MICKEY NEWBURY "Harlequin melodies" (RCA, 1968)

 
Existen convenciones que se derrumban a las primeras de cambio. Me refiero, claro, a las convenciones del estilo. Sé de lo que hablo, soy especialista en ello, en construir castillos de naipes para a continuación pasar a demolerlos. Como decia el escorpión de la fábula, “es mi naturaleza”. Creo que ya les he aburrido alguna vez que otra con mi teoría de las certezas así que será mejor para todos pasar a lo que sigue.
 
 Recuerdo haber comprado este disco en un viaje a Nueva York hace ya demasiado tiempo, tras leer en la contraportada -y no saberlo en aquel momento- que Mr. Newbury era el compositor de “Just dropped in”. Fue un viaje de esos iniciáticos en el sentido que te forman musicalmente, para bien y para mal. Años pre internet donde el boca a boca, las lecturas apresuradas y cierta tendencia a la ensoñación, tan natural en uno, sólo encontraban freno en mi falta -aún mayor- de conocimiento y lo limitado de mi cartera. 
 
 Cuando regresé a casa, al ponerlo en el tocadiscos, quedé instantáneamente hechizado por el estrambótico sitar que ornamentaba toda la canción y el aire de strange music que desprendía. Andaba uno por aquel entonces -bueno, sigo haciéndolo- combinando sus incursiones musicales entre las obras más o menos serias (todo los serias que una persona estropeada como yo pueda pretender acumular) y los ejemplos más atónitos que pudiese encontrarme. Estúpido de mi lo catalogué rápidamente como un ejemplo más de las aberraciones tan placenteras que pululaban por los dos volúmenes de los libros Incredibly Strange Music (de Ken Nordine a Peter Grudzen, de Robert Moog a Jean Jacques Perrey, de Eartha Kitt a Andre Williams… y así mil más) sin detenerme a escuchar el resto, ansioso como estaba por descubrir aquel mundo maravilloso que se presentaba ante mis oidos.    Unos calificarán ésto de diletante empeño, otros de poco rigurosa andadura, los más benévolos y amables de asunto curioso, así que no voy a mentirles; esos han sido los cochambrosos cimientos de mi dispersos -y escasos- conocimientos. Un batiburrillo donde se mezclan sin orden ni concierto y en distintas dosis mil estilos. Sólo les pido un par de cosillas; Melodía y actitud. Lo demás puedo llegar a disculparlo. Por eso cada vez que tengo el placer de recibir a alguien en mi casa, tanto la física como en esta virtual, me cuesta bastante articular un discurso más o menos inteligible y termino por darles las gracias ante su comprensión y cariño.
 
 Bueno, a lo que iba. Tiempo después recuperé aquel disco. Se llamaba “Harlequin melodies” y pienso que en esa ocasión sí conseguí advertir su grandeza y personalidad. Son las segundas oportunidades asunto que suele darse bastante a menudo del mismo modo que también acostumbramos a ser tan bobos de no advertirlas. Descubrí entonces un disco grandioso (y otros posteriores como “Looks like rain”, “Heaven help the child”, etcétera), no por grandilocuente ni espectacular, sino por pródigo y generoso en su descripción, y con él a un tipo llamado Mickey Newbury. Un hombre con una voz. Sí, lo sé, empleo mucho ese calificativo, pero tampoco sabría de que otra forma explicarlo. Explicar o describir a alguien con un discurso y una cosmologia propia, que tiene la virtud de ofrecer una mirada que no pretende juzgar, tan sólo mostrar; descriptiva y panorámica. Una aproximación a las cosas que sin embargo tampoco está ausente, ni es cínica. Que no toma partido por nadie pero que en cambio ESTÁ ahí. Tan sutil y honesta que con sólo situarse -no necesita más- nos muestra su punto de vista.
 
 No voy a aburrirles más. Lo mejor de esta bitácora siempre ha sido la música. Lo que si que me voy a permitir es traducirles a mi manera, descabalgadamente, las notas de la contraportada de “Harlequin melodies”. A mi me han gustado. Son sinceras y escrutadoras, pese a estar redactadas desde la devoción y el hallazgo. Y pese a todo ello, no son serviles ni fatuamente lisonjeras en absoluto.
 … En febrero de 1968, tras haber leído un artículo que publiqué sobre Louis Armstrong en el Harper’s Magazine, una de las revistas americanas más respetadas de entonces, los editores decidieron enviarme a Tennesse para escribir acerca de lo que estaba pasando -musicalmente- en Nashville. Durante las varias semanas que estuve allí hablé con las grandes figuras de Nashville, de prestigio mundial (Chet Atkins, Marty Robbins, Flatt and Scruggs, Eddy Arnold y muchas más). Todos eran especiales para mi, viejos ídolos, así que yo ya viajaba propenso a impresionarme con su obra.
 
