ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog (Adarce Records, 2018)

 

 

ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog 

Pocas cosas se me ocurren más españolas que la obra de Alfonso Carlos Santisteban, tanto para lo bueno como para lo malo. Personaje y escenario siempre de la mano, muchas veces de manera tan casual como inevitable, en él colisionaban, en una extrañamente controlada implosión, la imaginación y la rutina, el talento y la necesidad, lo genial y la mundanidad más prosaica.

 

Si algo se le puede achacar a Santisteban–de hecho uno cree que sería su impronta y también su tara- fue el vivir, el respirar música. Acaso fuese lo único –militancia bon vivant aparte- que realmente le importase. Estajanovista indesmayable para con la canción española, le daba igual que fuese copla, rumba, pop o Soul y que fuese esta para Bambino, La Polaca, Mara Lasso, Calibre 38, Ellas o Mila. Sincero devoto del jazz y seducido de inmediato por la bossa (su cotizado “Bossa’68” para el sello Sintonía recoge su única incursión vocal, “Cariñosamente”) y su inmersión total en la música cinematográfica, en toda su obra, repleta tanto de las inevitables costuras como de momentos de genialidad, se le puede achacar dejadez y una sensación de logro inacabado, sí, pero del mismo modo resulta evidente su panorámica y osada visión musical, a veces tan temeraria como certera. Una insistencia diríase involuntaria en la plasmación del momento y de su tiempo que, paradójicamente, varias décadas después sea acaso lo que lo conceda la perdurabilidad.

 

Spanish Moog, el disco que tiene Adarce Records el placer de presentarles, es uno de los extraños y casi invisibles hitos musicales que nuestro hombre plasmaría en Italia. Santisteban había debutado en España, en la música para el cine, de la mano de Manuel Summers en 1968 con “¿Por qué te engaña tu marido?. A partir de ahí, como en él era norma, inmersión total, a saco, por necesidad tanto económica como vital. Aparte de algunos descabalgados singles, dos Lps en el sello Marfer publicados en 1973 y otro de 1976 en el sello Discophon recogen una pequeña parte de su ingente obra cinematográfica; “Separación matrimonial”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “El padrino y sus ahijadas”, “El asesino esta entre los trece”, etecé, etecé.

 

Tal y como cuenta en su autobiografía (Alfonso Santisteban, “El mundo del espectáculo y la madre que lo parió”. Ediciones Foca, 2004), en 1973, por medio del director José Antonio de La Loma, conoce a dos de los jefes de la editorial italiana de bandas sonoras más importantes de Italia, Giuseppe Campi y Giuseppe Giachi. Tienen la intención de montar una delegación de C.A.M. (Creazione Artistiche Musicale) en Madrid para poder meter la cabeza en el mundo editorial español. Hay que recordar que estamos en la época más pujante de las coproducciones cinematográficas. Como gancho deciden contratar a dos compositores españoles; nuestro hombre y Waldo de Los ríos.

 

La decepción y la frustración llegaría pronto. Aparte de innumerables bandas sonoras para películas menores o directamente cochambrosas (“… Solo nos daban las películas de serie B, eróticas o comedias de segunda fila. La parte del león se la llevaban los músicos de prestigio internacional que también pertenecían a la editorial; Michel Legrand, Ennio Morricone, Stelvio Cipriani …”) Santisteban publicaría hasta 1975 cinco discos de Librería para C.A.M.; Ambiente e Folklore, Rinascimenti, Night Club, Situazione per Orchestra y este Spanish Moog.

 

Conviene aquí recordar lo que era la música de Librería; Literalmente no otra cosa que una biblioteca musical, un catalogo de fragmentos y piezas musicales ofrecidos a la carta para la posterior venta a producciones cinematográficas, tanto italianas como coproducciones. Unas veces compuestos ex profeso y en otras recopilaciones de piezas antiguas que los editores enmascaraban como nuevas para obtener réditos en forma de derechos. Spanish Moog es ejemplo sintomático de esto. Cinco de las canciones incluidas (Jugando al toro, Nuestro Ayer, Gitanos, Torremolinos Soul y Todo ha sido un sueño) fueron grabadas originalmente por Santisteban y Rafael Ferro en el disco Flamenco Pop (Sintonia, 1969) y tres más (Zorongo, Nuestro ayer y Tierra mojada) iban originalmente en “Sabor a fresa” (Belter, 1971) de La Nueva Banda de Santisteban. Todo un galimatías en el que nuestro hombre tendría mucho que ver.

