Un single cada domingo (XV) … LOS HURACANES "Piensa en mi"

 

 
“Piensa en mi, como me has engañado, piensa en mi.
No es verdad que tu me has hecho daño, no es verdad, piensa en mi
Poco a poco, día tras día, yo estoy loco porque no eres mía.
No es verdad que tu me has hecho daño, no es verdad, piensa en mi”

 

Son ya cerca de tres años en esta bitácora, dando la tabarra con cosas que les podrán gustar más o menos y siento una irreparable vergüenza al advertir que todavía no he empleado ni un mísero párrafo en hablar del que probablemente sea el mejor grupo que ha habido en nuestro país. Además, el hacerlo ahora y hoy, en esta cómoda sección del single semanal -a veces, lo reconozco, tarea de aliño- en vez de dedicarles el merecido post, completo y detallado, algo que le haga mínimamente justicia a su desbordante talento, no hace más que abundar e incidir en el tipo de (mala) persona que debo ser. Tobillera y ventajista, diría un amigo muy querido. Desmadejada, vacilante y de escaso recorrido, puntualizo yo.
Hablar del árbol genealógico de Los Huracanes es hacerlo del embrión del rocanrol valenciano, de su centro neurálgico, de su piedra rosetta. Surgidos del cogollo, de los rescoldos de varios grupos históricos, Victor Ortiz, su inmenso cantante, provenía de Los Pantalones Azules, mientras que Pascual Olivas, guitarrista soberbio, talentoso e imaginativo, había estado en Los Milos y en Los Top Son. El grupo, en su formación digamos clásica lo completaban Julito Andreu a la batería, José Segura “Malayo” al bajo y un segundo -y soberbio- guitarrista, José “Pepito” Casquell. Fichan por Emi /Regal, donde publican, desde 1966 hasta 1968, ocho Eps que van de lo formidable a lo excelso. Además -algo bastante inusual para la época- un Lp en 1966, y, todavía más extraño, únicamente con repertorio propio. Un disco más que recomendable,  casi perfecto y muy cotizado hoy.
 
También harían versiones, por supuesto. Era la época de los descubrimientos y nadie en su sano juicio era inmune a tal festín; “For your love” de los Yardbirds, “Linda Lu” de Ray Sharpe, “Hold tight” de DDDM&T  o “Eve of destruction” de P. F. Sloan (popularizada por Barry McGuire) e incluso algún homenaje no acreditado como “Esta tarde a las siete” que es en realidad el “Mean woman blues” trasplantado a su Mediterráneo vital. Su repertorio, ya se ha dicho, era propio, de una variedad de estilos tan sorprendente (garage, beat, popsike, rocanrol, soul) como más sorprendente era todavía la pericia, el gusto, la finura y naturalidad con la que los ejercitaban. 
 

  Lo dicho. De todo y todo bien. Garage crudo con ribetes humorísticos en “El calcetín” -arrebatadora desde el mismo break inicial de batería que la abre, Julito Andreu marcando territorio, la clase a las baquetas hecha hombre- o llorón (“La canción del malayo” algo que hay que escuchar para creerlo, a años luz de cualquier cosa hecha aquí -incluso fuera- con la banda arrebatada, en estado de gracia; la guitarra de Pepito Casquell dibujando arabescos, creando sonidos que pensabamos aquí y entonces imposibles y Don Victor Ortiz ofreciéndonos un curso de como se debe cantar en tres elocuentes minutos. Un manual de como dar sitio y espacio a la canción, de servirla y no servirse, expresando todo un rango de sentimientos sin afectación ni doblez, con aspera convicción (La frase “Haz sólo así, Uoooououoouoo” dice más que muchas carreras literarias). 

Igual todo aquello que medios tiempos de regusto psych como “Otilia y Rafael”, lo más parecido a los Electric Prunes que por aquí se hizo; El inicio con los platillos, breves, acariciados, al que se le suma el etéreo lamento de la guitarra, pellizcada, sinuosa mientras Victor Ortiz nos narra la enigmática historia de la pareja, diríase propia de la literatura fantástica; Un espectral cuento que nunca he llegado a saber si es misiva de enamorado desesperado, dialogo entre dos amantes muertos hace ya mucho o ambas, muchas más cosas a la vez. Y pienso, cada vez que la escucho lo bien que hubiese encajado en la banda sonora de “La Llamada”, ese hermoso cuento espectral en el que Emilio Gutierrez Caba, inmerso en la negación de la muerte del ser amado, viaja hacia un lugar que es ninguna parte y que es también el amor sublimado. De nuevo los breaks de Julito Andreu, el redoble de batería in crescendo, ese aire a requiem de difuntos.  

