 

  Como habrán advertido ya, esta vez la casa del valle de San Fernando no era el epicentro del sinsentido, el dislate y la extravagancia. Al contrario, era a veces, especialmente en las horas de la mañana y los fines de semana, un remanso de paz. Todo el grupo en bloque había concebido la promoción de la película como algo personal y se habían entregado a ello en cuerpo y alma, aunque también un poco cada uno por su lado. La casa ya tenía algo de fantasmagórico, pero cruzarse en ella con sus formas de vida con aspecto cadavérico y batines de raso, haciendo crujir el parquet por pasillos en penumbra a eso de las cinco de la tarde, le otorgaba una atmósfera irreal.
 
Tres de estos personajes en batín –Charlas, Robert Evans y Da Silva– daban voces estruendosas en el salón. En especial el último, furioso por los métodos en que SVP, encargada de la promoción final de la película y el responsable de la cuenta en concreto, estaban llevando el asunto. A Michelone, que mataba el rato en la galería, parecía estallarle la cabeza cada vez que Jairo gruñía aquel nombre. Don Ra, a su lado, le preguntó insistentemente si le iba a acompañar al partido al día siguiente, y sólo al levantarse de la mecedora visiblemente fastidiado, aseveró que le gustaría comer con aquel tipo. Aquella noche se acostó pronto. De buena mañana se fue con Jim hasta Palisades Park a bañarse. Se pasaron por el chalet del Coronel a cambiarse,  desayunando los tres juntos. Así que apenas pasado el mediodía estaba adentrándose en la terraza del Riviera Country Club y -que curioso- allí estaba el peludo que corría por Rodeo Drive aquel día. Ed, absorto en su conversación con Julieta, una monitora de tenis de La Jolla, no vio venir el cachete en el cuello que aquel tipo le lanzó a la vez que pedía un Spritz. Lo siguió con la mirada durante toda la hora siguiente. Al fin decidió esfumarse de allí -aunque le costaría despedirse de Julieta- en el momento en que apareció Radek y se sentó en aquella misma mesa. Unas cuatro o cinco horas después Radek y Don Ra abandonaban el club entre grandes risotadas y algarabía. Se subieron al Ford Mustang de Raoul, que pensaba que irían muy justos para ir hasta Oakland en aquel coche. Don Ra le indicó entre grandes carcajadas que recogerían a otro pasajero en Santa Mónica. Viajarían en helicóptero.
 
 Desde luego les sobró tiempo para bien antes de comenzar el calentamiento estar posicionados tras el banquillo visitante, el de unos pobres Lakers que acabarían penúltimos en la Conferencia Oeste aquella temporada. Al trío se unió Mark Rampasse. Pese a que aquel año había gran diferencia entre ambos equipos, no dejaba de ser el duelo de rivalidad californiana, y ni así el Oakland-Alameda County Coliseum Arena conseguía llenarse. Los Warriors acabarían primeros del oeste aquel año y ni por esas había confianza en aquel equipo; el partido resultaba entretenido bajo un ambiente un tanto desangelado, roto por los continuos insultos en pie de Raoul Radek  hacia la pareja arbitral y alguno de los jugadores del equipo local. Pero no a Wilkes, al que elogiaba al oído de Don Ra cada vez que se sentaba.
 
-“Ese muchacho es el negocio, titi. Lo otro…, mira es un proceso continuo, no depende de lo bien que esté sino de quien la distribuya. Todo el mundo te dice que sí, nos iremos un día al downtown… seguro que ni has estado aún… haremos un estreno de alfombra roja, pero luego la película no durará ni un mes siquiera en Pasadena. Tal vez aquí un poco más, en los autocines, y en Europa directa a la sesión doble, que siempre fue la especialidad de vuestro difunto patrón y a lo mejor ahí aún os respetan…pero majo, ¡este chico que tenéis es una mina, jugará muchos años en la Liga!….¡pero bueeeeeenooooo, Barryyyyyyy, mariquitaaaaa, sólo juegas con negros, invertido!”
 
Desde unos pocos sitios más allá Irina Von Taffelson, sentada junto al dueño del equipo Franklin Milieu, se giro un par de veces y le hizo un sarcástico signo de aprobación apenas moviendo la cabeza. En el descanso Rampasse dijo una de esas frases intrascendentes que los periodistas deportivos declaman con solemnidad pero que pasados los años resultan geniales:
 
-“A estos Lakers les falta gasolina”.
 
CANCIONES DEL CAPÍTULO
HARD HORSE Feat. PAUL THOMAS Let it ride
JAN & ROBIN Love me baby
THE KITCHEN CINQ Determination
MARK ERIC Move it with dawn
MARK ERIC Night of the lions
LOVE Four sail
THE TOPS I found you
SUSAN AVILESEine schöne weit
JOHN FITCH & THE ASSOCIATES Romantic attitude 
 

"LADIES FROM THE CANYON". Marbella. Primavera 1973. (Parte 3ª) Capítulo X

 
   La entrada al “Pipper’s” era angosta, casi laberíntica. Un pasadizo estrecho de más de veinte metros que parecía llevar a ningún lugar. En uno de sus laterales, discreta, anónima, había una puerta. La fauna habitual acostumbraba a recorrerla apresuradamente, temerosos y con un cierto nerviosismo. Y hacían bien. Leyenda o realidad, su mera visión les provocaba un escalofrío. Sabían que dicho pasillo conducía al escenario de los sueños, pero igualmente eran conocedores -por relatos cuchicheados- que a algunos de los elegidos les cambió la fortuna, quedándose por el camino, prestos a saldar sus flaquezas. Eran comentarios de segunda mano, discretos, entre susurros, que casi no se querían escuchar. Como el de aquel constructor segoviano que osó comprar la apetecida finca de la playa, el Lord inglés que no invitó a la mujer del gobernador civil a su fiesta, o la pobre modelo que se burlaba de los gatillazos del jefe de policía. Historias de terror que acontecían de vez en cuando y cuyos personajes señalados, de camino por el pasillo hacia el edén, se quedaban en el purgatorio, introducidos por aquella puerta a la que no se osaba mirar. Porque si la entrada al purgatorio existía, estaba ahí, a la derecha.
 
   A estas alturas de la película nadie estaba dispuesto a pagar por sus deslices. Solo aspiraban a olvidar, vivir el día a día. La vida y nada más. El futuro no existía y quién pensaba en él, aunque fuese por un instante, era porque aún tenía pasado. Mal asunto. Un funesto compañero de viaje el pasado y sus recuerdos.
 

 
  Manolo Rosado era un tipo con recursos. Desde muy joven se había buscado la vida lo mejor que había sabido. Antes de ser el médico de las celebridades había sido otras mil cosas; mamporrero de reses en fincas de ricos y boyantes toreros analfabetos -y perdonen por la redundancia-, aguador de licores de importación, cobrador de prestamistas usureros enriquecidos con el desarrollismo, chico de compañía para aburridas –y aburridos, no hacía distingos- aristócratas, comadrón en abortos clandestinos.



   Lo cierto es que lo más cerca del conocimiento y la práctica de la medicina que había estado fue en alguna carnicería ejercida en la DGS de Málaga, cuando estaba a sueldo del Movimiento inmóvil. Tenía un buen pulso y era certero en el sajo. El trabajo no estaba mal pagado y le dejaba tiempo libre. Además le permitía medrar, aprender y saciar sus instintos sadomasoquistas. Pero últimamente estaba un tanto deprimido. Se daba cuenta que se estaba quedando estancado. Por eso, la noche en que sus ayudantes guardaban el tronco y los restos desmembrados de aquellos dos estudiantes dentro de las cajas de madera de pino, fue toda una suerte para él que apareciese, vestido de etiqueta y presto a marchar a la puesta de largo de su nieta mayor, el jefe supremo, Arias Navarro, “Carnicerito de Málaga”. Su gesto adusto y estirado, en permanente estado de tensión, que lo era en parte debido a sus úlceras sangrantes y en parte prólogo de su sanguinaria personalidad, le dio pie a Manuel para sugerirle alivio. La inyección de morfina enriquecida que le administró fue mano de santo. Incluso esa madrugada, tras la obligación familiar, los oropeles de la prensa y alternar con lo que allí llamaban alta sociedad, Carnicerito decidió acudir a la fiesta que se celebraba todos los jueves en el chalet de Antonio. Tres veces consumó, con tres efebos distintos. Se sintió un hombre nuevo y desde esa noche siempre recurría a Manolito, como lo llamaría a partir de entonces.
El rodaje marchaba viento en popa. Da Silva, sin consultarlo con nadie, había decidido que el cantante de LA COSTA SHOCK, como finalmente se llamarían los representados de Cartwright, tuviese un papel activo en la película más allá de la escena en el club. Le gustaba como daba ante la cámara. Con Miss Taboo hacía una pareja perfecta en el rol de aquellos ingenuos y soñadores jóvenes de viaje iniciático.. 

 

 
   Estando como estaba la aventura poblada de perros viejos, maleados, de vuelta ya de casi todo, la actitud asombrada y virgen de ambos, le recordaba a la suya no hacia tanto tiempo. Sí, aquellos dos ángeles tendrían que nadar entre todos aquellos excesos. Y no sólo sin hacer prisioneros sino evitando encallar en los arrecifes de ese proceloso mar.
 
   Alfonso no sólo era millonario de nacimiento, sino que también era atractivo, simpático y generoso. Bien es cierto que ser generoso con lo que se ha robado a otros durante generaciones y generaciones es serlo menos, pero entre toda aquella tropa con la que se encontró cuando llegó, eso ya era algo que le diferenciaba. Acostumbraban los de la mugre a tomarlo todo, sin dejar prisioneros ni tan siquiera una escapatoria posible, por pequeña que fuese. Y eso estaba comenzando a crear problemas. Aunque dueños de un país agrilletado y acojonado, algunos desesperados habían tomado la decisión de llevarse por delante en su ruina a quién se encontrasen de frente.
 
   La reunión con el “Muztafá barbachivo”, como le llamaba el viejo Ordóñez, estaba tensándose demasiado. El Don había solicitado ayuda en la mediación a Hohenlohe, en parte por que éste le debía favores, en parte por que sabía de sus habilidades, pero sobre todo porque le ponía una barbaridad su mujer, Ira, la hija del príncipe Tassilo. Le daba un poco igual las aspiraciones del Emir del Fener y sabía que tendría que acabar con él más pronto que tarde. Al tal Ordóñez tenía que aguantarlo, a menos que quisiese enemistarse con Carnicerito. Y si eso tuviese que ocurrir mucho mejor que lo fuese a su debido tiempo.
   El patriarca torero estaba de muy mal humor. Amenazaba con la guerra si traspasaban los limites de Ronda, su reino, donde no se movía nada sin su consentimiento. Además, estaba hasta los mismísimos de la niña de sus ojos. Un sensual bellezón de impresión, ninfómana, cocainómana y tan facha que le convertía a él en un liberal masón. Andaba malcarado por su encoñamiento con una verga plebeya del mundo del toro y él, aristócrata entre esa purria, sabía perfectamente que la niña se iba a aburrir a los dos días. La otra solución, “Sandokán” Arribas tampoco es que fuese mucho mejor. Cuando pensaba con la cabeza era porque estaba sin blanca o porque estaba puesto. Vaya tropa. Y ahora, encima, los moros.

“Bonvivantismo o barbarie”,
gritaban Sandokan y Luisito, en pelota viva en medio de la piscina, con un whisky con hielo en una mano y el canutillo de nácar en la otra por todo atuendo. Sobre la mesa, una bolsa de colombiana pura esperaba, mientras se entretenían lamiendo los pechos a dos presuntas suecas, conocidas en otros ambientes como Las Margaritas

DonRa subió a la suite descojonándose. “La Garza” agradeció quedarse allí, aunque hubiese preferido no tener que estar de oyente. Nada que él no pudiese remediar.

 

Uvita cogió un pitillo del paquete que había sobre la mesilla y lo encendió. Bastaron un par de caladas cortas para prender del todo. Dio otra más profunda y se lo alcanzó. Da Silva aspiró hóndamente, el cigarrillo siempre entre los labios, y la volteó tomándola por las cintura, abrazándola fuerte. Ella, acurrucada a su lado, completamente desnuda bajo la sábana, le susurró; -“¿Por qué no puede ser siempre así?”.
 
 Otra profunda calada al Winston. La mirada perdida en algún lugar. Miró por el ventanal un horizonte en el que no se fijaba, que ni siquiera quería ver. Ya no luchaba consigo mismo. Ahora, por fin, ya sabía lo que debía hacer. Desde la terraza de abajo subía aquel murmullo, una melodía que sonaba por tercera -¿o era la cuarta?- vez ya. Le gustaba, pero no era ningún consuelo. Sí, tenía que hacerlo.
 
Ella seguía hablando;
 
-“Ojalá no tuviésemos nunca nada en lo que pensar. Nada que enturbiase este momento. Nada que nos distrajese de lo que ha ocurrido estos dos últimos meses. Ojalá no hubiese nada que nos hiciese dudar de quienes somos realmente”.
 
Da Silva apagó el cigarrillo a medio consumir, mientras que con la mano izquierda le acarició la nalga. Se acercó y la besó. Primero mecánicamente. Poco después con cierta comezón apenas insinuada. No quería escuchar más. Y mientras la besó pensaba:
 
-“Ojalá”.



La sala estaba a oscuras, vacía. La prefería así. No había nadie, solo sus miedos. Agazapados, como un rebaño esperando a saltar la cerca. Alguno ya lo había hecho. Tras el primer visionado del copión Da Silva se puso muy contento. Lo hizo de una manera casi infantil, como el niño que cree haber tropezado con un descubrimiento único, un secreto tan sólo a él revelado. Le gustaba lo que había visto, incluso comenzó a construir en su subconsciente esos castillos de arena a los que era tan proclive y que tantas decepciones le habían procurado. Lo que estaba viendo en la pantalla tenía un aire descuidado, a veces incluso doliente, sí, pero también un halo de verdad, el aliento optimista de la memoria y del futuro. Pero, sobre todo, creyó ver un entusiasmo en el ser humano que no sabía de donde había salido exactamente. Eso le perturbaba, le hacía dudar incluso de la idea que tenía de si mismo. Cuando ya había visto “Soy todo sueño” dos, tres veces, aquellos miedos inicialmente contenidos comenzaron a mostrarse de manera más diáfana, en manada: Había pretendido reinventar un tiempo y un lugar, huir de lo verosímil como quién huye de la muerte. Y, adherida a esa ficción, recrear a las gentes que por allí transitaban. Ahora, asustado y sorprendido, se daba cuenta de que la película no era otra cosa que un ajuste de cuentas nada complaciente con lo que fue y, sobre todo, con lo que era. Con lo que se había convertido.

Al Don, sentado en uno de los palcos, semioculto en la penumbra, la película le estaba dejando mal cuerpo. Y no porque pensase que fuese mala. Muy al contrario. Si el manuscrito ya le había intrigado, lo filmado superaba sus expectativas. Tenía hallazgos notables: El alemán demente, toda la película mirando a la cámara sin decir ni una palabra pero, sin embargo, diciéndolo todo. La utilización de la música -aunque ésta no fuese de su agrado- como un personaje más, los silencios explicativos, la multitudinarias conversaciones corales. La galería de secundarios, con papeles cortos pero bien dibujados. La performance de Miss Taboo, rodada casi por azar, le resultó hipnótica. Era elegante. Delicada. Sensual. Resumía el espíritu de la película. Otra sensualidad, más carnal, incluso en las escenas más violentas, se apoderaba de “Soy todo sueño”. Una sensualidad con el grado de erotismo preciso y repujado por una visión de la vida trágica, todavía sin derrotar aunque perdedora desde su inicio. La actitud que emanaba de la pantalla era capaz de asustar a quién no va de cara y aún le queda un mínimo de dignidad. Estaba llena de escenas poderosas, emocionantes. Escenas que conformaban una historia que conocía de primera mano. Una historia alimentada por todo un catálogo de gentes heridas y esperanzadas que le resultaban familiares de un modo impúdico. Gentes a las que había permitido, acaso involuntariamente, deambular ante él más o menos libremente, sin procurarse la protección necesaria. Y qué, precisamente por eso mismo, le habían convertido en alguien que no quiso ser. Más duro, más insensible, más débil..

 


Recapacitó al advertir que lo que le dejaba mal cuerpo era tener ante sus ojos, hasta deslumbrarle, su vida tal y como realmente era y no como había pretendido que fuese. Un joven ignorante de veintipocos años había conseguido en menos de dos horas lo que a él le había costado años de podredumbre y mugre, de disimulo y oscurantismo: Recrear un monstruo al que todos temían, un monstruo que había olvidado cómo amar, que había olvidado cómo vivir. Un monstruo que buscaba la redención y que era tan torpe que no sabía ni esculpir de nuevo en su memoria -con martillo y cincel- todo el abanico de sentimientos descacharrados, oxidados por la falta de uso, que aún luchaban en el fondo de su alma por ver la luz aunque fuese solo por un instante. El muchacho diseccionaba sin concesiones, ni tampoco haciendo prisioneros, la actitud del que siempre se rebeló contra la mugre, contra el cinismo que lo invadía todo -como el musgo a la piedra húmeda y sombría- y que en él, el Don, hacia tiempo ya que había claudicado.
 Allí sentado, viendo la escena final, sintió estremecerse lo que una vez fue su alma. Los ojos perfilados de la muchacha, con dos lágrimas apenas perceptibles, eran los mismos ojos que había querido olvidar desde hacia veinticinco años. En la pantalla la cámara se alejaba lentamente mientras el cuerpo, su cuerpo, flotaba, como un nenúfar con esmoquín blanco, en medio de la piscina. Ahora ya sabía ante quién debe saldar su deuda, ahora le veía por fin un sentido a las cosas, al hecho de no haber cerrado del todo -tirando la llave al pozo del olvido- los recuerdos de un tiempo feliz que le atormentaba desde ya no recordaba cuando..
  Da Silva se levantó de la butaca. Estaba muy cansado. Enfiló el pasillo hacia la puerta de entrada de la sala y, a punto de salir, escucho una voz:
 
-“La vida y la muerte es un círculo hijo mío”

  A pesar de proceder de lugares dispares, por circunstancias habían coincidido a menudo, prácticamente desde que comenzó a llevar pantalones largos. Él la amaba desde el primer día, pero los innumerables encuentros habían sido igual de poco propicios. En sus años más jóvenes, aunque él no dejó escapar otras oportunidades, ella ni lo miraba. No le representaba un problema, todo era muy diferente y a su poca experiencia le hacían parecer normal que ella, la reina, el blanco de todas las miradas, la única muestra de clase y sofisticación entre aquel rebaño de bueyes pastando en un río polvoriento, no le hiciese el menor caso. Pero todo aquello que durante años parecía indoloro, fue germinando en su interior y comenzó a supurar poco antes de aquel iniciático viaje a Mallorca con Da Silva hacía ya cuatro años.
 
  Se la encontró en Londres, en un happening situacionista de esos que hacía Mick Farren en Powis Square. Ella le presentó a su marido cómo si no se hubiesen visto en la vida, y a él, avisado previamente de su participación en el evento, no le costó autoconvencerse de que así era. Tanto la quería. A partir de ahí, y en el transcurso de todo lo que hemos venido relatando, comenzaron a verse, al principio de manera ocasional, pero desde que habían llegado a Marbella había sido algo continuo. Ella estaba en ese momento tan delicado para todos, pero especialmente problemático en las mujeres, ese momento en el que la edad y los reveses habían convertido sus anhelos en frustraciones. A él no le costó meterse en el que consideraba el papel de su vida. Y en ese momento se le vino todo encima y se le atragantó el país más que nunca, y con ello las fiestas, el rodaje, los amaneceres, la bebida  y los amigos. Su tiempo y su cabeza no estaban para nada ni para nadie más. No se sabe bien si huyó porque esta vez tampoco se trataba del momento propicio o precisamente por miedo a lograrlo, pero él sabía que algún día ella saldría de entre la oscuridad y al verla sería suya para siempre.
 
 
 
A cada instante que pasaba le era más y más difícil respirar. El temido dolor llamaba a su mente, primero con suaves golpes, poco después aporreando. Casi lo saludó como se saluda a un viejo amigo. Después de tantos años todavía lo reconocía. Supo que aquello no lo podría controlar, que ya no era él el que mandaba. Apretó fuerte sobre su estomago, todo lo fuerte que pudo, luchando por volver a meter los intestinos en su lugar, intentando evitar que la vida se le fuese.
 
  El tacto de sus manos con su sangre, cálida y viscosa, le pareció incluso agradable. Poco a poco una leve neblina empezaba a emborronar las siluetas de Lord Serguajer y Carnicerito, que departían animadamente tras el cristal. Imaginó lo que estaban haciendo y sonrió. Su legado estaba donde quería. Aquello que ellos querían no eran más que migajas. Pobres diablos.
 
 La brisa acarició su rostro. Cerró los ojos y recordó. Recordó por última vez.
 
 En ese mismo momento el vuelo de DonRa despegaba rumbo a Bogotá. -“Lo hecho, hecho está”- pensó mientras la azafata le servía su coñac.


 Siempre le había parecido que no había mejor velatorio que una fiesta multitudinaria. Ahora que ya no estaba allí no lo iba a poder apreciar en todo su esplendor, pero sus amigos, enemigos y conocidos iban a hacer todo lo posible por dejarle el mejor recuerdo, en el mejor lugar y en el mejor escenario. Iban a recomponer el extraño rompecabezas que formaba su vida: La conocida, la imaginada y la sospechada. Iban, sencillamente,  a ajustar las cuentas con el pasado.

