THE PALE FOUNTAINS. Pacific street and beyond

 

“… I can see the road where you once flew, i’m in pacific street to make ends meet”

 

Ah, el pasado. ¿Quién nos defenderá del pasado? Por si todavía tienen la fortuna de no saberlo, éste puede ser implacable. Capaz tanto de educar como de estropear para siempre el cuerpo y el alma. Tendemos a mitificarlo, obviando desencuentros y decepciones, y no será uno quién critique éso. En tanto en cuanto no sea una venda en los ojos puede llegar a ser hasta saludable. Incluso siendo a veces todo aquello, si a alguien le sirve como lenitivo, no veo el problema por ningún sitio. Bien por él. Hay veces, las que a mi más me apetecen, en las que dependiendo de nuestro estado de ánimo es remedo de conversación en un rincón, con uno mismo. Un lugar donde pasar un agradable rato en compañía de nuestra soledad. Porque no todos los que están solos se sienten solos. En cambio cuando pretende constituirse en algo referencial, generacional, deja para uno de tener ese carácter privado y casi intimo que es el que en verdad lo hace valioso. En plena era de la cultura del simulacro son innumerables las referencias que lo jalonan. Se abrazan medianías -incluso alguna y contada vez esporádicos estallidos de genio, generalmente por generación espontánea- como epicentros comunes de una época pasada, sin advertir ni detenerse a pensar siquiera que ésta solo puede permanecer, continuar siendo, cuando es algo personal y propio. No es que quiera en absoluto apropiarme de algo en un principio destinado a cualquiera de nosotros, ni mucho menos arrogarme ninguna exclusividad, muy al contrario. Aunque no quisiera dar esa impresión -algo que sería, en todo caso,  muestra evidente de mis limitaciones- si me gustaría puntualizar que para conocer hay cuanto menos que querer, e incluso queriéndolo no sería garantía de nada.

 

 No suele haber nada más moderno que lo clásico, a poco que le demos la distancia y perspectiva necesaria. Partiendo de esa distancia piensa uno que podrá o no apreciarse la diferencia, y de hacerlo, ésta, como tal y por muy pequeña que sea, tiene que ser siempre salvaguardada. No teniendo en absoluto porque debe ir disfrazada con cachivaches ornamentales y proclamada con liturgias y guiños cómplices, sino residir en cada uno, en el sentir más íntimo. Aún más, puede darse el caso que al pretender revestirla de oropeles y celebración ecuménica cada dos por tres, lo único que puede suceder es engaño e incluso impostura.

 

 

“…Yo no quiero ser normal. Una persona normal es una persona vulgar. Ser vulgar es ser gris. Ser gris es formar parte de una masa. Ser masa es no existir. La única forma de existir, la única manera de ser, es ser diferente. Para ser, hay que ser diferente. Y yo quiero seguir existiendo yo. No quiero ser uno más

 

 José María Prada en “El transplante” (Capítulo de “Historias para no dormir”)

 

Diferente. Así es como te sentías a los dieciséis años escuchando Pacific street. Una especie de profeta iluminado y clarividente descubriendo caminos que -aunque entonces lo desconocías- otros ya los habían transitado. Recién aterrizado en la capital. Viniendo de un sitio pequeño y sintiéndote extraño. Sin saber que eras… pequeño y extraño. Te imaginabas ya un hombre en medio de un mundo de peleles, entusiasmado por la puerta medio entornada que daba acceso a la vida, a una vida que querías gobernar a toda costa. Dispuesto a mostrar el gozoso descubrimiento a todo aquel que quisiese escucharte, sin advertir ni darte cuenta que ya nunca dejarías de luchar por no ser otro pelele… en un mundo de peleles. Un manantial ahora sí, pensabas, por fin, libre y accesible. Una fuente de la que brotaban multitud de referencias conforme te saciabas en ella. Aquello sonaba distinto, rico, único, tuyo. Algo propio, dirigido a ti, como solo es aquello que principia la vida. Te imaginabas como el héroe descubriendo el mundo, con el arrebato propio de los iluminados y el candor indisimulable del niño que, bobo de ti, luchabas por dejar de ser. Escuchar las primeras notas de Reach y volar. Aquellos bongós tenues, las guitarras acústicas, puras, limpias que te pellizcaban en cada nota. Y de repente un estallido; Las trompetas que sujetaban la canción, que te abrazaban de una manera que ni tan siquiera llegaste a pensar que fuese posible. La voz, airada y cercana, esa melodía que te envolvía literalmente y que, justo después del …But i try, i,i,i… te remitía entonces a los Cure de Boys don’t cry. Eso -sobra decirlo- hoy ya da completamente igual, pecata minuta. Aquello, tocar el cielo en unos tiempos donde el gélido infierno tecnificado y del prosaico purgatorio del punk moribundo era todo, no tenía precio. Encontrar un puñado de canciones, ¡¡CANCIONES!!, repletas de todo aquello que sentías; Ira, pérdida, ensoñación, deseos, rabia, soledad…

