PLAYLIST. Seasons of our lives; The Winter String Psyche crew.

 

THE ANIMATED TROLL Whistling
EARTH ISLAND Seasons of our lives
WICHITA FALL Ornamental show
THE GARDEN OF EDEN Flower man
THE SUNDAE TRAIN Love affair of two happy people
DALTON AND MONTGOMERY All at once
THE FAMILY San Francisco waits
THE COLLAGE My mind at ease
THE GLASS FAMILY House of glass
THE GRASSROOTS House of stone
MYSTIC ASTROLOGIC CRISTAL BAND Krystalize
THE ENCHANTED FOREST The word is love
THE BEAU BRUMMELS The painter of women
SUMMERHILL Follow us
THE PEPPERMINT RAINBOW I’ll be there
THE ANSWER I’ll be in
NGC Goin’ home
JAIM Your loving voice
MORTIMER Mortimer’s theme
GALE GARNETT’S GENTLE REIGN You could have been anymore

MICHAELANGELO This bird (has flown)

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J.K.&CO. Fly/Christine/Magical fingers of minerva. (French London ep)



 
Piensa uno que el mundo de los discos es destartalado, pero también único y sorprendente. ¿En qué otro ámbito pueden darse ejercicios únicos y traspapelados como lo es esta edición francesa?, ¿En qué otra época se daba carta blanca a un crío adolescente para que recapitulase acerca de sus obsesiones y aspiraciones y después permitirle mostrarlas al mundo?. ¿Cuando, si no en aquella década, en un tiempo libre, ingenuo y nuevo -también mágico e inconsciente- se jugaba a la ruleta rusa con el talento facilitando fenómenos similares?

 

 Es habitual idealizar el pasado. Evitamos el rigor -y de paso el dolor- de recordarlo tal y como fue y tendemos a rememorarlo como quisimos que hubiese sucedido. Del mismo modo, borramos de nuestros lóbulos temporales todo aquello que nos resulta funesto y desagradable. Lo hacemos de una manera profiláctica y cuando no hay más remedio terapéutica. Enterramos nuestra neurosis en lo más profundo y -salvo tara mayor- intentamos mantenerla allí sin permitirle, si nos es posible, siquiera asomar. Es éste un mecanismo de defensa, involuntario y a menudo efectivo que solemos ejercitar.

 

 Jay Kaye solo tenía quince años cuando decidió grabar Suddenly one summer” (White whale, 1968,  Beat Rocket/Sundazed, 2001). Había nacido y crecido en el sitio y momento adecuado. Un lugar donde la libertad y el espíritu artístico iban de la mano, propicio para el desbarre pero también para episodios únicos. Una época en la que  iluminados y clarividentes iban juntos de la mano. Un tiempo en el que cantamañanas bienintencionados se confundían con francotiradores certeros; en ocasiones mezclando el explayamiento exhibicionista y la confesión artística, siendo arduo, al estar en perpetuo estado narcótico, separar el grano de la paja. Todo eso no era sinónimo de nada -nunca lo ha sido- si no residía el verdadero talento donde debía, en uno mismo, más allá de las alharacas y lo cool. Jay era hijo de la guitarrista Mary Kaye (miembro del Mary Kaye trio) y su tío, no creo que sea necesario nombrar de que instrumento era un virtuoso, era más conocido como Johnny Ukelele.

 

 

 
 Sería en un viaje a Vancouver desde su Las Vegas natal, acompañando a su madre, donde dio forma a esta pequeña joya. Mary tenía algunas actuaciones contratadas y Jay, que la acompañó, durante una visita al estudio le mostró al productor Robin Spurgin sus composiciones, interpretando un par de ellas. Spurgin no era un novato, ya había producido a The Collectors o a The Painted Ship. Asombrado -en un tiempo en que bien se podría decir que ese era el estado natural- consigue que el muchacho se quede grabando en Vancouver pese a que su madre ha de volver a los USA. Con la ayuda de Robert Buckley (miembro de los canadienses Spring, jovencísimo y talentoso multi instrumentista) como arreglista y músico, decide grabarle un disco completo. Poco después envían las cintas a California, donde el presidente de White Whale Ted Feigin inmediatamente le firma un contrato. Ya fuera de las manos y de la capacidad de decisión de Jay, Spurgin lo bautiza como “De repente, un verano”, presumiblemente buscando la estela del éxito de la película de similar título.
 