Onur Elanoçi Serguajer, el emir del Fener estaba inquieto. Hacia ya demasiado rato que no veía al jefe de sus sicarios, Pedur Shaneri. Despojado de su turbante, retozaba displicentemente entre una turba de impresionantes cuerpos femeninos. Cuerpos que le acariciaban, le lamían y succionaban como parásitos hambrientos, y que sin embargo no hacían más que acrecentar su hastío frente al placer carnal. Se hallaba ya entrando en los estados alterados de la mente. Une etéreo trono propiciado por aquella pipa centenaria y la goma que había en él. Su mente estaba ya a mucha distancia de su cuerpo.
 
   Cuando Pelourovijc y Charlas entraron en el salón Serguajer estaba ya  en otro lugar. Sus ojos en blanco, la papada húmeda, los músculos flácidos. No podía saber con certeza si eso era consecuencia del humeante viaje que su psique había emprendido, recorriendo su Estambul natal y su infancia entre la miseria, o debido al desempeño concienzudo de las huríes en extraer sus fluidos, en sorber su tuétano. Posiblemente fuese por ambas cosas. Y alguna más.
 
   Musitó una especie de gemido pero no pudo mover ni un centímetro de su corpulencia en su defensa. Vio a los dos amigos del Don apartando los cuerpos que yacían en el suelo, cuerpos como serpientes en el trance del apareamiento, y mientras el primero cerró con llave por dentro la estancia, el segundo -todavía con el abrigo puesto- se sentó en el taburete que había junto al dosel, dejando la caja que portaba en la mesa de su derecha. En ella había algo parecido a una pelota grande, mojada y caliente, parecía tener incluso forma humana. Mientras Lolo la abría para mostrársela, reconoció el rostro de Pedur, a la vez que una bolsa de plástico le cubrió el rostro y acrecentó, todavía más -esta vez definitivamente-  sus problemas respiratorios. Apenas notó la amputación de su miembro por las fauces de la hurí kurda. Ya estaba muerto.
 


 Michelone tenía cosas que esconder. En realidad todos las tenemos pero solo unos cuantos afortunados pueden hacerlo con éxito. Y muy pocos, por no decir prácticamente nadie, puede borrarlas para siempre. En la pequeña habitación del pasillo del “Pipper’s” se podía escuchar la música. Aquellos gañanes de la Costa Shock habían aprendido mucho en poco más de dos meses. El actuar en el club en doble sesión durante seis días a la semana les había dado el bagaje suficiente para parecer algo serio, o al menos dar el pego. Mientras pensaba en eso y se movía al son de la canción le abofeteó dos veces. Suavemente la primera, más violentamente la segunda. El anciano se despertó. El sudor había hecho que la gomina se mezclase con el fluido corporal y, descendiendo por su frente, le procuraba un escozor molesto en los ojos. Notó que algo colgaba sobre sus labios. Sacó la lengua para reconocerlo al estar atado a la silla y a la vez que el dolor aparecía, advirtió que su bigotillo despellejado, una tirilla ridícula y sanguinolenta goteaba sobre sus piernas.

 
  Jandro apareció por la otra puerta, la que daba al cuarto del terror desde la parte de atrás. Le enseño la fotografía de su mujer, la hermana de Carnicerito.
 
 -“¿Te acuerdas cuando te suplicaba?: Carlitos, yo solo quiero que me dejes a mi hijo… ¿Te acuerdas hijo de puta?”.
  De un tajo le arrancó una oreja y se la metió en la boca. De la entrepierna manaba un líquido amarillento. Lloraba como una vieja, sin sentimiento.
 
-“¿Creías que me importaba que el muchacho no fuese hijo mío?, ¿Pensabas no se lo iba a perdonar?… Se lo hubiese perdonado todo”.
 Abrió el neceser y saco unas tenazas. Tomó su dedo índice y lo partió como quién parte una nuez. Después el corazón. Siguió con el anular.
 
 Cualquiera que se hubiese fijado habría visto la silueta del Don. Había vuelto a la mugre para arreglar cuentas con el pasado, expiar sus culpas y ser testigo por última vez.
 
  Carnicerito escuchó los gruñidos de los cerdos. Un pavor incontrolable se adueño de él. Recordó al instante aquello que hacían antes de la guerra -y también durante ella, y después- cuando perseguían a los homosexuales, a los disidentes, a aquellos que le caían mal, aquellos a los que simplemente envidiaba. Era impune y lo sabía: Con los presos en la plaza de toros, trasunto de reses, prestos a torearlos. Con los cerdos. Con los cadáveres molestos. Tras apalizarlos, vejarlos, sodomizarlos, hasta dejarlos moribundos -no tanto por serlo, que también, si no por el miedo a la delación, al reconocimiento de su verdadera condición sexual- y una vez saciado completamente, lanzaba sus cuerpos, atados de pies y manos, a la piara salvaje, excitada con el olor de la sangre -dos semanas o más sin comer- de gorrinos hambrientos. Ni los huesos dejaban. Se trago su propia oreja mientras dos de aquellas bestias comenzaban a devorar sus pies.
 
  En el “Pipper’s” la fiesta en honor del Don continuaba. El aquelarre de sentimientos estaba en pleno apogeo. Allí también había furia. Pero era otro tipo de furia.

 

FIN DEL CAPÍTULO DE MARBELLA
CANCIONES DEL CAPÍTULO
CONJUNTO ESTIF Trompeta loca
JOU COGRA Atrapados
JOU COGRA Cráter satánico
JOU COGRA Cajas de madera
BEBU SILVETTI Contigo
THE ASHES Is there anything i can do
ENNIO MORRICONE Dies Irae Psychodelico
MALU Y CARLOS OROZA Eclipse

LOS BRANDIS con MARIA NEVADA Life’s song 

JANDRO
Amigo de adolescencia y juventud del Don y DonRa. Vehemente, irascible y noblote, fue el único del trío que permanecería en España, arraigado a ella por su eterno amor y el hijo de ésta, Jairo.
 
CARNICERITO DE MÁLAGA
Gobernador civil de Málaga y posterior primer ministro.  Hombre fuerte del régimen en Andalucia desde los años 50. Vanidoso, cruel, vicioso y adicto a la morfina, en la madurez expandiría su gusto por el vivio nefando.
 
ALFONSO DE HOHENLOHE
Aristócrata alemán huido por patas de su país debido a ciertas deudas no saldadas. Visionario y emprendedor, adivinó las posibilidades de Marbella como centro turístico capital.
 
ANA POMBO
Una de las primeras hippies de la Costa del Sol. Fascista hasta la médula. Cantaba el “Cara al sol” entre fondos de sitar y tablas, adobado todo por goma de primerísima calidad. Siempre acompañada por jóvenes buscavidas de tragaderas importantes y escasos prejuicios. Ex amante -o lo que fuese aquello- de Carnicerito de Málaga. Finalmente un icono -simpático y también tétrico- del lugar.
 
JAIME DE MORA Y ARAGÓN
Vividor de pura raza española, esa tan irreductible y paradigmática. También actor en sus ratos libres. Hijo del Marques de Riera y hermano de la monja Fabiola, futura reina de Bélgica. 
 
ANTONIO D. OLANO
Periodista, escritor, dramaturgo, cronista taurino y lo que se terciase de origen gallego. Amigo de Picasso y Dalí. Asentado en Marbella, de su acerada, tendenciosa e implacable pluma saldría lo más valioso literariamente  -o lo más curioso, probablemente fuese lo mismo- de la Marbella de la época.
 
PETER KENT
Excéntrico americano propietario de el club más famoso de Marbella y a quién su temeridad conduciría a una cruenta muerte.
 
ALEXANDER CARTWRIGHT
Joven almeriense ansioso de introducirse en el mundo de la música. Connoisseur, curioso e investigador de los sonidos “modernos”. Productor de la Costa Shock y auto postulado ante el Don como recopilador de la BSO de “Soy todo sueño”.
 
LUIS ESCOBAR KIRKPATRICK
Marques de las Marismas del Guadalquivir. Falangista y de las JONS, fue jefe de la sección de teatro del movimiento en 1938. Desencantado de la deriva del régimen, desde finales de los 60 se refugiaría en la actuación, para deleitarnos con interpretaciones repletas de finura y saber estar.
 
YEYO LLAGOSTERA
Se dice que Yeyo tuvo el mundo a sus pies. Falso. Lo tuvo en sus manos. El Jefe de los Choris. Generoso y amigo de sus amigos, e incluso de quién no lo era, decidió que nadie le iba a contar nada, quería vivirlo. Así, la herencia fastuosa (más de diez millones de dólares de la época) que recibiría antes de cumplir los treinta se la fundió en menos de diez años.  Fue una elección vital. Decidió vivir, hasta que se le acabase, como se sentía: Un rey. 
 
ANTONIO ARRIBAS
Íntimo de Yeyo. Su segundo. Apodado “Sandokán” por su parecido con Kabir Bedi, su barba cetrina y melena acicalada. Follador impenitente y una aspiradora nasal, gustaba de alternar con las novias y sus amigas, tal vez deseoso de establecer un nuevo tipo de relación sentimental.
 
CLIFFORD LUYK DIEM
Baloncestista neoyorkino establecido en España tras fichar por el Real Madrid. Conocido por “el rey de gancho”. Se casaría con Paquita Torres, Miss España y Miss Europa. Gustaba de pasar en Marbella sus periodos vacacionales acompañando a Don Luis.
 
TRINI
Mascota del Marques de Las Marismas. silenciosa. Alta. Herbívora.
 
KLAUS KINSKI
Actor germano de carácter. Carácter difícil. Temperamental, irascible, genial y neurótico. Una maquina del sexo, tal vez lo único que le preocupase junto al dinero. Sirvió como paracaidista en el ejercito alemán durante la II Guerra Mundial. Habitual de las coproducciones, que alternaba junto a proyectos más personales, especialmente los de Warner Herzog, a quién odiaba con toda su alma.
 
DOCTOR MANUEL ROSADO
Elemento inolvidable dentro de sólida trayectoria en el mundo catódico por realizar programas presuntamente relacionados con la medicina. Sus conocimientos en la disciplina eran similares a los de un sacamuelas de far west pero eso no le arredraría. Su porte, labia y falta de vergüenza le ayudó a cimentar una ventajosa posición. No muy lejano en sus intereses a Kinski, aunque igual -si no más- peligroso. En los ochenta sería detenido por estar inmerso en una red de tráfico de estupefacientes. Nada que no se supiese mucho antes.
 
LAS MARGARITAS
También conocidas como las Garcías. El apelativo viene por llamarse ambas Margarita García. Dos jóvenes muchachas naturales de Totana y Valladolid, ansiosas de hacer carrera en el mundo del cine. De poco vuelo artístico y soberbias curvas. No excesivamente inteligentes pero listas y espabiladas, como se es cuando se quiere escapar de la miseria a toda costa. Se convertirían en Bárbara y Ágata.
 
FRANK MARTIN
Cantante y músico aficionado que encabezaba una de esas orquestas insustanciales que recorrían los pueblos de la costa. Ayudado por Cartwright se convertiría en el frontman de La Costa Shock, banda poderosa de Psych hard rock, llegando a tener un papelito en “Soy todo sueño”.
 
TAMA-RHIT
Guitarrista valenciano -enmascarado por su nick hindú-  de discreta presencia y talentosa trayectoria. Motor principal de “La Costa Shock” y compositor de todas sus músicas.
 
RAFAEL NAVARRO
Actor alicantino de dicción exquisita y porte poliédrico. PAra la posteridad su sublime interpretación de Poe en “El Cuervo”, uno de los mejores episodios de “Historias para no dormir”.
 
MAHARISI PUHIG
En realidad un viajante de comercio, acomodado y de vida rutinaria, captó el espíritu de la época inspirándose en el papel de Jose Sazatornil en “Una vez al año ser hippie no hace daño”. Su mera visión sería la catarsis necesaria que le haría adoptar una nueva personalidad acorde con las hordas turísticas. Un mantra por discurso, una túnica alquilada en una tienda de disfraces, su frondosa barba y melena y la mirada perdida le valdría para erigirse en el asesor espiritual de toda la camada.
 
MANOLO ORANTES
Joven, atractivo y famoso deportista granadino. Íntimo amigo del marqués de las Marismas, a quién daba clases de tenis y, de paso, recogía los frutos femeninos adyacentes a él, quién prefería otro tipo de solaz.
 
LUIS ORTIZ
Tercero del clan de los Choris. De buena familia adepta al régimen, de este tan sólo gustaría su orden. Hombre de principios seguidos a rajatabla, su divisa lo definía: “Numquam opus, lostus utor” (Nunca trabajar, sólo disfrutar”. Casado con Gunilla -otra adepta a su lema- y una nieta del Canciller de Hierro, Otto Eduard Leopold Von Bismarck Schönhausen.
 
GUNILLA VON BISMARCK
Esposa de Luis Ortiz.
 
CLEMENTE RODRIGUEZ
Espabilado gañan que erigiría un imperio. Aprovechándose de la fiebre que existía por el Palmar acerca de que la virgen se le había aparecido a dos niñas, se trasladó allí puesto de peyote y la chusma le creyó en celestial trance. Tuvo una visión y estableció allí su iglesia. Una iglesia con el mismo protocolo, entretenimiento y diversión que la conocida sin temor al que dirán. Efectivamente quedaría ciego en un accidente de circulación: haciendo el trenesito en una orgía sadomasoquista multitudinaria en el barrio de Triana.
 
ANTONIO RUIZ SOLER
O Antonio “El Bailarín”. Hombre hecho a sí mismo, refinado y diferente.
 
ANTONIO ORDOÑEZ
Insigne matador de toros dueño del predio de Ronda, lugar donde no se mueve una hoja sin su permiso.
 
CARMINA ORDOÑEZ
“La Divina”. Primogénita del maestro. Hermosa, menuda y sicalíptica, Carmen Cayetana sería la princesa de Marbella durante un tiempo.
 
IRA DE FURSTENBERG
Hija del príncipe Tassilo y ex esposa del principe de Hohenlohe. Hermosa y amaggioratada, se comenta que podía recrear el Kamasutra entero si el partenaire era de su agrado. En caso contrario se contentaba con unos cuantos capítulos.
 
 
 

"LADIES FROM THE CANYON". Marbella. Primavera 1973 (Parte 2ª) Capítulo IX

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El primer día de rodaje fue caótico. También lo sería el segundo, así como los sucesivos. Contrariamente a lo que imaginó todos parecían felices menos él. Se sentía a lomos de un caballo desbocado. A Da Silva todo aquello le recordaba un poco los efectos del tripi de Baden Baden, pero con una carga de responsabilidad que le estaba matando. Jess, en cambio, recién llegado de Ronda -eufórico- parecía estar en su salsa, comodísimo y radiante en medio de todo aquel maremagnum de frenético desorden: Famosos despendolados, inútil actividad y caras bonitas. Si no fuese por la exagerada cantidad de dinero que casi se podía oler, aquello hubiese sido un compendio de todas las fiestas que hubieron, condensadas en una sola. Colosal. Y sin embargo toda aquella profusión de medios, de cuerpos, de ficción, no podía evitar dejar a la vista un deja vu de cinismo, de impostura y de rutina. Porque -ahora se daba cuenta- en la celebración planeada se oculta el peor de los aburrimientos.

Jandro, sentado bajo una sombrilla, divisó el panorama. Le llevo dos minutos hacerse una precisa composición del lugar: Demasiados pinceles atesorando pluma, los habituales ojos viriles -falsamente despistados- calibrando jovencitos, condenados asidos a su última oportunidad. Oportunidad de saldo, ignorante de su condición. Condición decorada por curvas cimbreantes. Curvas de lasciva ambición juvenil.

Y allí arriba -sudando e histérico encima de la grúa- un idealista lúcido pugnando por recrear el pasado, por adivinar el futuro, sin saber que sólo podía ser dueño, si tenia la fortuna necesaria, del presente. Le supo mal no poderle evitar el mal trago al muchacho, pero no conocía otra manera de enseñarle. Cuando atisbó un poco de alegría inconsciente, de vana ilusión y grandes expectativas entre las chicas que le acompañaban -muchachas que desconocían hallarse a un único peldaño de marchitarse- lo que sintió fue ternura. También mucha pena. Aunque ya debería estar de vuelta de todo, tenía que reconocer que a su edad y con sus cicatrices, todavía era un romántico.
Lo vio bajar de la Bultaco Brinco. Tenía menos pelo y bastantes más arrugas. La mirada acaso algo más desgastada y la misma sonrisa inescrutable. Conforme se iba acercando a él, esa mole iracunda y maleducada comenzó a temblar. No temblaba por miedo, jamás había conocido esa sensación. Tampoco por nerviosismo. Bueno, tal vez un poco nervioso si que estaba. Pero el tembleque era el mismo que uno siente cuando ve al pasado desfilar por delante suyo.

“¿Ya le has contado al muchacho el por qué de las cosas?” Le dijo DonRa.
“Los cojones”escupió,“Aunque me están entrando unas ganas terribles de arreglar unas cuantas de esas cosas”, le contestó levantándose desafiante.
-“Jandro… ¿Todavía estamos así?”le preguntó hastiado, mirándolo como se mira un recuerdo demasiado presente. “Estuve a punto de morir por vosotros. A veces me pregunto si no habría sido mejor” Se hizo un breve silencio.“Yo también la quería. Y renuncié a ella, a todo. Por ti, por ella, por nuestra amistad”.

Los ojos le brillaban de una manera que le delataba. DonRa ya conocía ese brillo, no le importaba verlo, pero su estatus de mastín podría verse en entredicho. “Anda, ponte las gafas de sol”. La bestia le chocó la mano con firmeza, fuerte pero protector, y sintió que todo aquel dolor se tornaba en aceptación.

Con una familiaridad similar a la de Lolo con las muchachas se comportaba Jess con las estrellas. Y había que ser muy diestro para equipararse a Peroulovich en tales menesteres. Sabía tratar con las fieras, tenía muchos años de circo, así que DonRa le había encargado que acompañase al demente alemán que hacía de actor principal. El tal Klaus quería sexo y aplausos, no siempre por ese orden. Sentirse el enviado del cielo al que todos debían venerar. Y como tal hacía justicia a su aspiración; las purgaciones y las enfermedades venéreas eran el pan de cada día.

Antes de concluir la primera semana de rodaje, la actriz principal ya comía de las manos de Lolo –y también, para qué engañarnos, de algún otro de sus apéndices- mientras que él hacía todo lo posible por evitar a un par de groupies, volteadas la noche anterior entre sabanas sudadas. Se las conocía por Las Margaritas o Las Garcías –tal era su nombre y apellido, idénticos ambos-, aunque por aquel entonces ya se hacían llamar Bárbara y Ágata, buscando disimular su pasado con esa clase zafia y un poco ingenua propia de los advenedizos.

Aspiraba la pareja, como tantas otras, a meter la cabeza en el cine, sin hacerle ascos a sumergirla en los lugares que hiciese falta, necesidades del guión incluidas. Y en esa víspera de deseos apretujados y juegos carnales, donde la lujuria paradisíaca y la ambición terrenal van de la mano, Lolo les prometió un papelito en el proyecto, en pleno fragor del intercambio. Se había presentado como Productor Ejecutivo Asociado y ellas quedaron prendadas. A Las Margaritas tres palabras en una frase y un hombre bien plantado las volvía locas, así que lo dieron todo y más en el ensayo nocturno. El único papelito que verían en toda la semana seria el que guardaba la Blanca, por supuesto dádiva imprescindible de las muchachas para que Lolo les permitiese confraternizar con la élite y así poder optar a una prueba de cámara. No, no eran muy listas, y cuando les dijo que la cámara era aquella habitación donde esperaba la banda representada por Cartwright, las muchachas no dijeron ni pío. Lo que dijese el grupo tras la sorpresiva bacanal nunca quedaría claro del todo, de hecho no creo que tuviesen fuerzas para decir mucho, pero lo que sí quedó claro fue su mutación. Pasaron de amenizar con estandars insustanciales a incendiar las noches restantes del rodaje con guitarra, órgano, bajo y batería. La enajenación psicodélica corrompió a su cantante, desde entonces Frank Martin.

 Da Silva comenzaba a pensar que tal vez no hubiese sido tan mala idea dejar la dirección a cargo de Albertius, ya que cuando pasó la primera semana la cosa comenzó a tomar cierto sentido. No se iba a rendir, no era su costumbre. DonRa había cooperado, poniendo firmes a la pléyade de viciosos secundarios americanos. Era su estrategia una muy eficiente: pasaportes confiscados, pitulis a granel y sustancias a la carta. Lo que pensaba que era un error se había revelado como mano de santo e incluso aquel insoportable alemán, demente y bipolar, obedecía ya a sus ordenes. Si quería ser justo con él debía reconocer que tenia talento, inspiración e instinto. Pero como le había dicho DonRa;

-“Palo y zanahoria… siempre, querido J.”

