ORNELLA VANONI, VINICIUS DE MORAES, TOQUINHO "La voglia, la pazzia, l’inconscienza, l’allegria" (CGD, 1976)

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Hay discos que son para uno euforizantes infalibles. Acicate implacable contra la vesania y el desamparo, nos inducen tanto a celebrar la alegría y el hechizo seductor como a exacerbar la felicidad. Son discos en su esencia narcóticos –en su sentido más literal- pues son a la vez propensos o reacios, dependerá eso del momento en que nos acerquemos a ellos, a enmascarar o destapar la realidad. En cualquier caso, mucho más sublimes en su imperfección que otros  que se conforman en hacer impúdica y estética apología del sentimentalismo, pero que no serán nunca capaces de procurarnos la inhibición, la euforia, el estupor o la paz que ansiamos.
Son discos que si los utilizamos de manera inapropiada, pueden llegar a ser peligrosos. Nos pueden sumir en la depresión más profunda o enmascarar la realidad hasta hacernos creer que es posible la utopía de la felicidad absoluta. Como decía Leopardi nos embaucan con la idea de que la felicidad es perfección pero no nos advierten que lograr esta es el fin de la existencia.
 
 Finalmente hay otros, escasísimos, capaces de trasladarnos a todos esos estados independientemente de que estemos sumidos en ellos o no. Tienen la capacidad de transformarnos, dejando volar nuestra imaginación como parapeto ante el desastre. No necesitan de dosis, ni de modos de empleo, ni tampoco de consejos de profesionales para poder ser cada una de las cosas que necesitamos en el momento que las necesitamos. Son ésos, en mi opinión, los discos verdaderamente grandes, los imperecederos, modernos en su sencillez y clásicos en su hondura. Los discos que cobran vida propia al ser capaces de aglutinar los más variopintos estados del alma; Nos transportan a otros mundos y a otras vidas partiendo de nuestra propia vida, invitándonos a ponernos en el lugar del otro e imaginar. Y que lejos de fracasar en la habitual grandiosidad delirante y fatua a la que por su destino natural serían propensos, se detienen de manera tan queda como certera en los recovecos de cada uno de nosotros. Discos que, además, cuando nos devuelven a la tozuda realidad lo hacen dejándonos, si no intactos porque eso es ya imposible, acaso un poco mejores. Discos que nos hacen soñar. Discos que nos ayudan a conocer y conocernos.

 

 

  “La voglia, la pazzia, la inconscenza, l’allegria” es uno de estos discos. Abrazo fiero y reparador, con la corpórea facultad de permitirnos vislumbrar todos los estados del alma, los distintos peajes que tendremos que satisfacer pese incluso a nuestro deseo. Como un trasunto del bálsamo de Fierabrás, aunque con múltiples utilidades. Capaz de acompañarnos en la felicidad, de moderar la molesta melancolía y también de darnos cobijo cuando oteamos la derrota. Si ya es difícil conseguir uno solo de esos propósitos, no sabría como explicarles cuánto lo es el lograr, en su justa medida, el conjunto proporcionado de todos ellos.  

 

 

En 1976 Ornella Vanoni se encierra en los estudios de Fonit-Cetra en Roma con el poeta Vinicius de Moraes (voz), Toquinho (guitarra y voz), Fabio Azeitona (bajo) y Mutinho (batería), junto a una pequeña orquesta dirigida por GianFranco Lombardi, creando -y ésta es la palabra ajustada, exacta, literal- la simbiosis perfecta de dos, tal vez tres, mundos perfectos; El lirismo de la música italiana, su finezza y poesía, la inmediatez y vitalidad de la bossanova y la leve brisa, casi cinematográfica, provocada por la producción -y perfecta adaptación al italiano de la obra de Vinicius– de Sergio Bardotti, colaborador del gran Luis E. Bacalov.
 

  El disco tiene por hilo conductor la poesía de Vinicius de Moraes, ensamblada con melodías de los grandes nombres de la música brasileña (Antonio Carlos Jobim, Chico Buarque, Baden Powell) y el contrapunto de un joven guitarrista, Toquinho. Canciones en apariencia ligeras pero de una densidad indescriptible; Canciones que remiten las unas a las otras, yendo entrelazadas del mismo modo que la vida y los sentimientos van, y cuyo título describe perfectamente la espina dorsal de lo que allí se trata; “La voglia, la pazzia, l’inconscenza, l’allegria” (El deseo, la locura, la inconsciencia, la alegría). Todos los estados del amor, de la vida, mientras éste -y con él ésta- permanecen, son.

Presidiendo la voz excelsa y delicada de Ornella Vanoni, aquí limada hasta la perfección su dramatismo, en otras ocasiones un tanto exacerbado. A su lado -mejor, dentro de ella, con ella- la poesía de Vinicius de Moraes, uno de los ideólogos y motores centrales de la bossanova (junto a Antonio Carlos Jobim y Joao Gilberto). A la guitarra, tocada con un hálito de tenue magia, delicada y sutil, Antonio Bandeolli Pecci Filho o, lo que es lo mismo, Toquinho.

Y a partir de todo esto, tan mal explicado, el cielo.

 

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ITALIA sings BURT BACHARACH.


 

Aunque tal vez algo gastado y bastante sobrexplotado -como casi todo genio a día de hoy- por sus acólitos y devotos, la aproximación al cancionero de Burt Bacharach por parte de la exuberante Italia de la segunda mitad de los sesenta es sorprendente, deliciosa, me atrevería a decir que casi perfecta. Escuchándola hoy, encaja como un guante la delicada y sencilla sofistificación de sus partituras con la musicalidad extrema de sus intérpretes. La ligereza, incluso la sutileza, que muestran Rita Monico, Jenny Luna, Tony Renis, Johnny Dorelli, Gianni Morandi, Ornella Vanoni, Catherine Spaak… hace que dichas composiciones parezcan hechas a medida de ellos, pensadas ex profeso. Hace, en definitiva, que cancionero tan magistral se sostenga y crezca de manera natural. Y es ahí donde uno piensa que estriba gran parte de su grandeza. La de dichos intérpretes y, sobre todo, nobleza obliga, la de Burt Bacharach; El escribir retazos sentimentales partiendo de la rutina hasta lograr conseguir encajar en tres minutos los avatares de la vida. De la vida en general pero también los de cualquier vida en particular. Como el fotógrafo que retratando un paisaje fija éste y la realidad de cada uno de los seres que lo pueblan, de manera tal vez involuntaria pero certera. La capacidad de recorrer en tres minutos escasos aquellos múltiples recovecos sentimentales que en otros podrían parecernos impúdicos, hasta risibles si quieren, pero que al identificarnos con ellos desde el primer segundo, hablan de nosotros, de nuestras alegrías y de nuestras desdichas, haciéndonos sentir el personaje central de la telenovela.


 Si aún siguieran interesados, les recomiendo “Mo’plen Bacharach” (La douce, 2003), doble Lp que recoge toda las canciones aquí reseñadas. Muy recomendable salvo que tenga la misma enfermedad que quién suscribe y se empeñen en hacerse con ellos en 7″. En este caso requerirán de tiempo, paciencia y una pizca de suerte.



Catherine Spaak y  Johnny Dorelli por Bacharach, con Nino Ferrer de anfitrión.