Eso no lo manda nadie

Un breve apunte casi telegráfico:

Una vez situados, el extraño viaje cuyo punto de partida podría ser Bach y su Toccata y Fuga en D menor y el de llegada Josh Davis (A.k.a. DJ Shadow, Endtroducing… Mo’Wax, 1996) y su escueto e hipnótico Organ Donor.

Por el camino, paradas en Tears de Giorgio Moroder (Son of my father, Lp, Hansa, 1972) o, en su defecto, en el single -la misma sensación angustiosa, canción de nervioso suspense y lírico discurrir- tras su alias como Children of The Mission.

Pero sobre todas las cosas -no puedo evitarlo- Eso no lo manda nadie de Vainica Doble (Contracorriente, Gong/Movieplay, 1976) y el sitar de Gualberto.

Y como despedida dejo paso a lo insólito. Vainica Doble de nuevo, mezcladas por John Talabot (el músico catalán Oriol Riverola) y sus siete minutos de locurón.

La realidad casi siempre es más extraña que la ficción.

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FRANÇOISE HARDY If You Listen (En Anglais)

 

 

 

Listen

 

 

 

A finales de 1968, coincidiendo con las revueltas estudiantiles, Françoise Hardy se halla en medio de una encrucijada vital. Mientras que los adoquines vuelan por el aire, la hermosa fantasía de los sesenta se halla en evidente estado de descomposición y su trono ye-ye parece un completo anacronismo. Pero a ella, con una especie de Bartleby dubitativo como código genético, todo parece darle igual. Ausente cualquier conciencia política y sin ningún interés en los acontecimientos, marcha a Córcega junto Jacques Dutronc huyendo del vendaval. Además su relación con Vogue, su sello de siempre, es cada vez más complicada y tras una actuación en el Hotel Savoy de Londres decide anunciar su retirada momentánea de la vida pública.

 

Pasarán casi dos años hasta que firma con Disques Sonopresse, un pequeño sello creado unos años antes por Gérard Tournier y la editorial Hachette y es entonces cuando decide comenzar a trabajar en un nuevo disco. Ese disco, como casi todos los suyos de título homónimo y que por tanto tiende a la confusión a la hora de identificarlos, será popularmente conocido como Soleil (1970). Disco que, junto al que le seguirá al año siguiente, el soberbio La question (1971) son, en opinión de quién esto escribe, dos de su cimas artísticas incontestables.

 

 

Pero vayamos a sus alrededores, el tema que hoy nos ocupa. Alrededor de esas dos cumbres mencionadas más arriba -antes y también después- aparecen una serie de discos anárquicos, editados en distintos mercados y con distintas portadas que convierten su obra en inglés en un verdadero galimatías. Discos aparentemente menores pero de un fuste que se acrecienta conforme pasa el tiempo y que serán una especie de cristal velado que servirá de marco perfecto en los tiempos de duda. Coincidiendo con su mutis por el foro, ese mismo año Vogue decide publicar En Anglais (en los Estados Unidos y en Canada se publicará con el título de Loving), un disco de versiones, entre otras, de Tim Hardin, Nirvana, Phil Ochs, Buddy Holly, The Shirelles o The Kinks que retoma la senda iniciada por In English, su disco de 1966. Aunque bien es cierto que en este último la mayoría de las canciones eran versiones propias adaptadas al inglés. Un año después, la división inglesa de United Artists edita solo para el mercado anglosajón One-nine-seven-zero, un disco aún más suculento que cuenta con la ayuda de Tommy Brown y Micky Jones (a quienes conoce de haber trabajado con Sylvie Vartan y más tarde con Johnny Hallyday) quienes le regalan tres joyas que llevan por título Strange Shadows, Magic Horse y Song of Winter. Cuenta con la ayuda en los arreglos de John Cameron, más un par de canciones escritas por Tony Macaulay y Scott English, además de I Just Want To Be Alone, la versión en inglés de su clásico J’ai coupé le téléphone.

 

 