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-“La gente nos dice cómo es en cuanto se presenta ante nosotros, pero lo ignoramos. Lo hacemos porque queremos que sean como nos gustaría que fuesen y no como realmente son”
La elegante y profunda dicción de Rafael Navarro todavía no se había apagado. En el set todos contenían la respiración. Una mezcla de ansiosa expectación y emoción contenida flotaba en él. Incluso los más lerdos, pese a no saber verlo así lo tuviesen frente a sus ojos, podían adivinar que algo estaba pasando. Jairo hizo una señal con su mano izquierda conminando a todos a que siguiesen en silencio. La cámara inició un breve travelling, descendiendo hacía el lugar donde estaba el alemán zumbado. Kinski, todavía bajo los efectos de las aventuras con los amos de la noche, estaba sentado en una butaca. Su mirada definía el estupor y el desamparo mucho mejor de lo que Da Silva lo había plasmado sobre el papel. Estaba seguro de que no había entendido una sola palabra de lo que Navarro había dicho, y dudaba mucho que recordase su texto. En cambio, lo que en otro momento le hubiese irritado sobremanera -las modificaciones de una estrella caprichosa- se había convertido por azar en verdad y genio. Esa mirada ausente, abotargada y un poco distante, en silencio desvalido, resumía de manera perfecta lo que el joven director sentía con la vida. Y al fin y al cabo la película era su vida.

La mugre gobierna. No es esa mugre antihigiénica, que se atempera con agua y jabón, si no la mugre del alma, la que perdura. Capas y más capas de mugre superpuestas. Mugre alimentada de pasado y de traición, de vanidad y de ambición, de miseria y de oportunismo, hasta llegar a configurar un ente casi autónomo -con vida propia- que contagia todo aquello que tiene cerca. Da Silva no quiere escuchar lo que Jandro está diciéndole. No quiere saber. La mugre gobierna. El único padre que conoció está sentado frente a él, con toda su gigantesca humanidad, ahora un castillo demolido. Y su madre ha muerto. Hace ya seis años. La mugre gobierna y él la puede tocar.

Tal vez lo había exagerado de una manera indecente. Era consciente de ello y por eso se sentía culpable. No le gustaba hacer llorar a quién amaba, al menos no conscientemente. Y en esa primera vez, algo le consumía por dentro: reconoció que había hecho mal, sí, pero también descubrió una malévola delectación. Era curioso. Él, el único que creía tener los pies en el suelo en todo aquel exceso, era el que más lejos había ido, achacando a quién amaba todas sus dudas e inseguridades. No tenía nada que ver con el incidente tras la cena. Aquella escenificación del drama era un repetición de repertorio que ya era mala cuando todavía era original.

Monsieur Lafleur, Antoine para los amigos era todo un caballero. Solía acompañar a La Duchessa y ausente ésta por hallarse indispuesta, se sentó en la mesa donde las tres muchachas se divertían jugando al flirteo. Era un juego inocente. Miss Taboo había deleitado a la concurrencia con una sensual muestra de su talento y Uvita e Iris quisieron jugar a la seducción. Derramar el vaso sobre la camisa de Antoine y abofetearle fue algo desconsiderado que no había hecho más que dejarlo en evidencia. Siempre había evitado la coraza de la grandilocuencia, huido de la necesidad de querer sentirse importante, de revivir sueños y sensaciones imaginadas como hacían tantos para que quedasen amplificadas en la memoria. Él no era de esos. Salió corriendo, un tanto avergonzado, cuando el Don, en compañía del Maharishi Puhig y un grupo de enturbantados con chilaba y oro, hacía su aparición…

 

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Da Silva recorrió durante horas la carretera de la costa conduciendo el descapotable. Había recurrido a Jandro, tras la tonta discusión etílica de la fiesta, en busca de consejo y aquel le había abierto para siempre una caja de Pandora que ya no se podría cerrar. Quería tranquilizarse y recapacitar. Cuando descendió por la colina de la urbanización divisó la mansión del ingles. El corazón pugnaba por salírsele de la garganta. Aquella revelación le había puesto muy nervioso. Era algo que ya intuía desde hacia un tiempo, pero que no quería saber de ninguna de las maneras. Algo que le martilleaba la cabeza cada vez con mayor cadencia. Un sudor frío, enfermizo, le resbalaba por la sien. Una sien que parece el núcleo de un artefacto a punto de explotar. Nada más llegar allí empujó la entornada cancela repujada y sucia. Estaba abierta. Algo, remotamente conocido, flotaba en el lugar. Entró en la casa. Junto a la escalera de caracol por la que se accedía a las habitaciones, un gran retrato, enorme, de tamaño natural. La fotografía era muy hermosa. Se quedó observándola. Le era cercana, casi familiar. Tres tipos jóvenes, felices, con una mirada todavía limpia y curiosa, pareciendo esperar al futuro. A sus espaldas, la cascada en la que acostumbraba a nadar cuando era pequeño. El manto de agua transparente, reflejo idealizado de la libertad ansiada durante tantos años.

El corazón parecía no bombear lo suficiente. Al de la derecha lo reconoció al instante. Era Jandro. Veinte años atrás, quizás alguno más. Su brazo apoyado sobre le hombro del tipo del centro, mirándolo con admiración, con devoción, diríase que con amor. Este sonríe. Se enfrenta a la cámara con suficiencia, retándola. Hay un halo, algo difuminado en su gesto, que le es familiar. Pero no, no puede ser. A la izquierda, el tercero, DonRa. Su sonrisa franca. Un pitillo en los labios. La camisa arremangada hasta los codos. La piel muy morena, están muy contentos. Los tres posan para alguien compitiendo por su favor. Jairo se acerca un poco más a la fotografía que está medio en penumbra. Reflejada como se captaría a un fantasma, sobre el espejo del agua, una imagen femenina. Su tía…¿Su madre?.

Mareado, vomita sobre la escalera. Tiene que sentarse. La mugre gobierna.

 

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En una de aquellas noches La Garza, cómo socarronamente narraba el Marqués, le arreó un buen revés a Manolo Orantes, sin llevar la raqueta en la mano, que estaba incomodando a un par de maquilladoras de Algeciras. Noté un pequeño alboroto a lo lejos, mientras Luís Ortiz me contaba sus peregrinas -y a la vez tan acertadas- ideas sobre el devenir del país. Llevaba casi tres años recorriendo medio mundo con Don X. y la siempre festiva pero obligada etapa española me tenía un poco abatido. En realidad nunca me había gustado mi país y ya lo sabía antes de haber cruzado alguna vez sus fronteras. Lo que ví fuera me confirmaba lo vivido estos últimos años, aún consciente de llevar una vida privilegiada. Pero no podía soportar el polvo, los ancianos diez años más jóvenes que yo, las sombras, las miradas, aquellos que escudriñaban las sombras, la pobreza económica y la de espíritu, aunque en mi caso pareciese que fuese sólo pretendidamente festivo. Sobre todo me causaba rechazo ver como aquella manada de pobres diablos que eran mis compatriotas se comportaba cómo si hiciese algo, cuando no eran más que marionetas ignorantes. Yo también lo soy, pero la chequera de mi bolsillo estaba repleta y ésto suele ser de gran ayuda para los descreídos, un alivio improductivo. La vida era tan fácil como siempre, y ahora además me había convertido en una especie de productor ejecutivo; un hombre del cine. No puedo, todavía hoy, evitar sonreírme de lo rimbombante y fútil que sonaba eso. No habíamos bajado el ritmo, pero en cualquier lugar, a poco que desviase la mirada, encontraba todo lo que me hacía querer terminar aquella maldita película y salir de allí. No se trataba de recuerdos, pues no percibía que nada hubiese cambiado.

– “¿Que me dices de ese cabronazo que ha venido a meter en cintura a todos estos curas rojeras?”.

El monólogo de Ortiz duró hasta las diez de la mañana, y aquel fue de los escasos momentos en los que le presté atención. Este cabronazo estaba causando más de un problema. Los alemanes le habían impuesto a uno de sus hombres, y a partir de ahí los intereses inmobiliarios de Don X. comenzaron a resentirse, primero en Italia y ahora en España. Era extraño que los alemanes quisiesen entrar a través de Serguajer, la alianza era poco menos que contra natura conociendo los antecedentes, pero la actitud de Petrone lo evidenciaba. Irina Von Taffelson, que conversaba aparte con su prima Gunilla, tenía mucho que decir en todo esto. Su madre ya me había quedado claro que no, pero ella había definido a Su Eminencia, en más de una ocasión, como un hombre de gran vigor en su fé.

Comiendo con él en Madrid, en un mesón cerca de la nunciatura, todo habían sido objeciones y menciones a como funcionaban las cosas aún en España. Así consiguió arrancar un jugoso talón de mi chequera. Y la cuenta a nuestro cargo, obviamente. Últimamente la Guardia Civil visitaba el rodaje a menudo. La Garza había tenido también algún que otro encuentro en sus viajes a la playa y se denegaban todo tipo de permisos en el ayuntamiento. El desencuentro posterior de Don X. con un Procurador a Cortes que se había encaprichado con Elsa Baeza en aquel local de la calle Dr. Fleming tampoco ayudó.

 

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Así que fue el primero en dedicar todo su empeño en la postproducción y evitó presenciar los desgarradores sucesos acontecidos en el verano marbellí. Tardaría casi veinte años en volver a pisar suelo español sin decir siquiera hasta luego. Da Silva apenas se apercibiría de la ausencia del tintineo de sus hielos y su olor a polvos de talco.

Decidió marcharse una tarde de bochorno intenso, a mediados de septiembre, tras visitar Sevilla con Charlas Bronson. Esa ciudad le sacaba especialmente de quicio. La cabeza le pesaba y tenía los pies constantemente hinchados. Charlas le había dicho que aquel tipo enjuto, tuerto, de apariencia y ademanes sumamente grotescos, era el hombre adecuado. No le parecía que su charlatanería farfullada, babeante, mojando aquella ensortijada y aceitosa barba, fuese algo especial entre la peculiar clientela de aquella taberna de Santa Cruz. Pero aquel hombre que bramaba contra Roma y la Curia comenzaba a tener sus seguidores y los terrenos donde se daban las apariciones habían llegado a manos del Don. Una generosa cesión -y un igualmente considerable incentivo económico- servirían para que Clemente Domínguez le diese al Cardenal Petrone su merecido. Aquel ser deforme, sodomítico y rastrero, no necesitaba demasiada motivación para montarle una escenita. La visita era extraoficial; que Clemente tuviese montado un pequeño chiringuito con las apariciones no era el problema, pero instaurar un rito, digamos que personalizado, era algo que el Vaticano no podía tolerar. Lo recibió en su palacete sevillano, y congeniaron muy bien durante la comida, ya que ambos compartían las mismas ideas respecto al movimiento de los curas obreros que Petrone había acudido a mitigar. El guiso de rabo de toro le resultó altamente indigesto y el brandy era nefasto. Cuando Clemente comenzó a exponerle sus ideas sobre Cristo y la Iglesia Católica, un etíope con rastas y cubierto por un taparrabos de lino les acercó un inmenso cigarro, liado con goma sevillana. A partir de ahí el delirio.

 

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La acción se desarrollaba en el sótano. Desnudo sobre aquella tierra empapada en vino y rodeado por cuarenta y siete cofrades vestidos de nazareno, fue sometido a todo tipo de vejaciones, palizas, insultos y torturas. Después de aquello Petrone nunca volvió a ser el mismo, delegando casi todo en Ratzinger y dedicándose poco más que a los protocolos. Probablemente el lo viese como un ascenso más en el escalafón, pero allí se aposentó también una distancia física palpable. Los tres cofrades que lo desataron del Puente de Triana en donde colgaba crucificado, aseguran que sus primeras palabras fueron; “Quiero más”. Algo que interpretaron como inevitable consecuencia del concupiscente delirium tremens por el que estaba poseído.

Poco después de su encuentro, Clemente comenzó a aseverar publica y repetidamente que el Papa de Roma se encontraba secuestrado por los Cardenales y que estos le administraban drogas alucinógenas a su conveniencia. La incipiente Iglesia Palmariana acabó escindiéndose de la Católica, construyendo una basílica, de abigarrado estilo barroco, en los terrenos que les habían sido regalados.
Aquellos potentes secantes que tanto le gustaba usar a Clemente en sus trances habían sido cosa suya. Y por eso, al día siguiente se subió en un Mercedes diesel junto con Lolo Pelourovich y partieron rumbo a Lisboa. La verdad es que su país no le agradaba pero en Colombia tampoco había demasiado margen de mejora.

CANCIONES DEL CAPÍTULO

LIA UYA Mientes

MODIFICACIÓN Across the time

BARBARA POTTS Conquistador de cartón

KARINA Tiempo al tiempo

CAROLYN SUMMERS Dead

DAVE PIKE Soul eggs

ENCARNITA POLO Tres cosas

 

 

 

"LADIES FROM THE CANYON". Marbella. Primavera 1973. (Parte 1ª) Capítulo VIII










PRÓLOGO.
 
La máquina Enigma escupía el último mensaje codificado del día. El anterior, descifrado por el operador de Inteligencia, ya estaba en las manos del Coronel Ravensburg, el oficial al mando de la base alpina. Rezaba así;
 
“Iniciar con premura Operación Hoffnung. La documentación será entregada al sujeto seleccionado. Confiar en la escolta establecida el transporte hasta el punto donde aguarda el contacto”.“Bien, la ratas comienzan a abandonar el barco” Exclamó el Coronel mientras se ajustaba la cartuchera repleta de munición. Abrió la caja fuerte y echó un útimo vistazo a la carpeta con la fórmula química, la Piedra Filosofal del III Reich, la evolución final de un combustible sintético que permitiría a la gran Alemania prescindir de los hidrocarburos convencionales. Cualquier Estado mataría por ella.
 
  Llegó la hora de llamar al tal Egbert Bateman, el sujeto seleccionado, a su despacho. La conversación entre ambos fue larga y clarificante, en especial para Harry, que aún no podía creer el inmenso golpe de fortuna que le esperaba tras los muros de hormigón armado del complejo militar.
 
  Esa misma noche, al cobijo de los ataques aereos de la RAF, el todoterreno Volkswagen rehacía el camino andado hasta un pequeño bosque cercano a Bodensee, donde Ravensburg ordenó detenerse. El jóven teniente, aquel que aterrorizaba a los esclavos judíos con su arma de asalto, estudiaba el mapa con cara de preocupación.
 
-“Herr Standartenführer, este no es lugar señalado en el mapa, nos hemos desviado unos…”
 
  La detonación cerró la frase. El Coronel, con disparos rápidos y precisos, reventó las cabezas de los tres oficiales que formaban la escolta. Una Luger de lujosa empuñadura humeaba sobre el suelo nevado. Los “Muñecos de nieve”, como llamaba Ravensburg a los soldados embutidos en uniformes de campaña invernal, ahora teñidos de masa encefálica y sangre, ya no eran un estorbo para la fuga. Con ellos moría también la Operación Hoffnung, la última esperanza de Himmler para negociar un acuerdo con las potencias occidentales. Un lujoso Mercedes, oculto entre la maleza, sería el transporte hasta la frontera suiza.
 

Amanecía.

A muchos años y kilómetros de distancia, en la Argentina de la Triple A, un jet privado despegaba rumbo a una floreciente ciudad turística española, Marbella, donde Hanna debía reunirse con la delegación del gobierno Saudita. ¿El motivo?, comunicar la muerte de su padre y renegociar el tratado por el cual la fórmula debía permanecer enterrada en la caja de seguridad de un banco suizo..

 

 
“Señorita Arbeola, ¿desea tomar algo?” La azafata quebró el silencio reinante con la palabra odiada, un apellido que siempre detestó. Hanna estaba harta de ocultar su verdadera indentidad. “No, gracias”.  Contestó a duras penas. Sobre las piernas, sin dejar de acariciarlo, llevaba el viejo maletín de piel de su padre, con grado y nombre “Standartenführer O. T. Ravensburg” bordado cerca del cierre metálico.
 
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Marbella. Primavera de 1973.
  
  Todo le parecía cambiado: La carretera de la costa, los pequeños pueblos, las gentes que iban dejando atrás. Aunque eran exactamente los mismos que hacía cuatro años,  Da Silva los sentía completamente diferentes, como si hubiesen pasado siglos. Tardó un rato en darse cuenta que lo único que había cambiado verdaderamente era él.
 
 Uvita lo besó en la mejilla y sonrió mientras el motor delantero del Lamborghini Jarama rugía poderoso al pisar el acelerador.
  Aparcó el automóvil a la puerta de la Villa. En Miramar no había otra cosa más que Villas, a cada cual más lujosa. Había odiado tanto a sus dueños y ahora resultaba que actuaba como uno más, otro de esos ociosos y vacíos millonarios. Uvita se sorprendió pensando que aquello no era exactamente el tercer mundo que había imaginado sino una especie de paraíso caótico que no le desagradaba en absoluto. Nada más entrar sonó el teléfono. Era Jess haciéndole saber que estaba ya en Ronda, que necesitaba un par de días para arreglar, o al menos suturar, parte del pasado. Quedaron en verse el sábado. Mientras Uvita se daba una ducha cogió las llaves del Lamborghini y decidió perderse esa noche en su pasado. Necesitaba estar un tiempo a solas antes de hacer una visita.
 

  Cuando llegó fue como si el rompecabezas comenzase a tener sentido. Aquella apoteosis urbanística consagrada a dilatar lo efímero tenía ya la consistencia de una pesadilla. La resaca no tenía nada que ver. Entre dos edificios gigantescos, la pequeña casita de una planta permanecía tal y como él la había conocido -un poco más descuidada quizás- sin blanquear desde hacia seis o siete temporadas, con las mismas cortinas de canutillo que jugaba a construir de niño, entonces blancas, ahora de color ala de mosca, y el pequeño huerto a la entrada. Un huerto no más grande que el recibidor de cualquier suite del Marbella Club Hotel, que se elevaba a su lado, y por el que tanto había correteado de pequeño, entre los gritos cariñosamente amenazantes y las promesas de castigo -siempre falsas promesas- de sus tíos, los únicos padres que había conocido.

 

Sólo había dado dos o tres pasos cuando oyó el vozarrón. Allí estaba, de espaldas a él, frente a aquellos dos tipos, grandes como armarios, poca cosa para un hombre como él. Ni siquiera había comenzado y ya podía adivinar esa reacción familiar que tan bien conocía, incontrolable y furibunda, que acontecía en milésimas de segundo y dejaba a Atila como a un Borboncillo sin sustancia. Resultaba más que conveniente no estar en su radio de acción cuando eso sucedía. Los médicos habían conseguido acceder a los efectos que lo propiciaban, pero indagar en esa tempestad inicial capaz de provocar la tercera guerra mundial parecía serles más inaccesible que la mismísima fórmula de la Coca cola. Aquellos dos tipos hubiesen agradecido una barbaridad haber tenido también esa información. Un minuto después yacerían tumbados en el suelo del porche con las mandíbulas rotas y un par de luxaciones en sus hombros.

El hombre bajó los dos escalones del pequeño porche, sin preocuparse en pisar o no a los dos fardos que dejaba atrás, y se detuvo frente a él. Los ojos le brillaban tanto –pero de una manera tan completamente diferente- como lo habían hecho instantes antes. Lo abrazó tan fuerte que Da Silva pensó por un momento en un ajusticiamiento más que en un saludo, pero eso tan solo duró unos segundos. Los que le transportaron de nuevo a su adolescencia junto a aquel tipo..

 

  Entraron en la casa y a J. le vino de repente a la cabeza la letra de la canción que aquellos jóvenes melenudos berreaban la noche anterior en el Laly Lay club; “…Algo hay que brilla en su mirar, puede que sea un profeta que viene a avisar, que se aproxima el juicio final, en las montañas la Luz del fin del mundo alumbra ya…” .
 
Se preguntó si conocerían a “El Jandro”, su tío.
 
 La luz del fin del mundo

 

-“¿Qué querían esos tipos, Jandro?.” le preguntó Da Silva retóricamente.
 
Ni se molestó en contestar. El hombre sonrió, con la melancolía brotando de cada una de sus arrugas.

-“¿Ya no quieres llamarme padre?…¿Sabes? las cosas han cambiado bastante por aquí desde que te marchaste”.
Dio un sorbo largo y el silenció se estiró de una manera que llegó a ser incómoda, molesta: Todo ha cambiado desde que ella murió.” La botella empezaba a menguar considerablemente. La felicidad,  la alegría, las locuras de juventud, todo se marchó ese día… lo único que me queda es el recuerdo y ésto.”, dijo señalando a la botella. “Ésto siempre está ahí…”. Tomó de nuevo la botella y llenó los dos vasos hasta arriba.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sentados frente al murmullo del mar, de ese mar que era espejo sucio de lo que fueron, callados y acompañándose como hacían antaño tras una noche de farra y aventuras, Da Silva le daba vueltas y más vueltas a las cosas, intentando fijarlas y ordenarlas. Al pasado, a su pasado, a Uvita, a la película que iba a rodar, al futuro que no sabía si quería que sucediese… y frente a todos esos pensamientos, aquel hombre al que siempre había llamado padre. Allí estaba, a su lado, más perdido de lo que nunca imaginó, un tipo al que creyó inmune a la nostalgia. Un tipo que ahora estaba prisionero de otro tiempo.

 
Sunny days are coming

 

DonRa ya conocía la canción. Más que eso, conocía todo el repertorio. Había tenido que salir por piernas de allí cuando su amigo Alfonso de Hohenlohe, decidido a saldar sus deudas con cierto prestamista, dio su nombre a unos cuantos jerarcas del movimiento a cambio de un aquí paz y después gloria. También, obligado por una visita a la famosa picana de los sótanos de la DGS, tuvo que ceder una participación en el accionariado de la sociedad que construía el futuro paraíso. Carnicerito de Málaga, el jefe de todos ellos, andaba de muy mala leche por aquella época. El motivo no era, pese tener apodo de torero ventajista, tendente al bajonazo y al descabello cobarde, por una simple mala tarde. Digamos que fue por la sucesión de muchas de ellas. Temporada y media en concreto, lo que vienen a ser casi dos años naturales. Ese fue el tiempo durante el que su amante, Ana de Pombo, había utilizado la herramienta necesaria para saciar su furor uterino. Esa herramienta era joven y lozana y se  llamaba Moncho. El joven no mostraba ningún reparo en satisfacer a una ajada y peculiar hippie entusiasmada con el Cara al sol a cambio de alguna contrapartida. La aristocrática reina de la paradoja prendada del príncipe plebeyo de los gigolós. Esas cosas solían pasar.
 

