VERY IMPORTANT DISCOTECAS Makin’ Music

 

Sé que no descubro nada a nadie cuando digo que  la música disco ha estado estigmatizada casi desde su fundación. Digo casi porque en sus inicios fue algo subterráneo, callejero, de pilares contraculturales sin apenas pretenderlo. Una especie de mágico redil dionisiaco donde era norma unas veces revelarse ante el orden no tanto social -que también- como hedonista de las cosas y en otras olvidarse de convenciones y asirse a esa cuerda como tabla de salvación ante la desesperación vital. Nada por otra parte lejano a lo que ya había sucedido y sucedería con otros estallidos (desde los inicios del rockandroll al apoteosis del movimiento hippie o la instauración de la música negra como el nuevo canon pop, pasando por la fiebre mod, el movimiento psicodélico y unos cuantos más). La fiebre de la música disco fue una especie de compendio de todo lo que estaba en el ambiente, de lo que se disfrutaba y también de aquello que se rechazaba; por un lado la extraña mezcolanza de ritmos negros, la electrónica incipiente y con alma, el boogaloo sudoroso, la efervescencia latina, el voluptuoso funk y el baile como forma de expresión. Por el otro los malos viajes, la negación de la melodía, la profundidad como sinónimo de pesadez, la ausencia del sentido del humor, en definitiva tomarse la vida demasiado en serio. Como todo, habría sus excepciones, pero a grandes rasgos ya lo retrató Nick Cohn en la novela (“Tribal rites of the new saturday night”) que dio lugar a la película que sería a la vez cúlmen y precipicio de ese movimiento, “Saturday night fever”

 
 Es cierto que como todas las modas estuvo sujeta a una sobre explotación que mezclaba tanto hallazgos y genialidades como medianías y sin sentidos, pero solo ella se me ocurre que haya sido categorizada por sus defectos y no por sus enormes virtudes.  Pasando de lo generacional a lo particular y desde un ámbito  personal en absoluto iluminado por la belleza he de reconocer que oponiéndola al punk como su némesis particular (por época y situación personal) el resto de escenas no revivalistas palidecen hasta difuminarse del todo; Porque ¿Qué hacer frente a cuerpos esculturales (incluso a veces no) coronados con permanentes imposibles?, ¿Cómo resistirse a los escotes vertiginosos que desataban la imaginación, a las curvas libidinosas capaces de dejar sin aliento, a las piernas del tamaño de un rascacielos sedosas y listas para perderse en ellas?. No, lo siento, no había comparación posible entre ese paraíso o abrazar la grisura de lo andrajoso y la estética feista del punk. Podía ser entendible desde el prisma del excluido, el perdedor o el demente, pero nada más. Porque parece ser que ahora resulta que todos éramos por aquel entonces escoria, lumpen desubicado, deseoso de matar y destruir. Mentira. A finales de los setenta, desaparecida la dictadura y todo lo mal planteado que quisieran el relevo que la sucedió, uno no necesitaba ninguna contestación a otra cosa que no fuese al esperpento del look de la España de la transición (eso si que era punk de verdad), a su tristeza y pequeñez. También, pongamos las cartas sobre la mesa, a una cierta reafirmación en los valores inherentes derivados del natural desarrollo hormonal. Pechos, traseros, escotes, piernas , paquetes y labios ganaban por goleada a prácticamente todo lo que te pusiesen por delante. Del mismo modo que lo voluptuoso, aún siendo solamente sugerido, ganaba la batalla sin despeinarse, me maravillaba -de hecho sigue haciéndolo- la elegancia desvergonzada, el absoluto desprecio al que dirán tan presente en ese escenario y tan ausente en la realidad. Si, admito si quieren que en la traslación nacional era algo más deseado que real. Pero ¿Qué hay más seductor que lo deseado?. Ese tránsito del gañanismo al cosmopolitismo con la ausencia absoluta del sentido del ridículo con la que los caballeros lucían trajes de chaqueta de tres piezas, corbatas babero y camisas –estampadas o no-  y su cuello planeador. Incluso aquel hirsutismo -de tan exagerado esplendoroso- resultaba inquietante en el periodo en que uno debe asentar su emergente sexualidad.
Pero más alla del andamiaje estético, consustancial a una época, estaba lo realmente importante. Exacto, las canciones. Gracias a algunos amigos (Ay, que no es uno sino sus amigos, aquella gente que le quiere y aprecia a uno) me ha dado últimamente por rescatar de los cajones correspondientes de mi estudio un par o dos de centenares de artefactos de esa época. He llegado a alguna conclusión. Difuminada, tal vez mal expresada, pero conclusión al fin y al cabo ; A) Mis conocimientos son ínfimos, cada día que pasa soy más consciente de ello. B) Los prejuicios son lo peor. Sin discusión alguna. Y yo aún tengo prejuicios, lo admito. C) Dichos prejuicios solo sirven para limitar, constreñir el conocimiento y por tanto el placer. D) En esta vida uno piensa que se puede hacer de todo menos aburrir. 
 Así que la música disco era y sigue siendo lo más parecido al paraíso en lo musical para uno. Una puerta de entrada a  salas y más salas dedicadas al placer y a las que difícilmente uno podría acceder más allá de su rol de voyeur; El Modern soul, el Cosmic Funk, el Soul sedoso y con su punto lascivo, el evocador Northern tardío y tantos y tantos otros apartados como los entendidos tengan a bien etiquetar. 
Música perfecta que no excluía a nadie más que aquellos que estuviesen regidos por los prejuicios; Construida tanto por los nuevos talentos como una cohorte de veteranos con ansias de reinventarse. Un edificio donde la melodía, la evocación, el retrato del instante como único objetivo tomaron carta de naturaleza y que, antes de fagocitarse (como en cualquier otro movimiento o escena, aunque estoy por decir que en mucha menor medida), nos ofrecieron momentos que perdurarán para siempre. Canciones exuberantes tanto en orquestaciones como en producción, coronadas por voces de otro mundo. Unas veces mostradas con elegancia suprema, otras con rotunda furia hedonista, y en la mayoría de las ocasiones, de ahí el prodigio, combinando forma y fondo. 
 
