LE SYSTÉME CRAPOUTCHIK

 

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¿Para qué andarnos con rodeos? Uno es lo que es y llega hasta donde alcanza. Por resumirlo, diré que de un andamiaje mucho menos firme de lo que desearía y con una estructura aquejada de ciertos problemas a la hora de la descripción certera. Quién les habla suele comenzar casi todo con un single. Así de simple soy. No lo digo como signo distintivo -aunque tampoco necesariamente como tara- sino simplemente constatando una realidad. Son estos artefactos una especie de breve misiva a modo de greguería a partir de los cuales reflexiono e indago en la medida de mis posibilidades, aprendo pese a mis evidentes limitaciones e imagino con la libertad que me es posible. Incluso, a veces, idealizo y divago.

Hace, no sé, ¿diez, doce, quince años?, conseguí mi primer disco de Le Systéme Crapoutchik. Era el single con “Les sans amour / L’enfant de choeur” (Flamophone, 1970). Me tropecé con él -cómo me ha sucedido con tantos y tantos otros discos franceses- en una de mis incursiones por las Pulgas. Ni la menor idea por aquel entonces de quienes eran, ni mucho menos la menor intención de dejarlo pasar. Lo rescaté del cajón en el que estaba abandonado junto a otros, un poco por instinto y otro tanto por curiosidad. Ya saben, la portada, el sello desconocido (al menos para mi), el año, el precio… qué sé yo. El caso es que una vez escuchado descubrí dos canciones de una belleza y elegancia distinta, aunque no por ello menor la una de la otra. Sucedió también que en un principio, por estar uno a lo que estaba -y por comprender aún menos a la vida y a mi mismo de lo que lo hago hoy- su escucha continuada podía incitar al rechazo. ¿Cómo, a partir de esas pintas de la portada, podía salir tamaña delicatessen, frágil y elevada, que recorría el fino hilo que va de lo excesivamente endulzado a la punzada en el corazón, y sin embargo, ser casi perfecta?. Sí, lo reconozco, me temo que una vez más los asquerosos prejuicios, las ideas preconcebidas, la atrevida ignorancia, campaba a sus anchas.

Dejé pasar el tiempo y como me sucede a menudo, dada mi inconstancia, me olvidé del asunto. Recurrí a él en rara ocasión. Y sí, como dirían más adelante las notas de las futuras reediciones, “S.F. Sorrow” estaba ahí, esperando, agazapado. Igual de ensoñador, igual de extraño. Igual de hipnótico y adictivo. También, creo, intuí otras cosas.  A los Ia & Batiste de “Un gran día”, al “Telaraña” de José y Manuel con Nuevos Horizontes, si me daba por barrer hacia casa. También a los Beach Boys del “Surf’s up” o al Colin Blunstone de sus dos primeros discos. Dúctiles, poliédricos, con un detalle obsesivo en la melodía que a veces exasperaba dada su desmedida perfección, pero que, sorprendentemente, atraía de forma gravitacional.

Años más tarde, en el 2011, se hizo la luz. El sello barcelonés Wah wah reeditó sus tres álbumes. Leyendo entonces las notas y tras una primera y apresurada escucha, el tono laudatorio del texto podía llegar a parecer exagerado. Falso. La cosa alcanzaba, de manera luminosa, una justa reivindicación y puesta en valor que me hacía navegar entre olas de agradecimiento debido al descubrimiento de tres discos soberbios. Su primer Lp cronológicamente hablando (“Aussi loin que je me souvienne”, Flamophone/Vogue, 1969) ya nos ponía en guardia con su adaptación a la francesa de los Pretty Things más ensoñadores y menos insulares. Canciones como “Un jour dans ma vie” (Hard rock de aires zeppelinianos sin las lacras de aquel, es decir, borrada la trascendencia y la falta de humor) o “Les temps ont changé” (una pieza de psicodelia descriptiva con sustrato eminente pop, deudora de los Kinks tanto en lo estilístico como en lo literario) eran una brillante carta de presentación. Su tercero, el homónimo, aunque calificado generalmente como menor, piensa uno que es el canto de cisne perfecto. Arreglado por Jean Claude Vannier y con reminiscencias a la Costa Oeste americana no era el disco poca cosa; delicada orfebrería, pequeña y delicadamente labrada, toda una sucesión de capas musicales y hermosísimas armonías vocales, una tras otra. Canciones de las que emanaba una elegancia tan descuidada como minuciosa, concienzudas en la descripción de lo que quedaba del fuego idealizado que una vez fue. Tómense como ejemplo, a vuela pluma, la pseudo bossa “Pauv’ Muezzin” o la canción que lo cierra, “Le mutant”, toda una declaración de principios éticos y estéticos: “Soy el mutante del tiempo, de las rosas y de las estrellas, soy el futuro de las banales existencias”.