 Un tercer disco ingles completará la terna. Para mi gusto el más redondo, el que tomará cuerpo como obra unitaria, conjunta y no se conforma, no sé si involuntariamente,  con ser una serie de deliciosos esbozos. Titulado, como no, Françoise Hardy (Love Songs en la edición japonesa, que es la que tengo) se publica en 1972. Por esas fechas los productores Tony Cox y Joe Boyd visitan a Françoise Hardy con la intención de que grabe alguna canción de un joven protegido suyo, un tal Nick Drake. Se conocen, congenian y Françoise acude a los Sound Techniques Studios de Londres donde grabará diez canciones, curiosamente ninguna con la firma de Drake. Boyd recluta a varios de sus músicos de confianza (Gerry Conway y Pat Donaldson, miembros de Fotheringray y a Dave Mattacks y Richard Thompson de la Fairport Convention). El repertorio elegido me parece hoy casi perfecto, delicado e íntimo, de una belleza a punto de romper y que sin embargo permanece incólume y resplandeciente: Dos nuevas canciones de Micky Jones y Tommy Brown (Bown, Bown,Bown y la celestial If You Listen), dos más de Beverly Martin (Ocean y Can’t get the one i want) y otras dos de Buffy Saint Marie (Until it’s Time For You To Go y Take My Hand For A While) junto a I Think It’s Gonna Rain Today de Randy Newman, Til The Mornin’ Comes de Neil Young,  Sometimes de Alan Taylor (una obra de perfecta orfebrería) y The Garden Of Jane Dellawnay de TreeDos canciones más completarán el disco; La sobrenatural Let My Name Be Sorrow, compuesta por Bernard Estardy y la única en francés y firmada por la Hardy, Brûlure.

 

 

Escuchado hoy If You Listen (Kundalini, 1972), como también es conocido, resulta una pequeña joya oculta del Folk-Rock de principios de los años setenta. Atmosférico, de producción ligera y orgánica, sorprende lo bien que casa su sonido etéreo con la susurrante y escasa voz de Françoise Hardy, trasladándonos sin ninguna dificultad a un lugar donde parece reinar una sensación de pureza y naturalidad, una calidez que traspasa el tiempo. Comercialmente sería un absoluto fracaso, cerrando para siempre cualquier posible veleidad  de la Hardy con el Folk-Rock y en otro idioma que no fuese el francés.

 

GUY SKORNIK El Chansonnier psicodélico

Aunque debutase en solitario en 1967, contando tan solo diecinueve años, con un par de Eps muy curiosos en Chez Polydor bajo la dirección musical de Richard Bennett (y que pueden escuchar abajo del todo) Guy Skornik pronto pasaría a ser miembro, junto a François Wertheimer y William Sheller, del colectivo Popera Cosmic, con quienes publicaría en 1969 el cotizadísimo álbum Les Esclaves, una extrañísima obra pionera que mezclaba psicodelia, jazz y chanson con motivos hindúes (sitares, tablas y tambura), repleto de referencias lisérgicas y astrales que hoy parece el entrenamiento necesario a lo que estaba por llegar.

    Un año después irrumpe con un disco en solitario e inclasificable titulado Pour Pauwels. Envuelto por una estupenda portada asistimos a un disco río, mitad chanson mefistotélica, mitad psicodelia espiritual, inspirado en un personaje tan extraño como Louis Pauwels, quien aunque terminase sus días en Le Figaro como representante cultural de la derecha francesa, lanzando violentas invectivas contra las protestas estudiantiles de 1986, había comenzado siendo una especie de faro de la contracultura francesa en los años sesenta (incluso Gainsbourg lo citaría en la letra de su Initials B.B.), apologista e introductor en Francia de la obra del místico espiritualista, escritor ocultista y músico armenio George Ivánovitch Gurdjieff.  

  Su libro Le Matin des Magiciens, introduction au realisme fantastique (firmado a medias por Pauwels con Jacques Bergier y editado por Gallimard en 1962) sacudiría los cimientos de la cultura francesa más subterránea y sería la base de un movimiento contracultural que combinaba el interés por temas tan aparentemente distantes (y un tanto magufos si me lo permiten) como lo eran las sociedades secretas, las raíces ocultas del nazismo, la parapsicología, civilizaciones perdidas, la telepatía, el ocultismo y cualquier cosa que se les ocurriese para volver del revés la moral cartesiana de la burguesía francesa. No menos sorprendente y provocador sería Jacques Bergier, su mucho menos conocido co-autor. Casi un personaje fantástico, Bergier era ingeniero químico, alquimista y, claro, escritor a la vez que se declaraba espía. Personaje complejo, decía hablar catorce idiomas, estaba fascinado por las ciencias ocultas y la ciencia ficción y era firme creyente de los poderes omnipotentes de la mente junto a la existencia de los extraterrestres y de la influencia de estos en la aparición y extinción de diversas civilizaciones perdidas. Ademas era un apasionado de los comics de superheroes y decía que su falta de ego era debida a sus orígenes marcianos ¿Demasiadas drogas? Yo apostaría a que sí. Es más, en cantidades industriales.

  

   Entre 1961 y 1971 Pauwels y Bergier publicarían la revista bimensual Planète, desarrollando en ella temas ya incluidos en su Le Matin des Magiciens. Su lema sería Nada extraño no es ajeno y hasta su fusion con Actuel en 1968, sería la única revista francesa que trataría temas tales como el Hippismo, las comunas del amor, el Vudú, H.P. Lovecraft, la ciencia ficción, las drogas alucinógenas, las ciencias ocultas o Aleister Crowley, entre otros muchos. A la par que Planète, Pauwels, esta vez en solitario, editaría también Plexus, publicación hermana centrada en el erotismo, la liberación sexual y la contracultura en general y donde tendrían parte importante los dibujantes Topor y Tito Topin. 