 

Más allá de ese presunto filibusterismo editorial (y autoral, o no, vayan ustedes a saber, aún recuerdo la jugada del Bum Bum , pieza instrumental incluida en el citado Flamenco pop, primero en gloriosa versión de Chacho y más tarde, cambiado el título, ofrecida como “Llovió “por el trio Ellas) lo que queda finalmente es una gloriosa bacanal de grooves y beats; Un Moog omnipresente, Wah wah y Soul cañí de la mano en “Torremolinos soul”. Melancolía ensoñadora, fuzz y aires fronterizos en “Tierra mojada”, Impecables Beats morunos en la rotunda “Zorongo” (que luego reinventaría El Noi) , Funk y Folklore cosidos en “Noche en Marbella”, puro Blaixploitation espacial en “Tute de Reyes”…

 

Genio anárquico, vituperado o, peor aún, ninguneado, con Alfonso Carlos Santisteban, como sucede con otros pioneros y aventureros en este nuestro país, ocurre que la búsqueda de un lugar, sin más armas que su talento y temeridad, chocaría indefectiblemente con su ubicación en un tiempo que tenía perdido de antemano su lugar en los los anales de la historia. No se me ocurre mejor resumen de lo que fue su obra y su persona que la cita con la que eligió abrir su autobiografía;

 

… Hablo con la autoridad que me otorga el fracaso …

 *Spanish Moog by Alfonso Santisteban, Lp & Cd, is out on 18th February on Adarce Records

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Musica de Librería

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TRACKLIST

00:00 INTRO Bienvenido a un mundo cristalino (KPM promo sampler) / 00:57 BELTRÁN MONER Hombres y bólidos. ESS Sampler (Lp, Berta) / 05:11 ALCY AGUERO Y SU ORQUESTA POP Trópico (Fase, Ep) / 07:52 L. GEMER Y EL CONJUNTO DE RAFAEL MARTINEZ RITUAL SONG (Spot, Ep) / 10:27 INTERLUDIO Beats / 10:36 RAY JORDANA Y ARMANDO PAMIES Luces Cambiantes (Tican, Single) / 14:02 UNIDADES Caballo Salvaje (Zartos, Single) / 16:25 BELTRÁN MONER Amanecer (Berta, Lp) / 10:48 JUAN LUIS MORALEDA Black & White (Estudios Carbonell promo Sampler Ep) / 19:10 DANIEL PATUCCHI Tema di Corinto, Perros callejeros. (CAM industries promo Sampler Ep) / 19:58 ADOLFO WAITZMAN La Corrida. Ess Mix (Erika, Lp) / FRANCISCO BURRULL Y SU ORQUESTA We love you (Sonoplay, Lp) / 25:06 INTERLUDIO II / 25:09 MARIA NEVADA Y LOS BRANDIS Life’s song (Boa, Ep) / 27:49 JOU COGRA GROUP Darkness (Barnafon, Ep) / 29:47 ORQUESTA MIRAMAR Sagitario (DMB, Ep) / 32:05 QUINTETO MONTELIRIO Ibérico Jazz (Calandria, Ep) / 37:40 CONJUNTO RAFAEL MARTINEZ Río grande (Spot, Ep) / 39:55 ALFONSO SANTISTEBAN Black & Blues (CAM, Lp) / ADOLFO WAITZMAN Danza del Sol (EDA, Single) / 43:59 VIGIL Persecucción (Siesta, Lp) / 46:42 RAMÓN GIL Mercurio (BOA, Ep) / EDDY GUERIN Y CLAUDIO VILLA Golden Soul (Lp) / 53:48 ORQUESTA MARAVELLA Jingo /56:38 LOS PEKENIKES Persépolis (Hispavox, Lp)

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¿Qué es la Música de librería? ¡Ay madre!, a ver como lo explico sin resultar presuntuoso o prolijo o, lo que es aún peor, todo ello a la vez. De un modo sucintamente explicado sería aquella música hecha por encargo, dedicada a servir de biblioteca sonora con la que ilustrar musicalmente a la industria audiovisual y cuyo marco temporal, por tratar fijarlo de algún modo, duraría, al menos en su esplendor, desde finales de los años cincuenta hasta bien entrados los setenta. Era entonces la audiovisual una industria cuya pujanza crecía exponencialmente y que contaba con más excepciones que reglas. Veamos alguna de sus peculiaridades.