 Esta lista pretende ser un diminuto y sentido homenaje hacia aquellas aventuras. Espero sea de su agrado.
 

La hora de Lalo Schifrin

 



No voy a aburrirles con datos biográficos del argentino Boris Claudio Schifrin, los pueden encontrar fácilmente en la red. Tan solo diré -para aquellos afortunados que estén todavía por la labor de descubrirle- que es uno de los músicos más fastuosamente poliédricos que conozco. Un tipo formado en las grandes orquestas (de Xavier Cugat a Dizzy Gillespie pasando por Quincy Jones), capaz por lo tanto de tocar cualquier palo de la hoy llamada Latin music (de la bossa-nova reluciente a un latin soul avanzado, de jugar con el boogaloo o de entretenerse con el bolero o la samba) como de practicar el mod soul y mod jazz con una elegancia reveladora. Un tipo que redefinió el -a mi juicio mal empleado- concepto de lo cool haciendo que supurase de forma natural en cada una de sus notas. Espectacular en la composición de bandas sonoras que oscilan de la cinemática más estricta y cabal a las progresiones groove más atrevidas e innovadoras. Un tipo capaz de aunar la lírica del folklore con el atrevimiento y la supuesta banalidad del modern disco y ser siempre él. Sampleado (ese “Danube incident” para siempre relacionado con Portishead)  y citado en incontables ocasiones todo en su música es un festín pantagruélico poblado de beats, experimentación, clásicismo, de sutiles melodías y de atmósferas evocadoras.

 

 

 

 



















Para esta pequeña y humilde aproximación a tan esplendoroso universo he tenido la osadía de tomar un poquito de cada cosa y enlazarla en una lista que espero les sirva, sino de carta de presentación a los ya familiarizados con su obra, sí de plácida compañía. Desde extractos de algunas de sus bandas sonoras para películas consagradas (“The Cincinatti Kid”, MGM, 1965, “Bullit” Warner Bros. 1968, “Sol Madrid” MGM, 1968 o “Enter the dragon” Warner Bros, 1973) a partituras para series de televisión (“The man from Thrush”, de “The man from unce” , aquí el agente de la Cipol,  o “More Mission” de “Mission imposible”). Desde canciones de discos aparentemente dedicados a la bossanova (“The wave” de “Insensatez” (Verve, 1968) y que terminan por adaptarla a su peculiar estilo a experimentos con la electrónica como “Secret code” de su sorprendente “There’s a whole Lalo Schifrin goin’ on” (Dot, 1968) , una manera de lleva a su terreno la obra de Jean Jacques Perrey o de Gershon Kingsley, un castillo de efectos moog arriba moog abajo de robótica elocuencia.  Tampoco he querido obviar sus extravagantes aproximaciones a la música sacra (“Agnus dei”) o la música de cámara en ese trip que es “The disection and recontruction of music from the past as performed by the inmates of Lalo Schifrin dementes ensemble as a tribute to the memory of the Marquis de Sade” (Verve, 1966) ni, mucho menos, olvidarme de sus estupendos discos en el el sello de Creed Taylor centrados en la música disco -por supuesto siempre a la manera Lalo Schifrin que son “Black Widow” (CTI, 1976) o “Towering toccata” (CTI, 1977). Dos discos, dicho sea de paso, que hay que escuchar para creer.

 Dejaremos par una hipotética segunda hora su material para las películas “The Fox”, “The Liquidator”, “Rollercoaster”, “Cool hand Luke”, “Dirty Harry”, “Murderer’s row”, “Mannix”  o colaboraciones -extravagantes o no- con Leonard Nimoy, Wes Montgomery, Candido, Dennis Coffey, Cannonball Adderley o Grant Green.