Con estos mimbres resulta raro situar exactamente a Guy Skornik. Es cierto que durante los primeros años de la década de los setenta se publican en Francia una serie de discos de ambiciosa psicodelia progresiva, con temática más o menos extravagante. Unos más explícitamente experimentales (La mort D’Orion de Gérard Manset, L’enfant assassin des mouches de Jean Claude VannierHathor de Igor Wakévitch o Lux Aeterna de William Sheller) y otros decorados por un sustrato más pop -y exitoso- como Histoire de Melody Nelson de Gainsbourg o Polnareff’s de Michel Polnareff. 

Interesado desde joven por lo oculto y lo esotérico, explorador místico, psiconauta y talentoso músico, formado como pianista en el conservatorio de París, Skornik, acompañado por la orquesta de Ivan Jullien y con el apoyo del director de EMI/Pathé  Pierre Burgoin da a luz a Pour Pauwels. En aquella época EMI lo estaba rompiendo en Francia con los discos del joven Julien Clerc, estrella de la versión francesa del exitoso Hair y Bourgoin, que también era su manager, gustaba experimentar con jóvenes talentos más, digamos, arriesgados. Discos conceptuales, temáticos y cuanto más extraños mejor, grabados -loado sea- con los medios suficientes, tanto en tiempo como músicos; Semanas en un estudio, sin límites, con una orquesta, con cuerdas, vientos y metales, piano de cola, clavicordio y cualquier otro instrumento que les apeteciese. 

 Pasado el tiempo y con él las modas y las extravagancias consustanciales a la época, lo que permanece hoy, al menos en quién escribe esto, es su aire melancólico, extrañamente atónito, de una atormentada belleza más próxima a la chanson eléctrica que a los disparates propios de la juventud impresionable. Coros evocadores, desoladora belleza subterránea y el irrefrenable deseo de tener una voz, algo que logra en algunas ocasiones y que aún hoy extraña en alguien tan joven.

Ah, por cierto, casi se me olvidaba. Un par de ejemplos de los primeros pinitos de Guy Skornik de los que les hablaba más arriba. Escuchados ahora, algo ya se intuía, vaya que sí.

ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog (Adarce Records, 2018)

 

 

ALFONSO SANTISTEBAN Spanish Moog 

Pocas cosas se me ocurren más españolas que la obra de Alfonso Carlos Santisteban, tanto para lo bueno como para lo malo. Personaje y escenario siempre de la mano, muchas veces de manera tan casual como inevitable, en él colisionaban, en una extrañamente controlada implosión, la imaginación y la rutina, el talento y la necesidad, lo genial y la mundanidad más prosaica.

 

Si algo se le puede achacar a Santisteban–de hecho uno cree que sería su impronta y también su tara- fue el vivir, el respirar música. Acaso fuese lo único –militancia bon vivant aparte- que realmente le importase. Estajanovista indesmayable para con la canción española, le daba igual que fuese copla, rumba, pop o Soul y que fuese esta para Bambino, La Polaca, Mara Lasso, Calibre 38, Ellas o Mila. Sincero devoto del jazz y seducido de inmediato por la bossa (su cotizado “Bossa’68” para el sello Sintonía recoge su única incursión vocal, “Cariñosamente”) y su inmersión total en la música cinematográfica, en toda su obra, repleta tanto de las inevitables costuras como de momentos de genialidad, se le puede achacar dejadez y una sensación de logro inacabado, sí, pero del mismo modo resulta evidente su panorámica y osada visión musical, a veces tan temeraria como certera. Una insistencia diríase involuntaria en la plasmación del momento y de su tiempo que, paradójicamente, varias décadas después sea acaso lo que lo conceda la perdurabilidad.

 

Spanish Moog, el disco que tiene Adarce Records el placer de presentarles, es uno de los extraños y casi invisibles hitos musicales que nuestro hombre plasmaría en Italia. Santisteban había debutado en España, en la música para el cine, de la mano de Manuel Summers en 1968 con “¿Por qué te engaña tu marido?. A partir de ahí, como en él era norma, inmersión total, a saco, por necesidad tanto económica como vital. Aparte de algunos descabalgados singles, dos Lps en el sello Marfer publicados en 1973 y otro de 1976 en el sello Discophon recogen una pequeña parte de su ingente obra cinematográfica; “Separación matrimonial”, “Enseñar a un sinvergüenza”, “El padrino y sus ahijadas”, “El asesino esta entre los trece”, etecé, etecé.

