MOMENTOS MUSICALES: Steal & Stream

STEAL & STREAM

 

Ay, si uno supiese articular y expresar de manera adecuada sus pensamientos… supongo que estos remedos, a menudo sin sentido, que son las listas que elaboro, no tendrían lugar. O serían otras, quién sabe. Acabo de rescatar, como acompañamiento musical en el despacho, una lista que elaboré hace dos años. Perfectamente podría tener diez. O dos meses. Esa es su -pequeña-grandeza y también su -mi- maldición, ustedes juzgarán.

Porque el camino que va del rock psicodélico progresivo de los británicos Salamander, repleto de órgano hammond y orquestaciones suntuosas, en medio de un disco conceptual dedicado a los diez pecados capitales (“Steal” es el que me apetece incluir) al folk pop espectral de la asturiana Ana D en esa nana extravagante y desolada que atiende por “Va el amor” es, cuanto menos y siendo generoso, proceloso. No esperen pues nada más que una sucesión de canciones, elaborada con tanto mimo como discutible tino. Retazos de la memoria, instantes tanto del júbilo del hallazgo como de la parálisis que provoca la sorpresa. Uno es lo que es (cualquier cosa menos coherente, advierto) y ha intentado reunir aquí momentos que oscilan desde la modesta librería española que ilustraba programas televisivos (Beltran Moner) hasta algunos híbridos panorámicos que navegan entre la devoción y el desamparo como, por ejemplo, la etérea “Casa Bianca” a cargo de la inmensa Ornella Vanoni.

A muchas de ellas, en la medida de mis posibilidades, les he dedicado espacio en mi modesta bitácora. A otras pienso dedicárselo. De hecho, repasando el listado de canciones, me da la impresión de que esta lista -y otras de las que a lo mejor algún día hablamos- han sido el punto de partida a partir del cual comentarles lo que para mi han supuesto (por nombrar a unos cuantos) Piero Umiliani, T.S. Bonniwell o Ana D. Otras, en cambio, son simples balizas de la memoria a las que a menudo recurro, sirviéndome tanto de lenitivo como de esparcimiento; “Back in the grass” de The Motherhood, el grupo de Paul Nero, es puro soul groove de vigorosa complexión, “32 mars” de los franceses Catharsis, kraut alsaciano de alucinógena progresión. Los malayos Truck con “Earth song” y sus voces tratadas en medio de un pop psicodélico de accesible digestión son una -otra más- debilidad personal.

Sigo aburriéndoles, espero sepan disculparme; Con Roger Bunn y su lisérgico y adictivo hasta casi el paroxismo “Road to the sun”, otro de los escalones que jalonan este anárquico recorrido. Un mantra -nada aburrido pese a lo que la palabra de marras les sugiera- delicioso, con tabla, flauta, vibráfono y demás cachivaches. Un tipo que pasea su idiosincrasia en el disco del mismo modo que circuló por la vida, rechazando un cómodo futuro en las filas de Roxy Music por negarse a acicalarse según las instrucciones dandy de Brian Ferry.

La alemana Heidi Brühl, actriz y cantante juvenil de dilatada carrera (llegaría a representar a Alemania en el festival de Eurovision de 1963) haría de su capa un sayo en el año del señor de 1969 y se marcaría un medio tiempo de rechupete, puro swinging London, aunque con cierto retraso (digamos que de un par de años) con la formidable “Berlin”. Algo así, para entendernos, como lo que haría Miss Julie London en su Lp “Yummy Yummy” del mismo año.

¿Momentos para la desconexión? Por supuesto, tengo de todo, también momentos musicales como los del polaco Krystof Komeda, amigo y colaborador de Roman Polanski, intérvalos sacros a cargo de H.P. Lovecraft -los americanos- y su “Gloria patria” o el “Boroum Boroumeh” de la diosa iraní Pari Zangeneh. Sí, la broma de Dimitri from Paris es eso, una broma, un interludio que en mi osadía llegué a pensar que quedaba simpático, que desatascaba un poco, que… ¿Aló?

Cambiando de tercio, así, rumboso y haciendo bandera de mi endeble discurso, paso a presentarles la sintonia de un folletín televisivo francés a cargo del suizo Pierre Cavalli, guitarrista notable que nos regala  “Une soir chez Norris”, un instrumental de epiléptica progresión, más propio para ilustrar un giallo que una serie televisiva. O al americano Don Sebesky, con su música ambiental propia de la época psicodélica, en este fragmento titulado “Guru Vin”. O al francés Guy Pedersen y su clásico “Indian pop brass”, otorgándole a su contrabajo un amplitud ácida, un laid back narcótico irresistible. O…

Vale, lo pillo, ya deben estar hasta las narices. ¿No?, ¿En serio?. Perfecto, sigamos entonces. El primer disco de Duncan Browne para Inmediate, el sello de Andrew Loog Oldham es una cosa de no dar crédito. Elegante, sutil, repleto de canciones soberbias, valga “The Death of Neil” de escueto -y hermosísimo- ejemplo. “Give me take you” merece, sin duda alguna, un post propio. ¿Ven?, ¿Recuerdan lo que les dije acerca de una de las misiones de estas listas?…

Ah, se me olvidaba, dos cositas: “Ossessione psychodelica” de Nino di Luca, para la banda sonora de “La ragazza con la pistola”, estupenda película del maestro Monicelli que no puedo recomendarles más, al igual que la música que la ilustra, y un tal Paul St. John, del que nada sé. Tan solo que cuenta con un sencillo de creciente cotización y espacial temática; “Flying Saucers have landed/ Spaceships lovers”. 1972, tierra de nadie, post-psych y pre-glam, Bowie acechando. Me he decidido por su cara B, por los amantes de las naves espaciales . ¿El motivo? Ninguno en concreto, simplemente porque me gusta. Muchísimo.