  Había que tener cierto estomago y una estratégica visión sibilina de la situación para funcionar con aquello. A él le sobraban ambas; la mujer se parecía bastante a Greta Garbo. La lástima era que ese parecido estaba más centrado en la Greta de su retiro demente en París que en la gacela salvaje que fue antes de huir de Hollywood. Éste, en justa contraprestación por el arduo y desagradable trabajo realizado, abusó un tanto de la pasión que la señora sentía por él. En un doble juego que combinaba supervivencia e idealismo pasó informes sobre futuras redadas a la célula andaluza del PCE con una mano, mientras que con la otra dilapidaba la generosa asignación que Carnicerito le pasaba a la Pombo.

 

Vistos ahora en perspectiva, fueron años estupendos. Junto con su prolongación vital, Jaime de Mora, habían sido los animadores iniciales y verdaderos de aquel vergel. Fueron odiados, amados, envidiados, vilipendiados y admirados, todo dependía de quién emitiese el juicio. Vendían ambiente creándolo, al contrario que ahora, en que un grupo de advenedizos sin ninguna clase para la impostura y la ficción, pretendían crearlo vendiéndolo. Sobraba puntualizar que no era lo mismo. El escritor Antonio D. Olano -otra prenda- los retrató con justeza. Conocía sus defectos –no podía ser de otra manera, procedían del mismo corral- y les alababa las virtudes. En su libro los señalaba cómo los creadores e ideólogos de una “Una Costa Chic que se había convertido en Costa Shock”.

 

 
Recién duchado y afeitado, se miró en el espejo y lo que vio no le disgustó del todo. Había llegado de madrugada, con prisas y sin equipaje, aparte del maletín lleno de billetes y aquellas viejas fotos que llevaba consigo. Fotografías que eran a la vez pesada carga y ancla en el tiempo. La chaqueta Nehru de color gris piedra ribeteada en azul cobalto parecía de su talla. Le gustaba. Consideraba excesivos los botones plateados, pero combinaban bien con los mocasines de piel de serpiente que acababa de estrenar. Encendió un Hilton lights. No sabían a nada aquellos cigarrillos. El Don no llegaría hasta principios de agosto y quería que el rodaje estuviese lo suficientemente adelantado como para dar el pego.
 
Salió a pasear por los jardines de la mansión de Serguajer, absorto en sus pensamientos, cuando desde allá arriba divisó el Marbella Club Hotel junto a la playa. A su lado todavía permanecía la pequeña casita. El Jandro había resistido. Todo seguía igual. Pensó que si aquel tipo tenía algo eran huevos. Y poco, muy poco cerebro.
 
La gente se arremolinaba en la puerta del Tramp. Pensaban disfrutar de “Una loca extravagancia sexy” como si no hubiese un mañana.
No quería saber cómo ni cuando se había iniciado la debacle que ya podía intuir. Sintió que todo aquello que decidió olvidar un día, borrándolo de su mente como si no hubiese sucedido nunca, comenzaba a reaparecer de una manera que no sabía si iba a poder controlar. Se estaba haciendo viejo.
 
-“¿Cómo estaba esa mala bestia?”, “¿Sigue remiso a las sugerencias?”, les dijo a los dos armarios, matones de pacotilla de la delegación local del turco, mientras éstos aguantaban los improperios e insultos de Shaneri.
 
La verdad es que siempre había sido así con Alejandro desde niños. Sobre todo si las sugerencias venían acompañadas de amenazas. La única persona que había logrado alguna vez imponerle algo lo solía hacer con una sonrisa, y en caso de extrema necesidad, acompañada de un beso. También era guapísima y muy dulce. Desgraciadamente había muerto hacia ya seis años. Aquellos sicarios no eran ni dulces, ni guapos, ni mucho menos dominaban el arte de la seducción. Y no estaban muertos porque no se habían presentado ante él con sonrisas y besos, así que la cosa había quedado en unos cuantos huesos rotos. Jandro no era nada partidario de mostrar los sentimientos en público. En ese sentido era demasiado suyo, exageradamente pudoroso.

Sentados en el privado del Pata Pata, El Don llamó a Michelone para que dejase la timba de una vez. Necesitaba hablar con él y de paso Serguajer podría hacer todas las trampas que le apeteciesen, sin que su amigo se diese por ofendido. Era el único que no era atrezzo en la partida, pese a estar a sueldo como todos los demás. En Las Vegas acabaron llamándolo The King of Bluff desde el día en que con un farol tumbó el póquer de damas de Siegel. Lo gracioso de aquello fue que en vez de terminar enterrado en el desierto de Nevada, que era lo que todos esperaban, acabaría siendo el segundo de Rothstein en el Sands.

Cuando salían echó un vistazo hacia el escenario. El cantante de la banda, aunque con barba, le recordaba a Peter Kent. Jodido americano. Mira que cagarla así. Vender dos veces el mismo negocio. Y lo que era peor, la segunda vez a un italiano con muy malas pulgas, aficionado a la pesca con arpón. Su cuerpo debía estar en mitad del mar de Cormorán, imaginaba que con algún que otro agujero. Jamás lo encontraron.

En su antiguo club, Pedro’s, se lo habían pasado de muerte en interminables noches bañadas por alcohol de importación y caro perfume francés, líquidos que allanaban el camino para las incursiones entre las carnes turgentes. Su labia y desparpajo ayudaba, claro. Solía ser aquel el refugio donde descansar tras recorrer caminos de soledades y madrugadas. Entre sus habituales abundaba todo el espectro nocturno que acostumbraba a deambular por la Costa del Sol: Tipos con el alma llena de pus, hijos de papá en busca de sorbos de verdad, políticos avejentados por la farsa de vivir una doble vida embadurnada en vaselina, princesas del desamor, aspirantes a estrella generalmente estrelladas, vampiros de la mala vida, emprendedores del arte del cuento y en general todo tipo de aventureros de la condición humana.


-“Perdóneme señor; ¿Podría hablar con usted un momento?.”
 
  El Don se quedó sorprendido por la irrupción. El muchacho tenía cierto porte pese a no ser muy alto, y aunque parecía bastante intimidado y era evidente que le había llevado un mundo dirigirse a él, un aura de ilusión y esperanza parecía insuflarle fuerzas.
 
 -“Mi nombre es Alexander Cartwright y tengo una compañía discográfica”.
 
 
Así, con ese bagaje, como si tuviese el mundo en sus manos, se presentó ante él. En otro momento no hubiese podido acercarse ni a cinco metros, pero tenía que reconocer que había sido paciente e ingenioso. También temerario. De inglés, era obvio, no tenía más que el supuesto nombre. Ese acento era más bien de Almería. Hizo una señal al rottewiller con bigote que se acercaba iracundo, enfundado en un traje una o dos tallas más pequeñas, para que se quedase donde estaba. Se quedó mirándolo y el muchacho creyó entender que podía seguir hablando.


-“Me he enterado que van a rodar una película aquí en Marbella. Quisiera encargarme de la Banda sonora…también represento a ésos”,
dijo señalando al escenario.

 

  Al Marqués de las Marismas no le importaba madrugar. Cuando ya había terminado de hacer de sí mismo con algo de maquillaje, llegaba, se movía con agilidad entre los jóvenes, conversaba alegremente con las recién llegadas -pues siempre había dos o tres nuevas conocidas cada día- se sentaba en una butaca  y decía su frase, o lo situaban en un corrillo al  fondo del salón con una taza de Alpina en la mano. Y ya estaba. Tanto si la cosa iba bien como mal, él, a mediodía,  cogía su Seat 850 Special y se marchaba. Se iba al puerto y daba un paseo. Muchas veces se bañaba en el mar. De vuelta hacia el chalet siempre pensaba si se cruzaría con Yeyo o Antonio en las inmediaciones de Los Gitanillos, pero hoy sí se encontró a Jesusito en el camino, y le recordó lo de la tapia. Ahora, mientras paseaba a su jirafa con un Bitter Kas en la mano, comentaba con ella cuanto estaba este chico abandonando las ocupaciones importantes -su tapia-  por andar comprando terreno a todo cabrero o terrateniente que se lo ofreciese. 
 
Llegaría un día que este tipo de gente pagaría las películas. Lo tenía claro porque mucha de la gente que veía en los rodajes vivían exactamente igual de arrebatados por abarcarlo todo, y llegado el momento no se centraban en lo suyo, no se relajaban. Clifford se mostraría de acuerdo en esto durante la comida. Él llegaba, metía sus ganchitos y vivía el resto del día en paz. Y de eso se trataba.

  Había estado mucho tiempo vinculado al Movimiento y con lo suyo además. Estaba llegando a plantearse que aquel era el momento de afanarse en Madrid con cuatro cositas del teatro, pero ya en muy segundo plano, colaborando. La cuestión era apañarse y volver a casa cada día comido y cenado, entretenimiento siempre había. Pero pasarse cada vez temporadas más largas en el chalecito, en el jardín, con calzones y foulard por todo uniforme, diseccionándole a Luyk las claves para vencer al Ignis de Varese, echar la mañana con los de las peliculitas -que se desayunaba de miedo- y bueno, irse a las boites un par de veces por semana tras alguna cena en la que siempre se juntaban los mismos. No era mucho de grandes juergas pero que estupendamente lo pasaba. A todas horas reinaba la alegría, y eso era lo que le iba, la alegría. Además, presentía una buena temporada convulsa en la capital, y aunque era leal, estaba muy disconforme con la política de la Casa; recuperar las cosas a costa de cualquier principio no es el camino. Cómo le recordó la otra noche aquel solemne pero parlanchín Cardenal, en España se estaba perdiendo la espiritualidad a pasos agigantados y las más altas esferas no estaban precisamente dando ejemplo. Aunque para falta de espiritualidad aquel rodaje; pero claro, el mundo de la cultura había sido siempre tradicionalmente -y se recalcó está palabra a sí mismo- licencioso. “Soy todo sueño”, como fue conocida la película en la sesión continua o “All I dream” –tal como se llamaba en realidad- era un constante devenir de gente opinando y que no se sabía muy bien que hacía allí. De letrinas siempre atrancadas y de caravanas epilépticas. Siempre faltaba algo por singular ocurrencia de alguien o por persistente extravío; el día que aquel joven le entregó el cheque y le pidió que custodiase a Trini, con la que no sabían que hacer tras su accidentada participación plagada de roces con aquel demente de Kinski, a nadie se le ocurrió interpelarle al salir juntos. Otro día, en la fiesta de los de las túnicas en aquel cortijo habían causado sensación juntos. Eso sí, trasladarse con ella enganchada al automóvil era algo tedioso una vez pasada la novedad.

 
“¡Ya sé que estoy tomando mucha! Por eso te estoy pidiendo que el saquito sea generoso”.
 
El Doctor Rosado pudo escuchar nítidamente la discusión entre La Garza y Michelone en la puerta de Bolero y dictaminó una hipertensión aguda en aquel.  Con su expulsión del cuerpo de carabinieri habían conseguido dar carpetazo -o al menos lo habían intentado- ya que, al margen de su ignorancia al respecto, aquel turbio asunto seguía trayendo cola por los sucesos de  Amalfi de hacía ya casi dos años. A él le encantaba el poder que le otorgaba estar a cargo de la seguridad de Don X.; en realidad lo tenían para hacer todo tipo de chapuzas y recados en los que señoritos como Bronson o DonRa no se querían enfangar. Él se había encargado rápidamente de afianzar su posición, creando toda una red de clientelismo de la que sacar tajada. Pero por otro lado era de los que menos dormía -y no por andar de fiesta- aunque claro, su sólo teórico poder le había proporcionado un considerable incremento del cobro de favores en especie, especialmente con aquellas mujeres a las que definía tanto la necesidad como la carencia de escrúpulos. Su vida era más aventurera que cuando portaba uniforme, y aunque no mucho, algo más edificante que los nueve meses que se pasó emborrachándose de sol a sol por las tabernas. Hasta que aquel mismo hombre, que le reprobaba otra vez sus hábitos, le ofreció formar parte de la escolta de Don X., al que curiosamente apenas echaba la vista encima. Hoy, por ejemplo, apenas se tumbó un rato después de la comida, tras pasar toda la mañana en el rodaje, partió en dirección a Barbate a recoger lo que les habían traído del otro lado del Estrecho. Nada más llegó al club le pidieron que acompañase a los de la puerta esa noche, pues convenía filtrar a los no habituales, aunque fuesen conocidos. Al cierre tendría que supervisar el reparto de los paquetes. Llegaría tarde al rodaje, y aunque aquella silla de playa era incomodísima, se quedó dormido en diez minutos.
Michelone asentía, comprendiendo que a aquel hombre sólo lo mantenía vivo el tener la cabeza constantemente ocupada..
CANCIONES DEL CAPITULO
TITO MARTIN El mundo llora
ROCKY McCABE Sunny days are coming
ELSA BAEZA La verdad
EXPRESIÓN La luz del fin del mundo
JOU COGRA Darkness
AUSTRALIAN SOUND Sidney
LOS TIOS QUERIDOS Si me ves volar
HOWARD BLAKE An elephant called slowly
MASSIEL Only forever will do
 
  

"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972 (Parte 3ª) CApítulo VII

 


 
 
-“Será un honor el poderlo escuchar en confesión en su próxima visita a Roma, Herr Taffelson. Buenos días”.
 
Todo había salido a la perfección, no había nada como retornar a la oficina con el cuerpo y la mente relajada. Y así se sentía, tras haber pasado la nochebuena, el día de Navidad y el resto del fin de semana en su escritorio. Escuchando a Mendelssohn, leyendo a Walter Darré y milagrosamente en paz, dadas las fechas. En un par de ocasiones debió asistir a Irina, pero ella, consciente del golpe de timón que se había dado en la familia aquella mañana del 24 de Diciembre, no necesitaba excesivas puntualizaciones. Herr Taffelson unicamente se entregaba en cuerpo y alma a lo que realmente le gustaba -un par de veces al año como mucho- y así había que dejarlo. Lo único que le incomodó un tanto fue que Erick fuese testigo de aquello. Su padre, al menos le había transmitido algo parecido a sentimientos. Eran atroces pero al menos lo eran. Que Brigitte no volviese a poner un pie en aquella casa hasta el lunes por la mañana, había sido todo un alivio para los dos. Cuando ella entornó la puerta de la cocina, se los encontró conversando animadamente. St. Laurent con la ropa arrugada de la noche anterior, masticando lentamente un bollo y  asintiendo con timidez. Ralphie, completamente borracho y como recién llegado de Stalingrado, de aspecto repugnante, con la guerrera y el cabello como si un obús hubiese estallado a su lado saltándole los restos de un batallón entero.
 
-“Este muchacho parece idiota, presentarse a estas horas”, pensó.
 
  Ralphie derivando, en su línea. Tan sólo que cada año que pasaba, en lugar de infundir terror, le recordaba más a un muñeco de trapo. Se giró un instante y volvió a meterse de nuevo en el tocador. Se maquilló y tal como estaba, con unos vaqueros acampanados que ceñían tanto, que una lorza imborrable la separaba de aquel híbrido de chaleco y top de lana cuyas costuras dejaban todo al descubierto. Tomó aquel abrigo de armiño del que no se separaba y ordenó que confirmasen su cita en la peluquería del casino. Desayunaría allí mismo.
 
 No pudo evitar volver a pasar por la cocina a despedirse de Erick. Al fin y al cabo si estaba allí era por ella; al menos ambos se habían encontrado abajo y tuvieron suerte de que Rafael no los sorprendiese arriba, en la cama. Esta vez sí entró plenamente en la cocina y fue cuando la vio. Allí estaba, al fondo de la larga mesa de madera de la cocina, la que solía usar el servicio. Éste era conocedor de que aquel día, hasta que Herr Oberstleutnant se acostase, no debían ser vistos juntos. La vio fumando, con aquella ropa interior negra tan minúscula, pues todo se sostenía en su sitio por sí mismo, con la taza de café en la otra mano y la gorra de plato del uniforme de las SS  de su padre puesta. Controlándolo todo.
 
  Se besaron y salió de la casa con prisas exageradas, y echó mano al bolso nuevamente. En el Casino, ya peinada y con la manicura recién hecha, se encontró con Charlas Bronson. Finalmente acabaría pasando tan familiar fiesta con los que la querían de verdad, y volcándolo todo: su dinero en la ruleta, su exuberante humanidad en la pista de baile, un montón de copas allá por donde pasaba y todo aquello que hiciese falta volcar, durante tres días enteros con sus noches completas.
 
El lunes, cuando regresó a casa, se encontró a Irina en el mismo lugar, otra vez de negro pero algo más vestida. No le dejó tiempo de que comenzase a contarle:
 
-“¿Sabes que pienso, Mami?, que cuando saliste por esa puerta el viernes ya parecías una buscona”.
 
  La mirada que se cruzaron en el despacho no había sido la mirada entre dos hombres. Si alguien hubiese podido explicar la naturaleza de esa mirada -intercambiada como a través de la cristalera de un acuario- entre dos seres que vivían en mundos diferentes pero muy  conectados a la vez, posiblemente la habría definido como la naturaleza de la locura.
 
 El Don se había dado cuenta y dejó que eso jugará, una vez más, a su favor.
 
  La actuación terminaba y aquella voluptuosa mujer no solo parecía aburrida sino que además parecía empeñarse en que se notase. Su marido conversaba con Da Silva mientras los músicos saludaban al público. Lolo marcó la pieza en cuanto la divisó. Se dirigía hacia ella cuando Serge le agarró fuertemente del brazo y a la vez musitó:

“Putain… Mon p’tit lapin…Brigitte… pas mechant, pas mechant… “.
 
  Su mirada era otra. Ya no era solo la de un borracho ingenioso, sino la de un borracho ingenioso, sí, pero derrotado y con el corazón roto. Los dientes de leche se habían convertido en dientes de lobo. Sin preguntar ni querer saber, Lolo tuvo claro que ya no volvería a ver al francés orejudo. Volvió con la multitud aún permaneciendo el uno frente al otro.

 

 

Agazapados en las barcazas, ocultos tras el panteón de los templarios, la luz de la luna jugaba en su contra. La procesión de infraseres calavéricos uniformados no le asustaba, al menos no más que su propio ejercito. Pedur Shaneri estaba inquieto. A su lado, una escuadra de los Caballeros Reales Anatolios, llegados desde la Capadocia, esperaban nerviosos y visiblemente excitados. ¿De dónde procedería tal sed de sangre?. 

No era cuestión de volver atrás en el tiempo -y él tampoco lo iba a preguntar- pero de donde fuese que viniese, era algo verdaderamente incontrolable, ancestral. Se alegró de tenerlos de su lado. Entonó para sí una breve oración, se puso en paz con el profeta, ingirió unas cuantas cápsulas de percodan e hizo la señal convenida. Los Capadocios armaron sus ametralladoras. Una ráfaga de balas bañadas en agua bendita santificada por el Imán del Bósforo sorprendió al murmullo homogéneo y demente de los siervos de Herr Heino. El pequeño bosque del Lichtenstaller Alle se sumió en un maremagnum de sonidos agudos proferidos por los casi muertos, mientras sus miembros, cercenados y sanguinolientos, caían sobre la hierba, mutilados por los proyectiles. Cientos de ratas negras, grandes como ardillas, surgían del río en busca del festín que olisqueaban. Tras ese primer ataque, los Capadocios, excitados por los gemidos quejumbrosos, saltaron de las barcazas en dirección a los ajusticiados. El hedor, pestilente, era insoportable. Mientras tanto un grupo selecto de los orientales, enajenados, les abría el pecho en canal, extrayéndoles los corazones con su propia boca, manteniéndolos orgullosos entre sus fauces.

 
Un segundo turco-anatolio les arrancaba la cabeza, con un tajo seco, certero. Las ratas, jubilosas, pasaron entonces a las vísceras, más sabrosas para su gusto. Unos cuantos Waffen-SS, los primogénitos elegidos, salieron de la torre, alarmados por los gritos y el ruido, husmeando la muerte. De un zarpazo lanzaron a uno de los gigantescos turcos a los pies de dos de los suyos, ya moribundos, los devoraron con ansia, intentando recobrar la fuerza perdida. En ese mismo instante, rodeados desde ambos flancos del paseo de la entrada, eran pulverizados por una segunda unidad. Pulverizados literal y técnicamente. Algo similar a un lanzallamas expelía un gas inflamable, una especie de prototipo de gel elaborado por los americanos, todavía en fase experimental, canjeado por un par de kilos de pureza máxima. Se adhería aquel a sus cuerpos sin apagarse, como una especie de sudor del miedo. Un sudor que los consumía, lenta, concienzuda, abrasadoramente.


 

 

 

 

 

 

 

 

Antes del amanecer, agotado pero vencedor, Pedur Shaneri supo que el Emir del Fener estaría satisfecho. Un demacrado Herr Heino, ya en su poder, subía a la primera de las barcas. El que parecía ser el jefe de los Capadocios, armado con una sierra en forma de media luna, se encargada de hundir ésta entre los pocos casi muertos que todavía lograban musitar algún lamento. Una vez cumplida su tarea, introducía las yemas de sus ojos, que previamente había extraído otro de ellos con un pequeño cuchillo curvo, en una especie de cuenco. Cuando el recipiente estaba ya rebosante de globos oculares, lo repartía entre sus compañeros, quienes los ingerían entre disputas y con exagerado alborozo.