 

Tal y como cuenta en su autobiografía (Alfonso Santisteban, “El mundo del espectáculo y la madre que lo parió”. Ediciones Foca, 2004), en 1973, por medio del director José Antonio de La Loma, conoce a dos de los jefes de la editorial italiana de bandas sonoras más importantes de Italia, Giuseppe Campi y Giuseppe Giachi. Tienen la intención de montar una delegación de C.A.M. (Creazione Artistiche Musicale) en Madrid para poder meter la cabeza en el mundo editorial español. Hay que recordar que estamos en la época más pujante de las coproducciones cinematográficas. Como gancho deciden contratar a dos compositores españoles; nuestro hombre y Waldo de Los ríos.

 

La decepción y la frustración llegaría pronto. Aparte de innumerables bandas sonoras para películas menores o directamente cochambrosas (“… Solo nos daban las películas de serie B, eróticas o comedias de segunda fila. La parte del león se la llevaban los músicos de prestigio internacional que también pertenecían a la editorial; Michel Legrand, Ennio Morricone, Stelvio Cipriani …”) Santisteban publicaría hasta 1975 cinco discos de Librería para C.A.M.; Ambiente e Folklore, Rinascimenti, Night Club, Situazione per Orchestra y este Spanish Moog.

 

Conviene aquí recordar lo que era la música de Librería; Literalmente no otra cosa que una biblioteca musical, un catalogo de fragmentos y piezas musicales ofrecidos a la carta para la posterior venta a producciones cinematográficas, tanto italianas como coproducciones. Unas veces compuestos ex profeso y en otras recopilaciones de piezas antiguas que los editores enmascaraban como nuevas para obtener réditos en forma de derechos. Spanish Moog es ejemplo sintomático de esto. Cinco de las canciones incluidas (Jugando al toro, Nuestro Ayer, Gitanos, Torremolinos Soul y Todo ha sido un sueño) fueron grabadas originalmente por Santisteban y Rafael Ferro en el disco Flamenco Pop (Sintonia, 1969) y tres más (Zorongo, Nuestro ayer y Tierra mojada) iban originalmente en “Sabor a fresa” (Belter, 1971) de La Nueva Banda de Santisteban. Todo un galimatías en el que nuestro hombre tendría mucho que ver.

 

Más allá de ese presunto filibusterismo editorial (y autoral, o no, vayan ustedes a saber, aún recuerdo la jugada del Bum Bum , pieza instrumental incluida en el citado Flamenco pop, primero en gloriosa versión de Chacho y más tarde, cambiado el título, ofrecida como “Llovió “por el trio Ellas) lo que queda finalmente es una gloriosa bacanal de grooves y beats; Un Moog omnipresente, Wah wah y Soul cañí de la mano en “Torremolinos soul”. Melancolía ensoñadora, fuzz y aires fronterizos en “Tierra mojada”, Impecables Beats morunos en la rotunda “Zorongo” (que luego reinventaría El Noi) , Funk y Folklore cosidos en “Noche en Marbella”, puro Blaixploitation espacial en “Tute de Reyes”…

 

Genio anárquico, vituperado o, peor aún, ninguneado, con Alfonso Carlos Santisteban, como sucede con otros pioneros y aventureros en este nuestro país, ocurre que la búsqueda de un lugar, sin más armas que su talento y temeridad, chocaría indefectiblemente con su ubicación en un tiempo que tenía perdido de antemano su lugar en los los anales de la historia. No se me ocurre mejor resumen de lo que fue su obra y su persona que la cita con la que eligió abrir su autobiografía;

 

… Hablo con la autoridad que me otorga el fracaso …

 *Spanish Moog by Alfonso Santisteban, Lp & Cd, is out on 18th February on Adarce Records

The Sexadelic Disco Funk Sound of Susana Estrada (Espacial Discos, 2017)

 

 

SUSANA ESTRADA Ética y estética

 Existe una noción en la música de estatus social, bastante extendida, que a uno se le antoja imposible de negar. Por un lado se escucha y se disfruta –ayer, hoy, me temo que siempre- la música que uno ama realmente, muchas veces sin saber bien por qué, a veces incluso a hurtadillas. Por otro, es incontestable que existen discos a los que parece que se tiene que tener la obligación de amar. Digamos, siendo benévolos, que ambos casos nos suceden impelidos por una época y un momento que nos conducen a ello casi inconscientemente. En definitiva, la música, los discos en concreto, son, muchas veces, un marcador social para bien y para mal, tanto en el presente, cuando esta sucede, como en el futuro, cuando aparece para cobrar sus deudas. Incluso hay veces, las menos, en que hay discos que son verdaderos ovnis, objetos volantes no identificados tanto en el momento en que surgen como en su posterior devenir. Ejercicios a primera vista confusos e indescifrables, cuando no inclasificables o directamente despreciados y que, con el transcurso del tiempo suelen mutar a otra cosa a veces sorprendente. Puede ser ello debido a muchas cosas; Bien sea por su extravagancia, por la mera casualidad o simplemente por residir algo en ellos que no apreciamos –que no se puede apreciar realmente- a primera vista, pues necesitan de una cierta distancia para madurar o pudrirse.