  Se trataba de una música hecha para colorear imágenes y también, en menor medida, para atraer al público, aunque paradójicamente no dependía del éxito ante éste, sino que al estar supeditada a unas imágenes (bien fuesen para cine, televisión o publicidad) era un capitulo más del producto global. Era pues música subalterna, escrita por y para otra industria y sólo ante ella debía rendir cuentas. Tampoco eran bandas sonoras (aunque pudiesen serlo en ocasiones) propiamente dichas, sino una especie de música a la carta, algo que, en el fondo, tampoco se diferenciaba tanto de lo que se solía hacer cuando se componía para las estrellas del pop o las grandes producciones. Digamos que carecían -aunque solo a priori– de la vanidad autoral o de la voluntad de trascendencia artística. Debian ser partituras instantáneas y fotográficas. Música, por lo general, creada en -muchas veces literalmente- oficinas musicales. Lugares en los cuales se trabajaba a un ritmo trepidante, intentando colocar cuantas más partituras mejor. Era -debía ser- música ágil, conectada con los tiempos y por tanto con el peligro de adolecer en ocasiones de una cierta naturaleza caduca. Podía también ser apresurada y corría el riesgo de quedar pronto obsoleta. En cualquier caso, cuando se acertaba, se lograba un trabajo de síntesis musical de tan metronómica precisión como sorprendente vuelo artístico

 Por lo general solían ser variaciones de una misma melodía en forma de canción principal, hechas a partir de distintos arreglos, aceleraciones o ralentizaciones del tempo y las más diversas instrumentaciones, dependiendo su grandeza de la grandeza del autor y, sobre todo, de la inspiración de él en ese momento. Podían (los más líricos) incluir coros, voces e incluso susurros, siendo muy utilizado el llamado Scat (onomatopeyas vocales utilizadas como un instrumento más) que dotaba a la partitura de una ligereza andante y un punto pop internacional. Tenía la ventaja de no estar sujeta estilísticamente a reglas y modas pero también la maldición de depender de ellas. Era, en ocasiones, música contradictoria, pues así era su hábitat. Fue por todo ello un involuntario criadero de beats y grooves que han sido, desde los tiempos del hip hop, fuente de sampleo inagotable.

 Carecía de mala conciencia. Era territorio proclive al filibusterismo inherente a las editoriales y a la condición humana. Se podía, con mínimas variaciones (o incluso con la misma, idéntica música), colocarla en distintas películas. Sirva como ejemplo de ello mi estupefacción cuando descubrí que parte de la formidable música de Stelvio Cipriani para “Femina Ridens” (en concreto la elegante “Mary’s Theme”),  suena en “El asesino no está sólo”, aquella coproducción sobre un asesino de prostitutas, tarado y sádico a dolor, comme il faut,  que contaba con una jovencísima Teresa Rabal y con Lola Flores como su madre, improbable profesora de ballet. Asumían, muy a su pesar, la transferibilidad de sus partituras mientras que no le hacían ascos, al contrario, a vender un producto por un precio o un sueldo, dejando aparcada cualquier vocación de autoría. Era también un mundo de pillos, los seudónimos se sucedían, unas veces debido a motivos contractuales y otras por intentar vender dos veces la misma partitura.

 Era también un territorio prácticamente europeo (UK, Italia y Francia, principalmente) en cuanto a sellos y editoriales señeras, aunque receptivos a cualquier artista dispuesto a trabajar bajo sus reglas: Alfonso Santisteban, Antón Garcia Abrilo Adolfo Waitzman, por ejemplo, trabajarían para la CAM italiana (la cual llegaría a tener oficina en Barcelona y Madrid) en una época en el que las coproducciones cinematográficas europeas eran un filón muy atractivo al que hincarle el diente. Hacían, sin ningún tipo de recato o mala conciencia, de la necesidad virtud; Al no contar con los holgados presupuestos de la potentísima industria audiovisual norteamericana y sus grandes producciones, capaz de crear grandes bandas sonoras encargadas a los mejores músicos, con lujosas y bien pagadas orquestas, muchas veces tenían que cumplir con los encargos de manera rápida, ingeniosa y económica. Ello, por supuesto, no era óbice para mantener las aspiraciones de poder acceder algún día a esas grandes ligas, si uno estaba dispuesto a cambiar dinero y facilidades por libertad artística. 

 Servía de cantera y rodaje tanto como de sustento y de entrenamiento. Por una parte se aseguraban el cheque mensual y, aunque se ponía a su disposición limitados medios, también se contaba con pequeños estudios y horas libres en los que plasmar su música. Surgían complicidades, se tomaban los riesgos que se quisiesen y, al no haber otra presión que la autoimpuesta, los estandards mínimos quedaban claros desde el principio. Permitía, además, tomar ambos caminos (si se sabía navegar con inteligencia) y vivir decentemente mientras que se experimentaba sin cortapisas.