 

 
De ahí, a poco que tuvieses cierta curiosidad -y te sintieses vivo del modo que solo se siente uno en la adolescencia- tenía que ir, sí o sí, directo al catalogo de serie media de Wea, sección Costa oeste, vaya veta, inacabable entonces. De

(There’s always) something on my mind a CSN&Y, Love, Buffalo Springfield, Tim Buckley. Solo era un paso, sí, pero tan enorme entonces como natural resulta hoy. Con un poco de suerte te hacías con la serie pioneros, distribuida por Hispavox. Southbound excusion, sus celestiales coros femeninos, lo soft como sinónimo de frágil y no de blando. Los arreglos de cuerda lujuriosos que se repetirán a menudo, la flauta, grácil y apropiada, un objeto extraño solo durante los primeros cinco segundos. La valentía y el arrojo. Quizás también la inconsciencia y la libertad. Tocados por el ángel, sin ninguna duda. Una bacanal para los sentidos y para el alma, tan solo a la distancia de los primeros ahorros y las primeras sisas. Tan lejos, tan cerca.

 

 
Había más, mucho más. Te preguntabas que era aquel ritmo tan agradable, cálido y reparador, de Abergele next time. Te parecía haberlo escuchado en el Swoon de Prefab Sprout. Pero no sabías, no podías saber. Y querías, necesitabas saber. Algún alma generosa te habló de Joao Gilberto, de Jobim, de aquel disco con la jirafa en la portada. De CTI y de Creed Taylor. De Astrud Gilberto y de Solera. de Arthur Lee. Y qué sorpresa tan inmensa ante lo que había en sus surcos, ufff!, en todos y cada uno de ellos, aunque algunos no supieses, no pudieses entenderlos. Todavía. Otra vez las trompetas; “…¿Has escuchado a Chet Baker?…”. Y de nuevo vuelta a empezar, ya para siempre. Porque aunque los tiempos de comuniones multitudinarias tuvieron, tienen, -¿tendrán?- otras iglesias y otro público, incluso en este disco existen, casi ocultos, episodios de este calado; Natural, La furia y el inconformismo. “… You said i’m looking fine, yeah, yeah, yeah. You’re not so bad yourself…”. Vehemencia, airada chulería, feliz inconsciencia. Fragilidad y voluntad.
 
 
 Es imposible, casi un axioma por definición, que obras como Pacific Street sean algo más que la sublimación de lo íntimo, de lo propio. Algo más que un humilde e ingenuo tête a tête, revelador e iniciático. Faithfull pillow abre y cierra la cara B. Una elegía instrumental, evocadora, imaginaria banda sonora. Sin darnos tiempo para la nostalgia, como debe ser, asistimos a  (Don’t let me) Start a war, pop de perfecta resolución, directo y veleidoso. Con su punto airado, consciente a su pesar de su quebradiza perfección; Siempre la misma vieja historia, la historia de como vas a cambiar el mundo. Y le haces daño a todo el mundo. Promesas, promesas, promesas. 
 
 
 

Es todo, me temo, desalentador a corto plazo para cualquier artista con deseos de trascender. Desalentador y cruel. Sin embargo a día de hoy es lo único que verdaderamente perdura. Una cosa jodida la vida, sí.  No, claro que no estoy hablando de élites o de aristocracias artística, ni de genios, ¿por quién me toman?. Bueno, de geniecillos tal vez sí.  Inconstantes e inconscientes. También de espectadores curiosos, seres aparentemente intrascendentes con ansias de componer el rompecabezas -más o menos complicado- que toda vida es. Pero, no lo olviden,  a partir de la suya. Muchas veces sin pretenderlo, sin querer o sin darnos cuenta, surgen mitos casi por arte de magia. Referencias que son asideros en los que mantenerse anclados hasta que pase la tormenta. Balizas que tal vez no pasasen de ser una aislada anomalía en su momento, probablemente de forma merecida, no lo sé, pero en otras, pocas y contadas ocasiones, se convierten en sustrato y vida. Nos muestran, benditos sean, un camino que recorrer, instándonos a la aventura, con sus barrancos y sus cimas. Son cosas que no se olvidan.