¿Saben una cosa? Me lo he pasado bien escribiendo mientras escuchaba la lista. Igual tomo esto como pauta. Aunque conociéndome, de aquí un rato probablemente cambie de idea. Sigan bien.

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"LA RAGAZZA CON LA PISTOLA". NINO DE LUCA (RCA, 1968)

 
 
 
  Resulta interminable, por rico y fascinante, el mundo de la colonna sonora italiana. En la mayoría de las veces muy superior a las imágenes que ilustran, son, además, recapitulación fiel y extravagante de la construcción de una identidad. Una identidad embrionaria que bebía de aquí y de allá y que siendo la suma de múltiples de ellas, obtendría por resultado una propia, común, sin por ello pretender someter ni orillar de modo premeditado a ninguna de las que la conformarían, absorbiéndolas y metabolizándolas. Una identidad relativamente joven, capaz de asimilar e ilustrar mediante sonidos, melodías y sobre todo actitud, talante, la formación de un concepto unitario cuyo destino siempre fue la belleza. Ese asunto llamado finezza, en un país dónde el arte es un asunto genético, una forma de llevar la vida a cuestas, en la que tan solo existiría como límite el mal gusto. Porque hasta para insultar o increpar hay que tener elegancia, tono. 
 
 Peppino di Luca fue un músico y compositor, menor si se quiere, dentro de ese catálogo fastuoso, imponente, de los compositores de música para cine italianos (Ennio Morricone, Piero Umiliani, Franco di Massi, Piero Piccioni, Franco di Massi, Luis E. Bacalov, Armando Trovajoli, Marcello Giombini, Bruno Nicolai, Augusto Martelli y un sin fin más). Uno más de esos olvidados que también contó con su minuto de gloria. Autor de partituras para películas de serie B, cuando no Z, guitarrista y sitarista, colaboró con Mario Monicelli -de quién recomiendo encarecidamente su “La grande guerra”, con esos dos genios que son Gassman y Sordi– en la que sería, si no de aquel si la suya, obra maestra.
El argumento, otra más de esas historias que sólo nos parecen plausibles en Italia, gira en torno al viaje a Londres, en pos de venganza, de una despechada siciliana –Assunta Patane una preciosa maggiorata interpretada por Monica Vitti– tras ser deshonrada por su amante y los avatares que allí acontecen. Aunque fue nominada al oscar en 1969 como mejor película extranjera y pese a contar con numerosos detalles interesantes, la obra, en absoluto redonda, se deja ver. Lo que diríamos una buena mala película. Género éste, por otra parte, del que me confieso auténtico devoto. Lo que sin embargo sí resulta ser -tan fallidamente en la película como atinadamente en su música- es una historia acerca de los ancestrales designios del corazón desde un punto de vista carpetovetónico, una comedia sobre el atavismo sentimental de un tiempo y un país, decorado con los sonidos más chic entonces imperantes. Es un historia que navega entre lo (hoy) políticamente incorrecto y la comedia bufa. Un contraste que en absoluto rechina sino que le otorga un halo de frivolidad y atracción. 
 
 El tema estrella es sin duda el que da título al film. “La ragazza con la pistola” es una pieza que resume los sonidos -y tal vez el espíritu- del momento imperante; guitarra con pedal fuzz, un beat psicodélico, un sitar omnipresente y una voz masculina que parece en off repitiendo constantemente el título de la canción en inglés “Ggggiiiirl with a guuun”. Un tremenda andanada en la pista de baile en según y qué momentos.
 
Pero no es la única; “Obsessione psychedelica” continua con las bondades del sitar eléctrico, en medio de un mantra dopante, colocado, de innegables efluvios narcóticos. “Shake balera”, una juguetona pieza con un hammond polivalente y una melodía de guitarra atravesándola de principio a fin. Hay más hammond groove en “Insieme a lui” y en “In due”, aunque esta vez más próximo a la elegancia de Antonello Vanucchi que a la demencia, digamos, de la época. “Rapimento in Sicilia” es una pieza regresiva con una delicada, elegante batería, ornada de nuevo con el sitar eléctrico.“Trumpet shake”, con un aire alpertiano, premeditadamente infantil y banal con sus trompetas y que, para uno, remite a trabajos de Lalo Schifrin como el realizado para “Sol Madrid”.
 
 Retrato y reflejo a la vez de un mundo ya pretérito, el de las partituras originales sin pretensiones -también desinhibido, feliz, divertido-, y retrato también de un tiempo donde aún no existía la mala conciencia ante la felicidad, de un mundo cambiante y vertiginoso, la obra de Guisseppe, Peppino, Nino de Luca para este “La ragazza con la pistola” (RCA, 1968) es otra muesca más en ese laberinto, -melancólico unas veces, evocador otras, siempre de vital devenir- que para uno es la música.