En oposición a la música americana hecha con los mismos propósitos era, si se quiere, menos cruda, más ligera y más volátil. Rezumaba una melancolía a la europea, de un romanticismo menos dulzón y más evocador, y, al haber menos filtros de control, contaba con un intransferible sentido del humor. La música de librería era como arcilla lista para ser modelada. Unos realizaban con dicho material piezas funcionariales mientras que otros dejaban la imaginación volar, introduciendo cualquier sonido nuevo que acabase de llegar a sus oídos, a la vez que convertían al estudio de grabación como un instrumento más. En ese sentido era innovadores, atrevidos y, los más duchos, capaces de integrar modernidad con vocación popular. No le hacían ascos a ningún estilo y muchas veces esa anarquía, bien sujetada luego en las salas de montaje de los estudios, daba lugar a acontecimientos supremos.

 En nuestro país, como con tantos otros estilos, la cosa era anárquica, falta de la más mínima estructura y territorio de espíritus libres. Pero era y fue, no dejen que les engañen. Los más sagaces, ya se ha dicho, viajaban y vendían sus servicios a editoriales foráneas. Pero la gran mayoría, autores de episodios propios del francotirador o del insensato, se dedicaban a subsistir. Por supuesto, todo, aún hoy en día, falto de un discurso y una sistematización en su estudio. Por supuesto también, la gran mayor parte inédita discográficamente y, en el mejor de los casos, editado de aquella manera, sin acreditar o de tapadilllo en sellos cuanto menos hoy olvidados, bien sin distribución o bien propiedad de multinacionales que dudo si quiera que sepan de la posesión de sus derechos fonográficos.

De muchas de esas aventuras ya se hablado en el Estudiodelsonidoesnob: Episodios como los de Beltrán Moner en Berta (subsello de Polygram) para los programas de motor de TVE, la gran mayoría de la obra de Asins Arbó, toda la música de Waldo de los Rios (un recorrido por la música concreta, la electrónica experimental y su devoción Wagneriana) para “Historias para no dormir”, Juan Luis Moraleda y sus trabajos en los estudios Carbonell,  Los Eps de Luis Araque con esas cortinillas cinematográficas llamados los Filmlets o los de José Solá para las películas noir de Julio Coll. 

Más. Los Lps en Marfer de Santisteban con sus músicas para series de Televisión española, las aventuras de Juan Carlos Calderón con Marisol, los Eps de regalo en complejos turísticos del maestro Torregrosa, Jaime Cristau y su orquesta Miramar con sus numerosos seudónímos (Charlton Flyes, Blas & His Group, Conjunto Jae’s Soul, Frank Miller…), Eddy Guerín y Claudio Villa, la gran mayoría de los discos de Calandría (recopilados en el formidable Iberico Jazz por Munster), Ramón Gil, El Conjunto de Rafael MartinezLa Orquesta Maravella…

 Todo un entramado, más alambicado que las trincheras de la primera guerra mundial, en el que se entrecruzan los más diversos personajes: Bandas militares cuasi desertoras, alopécicas Orquestinas dedicadas a entretener a los turistas, producciones cinematográficas de serie z, cejijuntos aspirantes a estrella pop, concursos televisivos y radiofónicos del más diverso pelaje, ortopédicos combos de pseudo soul y carpetovetónicos especímenes a medio camino del pasmo y la desvergüenza. 

No obstante no me resisto a reconocerles la grandeza de su pequeñez, la valentía -a menudo insensatez- con la que satisfacían sus necesidades y, sobre todas las cosas, la pulsión curiosa con la que acometieron sus quehaceres. ¿Qué si estoy enfermo? muy probablemente. Pero que me (nos) quiten lo bailado.

Discos, discos: Diggin’ a Pigalle

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Nunca, jamás, resultan los planes tal y como se preveén. Y piensa uno que es mejor así. Esa tal vez sea una de las reglas elementales con las que cualquiera qué, como sucede en mi caso, busca discos, debe apechugar más pronto que tarde. Otra que también es conveniente tener clara cuanto antes, acaso aún más importante, es tener presente que, en contra de lo habitualmente convenido, son los discos los que nos encuentran a nosotros y no nosotros a ellos.

