CURT BOETTCHER Misty Mirage (YATC, 2108)m

El próximo 15 de octubre el sello You Are The Cosmos publica en formato Lp y en edición limitada de 450 copias “Misty Mirage“, lo que de alguna manera debería haber sido el primer disco en solitario de ese titán, tan escurridizo y talentoso como abandonado a su suerte, llamado Curt Boettcher.

Tal y como reza en el anuncio de su página web “Misty Mirage es una maravillosa recopilación de maquetas y sobrantes (excepción hecha del single “Sometimes / Share with you” publicado por Together en 1969) a cargo de este excepcional músico, compositor y productor. Sí, el tipo detrás de Sagittarius, The Millenium y muchos otros”.

Me ha sido concedido el honor de redactar unas notas, en las cuales modestamente intento tanto celebrar el acontecimiento como explicar su gestación. Desde esta humilde bitácora quiero agradecerle el placer a You Are The Cosmos y a su capo Pedro Vizcaíno.

En el verano de 1968 Curtis Roy Boettcher (Eau Claire, Wisconsin, 7 de Enero de 1944) cree tener ya en su poder todo lo necesario para poder triunfar a lo grande. Desde que debutase con el cuarteto Folk Pop, The Goldebriars, han pasado cuatro años hasta la doble publicación de su bicéfala Opus Magnum definitiva; “Begin”, bajo el nombre de The Millennium y “Present tense”, el proyecto como Sagittarius junto a su amigo Gary Usher. Sendos discos, ambos indiscutibles cimas artísticas, paradójicamente, acabarán por ser su condena comercial definitiva.

Por el camino han quedado multitud de aventuras; Su creciente maestría en el terreno de la producción –bien en solitario, bien con su socio Steve Clark en su propia compañia Our Productions– nos ha obsequiado con una serie de asombrosos sencillos; The Oracle, Lyme & Cybelle, Jacobson & Tansley, Lee Mallory, The Goodtime Singers, Plastic People, Action Unlimited, Something Young, The Bootiques, Summer’s Children … Todos ellos constituirán el entrenamiento necesario que le servirá como campo de prácticas donde poder ajustar todo aquello que bulle en su interior. Incluso con alguno de ellos (‘Along comes Mary” y “Cherish” para The Association, “Sweet Pea” para Tommy Roe) llega a ser tocado por la diosa fortuna del éxito.

En todos sus pasos anida la búsqueda incesante de la piedra filosofal, no otra cosa que conseguir la síntesis exacta entre dos mundos inicialmente tan lejanos como lo son la grandiosidad propia de un barroquismo sonoro de alambicada perfección y la sencillez y pureza de una lírica voz íntima. Un todo -tan perfecto cuando se auna adecuadamente como cojo resulta por separado- que Boettcher alea cada vez con más extraordinaria precision. Pionero en el uso y aprovechamiento de las posibilidades técnicas del estudio y especialmente obsesionado con el tratamiento vocal, parece hallarse cada vez más próximo a aquello que aspira lograr. Mención especial para este cronista merecen los sencillos “My heart cries out” (Action Unlimited, 1966, Parkaway) y “Don’t say no” (The Oracle, 1967, Verve). Firmado este ultimo por Ruth Ann Friedmnn y producido a medias con su hombre de confianza Keith Olsen, la cara B del único sencillo de The Oracle resulta barroca incluso para sus parámetros; Obsesiva, con multiples capas de voces tratadas y cintas al reves, cascadas de armonías quedan sepultadas en un maremagnum de sintetizadores analógicos e instrumentación hindú (Sitar, Tabla, Tambura). Junto a todo esto un mantra, sujetado por motivos melódicos propios del raga, discurre entre una letra tan repleta de referencias astrales como enraizada en un poso de ingenua y melancólica soledad.