 

Es 1976 cuando Susana Estrada ( née Ángela Pereda Estrada) irrumpe en el mundo de la farándula. Por aquel entonces se estaba gestando -de hecho se hallaba a punto de llegar a la cima de su apogeo- la hoy tan denostada Transición. Sería -sin entrar a valorar sus bondades o defectos- un terremoto vital y cultural que cambiaría la manera de entender la vida en este país. Un terremoto que acontecería, cómo no, a la manera española, esa que surge con tan escasa estrategia como repleta de voluntad. Un asunto sustentado en la política de tierra quemada tan nuestra, aquella que no toma prisioneros y llevada a cabo de una manera vehemente, irracional, prosaica, arrebatada y a la contra, incluso contra sí mismos. Daba la impresión que todas aquellas cabezas que en su momento no se pudieron cortar iban a tener abierta la veda a partir de ese momento, algo, por otra parte, de lo más normal. Sin embargo, producto de un milagro difícil de explicar incluso a día de hoy, se dieron un tiempo de tregua y decidieron convivir, sino ignorándose (algo del todo imposible por parte de según quién) sí mirándose desde lejos. Movimientos sociales y artísticos que se habían dado en el resto de países occidentales a lo largo de una década o más (La Liberación sexual, el auge del sonido disco, la explosión punk) se dieron aquí en nuestro país en un periodo que no excedería los tres o cuatro años. Unámosle la implosión de la famosa Movida madrileña y tendremos un cóctel en principio bastante interesante. Todo ello enmarcado dentro de un aquelarre histórico que aunaría la instauración de la democracia, la irrupción de los partidos políticos (PCE incluido), un golpismo soterrado y latente por parte de los nostálgicos del régimen extinto y un terrorismo cada vez más presente. Que con todo este caldo de cultivo surgiesen cosas como la que nos ocupan es asunto que todavía no logro entender. Piensa uno que seria merecedor de un largo ensayo a cargo de alguien con más luces que quién suscribe, pero diríase, por resumir, que pilló a contrapié a los integristas de ambos lados, más dedicados al logro de conseguir grandes e inalcanzables metas que en vivir el momento. Eso que nos encontramos.

 

Susana Estrada nació en Gijón el 18 de junio de 1949. Madre, por partida doble, y separada antes de la mayoría de edad, siempre mostró ciertas inquietudes artísticas. Asegura que contaba con formación de Bibliotecaria y que ello lo atestigua su trabajo en el Ateneo Jovellanos de Gijón. Pronto comienza a sumergirse en pequeños trabajos como modelo publicitaria para empresas textiles locales; Posters de mostrador, catálogos, patronaje. Según cuenta “…En aquella época para poder ser modelo o actriz se necesitaba demostrar una experiencia previa de un año. A mi me vinieron muy bien esos trabajos, me sirvieron como referencia para poder meter la cabeza en Madrid. Llegué allí con mi curriculum, me presenté en La Escuela de Modelos, que estaba en El Palacio de la Prensa, entre Gran Vía y Callao, e inmediatamente me acreditaron con un carné profesional que me permitía trabajar…. Por aquel entonces , asevera, aspiraba en convertirse en modelo de alta costura, pero su escasa estatura seria óbice insalvable. …Pese a ponerme tacones de quince centímetros yo medía lo que medía. De hecho los tacones recuerdo que solo me servirían para poner palote a Luis García Berlanga en un avión. Cuando me vio sobre ellos, entrando en la cabina, no pudo resistirse y me ofreció sentarme en su regazo. Era un fetichista redomado. Llegué a hacer pret-a porter, eso sí. Recuerdo una campaña para unos grandes almacenes. Yo iba por ahí con un book maravilloso, en el que había fotos de todos los estilos que pudiesen solicitar los clientes; Chica sofisticada, Ama de casa, Hippie, Oficinista… Trabajé mucho para agencias americanas y alemanas. Ganabas como cuatro o cinco veces más que con las agencias españolas, y eso se debía a que se ahorraban los derechos. Te explico; aquí , al no pagarse derechos a las modelos, el coste era meramente el caché profesional mientras que las modelos extranjeras tenían unos royalties de dos o tres años si no recuerdo mal. Así que pese a pagar bastante más, al final a ellos les le salía mucho más barato. Por mi aspecto físico – rubia, de piel blanca, ojos verdes- daba el tipo que pedían. Hice campañas para Mini Leyland, Lea, etecé. También fotografías para portadas de discos (En España, el single de Rocky McCabe para GMA, que uno recuerde ahora mismo). Hacia una pareja estupenda junto a un francés guapísimo que se llamaba Jean Claude, no recuerdo su apellido…