  Jay se halla muy ilusionado con el disco e incluso recluta a su primo John Kaye y al batería Rick Dean como trio para presentar el disco en directo y en las emisoras de radio. Feign, no se sabé muy bien por qué, decide lanzar como single en los USA “Break of dawn” (que ni alcanza el minuto de duración) en lugar de la clarísima “Fly”, con “Little children”en la cara B.  El resultado es fácilmente imaginable. Todo ha terminado.

 
El disco, propulsado por el talento de unas melodías dulces y extrañamanete alambicadas (aunque fluían naturales, exactas) más la ingesta de LSD en generosas proporciones, resultó ser un frágil y sutil ejercicio de pop psicodélico con multitud de caminos abiertos aunque también es muy posible que no del todo recorridos. Su autor definía el Lp como “una narración musical de la vida de un hombre desde el nacimiento a la muerte”. El disco comenzaba con “Break of dawn” y terminaba con “Dead” (aunque llevaba anexa, al final de ésta, una breve coda con el  formidable y evocador phasing de “Fly”). Una epopeya naif e idealista, tan probablemente real como improbablemente vivida. Tal vez sólo imaginada. Así, entre un galimatías que hoy resultaría rijoso, Jay mezclaba reencarnación, experiencias extrasensoriales y un tratamiento ligeramente psicodélico, casi a la manera de un folk espectral, pero partiendo de un cancionero esencialmente pop

 

 

 Y todo, TODO, encajaba a la perfección; Efectos de estudio, algún estratégico sitar, arreglos de flauta, aromas eastern y gotas pre-progresivas daban pie a un ejercicio luminoso de psicodelia suave que igual flirteaba con los Left Banke de “Too” o los Love más refulgentes que con el toque melancólico del “A midsummer daydream” de Mark Eric o el aire onírico, casi mitológico, de los trabajos de Curt Boettcher para Millenium o Sagittarius o el Donovan más bucólico. Un disco que hoy, escuchado con la distancia y perspectiva que otorga el tiempo, sorprende y maravilla. Y lo hace tanto por la concisa y elegante manera en que está ejecutado como por lo sorprendente y maduro del tema abordado por un imberbe adolescente. Por sus canciones redondas, su timing preciso, su fluir natural, cadencioso. 

 

 Siendo estupenda la portada del lp (un notable ejercicio de pop art, un collage con tenues referencias religiosas y al arte nativo, aquello tan en boga en la época, lo pagano y lo espiritual de la mano) queda oscurecida frente al rotundo reflejo de la música que contiene la portada única para la edición del Ep francés. Sobrante sin duda de la sesión de fotos del álbum (de hecho, más que sobrante, es un foto utilizada en el collage de la portada del Lp, situada en la esquina superior izquierda), Jay aparece bajo una cascada, vestido con una túnica cuyo pecho está ribeteado de flores cosidas a la casulla, en medio de un paraje virgen, trasunto metafórico de santuario espiritual. Sus brazos parecen querer abrazarnos. Quizás protegernos e introducirnos en una nueva experiencia. Los tipos de letra, tanto el de la canción principal (“Fly”) como el del nombre del grupo, combinan el rojo carmesí con el naranja fuerte, mediante formas onduladas y sinuosas y con la ballena -el hermoso logotipo del sello, White Whale– sobre la “F”. En la cara B, otras dos de las joyas del Lp; “Christine”, lo más cercano a la perfección compuesto en la época y “The magical fingers of Minerva”, un homenaje a la diosa romana de la sabiduría, cosido por un sitar y de aire lisérgicamente religioso.

 

 

Hace unos años, de vacaciones en Mallorca, cerca de la catedral, me encontré a un tipo enjuto y cascado, entonando canciones que me resultaban extrañamente familiares. Me quedé escuchándole absorto y entre canción y canción nos entretenía a la escasa audiencia bromeando con que aún podía volar. Reí, tomándolo por loco, y tras un rato lo dejé allí. Cuando ya estaba a unos metros de allí le escuché tararear “If you want to fly…”

 

 

 Me giré, recordando de repente, pero ya no estaba. Me pareció ver una sombra sobre el suelo y mire hacia arriba..

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