 Un segundo volumen merecerá ser listado en un futuro con sus músicas para las películas de Don Siegel (De Harry el sucio a Charley Varric pasando por Magnum Force o Telefon), St.Ives de J.Lee Thompson o experimento a la Morricone como el de Amytville Horror o la música -increíble- para una película de Jackie Chan (Big Brawl) , pero eso será otro capítulo.

No puedo resistirme en hacer hincapié en esta maravilla; Hubo un tiempo, bajo el reinado de Creed Taylor, que todo lo que aparecía bajo la etiqueta Verve parecía tocado por la mano de Dios. Criticado en la época por los puristas, esa mezcla de jazz, soul, soundtracks, blues y pop era ejecutada por -se notaba, se escuchaba- un grupo de amigos de buen rollo. Lejos de intenciones canónicas y, reconozcámoslo, generalmente con fines alimenticios, los discos producidos bajo su logo eran casi ejercicios de estilo, reuniones de tipos con talento que en absoluto pretendían trascender, sino más bien costearse un buen apartamento, bonitos trajes y unas divertidas vacaciones.

 

Lalo Schifrin , lo sabrán, era un joven y talentoso argentino deslumbrado por el viejo nuevo mundo. Precoz e inquieto, pronto aparcó su carrera clásica para zambullirse en esa Arcadia feliz, sólo en apariencia, que tan bien vemos reflejada en la soberbia Mad Men. Llamó a las puertas oportunas y arañado de su talento y la fortuna, consiguió introducirse en el Hollywood dorado, última época. “Once a thief” es un híbrido de su trabajo para dicha película (intento de introducir en Hollywood a Alain Delon, con Ann Margret, Jack Palance y Van Heflin), completado con otras composiciones suyas para, por ejemplo, la serie “The man from U.N.C.L.E.”, aquí llamada, y no me pregunten por qué, “El agente de la Cipol”.
El empaquetado impactante; diseño elegante y lineas concisas. El sonido musculoso que no ciclado. Lo mejor de cada casa en el estudio; Kenny Burrel, Freddy Hubbard, Phil Woods, Rudy Van Gelder a los controles y, controlándolo todo, Creed Taylor. ¿La música?, juzguen ustedes, yo diría que soberbia.

Hubo un tiempo, ya lejano, en que todo ésto era posible.



AUGUSTO ALGUERÓ Tuset Street BSO. ( Polydor lp, 1968)






La calle Tuset de Barcelona es una calle pequeña situada entre la travesera de Gracia y el Paseo de la Diagonal que a finales de los años sesenta llegaría a convertirse en símbolo de la modernidad barcelonesa y cuartel general de la gauche divine. Una especie de trasunto a la catalana -y salvándose las distancias que se quieran- del Carnaby street londinense

 Antes de adquirir ese pequeño estatus un joven director de la escuela de Barcelona llamado Jordi Grau barruntó una idea extravagante; Combinar sus recuerdos del Paralelo -de El Molino principalmente- con ese incipiente oasis de modernidad que se oteaba. Para tal empresa se embarcan a lo largo de la odisea que sería su rodaje una serie de personalidades cuanto menos opuestas. Dos ejecutivos de Suevia films (El responsable de producción de Eduardo de La Fuente y el observador y jefe de compras Alfredo Escobar), el antaño jefe del comité de intelectuales del partido comunista, el realizador, guionista, crítico y promotor cinematográfico Ricardo Muñoz Suay, el guionista Rafael Azcona, la súper estrella Sara Montiel, su abogado Fernado Vizcaino Casas y el propio Jordi Grau.


 La idea del director es interesante. Pretende que partiendo del mito de Don Juan (retratado como un tipo elegante, irónico y culto) y desde unos presupuestos europeos se retrate la Barcelona más moderna. Ricardo Muñoz Suay y Rafael Azcona se encargan del guión y casi todos sus amigos de la Escuela de Cine de Barcelona se involucran (Jacinto Esteva, Joaquín Jordá, Carlos Durán…). Pero pronto los ejecutivos sugieren la inclusión de Sara Montiel como estrella de la película, proposición que a Grau no seduce en absoluto. Pese a sus reticencias se entrevista con la estrella y finalmente accede a las presiones. Según cuenta él mismo en sus memorias “Confidencias de un director de cine descatalogado” (Calamar ediciones, 2014) en un principio las cosas marchan más o menos bien pero pronto comienzan a existir tiranteces que llegan a un punto de no retorno. Grau será despedido y su idea inicial desechada. La película la firmará Luis Marquina.

 En el capítulo “Quién fue quién en la calle Tuset” de las citadas memorias el mismo Jordi Grau narra su odisea con el proyecto con esta conversación con el abogado de la actriz  Fernando Vizcaino Casas;


… Fernando Vizcaino Casas confesó haber tratado de mantener mi presencia en la película, convencido de que había intentado favorecer a Sara mediante encuadres y puesta en escena. Le habían mostrado la proyección de todo lo rodado, como prueba condenatoria contra mi cuando, a su parecer, era todo lo contrario, pero chocaba con una oposición cercana a la histeria que le había obligado a limitarse a su posición de abogado puesto que, en realidad, le habían contratado para eso. De pronto FVC se volvió hacia mi con mirada cómplice:

-Dime la verdad ¿te la has tirado? -preguntó exactamente con esas palabras.