 
  Jess miró a Da Silva desde el escenario y sonrió con un gesto de agradecimiento. Fue en ese mismo instante cuando tomó la decisión de volver a España. Cerca de Marbella su amigo Christopher tenía una villa estupenda de la que él todavía tenía llaves y a lo mejor podría volver a encontrarse con Orson. Desde que rodaron “Campanadas a medianoche” no se habían vuelto a ver y pensó que ya era hora de arreglar su desencuentro. Además le intrigaba el proyecto “F for Fake” del que había sabido por amigos comunes. En cierto modo, el proyecto que iba a supervisar le parecía similar. Y el dinero le venía mejor que bien.

 

Cuando la daga de plata comenzó a rebanarle la carótida, Herr Heino no hizo el menor gesto de rehuir el contacto de su filo, muy al contrario, parecía necesitarlo, acercándose a él con serenidad y lascivia. 
 
 Cerró aquellos ojos fríos e insensibles con una mezcla de fatalismo y liberación, sumisión pasiva y calma plácida, asintiendo ante la necesidad de emprender el viaje. Mientras su sangre comenzaba a derramarse, en las catacumbas ocultas bajo las termas de Caracalla, el futuro ejercito del IV Reich, aquellos niños de voces espectrales, futura cohorte de las tinieblas que ya no podría ser, comenzaron a desintegrarse entre gritos desgarradores. El cordón umbilical que les unía a su amo Herr Heino se había seccionado, a la vez que el cuello de aquel se desmoronaba, inerte, sobre la alfombra que cubría el suelo.

Onur Elanoçi Serguajer, observaba aquel cuerpo inerte. Volvió a darle un vistazo a la vieja foto que había en el bolsillo de su túnica. Todo iba según lo previsto.
 
 
 A Serguajer lo que de verdad le gustaba  de ir a Europa no era cortar las cabezas del ejército de zombies del IV Reich, ni codearse con su rancia nobleza, ni tampoco comer roast beef sin filetear. Lo que realmente le entusiasmaba era trasegar cubatas. Nada de combinados creados por gilipollas y meapilas, ni tampoco esos güisquis solos  propios de deslenguadas. Cubatas. Ron cubano mezclado con coca-cola de vainilla. Aquello era lo que verdaderamente le gustaba.
 
  Podría también añadir que el espectáculo le resultaba un estorbo, pero lo disfrutaba desaforadamente. Treinta y ocho mesas de doce cubiertos circundaban la gran sala de baile del Kurhaus, aunque en gran parte desocupadas. El mismo Serguajer lo contemplaba todo, intercalando maldades en ubujé con Shaneri, en pie y vigilante desde una de las barras habilitadas por cada grupo de tres mesas. Así estaba su zona, una sarta de pretenciosos mariposeando entre un par de docenas de nenas de bastante buen ver, circulando entre las mesas, haciendo corrillos, bebiendo en la pista, sobre aquella madera hecha para deslizarse, hablándose a voces en la distancia. En cambio, al otro lado todos estaban en su sitio y vestían de manera idéntica y decorosa, y procuraban ignorar todo aquel desorden. Varios príncipes y miembros de la nobleza y casas reales centroeuropeas con sus familias, negaban con la cabeza cada cierto tiempo. El grupo ya no era desconocido, pues se dejaba ver en cualquier lado desde hacía tres, cuatro temporadas, y precisamente unos cuantos de los suyos -los más jóvenes y alguna que otra que ya no lo era- lo integraban, pero es que no respetaban ni la cena. No hacía falta ni intuir que todos habían estado en la fiesta organizada por Don X. la noche anterior, y la inmensa mayoría iban de empalmada. Esto último lo dijo en ubujé , pero cualquiera le hubiese entendido, de la misma manera que Michelone entendió cuando aquel barbudo con coleta -túnica color salmón con cercos de combinado y sandalias- posó su mirada en las posaderas de su amada.  

  Albertius, Soledad, Uvita y Da Silva completaban aquel grupo. Este último, un poco ausente de la conversación sobre grupos terroristas de extrema izquierda, no estaba pensando ahora en lo relativamente fácil que había sido ir reuniendo un equipo tan solvente, eficaz -aunque estas características de momento sólo se habían demostrado en su capacidad festiva- y quizás un poco derrochador. De todos modos tampoco era su dinero, y nunca faltaba de nada. Pensaba que a Bateman, quién se encontraba de nuevo haciendo un trabajo en Italia, aquella fiesta le hubiese gustado. Charlas Bronson lo observaba, aunque estaba también atento a las palabras del Don.

“Ya lo ha visto, el que parece una serpiente, en la tercera mesa por la izquierda. Quiero saberlo todo de ese cura, nos lo van a poner con Petrone.”, le susurraba a Lolo Pelourovich, al tiempo que encendía un gigantesco Cohiba


  Aquella serpiente, sin embargo, pensaba que el muchacho del escenario era muy guapo. Erick Saint Laurent se había asomado de nuevo a contemplar aquella mesa del centro. No había visto a Iris en toda la semana. Junto a los miembros de Tax Free había tenido que montar a toda prisa una banda para acompañar a la principal atracción de la Fiesta de Fin de Año del Casino de Baden Baden, pues la que formó en Zurich la acababa de abandonar en Antibes. Ya se habían cerciorado todos que era extraordinariamente estúpida, aunque también que tenía una gran voz. Tuvo algún que otro éxito hacía unos años y justo el pasado había sacado un álbum, con nueva imagen, intentado relanzar su carrera. Esta tournée por los casinos centroeuropeos era su primera vez en el continente y su última oportunidad antes de volverse al Canadá y a su casa. La verdad es que era antipática pero daba todo lo que tenía, y  junto con Dave Pike y Fausto Pappetti consiguieron divertirse aquellos días. Irina seguía allí, hierática, flanqueada por su padre y por aquel actor de mirada y comportamiento tan desasosegante. Parecía que a Raphael Von Taffelson le divertía mucho aquel hombre.

 
Acababa de llegar 1.973 y ese fue el único momento en el que contaron con Madame Brigitte sentada en su mesa aquella velada. Con Irina había coincidido más en las fiestas que en su propia casa, pero es que a Raphael ni lo había visto hasta aquel preciso momento. Se había pasado la semana encerrada en su habitación, durmiendo, alegando fuertes migrañas y psicoastenia estacional, llorando su humillación, pero desde el jueves no le había resultado difícil volver a olvidarse de quien era y lo que había dejado de ser. DonRa nunca obviaría estos detalles, pero los desconocía. Aquella mujer, que tan bien los trataba allí, que tan cercana se encontraba a todos ellos, que tanta iniciativa y tantos millones le había prometido para la película, se merecía abrir el baile con un galán como él. Así pues cruzó la pista, con el altivo trote cochinero del que lleva treinta y seis horas a pie, y al llegar a su mesa derramó entre la misma y su mano gran parte del contenido del gin-fizz. Mano que gentilmente le ofreció para que lo acompañase al centro de la sala. Durante un instante eterno cesaron todos los brindis, justo hasta que las luces se apagaron y la banda salió al escenario.
 
 Cuando se giró hacia el público, Erick Saint Laurent sorteó con la mirada dos reconocibles sombras tambaleantes en el centro de la pista. Raphael Von Taffelson y Klaus Kinski departían de manera vehemente con los ojos desorbitados, pero Irina ya no se encontraba en la mesa sino camino del ropero. Aquella noche no se quedaría. 
 

 Embelesado con sus contoneos, Serguajer ordenó a Pedur, con un leve movimiento de su dedo índice, que le pidiese otro cubata. Cargado. 
  

CANCIONES DEL CAPÍTULO
FAUSTO PAPETTI Meeting
DUSTY SPRINGFIELD I can make it alone
ANNE MARIE COFFINNET Le vampire
KISS INC. Hey Mr. Holy Man
LILLIAN ATTERER & MAURICE POP Wert ich so sexy bin
PAT HARVEY Pain
KAMEL OIL COMPANY Flor de trigo
HERR HEINO
El Señor de los no muertos. Originario, como el famoso vampiro, de Dusserdolf, –del que existe la leyenda de ser ancestro suyo- su ascensión sobre la raza aria tal vez sólo sea igualada por la del mismísimo Fuhrer. Siempre armado por una gafas de sol, un mullet imposible y jersey de cuello de cisne más blazer azul marino, es un ente muy hábil para las excusas. El tener el rostro comido por el ácido de los caza muertos y los globos oculares amarillentos lo disimulará con un desaforado acné juvenil (él, que nunca fue  joven) y una presunta una enfermedad ocular. Peligrosísimo. Mortífero.

 

WALLY TAX
La belleza –en todos sus aspectos- por bandera y unas expectativas desbordadas con el mundo en que le ha tocado vivir, resulta un tanto ciclotimico; del mismo modo tiene la  idea más brillante –y la ejecuta- como se recluye en si mismo aquejado de cierta nostalgia y melancolía. Un artista de fuste.

GUNTHER SACHS

Guapísimo y polifacético playboy. De sólida formación académica (matemático y economista), Sach hizo fortuna como industrial y, una vez forrado, cultivó sus veleidades artísticas; Fotografo, actor, productor. Tal vez el mayor de sus logros sería yace de forma continuada con Brigitte Bardot. Recientemente fallecido.

CHRISTA PÄFFGENMás conocida como Nico y por su intervención en el primer disco de la V.U. Christa era una modelo, con pinitos en la música y musa de Warhol. De belleza gélida y voz andrógina, su música o se la ama o se la odia. Adivinen que opinamos por aquí.

 

GERT FRÖBBEVeterano actor alemán, miembro del partido nazi y famoso por su interpretación de uno de los mejores villanos de la serie Bond, “Goldfinger”. Intérprete principal de “El cebo”, la maravillosa película de Ladislao Vadja, en la época de esta narración, poseído por su personaje, vagaba por los páramos buscando niñas a las que ofrecer bombones…

 

 KLAUS VOORMAN/WOLFGANG DAUNER/ VOLKER KRIEGEL/ ANANDA SHANKAR

Diseñador y fotógrafo el primero, sitaristas y músicos espléndidos los otros tres, aparecerán -principalmente en sueños del subconsciente- en este capítulo.

 
RAPHAEL “MORTAJA” VON TAFFELSON

El reverso tenebroso de la siempre reemergente Nueva Alemania, un hombre gris ávido de sangre, un oficinista aberrado. El poso de la locura colectiva que miró hacia otro lado.

 
BARBARA BOUCHET

Belleza de impresión germano americana. Inició su carrera como actriz en USA, interviniendo en pequeños papeles, llegando a ser Miss Moneypenny en “Casino royale” de John Huston. A finales de los 60 emigra a Europa. A caballo entre Alemania e Italia –más cualquier otro país donde una coproducción le reportase dinero- comienza a intervenir en multitud de papeles que explotan su anatomía casi perfecta; “Milano Caliber 9”, “Alla recerca del piacere”, “Con la rabia agli occhi”.

 
BRIGITTE VON TAFFELSON

Una mujer de su tiempo, incluso adelantada al mismo, sólo que con veinticinco años más en sus cartucheras. Inmersa en una espiral de huida errática del bostezo aristocrático para mayor bochorno de su heredera y los de su clase.

 

 LUIGI 

 Argentino de origen, Luis E. Bacalov, más conocido por Luigi, viaja a Europa, asentándose en Italia. Allí compone multitud de bandas sonoras y colabora a la vez con el incipiente progresivo italiano; New Trolls, Goblin, Hosanna. De un talento melódico soberbio e interesado en los sonidos malsanos y rebuscados, juega a dos barajas –la alimenticia y la experimental- sin dejar por ello de cumplir, en ambas,  con profesionalidad e ingenio.

 

 JOSEPH “RATZI” RATZINGER

Sigiloso y discreto cardenal alemán, de elevada formación intelectual y teológica, y también aquejado de ciertos defectillos. Pareja y compañero de Heino mientras que su ambición se lo permitió. Maestro en el arte de medrar y capacísimo a la hora de situarse sin hacer alardes. 

 
ONUR ELANOÇI SERGUAJER

Jefe de la mafia turca en Alemania. Excesivo y acaparador, sus intereses son su divisa. No dudará lo más mínimo en eliminar a todo aquel que se interponga en su camino. Lujurioso, aquejado de la gula, un tanto dipsómano, perezoso y tramposo impenitente, es también  fiel y generoso con los suyos, a la vez que un amo protector y paternal. Un referente del mal.

PEDUR SHANERI

Fidelísimo lugarteniente de su amo Serguajer. Listo, decidido y un tanto alocado, en ocasiones no calibra bien los peligros, por lo que sus ataques a pecho descubierto pueden acabar procurándole algún que otro disgusto. Expeditivo y efectivo. 

 

 

 

ERICK SAINT LAURENT

Joven cantante alsaciano, tímido y enamoradizo. Actuará en Baden Baden, traído como poco menos que gigoló por Brigitte. Acabará enamorado de Irina.

 
SOLEDAD 

Espejismo de Soledad Rendón Bueno ante el alma herida de Jess. De belleza apagada y triste como el idealizado espectro de la Korda, carece de la malevolencia y aire decadente de aquella, aunque a Albertius le sirva de esporádico consuelo cuando la melancolía más fuerte arrecia.

 
RICARDO ARBELOA

Millonario argentino, factotum de la organización Odessa en sudamérica. Sádico, traicionero e implacable. Amante de la buena vida.

 
CHRISTOPHER LEE

Actor inglés de gesto adusto y talla enorme, vinculado generalmente con las producciones de terror de la Hammer y el breve interregno de las coproducciones europeas. Fornicador incansable y de talla considerable.

 
DAVE PIKE

Vibrafonista americano. Colaborador de Dexter Gordon, Herbie Mann, Kenny Clark, sería declarado el sucesor in péctore del gran Milt Jackson. A finales de los 60 se traslada a Europa donde colabora con la flor y nata de los músicos alemanes (Volver Kriegel, Stefan Schweigg) en avanzados experimentos sonoros.

 
FAUSTO PAPETTI

Polifacético trompetista italiano que comenzó como músico de sesión a destajo y que acabaría creando un imperio pseudo musical relacionado con las bajas pulsiones de la naturaleza humana. 

 
ALPHONSE 

Aristócrata germano que da sus primeros pasos en el proceloso mundo de los negocios. Atribulado y tarambana, acostumbra a no medir las distancias con la fauna del submundo con la que suele tratar.

 

FRIDA 

Secretaria de Raphael Von Taffelson. Trabajadora, eficiente, discreta. Siente un pánico cerval ante los cambios de humor, las urgencias y la transformación de la personalidad de Ralphie.

"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972. (Parte 2ª) Capítulo VI

 
 
 La luz de la sala se encendió progresivamente. A Da Silva, recostado en una de las últimas filas, le había cambiado la cara. Se sabía el único espectador y no se molestó lo más mínimo en disimular su satisfacción. Estuvo a punto de aplaudir. Debía admitir que tal vez no fuese tan mala idea la participación del tal Albertius. Aquel tipo tenía sin duda el oficio. Y también la pericia. Aunque era evidente que era un trabajo de encargo, lo había resuelto con un clasicismo seco, cortante. Sin aquellos circunloquios esteticistas que tanto le molestaban y no sabía como eliminar sin amputar la película. Conciso y directo. Le perturbó un tanto la delectación en la violencia, ese soterrado sadismo latente. Pero, sorprendentemente, también era una de las cosas que más le había gustado. Su pulso estaba todavía acelerado. Permaneció un rato más sentado, meditabundo. Sí, definitivamente Albertius tenía el toque que el le pedía a un narrador de historias. Salvando las distancias, ese era el tipo de sensación que quería causar.
 
Tras las cortinas de un palco a oscuras, Don X. esbozó una imperceptible mueca de satisfacción. Aunque Da Silva aún no lo supiese ya estaba muy cerca de donde él quería. En la pantalla una frase en castellano que, absorto como estaba, no pudo acabar de leer. La palabra desaparecío del enorme lienzo blanco mientras sonaba aquella canción…
Don X. Le mostraba su impresionante colección de órganos humanos a un entusiasmado Herr Heino, un tanto azorado por la comezón incontrolable que afloraba en aquel músculo inferior que casi ya había olvidado que existiese en su cuerpo. Estaban las muestras depositadas en delicadas urnas de cristal de bohemia, de grabado y tallado profundo, perfecto. Heino mostraba un particular interés en los que se hallaban en la estantería de la derecha, aquella que bajo el epígrafe “SS Division Weissruthenien” contenía partes de su mentor y maestro, el comandante Bronislav Kaminski. Volvieron a su mente sus años adolescentes en el seminario diocesano de Traunstein y su historia, inolvidable, con aquel joven retraído, de inteligencia taimada y labios suaves. “Joseph, mein Joseph” suspiró nostálgicamente. La lengua recorrió su paladar y rememoró el sabor ligeramente salado y la densidad casi carnosa de aquella sangre que saboreó por primera vez en la defensa de la fábrica de la BMW en Traunstein. Ratzi, como le llamaba desde la primera noche en que descubrieron el placer nefando, se había afiliado, como él, a las juventudes hitlerianas a finales del 43. Pusilánime pero concupiscente, la lascivia hecha carne tras su máscara de retraimiento, el joven dejó indeleble huella en su corazón y, claro está,  en su cuerpo. Fue algo así como el pigmalión de su maestría en el arte de la dominación.
 
  Tras la guerra lo buscó, desesperadamente,  sin éxito. Hasta que tuvo que, con la ayuda de la organización Odessa, desaparecer rumbo a Paraguay, perseguido por Wiesenthal y otros caza nazís. Allí permanecería oculto, largos e infelices años, suspirando por el ausente objeto de su pasión, del que mucho más tarde sabría sus andanzas y ascensión en el escalafón de la iglesia germana. La operación que acabaría por deformarle el rostro, sometido a las manos de aquel nefasto y cocainómano cirujano, sólo sería uno más de los peajes en busca de su amor.

Absorto en sus pensamientos como estaba, el vozarrón del otomano le devolvió a la realidad. Acompañado por dos inmensos guardaespaldas, irrumpió en el despacho junto al que parecía ser el hombre de confianza del Don. El abrazo confiado, la naturalidad en el trato, el llamarle por su nombre –Michelone– así lo demostraba.
 

 Onur Elanoçi Serguajer “el emir del Ferner” se acomodó en la butaca y dejó a la vista, premeditadamente, la enorme mano izquierda, de la que faltaba su dedo meñique. El viaje desde su mansión de Köln le había fatigado, acostumbrado como estaba a impartir justicia a sus más de dos millones de súbditos. Con una cartera de negocios saneadísima y muy diversificada (Comerció de armas, trata de blancas, el control de los opiáceos en Europa occidental, construcción, etcétera) casi no le preocupaba nada, más allá de aquellos osados iraníes que ofrecían un producto esplendido a casi mitad de precio. Un enérgico gesto por su parte hizo que uno de sus acompañantes comenzase a hablar…

 
-“Nuestro muy querido Don. Me presento humildemente; Pedur Shaneri, doctor en economía por las Universidades de Princeton y Tilburg, consejero personal del muy grande y muy poderoso Emir de Fener, gran señor de los Turcos en Colonia. Guía y faro de Oriente en Alemania, Amo eterno de nuestro destino, el omnipotente Onur Elanoçi Serguajer”.

El Don casi se había perdido con tanta prosodia, pero mantuvo la mirada e inclinó levemente su cansada cabeza. Shaneri continuó;

“…Nos complace en grado sumo estrechar nuestras relaciones comerciales. Sabemos que controla el mercado del lujo en el mediterráneo septentrional y muy gustosamente accederemos a inyectar capital en varias de sus empresas a cambio del porcentaje que se nos ha ofrecido…”

  Michelone miró al Don. Solo bebía cuando las cosas marchaban a su gusto. Cuando observó la copa de Brandy camino de su gaznate supo que todo iba perfectamente y se relajó un tanto. Miró por el balcón que daba al patio mientras el turco seguía hablando…

 

Ya iban a dar las 9 de la mañana y apenas habían rabasado Strasbourg. Pensó que debían haber pasado por casa y cambiarse, antes de continuar camino de Baden Baden. Con un poco de suerte, ya que ambas habrían trasnochado también, conseguiría escurrirse por la mansión sin ser visto. No paraba de repasarse el uniforme y se sentía sucio, aunque no había reparado en todos los restos de sangre seca que trufaban su rostro y su dentadura. Abatido, despachaba con Sachs, en la parte trasera del Rolls Royce de éste, algunos asuntos que la efervescencia del encuentro había dejado en un fastidioso segundo plano:

-“Vengo observando cierta desatención de nuestros intereses por parte del Vaticano. Son muchos años tratando con Petrone, y es cierto que siempre hemos salido beneficiados, pero necesito respuestas y no obtengo más que aplazamientos. Su labor no tiene tacha, pero me consta se encuentra desbordado por el trabajo. Así que mandaremos a Ratzinger a que le eche una mano y así nos tenga puntualmente informados. Es extraordinariamente válido, y toda la vida ha sido su ilusión el creerse alguien importante allá en Roma. Y además evitaremos tan efusivos encuentros cómo el que ha tenido con Heino esta noche. Tuve ganas de arrancarles el corazón a ambos cuando les vi purificar la sangre de uno de aquellos pobres diablos sacrificados a lametazos. De acuerdo que todos perdimos los estribos con esto de la macumba, pero no hace falta que le recuerde cuales eran las directrices del partido respecto a ciertas conductas”.
Sachs asentía balbuceante. En realidad no había advertido todo esto que Herr Taffelson le estaba narrando, pero lo que no podía comprender era como aquel monstruo de hacía unas horas se había vuelto a convertir en el habitual ser apacible y meticuloso nada más entrar en el coche. No podía ser una simple baja tolerancia al alcohol -y habían bebido muchísimo-, tampoco lo había visto drogarse -pocos lo hacían la verdad, los provenientes de Sudamérica a lo sumo- pero había sido con creces el mayor de los exaltados. Su discurso fue comedido, excesivamente integrador para los más celosos de sus éxitos, pero es que en cuanto se bajó del estrado se convirtió en el promotor de todas las atrocidades. Y poca cosa había supervisado en realidad, no mucho más que aquella tarde que fueron juntos a Karlsruhe a seleccionar a las chicas. Él no ideó todo aquel museo de los horrores de las mazmorras, ni la simulación – excepto para la docena que la padecieron- de la cámara de gas. El no había traído a aquellos niños del Congo, pero fue el primero en abalanzarse sobre ellos con ojos desorbitados. El rito caníbal fue cosa de los de Brasil, pero él se convirtió en el maestro de ceremonias de todo aquello como si lo llevase realizando toda la vida. No había más que ver con que pasión desgarró aquel corazón todavía latente, y le hincó el diente con la misma violencia que cuando le arrancó el pezón a aquella camarera que les había servido los cafés. El estruendo de todos los asistentes pateando el suelo y voceando su nombre a la vez que diseccionaba aquellos cuerpos debería permanecer todavía en su cabeza, pero no, aquí le tenemos hablando del Vaticano y de tendencias vergonzantes. Aunque para vergüenza ya teníamos a la golfa de su mujer.