Me explico. Ayer dediqué el día completo a tal menester. Por la mañana estuve en el zoco del Marché d’Aligre. Resultó ser tarea desalentadora, un dulce castigo la de ver un par de miles de discos de saldo, de esos de a euro la pieza, con la esperanza de cruzarte con algo sugerente y no encontrar nada. De allí pasé a un par de tiendas (en la Rue Trousseau , Rue Faidherbre y aledaños) con parecido éxito. Tras detenerme a tomar un pequeño refrigerio, decidí cambiar de caladero, tomar el metro e irme al 9ème, por la zona de Pigalle. Mi primera parada fue en una tienda de la que tenia referencias no muy fiables, Paris Vinyles se llama, en la Rue Gérando, casi al lado de la parada de metro de Anvers. No tenía mala pinta, al menos durante el primer medio minuto. En el segundo treinta y uno, cuando el tendero me preguntó que buscaba ya se me torció el morro, ¿Están tontos estos fenómenos o qué? Boniatos, busco boniatos, estuve a punto de contestarle. Jamás he entendido que te espeten, así de entrada, preguntas de ese calado. En mi ingenuidad pienso que una de las tareas del tendero, al igual que del comprador, es observar, estudiar -bien sea el campo de batalla o al pardillo, dependiendo del lugar que cada uno ocupe en la obra de teatro-  y esperar. De mala gana farfullé dos o tres lugares comunes, no del todo convencido y le dejé que se luciera, pues esa fue la impresión más benévola que su pregunta me causó. Una vez sucedido eso y ya con la mosca tras la oreja, realice dos de las acciones con las que suelo calibrar el temple del que está frente a mi. Por supuesto, todo ello mientras fotografiaba con la mirada, en la medida de mis posibilidades, cubetas y paredes. Tomé un disco de los que tenia expuestos en la pared. Con sumo cuidado, ejerciendo del modo más elegante mi postura de veterano esgrimista disquero: De manera firme y delicada a la vez, haciendo correr el disco por la guía muy suavemente -éso sí, sin rozarla, suspendido- y no arrancándolo de la pared, y esperé a su reacción: Si le hubiese escupido a la cara no creo que su mirada hubiese sido menos aviesa. Malo. Deje pasar un par de minutos e hice la segunda prueba: Le pedí precio por una copia original en Atlantic del “Rock and soul” de Solomon Burke. Cent cinquante euros me respondió, con todo su papo, sin mirarme siquiera a la cara. Jodido figura. Ya me marchaba cuando junto a él, en el mostrador (la tienda era pequeña y rectangular) observé que tenía dos cubetas con el letrero Nouvelle arrivées. Eran cubetas de la tienda, no se vayan ustedes a pensar. Quiero decir con ello que no estaban a sus pies o apartados, pendientes de clasificar, sino que como el resto de los demás discos estaban, aparentemente, a disposición del publico. Aún estaba haciendo el gesto de poner mis manos sobre ellos cuando me dijo que no, que no se podían ver. Obviamente ya no hice más preguntas, señoría.

Desalentado y hastiado, decidí emprender camino hacía Plus de Bruit. Hacía años que no me pasaba por allí y durante un instante me perdí. Quiero decir que no tomé la calle apropiada y dí con mis huesos en otra, paralela o perpendicular, no recuerdo bien. Casi me alegré. Me gusta ejercer de flaneur cuando tengo tiempo y el clima acompaña, y siempre puedes disfrutar  fachadas, lugares, gentes o incluso tiendas nuevas. ¿Tiendas nuevas? Joder, estoy enfermo.

Un poco más abajo, en la calle, junto a la puerta de una tienda de cachivaches, de esas tan propias del lugar, vi un par de cajas con discos. Mientras metódicamente los repasaba, advertí que en el interior parecía haber más. Entré y un tipo más o menos de mi edad, greñudo, con un cigarrillo apagado entre los labios, me dijo buenas tardes mientras agachado intentaba arreglar lo que parecía ser un amplificador. Frente a él había siete u ocho cubetas con discos. Les di un repaso, no había nada especial. Aún así cogí un Lonnie Liston Smith, un lp de M.B.T. Soul (el proyecto disco de Yan Tregger) y el Voodoo Party de James Last. Le pedí precios y resultaron ser sumamente atractivos. Mientras me acercaba adonde estaba Michel (así se llamaba, se presentó de inmediato) observé que en realidad la tienda tenía forma de L y que a su derecha todo el cubil estaba lleno de discos. Sólo con mirarlo -desorganizado, con cajas de singles desperdigadas, Lps por el suelo y uno disco de Bernard Estardy para Montparnasse2000 a la vistasupe que aquello iba a ser como mi casa, al menos esa tarde. Le pregunté si podía pasar y sonriendo me contestó que por supuesto, a la vez que me señalaba un plato en su interior con unos auriculares y me ofrecía poder escuchar aquello que quisiese. Joder, así SÍ. Empecé a mirar, cubeta a cubeta, estante a estante y me vino un ligero mareo. Cotizada librería: Tele-Music, MP2000, KPM, Bruton Music, Chapell… a unos precios en absoluto parisinos. Allí pasaba algo, no podía ser. El tipo era amable, simpático y no quería clavar especialmente. No, no podía ser parisino. Efectivamente, al rato, conversando, me dijo que la tienda estaba allí desde hacía menos de un año, que la había montado su pareja para vender sus cosas y que él, quien procedía del norte de Francia, donde durante veinte años había tenido su negocio, prácticamente acababa de aterrizar allí.