 A mi mente acudieron entonces montones de imágenes y miradas, aquella cama recién hecha y abierta en la habitación del hotel, y respondí sin dificultad:


– No.


La conclusion del irónico escritor y abogado FVC, curtido en más de mil batallas, fue sabia y rotunda:

-No me digas más…”


Vayamos ahora a lo que nos interesa. Dado el volumen y fuste de la empresa no se repara en nada. Se contrata a Augusto Algueró para que componga su banda sonora. Una partitura que en la opinión del que suscribe es lo único verdaderamente digno de ser recordado del proyecto. Grabada en los estudios Landsdownee de Londres, sin reparar en gastos (Algueró era toda una institución musical en España, compositor, arreglista y orquestador de multitud de éxitos), el disco es todo una rara avis en la discografía de la época. Moderno, chispeante, de fastuoso sonido y ciertamente redondo. Cuenta como ingeniero de sonido con John Mackswith competente profesional que igual sirve para un roto que para un descosido (ha trabajado con los Flower Pot men, Peter Sarstedt o The Family Dogg y lo hará en el futuro con Joe Dassin, The Rubettes o ¡Sixto Rodriguez!) y le acompañan como vocalistas principales Phil Trim y Madeleine Bell.  Es una banda sonora cosida de grooves, soul-disco y aires bossa-nova, con una linea melódica recurrente que, dependiendo de la escena que ilustre, contará con su pertinente dosis de vehemencia y ritmo o con la evocación y elegancia requerida. 

 Ya la intro con los títulos de crédito nos hace salivar. “Tuset street (introducción)” es una salvajada de freak soul repleta de vientos, con un bajo apisonadora y coros despendolados. “Tuset solitario”, que cierra el disco, es una nueva toma de la misma canción  y un poco más moderada en su resolución. Lo mismo sucede con “Bocaccio soul” (que sería el single) y “Bocaccio”. La primera con la voz de Phil Trim y la segunda en una toma instrumental.  Mención aparte en el capítulo de grooves merece la soberbia “En el pub”, anfetamínica pieza de baile con hammond a tutiplén y una guitarra final definitiva.


La otra parte de la banda sonora seria lo que podríamos llamar música incidental; la misma melodía tratada de diversas formas, ora con un mellotrón, ora con un friscornio, para iluminar escenas (“Tema de Jordi y Violeta”, “Jordi Borracho”, “Apartamento de Jordi”, “Intimidad”…). Junto a ellas evocadoras Bossas y dos tomas (una en inglés y otra en castellano) del pertinente tema de amor “Solo pienso en ti” / “This lonely heart” a cargo de Phil Trim y que no desentonarían en absoluto, qué digo, refulgirían deslumbrantes, en cualquier partitura de Jerry Goldsmith o John Barry.


 Este país fue lo que fue, de eso no cabe duda. Lo que si sería más que discutible es delimitar lo que hoy es.


"Hombres y bólidos" por BELTRAN MONER (Berta, 1973)

 






Les rogaría que hiciesen un breve ejercicio de abstracción. Me estoy dirigiendo a todos aquellos que no tengan ya una cierta edad y gusten de imaginar. A los que lo vivieron en vivo y en directo tan sólo les sugeriré que dejen paso por un instante a la evocación nostálgica. Bien, ahora piensen por un momento que, afortunadamente, no hay un calvo listo (otra cosa también será, no lo sé, pero desde luego calvo y listo seguro) viviendo del cuento a la sombra de un piloto de talento. Sean generosos y consideren la posibilidad de un locutor con cierto grado de conocimientos, interesado en algo más que en el lametón oneroso y ciertamente vergonzoso, que intente explicar aquello que sucede y no lo que desea que haya sucedido… ¿ya?… estupendo.

Bien, sigamos. Estamos en 1973. En España, por supuesto. TVE (la única televisión de este país, junto a su segundo canal, el llamado UHF) retransmite los domingos a mediodía las carreras de Fórmula 1. Un joven brasileño, narigón y con la piel machacada por un acné mal curado esta partiendo la pana, literalmente. Se llama Emerson Fittipaldi y pilota un Lotus negro con ribetes dorados y estampado de publicidad de la marca de cigarrillos John Player Special. El interés por dicho deporte parece tener cierta proyección y en Prado del Rey encargan a J.M. Castillejos  la producción de un programa dedicado al motor y centrado principalmente en la categoría reina. Junto a las imágenes, un tanto ingenuas se le encargarán las cortinillas o momentos musicales al músico y montador musical Rafael Beltrán Moner. Originario de Villarreal, Moner estudia y obtiene el titulo superior de piano en el conservatorio de Valencia a las ordenes del maestro Leopoldo Magenti. Este, que sería el organista de Bruno Lomas, llegaría a firmar como Pol Magenti la barbaridad “Reino oscuro de Satanas”, recopilada en el estupendo “I Lost my mind” , clara muestra de lo increíble, ecléctico y sorprendente pozo sin fondo que fue el vivero musical valenciano.