 

De ahí al cine. Aunque se cita “Lo verde empieza en los Pirineos” (Vicente Escrivá, 1973) como su debut cinematográfico, Susana recuerda haberlo hecho en un breve papel en “El Zorro de Monterrey” (José Luis Merino, 1971) “…Hacía un papelito casi sin diálogo, la hija del dueño de la tienda del pueblo. Se rodó en La Casa de Campo, en el Pabellón de Toledo, que daba el pego como pueblo mexicano, casitas bajas, todo de blanco…”

 

Pese a todo el cine no la trataría con la justicia que piensa que merecía “…Hice más películas; La Trastienda, de Jorge Grau, La Noche de las gaviotas, de Armando D’Ossorio, Pepito Piscinas con Fernando Esteso, El Maravilloso mundo del sexo de Mariano García … pero para hacer cine, al menos entonces, tenías que pagar unos peajes a los que no estaba dispuesta. Es cierto que en un principio me atraía. Pasar de trabajar en publicidad, donde todo es inmediato, donde tu trabajo tiene que servir para vender un producto en un instante, a algo más, digamos, presuntamente duradero, era un reto para mí…”

 

Pronto comienza la etapa que la llevaría a la fama, la de los espectáculos erótico musicales, eufemismo un tanto retórico. En 1976 estrena “Historias de Strip-Tease”, una obra con tan malas críticas (“El timo de la Starlette”, Moncho Alpuente, El Pais, 14/8/1976) como éxito de público . “…Estuvimos un año en cartel. Estrenamos en el VideoSet anfiteatro, un complejo que contaba con restaurante, discoteca, sala de fiestas y teatro, sito en Princesa, en la Plaza de los Cubos. El propietario era José María Civit. Fue el primer desnudo integral en una escenario hecho en España…”. Ya está junto a ella Carlos de las Heras, a quien conoce de Gijón, el cual ejerce de manager y hombre para todo. Su relación será extensa y no acabará muy bien. “…Cuando grabé “Amor y Libertad”, los textos, que hicimos a medias en el hotel, mientras representábamos “Muñecas” en Barcelona, los registró en autores como suyos. Jamás vi un duro por ese disco. Tampoco por otras muchas cosas…”. Pero volvamos atrás. “…El éxito fue tal que me convertí en toda una estrella. Lo que más recuerdo era los rostros del publico. De hombres y de mujeres. Había una mezcla de lascivia y de estupor con la que no sabías bien a que atenerte. Unos te deseaban y otras te odiaban. Daba la impresión de que aquello no iba a durar, de que la gente no quería dejarlo pasar. Podías hacer casi cualquier cosa, recuerdo que en Muñecas había un numero en el que practicaba sexo con un robot y al público le fascinaba, pensaba que era todo real. La verdad es que la gente era bastante ingenua…

 

Ese sería uno de los números por los que hoy es recordada. Ella y un peculiar trasunto de robot dispuesto a satisfacerla (en realidad un tipo enfundado en un disfraz extrañísimo, algo así como la combinación de un Bibendum post-nuclear, un ninot fallero diseñado por un alumno de pre-escolar y un robot de serie Z fabricado en un rato por un par de dipsómanos entripados) reproduciendo las posturas de un Kamasutra interespacial, poco antes de que al pobre hombre sufriese una distensión de ligamentos, una torsión lumbar o un ataque de ciática. Pero lo que verdaderamente es inolvidable hoy, más allá de tal cima artística, era lo que sonaba, la formidable Espacial, de la que hablaremos más tarde.

 

Es ya tal su fama que cuenta con un consultorio sexológico en la revista Play-Lady asunto que le causaría muchos problemas. “…Recibía más de 7.000 cartas a la semana. No sabes lo que se percibía a través de ellas, la incultura y el atraso en materia de libertad y educación sexual que de ellas se desprendía; Desde hombres atemorizados por si su masturbación reiterada afectaría a su fertilidad, hasta mujeres preguntando que demonios era un orgasmo. Mis respuestas, de lo más sencillas por otra parte, escandalizaron tanto que, aunque hoy suene a broma, llegué a ser juzgada por escándalo publico y condenada a una multa económica, retirada del pasaporte y perdida del derecho a voto durante diez años…”

 

