EVIE SANDS. Any way that you want me. (A&M, 1970)

Estoy viéndolo venir, así que lo reconoceré de entrada para que nadie se llame a engaño. Me temo que me voy a poner sentimental. Si aún siguen por aquí tan solo se me ocurre hacerles un par de sugerencias; saquen sus cabezas por las ventanillas para así poder sofocar las arcadas o bien prepárense para catárticas confesiones de baratillo.
 
Pese a que todavía luchemos -nótese el plural mayestático como baldio modo de eludir lo inefable- por apagar los escasos rescoldos que permanecen de aquellos tipos duros que una vez fuimos o pretendimos ser, la realidad suele mostrarse tozuda, implacable. Cierto es que siempre quedará algún arrebato, algún vestigio, pero a poco que seamos sinceros con nosotros mismos – y nadie nos dijo que eso fuese fácil-  tendremos que admitir que todo aquello fue, generalmente, cínica pose o defensivo embozo frente a la verdad que la vida y el tiempo se empeñarían en mostrarnos. Sí, aquello fue lo que fue y hoy nosotros somos lo que somos. Lo demás será impostura o falsarias fantasías o, en el mejor de los casos, cortafuegos emocionales para débiles de espíritu.
 
Porque, es cierto, reconocer entonces la grandeza de discos como “Anyway that you want me” en según que ámbitos podía llegar a ser asunto peliagudo. Aunque también, ahora que lo pienso, el mismo ventajismo era abjurar de él entonces como lo es aplaudirlo ahora. Piensen lo que quieran sobre lo que fui ayer o lo que soy hoy. Solo diré que tengo las manos enrojecidas de tanto aplaudir tras volver a escucharlo. 
 
Una menuda muchacha de Los Angeles, cuya voz recordaba -menos imponente, más ligera- a Dusty Springfield, había grabado ya algunos singles para Blue Cat y Cameo y había captado la atención de Jerry Leiber y Mike Stoller. ¿Su nombre?, sí, disculpen, debí haber comenzado por ahí. Se llamaba Evie Sands. Por mediación de Al Gallico había entrado en contacto con Al Gorgoni y este se la presenta a su amigo y socio Chip Taylor (James Wesley Voight, hermano de ése actor, y, sobre todo, compositor y músico de fuste). El inicio, como casi todos los inicios en historias predestinadas al infortunio, es bastante, mmmm, digamos … complicado; misteriosas desapariciones de masters con sus grabaciones sin acertar a saber el motivo, súbitas ediciones de la canción principal de dichas cintas por otros artistas que revoloteaban alrededor de la misma editorial e incluso futuros éxitos –“Angel of the morning”, la cruda historia de un polvo de una noche, rechazada inicialmente por Connie Francis– abortados la misma semana en que están a punto de coronar la cima debido a la bancarrota de su sello, Cameo. Para terminar de redondear la jugada, birlados -aquello ya era la jungla- de inmediato por otros (Chips Moman se la pasa a Merrilee Rush y, voilà!, bombazo nacional) que hace que todavía hoy sea ignorado por la mayoría del público que de ELLA fue la versión original. 
 
Pero no todo iban a ser desgracias. “Any way that you want me”, la canción, había sido ya grabada por los Troggs, por The American Breed y por Walter Jackson. A Chip Taylor, su autor, se le ocurre añadirle un pequeño interludio en su puente, donde la canción tomaba cuerpo, alcanzando un vuelo evocador, ése que toca la fibra. Lo registra con sus habituales, los músicos de los Muscle Shoals Studios y la guitarra de Al Gorgoni. La llevan a A&M en Los Angeles y de repente, ¡Boom!, 500.000 copias vendidas. Rápidamente -así funcionaban las cosas en aquella época- entran en el estudio para registrar el correspondiente elepé. 
 
¡Y qué Lp! No sabría muy bien por donde comenzar. Tal vez el final sea un buen resumen de todo él; La guitarra de Gorgoni dando paso a unos balbuceantes bongos, la sutileza del arreglo de cuerda de Lee Holdridge y Berney Kessel asomando con un tímido slide. El dobro de James Burton, el piano de Larry Knetchel y finalmente su voz, esa voz madura, frágil, recordando, contándonos historias de amor y de fracaso. Asumiendo con gallardía que eso es lo que hay, sin lamentos hueros. Disfrutando la felicidad del instante. No se me ocurre ahora mismo nada que evoque con más fidelidad el momento de levantarse junto a la persona amada. Y tampoco la duda eterna, esa que nos atenaza, ¿Acaso será la última vez?. “No eres un sueño, no eres un ángel, eres un hombre. No soy ninguna reina, solo una mujer, toma mi mano. Dejaremos sitio a las mentiras que planeamos. Digámoslas hasta que sea la hora de marcharnos” canta en su revisión de la canción firmada por Buffy Saint Marie “Until it’s time for you to go” . Digno epitafio que resume casi una vida en un disco; Aunque ahora ya sabemos que hay veces que las cosas no son como deseamos, siempre habrá ficciones que merezcan ser vividas. 
 
Porque, vayamos ahora al inicio, desde la panoplia de efectos en absoluto gratuitos que dan paso a “Crazy Annie” todo parece querer marcar el territorio. A cuchillo, sin concesiones. Cantante sutil y tierna, orgullosa y rotunda -incluso cuando se lo proponía todo ello en la misma canción- se me ocurren muy pocos discos con tantos registros y tal abanico de sentimientos; “I’ve been trying to make you love me, but everything i try just takes you further from me” canta en “Take me for a little while” y de inmediato lo entendemos todo. No existe defensa ni dignidad ni reflexión frente a lo ingobernable. Pero sí la lúcida asunción de la soledad en “It’s this i am” -su única composición en el disco- o el subidón de saberse amado, aunque sólo sea durante una noche, en “Any way that you want me”. La descripción del ansiado -y desigual-  canje sentimental que viene a ser una caricia por cien desprecios en “I’ll hold out my hand” con ese fuzz en la intro que, no me hagan mucho caso, me remite a algún rompepistas de moda. Probablemente hoy sería considerado -por los papanatas, por los popes de la correción, cierto- como un disco politicamente incorrecto; Verían grietas en su sinceridad desarmante, docilidad en su rendición incondicional al deseo, bajeza en las suplicas y el reconocimiento de su soledad. 
 
Y sí, a mis años sigo igual de ingenuo. Cada vez que termina el prodigio, mientras se apagan las últimas notas de “One fine summer morning”, mientras la acústica, los violines y los bongos se sumergen en un laidback eterno, referencial, sigo creyendo que hay discos que si bien no te cambian la vida si que se quedan contigo para siempre. Éste, sin ir más lejos. Ahora lo sé.