El disco en cuestión, publicado en 1973 por el sello Berta (una especie de subsello hispano para productos de poca relevancia comercial de la multinacional Polydor) lleva el título de “Hombres y bólidos”. Comienza con “Sportsmen” la sintonía de Especial deportes de TVE y continua con una apoteosis de música de  librería. Una partitura atiborrada de grooves, funk y variaciones psicotrónicas que van del wah wah al fuzz, del soul ortopédico a la electrónica analógica, de las percusiones modernísimas al beat casi Kraut. También, en ocasiones, más amable y accesible, con dejes que recuerdan a Los Relámpagos, a Herb Alpert y sus Tijuana Brass y a la música brasileña pero que, sobre todo, a mi me recuerdan al experimento de Giovanni Fennati, a.k.a. Mirageman, con aquel ep que recogía “Paroxysm”, “Hypnosis” y otras. Un disco endefinitiva que pretende no tanto ilustrar como acompañar los diversos momentos de la carrera y entrenamientos. Títulos como “Carrera y llegada a meta”, “Entrenamiento”, “Vuelta de reconocimiento”, “Final”o la misma “Sintonía Fórmula 1” son clara muestra. Escuchen y juzguen ustedes mismos.


Existe también, más accesible, una reedición de este disco publicada a principios del 2000 por el sello Wah Wah.

 

CERRADO POR VACACIONES…



 

 

Vacaciones, mudanza… new times coming at Villa Sicalíptica

NORO MORALES Saona
ALDEMARO ROMERO Y SU ONDA NUEVA El musiquito
ROBERTO MENESCAL Five four
JORGE BEN Take it easy brother Charlie
ASTRUD GILBERTO Take it easy brother Charlie
LOS ZAFIROS Bossa cubana
LOS ROCKING BOYS Llévame a la luna
TONY RENIS Perche, perche
STELVIO CIPRIANI Tintikitikitin
WILSON SIMONAL Nem vem que nao tem
SOLA Tabu, tabu
PABLO SUEÑA Tabú
RAY BARRETTO I wanna be a James Bond girl
EL CHICLES Babalú
ROBBY POITEVIN Bubba dub bossa
VIKI CARR Más que nada (Pow pow)
THE REMO FOUR Sing Hallelujah
THE SQUARE SET Ain’t what i want
THE FANTASTIC LAS VEGAS I wish you love
RENEE AND RENEE Tú dices que sí
PEGGY LEE Allright, Okay, you win
TINO CONTRERAS Bacango
DAVE DAVANI FOUR Jive Samba
PAUL MAURIAT Let the sunshine
ANNIE GERMAIN Il fait chaud

PLAYLIST ¡Abran paso!

 


Tracklist

ELKIN & NELSON Abran paso

PRETTY PURDIE Soul drums
THE NU SOUND EXPRESS Ain’t no good enough for you
THE BROTHERS Brother’s groove
AL SHARP Funky lover
DOC RAND I need a woman
REX GARVIN Believe it or not
DEE EDWARDS Why can’t there be love?
MONGO SANTAMARIA Cloud nine
JOHNNY PATE You can’t even walk in the park
THE DYNAMIC CORVETTES It’s a trap
JIMMY JAMES & THE VAGABONDS Hi Diddley dee dum dum
MARLENA SHAW Liberation conversation
WAYNE MCGHIE  Dirty funk
THE QUICK Bert’s apple crumble
THE MONCLAIRS Sore feet
THE BUNCH Don’t come back to me
JOE KENNEDY Funky time
CHAMPION JACK DUPREE Barrelhouse woman
MUDDY WATERS I’m a boy

RUMBAVILLE Canta, baila, ríe y llora

 

RUMBAVILLE 

 

Después de “Here comes the rumba” y “Rumba or die” (que pueden escuchar si apetecen en mi página de mixcloud) llega “Rumbaville”. En esta ocasión desde los archivos de Discophon, Belter, Philips, RCA, Movieplay y Columbia tengo el placer de presentarles un breve y humilde recorrido por muchas de las aristas de la rumba. Por su autopista y también por sus carreteras secundarias.
Visitaremos la disco rumba con Rumba 3 gracias a la soberbia “Buscaremos un rincón”, joya oculta en su lp Disco (“Acuérdate que te quiero”) y también seremos espectadores del drama que subyace entre el artista y su público, en realidad entre dos amantes que lo fueron, en esa sofisticada rumba funk de los Chipén que es “Corazón de león”..