En 1978 aparece su primer single “Yo me voy de tu vida / Niño”, publicado por el sello EMI. Ambas vienen firmadas por Alejandro Jaén , quien por entonces ha producido y compuesto numerosas canciones, entre ellas la sintonía del programa de Televisión 625 Lineas, bajo el pseudónimo de Atomium y con el título de “Atrapado”. “Yo me voy de tu vida”, con arreglos y dirección musical de Manuel Gas, es musicalmente un pepinazo de Munich Sound a la estela de Pete Bellote. “…La verdad es que no recuerdo el momento de su grabación. Si me acuerdo de Manuel, con quien colaboré y mantuve amistad. Se encargó a partir de entonces de las músicas de mis espectáculos, al igual que Giorgio Aresu de las coreografías. Yo me rodeaba de lo mejor…. Mientras continua la saga de espectáculos exitosos, con una deriva cada vez más procaz (Machos, Machos II, Muñecas, Mi chico Favorito) un segundo single se publica dos años más tarde, ya en el sello Belter, “Acariciame / Machos”. La primera, un medio tiempo de insinuante Cosmic disco, es lejanamente similar a los experimentos más lascivos del Gainsbourg discotequero (Sea, Sex and Sun, Goodbye Emmanuelle,), cuya voz recuerda a veces, por escasa y gimoteante, a la de Jane Birkin. En la Cara B ya se atisba al genio en los controles, Pepe Llobell, “Machos” (la canción) es una futurista proclamación del hombre objeto entre desacomplejado y rotundo sonido disco.

 

Porque ya va siendo hora de hablar de “Amor y Libertad” (Sauce, 1981), su único y formidable Lp. Un disco hecho deprisa y corriendo, compuesto, arreglado y producido en su totalidad por Josep Llobell (con la ayuda de Joan Surribas a los controles). Grabado en Barcelona, en los estudios Belter sitos en La Plaza Ibiza, es este uno de los discos capitales del sonido disco europeo. Curiosamente hecho en nuestro país, en tiempo y forma y, lo que es más curioso aún, absolutamente minusvalorado por la crítica autóctona, no entonces, algo en cierto modo natural, sino incluso a día de hoy.

 

Al habla con Josep Llobell, un señor de una amabilidad y memoria prodigiosa;              “…Recuerdo que el grupo que grabó el disco eran unos tales Atlanta. Tocaban mucho en las salas de Barcelona por aquella época y hacían un sonido disco funk muy competente. Grabamos el disco en poco tiempo, yo tenía los temas bastante claros. Cuando los terminábamos se los pasábamos a Susana y a su manager, Carlos de las Heras, y estos le ponían letras. Luego grababan las voces en el estudio, sobre las bases finalizadas…”. Atlanta, efectivamente, fue un grupo funk que derivaría al Italo disco y que tuvo cierta repercusión por componer la sintonía de la segunda etapa del programa televisivo Tocata. Grabarían varios discos (algunos hoy bastante cotizados) y estaban formados por Adolf Rodrigo (guitarra), Alex Soler (Bajo), Sergio Soler (Batería), el italiano Maurizio “Tullio”Tonelli, teclados y Esther Munt (hermana de la actriz Silvia Munt) como teclados y voz femenina. También lo conformaba (aunque Llobell no recuerda que interviniese en el disco) Frank de la Torre como cantante, con un look asombroso e inenarrable que entronca con la línea estética Brian Eno/Heleno/Christian Le Bartz/Sal Solo.

 

El disco, ya se ha dicho, musicalmente es todo un portento. Pero incluso en sus textos, desactivado hoy su mcguffin, su carga provocadora, se adivina la captura del angst del momento, algo que trasciende la mera apología sexual con la que epataría en la época; “Ven”, repleto de guitarras distorsionadas y handclapping parece insólito Glam disco bajo la etiqueta de Frank Farian. “¡Quítate el sostén!” enmarcado entre su robótica base de ritmos y melódicos teclados (claro antecedente del “Romantic Break” de Atlanta, sintonía de Tocata) es una simple pero contundente proclama vital, un presunto himno feminista a la manera de la autora, sostenido por un inteligente –por ser consciente de sus limitaciones- fraseo vocal. El cálido “Arena y Mar” es un escueto y adictivo reggae provisto de un laidback irresistible, algo que mece y repara entre tanto trajín . Junto a “Mi chico Favorito” , marcial disco sound con una poderosísima línea de bajo remite al “Another one bites the dust” (línea que se repite en “Un sitio bajo el sol”) y que cuenta con unos exuberantes arreglos a la estela de los realizados por Enrico Intra para Pino d’Angio, puro éxtasis sonoro, será el sencillo extraído del Lp (“Mi chico favorito /Arena y mar”, Sauce, 1981).