 

Editados ambos en el mes de Julio de 1968, “Begin” y ‘Presente Tense’ serán, de algún modo, las dos caras de la misma moneda. El primero, el único disco de The Millennium (cuyo germen ha sido The Ballroom) va a tener consecuencias devastadoras; Su grabación en dieciséis pistas, algo prácticamente inédito hasta entonces, consume docenas de músicos a jornada completa y horas y horas del estudio de grabación. Su factura final -más de 100.000$ según cuentan -y su absoluto fracaso comercial provocarán el despido de Usher como jefe de producción de Columbia y el inicio del ocaso de la todavía incipiente buena estrella de Boettcher.

Por el otro lado Sagittarius, iniciálmente un proyecto de estudio, fantasma, acentúa el lado sombrio, la introversion y su querencia por un misticismo astral. Un sencillo titulado “My world fell down” (con las voces de Glen Campbell y Bruce Johnston) ha logrado una cierta repercusión. Urge pues la grabación de un álbum en busca de réditos. “Present tense” será el resultado. Una obra grandiosa y mágica que le reafirma en sus propósitos pero que le aleja definitivamente de cualquier cosa futura relacionada con el éxito. En ella lleva a cabo, sin cortapisa alguna, todas sus fantasias musicales, incluso aquellas más extravagantes; Por ejemplo, la idea de lanzar todas y cada una de las canciones del disco en single e incluir en sus respectivas caras B una canción dedicada a cada uno de los signos astrales. Desafortunadamente el asunto se detendrá en “Libra’, “Piscis” y “Virgo”, pues tres son finalmente los singles publicados. Los resultados artísticos son, una vez más, tan impresionantes como nula será su repercussion comercial.

“Misty Mirage”, el disco que You Are The Cosmos tiene el honor del presentarles, podría perfectamente subtitularse como Los restos del naufragio. Acaso sea lo más parecido a un hipotético álbum en solitario de Curt Boettcher en su época álgida (There’s an innocent face, estupendo aunque ya otra cosa, en 1973, aparte). De hecho existiría el proyecto de publicarlo en Together Records, el sello creado por Usher con Boettcher y Keith Olsen tras ser despedido de Columbia. Inédito en la época, consta básicamente de una serie de maquetas inacabadas, tomas alternativas y outtakes, excepcion hecha del sencillo “Sometimes / Share with me” – por una cara elegante pop de cámara de melódica resolución, por la otra Soft Country sofisticado y evocador- ya editado por Together en 1969.

El disco comienza con “Tumbling Tumbleweed”, una versión del clásico del Western Country Pop de Bob Nolan a la que Boettcher le da completamente la vuelta: Unas breves notas de un piano impresionista dan paso a la base rítmica inspirada en “California girls” para, a partir de ahí, comenzar un carrusel melódico de voces dobladas en el que se combinan sintetizadores con la pedal steel y el uso de la Marimba como gimmick melancólico, consiguiendo el prodigio de comprimir en menos de cuatro minutos el espíritu de la Pastoral Americana más resplandeciente.

Tres son las canciones procedentes del repertorio de The Millennium: la primera, “Baby it’s real”, es una hermosa declaración de amor que combina el candor enamoradizo con la tozudez sentimental que caracterizaba a la decadencia spectoriana. La luminosa voz de Boettcher, ingenua y malévola a la vez, nos atrapa en una tela de araña que pasa de inicial naturaleza muerta a paisaje en movimiento en tan solo un par de estrofas. La segunda, “I just wanna be your friend”, es sunshine pop resplandeciente que flirtea con la bossa y utiliza la voz en falsete a modo de seducción juguetona, mientras la letra pasa de la ironía a la esperanza en un solo verso (…You Know I just want to be your friend, cause I like our little drama, to have a happy ending and finally be feel transcending…). La tercera,“The Know it all”, suena como una extraña mezcla de The Music Machine -con su beat machacón de batería- y los Simon & Garfunkel circa “Bookends”. No en balde el baterista es su amigo Ron Edgar (Ex The Music Machine) y Ray Halle, su ingeniero de sonido habitual, sera el encargado de producir el disco del dúo neoyorquino.