 

 Proto hip hop con beats de piano responsabilidad de Paca y Manuela en “Negro y blanco” y de Enrique Castellón Vargás en “Jaz gitano”  y apoteosis del trompeterio latin rumba con El Noi. Todo vale, tanto si es real y es sentido, como si de ficción e impostura se trata. Digánselo a La Terremoto y “El despertador”. Fábula o realidad nada importa una vez discurrimos por ella; La voz rota de Jose y sus Rumberos dudando entre quedarse o marcharse, preso de lo intangible en “Que qué de qué” o el maestro Peret jugando a ser Joe Cuba en una felina versión de su “Gato”.   

 De esa apisonadora del ritmo que es el Lp de Los Chavós  me complace presentarles su versión del cubano Rafael Cepeda en clave anfetamínica propulsada por bongos, ventilador, palmas y trompeta de juguete. A su lado una toma del “Ojos chinos” de Chele acelera hasta el paroxismo la del Gran Combo de Puerto Rico.

 Sangre Gitana, Solera 4 y Contraste nos acercan a la rumba sevillana con sobrados medios y producción de tronío. A menudo acusada de señorita y fatua, conviene no obviar sus episodios más subterráneos, aquellos en los que el drama y lo frívolo se dan la mano con sin igual efectividad;  “Yo me siento muy feliz”, “Un poco de café” y “Borrón y cuenta nueva” son rumbas polisémicas, esas que nos narran la pérdida y la infidelidad transustanciadas en las adicciones, las flaquezas y la melancolía. Volver a levantarse tras el batacazo, pensando desde ese mismo momento en la proximidad del siguiente tropiezo. 


 El gran José Cunill y su piano llevando a una nueva dimensión el “Nuestro ayer” de Santisteban, entre el Latin Combo y la rumba cardíaca, sin embargo tan sentimental. La Polaca cantando a Juan Pardo en esa aproximación al hippismo cristiano vía batucada que es “Chiquillo moreno”.  Argentina Coral reinventando a Camilo Sesto en “Algo de mi”; un piano cual manantial de sensaciones que uno diría (pese a no estar acreditado) acariciado por Cunill y que, aproximadamente a la mitad de la canción, redefine la necesidad del bongo y las percusiones como metrónomo vital sobre el cual cimentar las emociones carentes de cualquier afectación.


 Ya, ya termino, descuiden. Me despido con la rumba fuzz de Rumba Joven, de su único y recomendabilísimo Lp, el llamado “Baila, canta y ríe”. ¡Ah!,  y también esa maravilla, enroscada en la canción ligera italiana más evocadora, que es el “Tómalo” del gran Changó. No sé ustedes, quizás lo tomen como carencia y merma de este quién escribe. Humildemente pensaría uno que estarian confundidos.  No por mi criterio, discutible siempre, sino por la grandeza de lo ofrecido. Tal vez lo observen desde la profiláctica distancia, esa que existe mientras se balancea uno entre la condescendencia y el cinismo. Seguiríá pensando que así no, ustedes no. Pero estoy casi seguro que lo más probable  -me gustaría mucho- se detengan en apreciar la libertad estilística más absoluta, la finura melódica, la matematica precisión en el ritmo y en el tempo. Junto a todos esos enseres, irrenunciables, también otras cosas, si cabe más importantes. Cosas como el rigor, la verdad, el placer y el retrato del instante. La fábula y la representación. En ese caso estaremos de acuerdo. Ojalá.

 

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Diez razones para dejar de seguir …

… este blog. Refugio de atavismos casi patológicos, recurrentes obsesiones musicales y reflexiones hilvanadas de aquella manera. O sea, malamente. Pero una vez se ha pasado por encima de lo superfluo igual si que permanece algo sustancioso. Las canciones. Porque eso y no otra cosa es lo que les ofrezco. Diez canciones que me llevan absolutamente de cabeza (en el buen sentido) este último mes. No es una lista génerica o por estilos sino descabalgada y muy vinculada a mi. Asunto sin importancia, lo reconozco. Ustedes dirán.
 

Lo he intentado, se lo juro. He escuchado este disco varias veces en el último mes. Atentamente, esperando amortizar los ocho dólares que me costó. Ha llegado la hora de reconocer que es mediocre, incluso para mis standards. Pero igual que digo una cosa digo la otra; “Bad dreams” los vale varias veces. Una barbaridad de esas que me vuelven absolutamente loco; formidable guitarra fuzz pespunteando la melodía, estrofas coroladas con una voz en falsete, la batería y el órgano de la mano. Todo lo que yo le pido a una gran canción pop. ¿El resto? pues sigo igual, tal vez se salve “I’m only dreaming”, pero del disco del tal Dick Domane (del que reconozco que nada sé) he de admitir que poco más puedo salvar. Ahora bien, insisto, “Bad dreams” es tan sublime, tan directa, tan perfecta. No puedo dejar de preguntármelo; ¿Y si hubiese single?. Disculpen la vulgaridad pero me humedezco sólo con pensar en tal posibilidad.