Pero sería -para quién esto suscribe- su segundo Lp, titulado clarividente y escuetamente “Flop” donde todo encajaría con milimétrica perfección. Curiosamente no es un disco oficial propiamente dicho. Tras el fracaso del primero deciden lanzar un disco doble a modo de despedida con algunas de sus primeras canciones grabadas para el sello Vogue en 1968 (un 7″ y dos Eps) junto con revisiones -variaciones tal vez sería más apropiado- de esas mismas canciones y otras nuevas. No tienen muchas expectativas, de hecho han arrojado la toalla y se hallan en pleno proceso de descomposición. Tanto que este postrero tour de force no pretende ser más que el epitafio de una aventura que no pudo ser y que por tanto, tampoco será. En sus discos se suceden una joya tras otra; El McCartney de “Ram” con su facilidad melódica y sus fuegos artificiales mezclado con el fulgor e inmediatez pop de Billy Nichols en “la vie set belle”. Ecos del Colin Blunstone más melancólico (“Monsieur sans joie”, tan similar para mi al “Tramway 7B” de Bernard Chabert). Los Beach Boys diríase dirigidos por el Henry Mancini más pop en “Gamelle trouee” o la pureza wilsionana evocadora en “C’est l’hiver” o “Il neige”. Los Zombies  en “L’enchanteur” y los Procol Harum en “Monsieur sans joie”, Bacharach en “Le mutant” y Bach en “L’enfant decrocheur”

No tenían malos padrinos. Los había descubierto Jacques Dutronc (por aquel entonces guitarrista de la banda de Eddy Mitchell, actuando en un show televisivo de Albert Reisner). Coincide el encuentro con el despegue de Dutronc como estrella y desde ese momento se convierten en su banda de acompañamiento; Gérard Kawczinski (Llamado Crapou por Dutronc dado lo difícil de la pronunciación de su apellido y a partir de este apodo bautizada la banda -recuerden, Le Systeme Crapoutchik), Jean Pierre Alarcen (ex guitarrista de Les Mods, grupo de garaje con un único y rarísimo ep publicado y de Eden Rose y Sandrose), Christian Padovan al bajo (compañero de Kawczinski en Les Challengers) y Alain Legovic al órgano (más tarde, ya convertido en cantante famoso, conocido por todos como Alain Chamfort) quién había sido el organista de la banda de Nicolas Nils, quien tine en su haber un ovni-ep con dos estupendas versiones en francés de los Seeds . Posteriormente, sustituyéndole, entraría Jean Pierre Sabar (colaborador de Gainsbourg, arreglista de Dutronc, Huges Aufray, el nuevo niño bonito de la música francesa, tras la estela del éxito de la versión francesa de “Hair”, por el hirsuto Julien Clerc) encargándose de la batería y los teclados.

 

Mot de passe; Claude Puterflam. Un francotirador aventurero de los muchos que poblaban entonces la escena francesa. Este había publicado material con el nombre de Peter Flam para Vogue. Básicamente chanson freakbeatizada a la estela de ese faro que era Dutronc, su amigo y mentor. Arrebatados himnos pseudo garageros con -a ver como lo explico- indeleble márchamo chansonnier (“C’est la vie”, a medias con Michael Pelay, futuro colaborador de Le Systéme Crapoutchik o “Il ne faut pas pleurer”, firmada a medias con Dutronc). Puterflam había puesto en marcha un nuevo sello, bautizado como Flamophone, tras haber convencido a la gente de Vogue de su viabilidad y fichado inmediatamente a Le Système Crapoutchik como grupo insignia, de los que se convertiría en autor de sus textos.

Pese a todas las evidentes influencias, Kawczinski, Alarcen y compañía lograron conseguir una pócima personal y única. Músicos residentes del Palacio Puterflam, los todavía por entonces en construcción estudios Gang. Su pretensión era la de convertirse en una congregación de músicos que interactuasen en sus distintos proyectos; Bernard Ilous (cuyos dos singles ya fueron reseñados aquí y cuyo lp a medias con Decuyper también ha reeditado Wah Wah  no puedo recomendar más encarecidamente), Nino Ferrer (en cuyo soberbio “Le sud”, igualmente comentado anteriormente en el blog, colaborarían), con el mismo Jacques Dutronc

Tras esta aventura Kawczinski no abandonaría el mundo de la música, muy al contrario. Se dedicaría a la música de librería con usos comerciales componiendo desde jingles a bandas sonoras, giraría como guitarrista a sueldo y seria ingeniero de sonido en los estudios Gang de Claude Puterflam, hoy todavía abiertos. Jean Pierre Alarcen por su parte, seguiría como cotizado músico de estudio (aparte de colaboraciones con otros; Janko Nilovic, François Béranger, Dick Rivers …), mientras que Christian Padovan será un requerido bajista y colaborará, entre otros, con Cerrone, Nilovic, Nino Ferrer o France Gall. Respecto a Legovic/Chamfort, sería el único que tendría una carrera longeva como interprete, con más de una quincena de Lps a sus espaldas.

P.d. Todos los datos y entrecomillados han sido tomados prestados de las notas interiores de la reedición de “Flop” (Wah Wah, Barcelona,2011) firmadas por Jean Emmanuel Deluxe y Fréderic Fauré.