Misty Mirage” y “Astral Cowboy” son dos canciones río, los polos positivo y negativo de una misma cosmovisión. Estilo y forma yendo de la mano en dos canciones tornasoladas, fantasmales y transparentes. Canciones acerca de la soledad y de su vínculo con lo que no se puede nombrar. Canciones dotadas de una hermosura externa que puede llegar a ser contraproducente, ya que no permite ver, en un primer instante, aquello que termina por ser lo esencial, lo escondido.

Del cancionero de Sagittarius proceden “You know I’ve found a way” y “Another time”. Sencillas y escuetas, ambas son tomas acústicas y ambas son perfectas. Mientras la primera es un adagio andante de poliédrica significación, la segunda, casi una desnuda elegía, es la desesperada narración de la búsqueda de una Arcadia que Boettcher intuye del todo inalcanzable. Ambas coronadas por una voz desnuda, tambaleante unas veces y firme en otras. Una voz que unas veces nos transporta a la infancia y en otras supura oscuros ribetes nigrománticos. Ambas dobladas en los coros con la voz de Sandy Salisbury y a las que la suma de un contenido órgano a cargo de Mike Melvoin las convierte en dos elegías etéreas de doliente belleza.

Finiquitan el disco “Wearing Levi’s” -un jingle originálmente compuesto para la marca de tejanos- y un hit que, aunque no llegase nunca a ser tal cosa, bien hubiese merecido serlo; “That’s the way it’s gonna be”, es puro bubblegum garage pop con el espíritu de las sesiones de Valiant para The Association, tan adictivo como de ingeniosa resolución. Una canción de Phil Ochs que, por cierto, Boettcher ya le produciría a Lee Mallory en 1966.

Resulta evidente, incluso con estas canciones inacabadas, la clarividencia y determinación de Curt Boettcher a la hora de mostrar lo oculto. Lo titanico de dicha tarea y lo maltrecho de su estado conforme su obra iba constituyéndose. Casi como un Ícaro mitológico, su obstinación en alcanzar el sol, en su caso la canción perfecta, acabaría por derretir sus alas sin por ello detenerse en lo mas minimo. Poseedor de una mirada única, panorámica, su sino sería, mientras iba de fracaso en derrota, el de la bísqueda de una victoria indeleble.

“…Standing in a rainy darkness, not a star perverts the night. Standing in a lonely shadow, will I ever see the light?…”