Ya habían pasado casi tres horas, cubeta va, cubeta viene, cuando me puso delante tres cajitas de singles. En un principio no me pareció nada especialmente espectacular. Y de aquello que tenía cierto interés (no quiero resultar vanidoso, se lo prometo) ya tenía uno ejemplares. Peeero, en la segunda caja aparecieron, seguidas, dos cositas que me turbaron; el single promo con la música de Michel Colombier para Safari y algo con lo que jamás en tu vida piensas que te vas a cruzar: el ep de Eddy Louis’s que llevaba Mazurka Cocadou, en Barclay, Mint, a estrenar. Una vez repasado todo procedimos a ajustar precios del total del lote. Un lote de impresión, los citados más discos de Janko Nilovic, Jerry Mengo, Jack Arel, Edu Lobo, Jean Claude Petit, Daniel J. White, Art Ensemble of Chicago, Keith Mansfield, Brian Bennett, Brigitte Fontaine, Lucifer & Co No pude quedar más contento.

Salí de allí silbando rumbo al metro. Encendí un cigarrillo nada más salir y constaté, una vez más, que son los discos los que nos encuentran a nosotros y no al contrario.

JANKO NILOVIC. El hombre de las mil caras.

 

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PLAYLIST

 

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… Estuve en el conservatorio pero pronto lo dejé. He aprendido más trabajando. Como Stravinsky o Bela Bartok. Rimsky Korsakov también fue autodidacta y sin embargo escribió algunos de los mejores libros sobre la teoria musical…

    Recién llegado a París en el verano de 1960 … con diecisiete años y veinte dólares en el bolsillo …  Janko Nilovic (Estambul, 1941, hijo de padre yugoeslavo de ascendencia montenegrina y de madre griega establecidos en Turquía) comienza a trabajar de camarero y limpiando edificios. Viene con una cierta formación musical  – es un competente pianista- y quiere triunfar en la ciudad de La Luz. A los tres meses consigue tocar meter la cabeza en un club de Montparnasase y ya nada será igual. Las actuaciones en pequeños clubs se suceden y adquiere destreza en el bajo y la guitarra mientras aprende contrapunto, armonía y composición musical a las ordenes de Julien Falk.  Comienza a componer a medias con George Delerue y gracias a él conoce a Christian Fechner (quién por aquel entonces tiene un gran éxito con Antoine y que es, junto a Jacques Wolfshon, uno de las dos cabezas artísticas del sello Vogue) quién le contrata, de aquella manera, para arreglar algunas canciones de su protegido. Allí traba relación con Michel Jonasz con quién formara sociedad artística hasta 1969, cuando lo dejará, cansado de ser el saco de todos los golpes si las cosas no han salido según lo esperado. Pasa entonces a Montparnasse 2000, un sello nuevo especializado en música de librería y archivos sonoros, que presta servicios musicales a la industria audiovisual (al cine, a la televisión y a la incipiente y cada vez más jugosa industria publicitaria) que está creciendo a pasos agigantados de la mano de los nuevos tiempos.

 