 Nada, sin embargo, me había preparado para Mickey Newbury. Aunque ya era un exitoso escritor de canciones para la Editorial Acuff y Rose desde hacía casi dos años, jamás había oido hablar de él. Nos encontramos por medio de un intermediario y prácticamente enseguida encontramos un punto en común; ambos eramos tejanos. Compartíamos también un obvio amor e interés por la música. De su inmenso y personalísimo talento yo todavía no sabía nada.
 
 Una tarde, en la habitación de mi motel en Nashville, agotado por haber asistido a interminables sesiones de grabación y haber entrevistado a todo aquel que me había parecido intresante en la ciudad, estaba ya a un paso de caer rendido. Fue entonces cuando Mickey Newbury tomó su guitarra e interpretó dos canciones que había compuesto las cuales estaban escalando en las listas; “Funny, familiar, forgotten feelings” y “Just dropped in”. Al instante el cansancio desapareció. La extraña combinacion de los sagaces textos de Micky, su pureza en busca de una voz sin ayudarse de los trucos de estudio y su sencilla pero personal forma de tocar la guitarra me conminaron a pedirle más. Mickey lo remató con dos nuevas canciones, hasta entonces inéditas; “Good morning dear” y “How many times must the piper be paid for his song”. Para entonces yo ya estaba colgado del teléfono balbuceando a mis amigos de Tejas y Nueva York sobre mi nuevo descubrimiento. Mickey Newbury -lo dije entonces y me reafirmo ahora-  fue el tipo con más talento con el que me topé en una ciudad donde habían muchos tipos talentosos. Cada noche durante una semana desde entonces Mickey Newbury entretenía en mi habitación del motel a una audiencia cada vez más numerosa (incluido un amigo mío que voló desde Nueva York adrede y que flipó como lo hice yo) y, más a menudo que otra cosa, le haciamos cantar “Sweet memories”.
 
Todavía puedo ver -y escuchar- a Mickey apoyado sobre la guitarra, la cabeza inclinada como si siguiese alguna música secreta más alla de los meros mortales, una lenta y agradable sonrisa esbozándose en su rostro como si fuese una especie de ángel benevolente cuando algún pasaje o alguna nota estremecía su alma como sólo la música puede hacerlo. Por aquella época este disco no era más que un esbozo emborronado por la fervorosa esperanza, de brumoso e indefinido futuro, que passaría a la historia tiempo más tarde. Si Mickey grababa un disco con sus propias canciones yo quería ser el que escribiese las notas, el encargado de difundir al público americano ese sentido único de felicidad y excitación, de extrañeza y dulce amargura que sus composiciones me inspiraron en esas frías noches de Nashville.
 
 La creciente reputación de Mickey Newbury como uno de nuestros mejores compositores se basa en gran parte en su amor por la gente, por toda la gente. Yo creo que este amor es casi tan grande como su amor por los textos hermosos o su relación tan natural con las notas musicales. Su música es particularmente americana en la misma tradición que lo son algunas de nuestras glorias literarias -Faulkner, Twain, Wolfe, Hemingway-. Fluye de un compromiso personal profundo con esta tierra, con sus paisajes y sus gentes. Más aún, ve tanto las debilidades como la fortaleza de sus gentes. El trabajo de Mickey Newbury reconoce y retrata todo eso. Capta no sólo los jubilosos ritmos y rugidos de este lugar en el que vivimos sino también a los vencidos y solitarios, todos esos momentos sórdidos de los cuales nos avergonzamos ante Dios.
 
 Escuchar a  Mickey Newbury cantar sus propias composiciones -dándoles el énfasis, el sentido y el espíritu que su autor pretende- debe ser algo como escuchar a Mark Twain leer en voz alta “Vida en el Mississippi” o “Cartas desde la tierra”. Twain, sin embargo, no sabía tocar la guitarra. Newbury sí…
 

Larry King