Unos minutos musicales que no pueden -ni deben- faltar …

In the summer of 1968 Curt Roy Boettcher come to believe he finally got what it takes for big-time success. Almost four years had gone by between his debut with the folk-pop quartet The Goldebriars and the release of his magnum opus with his friend Gary Usher: Begin, under the name of The Millennium, and Present Tense, his project as Sagittarius. Paradoxically, both albums would end up being his commercial death sentence.
There had been many adventures along the way. With his ever-growing mastery in the field of record production, Curt Boettcher would present the public with a series of amazing singles by artists such as Action Unlimited, The Oracle, Lyme & Cybelle, Jacobson & Tansley, Lee Mallory, The Goodtime Singers and Plastic People among others. These provided the training necessary to fine-tune everything that was bubbling up from deep inside him. With some of them (“Along Comes Mary” for The Association and “Sweet Pea” for Tommy Roe), he even achieved certain amount of success.
Every step Boettcher took was dedícate to the perfect synthesis between the grandeur of his refined, baroque sound and the simplicity of an intimate, lyrical voice. A pioneer in the use and exploitation of the possibilities the studio offered, and someone particularly obsessed by the treatment of the voice, he came closer and closer to realising his aspirations. In this sense, Action Unlimited’s “My Heart Cries Out” (Parkway, 1966) and The Oracle’s “Don’t Say No” (Verve, 1967) merit special mention. Penned by Ruth Ann Friedman, the latter, for which Boettcher shared production with his longtime collaborator Keith Olsen, is exceptionally baroque even by his own standards: multiple layers of treated vocals, backward tapes and cascading harmonies, all buried beneath a maelstrom of analogue synthesisers and Indian instrumentation (sitar, tabla, tambura) contribute to a nearly obsessive atmosphere. Meanwhile, a mantra held together by raga-like motifs flows through lyrics that are as full of astral references as they are deeply rooted in a mood of naïve melancholy and solitude.
Begin and Present Tense, both released in June 1968, were two sides of the same coin. Neither or them succeeded; however, while the former had a devastating effect for Boettcher, the latter helped him reaffirm his vision. For the unprecedented 16-track recording of The Millennium’s only album, Boettcher employed dozens of full-time musicians and endless hours of studio time. With expenses totalling over $100,000, the commercial failure of the project resulted in Gary Usher being fired by Columbia as head of production and would mark the beginning of the decline of Boettcher’s incipient lucky star.
Sagittarius, on the other hand, was a ghost project in its conception. It emphasised Boettcher’s darker side, his introversion and his penchant for astral mysticism. Released in 1967, the single “My World Fell Down” (sung by Glenn Campbell and Bruce Johnston) had some measure of success and Boettcher was determined to make the most of the situation. The result was Present Tense, a magical work that delved further into his purposes. He realised, with no limitations whatsoever, every one of his sound-related fantasies, even the most extravagant, such as releasing every song on the record as a single and including on the B-side a song dedicated to each sign of the Zodiac. Only three singles were released. Once again, the artistic results were impressive, but the commercial impact was null.
Misty Mirage, the record You Are The Cosmos is honoured to present, could very well be subtitled The Remains of the Shipwreck. It was originally intended to be released by Together Records, a label set up by Gary Usher with Boettcher and Keith Olsen after his dismissal from Columbia, but the project was never completed. With the exception of the single “Sometimes/Share With Me” (Together, 1969) — one side elegant chamber pop, the other evocative and sophisticated “soft country” — the album is made up of unfinished demos, alternative takes and outtakes.
The album kicks off with “Tumbling Tumbleweeds,” a cover version of Bob Nolan’s classic cowboy song that Boettcher completely turns around: a few brief notes from an impressionistic piano give way to a rhythm section inspired by “California Girls” and to a melodic carousel of double-tracked voices, synthesisers, pedal steel guitar and marimba that result in dazzling take on Americana.
Three tracks have their origin in The Millennium’s repertoire: the first, “Baby, It’s Real,” is a beautiful declaration of love that combines candour with the sentimental stubbornness that so well characterises Spectoresque decadence, further accentuated by Boettcher’s luminous voice, at once naïve and malevolent.The second, “I Just Wanna Be Your Friend,” is shiny sunshine pop that flirts with bossa nova and for which Boettcher uses a falsetto voice by way of playful seduction as the lyrics morph from irony to hope. The third, “The Know It All,” sounds like a mixture of The Music Machine, with its persistent drum beat, and Bookends-era Simon and Garfunkel. Interestingly enough, Boettcher’s drummer, Ron Edgar, was a former member of The Music Machine, and Roy Halle, his regular sound engineer, would be in charge of co-producing the New York duo’s record.
“Misty Mirage” and “Astral Cowboy,” two river songs, are in a sense the positive and negative sides of the same cosmic vision. However, these songs are endowed with such beauty that it could end up being counterproductive since it prevents the listener from catching sight of what lies beneath.
“You Know I’ve Found A Way” and “Another Time” come from the Sagittarius songbook. Simple and stark, both chronicle the search for Arcadia, both are acoustic takes and both are perfect. Whereas the former is an andante adagio of polyhedral significance, the latter is almost a naked elegy. Both songs are crowned by Boettcher’s bare voice — at times staggering, at others firm — overdubbed with Sandy Salisbury’s backing vocals, which, with the addition of Mike Melvoin’s organ, turn them into two ethereal elegies of piercing beauty. “Wearing Levi’s” rounds off the record. Originally a jingle for the popular brand of jeans, the song deserved to be a hit. “That’s The Way It’s Gonna Be,” a Phil Ochs song that Boettcher produced for Lee Mallory in 1966, is pure garage bubblegum pop in the spirit of the Valiant sessions for The Association.
Curt Boettcher’s talent and clear-sightedness are fully evident even in these unfinished songs. The titanic nature of the tasks he set himself and his poor health shaped his work. Like a modern-day Icarus, hell bent on the perfect song, he would end up losing his wings without even stopping for a second. In possession of a unique panoramic view, Boettcher’s life was a never-ending search for an indelible victory.
“Standing in this rainy darkness, not a star perverts the night. Standing in a lonely shadow, will I ever see the light?”
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Eso no lo manda nadie

Un breve apunte casi telegráfico:

Una vez situados, el extraño viaje cuyo punto de partida podría ser Bach y su Toccata y Fuga en D menor y el de llegada Josh Davis (A.k.a. DJ Shadow, Endtroducing… Mo’Wax, 1996) y su escueto e hipnótico Organ Donor.