 

“… ¿Los ochenta?, una mierda. Escuchando los discos te das cuenta enseguida. Con los Pale Fountains era una lucha sin fin con los técnicos y los ingenieros de sonido. No había manera de hacerles entender el sonido que queríamos. Metían eco por todas partes…”

 

(Micheal Head en “Les inrockuptibles”. (12/11/1997)

 
Frente al hastío y la presunción, el cinismo del que pretende haberlo visto y vivido todo, la ingenuidad del curioso que nada sabe. La belleza como última meta. Frente a quién tiene a ésta por banal y sobrevenida, la persistencia en alimentarla, en cuidarla, en mimarla día a día.
 Lo vital y lo artístico acaban por darse la mano. Es más que posible que Pacific street fuese un espontáneo fogonazo de genio, una estrella fugaz que ya no volvería a repetirse.  Pero lo consiguieron. Con una sola vez bastaba, me bastaba. Un disco que es principio y fin. Lo que le seguiría no podía – ni debía – ser ya igual. Arrasado por la droga y el fracaso el grupo explota tras From across the kitchen table, disco que, pese a tener sus momentos gloriosos, ya no será lo mismo. Porque no podía serlo. No al menos para quién suscribe. Tampoco, ni mucho menos, lo serán sus sucesivas reencarnaciones; Shack o, casi quince años más tarde, Micheal Head and the Strands. ¿Saben? aunque entonces me dio mucha rabia, hoy pienso que es así como debía ser. Ni ellos ni yo éramos los mismos.
 
“… Había un tipo llamado Yorkie. Él fue el que me descubrió a los Love. Todos los grupos de Liverpool del momento nos pasábamos por su casa; Teardrop Explodes, Echo & the Bunnymen, nosotros… tenía una colección de discos impresionante. Nos grababa cassettes con un poco de todo; Captain Beefheart, Henry Cow, etc. Pero Love era el centro. Antes de eso yo ya había escuchado bastante a los Beatles y Bowie. Mi padre, que fue un teddy boy en su juventud, me compró “Alladin sane”. Una elección extraña viniendo de él, de la que muy pronto se arrepintió. Escuchaba ese disco constantemente. Cambió mi vida…”
 
(Michael Head a “Les inrockuptibles”. 12/11/1997)
 
 
 
Los años continúan transcurriendo. Más de 25, se dice pronto. Es posible que hoy, en estos tiempos extraños, a alguien le parezcan algo obsoleto, que les suenen un tanto envejecidos. Descuiden, siempre fueron viejos. Lo que sí es seguro es que nosotros vamos camino de ello. Suele ocurrir con los hechizos y con el amor. Se necesita cierta predisposición. A mi, de nuevo hipnotizado, todavía enamorado, siguen atrapándome. Me ayudan a recordar mucho mejor que cualquier evidencia fotográfica. El tiempo, cruel y selectivo, ha seguido su camino. Pero escuchando Pacific street se me antoja que todo ha transcurrido de una manera natural, casi como un sueño adolescente, difuminado y borroso que mezcla de forma insoslayable lo jodido y lo jubiloso, hasta formar esa cosa que acaso hoy ya podamos llamar historia, insisto, pequeña, pero nuestra. Todo el disco es glorioso, con sus aciertos y también en sus errores, que también los tiene, como la vida misma. La crónica de un maravilloso fracaso -del único modo en que los fracasos son verdaderos, siempre a su pesar – que sigue luciendo impoluto y arrebatador. Similar a otros que hubieron antes Nick Garrie, Billy Nichols, The Aerovons ) o que habrían despues ( The La’s, Hal, Neil Hannon, los últimos Replacements). Fragmentos que resumen e ilustran una época concreta de nuestras vidas como no se me ocurre que otra cosa es capaz de hacer.  
 
 
Así como los neurólogos señalan que los enfermos de Alzheimer lo primero que pierden son los recuerdos recientes, manteniendo los de su infancia, quién sabe si como último asidero, los discos que te ayudaron a ser, a conocer, a vivir, los que te formaron y deformaron, son los que siempre quedan. Y aunque sean solo un puñado, muy pocos, afortunadamente quedarán ya para siempre. Como allí, en medio de nuestro pasado, reposa Pacific street.
 
“…El gran circo de la gloria fugaz, los vídeos, las sesiones de fotos, los primeros contratos, el dinero fácil y la heroína. La trayectoria habitual…”
Anuncios