 

 
 
Clareaba cuando Erick intentó quedarse dormido, pero no le fue posible hacerlo completamente. Uno de aquellos movimientos de animal que ve invadido su territorio acabaró por espabilarlo. Se quedó observándola.
 
 ¡Aquella mujer era extraordinaria!. Y no sólo era guapa y sofisticada. Y también estaba podrida de dinero. Lo realmente importante es que se encontraba a gusto con ella. Aún así su inconsciencia aventuraba -y tanto, ya habían comenzado- innumerables problemas alrededor. Problemas que su natural desparpajo debería saber burlar, como así lo había logrado esa misma noche. Pero convendría permanecer un poco alejado, al menos durante las fiestas. En principio podía hacerlo sin mayor dificultad. Tendría más trabajo en las próximas dos semanas y sabía que debía invertir más tiempo en confraternizar con sus compañeros, especialmente con ellas,  que en codearse con la sangre azul.

-“No pienso presentarte a mis padres pero te invitaré a café”. Le dijo, al tiempo que abría aquellas magníficas pestañas y le clavaba una mirada gélida.
 

Brigitte salió de la bañera y lo primero que hizo fue echar mano nuevamente al bolso. Ni siquiera había deshecho el lecho y ya hacia una hora que había levantado de cama a Gabriella y Marguerite por si sabían algo. Algo tenía que haber pasado. Había percibido alguna mirada curiosa depositada sobre sus voluminosas posaderas, que aquel mono de cebra -con la espalda descubierta al completo- conseguía desafiasen la ley de la gravedad.

 No era posible que la hubiera plantado por cualquier corista de las que revoloteaban a su alrededor. Se había ido a cenar con ese director de cine – ¿italiano?, ¿germano?, ¿español?- que había llegado invitado por Don X. y tuvo obligatoriamente que ejercer de anfitriona; es decir, ser la primera en catalogarlo, con eso nunca se sabe. 

Posteriormente le acompañó al casino donde, tras soportar un interminable besamanos plagado de impertinencias, se tomó un par de güisquís -vaso ancho, un hielo, voz de estibador venido a más- con las chicas. Estas le rogaron que las acompañase a casa. Ni siquiera eran las cuatro de la madrugada cuando llegó. Se había pasado toda la noche furiosa, echando mano del bolso. Pero el baño, a pesar de no haber dormido, la había despejado y la hacía sentir engañosamente relajada. Estaba claro que ya no se iba a acostar y que ya no había porque seguir lamentándose, aunque su orgullo de mujer estaba herido, así que decidió bajar a la cocina a desayunar. Hoy no haría deporte. 

 
 

Ricardo Arbeloa, un terrateniente alemán con nombre español en su pasaporte, era consciente de la lucha perdida; la letal enfermedad alzaba el puño en señal de victoria. El único consuelo era la morfina que le inyectaba el jóven médico de Traful, el pueblo más cercano a la inmensa propiedad patagónica, y los recuerdos, fundidos en sueños, que generaba la droga. Esa noche, después de recibir la esperada y temida llamada telefónica desde Baden Baden, eran más numerosos y nítidos que nunca.

 
“¡¡Los papeles están en regla, puede pasar Mein Kommandant!!” – La barrera se alzó aún más rápido que los brazos de los soldados al compás del “¡Heil Hitler!”. Egbert “Harry ” Bateman se divertía observando el rostro de los soldados cuando adivinaban la firma del Reichsführer Himmler estampada en los documentos. Lástima no poder usar su juego de Leicas en aquellas instalaciones.

Fue el útimo control de los muchos que tuvo que pasar el pequeño Volkswagen Kübelwagen antes de penetrar en las entrañas de la montaña alpina donde se fabricaban los motores Heinkel de una de las Wunderwaffen, las armas milagrosas, el último suspiro de supervivencia de un Reich que se desmoronaba. En el todoterreno, además de él, viajaban tres oficiales con uniformes de campaña de la Waffen SS armados hasta los dientes. Uno de ellos, el de menor graduación, disfrutaba apuntando con su MP44 a los trabajadores eslavos que ensamblaban las piezas de un avión cohete. Harry se preguntaba qué diablos pintaba en ese lugar.

Harry, bautizado así por la Riefenstahl, a la cual le hacía gracia su apellido y orígenes británicos, era un prestigioso operador de cámara de renombre internacional gracias a su trabajo con la directora alemana. Ahora trabajaba para la revista Signal, jugándose el tipo fotografiando las escasas victorias locales de una Wehrmacht que agonizaba.

Lejos quedaban otro tipo de victorias; en el lecho de la cineasta y, sobre todo, en festivales de cine repartidos por todo el globo, donde se codeaba con la flor y nata del séptimo arte europeo y norteamericano. Ésta era la razón, sus contactos internacionales, por la cual fue escogido por el todopoderoso Reichsführer SS Heinrich Himmler para ser el espolón de proa de la operación Hoffnung. La pregunta de Harry pronto tendría respuesta.
 

  Había aprendido más en un mes con aquel tipo que en toda una vida de estudio. Ligeramente ausente, escuchaba divertido las incongruencias de Michelone, cuando aquella última frase le hizo prestar verdadera atención.

 
“Si supieses lo que en verdad le preocupa al Don desde el mismo día en que abandonó España… Un hijo siempre es un hijo…”.

En cuanto lo pronunció supo que no debería haberlo hecho, así que tomo la mano de Miss Taboo y se unió al grupo que danzaba desaforadamente en el centro de la pista pequeña.  Albertius, sentado en el taburete e intentando mantener el equilibrio, departía con su inseparable Soledad. Bueno, sí, también se podía decir que era un solitario, pero a esta Soledad en concreto todos la conocían allí como Susan Korda. Aunque la verdadera Soledad Rondón había muerto en un accidente automovilístico hacía ya un par de años, todas las mujeres que merecían la atención de Albertius se llamaban -al menos para él- siempre Soledad.  Era una mujer no exactamente bella pero con el poder de imantar a todo el que estuviese a su alrededor. Carecía de el aire decadente y malévolo de la original pero a él le valía. Medio gaditana, medio andaluza, a Albertius siempre le gustaba comentar -señal indiscutible de que ya iba borracho-  “…es familia de la Niña de los Peines…”. En cuanto lo vio acercarse hacia él abrió los brazos de una manera probablemente paternal, de fraternal camaradería alcohólica sin duda alguna.

“…J, el mejor de mis alumnos. Miradlo, sudando la camiseta como un cabrón. En la vida y en el trabajo no existe otro método. Veo que ya lo has aprendido”.

  Da Silva sonrió, nunca sabía cuando hablaba en broma y cuando en serio;

“ Sí, Jess… claro que soy el mejor. Aunque te has olvidado del pequeño detalle que no tienes a otro…Y si de mi dependiese…” dijo seriamente, aunque la media sonrisa delataba su tono burlón.

  Albertius rió de ese modo suyo tan característico. Estaba mucho más relajado desde que le había descubierto su verdadera identidad y sentía por el muchacho el aprecio que siente el maestro por su alumno más aventajado. La verdad sea dicha, el éxito de “Vampiros Lesbos”, su última película, y la posterior celebración en aquella sala, había ayudado en gran medida. Diríase que renacía, si tal cosa en verdad le importase. En realidad se llamaba Jesús, Jess para todo el mundo y Albertius para unos pocos. Aunque también le conocían como Frank, Wolfgang, Manfred, Jesse y mil nombres más. Un tipo de mil caras que podía haber sido muy grande, pero al que la grandeza no le interesaba lo más mínimo. Tenía un talento raro e inusual. Estajanovista y concienzudo en su trabajo, pero difuso y desastrado una vez lo tenía ya metido en su cabeza, una vez lo había visto en su interior. Era entonces cuando se despreocupaba por completo y pasaba a pensar en otras historias.

“…Has de saber que el éxito del artista se decide siempre en el punto de partida. El de llegada no suele ser más que la constatación de un logro…” 

Le susurraba a Da Silva, quién pese a no compartirlo en exceso, escuchaba y aprendía.

 Había trabajado como ayudante de Orson Welles en el exilio artístico de éste en España, succionando de él todo el oficio y todos los vicios. Cuatro años atrás todos hubiese dicho que se iba a comer el mundo con “Necronomicón”, pero eligió dar salida a sus desvaríos iluminados (rodando, eso siempre, con escaso presupuesto y cumpliendo plazos, algo muy apreciado en una industria supersónica, llena de tipos como Gunther y algunos otros bastante peores) que brotaban incontrolables de su imaginación. Rodaba publicidad, pornografía por encargo, películas a granel para distintos mercados. 

 

Lo que le encomendasen. Siempre siendo fiel a sus colaboradores y cumpliendo los plazos. Pese a lo inconsistente de su obra, en todas sus películas había al menos un plano, un diálogo, una idea, que resultaba brillante y genial. Además la pasión con la que lograba impregnar dichas obsesiones era capaz de dar una pátina de verdad a la mayor de las imposturas. Jairo sintió pena por él. Mientras todos alzaban sus copas celebrando el brindis de Gunther, Jess se sumó a los tres tipos que comenzaban a tocar en el pequeño escenario. Da Silva reconoció al guitarrista del avión mientras meditaba acerca de la frase que Michelone no hubiese querido pronunciar jamás.
CANCIONES DEL CAPÍTULO
MANFRED HUBLER & SIGI SCHWAB The lion and the cucumber
JEAN PIERRE MIREUZE Sexopolis
LAFAYETTE AFRO ROCK BAND Darkest light
ROBB & DEAN DOUGLAS Phone me
ALESSANDRO ALESSANDRONI La notte del demonio
BRUNO NICOLAI The case of Bloody Iris
SEYHAN KARABAY Edali gelin
EUGEN THOMAS Undergroovin’
 
 

"LADIES FROM THE CANYON". Baden Baden. Invierno de 1972 (Parte 1ª) Capítulo V

 

 

Baden Baden. Invierno de 1972
 
 Al mismo tiempo que tomaban tierra en el aeropuerto de Hahn, la densa niebla apenas dejaba advertir que la noche se cernía ya sobre la imponente torre del siglo XVIII, firme y majestuosa, al sureste del Lichtenstaller Alle. Las aguas del Oos, todavía gélidas por aquellas fechas, producían un efecto tétrico y decadente. En los extensos jardines de estilo inglés donde se erigía la torre, un batallón de muertos en vida, con el uniforme de gala de las Waffen SS -su capa imponente extendida por causa del viento y  una máscara calavérica por todo rostro- deambulaba apresuradamente hacia ella, tétricamente iluminada. Ni uno solo de ellos sentió la menor curiosidad ante los rezagados que copulaban mecánicamente sobre las piedras que bordeaban el enorme estanque. Satisfechos o inmunes, sólo parecían buscar la luz de la torre como harían las polillas errantes. Las Valkirias que reposaban sobre ellas, más blancas y más pálidas de lo habitual en los casi muertos, parecían ser mero alimento para aquellos trasuntos de príncipes de las tinieblas. Si algún vivo las hubiese tocado habría sentido ese frío tan característico de los ausentes.
 
  Su puerta estaba franqueada por dos asiáticos inmóviles, gigantescos. Los dragones tatuados en su piel -aquellos que identificaban su casta- podían adivinarse en la única parte de su cuerpo que el Yukata blanco dejaba traslucir, los fornidos antebrazos. Un nervioso murmullo creció entre aquella manada de lascivos y enajenados ausentes. Aquella extraña ansiedad crecía y se apoderaba de ellos conforme iban vislumbrando la meta, jadeantes y excitados.

Dentro de la torre, en lo más alto del altar, un altar de un barroquismo doliente, lacerante y excesivo, lucía orgulloso el emblema del IV Reich; una orla con un sol naciente naciendo de  la cruz gamada. El águila, atravesada por dos cuernos de carnero, llevaba inscrita en su pecho el número 893. “Ya”, “Ku”, “Za”, leyó para si misma Frau Taffelson, embutida en su Junihitoe y sus tres correspondientes uchigi (verde, marengo y plata). Fue consciente en ese mismo instante del tamaño de la empresa que tendría que acometer. Intrépida y presumida, no se encontraba en absoluto favorecida, por más que la capa intensa de maquillaje blanco, los labios carmesí fuego y el coqueto moño en equilibrio tambaleante, más su natural atractivo, le hiciesen pasar por la perfecta Geisha. Cuando paseaba bajo el hermoso crucifijo gótico, tras las sólidas columnas que protegían el sagrario, apareció el maestro de ceremonias. Su cabello dorado, una especie de mullet recortado en los lados, le confería un aspecto de ario extraterrestre. La mirada, enmarcada por unas cuadriculadas gafas de ébano oscuro, dos o tres tallas más grandes de lo que cualquiera hubiese tomado por el tamaño apropiado, parecía narcoléptica, poseída, con sus ojos inyectados en sangre. Vestido con un cisne color hueso y blazer azul marino, el auditorio de zombies enmudeció en cuanto apareció. Muchos de ellos no pudieron evitar siquiera  que la cada vez más ostensible polución en la entrepierna y una mueca casi humana de paz se hiciese manifiesta. Al lado de cada uno de ellos reposaba un atrio de metal. En su interior, de un anaranjado incandescente, al rojo vivo, el emblema -de tamaño no mayor al de la palma de la mano- del IV Reich. Al ser cientos, iluminaban la estancia con una belleza espectral. Un silencio ávido, reverencial y devoto, no se rompió ni en el momento en que, impelidos por esa deidad, posaron su mano izquierda sobre la rúbrica de su dueño, dejando huella imperecedera sobre su carne.

 

En cambio, cuando los diez Waffen-SS elegidos de entre todos ellos comenzaron a devorar al primogénito del clan Yakuza Ingawa-Kai, a la vez que su amo entonaba, con su grave y aterciopelada voz, aquella bonita melodía, una lascivia necrófaga incontrolable se adueñó de la estancia…
 
En el asiento trasero del Mercedes SW 600 que les llevaba a Baden Baden, el Don cerró el manuscrito y dio un trago lento, saboreando con delectación la copa de Calvados. DonRa tenía la vista posada sobre los centenarios árboles que se cimbreaban a ambos lados de la carretera, intentando disimular la sorpresa que le había causado descubrir inopinadamente aquellos viejos y cansados ojos acuosos. Si no conociese bien al Commendatore se diría que estaba a punto de llorar.

-“En cuanto lleguemos al Kurhaus quiero hablar con ese muchacho… y
 vete planteando un cuaderno de rodaje. Quiero uno detallado el lunes próximo; localizaciones, actores, tiempo estimado…¿Dices que quiere dirigirlo el mismo? …ummm… no lo acabo de ver, ya hablaremos de eso… dispones de quince millones… un cinco por ciento para ti. Sin regateos”
 
  DonRa asintió. En su interior la máquina calculadora oxidada por una perenne falta de fondos comenzó a carburar como por arte de magia. Estaba seguro que podría hacerla con doce. Sólo necesitaba retocar levemente los presupuestos. Sumado su tanto por ciento, aquello subía a casi cuatro millones. Da Silva no vería más allá de unos cientos.
 
El Kurhaus era un edificio del siglo XIX construido por el arquitecto Friedrich Weinbremer donde ahora se ubicaba el casino. Anexo a el, un pequeño palacio, con solo varias decenas de habitaciones, serviría de base para toda la expedición. Las termas que se ubicaban en su sótano, y que ya disfrutase Caracalla en la antigüedad, iban a sufrir una segunda y todavía más mortífera invasión bárbara. Frau Taffelson, ascendiendo las escaleras que daban al gran salón, creyó reconocer a algunos de los miembros de aquella extraña tropa pero siguió conversando con la señorita De Poo, mientras tomaba nota mental de lo que veía. Uvita de Poo había pasado sus años de adolescencia en un internado de Rotterdam y en esa época fue donde entablaría algo parecido a la secuencia “amistad sexual/amor/amistad estupefaciente/desden”, por este orden, creo recordar, con un par de jóvenes, melenudos y estridentes, afectados por el virus del Nederbeat; Wally Tax y Leendert Busch. Aunque hacía tiempo que, afortunadamente, ya no los sufría, desencantada hacia su única obsesión, esa tarde noche actuarían con su nueva formación en el club del casino. Tax Free se hacían llamar. Aunque el nombre le desagradaba sumamente, pensaba ir a ver con que le sorprenderían.


Da Silva abrazó fuertemente a DonRa “…¡Lo hemos conseguido amigo mío!.. Y yo la dirigiré…”. A J. le pareció extraña la falta de entusiasmo de su amigo e inmediatamente advirtió que no todo iba tal como pensaba. “¿Qué te ocurre?”. DonRa encendió el enésimo pitillo y tras dos interminables caladas se lo tuvo que confesar; “Bueno, técnicamente la vas a co-dirigir. Un tal Doctor Albert Hell tiene que dar el visto bueno a todo lo rodado. Órdenes del Don”. El rostro del joven mutó al instante. “El viejo quiere que sea una coproducción con un socio suyo, un industrial riquísimo y playboy retirado. Sucks… no, Sachs, creo que se llama. Tiene experiencia en el negocio y quiere que su mujer sea la actriz principal”. Da Silva salió de la habitación dando un portazo y maldiciendo. DonRa, mientras tanto, intentaba olvidar el motivo por el que Herr Hell tuvo que aceptar que Donnie Siegel firmase su impactante “The invasión of the body snatchers” en un lejano 1956.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Atardecía y en la sala mediana que separaba al casino del gran salón, una especie de coro infantil recibía a los invitados al son de una melodía pretendidamente hospitalaria. Si alguien se hubiese dignado en prestar un poco de atención habría visto algo profundamente inquietante en los ojos de aquellos niños. Una mirada brillante y perdida, que parecía fija en el horizonte, enfocada al chamán que los dirigía, el Markgrafen de Baden, Herr Heino. Gorostielles Karras y su acompañante eran los únicos que vislumbraban el infausto aquelarre que se avecinaba.

 

Cuando Da Silva entró en una de las suites del palacete ni siquiera reparó en lo que acontecía en ella, más allá de quitarse de encima a una narcótica Christa. “ Heeey …Yairou … mein spanisch lieber…”. La Päffgen vagaba, bailaba y volaba por la habitación –se podría decir que todo a la vez-, ante unos Lolo y Serge que no parecían dedicarle la menor atención. Extrañamente calmados, casi introspectivos, yacían tumbados sobre la inmensa cama. Sus rostros mostraban una placidez inusual, muy lejana al balbuceo etílico de los últimos días. Creyó escuchar una conversación acerca de la superioridad moral de la violencia sobre el esteticismo pacífico y acabó por concluir que el opiáceo debía ser de una calidad superior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Abrió el cajón donde reposaba el manuscrito y lo introdujo en el maletín. Cuando salía por la puerta en dirección a las escaleras un grupo de gente enfebrecida le empujó hacía la suite contigua. Nada más entrar el fogonazo del flash de la cámara le deslumbró, notando el amargor característico que producía la psilocibina en su paladar. Sito y Parizione no paraban de reír…

 


 La azafata pelirroja era un ser mitológico con dos cabezas. En una de ellas, la que succionaba la boca de Mr. Bateman cual mantis religiosa, lucía un parche con una extraña insignia, similar pero distinta a la del IV Reich, muy parecida a las que solían aparecer en las películas de guerra que tanto le gustaban de niño. La otra cabeza sacaba la lengua, una lengua larga y de color malva, adivinándose sobre su extremo un diminuto puntito azul brillante que iba acercando a un maduro y alopécico caballero germano. Creyó reconocer también a un orondo y sudoroso Gert Fröbbe. Sonreía y de su mano iba asida una niña. Vestía ésta con el traje típico tirolés y los dos revólveres al cinto que imantaban su mirada. Eso fue lo que, curiosamente, le resultaría más bizarro de todo el viaje.  Sus dos largas coletas, de lazo amarillo, tenían la misma forma de una pitón, y su boca estaba atiborrada de bombones de chocolate. Un poco más allá, una mujer ruda y basta gritaba sin cesar, mientras el pobre hombre que llevaba a la extraña muchacha de la mano, parecía cada vez más pequeño e indefenso. Siguió mirando, estupefacto, asombrado, divertido, cuando al fondo de la sala, sentado en un sillón de cuero malva, un Daniele imperturbable le sonreía, mientras tocaba el Sitar. 