Por el camino, paradas en Tears de Giorgio Moroder (Son of my father, Lp, Hansa, 1972) o, en su defecto, en el single -la misma sensación angustiosa, canción de nervioso suspense y lírico discurrir- tras su alias como Children of The Mission.

Pero sobre todas las cosas -no puedo evitarlo- Eso no lo manda nadie de Vainica Doble (Contracorriente, Gong/Movieplay, 1976) y el sitar de Gualberto.

Y como despedida dejo paso a lo insólito. Vainica Doble de nuevo, mezcladas por John Talabot (el músico catalán Oriol Riverola) y sus siete minutos de locurón.

La realidad casi siempre es más extraña que la ficción.

FRANÇOISE HARDY If You Listen (En Anglais)

 

 

 

Listen

 

 

 

A finales de 1968, coincidiendo con las revueltas estudiantiles, Françoise Hardy se halla en medio de una encrucijada vital. Mientras que los adoquines vuelan por el aire, la hermosa fantasía de los sesenta se halla en evidente estado de descomposición y su trono ye-ye parece un completo anacronismo. Pero a ella, con una especie de Bartleby dubitativo como código genético, todo parece darle igual. Ausente cualquier conciencia política y sin ningún interés en los acontecimientos, marcha a Córcega junto Jacques Dutronc huyendo del vendaval. Además su relación con Vogue, su sello de siempre, es cada vez más complicada y tras una actuación en el Hotel Savoy de Londres decide anunciar su retirada momentánea de la vida pública.

 

Pasarán casi dos años hasta que firma con Disques Sonopresse, un pequeño sello creado unos años antes por Gérard Tournier y la editorial Hachette y es entonces cuando decide comenzar a trabajar en un nuevo disco. Ese disco, como casi todos los suyos de título homónimo y que por tanto tiende a la confusión a la hora de identificarlos, será popularmente conocido como Soleil (1970). Disco que, junto al que le seguirá al año siguiente, el soberbio La question (1971) son, en opinión de quién esto escribe, dos de su cimas artísticas incontestables.

 

 

Pero vayamos a sus alrededores, el tema que hoy nos ocupa. Alrededor de esas dos cumbres mencionadas más arriba -antes y también después- aparecen una serie de discos anárquicos, editados en distintos mercados y con distintas portadas que convierten su obra en inglés en un verdadero galimatías. Discos aparentemente menores pero de un fuste que se acrecienta conforme pasa el tiempo y que serán una especie de cristal velado que servirá de marco perfecto en los tiempos de duda. Coincidiendo con su mutis por el foro, ese mismo año Vogue decide publicar En Anglais (en los Estados Unidos y en Canada se publicará con el título de Loving), un disco de versiones, entre otras, de Tim Hardin, Nirvana, Phil Ochs, Buddy Holly, The Shirelles o The Kinks que retoma la senda iniciada por In English, su disco de 1966. Aunque bien es cierto que en este último la mayoría de las canciones eran versiones propias adaptadas al inglés. Un año después, la división inglesa de United Artists edita solo para el mercado anglosajón One-nine-seven-zero, un disco aún más suculento que cuenta con la ayuda de Tommy Brown y Micky Jones (a quienes conoce de haber trabajado con Sylvie Vartan y más tarde con Johnny Hallyday) quienes le regalan tres joyas que llevan por título Strange Shadows, Magic Horse y Song of Winter. Cuenta con la ayuda en los arreglos de John Cameron, más un par de canciones escritas por Tony Macaulay y Scott English, además de I Just Want To Be Alone, la versión en inglés de su clásico J’ai coupé le téléphone.

