PÍCARO; Old fashioned Cha-Cha twist, Rhum-exotica and other fine melodies. (Grumete records LP)

Digámoslo de entrada; Don Javier de Frutos es un adalid del buen gusto, rastreador incansable de sonidos y emociones, arqueólogo de breves instantes que nos procuran entusiasmo y felicidad. Este enésimo capitulo de su labor, titulado “Picaro” acaba de salir a la venta en edición limitada a 500 copias en formato Lp y es más que recomendable. Qué digo recomendable, ¡Sublime!. Generoso como es ha tenido la deferencia de pedirme un texto presentando la alineación. Aquí tienen ambas cosas. Un teaser de la selección musical y el texto. Sobra decir hacia cual deben dirigirse sin demora alguna.

Hemos pasado, con la sobredosis de la oferta y la fugacidad de los gustos, de solaparse los estilos en busca de exclusividad o grandeza, a un advenimiento en ocasiones cansino empeñado en rescatar pequeñas corrientes. Son -o han sido- éstas materias completamente olvidadas, cuando no menoscabadas o directamente vapuleadas por el consenso general de los entendidos. Cabría, desde la humildad y la pasión, cuestionarse con sinceridad si tal asunto ha sido justo, si ha sido bueno o siquiera si ha tenido alguna importancia. Cabría también quizás, conformarse con asumir que la búsqueda de ese bálsamo de Fierabrás es tarea propia y única sometida a muy diversas valoraciones.

 

  Frente a esas ansias por epatar y ser los primeros en pódium (billetera y modas mediante) quedamos algunos locos -porque seamos sinceros, eso es lo que en gran parte somos- empeñados en encontrar pepitas de oro entre los cantos rodados y la arenilla mas huera. Y si seguimos con la sinceridad, aceptaremos que en realidad somos gente sumamente perjudicada que intenta, no siempre con éxito, evitar confundir valor y precio. Huelga decir que sin por ello -o tal vez precisamente por ello- ser en absoluto inmunes al virus y la enfermedad sino más bien, en última instancia, ser proclives a ella. “Pícaro”, la recopilación que tengo el honor de presentar, es un disco de tan modestos objetivos como ambicioso punto de partida. Disfrutar y conocer, compartir y bucear entre rodajas de plástico abandonadas a su suerte en las cubetas de almoneda polvorienta. La celebración sincera, sin orden ni concierto, de episodios orillados y rotundos. Orquestas desmelenadas, Twist y Rock and Roll,, R&B y Latin Soul. Todas las combinaciones posibles que se les puedan ocurrir. Vayamos a ellas si tienen a bien;
 
 Comencemos con el italiano Riccardo Rauchi -su impoluto bigotillo, su pinta de señor mayor ya incluso en su juventud, su ligero sobrepeso- recreando el “Love me forever” de Jodie Sands y titulándolo “Vivo perchè te amo”; irresistible y saltarín do wop romano de acogedora y jovial melodía. Consecuencia y fin de cómo el saxofonista del sexteto de Renato Carosone pasa a tener Il suo complesso y orquesta y de ahí a acompañar a Miranda Martino, a Riccardo del Turco o a Sergio Endrigo (quién fue el solista de su orquesta antes de emprender carrera en solitario). Clase lo llamo.
 

 Pasemos ahora a Francia. Les Brettel’s fueron la banda de acompañamiento de Henry Salvador (quién hace gritos, risas, frases, onomatopeyas, cualquier cosa que orne la tonadilla) y a su sumbra prosperaron. En esta versión del “Watermelon man” nos muestran sus razones y sus poderes, a mitad de camino entre la exótica, el humor y el novelty. Bentir en cambio era un argelino afrancesado de nombre Mahieddine de quién se cuenta que iba de pueblo en pueblo, por caminos polvorientos a lomos de su vespa, mientras blandía su guitarra eléctrica como arma imbatible en busca de la melodía eterna. Quién también, tras la batalla de Argel, tuvo que salir por piernas a la metrópoli parisina, donde tendría una próspera carrera de twisteur. ¿Qué decir de Jacky Noguez?. Sí, ese atorrante acordeonista capaz de inducir al delito cuando se ponía serio y trascendente y que en cambio podía ser seductor y divertido cuando recreaba el “24.000 baci” del gran Celentano. Una revisión cuya mera escucha me hace -y disculpen el arrebato- imaginarme de inmediato a Michael Caine en “Un par de seductores”.