 

Añadámosle experimentos como “¡Qué calor!”, con su línea omnipresente de guitarra, Disco country funk pantanoso si acaso eso existiese. Logra dar una vuelta de tuerca con la espléndida “Lograremos volar”, canción melódica de aparente corte clásico, algo así como si Manuel Alejandro se hubiese puesto de Popper en el patio de su cortijo a la hora de escribirle una canción a Jeanette, pero que al poco muta en un episodio de Cosmic Disco con discurso anti drogas incorporado, de tan extravagante como milimétrica resolución; teclados y sintetizadores omnipresentes mientras un saxo mayestático dota de dramatismo a tan candente denuncia, confiriéndole un carácter vertiginoso, dicho esto como definición literal del vértigo, la confrontación entre la atracción y la repulsa, ese “si pero no, no pero sí”, que a uno le parece tan irresistible. La terna la completarán “Voy desnuda”, italo disco de manual y “Gózame ya”, un trasunto de elegante y sicalíptico Modern Soul que acaba por degenerar en una prosaica –no sé si eficaz- sentencia; “…Tómame, dámela, mi vida, si me vas a follar mi amor. Fóllame ya, mi vida…”.

 

Justo antes de “Amor y libertad”, en 1980, publicaría en Belter (algo así como un ensayo de su posterior Lp) la hoy muy buscada cassette “Machos”, con música de -exacto- su espectáculo Machos. Incluiría las dos canciones que fueron su primer single para Belter (el segundo suyo por orden cronológico) junto a un poupurri abracadabrante de versiones de clásicos del rock and roll (Fever, Be bop a Lula, King Creole, La Plaga….) y el fastuoso número de Space Cosmic Disco titulado “Espacial” (e incluido en el disco que tienes en tus manos) firmado por Manuel Gas y que no tiene nada que envidiar a las producciones de Giorgio Moroder y su arrebatador Munich sound.

 

El disco que tienes ahora en tus manos incluye su primer single para Belter (“Acaríciame/ Machos”), “Espacial”, canción incluida en su cassette “Machos” (Belter, 1980) y su único Lp. “Amor y libertad” (Sauce, 1981). Como bonus track Susana (quién sigue grabando en su retiro Benidormí) nos ha regalado “Tócame”, una polución DIY de High Energy Disco a la estela de Camela o las producciones de Luis Miguélez para Tamara Superestar.

 

Más allá de controversias estilísticas, de su discutible –o no- concepto de la ética y la estética o de su concepción del feminismo, lo que si parece darse en Susana Estrada es el haber comprendido, aunque fuese de una manera sobrevenida y casual, la noción de abandonarse. Porque no sé de que otra manera definir la perplejidad que todavía hoy nos provocan sus textos, su actitud y, por qué no, su independencia. Asuntos que pueden ser a la vez tara y mérito, dependiendo, como todo, del uso dado, pero qué, es innegable, al menos en mi discutible opinión, denota un riesgo mucho mayor al de otros, quienes de manera mucho más taimada y confortable han obtenido y siguen obteniendo réditos y lisonjas. Hay algunos que tienden a casar los conceptos de comprensión y justificación, pensando que con el primero se da el segundo. Piensa uno que no es así, o al menos que no tiene porque serlo.

 

Porque para los que somos de naturaleza conservadora -o incluso cobarde-, la música acaba por ser una aventura con la cual experimentar nuestro valor sin arriesgarnos demasiado, una aventura a la que asistimos como espectadores y de la que podemos salir indemnes, o al menos tan solo con unos cuantos rasguños y arañazos, sean estos físicos o morales. Leves incidencias que únicamente atentarán, caso de hacerlo, contra nuestro amor propio. Poca cosa. Así que hay que reconocerle a Susana Estrada el valor, la osadía, la impaciencia, la inconsciencia. No sé, sinceramente, si también la alegría.

 

“…Luché mucho por los derechos de las mujeres. A través de la libertad sexual se logra la libertad total. Lo reconocieron primero los hombres, después las mujeres. Ellas al principio me odiaban a muerte, me encontraban descarada, soez, impúdica. No todas, claro, pero sí la gran mayoría. La gente no estaba preparada. Había una doble moral tan fuertemente instaurada que aquello fue todo un shock. Yo me declaraba amoral, sí, pero de su moral. Yo soy incapaz de engañar y aquello era un engaño constante. Llámame ingenua o idealista pero no podía soportarlo. La divisa que imperaba era Nada se hace pero todo se hace, mientras no sé supiese, claro. 

El desnudarse era lo menos importante. No era, ni soy, propiedad de nadie. Gané mi dinero e hice lo que me dio la gana. Eso era transgresor entonces. No sé hoy. Hoy, si te soy sincera, ya no sé que puede ser transgresor…”

 

* Texto redactado por mi e incluido en la edición de “The Sexadelic Disco Funk Sound of Susana Estrada (Discos Espacial, 2017)
*  Los entrecomillados son declaraciones tomadas en entrevistas telefónicas a Susana Estrada y a José Llobell