 Alrededor de él un grupo de desconocidos levitaba a casi dos palmos del suelo. Se agachó para comprobar si no era un truco. No hubiese podido reconocerlos, pero al menos las ridículas casacas que lucían sirvieron de algo.  Cuando se levantó pudo leer sus nombres, bordados en la pechera con letras góticas; Klaus Voorman, Wolfgang Dauner, Volker Kriegel, Ananda Shankar. No le decían mucho, pero al menos le pareció un detalle elegante, de gusto. Como él era un hombre educado les saludó. Atiborrado por la sucesión de imágenes extravagantes, entró al baño con intención de refrescarse y  una vez allí se encontró al Don -ataviado de una larga túnica en tonos magenta, bordada con sumo gusto- sentado sobre un WC de oro macizo, ocupado en firmar unos papelitos diminutos. Conforme los iba rubricando, de la inmensa bañera iban saliendo un grupo de enanos ataviados con el uniforme de la guardia mora, quienes los ingerían religiosamente y volvían a zambullirse, esta vez con un arpón en la mano…

 
 
Amanecía cuando sintió que los enanitos le arponeaban el rostro. Se despertó sobresaltado, lanzando golpes al aire, con intención de defenderse. A la derecha escuchaba la voz de Frau Taffelson; “… Vamos, Da Silva… Vaya viaje”. No podía despegar los párpados, parecían cosidos a su piel. Le escuchó comentarle a Uvita “…¿Le recuerdas Irina?…”. En cuanto abrió los ojos tuvo claro que no se iba a marchar. No mientras Uvita De Poo permaneciese en Baden Baden…

 

 

 
No le había costado tanto acostumbrarse a sus silencios. Aquella época del año, de actividad febril en redacción de informes, , multitud de cartas y una eterna cola de llamadas que devolver, parecía no ir con él excepto para añadir unas breves instrucciones:

-“El lunes por la mañana dispondrá una conferencia con Roma. Deje un resumen del estado de nuestras propiedades allá encima de mi mesa antes de marcharse. Mañana estaré ausente. Feliz Navidad”.

Pereza. Por marcharse. Y  cada año en aumento.

Siempre el mismo ritual, sin apenas digerirlo, todavía metido en las cosas del despacho. Vestirse, eso quizás era lo mejor. Pero aquellas dos horas más de coche a Osthoffen, aquellas mismas quejas, ese victimismo inane, los de aquí los que más. El acomodo incondicional, sobre todo a lo festivo y lo solemne, un poco menor para los temas delicados, de aquellos que nos visitaban. La camaradería crispada, dependiendo de la multitud de procedencias, ya no sólo familiares, sino del complejo entramado político, administrativo y militar de aquellos días, que dotaba a la reunión de un gran poder de recarga energética. En muchas ocasiones, tal vez excesivamente violentas. Pero eso no importaba, al menos ahora. Y sí, lo decía él, siempre había dormido tranquilo con todos aquellos informes a sus espaldas. Ahí estaría Frida, la podía ver frente a él, seguro quejándose mentalmente sin parar de estar devorada por el trabajo. Esa zorra no tenía ni idea.

  Al fin y al cabo, el problema residía en que las cosas en Stuggart iban bien, lo comprobaba cada día. De hecho, las cosas iban mejor que bien. Y ya estaba un poco harto de que las voces más altas viniesen de los que eran como él, los que no habían sido condenados, los que no se habían visto ante el juez, los que habían seguido exactamente igual con su vida.  El abuelo había hecho muy bien asociando sus yacimientos mineros con los Bosch, y con ello garantizado la supervivencia de la familia –al menos hasta la fecha- sobre cualquier Reich. Su padre nunca le permitiría tenerlo bajo sus órdenes en la Wehrmacht, así que durante sus años en las juventudes del partido ya había pasado mucho largo tiempo en la oficina. En realidad, ni siquiera en sus años en Berlín, donde pasó la guerra como Goldfasanen del Ostministerium, la desatendió. Pero todos los 23 de diciembre volvía a aquel pequeño cuarto. Aquel cuarto donde redactó tantas órdenes de Aktionen, donde revisó tantos dictámenes de Rosenberg, desde donde se certificaron todos los protocolos a seguir por todos aquellos que precisamente en días como aquel llegaban ahora de Argentina, de Brasil o de Portugal. Y estaba bien hacerles sentirse como en casa a alguno de ellos,  habituados a vivir agazapados todo el año, pendientes de toda novedad que perturbase la tranquila rutina. Le parecía estupendo el que disfrutasen de una noche en la Gran Alemania, con nuestra comida, nuestra cerveza y nuestras mujeres.

Pero que fuesen ellos, los mayores privilegiados, los encargados de enardecer a los presentes y mantener viva la moral le daba hastío. Llevarlos a un castillo, ponerse los uniformes y emborracharse juntos le llenaba de un ánimo que lo atemperaba. Las rencillas de antaño, el discurso apocalíptico tan alejado de la práctica realidad y los ataques de bestialismo ritual u otras salvajes reacciones de los que se veían más embriagados con la parafernalia, le daban pereza.


En la puerta del edificio apareció un Porsche 914 blanco del que descendió cuando un lacayo le abrió la puerta.

-“¿Has tenido un buen día, papá?”

El día, para él, todavía no había ni comenzado. Pero si había acabado lo que más le gustaba: la plácida semana en su piso de Stuttgart, su amante dos noches por semana, el cine siempre sólo los lunes y la clásica cena de compromiso de los jueves. El resto del tiempo lo dedicaba a acumular dinero. Los fines de semana se encerraba en su mansión de Baden Baden, de la que apenas salía a primera hora para correr hasta el parque -atravesarlo y volver- o para cenar ocasionalmente con sus vecinos. Pero estábamos en navidades y toda esa vida en la que nadie, incluyendo a su propia hija, acostumbraba a pronunciar su nombre se evaporaba. Durante los siguientes días no tendría más remedio que soportarlo -continuamente- en cenas, bailes y demás fiestas. Sobre todo esta noche, en la reunión alsaciana del Ordo Templi Orientis. Y el mero hecho de escuchar pronunciar su nombre al completo, Raphael “Mortaja” Von Taffelson, le hacía sacar lo peor de sí mismo.


Brigitte Von Taffelson también tenía sus motivos para estar nerviosa aquel día. Las suyas no eran cuestiones de identidad; nadie ignoraba su presencia en ningún momento. No podrían aunque quisiesen. Tampoco pertenecían al pasado, pues jamás en su vida se había sentido tan juvenil y divertida. Ésto, últimamente, la había acercado un tanto a Irina, aunque hubiese preferido mantenerla alejada de según qué cosas. Atrás habían quedado los primeros años en Stuttgart, encerrada en un piso mientras Ralphie trabajaba todo el día. Atrás quedaron también las largas temporadas en la residencia familiar en Strasbourg, por regla general sin gran cosa que hacer. Hasta que un año, ella y dos de sus amigas decidieron establecerse en Baden Baden,  jugando al bridge y atendiendo a sus maridos el fin de semana, yéndose de compras juntas los weekends a Paris o Londres, incluso a veces a Nueva York. Y a partir de este momento Madame Brigitte comenzó a vestir estrafalariamente a la moda, ya pasados los cuarenta, empeñada en machacar su cuerpo. Como si -según la maldad imperante entre el servicio desde hacía un par de meses- fuese a representar a la raza aria en los Juegos Olímpicos de Munich

 Y comenzó a salir, desaforadamente, rodeándose de gente atrevida, extravagante, divertida. Aunque nada tan extraño cómo la primera vez que se encontró a Irina en los servicios de aquel antro, en Rue du Seine, al que constantemente cambiaban de nombre. Entre ambas existía un código no escrito de ignorarse en la lejanía y ser efusivamente cordiales en las distancias cortas. Lo que sucedía entre ambas nunca tuvieron tiempo -no  digamos voluntad- de detenerse a tratarlo. A ése tan guapo de la orquesta ya lo había conocido en París. Era uno más del la larga sucesión de muchachos guapos que alegraban su vida en los últimos años, aunque éste era especial.

 
 
Precisamente el que estuviesen tan próximas las Navidades le ponía furiosa, pese a que este año contase con la presencia de algunas de sus recientes mejores amistades. Eso, al menos, iba a asegurar que aquello no fuese el mismo muermo de todos los años. Por fortuna Ralphie, junto a más miembros de su familia y numerosos allegados, tenía esta noche la misma cena de tarados nostálgicos de todos los años. Ésa de la que siempre volvía, pasado el alba, desmadejado.

 

  Tradicionalmente había sido siempre la noche en que las mujeres que pasaban allí las pascuas se reunían en el Casino. El único tipo de fiesta para la que Madame Brigitte no disponía de tiempo para derrochar. Esta noche sólo quería a Erick.

 

Apagó la luz del tocador. Llegaba tarde a la partida.
 
 

 

 

 

A Irina, por el contrario, le divertía acudir a la gala de mujeres del Casino. Se adhería al más joven de los corrillos -la mayoría de sus miembros todavía en el colegio- y escuchaba inalterable cómo unas usaban de su posición para pasar por el mundo a toda velocidad y otras se vanagloriaban ante las que se disponían a construirse un mero fortín a su alrededor. Sentía que con su familia le pasaba algo parecido. Su madre -frecuente, sino definitivamente ya- parecía haber olvidado que descendían de los landers más antiguos y nobles de Alemania, y su padre deambulaba por la vida casi avergonzándose por ello. A Irina, muy consciente de la grandeza de los Von Taffelson a lo largo de los siglos, tendía a pasársele por alto la historia más reciente. Coincidir con ella en una mesa significaba horas de aparente conversación banal, pero en cambio recurría a cualquiera a su alcance para, con presteza, lanzar un mensaje a terceros. Participaba activamente en todas aquellas correrías pero jamás se la escuchaba recordar alguna aventura, aunque sí era muy aficionada a interrumpir a cualquiera con una punzante daga que hiciese naufragar su relato. Como causante de esos eternos silencios incómodos no tenía rival, y por contra, sólo parecían ella o Don X. -otro que no era el más locuaz precisamente antes de medianoche- los que pudiesen retomar cualquier otro tema de conversación con naturalidad no precisamente espontánea. Pero nadie ponía en duda que realizaba su cometido de representar a la familia en sociedad por el mundo a la perfección -bastante mejor que su madre, justo es añadirlo- y, aunque el objeto final de esta tarea nunca ha llegado a quedarme claro, tenía todo el dinero que desease para lograrlo, además de un cargo de relaciones públicas en Porsche, otra de las empresas arraigadas al auspicio de la familia, quienes habían estado realmente amables esta mañana regalándole uno de los nuevos modelos. Los fabricantes consideraban que su mediación estaba contribuyendo a una consolidación en mercados en los que no habían logrado introducirse hasta la fecha. Incluso habían realizado un estudio de penetración de mercado. El resultado fue que la mayoría de los picos más altos de ventas se encontraban en lugares que a Irina le resultaban de lo más familiares. Eso, por supuesto, no le cogió por sorpresa. Aunque jamás hubiese soltado una palabra sobre coches en ninguno de ellos.

 

-“¿Por qué esta mañana nadie me ha sabido indicar cuál era mi despacho?” . Esas fueron sus únicas palabras de agradecimiento.

 

 Iris Von Taffelson -al igual que sucedía con el Commendatore– se preocupaba afanosamente de dejar constancia a todo el mundo que los  tenía a todos bien calados. Y en una noche para chicas, apenas necesitaba inspirar para conocer las angustias y los anhelos que se ocultaban tras las caras de todas aquellas mujeres. Su madre no se percataría de estas cosas ni preguntándolo y su padre miraría para otro lado sin dudarlo. Ella permanecería en la fiesta casi hasta el final.
Aquel fue el mejor mes de diciembre de su vida. Casi había olvidado por completo el contratiempo del asunto de la película. Contraviniendo su exagerado perfeccionismo y dejando de un lado la dedicación que en otro momento hubiese estimado innegociable, había decidido dejar de un lado el proyecto y transigir en el asunto de la dirección. En cualquier caso, pensó, la suma que DonRa dejo caer en la conversación le había parecido algo inmoral. Jamás soñó con algo así, así hubiese soñado varias vidas..

 

 

 
Respondió con otra a la sonrisas de Miss Taboo y Uvita, sentadas ambas en aquellas espectaculares butacas tapizadas de cuero rojo y siguió escuchando, un tanto aburrido, a un Michelone inusualmente dicharachero e indiscreto. En la pista de la discoteca medio elenco de Milano caliber 9 bailaba al son de una música vehemente y acelerada. Bárbara, una rubia espectacular, al parecer la estrella de aquella camada, era el inequívoco centro de atención. Con todo merecimiento sin ninguna duda, hubo de admitir para sus adentros. Un tipo fornido y pagado de si mismo, tampoco se necesitaba ser muy observador, se dirigía hacia ellos. Ataviado con una camisa de seda ocre impoluta y algo parecido a un pañuelo enorme anudado al cuello, la percha era en verdad imponente. Se presentó mientras se acomodaba en el sofa. “Hola, soy Gunther, me dedico a los negocios … Sí, una Diosa la Bouchet, lástima que B.B. me tenga ocupado a tiempo completo”. Vaya, pensó Da Silva, alguien que miente, para variar, chabacanamente, pero que en cambio sabe llevar un Foulard con estilo. Uvita de Poo y Miss Taboo saltaron entusiasmadas a la pista al escuchar las primeras notas de órgano…
 

 

 

La tarde después del la experiencia de hipnosis regresiva, con la cabeza todavía abotargada y la mente subyugada por la visión de aquella ninfa -no sabía aún del todo si real o efecto postrero del papelito sexto-, salió a la calle en busca de la calma para aclarar sus ideas. Ni por lo más mínimo pensaba en retornar a sus orígenes. Quería hacer aquella película por encima de todo. Si tenía que lidiar con otro impresentable más estaba dispuesto a hacerlo. Al fin y al cabo no era tan descabellado recurrir a ellos. Ganaría el tiempo necesario y si acaso tuviese que subastar al mejor postor sus escasas pertenencias -aquel legajo que llevaba bajo su brazo- ya se enfrentaría a ello más adelante.

 

Deambulaba por la Bernhardstrasse cuando tuvo que detenerse en seco. El automóvil casi le atropella. Se disponía a decir algo, más o menos airoso, cuando la reconoció nada más  bajar la ventanilla. “Hola … ¿Quieres subir?”. Tartamudeó algo que creyó un sí mientras se introducía en su interior. No conseguía que le saliesen las palabras. A él, un tipo que vivía por y para ellas. Se quedó mirándola extasiado. Le maravillaba y le enternecía a partes iguales esa suma de belleza clásica y la malevolencia juguetona que traslucía de su mirada. La serenidad no hacía más que otorgarle un último toque de distinción. En cambio le decepcionó un tanto que fuese acompañada más allá del chófer. Cuando uno de los dos caballeros de mediana edad le tendió la mano y se presentó sintió una rara mezcla de curiosidad y de ganas de estrangularlo;
-“Albertius… Albertius F. Hell. Dirijo películas… el es Luigi, compone música para cine…¿Usted es?”…
CANCIONES DEL CAPÍTULO
VOLKER KRIEGEL Zoom
HEINO Sayonara
CHILDREN OF THE MISSION Tears
CHARLES WILP Bunny
JONNY TEUPEN Mini Killers
JOY UNLIMITED I hold no grudge
ERICK SAINT LAURENT Le temps d’y penser
TERI THORTON Either way you lose
JC HEAVY Mr. Deal
OSANNA & LUIS E. BACALOV Milano calibro 9
 


 

    

 

 

"LADIES FROM THE CANYON". AMALFI. Otoño 1971. ( Parte 2ª) Capítulo IV

  Octubre ya estaba a las puertas. Los últimos coletazos del verano se esfumaban a un ritmo casi mayor del que menguaba la chequera. DonRa la había recibido en el interior de un sobre lacrado, de manos de Michelone, la mañana siguiente de partir el Commendatore. Le acompañaba una pequeña nota manuscrita. Aquella caligrafía le resulto familiar en cuanto comenzó a leer, “pero no”, pensó, “eso” no podía ser posible. Los tenues y lejanos recuerdos que comenzaban a aflorar pronto se difuminarían entre el jolgorio y la molicie del gran salón.
 
La idea de abrir las puertas de Villa Boccacio a toda aquella tropa había sido divertida hasta la mañana en que el invertido de Mickey perdió el control del Ferrari. El desprecio con que Jackie acostumbraba a tratarlo dolía más a los espectadores de la comedía que a el mismísimo automovilista. En cambió su mejilla marcada para siempre con aquella cicatriz sería una carga a la que tendría que comenzar a acostumbrarse. Era en aquellos trances cuando DonRa más echaba de menos a Mr. Bateman y Charlas Bronson. No sabía cómo habían conseguido partir rumbo a Río con el Commendatore, mientras él quedaba al mando, no sólo de aquella cohorte de vicio y perdición, sino también de las posesiones del Don, siempre bajo la escrutadora y silenciosa mirada de Michelone. Aunque si quería ser sincero consigo mismo, las atenciones de la Bolkan y seis o siete señoritas más, junto a la irrupción de Lolo, La Garza y la pareja exiliada, le había procurado instantes tan divertidos como ver a Vittorio Gasman cabalgando a la Miles mientras recitaba a Dante, o una pelea de gallos entre Andrew Loog Oldham y Luchino por los favores de un narcotizado David Hemmings, mientras compartía vicio con el joven ayudante de Visconti, un tal Dario Argento. Las veleidades de la aguja casi lograron derrotarle, aunque aquella cama redonda con la Von Pallenberg y Nico no lo mereciese del todo. En cambio la cara de orgullo herido del tal Philippe y las chanzas de Lolo sí le parecieron recompensa suficiente.

Contaba con la ira inicial del Commendatore, pero confiaba en aplacarla de algún modo. Aquel legajo de caligrafía pulcra, ensuciado por restos de carmín y otras sustancias, arrugado por los chapoteos de los invitados en la piscina ovalada era bueno, formidable. Da Silva había plasmado, de un modo que llegó a asustarle, lo que yacía oculto en aquel crepúsculo hedonista que parecía tocar a su fin; La crónica de una era fagocitada, la ruptura con el desorden moral establecido, los vertiginosos cambios en las costumbres y una definitiva derrota del idealismo utópico que hacía inevitable la sustitución de valores. “Es sublime” pensó DonRa. “Aunque hay que vendérselo bien al Don”. En medio de todo aquel caos, un joven imberbe, escasamente viajado y que no podía conocer de la vida más que lo imprescindible, había aprovechado sorprendentemente bien sus cartas. Cual profeta había anunciado lo que estaba por venir.

  Mientras tanto, sentado en primera clase, jugueteando con el Tartare de atún que apenas había probado, el Don miró por la ventanilla del Jumbo que en esos momentos cruzaba el Atlántico. Parecía un buen avión el 747 estrenado el invierno anterior. Había hecho bien en comprarle aquel paquete de acciones a la ex del hijo menor de Charles McDonell. Su valor se había quintuplicado en menos de un año. Tal vez era exageradamente grande para el número de pasajeros pero le resultaba simpático y decadente volar mientras alguien tocaba un piano de cola. Y más todavía si éste era Sito, un crápula y talentoso pianista español al que había conocido en un club privado de Copacabana, mientras solucionaba lo de Jobim. Era todo un tarambana pero tenía gracia, enfundado en su americana de piel de leopardo y sus enormes gafas de concha siempre empañadas. Por su parte Mr. Bateman y Charlas Bronson compartían hazañas cariocas, mientras bebían el enésimo gin tonic olvidándose por un rato de los hermanos Baptista y de Rita Lee, divertidos pero agotadores. Ornella y Gino, una pareja italiana ensimismada, acompañados por el maestro Moraes, discutieron y se prometieron amor eterno no menos de cinco veces. Otras tantas se maldijeron, entre las intercesiones del anciano por que hubiese paz.

 

Aquello debía ser ya Madeira. Se giró levemente a su izquierda y le acarició el cabello justo en el momento en que se despertaba. “¿Ya hemos llegado querido?”“Todavía no, duérmete”. Se recostó sobre su hombro y preguntó “¿Es muy hermosa Italia?, “Sí, muy hermosa” dijo, apagando el cigarillo.