 

 

A Ruthann Friedman la han recuperado – cada día que pasa se lo agradezco más- los titanes de Now Sounds con la recopilación “Windy”, titulada igual que el mega éxito que compuso para The Association. Recoge ésta el que iba a ser su primer disco, grabado junto a varios músicos del wrecking crew y luminarias como Van Dyke Parks, Randy Newman o Curt Boettcher. Jerry Moss, capo de A&M finalmente archivó el disco y decidió no publicarlo. Un año más tarde, ya en Reprise, publicaría este “Constant companion”. Un Lp en esencia de las mismas características (por intimo y desnudo), que no en la forma. Donde antes había grandes músicos y arreglistas, productores imaginativos y expansivos, ahora está ella sola a la guitarra acústica con alguna pequeña colaboración -improvisación estaría mejor dicho – de su amigo Peter Kaukonen con la eléctrica. Un disco frágil en apariencia, que parece a punto de romperse, con su voz similar a la de la Joni Mitchell menos mística, pero que en el fondo es duro como el granito. Música profana de serena, casi devota belleza. Les dejo con “Ringing bells”.

 

 
 
Ya les he hablado de Richard “Dick” Hyman en el post anterior. Incluso creo que cité este disco de pasada. “The man from O.r.g.a.n.” es un disco simpático sin más, con momentos divertidos y curiosos, incluso ingeniosos, aunque en otros con el piloto automático puesto. Bien hecho, sin duda. De esos que había cientos, miles. Con el gramaje y el peso adecuado, y el diseño de una portada estupenda que te lleva hacia él irremisiblemente. Uno, creyente facilón y convencido, no necesita de nada más para la seducción. Pero en el final de la cara B, la última canción del disco… ¡Booom! … ahí está, hammond soul de primerísima magnitud, adictivo, exultante. La versión definitiva de “Agent double-o-soul”, el clásico del grand Edwin Starr. Una canción de esas que te alegra el día. O la semana. O…

 

Ahhh, les puces. Las tiendas de discos y los rastros en general. Cuántas sorpresas deparan. Este diez pulgadas de los belgas Les Cousins cayó en mis manos hace tanto tiempo que ya ni me acuerdo. Si que recuerdo que me dirigí a él conminado por la hermosa fotografía de ellos en la portada y que reconocí dos de sus canciones por tenerlas en unos de esos benditos eps que Belter publicaba en nuestro país; “Relax baby” y “Hey Mae” creo recordar que eran, hablo de memoria. Pero la verdadera maravilla, la absoluta joya de la corona es un denso instrumental titulado “The Robot”; tenebroso, escueto, casi espectral. De morosa y firme progresión desde su inicio para terminar añadiendo volumen, densidad y salvajismo controlado. Hipnótico y muy adictivo. Prueben y verán.
Otros que tal. Sé que en ocasiones algunos amigos me acusan de cierto chauvinismo pero no creo que sea cierto. O no del todo. Uno no le hace ascos a nada. Lo que sucede es que me resulta todo tan evidente que no puedo más que sorprenderme por la cicatería en alabar lo que a mi me parece tan obvio. Un grupazo con todas las de la ley cuyo único demérito probablemente fuese haber surgido y crecido en un lugar donde estas cosas -en realidad todas las cosas- tienen escasa trascendencia y repercusión. Los Pekenikes fueron Dioses, háganme caso. Este “No puedo sentarme” (cover del “You can’t sit down” de Phil Upchurch Combo hecha , imagino, a partir del éxito de la version de los Dovells de dos años después), incluida en su primer Lp es una de sus múltiples joyas, en este caso de la primera época (“No te la vas a llevar”, “En la onda”, “Ya verás”, “Es mejor olvidar”, “Eso fue tu amor”, etecé). Una época en la que todavía combinaban lo vocal con lo instrumental y, como siempre, atinando justo en el centro de la diana. Perdónenme el esnobismo pero he subido la portada de la edición americana en UA latino, tan evocadora, tan elegante. Sospecho que imagen idealizada del diseñador del sello de algo que por aquí no era así ni por asomo.

Mi amigo Eduardo me conoce bien. Es una especie de curandero del alma, psicoterapeuta de mis obsesiones musicales que me proveé con esmero de ediciones argentinas, siempre impecables y ajustadas de precio. Recuerdo que, como con tantas y tantas cosas, uno no tenía ni idea de quienes eran los Wonderfuls. Bueno, la verdad es que sigo sin tenerla, a lo que me refiero en concreto es a que no conocía esta joya titulada “Busco un corazón”. Sí que recuerdo que todo surgió de casualidad, cuando me ofreció, tras previa solicitud, una copia de la ansiada “¿Dónde está esa mujer que yo amé?” (no sé a que esperan a conocerla si aún no han tenido la fortuna de escucharla) del Grupo Uno. Me envió, como suele, solícito, atento, muy profesional, una relación de discos que me ofrecía con sus correspondiente mp3 para que los escuchase. Y allí estaba “Busco un corazón”. Una bomba de soul con vientos desbocados y letra tontorrona de esas que tanto me gustan. Me volví loco. Literalmente. Tampoco es que se necesite mucho para ello. Tan sólo una gran canción que todavía no conozca.
Cambiemos de tercio. Modern soul sicalíptico a lo Barry White con toda la parafernalia necesaria para tocar el cielo; wah wah a dolor, melodía encadenada, voz lasciva, arreglos de cuerdas carnosos y mega producción (Jim Burgess por Tom Moulton). Añádanle a un sosías del gran Enrique Villén posando orgulloso con una sonrisa satisfecha y adornado de una permanente rijosa, camisa pertinentemente desabotonada más sobrio chaleco y pantalón acampanado negro. Como corolario a todo ésto, súmenle una serie de lobas hambrientas de las etnias más populares , disputándoselo y ya tienen la ecuación completa. ¿El resultado?, muy sencillo; “We belong together (just you and me)”. Lo confieso, por mi podría durar media hora. Lo que quisiese en realidad, dejémosnos de tonterias y medias tintas.
 