 Conviene aquí hacer un pequeño inciso e intentar señalar las peculiaridades, los pros y los contras de la llamada Música de Librería. Estamos ante una música que al no ser dependiente de un público y una audiencia en concreto, genérico, sino diseñada para la industria, se regía por otros parámetros. Igualmente sujeta a las modas pero enmarcada dentro de unas necesidades ilustrativas concretas. Es cierto que en la mayoría de las ocasiones, para aquel que tuviese tal ocupación como mera tarea de oficinista, rutinaria, estaba completamente supeditada a la citada industria. En el fondo tampoco se diferenciaba tanto de componer a la carta para las estrellas del pop, pero bajo esta especie de obligación de escribir música para la ilustración de imágenes latía en ocasiones otras aspiraciones artísticas, mejor o peor disimuladas, que de vez en cuando eran acometidas por espíritus libres propensos a la experimentación más absoluta. Era también un territorio prácticamente europeo, en UK, Italia y Francia principalmente, aunque receptivo a cualquier artista foráneo dispuesto a trabajar bajo sus reglas. Unas reglas en que muchas veces más era menos y viceversa, un momento en el que la carencia era en ocasiones regalo. Al no contar con los holgados presupuestos de la potentísima industria audiovisual norteamericana, capaz de crear grandes bandas sonoras encargadas a los mejores músicos, con lujosas y bien pagadas orquestas, muchas veces tenían que cumplir con los encargos de manera rápida, ingeniosa y económica, echando mano al fondo de armario y/o reconvirtiendo viejas galas en nuevos vestidos, adecuándolas a las nuevas necesidades sin por ello modificar su columna vertebral. Todos estas vicisitudes no eran óbice para mantener, en algunos casos impolutas, las aspiraciones de poder acceder algún día a las grandes ligas, siempre que uno estuviese dispuesto a cambiar dinero y facilidades por libertad artística. 

 En oposición a la música americana hecha con los mismos propósitos era, si se quiere, menos elaborados y rimbombante, más ligera y también más volátil. También adolecía de melancolía, en ve del romanticismo dulzón y muchas veces de apresuramiento y temporalidad. Al haber menos filtros de control, era habitual destellos de un intransferible sentido del humor. La música de librería era como arcilla lista para ser modelada. Unos realizaban con dicho material piezas funcionariales y otros dejaban la imaginación volar, introduciendo cualquier sonido nuevo que acabase de llegar a sus oídos, a la vez que convertían al estudio como un instrumento más. En ese sentido era innovadores, atrevidos y, los más duchos, capaces de integrar modernidad con vocación popular. No le hacían ascos a ningún estilo y muchas veces esa anarquía, bien sujetada luego en las salas de montaje de los estudios, daba lugar a acontecimientos supremos.

Asumían, muy a su pesar, la transferibilidad de sus partituras y la volatilidad de su obra. Vendían un producto por un precio o un sueldo y eran conscientes que la vocación de autoría debía quedar aparcada. Era también, cómo no, un mundo de pillos. Los seudónimos se sucedían, unas veces debido a  motivos contractuales y otras por intentar vender dos veces la misma partitura. 

 

  Volvamos con Janko Nilovic. Aislado del resto del mundo y sumido en su obsesión, crea, a partir de 1969,  su propio universo musical en los suburbios de París, un lugar en el que tan solo habitan él, su música, los instrumentos con los que darle forma y las ideas que bullen en su cabeza. Aseguran quienes trabajaron con él que pasaba más de doce horas diarias intentando dar forma a los sonidos de su mente, experimentando y probando hasta lograr dar con la piedra filosofal, como un alquimista en pos de la fórmula perfecta. Hiperactivo, su obra, publicada a su nombre pero también bajo incontables seudónimos (Alan Blackwell, Philippe Gray, Bill Mayer, Johnny Montevideo, Heinz Kube, Andy Loore, Emiliano Orti, Ennio Morandi y no sé cuantos más) es un recorrido casi inabarcable por todos los sonidos de finales del siglo pasado, siempre tamizados por su percepción musical; Del jazz a la música brasileña con paradas en el funk, el pop espacial, la música clásica, el folk balcánico, la música concreta, la psicodélica o la electrónica atiborrada de efectos de estudio. Se diría que cualquiera de sus experiencias vitales necesitaba, urgía ser pasada por el pentagrama. Afortunadamente, tras ser hasta hace unos cuantos años un secreto a voces, debido primero a la indiferencia o desconocimiento y posteriormente a las dificultades en adquirir sus discos (puestos de moda y en valor por los músicos y productores en busca de grooves y beats para samplear en sus discos), muchos de esos episodios de música de Librería son posible localizarlos gracias a reediciones y el trabajo de arqueólogos músicales empeñados en difundir su legad en Sellos como Montparnasse 2000, April Music, L’Illustration Musicale, Patchwork, Musique Pour L’image o Telemusic.