 

 

 
DonRa y Da Silva contaban con refuerzos recién llegados en el Espresso 824. Lolo Peruzzi y Rafaello Beato, dos viejos camaradas de la Dolce vita romana. El dúo se transformó en cuarteto, más madera para un renqueante Alfa Romeo y el viaje que les esperaba hasta el próximo punto de reunión, una siniestra silueta medieval que coronaba el monte vecino. El líder aguardaba y la paciencia nunca figuró en su tarjeta de visita. La macchina no era excusa.
Esta pequeña iglesia románica di Santa Maria del Carmine, encaramada en lo más alto del Montestella, era la X en el mapa, el lugar escogido por el Don para guiar a aquellos jóvenes elegantes por el Laberinto de los Compañeros, divertimento iniciático que causaba furor por esas fechas. Los canecillos del ábside, además de mirar directamente al sol naciente, a la Jerusalén celestial, representaban misteriosos símbolos cabalísticos que invitaban al juego. El Don, sentado en el atrio del templo, se dijo a sí mismo “Sí, la sorpresa está garantizada, este lugar lo tiene” mientras finiquitaba su primer cigarrillo Treause Black del día. La jornada no podía comenzar mejor… o eso creía. La carretera que conducía hasta la misma cumbre de Montestella era un infierno con forma de serpiente. DonRa, experimentado conductor en sus dominios norteños, se defendía como podía de aquel bombardeo de curvas, pero el resto de sus compañeros metamorfoseaban el moreno adquirido durante los últimos días en un blanco nuclear que no anunciaba nada bueno. Lolo fue el primero en regurgitar. Y, claro está, el efecto dominó no se hizo esperar. Concentrados como estaban en limpiar los restos de cornetto y capuccino de sus fulares de seda, no se fijaron en el pequeño Cinquecento que les seguía desde la salida de Castellabate. Eran las diez de la mañana, dos horas más tarde de la hora fijada para el encuentro, cuando la banda llegó a las puertas de la iglesia. El Don era un volcán (ya sabéis, tanto retraso no es compatible con la paciencia). Los gritos y discusión reinate eran la mejor pantalla para ahogar el clack de una recortada recien cargada y cerrada. La hora de la vendetta del viejo Comisario Gamba d’Oro había llegado. 

 

 

La vociferante discusión en medio del recinto sacro se detuvo cuando aquel trozo de carne sanguinolienta cayó a sus pies. Da Silva se fijó en ella sin dar crédito a lo que veía, mientras DonRa observaba con detenimiento al inglés blancuzco y amordazado, bañado en sudor -o lo que demonios fuese aquello- cuyos ojos, fuera de órbita, deseaban, suplicaban cerrarse para siempre. Mientras, un chorro de sangre brotaba de su entrepierna y los dedos de la mano derecha, aquella misma con la que embadurnaba a Gianni con ansia y deseo, no mostraban uña ninguna. Lolo y Rafaelle hicieron ademán de alcanzar sus pistolas. El gesto del Don les salvó, al menos momentáneamente. Dos calabreses cejijuntos les apuntaban directamente al corazón.

 “Bongiorno Commendatore” saludó Gamba d’Oro, surgiendo tras una columna, a la vez que la Garza empujaba el cuerpo tembloroso de Oldham hacia ellos. “Come stai, Beppe” respondió el Don, mientras se cepillaba la manga de la casaca de ante tostada, manchada por el alma y las babas de un tipo que deseaba morir de una vez por todas. Antes de que comenzase la conversación – afortunadamente para él- ya estaría muerto. Sus testículos, embutidos en su boca amordazada, junto al terror y el dolor que le inundaba, le había provocado un benigno paro cardíaco. “No pensaría que iba a estar dispuesto a tolerar ésto. ¿verdad Commendatore?”. “Por supuesto no iba a permitir que nadie utilizase a este desgraciado en contra mía”. El Don asintió levemente. “¿Utilizarlo?, No acabo de comprender”, aunque lo entendía todo perfectamente. Sus inversiones inmobiliarias habían colisionado con la ‘Ndraghetta.

  Gamba d’Oro sonrió del modo más triste posible y dejando la cesta que portaba en el suelo se marchó, desapareciendo entre la penumbra. Daniele, apoyado sobre el coche, entró por la puerta oculta que daba al Transepto, alarmado por la calma irreal y con su luger, herencia paterna, en la mano. Cuando llegó hasta ellos su vista se detuvo en la cesta. Se agachó hasta ella y descubriendo el trozo de tela húmedo que la recubría dio un respingo de sorpresa. La cabeza de aquel joven británico, que estaba siempre colocado, reposaba todavía caliente. Y recordó que Luchino le llamaba Andrea, Andy… 

 

 
Los ravioli preparados por las dos beatas tenían un aspecto excelente pero un nudo en el estómago le cortaba el apetito. No obstante, aquel aroma impregnaba de calidez la habitación, envuelta en una humedad insoportable, así que convendría probarlos. No había quedado más remedio, la única manera de llegar al aeropuerto, sin desvelar la procedencia, sería en un taxi enviado desde Salerno por la casa. Volando en un jet privado podría aparecer en su despacho esa misma tarde sin dejar rastro. A excepción de aquel pequeño escollo, que precisamente utilizaría de excusa ante Don X. a la hora de fijar a qué hora exactamente había abandonado Villa Bocaccio, todo marchaba más o menos bien. Aquello ya había sucedido en más ocasiones y no representaba mayor problema, pero había sido la compañía de aquel lunático lo que le inquietaba. Una cosa es que se te vaya la mano, y otra que sea en presencia de alguien, aunque fuese un tipo como aquel.
 
-“¿Acaso no tiene apetito Su Ilustrísima? Precisamente, su visita es un mensaje del Altísimo. Debo ponerle al corriente de ciertas cosas que he visto por aquí últimamente.”
  
El Cardenal Petrone alzó la cabeza.

-“Apenas tengo tiempo de felicitarle por las inmensas aportaciones que su congregación aporta a Roma, Padre Bongusto, pero dígame, ¿lleva usted ya muchos años al frente de esta parroquia?… Ummm…está deliciosa esta pasta… ¡no sabe usted la cantidad de cosas que se pueden lograr con sus cepillos!”

A continuación le miró fijamente, primero clavándole la mirada y luego descendiéndola pausadamente al tiempo que pronunciaba:

 “¿Ha estado usted en África alguna vez?.


Otra vez el mar. Estaba revuelto. Esta vez el ruido no procedía de la playa sino desde la piscina, podía ver la costa perfectamente desde allá arriba. Y otra vez los mismos individuos. Pero en esta ocasión el viento era desagradable y el sol ya no calentaba. La última vez se había dado la vuelta y había sufrido una súbita metamorfosis. Hacía ya más de un año de eso. Era de noche y las siluetas  resplandecían entre la penumbra. En cambio ahora, en pleno día, el panorama es desolador. Allí mismo había plantada una cama isabelina de uno de los dormitorios de la segunda planta. La reconoció por un aparador a su derecha similar al que solía guardar su ropa interior. Bateman, reclinado en ella, lo miraba admirado, examinándolo, a la vez que curioseaba por los cajones. Allá donde alcanzaba su vista no veía más que despojos. Líquidos, sólidos, humanos todos. Y entre todo aquello vio a Charlas haciéndole señales desde el aparcamiento. ¿Dónde estaría Don Ra? Seguro que chupándole la polla al viejo allá donde este estuviese. Al fin y al cabo, esa era su obligación. Y él había escrito algo, aunque fuese en estos últimos cinco días. Tenían que tomar un avión.

-“Hemos encontrado muerto a uno de los croatas”. Dijo Harry.


 
Las dos azafatas se miraron, perplejas y divertidas, en lo alto de las escalerillas del 747 por donde aquella tropa accedía a la nave. Les parecieron -y no podían ni imaginar lo atinadas que estaban- el remedo de un casting de superproducción erróneo, equivocado. Se acordaron de nuevo de la última noche, insomnes, invitadas a una gincana imperial por dos chulazos canallas a los que habían conocido en el vuelo que las había llevado hasta allí. ¿El motivo? cualquiera. En esta ocasión una farra decadente y divertida, homérica, en un lujoso apartamento de la Piazza Cavour, en pleno Barrio de Priati. Pensaron que Charlas y Harry debían ser inmunes al cansancio, la noche parecía insuflarles nuevos bríos. Viendo el percal, en unos minutos se hicieron una somera idea de los especimenes que iban a tener que encontrarse. Guisseppo “El cisne”, que en ese momento salía de una habitación, llena de un humo denso y de todo aquello que éste no dejaba advertir, les dio algo discretamente, “Tomad, esto os ayudará. Una ahora y otra cuando penséis marcharos”. Eran unas cápsulas de color rosáceo. Les ordenó también que se presentasen a las diez en el aeropuerto, impolutas y puntuales. Ambas cosas las hicieron sin rechistar.


   Lolo y el francés orejudo, abrazado a él, tambaleante, le guiñaron un ojo a la pelirroja. A la vez que cogían la copa de champagne, inevitablemente derramada en más de la mitad sobre ella, musitaron algo ininteligible, no supieron las muchachas si saludo o rebuzno. Detrás de ellos toda esa plétora de viejas glorias, wannabies, pendencieros demacrados, seductores de tercera y buscavidas agazapados; Da Silva, absorto y taciturno, no se separaba del manuscrito. Iba tras la pareja de crápulas franco-gallega, mientras Daniele, con su sempiterno libro en la mano, se quitó las gafas de sol y sonrió tímidamente.

Monsieur Lafleur, con la promesa de la Duchessa de hacerle una visita el mes próximo, se había animado a la excursión y conversaba animadamente con una espectacular y radiante Nuvola. Esta, con un delicado pañuelo a la cabeza y luciendo un precioso vestido estampado de Givenchy, precedía al misterioso dueño del Ristorante Borgia, su marido. Sin el mandil ni las aburridas y rutinarias tareas del ristorante, daba la impresión de ser otra persona. De un negro impoluto -cisne y pitillos rectos- y unos Crockett & Jones hechos a mano, semejaba un ángel de la muerte investido de una misión. Su cinturón de cuero trenzado con una hebilla de motivos aztecas y el imponente medallón hexagonal de plata no hacían más que acrecentar tal impresión.

 
Ya en el interior del Jumbo, achispado y moqueante, Sito Santisteban les daba la bienvenida a todos, acariciando el piano con una mano y con un whisky largo en la otra. Un pálido y relamido muchacho tocaba la guitarra. “Sigue tocando Sigi, tengo que ir al baño” dijo Alfonso, dando una profunda y larga aspiración a aquel montoncillo blanco que rebosaba sobre la tapa del Steinway negro. Aún no se había dado la vuelta cuando Serge y Lolo ya daban buena cuenta de lo que restaba. En ese momento apareció el comandante del vuelo, que volvía hacia la cabina procedente del w.c. La imponente Bávara que ejercía de segunda de a bordo, se acicalaba nerviosamente el cabello, satisfecha, mientras del escote de su blusa todavía se adivinaba un busto casi perfecto. El comandante, un atlético colombiano de mediana edad, imperturbable y con una mirada que atería más que el viento que soplaba en Fiumicino, comentó displicente; “No se me apresuren, no van a acabarla”. La gente, alguna gente, comenzaba a ponerse nerviosa.

Por megafonía escucharon como el comandante Angelo Parizione les anunciaba que los últimos pasajeros estaban subiendo a bordo. Justo cuando decía gracias, disculpen las molestias” un ojeroso Michelone, con las venas del cuello hinchadas, se aposentaba en una de las dos butacas de la derecha, mientras dejaba su Steyr GB en el primer cajón de la cómoda Deskey, tras haber vacíado el cargador. Miss Taboo iba justo trás de él. Aunque las enormes gafas de sol que portaba pretendían disimularlo, había llorado recientemente. No obstante se sentó junto a él, acariciándole la mano. Levemente primero, más fuerte poco después. La yugular de Michelone dejó de marcársele a los pocos minutos.

DonRa y el Don, flanqueados por Rafaelle y La garza parecían discutir de negocios. Cuando el primero le pasó la mano por el hombro, no hizo falta ni un gesto del Don para que aquel la apartase como si hubiese sufrido una descarga eléctrica. Siguieron la conversación en el priveé antes de comentarle algo al comandante Parizione. La sotana roja que les seguía, cuyo portador, con la ojos inyectados en sangre no era otro que Sua Eminenza el Cardenale Davide Petrone, pasó inadvertida a todos menos a Daniele. No era tan tonto como para osar mantenerle la mirada. Y se quedó pensativo, acariciando su voluminoso libro de tapas doradas.

En unos instantes partirían hacia Roma…
 
Fin de la segunda parte.
CANCIONES DEL CAPÍTULO 
WANDERLEA Vou lhe contar
SIGI SCHWAB Necronomicron
PETER THOMAS SOUN ORCHESTER The world is gone
SOLUZIONE DUE Fulminato
LA METAMORFOSSI Scusa
DOMENICO MODUGNO Mafia
ARMANDO TROVAJOLI La decisione
 
 
 

A partir de este segundo capítulo los personajes relacionados serán sólo aquellos que aparezcan por primera vez en el episodio.

 

CHETTIE
Heroinómano. Músico. Genio. Antaño todo eso pero en el orden inverso. También fue el más hermoso príncipe del West Coast Jazz. En la narración, aunque desdentado y un tanto esquelético, todavía mantiene un halo de misteriosa hermosura. Subsiste como buenamente puede, tan solo preocupado por la próxima dosis. No obstante, muy de vez en cuando, es capaz, con una sola nota, de recrear el paraíso.
SILVIO

Personaje cómico, emprendedor y de peculiar talento artístico. Director de una orquesta insensata especializada en cruceros para americanos, del Tirreno al Adriático. Playboy de geriátrico ávido de fortunas, tiene un talento descomunal en el arte de embaucar ancianas. De aspecto cómico, es bastante más inteligente de lo que se suele pensar. Ahí es donde cobra ventaja.

DANIELE

Vigía infalible, aunque a menudo parezca absorto en la lectura. Sus decisiones en la vida obedecen a chasquidos bajo su poblada melena rizada. Cuando a través de las patillas estas ideas le llegan al esófago, sabe que está en el camino correcto. Un camino que, como las tortuosas carreteras amalfitanas, pocos secretos esconde ya para él. Todo un corredor sin fondo de la medianoche

LA GARZA

También conocido como el Comisario Gamba d’Oro. Salerno, independientemente de ser un lugar tranquilo y seguro -o no- debe, principalmente, parecerlo. Y él se encargará de controlarlo todo desde su inmensa humanidad. Una humanidad que también sufre, siente, y -aunque ustedes no lo crean- goza con homérica abundancia.

 
ROBERTO

Único hijo del Comisario Gamba D’Oro. Con inquietudes artísticas y de “sensibilidad” exacerbada. A menudo chocará con el recio y tradicional carácter de su progenitor. Con estudios realizados en Turín, aparecerá asesinado. Mantiene un idilio con un productor y manager musical británico, a quién la Garza culpará de todas sus desgracias, tras venir rebotado de una experiencia anterior.

 
ANDREW

Apellidado Loog Oldham. Aparece por Italia con unos barbilampiños y cejijuntos jóvenes ingleses, practicantes de la así llamada música del demonio. Elegante y discreto, su pasión  le acarreará un cruento final.

 
BILL

Miembro del grupo representado por Andrew. Siempre en un segundo plano, de virilidad enorme –al menos en cuanto a tamaño-, su rostro caballuno y su escaso don de gentes harán de él uno de los más misteriosos e impopulares bajistas de la historia del rock.

 
GIANNI

Joven cantante italiano. Rubicundo, jovial y de aspecto angelical, experimentará con la nueva sensibilidad del mismo modo que otras veces se mantendrá fiel a la tradición. Voluble y simpático.

 
ENZO

Heredero del creador del mítico “Cavallino Rampante”. Conoce a Roberto en la Universidad de Turín. Allí le iniciará, entre otras cosas, en el placer nefando.

 
BORGIA

Hierático posadero que esconde un pasado sorprendente. De pocas palabras y renuente a la acción, permanece en estado letárgico en un bar de la Costa Amalfitana. Observador del devenir de las cosas.

 
CAETANO 

Joven Brasileño, hijo de una acaudalada familia y con un talento musical desbordante. Es una de las inversiones del Don en el nuevo continente. Su carácter rebelde e inconformista dará al traste con las expectativas de aquel.

 
ANTONIO CARLOS

La cabeza de puente de las inversiones del Don en el mercado Brasileño. Compositor inventivo, fresco y sutil, triunfará en Estados Unidos adaptando su hallazgo al interés de la clase media Americana. Una inversión de escaso riesgo y alta rentabilidad.

 
LOUJLO PEROULOVIJC

Personajes irrepetibles de este calado ya no se dan hoy en día. Un hombre en el que lo imprevisible ha tomado acomodo para quedarse. Esto, cierto, lo podríamos decir de casi toda la rimbombante galería de alacranes que bandean por nuestro relato. Imposible saber nunca lo que hará en los próximos diez minutos. Lo que es seguro es que se encontrará en el epicentro de la diversión. La búsqueda indómita del placer es su única constante. Sin siquiera saber gobernarse a sí mismo, el mundo es su predio, su reino.

SERGE

Músico y compositor francés, de aspecto extravagante y genio incontestable. Hombre permanentemente pegado a un Gitanes. Alcohólico y sentimental. Tremendamente tímido, es capaz de pasar de la felicidad absoluta al total abatimiento. Enamorado de Brigitte, posiblemente lo único que quiso tener, y no pudo, en esta vida.

 
DAVIDE BONGUSTO

Párroco de Santa María Assunta de Positano. Devoto hombre de Dios. Recto y severo. Preocupado por hacer el bien. Un bien tal y como le ha sido enseñado en el seminario; Con temor a Dios, justiciero e intolerante con la disensión.

 
CARDENALE PETRONE

Altísimo cargo de la curia romana, muy bien relacionado con el poder económico por ser el Presidente de la Banca Ambrosiana. Su reverso tenebroso, príncipe del mal y la depravación en la intimidad de los deseos, tal vez se haya visto acendrado con el tiempo por un experiencia traumática. Una experiencia en su época de joven misionero en Abisinia, que acabaría con el único amor que tuvo, con su ingenuidad y con su fé. Muy de vez en cuando todavía sueña con Doris.

 
ANTOINE LAFLEUR

La ecuanimidad personificada. El saber estar en el país de los brutos. Un servidor -pero jamás servil- fiel y caligráfico. La calma chicha que sigue a la barbarie, el observador de lo inapreciable. Otra de esas personas de excelente conversación pero que prefiere emplear el silencio como discurso, pese a que sin duda recuerda la historia mejor que cualquier otro personaje.

 
DUCHESSA ZELIA

Aristócrata poco apegada a la vida social y a los lujos, acaso por tenerlos desde muy niña. Dedicada a los libros y la conversación sobre literatura rusa del Siglo XIX, disfruta mucho de la compañía de Messieur Lafleur, espíritu delicado y esencialmente bueno.

 
PHILIPPE

Impresentable joven actor francés. De personalidad errática y caprichosa, aparece en una barcaza en compañía de Christa Päffgen, modelo, semi actriz y seudo cantante, un neblinoso amanecer agosteño. 

 
SOFIA

Hermosísimo espécimen de mujer, hábil en la esgrima de la doble moral y lasciva en grado sumo. La favorita del Don, con la que mantiene algún placentero y esporádico encuentro. Siempre ávida de los réditos que todo ello le pueda procurar.


ANGELO PARIZIONE

Capitán de la aeronave del Don. De origen italo-colombiano, es el encargado, además de trasladar al Don y sus invitados, de velar por los intereses agrícolas de éste en la América andina. Tipo solvente y con recursos.

TITO
Alfonso Santisteban, músico, pianista, vividor, ludópata y mil cosas más empleado por Michelone para amenizar las fiestas del Don.

NEUS
Elegantísima dama, compañera de Borgia y retirada con éste en Amalfi.  Antigua modelo y musa de Givenchy.

GUISSEPPO “El cisne”
Dueño, en sociedad con el Commendatore X., de varios de los Night-clubs más concurridos de la noche romana. Recluta jóvenes como atrezzo, diversión o lo que se tercie para todo acto social necesitado de belleza, ambiente refinado y cosmopolitismo. No le hace ascos -ninguno- al crapulismo, aunque intenta mantenerlo oculto.

VITTORIO
Excesivo y  seductor actor italiano. Habitual en las fiestas de Villa Bocaccio. 

DARIO
Argento. Ayudante de dirección de Luchino. Ducho en reflejar el terror de lo cotidiano, la pintura de Hopper y obsesionado con el plano racionalista. De ojos saltones y mirada huidiza, suyas serán varias de las obras maestras del llamado “Giallo” italiano.

DAVID HEMMINGS
Amigo de Dario, con quién rodará su obra maestra “Profondo rosso”. Amigo de los protegidos de Loog Oldham y habitual también en Villa Bocaccio.

HERMANOS BAPTISTA Y RITA LEE
Componentes de Os Mutantes, la ramificación del Don en la Psicodelia sudamericana. Tremendamente creativos e inevitablemente dispersos. Muy interesados en la nueva teoría de la percepción. Para ello se empeñan en deglutir, incansablemente, Lindos Sonhos Delirantes, ingeniosa frase cuyas iniciales sirven como acrónimo para su medicina.

ORNELLA Y GINO
Pareja de italianos fatalmente enamorados. De carácter irascible. Cantantes sublimes, su obra es ejemplo máximo de aquello conocido como “El síndrome de Stendhal”. La belleza transida, agotadora.

MAESTRO MORAES
De nombre Vinicius. Poeta brasileño e ideólogo de lo que se vendría a llamar “Bossanova”. Su disco con Ornella y un desconocido guitarrista conocido por Toquinho será algo de otro mundo. Uno, desde luego,  mucho mejor.

RAFAELLE BEATO
Sicario y escudero de Bateman. Aunque su nombre lo intente enmascarar, de origen español. Pendenciero, osado y peligroso.

ANITA VON PALLENBERG 
Una máquina del vicio. Amiga y compañera de uno de los de la banda de Andrew. Traspasar.

MICK
Eterno aspirante a aristocrata a través de un voluntarioso remedo de malencarados aullidos gatunos con fondo eléctrico.  

SIGI

Jovencísimo guitarrista alemán, amigo de Tito y a quién suele acompañar en sus intervenciones.