 

 ¿Qué ocurría mientras tanto en nuestro autárquico entorno? Pues vaya, no era exactamente La enajenación psicodélica muñeca, pero casi, oigan.Es lo que de bueno tiene no ser considerado. Ser un subgénero dentro de un arte ya menor, catalogado como mera fábrica de melifluas melodías dedicadas a disimular el magreo de suripantas por parte de jóvenes desatados o de potentados del estraperlo. Pero amigos, allí -aquí- podían suceder extraños, enormes prodígios. Versiones absolutamente INCREÍBLES en clave exótica de himnos hispanos; Bongos y trompeterio en el formidable “Porompompero”. Cha cha cha y violines en “La bien pagá”, trascendiendo lo racial y carpetovetónico, la primera a cargo de Johnny Miranda, la segunda gracias a Quino Moreal y su Orquesta. Siguiendo en nuestro país y en territorio de la exótica -ahora vocal- imaginémonos un musical cualquiera decorado por turbadoras fantasías con Los Quando’s y su “Murmullo en la selva”; gatitas susurrando quién sabe qué entre ligera, sofisticada instrumentación. O escuchemos el Twist de reminiscencias guardiolescas (voz engolada y orquesta ad hoc) para seducirnos entre los -aparentemente- cándidos retratos de la muchacha moderna, firmados por un tal Francisco Lario. Uno -otro más- de los sorprendentes discos sorpresa de la serie Fundador. Finalicemos el recorrido por nuestra geografía musical con un espléndido twist formado por Los Showmen; guitarra surf poderosa y fulminante hand clapping capaz de mirar directamente a los ojos a cualquiera. Capaz de redefinir algo en principio tan manido como “La Cucaracha” y hacernos implorar, mientras quedamos sin aliento apenas, más, más y más.

 

 Allende los mares, que diría el clásico, demos la vuelta al mundo y naveguemos por sus aguas. Zarpemos hacia los mares de oriente con el “Chakkiri bushi” de Micky Anderson, delicatessen sita en ese bizarro álbum de edición hispana titulado “Temas del Japón”. De como algo en principio insustancial o meramente curioso se convierte en paradigma del surf más vitalista y rotundo. De allí pasemos a una abracadabrante versión del clásico del folklore ruso (“Ojos negros”) firmado por el saxofonista germano Max Greger. De la misma camada que los famosos Coniff, Last o Antolini, no disfrutaría en cambio de su popularidad, lo que no es óbice para deleitarnos con la fastuosa combinación, sin recato alguno ni vergüenza, de los sonidos imponentes de las spy movies chez Barry o Goldsmith con la nostalgia propia de la canción original. Tras una escala en el Indico presentémonos en el set de rodaje de, qué sé yo, “La tumba India”, versión Bollywood, con David the Red sea Singer y su “The Oriental beat”. Si no sienten un cosquilleo sicalíptico es que no son ustedes humanos, no señor. Detengámonos también en el Caribe y maravillémonos con la formidable recreación del “Runaround Sue” de Dion & The Belmonts cortesia de Roberto Seto y sus Rumberos; efluvios de rumba caribeña, rock and roll y do wop cuchifrito, celebración y fiesta, ¿Para qué más?. Completará esta deliciosa terna los Nu Trends y su “Spookville”, algo especialmente indicado para cualquier fiesta de la noche de difuntos, adictivo y elegíaco, como cualquier vampiro que se precie,  Sandy Ford y el sempiterno “Shout” o Red Apple and the Turnovers y su abrasador, sin aliento “Tin lizzy”, Ennumerda la pimpante alineación, juro solemnemente sobre mi colección de discos que no cabe otro calificativo ante esta selección que el de impecable.
 Asi qué, para concluir, reconozcamos humildemente de nuevo nuestra merma. Cual tonto del pueblo mostrémonos jubilosos ante los hallazgos, por nimios que éstos sean. Obviemos que tal vez haya alguien que llegue a tomar a mal nuestras humildes reivindicaciones. Seamos pues tolerantes y aceptemos que probablemente nos califiquen como otros más de los habitantes de la variada fauna que puebla el género de los iluminados o, lo que aún es peor, horror, jipsters. Pero no dejemos -No deje Don Javier, se lo suplico- nunca de persistir en la locura. No se me ocurre otra manera más cabal de mantener la cordura.