 

 

  Compositor soberbio y aún mejor arreglista, era capaz de tocar cualquier instrumento que tuviese entre manos, aunque su favorito fuese el piano. Fue un adelantado que revisó el pasado siempre intentando edificar el futuro; wah wah, sintetizadores, órganos, honky tonk piano, moog, efectos electrónicos, percusiones tribales, fuzz, phasing y echo, ordenadores analógicos… cualquier cachivache que pudiese sonar le hacía feliz. Tan necesaria como su clarividencia competitiva y pericia instrumental lo era el contar con los ejecutores más competentes y precisos que diesen vuelo a su obra. Para ello, toda una tropa de formidables músicos de estudio franceses; Los bateristas Pierre Alain Dahan y Andre Ceccareli,  los bajistas Toni Rubio y Guy Pedersen,  los teclistas Mat Camison y Jean Pierre Sabar, el guitarrista Claude Engel …  Estajanovistas de la música, igual trabajaban como músicos de estudio para cualquier estrella que daban carta de naturaleza a los proyectos de gente como Nilovic. Pioneros musicales, algunos de ellos habían salido escaldados de fallidas carreras dentro de la industria la música pop y necesitados de tres platos diarios y un lugar donde dormir se tiraron de cabeza a trabajar como ilustradores musicales. Talento y virtuosismo no les faltaba, aunque unos pusiesen todo su empeño en acrecentarlo y otros se bastasen y se sobrasen en cumplir el expediente. La vieja historia de siempre, en absoluto diferente a cualquier otro género menos estigmatizado, con la ventaja de que -casi todo- quedaba entre ellos. Músicos por lo general de formación clásica y capaces de tocar todo aquello que les propusiesen. Rodeado de la crema inquieta de la bohemia francesa surgida del jazz es impresionante en la obra de Nilovic la innumerable relación de talentos receptivos tanto a cualquier aventura experimental como conscientes de la necesidad más prosaica; Dave Sucky, Eric Framond, Jerry Mengo, Camile Sauvage, Bob Garcia, A. Fougeret, Aldo Ceccarelli, Pierre Dahan, Matt Camison, Jean Pierre Decerf, Daniel Faure o el mismísimo Bernard Estardy entre varias decenas.  

 

 
Irreprochable en sus variadísimos recursos, tan inventivo como ingenioso, se entretuvo elucubrando coartadas que diesen, al menos ante si mismo, cierta coherencia a una obra en su mayoría de encargo. Aunque podía reproducir casi cualquier sonido (unas veces Morricone, otras Schifrin, a veces Don Cherry y en otras la maquinaría groove del mejor soul o incluso la locomotora tropicalista) decidió tirar por la senda de la pasión. Humilde en sus planteamientos y siempre bien documentado, fue cabeza inquieta y curioso con las nuevas formas, a las que siempre procuró darles el sitio justo dentro de sus ensoñaciones sonoras. No solo comprendía sino que también entendía. Esencialmente un formalista, se preocupó de revestir sus composiciones  con instrumentos autóctonos que diesen visibilidad a la melodía. Dotaría de clase a proyectos como Les King set, Gerard Lenorman, Bobby Cannon, etc, protagonizó involuntariamente otros (ése alucinado viaje con Davy Jones & The Voodoo Funk Machine, su único proyecto -fallido, como no podría ser de otra manera- con una compañía grande) y lanzaría un puñado de singles a modo de capricho experimental (Spiritus M, Mao Mao, Pueblo verde, Power) en pos de un éxito esquivo. Una obra llena de meandros, casi inabarcable y que lejos de querer uno analizarla, algo para lo que realmente no me siento capacitado, simplemente me conformo en presentarles a modo de introducción o puerta de entrada a un mundo fascinante. 
 

…Mi inspiración viene de diversos lugares. Cuando me siento al piano, la composición ocurre muy deprisa.  Hay veces en que escribo diez o doce canciones en el mismo día. Por ejemplo, terminé el Lp “Super America”, la escritura y los arreglos, en un mismo día. ¡Hay veces en las que no puedo parar!…

 

 

…Escribí “Rhythmes contemporaines” para 45 músicos, los llamados Paris All Stars en 1970. Lo grabamos en 1972, dos de las canciones diréctamente en estéreo. Al principio iba a salir bajo el nombre de mi banda, Giant, pero MP2000 dijo que así nunca tendría éxito. Cambiaron la portada y lo publicaron como una versión de librería de Ritmos contemporáneos. Pese a todo dimos varios conciertos en clubs y music halls. El disco original es uno doble bajo el nombre de Giant…

 

 

…Me sorprende mucho que tanto tiempo después la gente aprecie mi música. ¿Por qué?… No lo sé. Notas, ideas, arreglos, aparecen de repente en mi cabeza y tengo que plasmarlos. Hay veces que ni necesito estar sentado al piano, solo en mi mesa…

 

 
Las declaraciones están extraídas de la entrevista realizada por Max Bell a Janko Nilovic en el blog Passion of the Weiss. 2014