 

 

 Un tercer disco ingles completará la terna. Para mi gusto el más redondo, el que tomará cuerpo como obra unitaria, conjunta y no se conforma, no sé si involuntariamente,  con ser una serie de deliciosos esbozos. Titulado, como no, Françoise Hardy (Love Songs en la edición japonesa, que es la que tengo) se publica en 1972. Por esas fechas los productores Tony Cox y Joe Boyd visitan a Françoise Hardy con la intención de que grabe alguna canción de un joven protegido suyo, un tal Nick Drake. Se conocen, congenian y Françoise acude a los Sound Techniques Studios de Londres donde grabará diez canciones, curiosamente ninguna con la firma de Drake. Boyd recluta a varios de sus músicos de confianza (Gerry Conway y Pat Donaldson, miembros de Fotheringray y a Dave Mattacks y Richard Thompson de la Fairport Convention). El repertorio elegido me parece hoy casi perfecto, delicado e íntimo, de una belleza a punto de romper y que sin embargo permanece incólume y resplandeciente: Dos nuevas canciones de Micky Jones y Tommy Brown (Bown, Bown,Bown y la celestial If You Listen), dos más de Beverly Martin (Ocean y Can’t get the one i want) y otras dos de Buffy Saint Marie (Until it’s Time For You To Go y Take My Hand For A While) junto a I Think It’s Gonna Rain Today de Randy Newman, Til The Mornin’ Comes de Neil Young,  Sometimes de Alan Taylor (una obra de perfecta orfebrería) y The Garden Of Jane Dellawnay de TreeDos canciones más completarán el disco; La sobrenatural Let My Name Be Sorrow, compuesta por Bernard Estardy y la única en francés y firmada por la Hardy, Brûlure.

 

 

Escuchado hoy If You Listen (Kundalini, 1972), como también es conocido, resulta una pequeña joya oculta del Folk-Rock de principios de los años setenta. Atmosférico, de producción ligera y orgánica, sorprende lo bien que casa su sonido etéreo con la susurrante y escasa voz de Françoise Hardy, trasladándonos sin ninguna dificultad a un lugar donde parece reinar una sensación de pureza y naturalidad, una calidez que traspasa el tiempo. Comercialmente sería un absoluto fracaso, cerrando para siempre cualquier posible veleidad  de la Hardy con el Folk-Rock y en otro idioma que no fuese el francés.

 

GUY SKORNIK El Chansonnier psicodélico

Aunque debutase en solitario en 1967, contando tan solo diecinueve años, con un par de Eps muy curiosos en Chez Polydor bajo la dirección musical de Richard Bennett (y que pueden escuchar abajo del todo) Guy Skornik pronto pasaría a ser miembro, junto a François Wertheimer y William Sheller, del colectivo Popera Cosmic, con quienes publicaría en 1969 el cotizadísimo álbum Les Esclaves, una extrañísima obra pionera que mezclaba psicodelia, jazz y chanson con motivos hindúes (sitares, tablas y tambura), repleto de referencias lisérgicas y astrales que hoy parece el entrenamiento necesario a lo que estaba por llegar.

    Un año después irrumpe con un disco en solitario e inclasificable titulado Pour Pauwels. Envuelto por una estupenda portada asistimos a un disco río, mitad chanson mefistotélica, mitad psicodelia espiritual, inspirado en un personaje tan extraño como Louis Pauwels, quien aunque terminase sus días en Le Figaro como representante cultural de la derecha francesa, lanzando violentas invectivas contra las protestas estudiantiles de 1986, había comenzado siendo una especie de faro de la contracultura francesa en los años sesenta (incluso Gainsbourg lo citaría en la letra de su Initials B.B.), apologista e introductor en Francia de la obra del místico espiritualista, escritor ocultista y músico armenio George Ivánovitch Gurdjieff.  