 

Una, otra más de las razones por las que uno bendice el nombre de la gente de Now Sounds. En esta ocasión por sus dos volúmenes de “Book a trip; The Psych sound of Capitol records”. Canciones descubiertas, canciones recuperadas, canciones olvidadas. Este single de los suecos The Shanes, estando en la primera categoría, tiene todo aquello que uno le pide a una canción pop; melodía, nervio, joie de vivre, concisión y su puntito de ingenuidad. Bienvenidos.

…Chris Craft # 9 you’re welcome aboard...

Por fin conseguí una copia. En perfecto estado. Mil, un millón de gracias Javier. ¿El Santo Grial de la Rumba?, no sabría decirles. Uno de ellos probablemente. Y con toda justicia. Ni una canción que baje del notable y  varias cómodamente instaladas en terreno del sobresaliente. Un disco tocado por la mano de Dios; ritmo y sentimiento de la mano, la fugacidad del momento inspirado. Puro talento. Como ésta,  sin ir más lejos, la que lo abre…

Para terminar, una broma, un experimento, tal vez un despropósito. Espero sepan disculparme pero uno es de la opinión que si, desde el respeto a la obra ajena y a los lectores que por aquí se pasan, no puede jugar con sus obsesiones y taras aquí en su casa, no sabe ya dónde podrá hacerlo. Lo que les ofrezco es una mezcla casera de “Danza nº 8” de los fantabulosos Relámpagos. La original es una pieza de sorprendente psicodelia española a partir de su elegante clasicismo. Una pieza un tanto atónita, mágica y formidable sita en uno de sus Eps con la reinterpretación de la música clásica española. El audio que he elaborado pretende respetar el espíritu y acentuar las aristas; Panorámicas planeadoras, evocación lisérgica y un cierto atonismo contemplativo. No sé, juzguen ustedes.

"THE ADVENTURERS" The Ray Brown Orchestra plays A.C. Jobim (Symbolic / Buddah USA, 1970)

 

Hay discos que uno compra por casualidad (por no llamarlo enfermedad), azuzado por una curiosidad malsana y a los que una escueta referencia, un texto incisivo o una portada sugerente sirven de ineludible anzuelo. Son discos que nos cuestan lo mínimo y que son como un café. En ocasiones, si está bien hecho (corto, con crema, tostado que no quemado), nos procuran un placer intensísimo y en otras (por estar aguado, desligado, de aroma escaso) son una profunda decepción.

   “Antonio Carlos Jobim / “If literature is the foundation of the arts, music must be its soul” / Una señorita a medio desvestir / Tres dólares” sería la secuencia correspondiente para este hallazgo en concreto. Música escrita por Antonio Carlos Jobim, interpretada por la Ray Brown Orchestra y arreglada por Quincy Jones. No está mal. Investigando un poco más uno llega a saber que existe una partitura del primero como banda sonora de la adaptación cinematográfica del best seller de Harold Robbins titulado “The Adventurers”. Es esta película y libro la enésima reformulación del mito Bondiano, carne de cañón para autocines y sesiones dobles sin tener ninguna de las virtudes que para estos casos se les presupone. La banda sonora, desgraciadamente, acompaña a las imágenes. Huyan de ella. 
 
 Sin embargo esta otra, su adaptación, es cosa sensacional. Al menos la mitad de ella; “Polo Pony”, “Go down dying”, Coming and going” y “Fat cat Strut”. Una mezcla perfecta que bastardea blaxploitation, funk, a los M.G.’s, scores para bandas sonoras, diversión para club de baile y percusiones  elegantemente descriptivas con algunas sorpresas; “Go down dying” fue sampleada por Bjork en su “Human behaviour”, probablemente lo mejor que uno le ha escuchado jamás y ahora entiendo el por qué.
 
 Editado por Symbolic y distribuido por Buddah en el año 1970 uno no sabe si sigue costando lo que un café o en el oscilante mercado de valores discográfico ha elevado su cotización. Lo que si sabe es que merece la pena localizar una copia, que es un tiro y que este pequeño mundo de los discos es inacabable.