 No puedo olvidarme de su personalísima aproximación al beat; “¿No piensas volver?, “Aún”, “Ocho días cayendo lluvia”… son canciones que rebosan clase, naturalidad. Canciones plenas de matices, de una rotundidad instrumental apabullante y precisa y que aquellos tuvieron la fortuna de disfrutarlo en directo en su momento nos lo recuerdan -y hacen bien- a cada momento que pueden. Qué decir de su recorrido por el así llamado popsike, eliminando el componente frívolo y artificial hasta llegar a trascenderlo, dotándolo de un carácter propio, triste pero no afectado, de una pureza acaso ingenua, tamizada siempre por un velo melancólico, quedo y evocador, riquísimo en matices; “Desde la prisión”, “En tinieblas”, “Nada soy sin ti”, “A la caida del sol”... O de su primeros coqueteos con el soul (“Carnaby street”) más tarde desarrollado, hasta cerca de la perfección, en su etapa Belter.

Y siempre, en cualquier de esos campos, una actitud vital optimista, muy abierta de mente y perfectamente empatizada con su habitat natural. Esa cosa llamada mediterránea que oscila entre la alegría de vivir y la falta de pretensiones. Una querencia irrenunciable por la melodia, una competencia instrumental de un calado sorprendente, una facilidad para componer y plasmar su espíritu, tan personal que se volvía referencial sin apenas pretenderlo. Es ahí donde estriba gran parte del valor de su obra; las multiples interpretaciones, la variedad de matices que eran capaces de sugerir, el impecable gusto y cariño por aquello que hacían.

 

En 1969 sucede un pequeño cisma -indoloro quiero pensar- en el grupo. Algo -supongo- debido a las peripecias vitales, a las elecciones voluntarias, antes que a cualquier mal entendido. Pascual Olivas los deja y decide encauzar su vida hacia su profesión, la medicina. El grupo, escopetado de la Emi, firma un nuevo contrato con Belter. En apariencia, de puertas afuera,  será algo similar a un descenso de categoría. Hay más movimientos. Abel Mena y Pepe Morato entran a formar parte de Los Huracanes. Procedía el primero de los estupendos Protones. Valencianos de Cullera, contaban éstos con dos Eps en Emi/Regal de vitaminado garage beat,  hoy muy buscados. Ocho únicas canciones sería su legado, pero que canciones. Seis de ellas propias – entre ellas la inolvidable “No te dejaré”, un tiro rotundo, ululante, puro nervio y actitud- y dos versiones; “Time is on my side” de los Rolling Stones y “Marmol, piedra, hierro”, una canción alemana popularizada por Drafi Deutscher y que ellos llevan a otra dimensión; Bajos retumbantes, breaks de batería y unas voces airadas, declamativas, con chulería innata, la de verdad. La chulería inconsciente y despreocupada de los veinte años.

 

 
Pero sigamos con Los Huracanes. Estamos en 1969 y decíamos que acaban de fichar por Belter. Publicarán allí seis sencillos y un Ep. Comienza los Huracanes soul. Las nuevas incorporaciones inoculan una fiebre incubada desde hace tiempo; Vientos que son vendavales, coros, bases rítmicas y el órgano desbocado… Sudor perlado, de sabor salado. Grasienta textura y profundo sabor, como un all i pebre, ligando todos los ingredientes del guiso por la inolvidable voz, como siempre, de Victor Ortiz; poderosa, amplia de registros, matizada y dúctil, ahora transmutada en la de un vigoroso soulman.
 
  Galas en la costa, veranos de cinco meses. Muslos tersos y ojos desorbitados. Fotogenia discutible reflejando cambios estéticos de imposible apariencia; melenas, perillas y patillas por cabezas cinceladas con raya a un lado. Cierto sobrepeso donde antes sobresalían los huesos. Multicolores chalecos de inspiración india por trajes negros de tres botones. Flecos, fulares y acampanados pantalones a rayas sustituyen a los pitillos con dobladillo. Guerreras y tacón cubano por botines made in Elche. Es el signo de los tiempos. “Todo nos sonrie”, “Algo por nada”. “Me haces mal”. La fiesta infinita. De nuevo -no podía ser de otro modo- y como siempre un sentido melódico irrenunciable, propio, donde la melancolia y el evocador ensueño, ahora disimulados entre dunas ardientes y salas de fiestas atestadas, brotará a poco que rasquemos. Su toque, el toque Huracanes, siempre latente. Entre giros inesperados, modernismo de postal y el inevitable paso del tiempo. La melodía, la melodía. 
 
 Vaya, al final parece que lo he hecho. He conseguido hablar mal que bien de tamaños titanes. Nada que se aproxime ni por asomo a lo que fueron, ni mucho menos que les haga una mínima justicia. Nada más que mero recuerdo del lamento y del gozo, pero -ténganlo por seguro- sincero y humilde homenaje. Y si volvemos a aquello de hacerles justicia, nada más relevante y apropiado que escucharlos. Verán que allí estaba todo.