  Su libro Le Matin des Magiciens, introduction au realisme fantastique (firmado a medias por Pauwels con Jacques Bergier y editado por Gallimard en 1962) sacudiría los cimientos de la cultura francesa más subterránea y sería la base de un movimiento contracultural que combinaba el interés por temas tan aparentemente distantes (y un tanto magufos si me lo permiten) como lo eran las sociedades secretas, las raíces ocultas del nazismo, la parapsicología, civilizaciones perdidas, la telepatía, el ocultismo y cualquier cosa que se les ocurriese para volver del revés la moral cartesiana de la burguesía francesa. No menos sorprendente y provocador sería Jacques Bergier, su mucho menos conocido co-autor. Casi un personaje fantástico, Bergier era ingeniero químico, alquimista y, claro, escritor a la vez que se declaraba espía. Personaje complejo, decía hablar catorce idiomas, estaba fascinado por las ciencias ocultas y la ciencia ficción y era firme creyente de los poderes omnipotentes de la mente junto a la existencia de los extraterrestres y de la influencia de estos en la aparición y extinción de diversas civilizaciones perdidas. Ademas era un apasionado de los comics de superheroes y decía que su falta de ego era debida a sus orígenes marcianos ¿Demasiadas drogas? Yo apostaría a que sí. Es más, en cantidades industriales.

  

   Entre 1961 y 1971 Pauwels y Bergier publicarían la revista bimensual Planète, desarrollando en ella temas ya incluidos en su Le Matin des Magiciens. Su lema sería Nada extraño no es ajeno y hasta su fusion con Actuel en 1968, sería la única revista francesa que trataría temas tales como el Hippismo, las comunas del amor, el Vudú, H.P. Lovecraft, la ciencia ficción, las drogas alucinógenas, las ciencias ocultas o Aleister Crowley, entre otros muchos. A la par que Planète, Pauwels, esta vez en solitario, editaría también Plexus, publicación hermana centrada en el erotismo, la liberación sexual y la contracultura en general y donde tendrían parte importante los dibujantes Topor y Tito Topin. 

Con estos mimbres resulta raro situar exactamente a Guy Skornik. Es cierto que durante los primeros años de la década de los setenta se publican en Francia una serie de discos de ambiciosa psicodelia progresiva, con temática más o menos extravagante. Unos más explícitamente experimentales (La mort D’Orion de Gérard Manset, L’enfant assassin des mouches de Jean Claude VannierHathor de Igor Wakévitch o Lux Aeterna de William Sheller) y otros decorados por un sustrato más pop -y exitoso- como Histoire de Melody Nelson de Gainsbourg o Polnareff’s de Michel Polnareff. 

Interesado desde joven por lo oculto y lo esotérico, explorador místico, psiconauta y talentoso músico, formado como pianista en el conservatorio de París, Skornik, acompañado por la orquesta de Ivan Jullien y con el apoyo del director de EMI/Pathé  Pierre Burgoin da a luz a Pour Pauwels. En aquella época EMI lo estaba rompiendo en Francia con los discos del joven Julien Clerc, estrella de la versión francesa del exitoso Hair y Bourgoin, que también era su manager, gustaba experimentar con jóvenes talentos más, digamos, arriesgados. Discos conceptuales, temáticos y cuanto más extraños mejor, grabados -loado sea- con los medios suficientes, tanto en tiempo como músicos; Semanas en un estudio, sin límites, con una orquesta, con cuerdas, vientos y metales, piano de cola, clavicordio y cualquier otro instrumento que les apeteciese. 

 Pasado el tiempo y con él las modas y las extravagancias consustanciales a la época, lo que permanece hoy, al menos en quién escribe esto, es su aire melancólico, extrañamente atónito, de una atormentada belleza más próxima a la chanson eléctrica que a los disparates propios de la juventud impresionable. Coros evocadores, desoladora belleza subterránea y el irrefrenable deseo de tener una voz, algo que logra en algunas ocasiones y que aún hoy extraña en alguien tan joven.

Ah, por cierto, casi se me olvidaba. Un par de ejemplos de los primeros pinitos de Guy Skornik de los que les hablaba más arriba. Escuchados ahora, algo ya se intuía, vaya que sí.